La Gracia Común

¿Cuáles son las bendiciones inmerecidas que Dios da a toda persona, lo mismo a creyentes que a no creyentes?

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

A. Introducción y definición

Cuando Adán y Eva pecaron, se hicieron dignos de eterno castigo y separación de Dios (Gn 2:17). De la misma manera, cuando los seres humanos pecan hoy, se hacen merecedores de la ira de Dios y del castigo eterno: «La paga del pecado es muerte» (Ro 6:23). Esto quiere decir que una vez que las personas pecan, la justicia de Dios exige solamente una cosa: que estén eternamente separados de Dios, privados de experimentar cualquier bondad divina, y que vivan para siempre en el infierno recibiendo eternamente sólo su ira. Eso fue lo que les sucedió a los ángeles que pecaron, y podría pasarnos igual a nosotros: «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4).

Pero el hecho es que Adán y Eva no murieron al instante, aunque la sentencia de muerte empezó a obrar en sus vidas el día en que pecaron. La plena ejecución de la sentencia de muerte tardó muchos años. Es más, millones de sus descendientes incluso hasta este día no mueren y van al infierno tan pronto como pecan, sino que siguen viviendo durante muchos años, disfrutando de incontables bendiciones en este mundo. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede Dios continuar dando bendiciones a pecadores que merecen la muerte, no sólo a los que a la larga alcanzarán la salvación sino también a millones que nunca la alcanzarán, y cuyos pecados nunca serán perdonados?

La respuesta a estas preguntas es que Dios concede gracia común. Podemos definir la gracia común como sigue: La gracia común es la gracia de Dios por la que él concede a las personas innumerables bendiciones que no son parte de la salvación. La palabra común aquí quiere decir algo que es común a toda persona y no está limitada solamente a los creyentes o elegidos.

A distinción de la gracia común, a la gracia de Dios que lleva a las personas a la salvación a menudo se le llama «gracia salvadora». Por supuesto, cuando hablamos de «gracia común» o «gracia salvadora», no estamos implicando que hay dos diferentes clases de gracia en Dios mismo, sino sólo que la gracia de Dios se manifiesta en el mundo de dos maneras diferentes. La gracia común es diferente de la gracia salvadora en sus resultados (no produce salvación), en los receptores (se la da por igual a creyentes y no creyentes), y en su fuente (no fluye directamente de la obra expiatoria de Cristo, puesto que la muerte de Cristo no ganó perdón para los incrédulos y por consiguiente no los hizo tampoco merecedores de las bendiciones de la gracia común). Sin embargo, en este último punto hay que decir que la gracia común sí fluye indirectamente de la obra redentora de Cristo, porque el hecho de que Dios no juzgó al mundo al instante cuando el pecado entró fue primaria y tal vez exclusivamente debido a que planeó a su debido tiempo salvar a algunos pecadores por la muerte de su Hijo.

B. Ejemplos de gracia común

Si miramos al mundo que nos rodea y lo contrastamos con el fuego del infierno que el mundo merece, podemos de inmediato ver evidencia abundante de la gracia común de Dios en miles de ejemplos en la vida diaria. Podemos distinguir varias categorías específicas en las que se ve esta gracia común.

1. El ámbito físico. Los incrédulos continúan viviendo en este mundo por la gracia común de Dios: cada vez que la gente respira es por gracia, porque la paga del pecado es muerte, no vida. Todavía más, la tierra no produce solamente espinas y cardos (Gn 3:15), ni tampoco es sólo un desierto reseco, sino que por la gracia común de Dios produce alimentos y materiales para ropa y vivienda, a menudo en gran abundancia y diversidad. Jesús dijo: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos» (Mt 5:44-45). Aquí Jesús apela a la abundante gracia común de Dios como un estímulo para sus discípulos, para que ellos también otorguen a los incrédulos amor y oración por bendiciones (cf. Lc 6:35-36). De modo similar, Pablo dijo a la gente de Listra: «En épocas pasadas él permitió que todas las naciones siguieran su propio camino. Sin embargo, no ha dejado de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón» (Hch 14:16-17).

El Antiguo Testamento también habla de la gracia común de Dios que viene sobre los incrédulos así como sobre los creyentes. Un ejemplo específico es Potifar, el capitán de la guardia egipcio que compró a José como esclavo: «Por causa de José, el SEÑOR bendijo la casa del egipcio Potifar a partir del momento en que puso a José a cargo de su casa y de todos sus bienes. La bendición del SEÑOR se extendió sobre todo lo que tenía el egipcio, tanto en la casa como en el campo» (Gn 39:5). David habla en una manera mucho más general sobre todas las criaturas que Dios ha hecho:

El SEÑOR es bueno con todos;
él se compadece de toda su creación. …

Los ojos de todos se posan en ti,
y a su tiempo les das su alimento. Abres la mano y sacias con tus favores a todo ser viviente (Sal 145:9,15-16).

Estos versículos son otro recordatorio de que la bondad que se halla en toda la creación no «sucedió simplemente» de manera automática; se debe a la bondad y compasión de Dios.

2. El ámbito intelectual. Satanás es «mentiroso y padre de mentiras» y «no hay verdad en él» (Jn 8:44), porque se ha entregado por completo al mal y a la irracionalidad y se ha comprometido a la falsedad que acompaña el mal radical. Pero los seres humanos en el mundo de hoy, incluso los incrédulos, no están entregados por completo a mentir, a la irracionalidad y a la ignorancia. Toda persona puede captar algo de verdad; verdaderamente, algunos tienen gran inteligencia y entendimiento. Esto también se debe ver como resultado de la gracia de Dios. Juan habla de Jesús como «esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano» (Jn 1:9), porque en su papel como Creador y Sustentador del universo (no particularmente en su papel como Redentor) el Hijo de Dios permite que la iluminación y entendimiento llegue a toda persona del mundo.

La gracia de Dios en el ámbito intelectual se ve en el hecho de que toda persona tiene un conocimiento de Dios: «A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias» (Ro 1:21). Esto quiere decir que hay un sentido de la existencia de Dios y a menudo un hambre por conocer a Dios que él permite que permanezca en el corazón de toda persona, aunque a menudo resulta en muchas religiones diferentes hechas por el hombre. Por consiguiente, incluso cuando habla a personas que sostienen religiones falsas, Pablo podía hallar un punto de contacto respecto a la existencia de Dios, como lo hizo al hablar con los filósofos atenienses: «Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos. … Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio» (Hch 17:22-23, RVR).

La gracia común de Dios en el ámbito intelectual también resulta en la capacidad de captar la verdad y distinguirla del error, y experimentar crecimiento en el conocimiento que se puede usar en la investigación del universo y en la tarea de subyugar la tierra. Esto quiere decir que toda la ciencia y tecnología de los que no son cristianos es resultado de la gracia común, que les permite descubrimientos e invenciones increíbles, desarrollar los recursos de la tierra en bienes materiales, producir y distribuir esos recursos, y tener destreza en su trabajo productivo. En un sentido práctico, esto quiere decir que cada vez que entramos en una tienda de comida o montamos en un automóvil, o entramos en una casa debemos recordar que estamos experimentando los resultados de la abundante gracia común de Dios derramada muy ricamente sobre toda la humanidad.

3. El ámbito moral. Dios también por su gracia común refrena a las personas para que no sean todo lo malas que pueden ser. De nuevo, el ámbito demoníaco, totalmente dedicado al mal y a la destrucción, es un claro contraste con la sociedad humana en la que el mal claramente está refrenado. Si las personas persisten con corazón endurecido en seguir tras el mal, Dios a la larga los «entregará» a pecados cada vez mayores (cf. Sal 81:12; Ro 1:24,26,28), pero la mayoría de los seres humanos no caerán a las profundidades a las que el pecado los pudiera llevar, porque Dios intervendrá y refrenará su conducta. Un freno muy efectivo es la fuerza de la conciencia: Pablo dice: «Cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Éstos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Ro 2:14-15).

Este sentido interno del bien y del mal que Dios le da a toda persona significa que ellos frecuentemente aprobarán normas morales que reflejan muchas de las normas morales bíblicas. Incluso a los que se entregan a los pecados más bajos, Pablo les dice: «Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte» (Ro 1:32). En muchos otros casos este sentido interno de conciencia lleva a las personas a establecer leyes y costumbres en la sociedad que son, en términos de conducta exterior que aprueban o prohíben, muy parecidas a las leyes morales de las Escrituras. La gente a menudo establece leyes o tiene costumbres que respetan la santidad del matrimonio y la familia, protegen la vida humana, y prohíben el robo y la mentira. Debido a esto, la gente frecuentemente vive de maneras que son moralmente rectas y exteriormente se conforman a las normas morales que se hallan en la Biblia. Aunque su conducta moral no puede ganarles méritos ante Dios (puesto que la Biblia dice claramente «que por la ley nadie es justificado delante de Dios», Gá 3:11, y «Todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!», Ro 3:12), aunque con ello no se ganan la aprobación eterna de Dios ni mérito alguno, los incrédulos «hacen el bien». Jesús implica esto cuando dice: «¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así» (Lc 6:33).

4. El ámbito creativo. Dios ha permitido significativas capacidades en los círculos artísticos y musicales, así como en otros círculos en que se puede expresar la creatividad y la capacidad del individuo, como el del atletismo y otras actividades como cocinar, escribir, etc. Es más, Dios nos da la capacidad de apreciar la belleza en muchos aspectos de la vida. En este aspecto así como en el ámbito físico e intelectual, las bendiciones de la gracia común de Dios a veces se derraman sobre los incrédulos incluso en forma más abundante que sobre los creyentes. Sin embargo, en todos los casos es resultado de la gracia de Dios.

5. El ámbito de la sociedad. La gracia de Dios también es evidente en la existencia de varias organizaciones y estructuras en la sociedad humana. Vemos esto primero en la familia humana, evidenciado en el hecho de que Adán y Eva siguieron siendo esposo y esposa después de la caída y tuvieron hijos e hijas (Gn 5:4). Los hijos de Adán y Eva se casaron y formaron sus propias familias (Gn 4:17,19,26). La familia humana persiste hoy, no simplemente como institución para los creyentes, sino para todas las personas.

El gobierno humano también es resultado de la gracia común. Fue instituido en principio por Dios después del diluvio (véase Gn 9:6), y en Romanos 13:1 se indica claramente que Dios lo instituye: «No hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él». Es claro que el gobierno es una dádiva de Dios para la humanidad en general, porque Pablo dice que el gobernante «está al servicio de Dios para tu bien», y «está al servicio de Dios para impartir justicia y castigar al malhechor» (Ro 13:4). Uno de los medios primordiales que Dios usa para refrenar el mal en el mundo es el gobierno humano. Las leyes humanas, la fuerza policial y los sistemas judiciales constituyen un poderoso disuasivo para las acciones del mal, y son necesarias porque hay mucho mal en el mundo que es irracional y que se puede refrenar solamente por la fuerza, porque no se le disuadirá mediante la razón o la educación. Por supuesto, el pecado de la gente también puede afectar a los mismos gobiernos, y estos pueden llegar a corromperse y alentar al mal antes que promover el bien. Esto es simplemente para decir que el gobierno humano, como todas las demás bendiciones de la gracia común que Dios da, puede llegar a usarse para bien o para mal.

Otras organizaciones en la sociedad humana incluyen instituciones educativas, empresas y corporaciones, asociaciones voluntarias (tales como grupos de caridad y servicio público), e incontables ejemplos de amistad humana ordinaria. Todas estas funcionan para dar alguna medida de bien a los seres humanos, y todas son expresiones de la gracia común de Dios.

6. El ámbito religioso. Incluso en el campo de la religión humana, la gracia común de Dios trae algunas bendiciones a los incrédulos. Jesús nos dice: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mt 5:4), y puesto que no hay restricción en el contexto para orar simplemente por su salvación, y puesto que el mandamiento de orar por los que nos persiguen va unido al mandamiento de amarlos, parece razonable concluir que Dios se propone responder a nuestras oraciones incluso a favor de los que nos persiguen, y respecto a muchos aspectos de la vida. Por cierto, Pablo específicamente ordena que oremos «por los gobernantes y por todas las autoridades» (1 Ti 2:1-2). Cuando procuramos el bien de los que no son creyentes, nos estamos conformando a la práctica de Dios de conceder sol y lluvia «sobre justos e injustos» (Mt 5:45), y también a la práctica de Jesús durante su ministerio terrenal cuando sanó a toda persona que le llevaron (Lc 4:40). No hay indicación de que les haya exigido a todos que creyeran en él ni que convinieran con que él era el Mesías antes de concederles sanidad física.

¿Responde Dios las oraciones de los incrédulos? Aunque Dios no ha prometido responder a las oraciones de los incrédulos como ha prometido responder a las oraciones de los que vienen en el nombre de Jesús, y aunque no tiene obligación de contestar las oraciones de los incrédulos, Dios puede, por su gracia común, oír y conceder las oraciones de los incrédulos, demostrando así de otra manera su misericordia y bondad (cf. Sal 145:9,15; Mt 7:22; Lc 6:35-36). Este es al parecer el sentido de 1 Timoteo 4:10, que dice que Dios «es el Salvador de todos, especialmente de los que creen». Aquí «Salvador» no puede restringirse en significado a «el que perdona pecados y da vida eterna», porque esas cosas no las reciben los que no creen. «Salvador» debe tener aquí un sentido más general; es decir, «el que rescata de la aflicción, el que libra». En casos de problemas o aflicción, Dios muchas veces oye las oraciones de los incrédulos y en su gracia los libra de sus problemas. Todavía más, incluso los incrédulos a menudo tienen cierto sentido de gratitud a Dios por la bondad de la creación, por la liberación del peligro, y por las bendiciones de la familia, el hogar, las amistades y el país.

7. La gracia común no salva a nadie. A pesar de todo esto, debemos entender que la gracia común es diferente de la gracia salvadora. La gracia común no cambia el corazón ni lleva a las personas al arrepentimiento genuino y la fe; no puede salvar ni salva a nadie (aunque en las esferas moral e intelectual puede dar alguna preparación para hacer que las personas estén más dispuestas a aceptar el evangelio). La gracia común refrena el pecado pero no le cambia a nadie su disposición fundamental hacia el pecado, ni tampoco purifica en alguna medida significativa la naturaleza humana caída.

Debemos también reconocer que las acciones de los incrédulos realizadas en virtud de la gracia común en sí misma no ameritan la aprobación o el favor de Dios. Estas acciones no brotan de fe («todo lo que no proviene de fe, es pecado», Ro 14:23, RVR), ni están motivadas por amor a Dios (Mt 22:37), sino más bien por amor a uno mismo de una forma u otra. Por consiguiente, aunque nos inclinemos a decir que las obras de los incrédulos que se conforman externamente a las leyes de Dios son «buenas» en algún sentido, de todas maneras no son buenas en términos de ameritar la aprobación de Dios ni de obligar a Dios de alguna manera al pecador.

Finalmente, debemos reconocer que los incrédulos a menudo reciben más gracia común que los creyentes; pueden ser más diestros, trabajar más duro, ser más inteligentes, más creativos, o incluso tener más beneficios materiales de esta vida para disfrutar. Esto de ninguna manera indica que Dios los favorece más en un sentido absoluto ni que ganarán salvación eterna, sino simplemente que Dios distribuye las bendiciones de la gracia común de varias maneras, a menudo concediendo bendiciones significativas a los incrédulos. En todo esto ellos deberían, por supuesto, reconocer la bondad de Dios (Hch 14:27) y deberían reconocer que la voluntad revelada de Dios es que «la bondad de Dios» a la larga los conduzca «al arrepentimiento» (Ro 2:4).

C. Los porqués de la gracia común

¿Por qué Dios concede gracia común a pecadores que no se la merecen y que nunca vendrán a la salvación? Podemos sugerir por lo menos cuatro razones:

1. Para redimir a los que serán salvos. Pedro dice que el día del juicio y ejecución final del castigo está siendo demorado porque todavía hay más personas que serán salvas:

«El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan. Pero el día del Señor vendrá como un ladrón» (2 P 3:9-10). En realidad, esta razón fue cierta desde el principio de la historia humana, porque si Dios quería salvar a algunos de entre la humanidad pecadora, no podía haber destruido a todos los pecadores al instante (porque entonces no habría quedado raza humana alguna). Escogió más bien permitir que los seres humanos pecadores vivan por un tiempo para que puedan tener oportunidad de arrepentirse y también para que puedan tener hijos y permitir que generaciones subsiguientes vivan, oigan el evangelio y se arrepientan.

2. Para demostrar la bondad y misericordia de Dios. La bondad y la misericordia de Dios no sólo se ven en la salvación de los creyentes, sino también en las bendiciones que él da a los pecadores que no se la merecen. Cuando Dios «es bondadoso con los ingratos y malvados» (Lc 6:35), su bondad se revela en el universo, para su gloria. David dice: «El SEÑOR es bueno con todos; él se compadece de toda su creación» (Sal 145:9). En el relato de Jesús al hablar con el joven rico, leemos que «Jesús lo miró con amor» (Mr 10:21), aunque el hombre no era creyente y pronto se alejaría de él debido a sus grandes posesiones. Berkhof dice que Dios «derrama bendiciones indecibles sobre todos los hombres y también claramente indica que estas son expresiones de una disposición favorable en Dios, que de un modo u otro no llega a la volición positiva de perdonar su pecado, levantarles la sentencia o concederles la salvación».1

No es injusto que Dios demore la ejecución del castigo sobre el pecado y dé bendiciones temporales a los seres humanos, porque el castigo no queda en el olvido, sino que solamente se retarda. En el castigo demorado Dios muestra claramente que no se complace en ejecutar el castigo final, sino más bien se deleita en la salvación de los seres humanos. «Diles: Tan cierto como que yo vivo —afirma el SEÑOR omnipotente—, que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva. ¡Conviértete, pueblo de Israel; conviértete de tu conducta perversa! ¿Por qué habrás de morir?» (Ez 33:11). Dios «quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad» (1 Ti 2:4). En todo esto la demora del castigo da clara evidencia de la misericordia, bondad y amor de Dios.

3. Para demostrar la justicia de Dios. Cuando Dios invita repetidamente a los pecadores a acudir a la fe y estos rehúsan repetidamente sus invitaciones, la justicia de Dios se manifiesta mejor al condenarlos. Pablo advierte que los que persisten en la incredulidad están simplemente almacenando más ira para sí mismos: «Pero por tu obstinación y por tu corazón empedernido sigues acumulando castigo contra ti mismo para el día de la ira, cuando Dios revelará su justo juicio» (Ro 2:5). En el día del juicio «toda boca» se «cerrará» (Ro 3:19), y nadie podrá objetar que Dios ha sido injusto.

4. Para demostrar la gloria de Dios. Finalmente la gloria de Dios se muestra de varias maneras en las actividades de los seres humanos en todos los aspectos en que opera la gracia común. Al desarrollar y ejercer dominio sobre la tierra, hombres y mujeres demuestran y reflejan la sabiduría de su Creador, demuestran cualidades semejantes a las de Dios de capacidad y virtud moral, autoridad sobre el universo, etc. Aunque todas estas actividades están manchadas por motivos impuros, reflejan la excelencia de nuestro Creador y por consiguiente dan gloria a Dios, no completa ni perfectamente, pero en forma significativa.

D. Nuestra respuesta a la doctrina de la gracia común

Al pensar en las varias clases de bondades que se ven en la vida de los incrédulos debido a la abundante gracia común de Dios, debemos tener en mente estos tres puntos.

1. La gracia común no quiere decir que los que la reciban serán salvos. Incluso cantidades excepcionalmente grandes de gracia común no implican que los que la reciben serán salvos. Incluso los más hábiles, los más inteligentes, los más ricos y más poderosos del mundo necesitan el evangelio de Jesucristo, ¡o de lo contrario serán condenados por la eternidad! Incluso el más moral y amable de nuestros vecinos necesita el evangelio de Jesucristo, ¡o será condenado por toda la eternidad! Pueden parecer por fuera que no tienen necesidades, pero la Biblia a pesar de todo eso dice que los incrédulos son «enemigos» de Dios (Ro 5:10; cf. Col 1:21; Stg 4:4), y están «contra» Cristo (Mt 12:30). «Viven como enemigos de la cruz de Cristo» y tienen la mente «puesta en las cosas de la tierra» (Fil 3:18-19) y son «por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» (Ef 2:3, RVR).

2. Debemos tener cuidado de no rechazar como totalmente malas las cosas buenas que los incrédulos hacen. Por la gracia común los incrédulos hacen algún bien, y debemos ver la mano de Dios en ellos y estar agradecidos por la gracia común que opera en toda amistad, en todo acto de bondad, en toda manera en que da bendición a otros. Todo esto, aunque el incrédulo no lo sabe, es a fin de cuentas de Dios, y él merece la gloria de ello.

3. La doctrina de la gracia común debe alentar nuestros corazones a una mayor gratitud a Dios. Cuando andamos por la calle y vemos casas, jardines y familias que viven seguras, o cuando hacemos algún negocio en el mercado y vemos los abundantes resultados del progreso tecnológico, o cuando damos un paseo por el bosque y vemos la belleza de la naturaleza, o cuando el gobierno nos protege, o cuando recibimos educación del enorme almacén del conocimiento humano, debemos darnos cuenta no sólo de que todas estas bendiciones se deben a Dios en su soberanía, sino también que Dios las ha concedido a todos los pecadores que definitivamente no las merecen. Estas bendiciones en el mundo son no sólo evidencia del poder y sabiduría de Dios, sino que también son siempre una manifestación de su gracia abundante. El percatarnos de este hecho debe hacer que nuestros corazones se hinchen de gratitud a Dios en toda actividad de la vida.

La Resurrección y Ascensión de Cristo

A. Resurrección

1. Evidencia del Nuevo Testamento. Los Evangelios contienen abundante testimonio de la resurrección de Cristo (vea Mt 28:1-20; Mr 16:1-8; Lc 24:1-53; Jn 20:1—21:25). Además de esas narraciones detalladas en los cuatro evangelios, el libro de Hechos es un relato de la proclamación que los apóstoles hicieron de la resurrección de Cristo, y de la continua oración a Cristo y la confianza depositada en él como uno que vive y reina en el cielo. Las Epístolas dependen por entero de la presuposición de que Jesús es un Salvador vivo y reinante que ahora es la cabeza exaltada de la Iglesia, que se puede confiar en él, se le adora y alaba, y que un día volverá en poder y gran gloria para reinar como Rey sobre la tierra. El libro de Apocalipsis repetidamente muestra al Cristo resucitado reinando en el cielo y predice su regreso para conquistar a sus enemigos y reinar en gloria. Por consiguiente, todo el Nuevo Testamento da testimonio de la realidad de la resurrección de Cristo.

2. Naturaleza de la resurrección de Cristo. La resurrección de Cristo no fue simplemente un regreso a la vida, como otros lo habían experimentado antes (Lázaro, por ejemplo, Jn 11:1-44), porque de ser así Jesús habría estado sujeto a debilidad y envejecimiento, y a la larga habría muerto de nuevo como mueren todos los demás seres humanos. Más bien, cuando Jesús resucitó de los muerto fue las «primicias» (1 Co 15:20,23)  de una nueva clase de vida humana, una vida en la que su cuerpo fue hecho perfecto, sin estar ya sujeto a debilidad, envejecimiento y muerte, y capaz de vivir eternamente.

Es cierto que los dos discípulos de Jesús no lo reconocieron cuando él anduvo con ellos en el camino a Emaús (Lc 24:13-32), pero Lucas específicamente nos dice que esto se debió a que «sus ojos estaban velados» (Lc 24:16), y más tarde que «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24:31). María Magdalena por un momento no reconoció a Jesús (Jn 20:14-16), pero quizá todavía estaba oscuro y ella al principio no lo estaba mirando directamente; ella había llegado por primera vez «cuando todavía estaba oscuro» (Jn 20:1), y «se volvió» para hablar con Jesús una vez que le reconoció (Jn 20:16).

En otras ocasiones los discípulos parecen haber reconocido a Jesús más bien rápidamente (Mt 28:9,17; Jn 20:19-20,26-28; 21:7,12). Cuando Jesús se apareció a los once discípulos en Jerusalén, al principio ellos se quedaron aturdidos y asustados (Lc 24:33,37), sin embargo cuando vieron las manos y los pies de Jesús, y le vieron comer pescado, se convencieron de que había resucitado. Estos ejemplos indican que hubo un grado considerable de continuidad entre la apariencia física de Jesús antes de su muerte y después de su resurrección. Sin embargo, Jesús no se vería exactamente como antes de morir, porque además del asombro inicial de los discípulos ante lo que evidentemente ellos pensaban que no podía haber sucedido, hubo probablemente suficiente diferencia en su apariencia física como para que no se pudiera reconocer a Jesús de inmediato. Tal vez esa diferencia en apariencia fue simplemente la diferencia entre un hombre que ha vivido una vida de sufrimiento, adversidad y aflicción, y uno cuyo cuerpo había sido restaurado a una apariencia plena de juventud y perfecta salud. Aunque el cuerpo de Jesús era todavía un cuerpo físico, resucitó como cuerpo transformado, sin estar sometido ya al sufrimiento, el debilitamiento, la enfermedad y la muerte; se había «vestido de inmortalidad» (1 Co 15:53). Pablo dice que el cuerpo de resurrección resucita «en incorrupción … en gloria, … en poder … un cuerpo espiritual» (1 Co 15:42-44). (Por «cuerpo espiritual» Pablo no quiere decir «inmaterial», sino más bien apropiado y sensible a la dirección del Espíritu.)

Hay por lo menos diez evidencias en el Nuevo Testamento que muestran que Jesús tenía un cuerpo físico después de su resurrección: Las mujeres «le abrazaron los pies» (Mt 28:9), él se apareció a los discípulos en el camino a Emaús como otro viajero cualquiera (Lc 24:15-18,28-29), tomó pan y lo partió (Lc 24:30), comió pescado asado para demostrar claramente que tenía un cuerpo físico y no era simplemente un espíritu; María pensó que era el hortelano (Jn 20:15), «les mostró las manos y el costado» (Jn 20:20), preparó desayuno para los discípulos (Jn 21:12-13), y explícitamente les dijo: «Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo» (Lc 24:39). Finalmente Pedro dijo: «comimos y bebimos con él después de su resurrección» (Hch 10:41).

Es cierto que Jesús evidentemente podía aparecerse y desaparecerse de la vista de súbito (Lc 24:31,36; Jn 20:19,26). Sin embargo debemos tener cuidado de no sacar demasiadas conclusiones de este hecho, porque no todos los pasajes afirman que Jesús podía aparecerse y desaparecer; algunos simplemente dicen que Jesús llegó y se puso entre los discípulos. Cuando Jesús se esfumó de repente de la vista de los discípulos en Emaús, puede haber sido un suceso milagroso, tal como sucedió cuando «el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe. El eunuco no volvió a verlo» (Hch 9:39). Tampoco debemos enfatizar demasiado del hecho de que Jesús llegó y se puso entre los discípulos en dos ocasiones cuando las puertas estaban «cerradas» (Jn 20:19, 26), porque ningún pasaje dice que Jesús «atravesó paredes», ni nada parecido. En verdad, en otra ocasión en el Nuevo Testamento cuando alguien necesitó pasar por una puerta cerrada con llave, la puerta milagrosamente se abrió (véase Hch 12:10).

Finalmente, hay una consideración doctrinal mucho mayor. La resurrección física de Jesús, y su posesión eterna de un cuerpo físico resucitado, dan clara afirmación a la bondad de la creación material que Dios hizo originalmente: «Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno» (Gn 1:31). Nosotros, como hombres y mujeres resucitados, viviremos para siempre en «un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia» (2 P 3:13). Viviremos en una tierra renovada que «ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza» (Ro 8:21) y la tierra entera será como un nuevo huerto del Edén. Habrá una nueva Jerusalén, y todos «llevarán a ella todas las riquezas y el honor de las naciones» (Ap 21:26), y habrá «un río de agua de vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, y corría por el centro de la calle principal de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones» (Ap 22:1-2).

En este universo físico, muy material y renovado, parece que necesitaremos vivir como seres humanos con cuerpos físicos, apropiados para la vida en una renovada creación física. Específicamente, el cuerpo físico resucitado de Jesús afirma la bondad de la creación original de Dios del hombre no como un simple espíritu como los ángeles, sino como criatura con un cuerpo físico «muy bueno». No debemos caer en el error de pensar que la existencia inmaterial es de alguna manera una forma mejor de existencia para las criaturas: Cuando Dios nos hizo como pináculo de su creación, nos dio cuerpos físicos. En un cuerpo físico perfeccionado Jesús resucitó de los muertos, y ahora reina en el cielo, y volverá para llevarnos para que estemos con él para siempre.

3. Tanto el Padre como el Hijo participaron en la Resurrección. Algunos pasajes afirman que Dios el Padre específicamente resucitó a Cristo de entre los muertos (Hch 2:24; Ro 6:4; 1 Co 6:14; Gá 1:1; Ef 1:20), pero otros dicen que Jesús participó en su propia resurrección: Jesús dice: «Por eso me ama el Padre: porque entrego mi vida para volver a recibirla. Nadie me la arrebata, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla, y tengo también autoridad para volver a recibirla. Éste es el mandamiento que recibí de mi Padre» (Jn 10:17-18; cf. 2:19-21). Es mejor concluir que tanto el Padre como el Hijo intervinieron en la Resurrección. Ciertamente, Jesús dice: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11:25; cf. He 7:16).

4. Importancia doctrinal de la Resurrección.

a. La resurrección de Cristo asegura nuestra regeneración. Pedro dice que «nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva» (1 P 1:3). Aquí explícitamente él conecta la resurrección de Jesús con nuestra regeneración o nuevo nacimiento. Cuando Jesús resucitó de los muertos tenía una nueva calidad de vida, una «vida de resurrección» en un cuerpo humano y espíritu humano perfectamente apropiados para comunión y obediencia a Dios eternas. En su resurrección, Jesús obtuvo para nosotros una nueva vida como la suya. No recibimos esa nueva «vida de resurrección» por completo cuando nos convertimos en creyentes, porque nuestros cuerpos siguen siendo como son, todavía sujetos a debilidad, envejecimiento y muerte. Pero en nuestro espíritu se nos hace vivir con nuevo poder de resurrección. Por tanto, es mediante su resurrección que Cristo obtuvo para nosotros la nueva clase de vida que recibimos cuando «nacemos de nuevo». Por esto Pablo puede decir que Dios «nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! Y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó» (Ef 2:5-6; cf. Col 3:1). Cuando Dios resucitó a Cristo, empezó a vernos en cierto sentido como resucitados «con Cristo» y por consiguiente dignos de los méritos de la resurrección de Cristo. Pablo dice que su meta en la vida es «experimentar el poder que se manifestó en su resurrección» (Fil 3:10). Pablo sabía que incluso en esta vida la resurrección de Cristo da nuevo poder para el ministerio cristiano y la obediencia a Dios.

Hay en esto mucha aplicación positiva a nuestra vida cristiana, especialmente porque tiene implicaciones para nuestra capacidad de vivir la vida cristiana. Pablo conecta la resurrección de Cristo con el poder espiritual que obra en nosotros cuando dice a los efesios que está orando para que conozcan «cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales» (Ef 1:19-20). Aquí Pablo dice que el poder por el cual Dios resucitó de los muertos a Cristo es el mismo poder que obra en nosotros. Pablo nos ve además como resucitados en Cristo cuando dice: «Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. … De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:4,11).

Este nuevo poder de resurrección en nosotros incluye poder para tener más y más victoria sobre el pecado que queda en nuestra vida: «Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia» (Ro 6:14; cf. 1 Co 15:17); aunque nunca seremos perfectos en esta vida. Este poder de resurrección también incluye poder para ministrar en la obra del reino. Fue después de su resurrección que Jesús les prometió a sus discípulos: «Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). Este poder nuevo e intensificado para proclamar el evangelio y obrar milagros y triunfar sobre la oposición del enemigo les fue dado a los discípulos después de la resurrección de Cristo de entre los muertos y era parte del nuevo poder de resurrección que caracterizaba sus vidas cristianas.

b. La resurrección de Cristo asegura nuestra justificación. En un solo pasaje Pablo conecta explícitamente la resurrección de Cristo con nuestra justificación (o sea, la recepción de la declaración de que ya no somos culpables, sino justos delante de Dios). Pablo dice que Jesús «fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (Ro 4:25). Cuando Cristo resucitó, esa fue la declaración de Dios de que aprobaba la obra redentora de Cristo. Debido a que Cristo «se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Fil 2:8), «Dios lo exaltó hasta lo sumo» (Fil 2:9). Al resucitar a Cristo de entre los muertos, Dios el Padre estaba en efecto diciendo que aprobaba la obra de Cristo al sufrir y morir por nuestros pecados, que su obra quedaba terminada, y que Cristo ya no tenía ninguna necesidad de seguir muerto. No quedaba pena que pagar por el pecado, ni tampoco más ira de Dios para llevar, ni más culpa o culpabilidad para castigar; todo ha quedado completamente pagado y no queda ninguna culpa pendiente. En la Resurrección, Dios estaba diciéndole a Cristo: «Apruebo lo que has hecho y has hallado favor ante mis ojos».

Esto explica por qué Pablo puede decir que Cristo «fue resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). Si Dios «nos resucitó con él» (Ef 2:6), entonces, en virtud de nuestra unión con Cristo, la declaración de Dios de aprobación de Cristo es también la declaración de su aprobación de nosotros. Cuando el Padre en esencia le dijo a Cristo: «Toda la pena por los pecados ha quedado pagada y ahora te hallo sin culpa y justo», estaba pronunciando la declaración que también se aplicaría a nosotros una vez que confiáramos en Cristo en cuanto a la salvación. De esta manera la resurrección de Cristo también fue prueba definitiva de que él obtuvo nuestra justificación.

c. La resurrección de Cristo asegura que nosotros también recibiremos cuerpos perfectos al resucitar. El Nuevo Testamento varias veces conecta la resurrección de Jesús con nuestra resurrección corporal final. «Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros» (1 Co 4:14). Pero la explicación más extensa de la conexión entre la resurrección de Cristo y la nuestra se halla en 1 Corintios 15:12-58. Allí Pablo dice que Cristo es «primicias de los que murieron» (1 Co 15:20). Al llamar a Cristo «primicias» (gr. aparjé), Pablo usa una metáfora de la agricultura para indicar que seremos como Cristo. Así como las «primicias» o las primeras muestras de la siega madura indican que el resto de la siembra será como las muestras, Cristo como las «primicias» muestra lo que nuestros cuerpos resucitados serán cuando, en la «cosecha» final de Dios él nos resucite de los muertos y nos lleve a su presencia.7

Después de la Resurrección, Jesús tenía todavía las huellas de los clavos en sus manos y en sus pies, y la marca de la lanza en el costado (Jn 20:27). La gente a veces se pregunta si eso indica que las cicatrices de heridas serias que hemos recibido en esta vida permanecerán en nuestros cuerpos resucitados. La respuesta es que probablemente no tendremos ninguna cicatriz de las heridas o lesiones recibidas en esta vida, sino que nuestros cuerpos serán hechos perfectos, «incorruptibles» y resucitados «en gloria». Las huellas de la crucifixión de Jesús fueron únicas porque son un eterno recordatorio de sus sufrimientos y muerte por nosotros. Por cierto, las evidencias de la severa flagelación y la desfiguración que sufrió Jesús antes de su crucifixión probablemente quizá ya habían sanado, y sólo las cicatrices en sus manos, pies y costado permanecían como testimonio de su muerte por nosotros. El hecho de que él retenga esas cicatrices no necesariamente quiere decir que nosotros retendremos las nuestras. Más bien, todas sanarán, y seremos hechos perfectos y completos.

5. Significación ética de la Resurrección. Pablo también ve que la Resurrección tiene aplicación a nuestra obediencia a Dios en esta vida. Después de una larga consideración de la Resurrección, Pablo concluye animando a sus lectores: «Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano» (1 Co 15:58). Debido a que Cristo resucitó de los muertos, y porque nosotros también seremos resucitados de los muertos, debemos seguir firmes progresando siempre en la obra del Señor. Esto es porque todo lo que hacemos para llevar a las personas al reino y edificarlas en verdad tiene significación eterna, porque todos seremos resucitados en el día que Cristo regrese, y viviremos con él para siempre.

Segundo, Pablo nos anima, al pensar en la Resurrección, que enfoquemos nuestra futura recompensa celestial como nuestra meta. Ve la Resurrección como un tiempo cuando todas las luchas de esta vida recibirán su pago. Pero si Cristo no resucitó y si no hay resurrección, «la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados.

En este caso, también están perdidos los que murieron en Cristo. Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales» (1 Co 15:17-19; cf. v. 32). Pero debido a que Cristo resucitó, y porque hemos sido resucitados con él, debemos buscar una recompensa celestial y fijar nuestra mente en las cosas del cielo: «Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria» (Col 3:1-4).

Una tercera aplicación ética de la Resurrección es la obligación a dejar de someternos al pecado en nuestra vida. Cuando Pablo dice que debemos considerarnos «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» en virtud de la resurrección de Cristo y su poder de resurrección en nosotros (Ro 6:11), de inmediato pasa a decir: «Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal. … No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado» (Ro 6:12,13). Pablo usa la verdad de que tenemos este nuevo poder de resurrección sobre el dominio del pecado en nuestra vida como razón para exhortarnos a no pecar.

B. Ascensión al cielo

1. Cristo ascendió a un lugar. Después de su resurrección Jesús estuvo en esta tierra por cuarenta días (Hch 1:3), y luego llevó a sus seguidores a Betania, en las afueras de Jerusalén, y «allí alzó las manos y los bendijo. Sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24:50-51).

Un relato similar nos da Lucas en la sección inicial de Hechos: «Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse”» (Hch 1:9-11).

Estos relatos describen un evento que claramente está diseñado para mostrar a los discípulos que Jesús se fue a un lugar. No se les desapareció súbitamente, para que nunca más volvieran a verlo, sino que ascendió gradualmente mientras ellos contemplaban, y luego una nube (al parecer la nube de la gloria de Dios) le ocultó de la vista de ellos. Pero los ángeles de inmediato dijeron que él volvería de la misma manera en que había sido llevado al cielo. El hecho de que Jesús tenía un cuerpo resucitado que estaba sujeto a las limitaciones espaciales (sólo podía estar en un lugar a la vez) quiere decir que Jesús fue a algún lugar cuando ascendió al cielo.8

2. Cristo recibió gloria y honor como nunca los había recibido antes como Dios-hombre. Cuando Jesús ascendió al cielo recibió la gloria, el honor, y la autoridad que nunca había recibido siendo Dios y hombre. Antes de morir, Jesús oró: «Y ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera» (Jn 17:5). En su sermón en Pentecostés, Pedro dijo que Jesús fue «exaltado por la diestra de Dios» (Hch 2:33, RVR), y Pablo declaró que «Dios lo exaltó hasta lo sumo» (Fil 2:9), y que fue «recibido en la gloria» (1 Ti 3:16; cf. He 1:4). Cristo está ahora en el cielo y coros de ángeles le entonan alabanzas con las palabras: «¡Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y la honra, la gloria y la alabanza!» (Ap 5:12).

El Antiguo Testamento predijo que el Mesías se sentaría a la diestra de Dios: «Así dijo el SEÑOR a mi Señor: “Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”» (Sal 110:1). Cuando Cristo ascendió al cielo de nuevo, recibió el cumplimiento de esa promesa: «Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas» (He 1:3). Esta buena acogida en la presencia de Dios y el hecho de sentarse a la diestra de Dios es una indicación dramática de la terminación de la obra de Cristo de redención. Así como el ser humano se sienta al terminar una tarea grande para disfrutar la satisfacción de haberla realizado, Jesús se sentó a la diestra de Dios, visiblemente demostrando que su obra de redención estaba terminada.

Además de mostrar la terminación de la obra de Cristo de redención, el acto de sentarse a la diestra de Dios es una indicación de que recibió autoridad sobre el universo. Pablo dice que Dios «lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque» (Ef 1:20-21). De modo similar, Pedro dice que Jesús «subió al cielo y tomó su lugar a la derecha de Dios, y a quien están sometidos los ángeles, las autoridades y los poderes» (1 P 3:22). Pablo también alude al Salmo 110:1 cuando dice que «es necesario que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies» (1 Co 15:25).

Un aspecto adicional de la autoridad que Cristo recibió del Padre cuando se sentó a su diestra fue la autoridad de derramar sobre la Iglesia el Espíritu Santo. Pedro dice en el día de Pentecostés: «Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen» (Hch 2:33).

El hecho de que Jesús ahora está sentado a la diestra de Dios en el cielo no quiere decir que está perpetuamente «fijo» allí ni que está inactivo. También se le ve de pie a la diestra de Dios (Hch 7:56) y andando entre los siete candelabros en el cielo (Ap 2:1). Tal como un rey humano se sienta en su trono real en su ascensión al trono pero luego se dedica a muchas otras actividades todo el día, Cristo se sienta a la diestra de Dios como evidencia dramática de la terminación de su obra redentora y su recepción de autoridad sobre el universo, pero ciertamente se dedica también a otras actividades en el cielo.

4. La ascensión de Cristo tiene significación doctrinal para nuestra vida. Tal como la Resurrección tiene profundas implicaciones para nuestra vida, así la ascensión de Cristo tiene implicaciones significativas para nosotros. Primero, puesto que estamos unidos con Cristo en todo aspecto de su obra de redención, la ida de Cristo al cielo es un vislumbre de nuestra futura ascensión al cielo con él. «Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre» (1 Ts 4:17). El autor de Hebreos quiere que corramos la carrera de la vida con el conocimiento de que estamos siguiendo los pasos de Jesús y que a la larga llegaremos a la bendición de la vida en el cielo que él disfruta ahora: «Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (He 12:1-2). Y Jesús mismo dice que un día nos llevará para que estemos con él (Jn 14:3).

Segundo, la ascensión de Jesús nos da la certeza de que nuestro hogar definitivo será en el cielo con él. «En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté» (Jn 14:2-3). Jesús fue un hombre como nosotros en todo pero sin pecado, y se ha ido delante de nosotros para que un día nosotros también podamos seguirle y vivir con él para siempre. El hecho de que Jesús ya ha ascendido al cielo y logrado la meta puesta delante de él nos da gran seguridad de que un día iremos allá también.

Tercero, debido a nuestra unión con Cristo en su ascensión podemos tener parte ahora (parcialmente) en la autoridad de Cristo sobre el universo, y un día la tendremos más plenamente. A esto apunta Pablo cuando dice que «Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales» (Ef 2:6). No estamos físicamente presentes en el cielo, por supuesto, porque permanecemos aquí en la tierra por ahora. Pero si cuando Cristo se sentó a la diestra de Dios también se refiere a su toma de autoridad, el hecho de que Dios nos ha hecho sentar con Cristo quiere decir que ahora tenemos parte en cierta medida de la autoridad que Cristo tiene, autoridad para contender «contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales» (Ef 6:12, cf. vv. 10-18) y para librar batalla con armas «que tienen el poder divino para derribar fortalezas» (2 Co 10:4).

Esta coparticipación de la autoridad de Cristo sobre el universo será más completa cuando estemos en la edad venidera: «¿No saben que aun a los ángeles los juzgaremos?» (1 Co 6:3). Es más, tendremos parte con Cristo en su autoridad sobre la creación (He 2:5-8). Jesús promete: «Al que salga vencedor y cumpla mi voluntad hasta el fin, le daré autoridad sobre las naciones, así como yo la he recibido de mi Padre» (Ap 2:26-27). También promete: «Al que salga vencedor le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono, como también yo vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Ap 3:21). Estas son promesas asombrosas de nuestra participación futura con Cristo sentado a la diestra de Dios, promesas que no entenderemos plenamente sino en la edad venidera.

La Expiación

  • ¿Fue necesario que Cristo muriera?
  • ¿Qué sucedió en la expiación?
  • ¿Descendió Cristo al infierno?

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la expiación cómo sigue: La expiación es la obra que Cristo hizo en su vida y muerte para lograr nuestra salvación. Esta definición indica que estamos usando la palabra expiación en un sentido más amplio del que se le da a veces. A veces se usa solamente para referirse a la muerte de Jesús y al hecho de que pagó por nuestros pecados en la cruz. Pero, como lo veremos mas adelante, puesto que también recibimos beneficios salvadores por la vida de Cristo, hemos incluido también eso en nuestra definición.

A. Causa de la expiación

¿Cuál fue la causa suprema que llevó a Cristo a venir a la tierra y morir por nuestros pecados? Para hallar esto debemos remontarnos a algo en el carácter de Dios mismo. Aquí la Biblia señala dos cosas: el amor y la justicia de Dios.

El amor de Dios como causa de la expiación se ve en el pasaje más conocido de la Biblia: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16, RVR). Pero la justicia de Dios también exigía que Dios hallara la manera de que se pagara la pena que nosotros merecíamos por nuestros pecados (porque él no podía aceptarnos en comunión él a menos que se pagara esa pena). Pablo explica que por eso Dios envió a Cristo para que fuera «propiciación» (Ro 3:25, RVR); o sea, un sacrificio que tome sobre sí la ira de Dios para que Dios sea «propicio» o favorablemente dispuesto hacia nosotros: fue «para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados» (Ro 3:25, RVR). Aquí Pablo dice que Dios había estado perdonando los pecados en el Antiguo Testamento, pero no se había pagado ninguna pena; hecho que haría que la gente se preguntara si Dios en verdad era justo y se preguntara cómo podía perdonar pecados sin castigo. Ningún Dios que fuera verdaderamente justo podía hacer eso, ¿verdad? Sin embargo, cuando Dios envió a Cristo para que muriera y sufriera el castigo que merecíamos por nuestros pecados, fue «con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26, RVR).

Por consiguiente, el amor y la justicia de Dios fueron la suprema causa de la expiación. Sin embargo, no es provechoso que preguntemos cuál es más importante, porque sin el amor de Dios, él nunca habría dado ningún paso para redimirnos; y sin la justicia de Dios, no se hubiera cumplido con el requisito específico de que Cristo debía obtener nuestra salvación muriendo por nuestros pecados. El amor y la justicia de Dios son igualmente importantes.

B. Necesidad de la expiación

¿Había alguna otra manera en que Dios salvara a los seres humanos sin tener que enviar a su Hijo para que muriera en lugar nuestro?

Antes de responder a esta pregunta es importante darnos cuenta de que no era necesario que Dios salvara a nadie. Cuando vemos que «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4), nos percatamos de que Dios también pudo haber escogido con perfecta justicia habernos dejado en nuestros pecados en espera del castigo. Podía haber escogido no salvar a nadie, tal como lo hizo con los ángeles que pecaron. Así que en ese sentido la expiación no fue absolutamente necesaria.

Pero puesto que Dios, en su amor, decidió salvar a algunos seres humanos, varios pasajes bíblicos nos indican que no había otra manera en que Dios hiciera esto excepto por la muerte de su Hijo. Por consiguiente, la expiación no fue absolutamente necesaria, pero, como «consecuencia» de la decisión de Dios de salvar a algunos seres humanos, la expiación fue absolutamente necesaria. A esto a veces se le llama concepto de «la necesidad absoluta consecuente» de la expiación.

En el huerto del Getsemaní Jesús ora: «Si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mt 26:39). Podemos tener plena confianza de que Jesús siempre oró conforme a la voluntad del Padre, y que siempre oró con plenitud de fe. Así que parece que esta oración, que Mateo se cuida mucho de registrarla para nosotros, muestra que no era posible que Jesús evadiera la muerte en la cruz que ya se acercaba (la «copa» de sufrimiento que había dicho que sería suya). Si iba a cumplir la obra que el Padre le había enviado a hacer, y si Dios iba a redimir al pueblo, era necesario que él muriera en la cruz.

Jesús dijo algo similar después de su resurrección, cuando hablaba con dos discípulos en el camino a Emaús. Estos estaban tristes porque Jesús había muerto, pero su respuesta fue: «¡Qué torpes son ustedes y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Cristo estas cosas antes de entrar en su gloria?» (Lc 24:25-26). Jesús entendía que el plan de Dios de redención (que él explicó a los discípulos con muchos pasajes de las Escrituras del Antiguo Testamento Lc 24:27), hacía necesario que el Mesías muriera por los pecados de su pueblo.

Como vimos antes, Pablo en Romanos 3 también muestra que para que Dios fuera justo, y a pesar de eso salvara a la gente, tenía que enviar a Cristo para que pagara la pena por los pecados, «con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26, RVR). La Epístola a los Hebreos enfatiza que Cristo tuvo que sufrir por nuestros pecados: «Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar [lit. “propiciación”] los pecados del pueblo» (He 2:17). El autor de Hebreos también arguye que puesto que «es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados» (He 10:4), se exigía un mejor sacrificio (He 9:23). Sólo la sangre de Cristo, es decir, su muerte, podría quitar los pecados (He 9:25-26). No había manera de que Dios nos salvara excepto que Cristo muriera en nuestro lugar.

C. Naturaleza de la expiación

En esta sección consideraremos dos aspectos de la obra de Cristo: (1) La obediencia de Cristo por nosotros, en la que él obedeció los requisitos de la ley en lugar nuestro y fue perfectamente obediente a la voluntad de Dios Padre como nuestro representante, y (2) los sufrimientos de Cristo por nosotros, en los que él tomó la pena que merecían nuestros pecados y como resultado murió por nuestros pecados.

Es importante observar que en ambas categorías el énfasis primario y la influencia primaria de la obra de Cristo de redención no es en nosotros sino en Dios el Padre. Jesús obedeció al Padre en lugar nuestro y satisfizo perfectamente las demandas de la ley. Sufrió en nuestro lugar, recibiendo en sí mismo la pena que Dios el Padre nos habría impuesto. En ambos casos la expiación se ve como objetiva, es decir, algo que tiene influencia primaria directamente en Dios mismo. Sólo secundariamente tiene aplicación a nosotros, y esto es solamente porque hubo un acontecimiento definitivo en la relación entre Dios el Padre y Dios el Hijo que logró nuestra salvación.

1. La obediencia de Cristo por nosotros (a veces llamada su «obediencia activa»). Si Cristo hubiera ganado para nosotros solamente perdón de pecados, no nos mereceríamos el cielo. Nuestra culpa habría sido quitada, pero estaríamos en la posición de Adán y Eva antes de que estos hicieran algo bueno o malo, y antes de que hubieran salido airosos de un tiempo de prueba. Para ser restablecidos en justicia para siempre y tener asegurada para siempre su comunión con Dios, Adán y Eva tenían que obedecer a Dios perfectamente por un tiempo. Dios hubiera mirado su fiel obediencia con placer y deleite, y ellos habrían vivido para siempre en comunión con él.

Por esta razón Cristo tenía que vivir una vida de perfecta obediencia a Dios a fin de ganar justicia para nosotros. Tenía que obedecer la ley durante toda su vida a favor nuestro de modo que los méritos positivos de su obediencia perfecta se contaran como nuestros. A veces a esto se le llama «obediencia activa» de Cristo, en tanto que a sus sufrimientos y muerte por nuestros pecados se le llama «obediencia pasiva». Pablo dice que su meta es ser hallado en Cristo: «No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe» (Fil 3:9). No es simplemente neutralidad moral la que Pablo necesita de Cristo (es decir, una pizarra limpia con los pecados perdonados), sino una justicia moral positiva. Él sabe que esto no puede brotar de sí mismo, sino que tiene que venir por la fe en Cristo. En forma similar Pablo dice que Cristo ha sido hecho «nuestra justicia» (1 Co 1:30). Muy explícitamente dice: «Así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19).

Algunos teólogos no enseñan que Cristo necesitó lograr un historial de toda una vida de perfecta obediencia por nosotros. Simplemente han enfatizado que Cristo tuvo que morir y por ello paga la pena de nuestros pecados. Pero tal posición no explica adecuadamente por qué Cristo hizo mucho más que simplemente morir por nosotros: también se hizo nuestra «justicia» delante de Dios. Jesús le dijo a Juan el Bautista antes de que este lo bautizara: «Nos conviene cumplir con lo que es justo» (Mt 3:15).

Se pudiera argüir que Cristo tuvo que vivir una vida de perfecta justicia por causa suya propia, y no por la nuestra, antes de que pudiera ser un sacrificio sin pecado por nosotros. Pero Jesús no tenía que vivir una vida de perfecta obediencia por causa de sí mismo; él participaba del amor y de la comunión con el Padre desde la eternidad y en su propio carácter era eternamente causa de alegría y deleite para el Padre. Más bien tuvo que «cumplir con toda justicia» por causa nuestra; es decir, por causa del pueblo que estaba representando como cabeza. A menos que hubiera hecho esto por nosotros, no habría registro de obediencia para que mereciéramos el favor de Dios y la vida eterna con él. Es más, si a Jesús le hubiera sido suficiente ser sin pecado y no también una vida de perfecta obediencia, podía haber muerto por nosotros siendo niño y no a los treinta y tres años.

A modo de aplicación, debemos preguntarnos en qué historial de toda una vida de obediencia preferiríamos confiar en cuanto a nuestra posición delante de Dios, ¿en el de Cristo o en el nuestro propio? Al pensar en la vida de Cristo debemos preguntarnos: ¿fue suficiente buena para merecer la aprobación de Dios? ¿Estamos dispuestos a confiar en su historial de obediencia en cuanto a nuestro destino eterno?

2. Los sufrimientos de Cristo por nosotros (a veces llamada su «obediencia pasiva»).

Además de obedecer perfectamente por nosotros la ley durante toda su vida, Cristo tomó sobre sí los sufrimientos necesarios para pagar el castigo que merecían nuestros pecados.

a. Sufrimiento durante toda su vida. En un sentido amplio, la pena que Cristo llevó al pagar por nuestros pecados fue sufrimiento en su cuerpo y en su alma durante toda su vida. Aunque los sufrimientos de Cristo culminaron en su muerte en la cruz (vea más adelante), toda su vida en un mundo caído incluyó sufrimiento. Por ejemplo, Jesús sufrió tremendo sufrimiento durante la tentación en el desierto (Mt 4:1-11), cuando por cuarenta días resistió los ataques de Satanás. También sufrió al crecer hacia la madurez, porque leemos que «aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer» (He 5:8). Conoció el sufrimiento en la intensa oposición que enfrentó de parte de los dirigentes judíos en mucho de su ministerio terrenal (vea He 12:3-4). Podemos suponer también que soportó sufrimiento y aflicción en la muerte de su padre terrenal,1 y por cierto sufrió aflicción cuando murió su íntimo amigo Lázaro (Jn 11:35). Al predecir la venida del Mesías, Isaías dijo que sería «varón de dolores, hecho para el sufrimiento» (Is 53:3).

b. El dolor de la cruz. Los sufrimientos de Jesús se intensificaron conforme se acercaba a la cruz. A sus discípulos les expresó algo de la agonía por la que atravesaba cuando les dijo: «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir» (Mt 26:38). Fue especialmente en la cruz que los sufrimientos de Jesús por nosotros alcanzaron su clímax, porque allí fue cuando él llevó el castigo de nuestros pecados y murió en lugar nuestro. La Biblia nos enseña que hubo cuatro aspectos diferentes de dolor que Jesús sufrió.

(1) Dolor y muerte físicos. No tenemos que sostener que Jesús sufrió más dolor físico que el que cualquier otro ser humano jamás ha sufrido, porque la Biblia en ninguna parte afirma tal cosa. Pero con todo no debemos olvidar que la muerte por crucifixión era una de las formas más horribles de ejecución que jamás el hombre ha concebido.

Muchos de los lectores de los Evangelios en el mundo antiguo habrían presenciado crucifixiones y por tanto habrían tenido un cuadro mental vívido al leer las simples palabras «Y lo crucificaron» (Mr 15:24). Al criminal crucificado esencialmente se le obligaba a infligirse una muerte muy lenta por sofocación. Cuando le extendían al criminal los brazos y se los sujetaban con clavos a la cruz, tenía que sostener con sus brazos la mayor parte del peso de su cuerpo. La cavidad torácica quedaba halada hacia arriba y hacia afuera, lo que le hacía difícil exhalar para aspirar aire fresco. Pero cuando las ansias de la víctima por oxígeno se hacía insoportable, se empujaba con los pies hacia arriba, lo que daba a su cuerpo un soporte más natural, y liberaba a los brazos de algo del peso, y permitía que la cavidad torácica se contrajera en una forma más normal. Al empujarse de esta manera hacia arriba, el criminal podía evitar la asfixia, pero era extremadamente doloroso porque exigía poner todo el peso de su cuerpo sobre los pies sostenidos por los clavos, y doblar los codos y elevarse hacia arriba con los clavos que sostenían las muñecas. La espalda del criminal, que había sido lacerada repetidas veces con la flagelación previa, se rozaba contra la tosca madera de la cruz con cada respiración. Por eso Séneca (primer siglo d.C.) decía que el crucificado «aspiraba el aliento vital en medio de una agonía larga y penosa» (Epístola 101, a Lucilo, sec. 14).

Un médico que escribió en Journal of the American Medical Association en 1986 explicaba el dolor que habría de experimentarse en la muerte por crucifixión:

La exhalación adecuada exigía que se levantara el cuerpo empujándolo sobre los pies y doblando los codos. … Sin embargo, esta maniobra ponía todo el peso del cuerpo en los huesos de los tobillos y producía un dolor agudo. Todavía más, la flexión de los codos produciría la rotación de las muñecas en los clavos de hierro y causaría feroz dolor además de dañar los nervios medios. … Los calambres musculares y parestesias de los brazos estirados y levantados aumentarían el malestar. Como resultado, cada esfuerzo respiratorio sería agonizante y agotador, y a la larga conduciría a la asfixia.

En algunos casos, los crucificados sobrevivían varios días, casi asfixiándose pero sin acabar de morirse. Por eso a veces los verdugos le quebraban las piernas a algún criminal, para que la muerte ocurriera más rápido, como vemos en Juan 19:31-33.

Era el día de la preparación para la Pascua. Los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en la cruz en sábado, por ser éste un día muy solemne. Así que le pidieron a Pilato ordenar que les quebraran las piernas a los crucificados y bajaran sus cuerpos. Fueron entonces los soldados y le quebraron las piernas al primer hombre que había sido crucificado con Jesús, y luego al otro. Pero cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas.

(2) El dolor de llevar el pecado. Más horrible que el dolor del sufrimiento físico, Jesús soportó el dolor psicológico de llevar la culpa de nuestro pecado. En nuestra propia experiencia como creyentes, conocemos algo de la angustia que sentimos cuando sabemos que hemos pecado. El peso de la culpa nos agobia el corazón, y hay un sentimiento amargo de separación de todo lo que es bueno en el universo, y la conciencia de un sentimiento muy profundo de algo que no debería ser. Es más, mientras más crecemos en santidad como hijos de Dios, más intensamente sentimos esta instintiva repulsión contra el mal.

Pero Jesús era perfectamente santo. Aborrecía el pecado con todo su ser. El pensamiento del mal, de pecado, contradecía en todo su carácter. Mucho más que nosotros, Jesús instintivamente se rebelaba contra el mal. Sin embargo, en obediencia al Padre y por amor a nosotros, llevó sobre sí todos los pecados de los que un día serían salvos. Llevar sobre sí todo el mal contra el que su alma se rebelaba creaba una profunda repulsión en lo más hondo de su ser. Todo lo que aborrecía más profundamente fue vertido por completo sobre él.

La Biblia dice frecuentemente que nuestros pecados fueron puestos sobre Cristo: «pero el SEÑOR hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53:6), y «Cargó con el pecado de muchos» (Is 53:12). Juan el Bautista llama a Jesús el «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29). Pablo declara que «por nosotros Dios [a Cristo] lo trató como pecador» (2 Co 5:21) y que Cristo fue hecho «maldición por nosotros» (Gá 3:13). El autor de Hebreos dice que «Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos» (He 9:28). Pedro dice: «Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados» (1 P 2:24).

El pasaje de 2 Corintios antes citado, junto con los versículos de Isaías, indican que fue Dios Padre quien puso nuestros pecados sobre Cristo. ¿Cómo pudo ser eso? De la misma manera que los pecados de Adán nos fueron imputados,3 Dios imputó nuestros pecados a Cristo; es decir, los tomó como si fueran de Cristo, y, puesto que Dios es el supremo juez y definidor de lo que existe en el universo, cuando Dios tomó nuestros pecados como si fueran de Cristo esos pecados en efecto y en realidad fueron de Cristo. Eso no quiere decir que Dios pensó que Cristo mismo había cometido los pecados, ni que Cristo tenía una naturaleza de pecado, sino que la culpa de nuestros pecados (es decir, el merecimiento de castigo) Dios la tomó como si fuera de Cristo y no nuestra.

Algunos han objetado que no fue justo que Dios transfiera la culpa del pecado de nosotros a Cristo, que era inocente. Sin embargo, debemos recordar que Cristo voluntariamente tomó sobre sí la culpa de nuestros pecados, así que esta objeción pierde mucho de su fuerza. Es más, Dios mismo (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es la norma suprema de lo que es justo y recto en el universo, y él decretó que la expiación tuviera lugar de esta manera y eso satisfizo las demandas de su justicia y rectitud.

(3) Abandono. El dolor físico de la crucifixión y el dolor de llevar sobre sí el mal absoluto de nuestros pecados fueron más graves por el hecho de que Jesús enfrentó solo todo ese dolor. En el huerto del Getsemaní, cuando tomó consigo a Pedro, Jacobo y Juan, Jesús les confió algo de su agonía: «Es tal la angustia que me invade que me siento morir —les dijo—. Quédense aquí y vigilen» (Mr 14:34). Esta es la clase de confianza que uno tendría con un amigo íntimo, e implica una petición de respaldo en su hora de mayor prueba. Sin embargo, tan pronto como detuvieron a Jesús, «todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» (Mt 26:56).

Aquí también hay una analogía muy tenue en nuestra experiencia, porque no podemos vivir mucho tiempo sin probar el dolor interno del rechazo, sea rechazo de algún amigo íntimo, un padre o madre, o un hijo o hija, o incluso una esposa o esposo. Sin embargo, en todos estos casos por lo menos hay un sentido de que podríamos haber hecho algo en forma diferente, y de que por lo menos una mínima parte es culpa nuestra. No fue así con Jesús y los discípulos, porque «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13:1). No había hecho otra cosa que amarlos; y en pago todos ellos lo abandonaron.

Pero mucho peor que la deserción de incluso sus más íntimos amigos humanos fue el hecho de que Jesús se vio privado de la intimidad con el Padre que había sido el gozo más profundo de su corazón durante toda su vida terrenal. Cuando Jesús clamó: «Elí, Elí, ¿lama sabactani? (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”)» (Mt 27:46), dejó saber que había quedado separado de la más dulce comunión con su Padre celestial que había sido la infaltable fuente de fuerza interior y el elemento de su más grande gozo en una vida terrenal llena de tristeza. Cuando Jesús llevó sobre sí nuestros pecados en la cruz, lo abandonó su Padre celestial, de quien Habacuc dice: «Son tan puros tus ojos que no puedes ver el mal» (Hab 1:13). Cristo enfrentó a solas el peso de la culpa de millones de pecados.

(4) Llevó la ira de Dios. Incluso más difícil que estos tres aspectos del dolor de Jesús que ya hemos mencionado fue el dolor de llevar sobre sí la ira de Dios. Al llevar Jesús a solas la culpa de nuestros pecados, Dios Padre, el Creador poderoso, Señor del universo, derramó sobre Jesús la furia de su ira: Jesús se volvió el objeto del intenso aborrecimiento del pecado y venganza contra el pecado que Dios pacientemente había almacenado desde el principio del mundo.

Romanos 3:25 nos dice que Dios puso a Cristo como «propiciación» (RVR), palabra que quiere decir «sacrificio que lleva la ira de Dios hasta el fin y al hacerlo así cambia la ira de Dios hacia nuestro favor». Pablo nos dice que esto fue «para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:25-26, RVR). No es que Dios simplemente había perdonado el pecado y se había olvidado del castigo en generaciones pasadas. Había perdonado los pecados y almacenado su ira justa contra esos pecados. Pero en la cruz la furia de toda esa ira almacenada contra el pecado se desató contra el mismo Hijo de Dios.

Muchos teólogos fuera del mundo evangélico han objetado fuertemente la idea de que Jesús llevó sobre sí la ira de Dios contra el pecado. Su presuposición básica es que puesto que Dios es un Dios de amor, sería incongruente con su carácter mostrar ira contra los seres humanos que ha creado y de los cuales es un Padre amante. Pero los eruditos evangélicos han explicado convincentemente que la idea de la ira de Dios está sólidamente arraigada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos: «La totalidad de la argumentación de la parte inicial de Romanos es que todos los hombres, gentiles y judíos, por igual, son pecadores, y están bajo la ira y la condenación de Dios».

Otros tres pasajes cruciales del Nuevo Testamento se refieren a la muerte de Jesús como «propiciación»: Hebreos 2:17; 1 Juan 2:2 y 4:10 (RVR). Los términos griegos (el verbo jiláskomai, «hacer propiciación» y el sustantivo jilasmós, «sacrificio de propiciación») que se usan en estos pasajes tienen el sentido de «sacrificio que quita la ira de Dios, y por ello vuelve a Dios propicio (o favorable) hacia nosotros». Este es el significado constante de estas palabras fuera de la Biblia, en donde se entendían muy bien en referencia a las religiones griegas paganas. Estos versículos simplemente quieren decir que Jesús sufrió la ira de Dios contra el pecado.

Es importante insistir en este hecho, porque es la médula de la doctrina de la expiación. Quiere decir que hay un requisito eterno, inmutable, en la santidad y justicia de Dios de que el pecado tiene un precio que hay que pagar. Todavía más, antes de que la expiación pudo en algún momento tener efecto en nuestra conciencia subjetiva, primero tuvo que tener efecto en Dios y su relación con los pecadores que planeaba redimir. Aparte de esta verdad central, la muerte de Cristo no se puede entender adecuadamente (vea más adelante la explicación de otros puntos de vista sobre la expiación).

Al concepto de la muerte de Cristo que se presenta aquí se le ha llamado frecuentemente teoría de la «sustitución penal». La muerte de Cristo fue «penal» en que él pagó una pena cuando murió. Su muerte también fue una «sustitución» en la que él fue un sustituto por nosotros cuando murió. Este ha sido el concepto ortodoxo de la expiación sostenida por los teólogos evangélicos, en contraste con los demás que intentan explicar la expiación aparte de la idea de la ira de Dios o del pago de la pena por el pecado (vea más adelante).

A este concepto de la expiación a veces se le llama teoría de la expiación vicaria. Un «vicario» es alguien que ocupa el lugar de otro o que representa a otro. La muerte de Cristo, por consiguiente, fue «vicaria» porque estuvo en nuestro lugar y nos representó. Como representante nuestro, llevó la pena que merecíamos.

c. Términos del Nuevo Testamento que describen diferentes aspectos de la expiación. La obra expiatoria de Cristo es un evento complejo que tiene varios efectos en nosotros. Se puede ver, por consiguiente, desde diferentes aspectos. El Nuevo Testamento usa diferentes palabras para describirlos; examinaremos cuatro de los más importantes.

Los cuatro términos muestran cómo la muerte de Cristo satisface las cuatro necesidades que tenemos como pecadores:

1. Merecemos morir como castigo por el pecado.
2. Merecemos recibir la ira de Dios contra el pecado.
3. Nuestros pecados nos separan de Dios.
4. Estamos en esclavitud al pecado y al reino de Satanás.

La muerte de Cristo satisface estas cuatro necesidades de las siguientes maneras.

(1) Sacrificio. Para pagar la pena de muerte que merecíamos por nuestros pecados, Cristo murió en sacrificio por nosotros. «Ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo» (He 9:26).

(2) Propiciación. Para sacarnos de la ira de Dios que merecíamos, Cristo murió en propiciación por nuestros pecados. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4:10, RVR).

(3) Reconciliación. Para vencer nuestra separación de Dios, necesitábamos a alguien que trajera reconciliación y con ello nos llevara de nuevo a la comunión con Dios. Pablo dice que Dios «por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo» (2 Co 5:18-19).

(4) Redención. Debido a que somos pecadores somos esclavos del pecado y de Satanás, y necesitamos que alguien provea redención y nos «redima» de esa esclavitud. Cuando hablamos de redención entra en el panorama la idea de «rescate». Un rescate es el precio que se paga para redimir a alguien de la esclavitud o cautiverio. Jesús dijo de sí mismo: «El Hijo del hombre [no] vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mr 10:45). Si preguntamos a quién se le pagó el rescate, comprendemos que la analogía humana del pago de rescate no armoniza con la expiación de Cristo en todo detalle. Aunque estábamos esclavos del pecado y de Satanás, no se pagó «rescate» ni al «pecado» ni a Satanás, porque ellos no tenían poder para exigir tal pago, ni tampoco fue la santidad de Satanás la que se vio ofendida por el pecado y exigía que se pagara una pena por el pecado. Pero vacilamos al hablar de que la pena del pecado la pagó Cristo y la recibió y aceptó Dios el Padre, porque no era él quien nos tenía esclavos, sino Satanás y nuestros pecados. Por consiguiente, en este punto la idea del pago de rescate no se puede imponer en todo detalle. Es suficiente notar que se pagó un precio (la muerte de Cristo) y el resultado fue que quedamos «redimidos» de la esclavitud.

Fuimos redimidos de la esclavitud a Satanás porque «el mundo entero está bajo el control del maligno» (1 Jn 5:19), y cuando Cristo vino murió a fin de «librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida» (He 2:15). Realmente, Dios el Padre «nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo» (Col 1:13).

En cuanto a la liberación de la esclavitud al pecado, Pablo dice: «De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. … Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia» (Ro 6:11,14). Hemos sido librados de la esclavitud de la culpa del pecado y de la esclavitud de su dominio sobre nuestra vida.

d. Otros conceptos sobre la expiación. En contraste con el concepto de sustitución penal en cuanto a la expiación que se presenta en este capítulo, en diferentes épocas de la historia de la Iglesia se han propuesto otras ideas.

(1) Teoría de que se pagó rescate a Satanás. Este concepto lo sostenía Orígenes (ca. 185—254 d.C.), teólogo de Alejandría y más tarde de Cesarea, y después de él otros en la historia de la Iglesia. Según este punto de vista, el rescate que Cristo pagó para redimirnos lo pagó a Satanás, en cuyo reino estaban todas las personas por causa del pecado.

Esta teoría no halla ninguna confirmación directa en la Biblia, y ha tenido muy pocos defensores en la historia de la Iglesia. Falsamente piensa que Satanás, antes que Dios, era el que exigía el pago por el pecado, y de este modo descarta por completo las exigencias de la justicia de Dios respecto al pecado. Ve a Satanás con mucho más poder del que realmente tiene, es decir, poder para exigirle a Dios lo que se le antoje, antes que como el que ha sido arrojado del cielo y no tiene ningún derecho de exigirle nada a Dios. En ninguna parte la Biblia dice que como pecadores le debíamos algo a Satanás, pero repetidamente dice que Dios nos exigía el pago por nuestros pecados. Esta idea además no considera los pasajes que hablan de la muerte de Cristo como propiciación que se presenta a Dios el Padre por nuestros pecados, ni el hecho de que Dios el Padre representaba a la Trinidad al aceptar de Cristo el pago por los pecados (vea la explicación anterior).

(2) Teoría de la influencia moral. Primeramente propuesta por Pedro Abelardo (1079—1142 d.C.), teólogo francés, la teoría de la influencia moral en cuanto a la expiación sostiene que Dios no exigió ningún pago de una pena por el pecado, sino que la muerte de Cristo fue simplemente una manera en la que Dios mostró cuánto amaba a los seres humanos, al identificarse con sus sufrimientos, incluso hasta la muerte. La muerte de Cristo, por consiguiente, se vuelve el gran ejemplo que muestra el amor de Dios por nosotros y promueve en nosotros una respuesta de gratitud, y que al amarlo recibimos el perdón.

La gran dificultad con esta noción es que es contraria a tantos pasajes bíblicos que hablan de que Cristo murió por el pecado, llevó nuestro pecado o murió en propiciación. Es más, le roba a la expiación su carácter objetivo, porque sostiene que la expiación no tuvo efecto alguno en Dios mismo. Finalmente, no ofrece ninguna manera de lidiar con nuestra culpa. Si Cristo no murió para pagar nuestros pecados, no tenemos derecho alguno a confiar en él en cuanto al perdón de los pecados.

(3) Teoría del ejemplo. La teoría del ejemplo en cuanto a la expiación la enseñaban los socinianos, o sea, los seguidores de Fausto Socinio (1539—1604), teólogo italiano que se estableció en Polonia en 1578 y atrajo un nutrido número de seguidores. La teoría del ejemplo, como la teoría de la influencia moral, también niega que la justicia de Dios exija pago por el pecado; dice que la muerte de Cristo simplemente nos provee de un ejemplo de cómo debemos confiar y obedecer completamente a Dios, incluso si esa confianza y obediencia nos lleva a una muerte horrible. En donde la teoría de la influencia moral dice que la muerte de Cristo nos enseña cuánto nos ama Dios, la teoría del ejemplo dice que la muerte de Cristo nos enseña cómo debemos vivir. Respaldo para esta noción se puede hallar en 1 Pedro 2:21: «Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos».

Aunque es cierto que Cristo es un ejemplo para nosotros incluso en su muerte, la cuestión es si este hecho es la explicación completa de la expiación. La teoría del ejemplo no toma en cuenta los muchos pasajes bíblicos que hablan de la muerte de Cristo como pago por el pecado, el hecho de que Cristo llevó nuestros pecados y el hecho de que él fue la propiciación por nuestros pecados. Estas consideraciones por sí solas significan que se debe rechazar esta teoría. Es más, este concepto acaba arguyendo que el hombre se puede salvar a sí mismo si sigue el ejemplo de Cristo y confía y obedece a Dios tal como Cristo lo hizo. Por tanto, no muestra cómo se nos puede quitar la culpa de nuestro pecado, porque no sostiene que Cristo pagó la pena por nuestros pecados e hizo provisión para nuestra culpa cuando murió.

(4) Teoría gubernamental. La teoría gubernamental de la expiación la enseñó por primera vez el teólogo y jurista holandés Hugo Grotio (1583—1645). Esta teoría sostiene que Dios no tenía que exigir pago por el pecado, puesto que como es Dios omnipotente puede dejar a un lado ese requisito y perdonar los pecados sin el pago de una pena. Entonces, ¿cuál fue el propósito de la muerte de Cristo? Fue la demostración que Dios dio del hecho de que sus leyes habían sido quebrantadas, y que él es el legislador moral y gobernador del universo, y que algún tipo de pena se exigirá siempre que se rompan sus leyes. Así que Cristo no pagó exactamente la pena por los pecados de nadie, sino que sufrió para mostrar que cuando se rompen las leyes de Dios hay que pagar una pena.

El problema con esta teoría igualmente es que no toma en cuenta adecuadamente los pasajes bíblicos que hablan de que Cristo llevó nuestros pecados en la cruz, de que Dios puso sobre Cristo la iniquidad de todos nosotros, de que Cristo murió específicamente por nuestros pecados, y de que Cristo es la propiciación por nuestros pecados. Es más, le quita a la expiación su carácter objetivo haciendo que su propósito no sea la satisfacción de la justicia de Dios sino influirnos para que nos demos cuenta de que hay que guardar las leyes de Dios. Esta teoría también implica que, en cuanto al perdón de los pecados, no podemos confiar plenamente en la obra de Cristo terminada, por cuanto él no pagó por nuestros pecados. Es más, hace que el perdón de los pecados sea algo que sucedió en la mente de Dios aparte de la muerte de Cristo en la cruz; él ya había decidido perdonarnos sin exigir ninguna pena de nosotros y castigó a Cristo sólo para demostrar que todavía es el gobernador moral del universo. Pero esto quiere decir que Cristo (según ese concepto) no obtuvo perdón ni salvación para nosotros, y así el valor de su obra redentora se minimiza grandemente. Finalmente, esta teoría no toma en cuenta adecuadamente la inmutabilidad de Dios y la pureza infinita de su justicia. Decir que Dios puede perdonar pecados sin exigir ninguna pena (a pesar del hecho de que por todas partes en la Biblia el pecado siempre requiere el pago de una pena) es subestimar seriamente el carácter absoluto de la justicia de Dios.

e. ¿Descendió Cristo al infierno? A veces se arguye que Cristo descendió al infierno después de morir. Aunque la frase «descendió al infierno» no aparece en la Biblia, su inclusión en el ampliamente usado Credo Apostólico ha generado mucho debate en cuanto a su significado e implicaciones.

El Credo dice: «Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos; resucitó al tercer día». ¿Representa esta frase adecuadamente la enseñanza bíblica respecto a la muerte de Cristo? ¿Sufrió Cristo más después de su muerte en la cruz? Aquí examinaremos brevemente la historia de esta frase y los pasajes bíblicos pertinentes a esta idea.

Para empezar se puede decir que hay un trasfondo turbio detrás de la historia de la frase «descendió al infierno». A diferencia del Credo Niceno y de la Declaración de Calcedonia, el Credo de los Apóstoles no fue escrito ni aprobado por un concilio determinado de la Iglesia en alguna fecha determinada, sino que más bien se desarrolló gradualmente alrededor del año 200 hasta el 750 d.C. Un resumen que hace el gran historiador de la Iglesia Philip Schaff del desarrollo del credo muestra que la frase en cuestión no aparece en ninguna de las primeras versiones del credo. Antes del 650 d.C., la frase «descendió al infierno» aparece solamente en una versión del credo, por Rufino, en el 390 d.C. Es más, Rufino entendía que la frase simplemente quería decir que Cristo fue «sepultado«. En otras palabras, consideraba que quería decir que Cristo «descendió a la tumba». (La forma griega dice hades, que puede significar simplemente «tumba», y no gehena, «infierno, lugar de castigo».) Esto quiere decir, por tanto, que hasta el 650 d.C. ninguna versión del credo incluyó esta frase con la intención de decir que Cristo «descendió al infierno». En verdad, después que se empezó a incorporar la frase en diferentes versiones del credo, se hizo todo esfuerzo por explicar que «descendió al infierno» no contradecía al resto de las Escrituras. Dada esta historia, uno se pregunta si el término apostólico se puede aplicar en algún sentido a esta frase, o si en realidad tiene un lugar legítimo en un credo cuyo título aduce descender de los primeros apóstoles de Cristo.

Cuando acudimos a la evidencia bíblica de esta doctrina, hallamos que hay unos cuantos pasajes que arguyen en contra de la posibilidad de que Cristo haya ido al infierno después de su muerte. Las palabras de Jesús al ladrón en la cruz, «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23:43), implican que después que Jesús murió su alma (o espíritu) fue inmediatamente a la presencia del Padre en el cielo, aunque su cuerpo siguió en la tierra y fue sepultado.8 Además, el grito de Jesús «Todo se ha cumplido» (Jn 19:30) fuertemente sugiere que el sufrimiento de Cristo quedaba terminado en ese momento y lo mismo su alienación del Padre debido a que llevó nuestro pecado. Finalmente, la exclamación «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lc 23:46) también sugiere que Cristo esperaba (correctamente) el fin inmediato de su sufrimiento y alienación, y la buena acogida a su espíritu en el cielo de parte de Dios el Padre.

Estos pasajes indican, por tanto, que Cristo en su muerte experimentó lo mismo que los creyentes de esta edad presente experimentan al morir. Su cuerpo muerto permaneció en la tierra y fue sepultado (como lo serán los nuestros), pero su espíritu (o alma) pasó de inmediato a la presencia de Dios en el cielo (tal como lo será el nuestro). Entonces, en la mañana del primer Domingo de Resurrección, el espíritu de Cristo se unió de nuevo con su cuerpo y resucitó. Así sucederá con los creyentes que han muerto cuando Cristo vuelva: volverán a unirse con sus cuerpos y resucitarán con cuerpos perfectos de resurrección a una vida nueva. Todavía más, estos pasajes indican que Cristo en su muerte en la cruz satisfizo por completo las exigencias del justo castigo de Dios por el pecado y llevó por completo la ira de Dios contra ese pecado. No había necesidad de que Cristo sufriera más después de su muerte en la cruz.

Cristología

LA PERSONA DE CRISTO

¿Cómo es Jesús plenamente Dios y plenamente hombre, y sin embargo una sola persona?

I. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos resumir la enseñanza bíblica sobre la persona de Cristo como sigue: Jesucristo fue plenamente Dios y plenamente hombre en una persona, y así lo será para siempre.

El material bíblico que respalda esta definición es extenso. Hablaremos primero de la humanidad de Cristo, y luego de su deidad, y entonces intentaremos mostrar cómo la deidad y la humanidad de Jesús están unidas en la sola persona de Cristo.

A. La humanidad de Cristo

1. Nacimiento virginal. Cuando hablamos de la humanidad de Cristo es apropiado empezar con una consideración del nacimiento virginal de Cristo. La Biblia claramente afirma que Jesús fue concebido en el vientre de su madre, María, mediante la obra milagrosa del Espíritu Santo y sin padre humano.

«El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1:18). Poco después de esto un ángel del Señor le dijo a José, que estaba comprometido en matrimonio con María: «José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo» (Mt 1:20). Luego leemos que José «hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa. Pero no tuvo relaciones conyugales con ella hasta que dio a luz un hijo, a quien le puso por nombre Jesús» (Mt 1:24-25).

El mismo hecho se menciona en el Evangelio de Lucas, en donde leemos de la aparición del ángel Gabriel a María. Después de que el ángel le dijo que ella tendría un hijo, María dijo: «¿Cómo puede ser esto, puesto que no tengo marido?» El ángel le contestó:

El Espíritu Santo vendrá sobre ti,
y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.

Así que al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios. (Lc 1:34-35; cf. 3:23)

Esta afirmación bíblica del nacimiento virginal de Cristo debería por sí sola darnos suficiente base para aceptar esta doctrina. Sin embargo, hay también implicaciones doctrinales fundamentales del nacimiento virginal que ilustran su importancia. Podemos ver esto por lo menos en tres aspectos.

a. Muestran que la salvación en definitiva debe venir del Señor. El nacimiento virginal de Cristo es un recordatorio inconfundible del hecho de que la salvación jamás puede venir por esfuerzo humano, sino que debe ser la obra sobrenatural de Dios. Ese hecho fue evidente al principio mismo de la vida de Jesús, cuando «Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos» (Gá 4:4-5).

b. El nacimiento virginal hizo posible la unión de plena deidad y plena humanidad en una persona. Esto fue el medio que Dios usó para enviar a su Hijo (Jn 3:16; Gá 4:4) al mundo como hombre. Si pensamos por un momento en las otras maneras posibles en que Cristo podía haber venido a la tierra, ninguna de ellas hubiera unido tan claramente la humanidad y la deidad en una persona. Probablemente habría sido posible que Dios creara a Jesús como ser humano completo en el cielo y lo enviara para que descendiera del cielo a la tierra sin la intervención de ningún padre humano. Pero entonces habría sido muy difícil para nosotros entender el hecho de que Jesús era plenamente humano como nosotros. Por otro lado, probablemente habría sido posible que Dios hiciera que Jesús viniera al mundo con dos padres humanos, tanto un padre como una madre, y con su plena naturaleza divina milagrosamente unida a su naturaleza humana en algún punto temprano en su vida. Pero entonces hubiera sido muy difícil para nosotros entender cómo Jesús era plenamente Dios, puesto que su origen fue como el nuestro en todo sentido. Pensar en estas otras dos posibilidades nos ayuda a entender cómo Dios, en su sabiduría, ordenó una combinación de influencia humana y divina en el nacimiento de Cristo, para que su plena humanidad fuera evidente para nosotros por el hecho de su nacimiento humano ordinario de una madre humana, y que su plena deidad fuera también evidente por el hecho de su concepción en el vientre de María por la obra poderosa del Espíritu Santo.

c. El nacimiento virginal también hace posible la verdadera humanidad de Cristo sin el pecado heredado. Como observamos en el capítulo 14, todos los seres humanos han heredado de su primer padre, Adán, la culpa legal y una naturaleza moral corrupta. Pero el hecho de que Jesús no tuvo un padre humano quiere decir que la línea de descendencia de Adán queda parcialmente interrumpida. Jesús no descendía de Adán en la misma manera exacta que todo los demás seres humanos han descendido de Adán. Esto nos ayuda a entender por qué la culpa legal y la corrupción moral que pertenecen a todos los demás seres humanos no le perteneció a Cristo.

Pero, ¿por qué Jesús no heredó la naturaleza de pecado de María? La Iglesia Católica Romana contesta a esta pregunta diciendo que María misma era libre de pecado, pero la Biblia en ninguna parte enseña esto, y de todas maneras esto no resolvería el problema (¿por qué María no heredó pecado de su madre?). Una mejor solución es decir que la obra del Espíritu Santo en María debe haber prevenido no sólo la transmisión del pecado de José (porque Jesús no tuvo padre humano) sino también, de una manera milagrosa, la transmisión de pecado de María. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti … Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios» (Lc 1:35, VP).1

2. Debilidades y limitaciones humanas.

a. Jesús tenía un cuerpo humano. El hecho de que Jesús tenía un cuerpo humano tal como el nuestro se ve en muchos pasajes de la Biblia. Nació tal como nacen todos los bebés (Lc 2:7). Creció de la niñez a la edad adulta como crece todo niño. «El niño crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba» (Lc 2:40). Lucas nos dice además que «Jesús siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de toda la gente» (Lc 2:52).

Jesús se cansó tal como nosotros, porque leemos que «Jesús, fatigado del camino, se sentó junto al pozo» en Samaria (Jn 4:6). Sintió sed, porque cuando estuvo en la cruz, dijo: «Tengo sed» (Jn 19:28). Después de haber ayunado durante cuarenta días en el desierto, leemos que «tuvo hambre» (Mt 4:2). A veces sintió debilidad física, porque durante su tentación en el desierto ayunó por cuarenta días (el punto en que la fuerza física de los seres humanos ha desaparecido casi por completo y más allá del cual hay daño físico irreparable si continúa el ayuno). En ese momento «unos ángeles acudieron a servirle» (Mt 4:11), evidentemente para atenderle y proveerle alimento hasta que recuperara suficiente fuerza para salir del desierto. La culminación de las limitaciones de Jesús en términos de su cuerpo humano se ven cuando murió en la cruz (Lc 23:46). Su cuerpo humano dejó de tener vida y dejó de funcionar, tal como ocurre con el nuestro cuando morimos.

Jesús también resucitó de los muertos con un cuerpo físico, humano, un cuerpo perfecto y ya no estaba sujeto a debilidad, enfermedad y muerte. Les demuestra repetidas veces a sus discípulos que de verdad tiene un cuerpo físico. Dice: «Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo» (Lc 24:39). Les está mostrando y enseñando que él tiene «carne y huesos», y no es solo un «espíritu» sin cuerpo. Otra evidencia de este hecho es que «le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos» (Lc 24:42; cf. v. 30; Jn 20:17,20,27; 21:9,13).

En el mismo cuerpo humano (aunque era un cuerpo resucitado hecho perfecto) Jesús también ascendió al cielo. Antes de irse dijo: «Ahora dejo de nuevo el mundo y vuelvo al Padre» (Jn 16:28, cf. 17:11). La manera en que Jesús ascendió al cielo fue calculada para demostrar la continuidad entre su existencia en un cuerpo físico aquí en la tierra y su continua existencia en ese cuerpo en el cielo. Apenas pocos versículos después de que Jesús les había dicho que «un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo» (Lc 24:39), leemos en el Evangelio de Lucas que Jesús «los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo» (Lc 24:50-51). Algo similar leemos en Hechos: «Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista» (Hch 1:9).

Todos estos versículos tomados en conjunto muestran que, en lo que tiene que ver con el cuerpo humano de Jesús, fue como el nuestro antes de su resurrección, y después de su resurrección siguió siendo un cuerpo humano de «carne y huesos», pero ya perfecto, la clase de cuerpo que tendremos cuando Cristo vuelva y seamos igualmente resucitados de los muertos.2 Jesús sigue existiendo en ese cuerpo humano en el cielo, como la ascensión nos enseña.

b. Jesús tenía mente humana. El hecho de que Jesús «crecía en sabiduría» (Lc 2:52) dice que pasó por un proceso de aprendizaje como los demás niños; aprendió a comer, a hablar, a leer y escribir, a ser obediente a sus padres (véase He 5:8). Este proceso ordinario de aprendizaje fue parte de la genuina humanidad de Cristo.

También vemos que Jesús tuvo una mente humana como la nuestra cuando habla del día en que volverá a la tierra: «Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mr 13:32).3

c. Jesús tenía un alma humana y emociones humanas. Vemos varias indicaciones de que Jesús tenía un alma (o espíritu) humana. Poco antes de su crucifixión Jesús dijo: «Ahora está turbada mi alma» (Jn 12:27, RVR). Juan escribe un poco más adelante: «Habiendo dicho Jesús esto, se conmovió en espíritu» (Jn 13:21, RVR). En ambos versículos las palabras «turbada» y «conmovió» son traducción del término griego tarasso, palabra que a menudo se usaba para referirse a las personas que estaban llenas de ansiedad o a las que el peligro las había sorprendido. Es más, antes de la crucifixión de Jesús, al darse cuenta del sufrimiento que atravesaría, dijo: «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir» (Mt 26:38). Tan grande fue su tristeza que sintió que lo mataría si aumentaba.

Jesús tuvo toda la gama de emociones humanas. Se «maravilló» por la fe del centurión (Mt 8:10). Lloró de aflicción por la muerte de Lázaro (Jn 11:35). Oró con corazón lleno de emoción, porque «en los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión» (He 5:7).

El autor de Hebreos también nos dice: «Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen» (He 5:8-9). Sin embargo, si Jesús nunca pecó, ¿cómo pudo «aprender obediencia»? Evidentemente conforme Jesús crecía, él, como todos los demás niños, pudo ir asumiendo más responsabilidad cada vez. Mientras más años tenía, más demandas podían imponerle su padre y su madre en términos de obediencia, y más difíciles las tareas que su Padre celestial podía asignarle para que las desempeñara en la fuerza de su naturaleza humana. Con cada tarea cada vez más difícil, incluso cuando incluía sufrimiento (como He 5:8 especifica), la capacidad moral de Jesús, su capacidad de obedecer en circunstancias cada vez más difíciles, aumentaba. Podemos decir que su «espalda moral» se fortaleció mediante ejercicios cada vez más difíciles. Sin embargo en todo esto jamás pecó.

3. Impecabilidad. Aunque el Nuevo Testamento claramente afirma que Jesús fue plenamente humano tal como nosotros somos, también afirma que Jesús fue diferente en un aspecto importante: Fue sin pecado, y nunca cometió pecado alguno durante su vida. Algunos han objetado que si Jesús no pecó, no era verdaderamente humano, porque todos los seres humanos pecan. Pero esa objeción olvida que los seres humanos están ahora en una situación anormal. Dios no nos creó pecadores, sino santos y justos. Adán y Eva en el huerto del Edén, antes de pecar, eran verdaderamente humanos, y nosotros ahora, aunque humanos, no igualamos el patrón que Dios quiere para nosotros cuando nuestra plena humanidad sin pecado sea restaurada.

La impecabilidad de Jesús se enseña frecuentemente en el Nuevo Testamento. Vemos que Satanás no pudo tentar a Jesús con éxito, y fracasó, después de cuarenta días, cuando trató de persuadirlo para que pecara: «Así que el diablo, habiendo agotado todo recurso de tentación, lo dejó hasta otra oportunidad» (Lc 4:13). También no vemos en los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) ninguna evidencia de algo malo de parte de Jesús. A los judíos que se le oponían, Jesús les preguntó: «¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?» (Jn 8:46), y no recibió respuesta.

Las afirmaciones de la impecabilidad de Jesús son más explícitas en el Evangelio de Juan. Jesús hizo esta asombrosa proclama: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8:12). Si entendemos que la luz es símbolo de veracidad y pureza moral, aquí Jesús está afirmando ser la fuente de la verdad, la pureza moral y la santidad en el mundo. Es una afirmación impresionante que sólo podía hacer alguien que estaba libre de pecado. Todavía más, con respecto a la obediencia a su Padre celestial, siempre hacía «lo que le agrada» (Jn 8:29; el tiempo presente da el sentido de actividad continua: «Siempre estoy haciendo lo que le agrada»). Al fin de su vida Jesús pudo decir: «Yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15:10). Es significativo que cuando llevaron a Jesús ante Pilato para que lo juzgara, a pesar de las acusaciones de los judíos, Pilato solo pudo concluir: «Yo no encuentro que éste sea culpable de nada» (Jn 18:38).

Cuando Pablo habla de que Jesús vino a vivir como hombre se cuida de no decir que tomó «carne pecadora», sino más bien dice que Dios envió a su Hijo «en condición semejante a nuestra condición de pecadores» (Ro 8:3). Luego se refiere a Jesús como el «que no cometió pecado alguno» (2 Co 5:21). El autor de Hebreos afirma que Jesús fue tentado pero simultáneamente insiste en que no pecó: Jesús es «uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado» (He 4:15). Es un sumo sacerdote que es «santo, irreprochable, puro, apartado de los pecadores y exaltado sobre los cielos» (He 7:26). Pedro habla de Jesús como «de un cordero sin mancha y sin defecto» (1 P 1:19), usando la figura del Antiguo Testamento para decir que estaba libre de toda contaminación moral. Pedro directamente afirma: «Él no cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca» (1 P 2:22). Cuando Jesús murió, fue «el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios» (1 P 3:18). Y Juan, en su primera Epístola, le llama «Jesucristo, el Justo» (1 Jn 2:1), y dice que «él no tiene pecado» (1 Jn 3:5). Es difícil negar, entonces, que la impecabilidad de Cristo se enseña claramente en todas las secciones principales del Nuevo Testamento. Ciertamente fue hombre pero sin pecado.

El hecho de que Jesús fue tentado «en todo» (He 4:15) tiene gran significación para nuestra vida. Por difícil que nos parezca comprenderlo, la Biblia afirma que en estas tentaciones Jesús creció en capacidad para comprendernos y ayudarnos en nuestras tentaciones. «Por haber sufrido él mismo la tentación, puede socorrer a los que son tentados» (He 2:18). El autor pasa luego a conectar la capacidad de Jesús para comprender nuestras debilidades y el hecho de que él fue tentado como nosotros: «Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos» (He 4:15-16).

Esto tiene aplicación práctica para nosotros: En toda situación en que estemos luchando contra la tentación debemos reflejar la vida de Cristo y preguntarnos si no estamos en una situación similar a la que él enfrentó. Por lo general, después de reflexionar por un momento o dos, podremos pensar en algún caso en la vida de Cristo en el que él enfrentó tentaciones que, aunque no exactamente iguales en todo detalle, fueron muy similares a las situaciones que nosotros enfrentamos hoy.

4. ¿Pudo Cristo haber pecado? La pregunta que a veces se formula es: «¿Era posible que Cristo pecara?» Algunos arguyen la impecabilidad de Cristo, en la que la palabra impecable quiere decir «incapaz de pecar». Otros objetan que si Jesús no era capaz de pecar, sus tentaciones no eran válidas, porque, ¿cómo puede una tentación ser válida si la persona tentada de todos modos no puede pecar?

Para responder a esta pregunta debemos distinguir lo que la Biblia afirma claramente, por un lado, y por el otro, lo que es más por naturaleza especulación de parte nuestra. (1) La Biblia afirma sin lugar a dudas que Cristo nunca pecó (vea la explicación que dimos antes). No debe haber duda alguna en nuestra mente respecto a este hecho. (2) También afirma que Jesús fue tentado y que las tentaciones fueron reales (Lc 4:2). Si creemos lo que dice la Biblia, debemos insistir en que Cristo «ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado» (He 4:15). (3) También debemos afirmar con la Biblia que «Dios no puede ser tentado por el mal» (Stg 1:13). Pero aquí la pregunta se vuelve difícil: Si Jesús era plenamente Dios y plenamente hombre (y explicaremos más adelante que la Biblia clara y repetidamente enseña esto), ¿no deberíamos afirmar también que (en algún sentido) Jesús «no pudo ser tentado por el mal»?

Estas afirmaciones explícitas de la Biblia nos presentan un dilema similar a otros varios dilemas doctrinales en los que la Biblia parece enseñar cosas que son, si no directamente contradictorias, por lo menos muy difíciles de combinar en nuestro entendimiento. En este caso no tenemos una contradicción real. La Biblia no nos dice que «Jesús fue tentado» y que «Jesús no fue tentado» (una contradicción si «Jesús» y «tentado» se usan exactamente en el mismo sentido en ambas oraciones). La Biblia nos dice que «Jesús fue tentado» y que «Jesús fue plenamente hombre» y que «Jesús fue plenamente Dios» y que «Dios no puede ser tentado». Esta combinación de enseñanzas de la Biblia deja abierta la posibilidad de que conforme comprendemos la manera en que la naturaleza humana de Jesús y su naturaleza divina actúan juntas, podamos entender más de la manera en que pudo ser tentado en un sentido y sin embargo, en otro sentido, no ser tentado. (Esta posibilidad se considerará más adelante.)

En este punto pasamos más allá de las claras afirmaciones de la Biblia e intentamos sugerir una solución al problema de si Cristo pudo haber pecado o no. Pero es importante que reconozca que lo que vamos a hacer es más bien sugerir una combinación de varias enseñanzas bíblicas y no cuenta con el respaldo de afirmaciones explícitas de la Biblia. Con esto en mente, es apropiado que digamos:4 (1) Si la naturaleza humana de Jesús hubiera existido por sí misma, independiente de su naturaleza divina, habría sido una naturaleza humana tal como la que Dios le dio a Adán y a Eva. Habría sido libre de pecado pero así y todo capaz de pecar. (2) Pero la naturaleza humana de Jesús nunca existió aparte de la unión con su naturaleza divina. Desde el momento de su concepción, existió como verdadero Dios y también como verdadero hombre. Su naturaleza humana y su naturaleza divina estaban unidas en una persona. (3) Aunque hubo algunas cosas (tales como sentir hambre o sed, o sentirse débil) que Jesús experimentó en su naturaleza humana y no en su naturaleza divina (véase más adelante), un acto de pecado habría sido un acto moral que evidentemente habría incluido tanto su naturaleza humana como su naturaleza divina. (4) Pero si Jesús como persona hubiera pecado, incluyendo tanto su naturaleza humana como divina en el pecado, Dios mismo habría pecado y habría dejado de ser Dios. Sin embargo, esto es claramente imposible debido a la infinita santidad de la naturaleza de Dios. (5) Por consiguiente, parece que si preguntamos si en realidad era posible que Jesús pecara, debemos concluir que no era posible. La unión de su naturaleza humana y divina en una persona lo prevenía.

Pero la pregunta subsiste: «¿Cómo entonces pudieron ser válidas las tentaciones de Jesús?» El ejemplo de la tentación de cambiar las piedras en pan es útil en este respecto. Jesús tenía la capacidad, en virtud de su naturaleza divina, de realizar este milagro, pero si lo hubiera hecho, ya no habría estado obedeciendo a Dios Padre apoyándose solo en la fuerza de su naturaleza humana, y habría fallado en la prueba tal como Adán falló, y no habría ganado nuestra salvación. Por consiguiente, Jesús no quiso apoyarse en su naturaleza divina para que la obediencia le fuera más fácil. De manera similar, parece apropiado concluir que Jesús le hizo frente a toda tentación a pecar, no con su poder divino, sino con la fuerza de su naturaleza humana sola (aunque, por supuesto, no estaba «solo» porque Jesús, al ejercer la clase de fe que los seres humanos deben ejercer, dependía perfectamente de Dios Padre y de Dios Espíritu Santo en todo momento).

La fuerza moral de su naturaleza divina fue una clase de «red protectora» que habría prevenido que pecara, en todo caso (y por consiguiente podemos decir que no era posible que él pecara), pero él no se apoyó en la fuerza de su naturaleza divina para que le fuera más fácil enfrentar las tentaciones, y su negativa a convertir las piedras en pan al principio de su ministerio es una clara indicación de esto.

¿Fueron entonces reales las tentaciones? Muchos teólogos han destacado que solo el que resiste victoriosamente una tentación hasta el fin siente plenamente la fuerza de esa tentación. Así como un campeón de levantamiento de pesas que con éxito levanta y sostiene sobre su cabeza el peso más pesado en la competencia siente la fuerza del mismo más plenamente que el que intenta levantarlo y lo deja caer, todo creyente que ha enfrentado la tentación y salido triunfante al fin sabe que es mucho más difícil que ceder a ella de inmediato. Lo mismo con Jesús: Toda tentación que enfrentó, la enfrentó hasta el fin, y triunfó sobre ella. Las tentaciones fueron tentaciones de verdad, aunque no cedió a ninguna; de hecho, las sufrió al máximo porque no cedió a ellas.

5. ¿Por qué fue necesaria la plena humanidad de Jesús? Cuando Juan escribió su primera epístola, circulaba en la Iglesia una enseñanza herética que aducía que Jesús no fue humano. Esta herejía llegó a conocerse como el docetismo, del verbo griego dokeo, «parecerse, parecer ser»; esta posición sostiene que Jesús no fue realmente un hombre sino que parecía serlo. Tan seria fue esta negación de la verdad en cuanto a Cristo, que Juan pudo decir que era una doctrina del anticristo: «En esto pueden discernir quién tiene el Espíritu de Dios: todo profeta que reconoce que Jesucristo ha venido en cuerpo humano, es de Dios; todo profeta que no reconoce a Jesús, no es de Dios sino del anticristo» (1 Jn 4:2-3). El apóstol Juan entendió que negar la verdadera humanidad de Cristo era negar algo que estaba en la misma médula del cristianismo, así que si alguno negaba que Jesús había venido en la carne, el tal no venía de parte de Dios.

Al examinar todo el Nuevo Testamento, vemos varias razones por las que Jesús tenía que ser plenamente hombre para poder ser el Mesías y ganar nuestra salvación. Aquí se mencionan dos de las razones más vitales.

a. Para obediencia representativa. Como observamos en el capítulo sobre el pecado, Adán fue representante nuestro en el huerto del Edén, y por su desobediencia Dios nos consideró igualmente culpables.5 De manera similar, Jesús fue representante nuestro y obedeció por nosotros en donde Adán desobedeció y fracasó. Vemos esto en los paralelos entre la tentación de Jesús (Lc 4:1-13) y el tiempo de prueba de Adán y Eva en el huerto (Gn 2:15—3:7). También esto se refleja claramente en la explicación de Pablo de los paralelos entre Adán y Cristo: «Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos. Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:18-19).

Por eso Pablo puede llamar a Cristo «el último Adán» (1 Co 15:45) y llamar a Adán el «primer hombre» y a Cristo el «segundo hombre» (1 Co 15:47). Jesús tenía que ser hombre a fin de ser nuestro representante y obedecer en lugar nuestro.

b. Para ser sacrificio sustituto. Si Jesús no hubiera sido hombre, no hubiera podido morir en nuestro lugar y pagar la pena que nosotros debíamos pagar. El autor de Hebreos nos dice que: «Ciertamente, no vino en auxilio de los ángeles sino de los descendientes de Abraham. Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar [más exactamente, “en propiciación por”] los pecados del pueblo» (He 2:16-17; cf. v. 14). Jesús tuvo que hacerse hombre, y no ángel, porque Dios se interesaba en salvar a los hombres, no en salvar ángeles. Pero para hacer esto «era preciso» que fuera hecho como nosotros en todo, para que pudiera ser «la propiciación» a nuestro favor, un sacrificio aceptable como sustituto nuestro. A menos que Cristo haya sido plenamente hombre, no podía haber muerto para pagar la pena de los pecados del hombre. No podía haber sido el sacrificio sustituto por nosotros.

Hay también otras razones por las que la humanidad de Jesús era necesaria. Jesús tenía que ser plenamente hombre tanto como plenamente Dios para poder cumplir el papel de mediador entre Dios y el hombre (cf. 1 Ti 2:5). La verdad de que Jesús fue hombre y experimentó tentaciones le permitió entendernos más plenamente como «sumo sacerdote» nuestro (He 2:18; cf. 4:15-16). La humanidad de Jesús también nos provee un ejemplo y patrón para nuestras vidas (cf. 1 Jn 2:6; 1 P 2:21). Todas estas razones apuntan a la vital importancia de afirmar que Jesús no fue sólo plenamente Dios sino también plenamente hombre y por eso pudo asegurar plenamente nuestra salvación.

B. La deidad de Cristo

Para completar la enseñanza bíblica acerca de Jesucristo, debemos afirmar no sólo que fue plenamente humano, sino también que fue plenamente divino. Aunque la palabra no ocurre explícitamente en la Biblia, la Iglesia ha usado el término encarnación para referirse al hecho de que Jesús fue Dios en carne humana. La encarnación fue el acto de Dios Hijo por el que tomó una naturaleza humana. La prueba bíblica de la deidad de Cristo es muy extensa en el Nuevo Testamento. La examinaremos bajo varias categorías.

1. Afirmaciones bíblicas directas. En esta sección examinaremos afirmaciones bíblicas directas de que Jesús es Dios y de que es divino.

a. La palabra Dios (teos) se aplica a Cristo. Aunque la palabra teos, «Dios», en el Nuevo Testamento por lo general se reserva para Dios Padre, hay varios pasajes en los que también se usa para referirse a Jesucristo. En todos estos pasajes, «Dios» se usa en fuerte sentido para referirse al Creador del cielo y de la tierra, gobernador sobre todo. Estos pasajes incluyen Juan 1:1; 1:18 (en los manuscritos más antiguos y mejores); 20:28; Romanos 9:5; Tito 2:13; Hebreos 1:8 (citando el Sal 45:6); y 2 Pedro 1:1. Como algunos de estos pasajes ya se consideraron en detalle en el capítulo sobre la Trinidad,6 no repetiremos aquí esa consideración. Baste recordar que hay por lo menos estos siete pasajes claros en el Nuevo Testamento que explícitamente se refieren a Jesús como Dios.

Un ejemplo del Antiguo Testamento en que se aplica a Cristo el nombre Dios es el de un pasaje mesiánico conocido: «Porque nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo; la soberanía reposará sobre sus hombros, y se le darán estos nombres: Consejero admirable, Dios fuerte» (Is 9:6).

b. La palabra Señor (kurios) se aplica a Cristo. A veces la palabra Señor (gr. kurios) se usa simplemente como tratamiento de cortesía para un superior, más o menos como nuestro uso de «señor» en español (vea Mt 13:27; 21:30; 27:63; Jn 4:11). A veces simplemente puede querer decir el «amo» de un sirviente o esclavo (Mt 6:24; 21:40). Sin embargo la misma palabra se usa en la Septuaginta (traducción al griego del Antiguo Testamento, que se usaba comúnmente en tiempo de Cristo) como traducción del hebreo YHVH, Yahvé, o (como se le traduce frecuentemente) «el SEÑOR», o «Jehová». La palabra kurios se usa para traducir el nombre del Señor 6.814 veces en el Antiguo Testamento en griego. Por consiguiente, toda persona que hablaba griego en los tiempos del Nuevo Testamento y que tenía algún conocimiento del Antiguo Testamento en griego habría reconocido que, en contextos en donde era apropiado, la palabra Señor era el nombre del Creador y sustentador del cielo y de la tierra, el Dios omnipotente.

Hay varios casos en el Nuevo Testamento en donde «Señor» se aplica a Cristo y se puede entender sólo en este fuerte sentido del Antiguo Testamento: «el Señor» es Yahvé o Dios mismo. Este uso de «Señor” es muy impactante en la palabra del ángel a los pastores de Belén: «Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2:11). Aunque estas palabras nos son bien conocidas debido a la lectura frecuente de la historia de navidad, debemos darnos cuenta de lo sorprendente que esto debe haber sido para cualquier judío del primer siglo al oír que alguien nacido en Belén era el «Cristo» (o «Mesías»),7 y todavía más, que este Mesías también era «el Señor»; o sea, el Señor Dios mismo.

Vemos otro ejemplo cuando Mateo dice que Juan el Bautista era el que clamaba en el desierto: «Voz de uno que grita en el desierto: “Preparen el camino para el Señor, háganle sendas derechas”» (Mt 3:3). Juan está citando Isaías 40:3, que habla del Señor Dios mismo que viene a su pueblo. Pero el contexto aplica este pasaje al papel de Juan en la preparación del camino para que Jesús venga. La implicación es que cuando Jesús llega, es el Señor mismo el que llega.

Jesús también se identificó como el Señor soberano del Antiguo Testamento cuando les preguntó a los fariseos sobre el Salmo 110:1: «Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”» (Mt 22:44). La fuerza de esta afirmación es que «Dios Padre le dijo a Dios Hijo (el Señor de David): “Siéntate a mi diestra…”» Los fariseos saben que él está hablando de sí mismo e identificándose como digno del título kurios del Antiguo Testamento, «Señor».

Tal uso se ve frecuentemente en las epístolas, en donde «el Señor» es un nombre común para referirse a Cristo. Pablo dice: «Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para el cual vivimos; y no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos» (1 Co 8:6: cf. 12:3, y muchos otros pasajes, tanto en las epístolas paulinas como en las generales).

c. Otras afirmaciones de deidad. Además de los usos de las palabras Dios y Señor para referirse a Cristo, tenemos otros pasajes que afirman fuertemente la deidad de Cristo. Cuando Jesús les dijo a sus oponentes judíos que Abraham había visto su día (el de Cristo), ellos le cuestionaron: «Ni a los cincuenta años llegas … ¿y has visto a Abraham?» (Jn 8:57). Aquí una respuesta suficiente para demostrar la eternidad de Jesús hubiera sido: «Antes de que Abraham fuera, yo era». Pero Jesús no dice eso. Más bien, hace una aseveración mucho más asombrosa: «Ciertamente les aseguro que, antes de que Abraham naciera, ¡yo soy!» (Jn 8:58). Jesús combinó dos aseveraciones cuya secuencia parecía no tener sentido: «Antes de que algo del pasado sucediera [Abraham naciera], algo que está en el presente sucedió [Yo soy]». Los líderes judíos reconocieron al instante que no estaba hablando en acertijos ni diciendo cosas sin sentido. Cuando dijo: «Yo soy», estaba repitiendo las mismas palabras que Dios usó para identificarse ante Moisés: «YO SOY EL QUE SOY» (Éx 3:14). Jesús estaba tomando para sí el título «YO SOY», por el cual Dios se autotitula el Eterno que existe, el Dios que es la fuente de su propia existencia y que siempre ha sido y siempre será. Cuando los judíos oyeron esta afirmación inusual, enfática, solemne, supieron que estaba afirmando que era Dios: «Entonces los judíos tomaron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió inadvertido del templo» (Jn 8:59).8

Otra fuerte declaración de deidad es la afirmación de Jesús al final de Apocalipsis: «Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (Ap 22:13). Cuando se combina esto con la afirmación de Dios Padre en Apocalipsis 1:8, «Yo soy el Alfa y la Omega», eso también constituye una fuerte afirmación de igual deidad con Dios Padre. Soberano sobre toda la historia y toda la creación, Jesús es el principio y el fin.

Evidencia adicional de las afirmaciones de deidad se pueden hallar en el hecho de que Jesús se autotitula «el Hijo del hombre». Este título se usa ochenta y cuatro veces en los cuatro evangelios, pero sólo lo usa Jesús y sólo para referirse a sí mismo (obsérvese, p. ej., Mt 16:13 con Lc 9:18). En el resto del Nuevo Testamento la frase «el Hijo del hombre» (con el artículo definido el) se usa sólo una vez, en Hechos 7:56, en donde Esteban se refiere a Cristo como el Hijo del hombre. Este único término tiene como trasfondo la visión de Daniel 7, en donde Daniel vio a uno como «hijo del hombre» que «vino al Anciano de Días» y «se le dio autoridad, poder y majestad. ¡Todos los pueblos, naciones y lenguas lo adoraron! ¡Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino jamás será destruido!» (Dn 7:13-14) Es impresionante que este «hijo de hombre» venga «con las nubes del cielo» (Dn 7:13). Este pasaje habla claramente de uno que tenía origen celestial y al que se le dio dominio eterno sobre todo el mundo. Los sumos sacerdotes no se perdieron este punto de este pasaje cuando Jesús les dijo: «De ahora en adelante verán ustedes al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes del cielo» (Mt 26:64). La referencia a Daniel 7:13-14 fue inconfundible, y los sumos sacerdotes y el concilio supieron que Jesús estaba afirmando ser el gobernador mundial de origen celestial de que hablaba Daniel en su visión. De inmediato ellos dijeron: «¡Ha blasfemado! … Merece la muerte» (Mt 26:65-66). Aquí Jesús finalmente dijo explícitamente las fuertes afirmaciones de dominio mundial eterno que anteriormente había insinuado en su uso frecuente del título «el Hijo del hombre» que se aplicaba a sí mismo.

Aunque el título «Hijo de Dios» se puede usar a veces sencillamente para referirse a Israel (Mt 2:15), o al hombre como creado por Dios (Lc 2:38), o al hombre redimido en general (Ro 8:14,19,23), hay con todo instancias en que la frase «Hijo de Dios» se refiere a Jesús como el Hijo celestial y eterno que es igual a Dios mismo (vea Mt 11:25-30; 17:5; 1 Co 15:28; He 1:1-3,5,8). Esto es especialmente cierto en el Evangelio de Juan, en donde se ve a Jesús como el Unigénito del Padre (Jn 1:14,19,34,49) que revela plenamente al Padre (Jn 8:19; 14:9). Como Hijo es tan grande que nosotros podemos confiar en él en cuanto a la vida eterna (algo que no se podría decir de ningún ser creado; Jn 3:16,36; 20:31). También es el que tiene toda la autoridad del Padre para dar vida, dictar juicio eterno y gobernar sobre todo (Jn 3:36; 5:20-22,25; 10:17; 16:15). Como Hijo ha sido enviado por el Padre, y por consiguiente existió antes de venir al mundo (Jn 3:37; 5:23; 10:36).

Estos pasajes se combinan para indicar que el título de «Hijo de Dios» cuando se le aplica a Cristo afirma fuertemente su deidad como Hijo eterno en la Trinidad, igual a Dios Padre en todos sus atributos.

2. Evidencia de que Jesús poseía atributos de deidad. Además de la afirmación específica de la deidad de Jesús en los muchos pasajes citados anteriormente, vemos muchos ejemplos en los hechos de Jesús durante su vida que apuntan a su carácter divino.

(a) Jesús demostró su omnipotencia cuando calmó la tormenta del mar con una palabra (Mt 8:26-27), multiplicó los panes y los peces (Mt 14:19), y cambió el agua en vino (Jn 2:1-11).

(b) Jesús afirmó su eternidad cuando dijo: «Ciertamente les aseguro que, antes de que Abraham naciera, ¡yo soy!» (Jn 8:58), o «Yo soy el Alfa y la Omega» (Ap 21:13).

(c) La omnisciencia de Jesús se demuestra porque él sabía los pensamientos de la gente (Mr 2:8) y sabía «desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que iba a traicionarlo» (Jn 6:64). El conocimiento de Jesús era mucho más extenso que la información que la gente podía recibir mediante el don de profecía, porque incluso sabía la creencia o incredulidad que había en el corazón de toda persona (véase Jn 2:25; 16:30).

(d) El atributo divino de omnipresencia no se afirma directamente ser cierto de Jesús durante su ministerio terrenal. Sin embargo, al mirar al tiempo en que la Iglesia sería establecida, Jesús pudo decir: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18:20). Es más, antes de dejar la tierra dijo a los discípulos: «Les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28:20).

(e) Jesús poseía soberanía divina, un tipo de autoridad que posee solamente Dios, y se ve en el hecho de que pudo perdonar pecados (Mr 2:5-7). A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento que declaraban «Así dice el SEÑOR», él podía poner como prefacio a sus afirmaciones la frase «Pero yo les digo» (Mt 5:22,28,32,34,39,44); afirmación asombrosa de su propia autoridad. Podía hablar con la autoridad de Dios mismo porque era plenamente Dios.

(f) Otra clara afirmación de la deidad de Cristo es el hecho de que se le cuenta como digno de adoración, algo que no sucede con ninguna otra criatura, ni siquiera con los ángeles (véase Ap 19:10), sino sólo con Dios. Sin embargo, la Biblia dice de Cristo que «por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil 2:9-11). De modo similar, Dios ordena a los ángeles que adoren a Cristo, porque leemos: «Además, al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice: “Que lo adoren todos los ángeles de Dios”» (He 1:6).

3. ¿Dejó Jesús a un lado algunos de sus atributos divinos mientras estaba en la tierra (teoría kenótica)? Pablo escribió a los Filipenses: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;» (Fil 2:5-7). Partiendo de este pasaje, varios teólogos del siglo diecinueve abogaron por una noción novedosa de la encarnación llamada «teoría kenótica», que sostiene que Cristo dejó a un lado algunos de sus atributos divinos mientras estaba en la tierra como hombre. (La palabra kenosis tiene su raíz en el verbo griego kenoo, que generalmente quiere decir «vaciar», y se traduce «se despojó a sí mismo» en Fil 2:7, RVR.) Según esta teoría, Cristo «se vació a sí mismo» de algunos de sus atributos divinos, tales como omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia, mientras estaba en la tierra como hombre. Esto se veía como la limitación voluntaria a la que Cristo se sometió a fin de cumplir la obra de redención.

Bajo un examen más detenido, podemos ver que Filipenses 2:7 no dice que Cristo «se haya vaciado de ciertos poderes» ni que «se haya vaciado de atributos divinos» ni parecido. Más bien, el pasaje describe lo que Jesús hizo en este «vaciarse»: No lo hizo descartando alguno de sus atributos, sino «tomando forma de siervo», o sea, viniendo a vivir como hombre, y «al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Fil 2:8). Por tanto, el contexto mismo interpreta este «vaciarse» como equivalente de «humillarse» y tomar una posición y estatus bajo. Este vaciamiento incluye función y estatus, no atributos esenciales ni naturaleza. Quiere decir que asumió un papel humilde.

El contexto más amplio de este pasaje también deja bien clara esta interpretación. El propósito de Pablo ha sido persuadir a los filipenses a que «no hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos» (Fil 2:3), y continúa diciéndoles: «Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás» (Fil 2:4). Para persuadirlos a ser humildes y poner primero los intereses de los demás, Pablo apunta a Cristo como el ejemplo supremo de quien hizo precisamente eso: Puso los intereses de los demás primero y estuvo dispuesto a dejar algo del privilegio y estatus que eran suyos como Dios. Pablo quiere que los filipenses imiten a Cristo. Pero con certeza no está pidiéndoles a los creyentes filipenses que «dejen a un lado» o «descarten» su inteligencia, o su fuerza, o su habilidad y se vuelvan una versión disminuida de lo que eran. Más bien, les está pidiendo que pongan primero los intereses de los demás: «Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás» (Fil 2:4).

Por consiguiente, la mejor manera de entender este pasaje es considerar que habla de que Jesús dejó su estatus y privilegio que eran suyos en el cielo: «No consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse» (o «aferrarse para provecho propio»), sino que «se despojó a sí mismo» o «se humilló a sí mismo» por amor a nosotros, y vino a vivir como hombre. Jesús habla en otro lugar de la «gloria» que tuvo con el Padre «antes de que el mundo existiera» (Jn 17:5), gloria que había dejado e iba a recibir de nuevo cuando volviera al cielo. Pablo pudo hablar de Cristo que «aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre» (2 Co 8:9), hablando de nuevo del privilegio y honor que merecía pero que temporalmente cedió por nosotros.

La «teoría de la kenosis», por consiguiente, no es una noción correcta de Filipenses 2:5-7. Es más, si la teoría de la kenosis fuera cierta (y esta es una objeción fundamental contra ella), no podríamos afirmar que Jesús fue plenamente Dios mientras estaba aquí en la tierra. La teoría kenótica a fin de cuentas niega la plena deidad de Jesucristo y le hace algo menos que plenamente Dios.

4. Conclusión: Cristo es plenamente divino. El Nuevo Testamento afirma una vez tras otra la plena y absoluta deidad de Jesucristo. Lo hace en cientos de versículos específicos que llaman a Jesús «Dios», «Señor», e «Hijo de Dios», así como en los muchos versículos que usan otros títulos de deidad para referirse a Cristo, y en los muchos pasajes que le atribuyen hechos o palabras que pueden ser ciertos sólo de Dios. «Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud» (Col 1:19), y «Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo» (Cil 2:9). En una sección anterior ya explicamos que Jesús es real y plenamente hombre. Ahora concluimos también que es real y plenamente Dios. Legítimamente, su nombre es «Emanuel», o sea, «Dios con nosotros» (Mt 1:23).

5. ¿Por qué fue necesaria la deidad de Cristo? En la sección previa mencionamos varias razones por las que fue necesario que Jesús fuera plenamente hombre a fin de ganar nuestra redención. Aquí es apropiado que reconozcamos que es de crucial importancia insistir también en la plena deidad de Cristo, no sólo porque la Biblia la enseña muy claramente, sino también porque (1) solamente alguien que fuera Dios infinito podía llevar la plena pena de todos los pecados de todos los que creerían en él; una criatura finita hubiera sido incapaz de llevar esa pena; (2) la salvación es del Señor (Jn 2:9), y todo el mensaje de la Biblia está diseñado para mostrar que ningún ser humano, ninguna criatura, jamás hubiera podido salvar al hombre; sólo Dios mismo; y (3) solamente alguien que fuera real y plenamente Dios podía ser el único mediador entre Dios y el hombre (1 Ti 2:5), tanto para llevarnos de regreso a Dios como también para revelarnos a Dios más plenamente (Jn 14:9).

Por lo tanto, si Jesús no es plenamente Dios, no tenemos salvación y no hay cristianismo. No es accidente que en toda la historia los grupos que han descartado la creencia en la plena deidad de Cristo no han durado mucho tiempo dentro de la fe cristiana, y se han descarriado a los tipos de religión representados por el unitarismo en los Estados Unidos y en otras partes. «Todo el que niega al Hijo no tiene al Padre» (1 Jn 2:23). «Todo el que se descarría y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza sí tiene al Padre y al Hijo» (2 Jn 9).

C. La encarnación: Deidad y humanidad en la sola persona de Cristo

La enseñanza bíblica de la plena deidad y humanidad de Cristo es tan extensa que ambas han sido creídas desde los primeros tiempos de la historia de la Iglesia. Pero una comprensión precisa de cómo la plena deidad y la plena humanidad pudieron combinarse en una persona se fue formulando gradualmente en la Iglesia, y no alcanzó su forma final sino en la Definición de Calcedonia en el año 451 d.C. Antes de ese punto se propusieron varios conceptos inadecuados de la persona de Cristo, y todos fueron rechazados. Uno de ellos, el arrianismo, que sostenía que Jesús no era plenamente divino, lo estudiamos en el capítulo sobre la doctrina de la Trinidad.9 Pero otros tres que a la larga fueron rechazadas como heréticos se deben mencionar en este punto.

1. Tres conceptos inadecuados de la persona de Cristo.

a. Apolinarismo. Apolinario, que llegó a ser obispo de Laodicea alrededor del año 361 d.C., enseñaba que la persona de Cristo tenía cuerpo humano pero no mente humana ni espíritu humano, y que la mente y espíritu de Cristo procedían de la naturaleza divina del Hijo de Dios. Este concepto está representado en la figura 14.1

Pero las ideas de Apolinario fueron rechazadas por los dirigentes de la Iglesia de ese tiempo, quienes se dieron cuenta de que no era simplemente nuestro cuerpo humano lo que necesitaba salvación y necesitaba estar representado por Cristo en su obra redentora, sino también nuestra mente y nuestro espíritu (o alma): Cristo tenía que ser plena y verdaderamente hombre para poder salvarnos (He 2:17). Varios concilios de la Iglesia rechazaron el apolinarismo, desde el Concilio de Alejandría en 362 d.C. hasta el Concilio de Constantinopla en 381 d.C.

b. Nestorianismo. El nestorianismo es la doctrina de que había dos personas separadas en Cristo, una persona humana y una persona divina, enseñanza que es distinta del concepto que ve a Jesús como una sola persona. El nestorianismo se puede diagramar como la figura 14.2.

Nestorio fue un predicador popular de Antioquía, y desde el año 428 d.C. fue obispo de Constantinopla. Aunque Nestorio mismo probablemente nunca enseñó la noción herética de lleva su nombre (la idea de que Cristo era dos personas en un cuerpo, antes que una sola persona), por una combinación de varios conflictos personales y una buena dosis de política eclesiástica lo sacaron de su cargo de obispo y condenaron sus enseñanzas.

Es importante comprender por qué la Iglesia no podía aceptar la idea de que Cristo tenía dos personas distintas. En ninguna parte de la Biblia tenemos indicación alguna de que la naturaleza humana de Cristo, por ejemplo, sea una persona independiente, que pudiera hacer algo contrario a la naturaleza divina de Cristo. En ninguna parte tenemos la menor indicación de que la naturaleza humana y la divina se comunicaban entre sí, o luchaban dentro de Cristo, ni cosa parecida. Más bien, lo que tenemos es un cuadro constante de una sola persona que actúa en totalidad y unidad. Jesús siempre habla de «yo», y no de «nosotros», aunque se podía referir a sí mismo y al Padre como «nosotros» (Jn 14:23). La Biblia siempre habla de Jesús como «él» y no como «ellos». Y aunque podemos a veces distinguir hechos de su naturaleza divina y hechos de su naturaleza humana a fin de ayudarnos a entender algunas de las afirmaciones y hechos registrados en las Escrituras, la Biblia misma no dice que «la naturaleza humana de Jesús hizo esto», ni que «la naturaleza divina de Jesús hizo lo otro», como si fueran dos personas separadas, sino que siempre habla de lo que hizo la persona de Cristo. Por consiguiente, la Iglesia continuó insistiendo que Jesús era una sola persona, aunque poseía tanto una naturaleza humana como una naturaleza divina.

c. Monofisismo (Eutiquianismo). Un tercer concepto inadecuado es el monofisismo, según el cual Cristo tenía sólo una naturaleza (gr. monos, «una», y fisis, «naturaleza»). El principal personaje que abogó por esta noción en la Iglesia primitiva fue Eutico (ca. 378–454 d.C.), que era dirigente de un monasterio en Constantinopla. Eutico enseñaba el error opuesto del nestorianismo, porque negaba que la naturaleza humana de Cristo y su naturaleza divina siguieron siendo plenamente humana y plenamente divina. Sostenía más bien que la naturaleza divina de Cristo se apoderó y absorbió la naturaleza humana de Cristo, y así ambas naturalezas cambiaron para llegar a ser una especie de tercera naturaleza. Una analogía del eutiquianismo se puede ver si ponemos una gota de tinta en un vaso de agua: La mezcla resultante no es ni tinta pura ni agua pura, sino una clase de tercera sustancia, una mezcla de las dos en la que tanto la tinta como el agua sufrieron cambios. De modo similar, Eutico enseñaba que Jesús era una mezcla de elementos humanos y divinos y que ambos de alguna manera fueron modificados para formar una nueva naturaleza. Esto se puede representar con la figura 14.3.

  

El monofisismo también causó gran preocupación en la Iglesia, y con razón, porque mediante esta doctrina Cristo no era ni verdadero Dios ni verdadero hombre. Y si esto hubiera sido así, no pudiera representarnos como hombre ni pudiera ser verdadero Dios y ganar nuestra salvación.

2. La solución a la controversia: La Definición de Calcedonia de 451 d.C. En un intento por resolver los problemas que surgieron por las controversias acerca de la persona de Cristo, se convocó un gran concilio de la Iglesia en la ciudad de Calcedonia, cerca de Constantinopla (la moderna Estambul), del 8 de octubre al 1o de noviembre de 451 d.C. La declaración resultante, llamada Definición de Calcedonia, era guardián contra el apolinarismo, el nestorianismo y el eutiquianismo. Desde entonces, las ramas católica romana, protestante y ortodoxa del cristianismo la ha tomado como la definición estándar y ortodoxa de la enseñanza bíblica sobre la persona de Cristo.

La declaración no es larga y se puede citar en su totalidad.

Nosotros, por tanto, siguiendo a los santos padres, con el asentimiento de todos, enseñamos a los hombres a confesar a uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, igualmente perfecto en deidad y también perfecto en humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, de un solo razonable [racional] alma y cuerpo; consustancial con el Padre de acuerdo a la Deidad, y consustancial con nosotros conforme a la humanidad; en todo como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de las edades conforme a la Deidad, y en estos últimos días, por nosotros y para nuestra salvación, nacido de la virgen María, Madre de Dios, según la humanidad; uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, ser reconocido en dos naturalezas, inconfundiblemente, inmutablemente, indivisiblemente, inseparablemente; la distinción de las naturalezas de ninguna manera es quitada por la unión, sino más bien la propiedad de cada naturaleza es preservada, y concurre en una Persona y una Subsistencia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, unigénito, Dios, Verbo, Señor Jesucristo, como los profetas desde el principio [han declarado] respecto a él, y el Señor Jesucristo mismo nos ha enseñado, y según el Credo de los santos padres que nos ha sido entregado.

Contra la noción de Apolinario de que Cristo no tenía mente humana ni alma, tenemos la afirmación de que era «verdaderamente hombre, de un alma y cuerpo razonable … consustancial con nosotros conforme a la humanidad; en todo como nosotros».

En oposición a la noción del nestorianismo de que Cristo tenía dos personas unidas en un cuerpo, tenemos las palabras «indivisiblemente, inseparablemente, … concurre en una Persona y una Subsistencia, no partida ni dividida en dos personas».

Contra la noción del eutiquianismo de que Cristo tenía sólo una naturaleza y que su naturaleza humana se perdió en la unión con la naturaleza divina, tenemos las palabras «ser reconocido en dos naturalezas, inconfundiblemente, inmutablemente … la distinción de las naturalezas de ninguna manera es quitada por la unión, sino más bien la propiedad de cada naturaleza es preservada». Las naturalezas humana y divina no se confundieron ni cambiaron cuando Cristo se hizo hombre, sino que la naturaleza humana siguió siendo una naturaleza verdaderamente humana, y la naturaleza divina siguió siendo una naturaleza verdaderamente divina.

La figura 14.4 puede ser útil para mostrarnos esto, en contraste a los diagramas anteriores. Indica que el Hijo eterno de Dios tomó para sí una naturaleza verdaderamente humana, y que las naturalezas humana y divina de Cristo siguen siendo distintas y retienen sus propias propiedades, aunque están eterna e inseparablemente unidas en una persona.

3. Combinación de textos bíblicos específicos sobre la deidad y humanidad de Cristo.

Cuando examinamos el Nuevo Testamento, como lo hicimos antes en las secciones sobre la humanidad y deidad de Jesús, hay varios pasajes que parecen difíciles de combinarse (¿cómo pudo Jesús ser omnipotente y sin embargo débil? ¿Cómo pudo él dejar el mundo y sin embargo estar presente en todas partes? ¿Cómo pudo él aprender cosas y a la vez ser omnisciente?). En su lucha por entender estas enseñanzas, la Iglesia finalmente produjo la Definición de Calcedonia, que habla de las dos naturalezas distintas de Cristo que retienen sus propias propiedades y sin embargo permanecen juntas en una sola persona. Esta distinción, que nos ayuda a entender los pasajes bíblicos antes mencionados, también parece exigida por esos pasajes.

a. Una naturaleza hace algunas cosas que la otra no hace. Si estamos dispuestos a afirmar la Definición de Calcedonia en cuanto a que «la propiedad de cada naturaleza es preservada» en la persona de Cristo, es necesario distinguir entre las cosas que hizo la naturaleza humana de Cristo pero no su naturaleza divina, o que hizo su naturaleza divina pero no su naturaleza humana.

Por ejemplo, cuando hablamos de la naturaleza humana de Jesús, podemos decir que ascendió al cielo y ya no está en el mundo (Jn 16:28; 17:11; Hch 1:9-11). Pero con respecto a su naturaleza divina, podemos decir que Jesús está presente en todas partes: «Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18:20); «les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28:20); «El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él» (Jn 14:23). Así que podemos decir que ambas cosas son ciertas de la persona de Cristo; él ha regresado al cielo y está también presente con nosotros.

De manera similar, podemos entender que en su naturaleza humana Jesús murió (Lc 23:46; 1 Co 15:3). Pero con respecto a su naturaleza divina, no murió, sino que pudo resucitarse a sí mismo de los muertos (Jn 2:19; 10:17-18; He 7:16). Sin embargo, debemos dar una nota de precaución: Es cierto que cuando Jesús murió, su cuerpo físico murió y su alma humana (o espíritu) se separó de su cuerpo y pasó a la presencia de Dios Padre en el cielo (Lc 23:43,46). De esta manera experimentó una muerte que es como la que nosotros los creyentes experimentaremos si morimos antes de que Cristo vuelva. No es correcto decir que la naturaleza divina de Cristo murió, ni que pudo morir, si «morir» significa cesación de actividad, cesación de conciencia o disminución de poder. No obstante, en virtud de su unión con la naturaleza humana de Jesús, su naturaleza divina de alguna manera saboreó algo de lo que era atravesar la muerte. La persona de Cristo experimentó la muerte. Es más, parece difícil entender cómo la naturaleza humana de Jesús sola pudo haber soportado la ira de Dios contra los pecados de millones de personas. Parece que la naturaleza divina de Jesús de alguna manera participó en llevar esa ira contra el pecado que nos merecíamos (aunque la Biblia en ninguna parte afirma esto explícitamente). Por consiguiente, aunque la naturaleza divina de Jesús no murió, Jesús atravesó la experiencia de la muerte como persona completa, y tanto su naturaleza humana como su naturaleza divina participaron en esa experiencia. Más allá de eso, la Biblia no nos permite decir más.

La distinción entre la naturaleza humana de Jesús y su naturaleza divina también nos ayuda a entender las tentaciones de Jesús. Con respecto a su naturaleza humana, ciertamente que fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado (He 4:15). Con respecto a su naturaleza divina, sin embargo, no fue tentado, porque Dios no puede ser tentado por el mal (Stg 1:13).

b. Todo lo que una de sus naturalezas hace, lo hace toda la persona de Cristo. En la sección previa he mencionado varias cosas que hizo una de las naturalezas de Cristo y no la otra. Ahora debemos afirmar que todo lo que es cierto de la naturaleza humana o de la naturaleza divina, es cierto de toda la persona de Cristo. Por eso Jesús pudo decir: «Antes de que Abraham existiera, YO SOY» (Jn 8:58). No dice: «Antes de que Abraham existiera, existía mi naturaleza divina», porque puede hablar de cualquier cosa que hace su naturaleza divina sola o su naturaleza humana sola como algo que él hizo.

En la esfera humana, esto es por cierto verdad de nuestra conversación también. Si escribo una carta, no le digo a la gente: «Mis dedos escribieron una carta y los dedos de mis pies no tuvieron nada que ver con ella» (aunque eso es verdad). Más bien, les digo a las personas: «Yo escribí la carta». Esto es cierto porque todo lo que hace una parte de mí, es hecha por .

Por tanto, «Cristo murió por nuestros pecados» (1 Co 15:3). Aunque sólo su cuerpo humano dejó de vivir y dejó de funcionar, fue de todas maneras Cristo como persona quien murió por nuestro pecado. Esto es simplemente una manera de afirmar que lo que se puede decir de una naturaleza o de la otra, se puede decir de la persona de Cristo.

Por consiguiente, es correcto que Jesús diga: «Voy a dejar el mundo» (Jn 16:28), o «Ya no estoy en el mundo» (Jn 17:11), pero al mismo tiempo decir: «Estoy con ustedes siempre» (Mt 28:20). Todo lo que hace una u otra naturaleza de Cristo, lo hace la persona de Cristo.

c. Conclusión. Al final de esta larga consideración, tal vez sea fácil para nosotros perder de vista lo que enseña la Biblia. Es con mucho el más maravilloso milagro de la Biblia, mucho más asombroso que la resurrección y más asombroso incluso que la creación del universo. El hecho de que el Hijo de Dios infinito, omnipotente, eterno, pudo hacerse hombre y unirse a una naturaleza humana para siempre, para que el infinito Dios fuera una persona con el hombre finito, seguirá por toda la eternidad como el más profundo milagro y el más profundo misterio del universo.

JUAN 1:14

Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Coronas y Recompensas

El Nuevo Testamento nos habla de por lo menos cuatro grandes juicios y es importante para nosotros entender la diferencia:

  1. El juicio de los pecados del pecador en la cruz.
  2. El juicio de la obra del creyente en el tribunal de Cristo.
  3. El juicio de las naciones vivientes sobre la tierra, cuando Cristo venga otra vez en Su gloria, Mateo 25:31-46.
  4. El juicio de los muertos malos en el Gran Trono Blanco, Apocalipsis 20:11-15.

El primero de estos juicios ya pasó, pero los otros tres están todavía en el porvenir. El segundo juicio sucederá inmediatamente después de que el Señor se lleve la iglesia al cielo; el tercero, justamente antes del Milenio; y el cuarto, al fin del Milenio. Ningún creyente verdadero será juzgado en el Gran Trono Blanco, porque el Señor Jesucristo ya ha recibido el juicio por sus pecados cuando murió en la cruz, Juan 5:24; Romanos 8:1.

 

En la lección décima vimos que nuestras obras, y nuestro servicio cristiano, serán juzgados en el Tribunal de Cristo. En aquel tiempo, el Señor Jesucristo mismo examinará la vida de cada cristiano, y los motivos que tuvo al usar su tiempo, sus dones, su fuerza y sus recursos económicos mientras que estaba en la tierra. Lee 1 Corintios 3:10-15 con mucho cuidado.

Cada cristiano está usando su vida para la gloria de Dios o para sí mismo. El Señor va a probar todo lo que hemos hecho. El fuego destruirá la madera y el heno, pero el oro, la plata y las piedras preciosas no pueden quemarse. Entonces, el Señor destruirá todo lo que no ha sido para Su gloria. Algunos creyentes han servido al Señor por muchos años; su obra durará para siempre. Otros han malgastado sus vidas; verán todo quemado y perdido. Pero ellos mismos serán salvos.

Es claro que Cristo recompensará todo lo que el cristiano ha hecho para agradar a su Señor. Al contrario habrá creyentes que vivieron para sí mismos, y no para Cristo. Ellos se sentirán muy arrepentidos cuando reconozcan lo tontos que fueron. No perderán su salvación, pero sí perderán su recompensa. Nuestra salvación no depende de nuestras obras, sino de la obra de Cristo en la cruz por nosotros, pero nuestra recompensa depende de cómo servimos al Señor, y cuales fueron nuestros motivos reales.

Hay una ilustración que aclara esta verdad:

Un hombre mandó a su hijo a un pueblo vecino para que le hiciera un trabajo. Le dio suficiente dinero para el viaje de ida y vuelta, y le dijo exactamente lo que debía hacer. También le dijo que debía trabajar duro y no perder el tiempo, porque sólo podía quedarse un tiempo corto en ese pueblo.

El joven llegó al pueblo y empezó inmediatamente a hacer el trabajo que su padre le había encargado. Sin embargo, después de un tiempo se encontró con unos viejos amigos, se juntó con ellos para platicar y se olvidó del trabajo de su padre. De repente, se acordó de lo que debiera estar haciendo, pero llegó el tiempo cuando tenía que salir del pueblo.

¿Estaba listo para el viaje a casa? Sí y no. El tenía el dinero para volver porque su padre se lo había dado, pero no había terminado su trabajo. Cuando llegó a casa, su padre no podía alabarle por lo que había hecho. Sin embargo, él todavía era el hijo de su padre y podía vivir con sus hermanos en la casa de su padre.

El Señor Jesucristo, en la cruz, pagó el precio por cada creyente verdadero para que pueda ir al cielo. Les ha justificado a todos y va a compartir Su gloria con ellos, Romanos 8:30, pero no todos recibirán la misma recompensa. Dios va a recompensar a cada uno según la obra que ha hecho, 1 Corintios 3:8. Sin embargo todos son Sus Hijos y vivirán en el cielo para siempre.

Consideremos cuatro cosas al pensar en el Tribunal de Cristo:

  1. El Señor Jesucristo examinará las vidas y las obras de Sus siervos, Mateo 18:23, Lucas 19:15.
  2. El va a revelar la calidad de la obra de cada hombre, 1 Corintios 3:13; 2 Corintios 5:10.
  3. El alabará a los que hayan sido siervos buenos y fieles, Mateo 25:21; 1 Corintios 4:5.
  4. El les dará recompensas. La Biblia nos habla de cinco coronas distintas:
    1. una corona de justicia, para los que aman al Señor y esperan Su venida, 2 Timoteo 4:8.
    2. una corona que durará para siempre, para los que sirven al Señor con todo su corazón, 1 Corintios 9:25.
    3. una corona de vida, que Dios dará a los que se mantienen fieles en la tribulación, Santiago 1:12
    4. una corona de gloria, para los líderes que son ejemplos buenos para otros cristianos, 1 Pedro 5:4.
    5. Pablo pudo hablar de los creyentes a quienes el había ayudado y llamarles su corona, Filipenses 4:1; 1 Tesalonicenses 2:19.

El Señor también prometió una recompensa si:

  1. sembramos la bondad haciendo cosas bondadosas para otros, Proverbios 11:18;
  2. ayudamos a los que no pueden recompensarnos, Lucas 14:14;
  3. oramos sinceramente y en secreto, Mateo 6:6;
  4. damos un vaso de agua a un cristiano, Marcos 9:41;
  5. sufrimos porque pertenecemos a Cristo, Lucas 6:22,23;
  6. agradamos a Dios en nuestro hogar, Rut 2:11,12;
  7. vigilamos y cuidamos de nosotros y de otros 2 Juan 8.

¿De dónde recibimos nuestra recompensa?
Mateo 5:12 ____________________________________

¿De dónde recibirán su recompensa los vanagloriosos e hipócritas?
Mateo 6:2; 5:16_________________

¡Por lo tanto tenemos un Salvador maravilloso! Cuando aún éramos pecadores, El nos salvó sólo por fe. Nos ayuda a entender la Escritura para que podamos estar seguros de que somos salvos. Nos da una nueva naturaleza para que podamos agradar a Dios. Nos da poder para que podamos ganar la victoria en nuestras vidas. Nos dio la Cena del Señor para que Le recordemos. Nos ayuda a vivir vidas separadas del mundo y contesta nuestras oraciones. Nos muestra cómo debemos reunirnos a adorarle. ¡Nos da el privilegio de servirle y nos promete grandes recompensas cuando El vuelva!

¡QUE SALVADOR MARAVILLOSO ES JESUS NUESTRO SEÑOR!

El Señor vendrá otra vez

La segunda venida del Señor Jesucristo está mencionada 318 veces en los 260 capítulos del Nuevo Testamento, o una vez en cada 25 versículos. La primera persona que predicó acerca de ella fue Enoc, el séptimo descendiente directo de Adán, Génesis 5:21; Judas 14, y las últimas palabras del Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento se refieron a su regreso, Apocalipsis 22:20. Casi todos los 27 libros del Nuevo Testamento la mencionan. Por lo tanto, es un tema muy importante.

El Señor Jesucristo mismo vendrá otra vez antes de que El empiece a reinar sobre la tierra por mil años.

El Nuevo Testamento está dividido en cuatro partes: los Evangelios, Los Hechos, las Epístolas y Apocalipsis. Vamos a ver versículos en cada una de estas partes.

Cristo prometió volver

El dijo a sus discípulos que iba a preparar un lugar para ellos, y que vendría otra vez a llevarlos para estar con El mismo, Juan

 

14:2,3. El hizo esta promesa para consolarlos la noche antes de Su muerte. Algunas personas creen que esta promesa se refiere al día de Pentecostés; otros dicen que significa que el Señor viene a cada creyente cuando muere. Por lo tanto debemos preguntar, “¿Cómo podemos saber que Cristo no se refirió a Pentecostés?” Sabemos que El no estaba pensando en Pentecostés, porque la mayoría de los versículos que hablan de Su venida futura fueron escritos después de Pentecostés.

Lee Hechos 3:20 y 1 Corintios 1:7 y contesta estas preguntas:

1. ¿Quién mandará a Jesús a la tierra otra vez? ______________________________________

2. ¿Quién será revelado? _________________

El Señor no quiso decir muerte cuando El habló de Su venida. La muerte es lo opuesto a la venida del Señor. La venida de Cristo cambiará todo lo que la muerte ha hecho en los cuerpos del pueblo de Dios en los últimos 6.000 años.

El mismo Señor tiene que volver. El prometió que lo haría, y no puede ser traidor a Su Palabra.

La Persona que viene otra vez

Ahora miremos en Los Hechos — el único libro de historia del Nuevo Testamento. En los versículos 9-11 del primer capítulo vemos a Aquel que viene otra vez. El Señor Jesús volverá de la misma manera en que se fue al cielo. Isaac salió a encontrarse con Raquel, su novia, Génesis 24:63, y el Señor Jesús mismo vendrá otra vez por Su Iglesia. Esto es lo que la Iglesia está esperando y en ello tiene ilusión, Tito 2:13.

 

¿Para qué vendrá Cristo otra vez?

Hay tres razones:

  1. para demostrar que Sus promesas son verdaderas
  2. para llevar a los creyentes al cielo.
  3. para reinar sobre la tierra.

1. Para demostrar que Sus promesas son verdaderas.
En Su juicio el sumo sacerdote puso a Jesús bajo juramento, y exigió que confesara si era el Hijo de Dios, que iba a sentarse a la derecha de Dios, y que iba a volver otra vez en las nubes del cielo, Mateo 26:64. El dijo estas cosas varias veces mientras estaba en la tierra, y regresará para demostrar que estaba diciendo la verdad.

2. Para llevar a los creyentes al cielo, tanto los santos del Antiguo Testamento, como los de la presente era de la Iglesia.
Se encuentran más detalles acerca de esto en 1 Corintios 15:51- 58; Filipenses 3:20,21, y 1 Tesalonicenses 4:13-18. No dejes de leer estos versículos que explican la promesa del Salvador en Juan 14. Este evento se llama el arrebatamiento de la Iglesia y sucederá secretamente y muy repentinamente. El Señor recogerá a Su pueblo y dejará a los demás aquí en la tierra.

3. Para reinar sobre el mundo. La segunda venida de Cristo tendrá dos partes. Primero vendrá en secreto, y más tarde en público.
Su primera venida también tuvo dos partes, primero en secreto, y después en público. El vino secretamente a Belén, y fue recibido por unos pastores, y los magos, y unas pocas personas más. Después El vino públicamente cuando entró en Jerusalén como Rey, y miles de personas le vieron, Mateo 21:1-9.

En la parte secreta de Su segunda venida, todos los santos muertos serán levantados, y cambiados. El Señor va a encontrarse con ellos en el aire y llevarles al cielo con El, 1 Tesalonicenses 4:17. Más tarde, cuando El venga públicamente, vendrá no solamente al aire, sino a la tierra, y estará en pie sobre el monte de los Olivos, Zacarías 14:4.

Un día el Señor y Sus discípulos estaban en el monte de los Olivos y les dijo que iba a venir otra vez en las nubes del cielo con todos los ángeles y todo Su pueblo, Mateo 24:30; 25:31; 1 Tesalonicenses 3:13. Esto pasará al fin de la gran tribulación. Los líderes perversos del mundo tendrán que dejar de perseguir al grupo pequeño de creyentes judíos, porque Cristo salvará a Su pueblo.

Cristo juzgará entonces a todas las naciones de la tierra, Mateo 25:31-46. Todos los que han sido rebeldes contra Dios serán enviados al castigo eterno, junto con Satanás, su líder. Entonces Cristo establecerá Su Reino milenial con Jerusalén como la ciudad capital, y reinará sobre la tierra por lo menos mil años, Apocalipsis 20:1-6. Lee también Isaías 2:1-5; 4:2-6; 11:1-9; 35:1-10; Amós 9:13-15; Miqueas 4:3. Estos versículos le dirán más acerca del milenio.

¿Cómo podemos estar preparados para la venida de Cristo?

Sïempre debemos recordar que el Señor puede venir en cualquier momento; esto nos debe hacer vivir vidas puras y santas, 1 Juan 3:3. Esperamos que venga pronto, y esta esperanza nos hará ser más pacientes, Santiago 5:7,8, y nos ayudará a orar, 1 Pedro 4:7. Nos ayudará a ganar una corona, 2 Timoteo 4:5-8, llenará nuestros corazones de paz, Filipenses 4:5-7, y nos hará seguir predicando el mensaje de Cristo, 2 Timoteo 4:1-2.

Siempre debemos mantenernos ocupados en nuestra obra para el Señor, porque El viene pronto a examinarnos y a recompensarnos por nuestro servicio, 1 Corintios 15:58.

COMO SERVIR AL MAESTRO

Este es un tema muy importante para cada creyente que ama al Señor y desea agradarle. Es necesario que entendamos esta verdad, pero es aún más necesario que la obedezcamos.

Dios da a cada cristiano alguna obra que debe hacer por El. Ve Marcos 13:34. Hoy en día, mucha gente piensa que sólo los ministros, o pastores, pueden servir a Dios, pero esto no es lo que enseña la Biblia. La Palabra de Dios dice que la Iglesia es como un cuerpo humano, con muchas distintas partes que trabajan todas juntas. La cabeza dirige todas las partes: las manos, los pies, los oídos, la lengua, y todo lo demás. Cada uno tiene una obra importante para hacer que es distinta de la de los otros miembros del cuerpo; y cada parte ayuda a todo el cuerpo. Las distintas partes no pelean las unas contra las otras sino que se ayudan mutuamente. El cuerpo necesita cada parte, y las diferentes partes dependen las unas de las otras. El pie derecho necesita el pie izquierdo, los dedos se necesitan el uno al otro, y también todas las otras partes.

 

Lee con cuidado los siguientes versículos: 1 Corintios 12:12- 32; Romanos 12:4-8; Efesios 1:19-23. Estos versículos nos enseñan, por lo menos, tres grandes verdades:

  1. Cristo, en el cielo, es la Cabeza de la Iglesia.
  2. El cuerpo de Cristo, en la tierra, incluye cada creyente verdadero.
  3. La Cabeza da a cada creyente una obra especial que hacer, la cual hace en el poder del Espíritu Santo. Dios no diseñó miembros ociosos en el cuerpo.

Ahora consideremos lo siguiente:

  1. El Maestro a quien servimos.
  2. La razón de nuestro servicio.
  3. Cristo examinará nuestro servicio.

El Maestro a quien servimos

El Nuevo Testamento enseña claramente que Cristo es nuestro Salvador y Señor. Cristo es nuestro Salvador, y nos libra del castigo de nuestros pecados. Cristo es nuestro Señor, y tiene la autoridad para decirnos qué debemos hacer; también espera que lo hagamos. Mucha gente acepta a Cristo como su Salvador para no ir al infierno, pero algunos no entienden que El es también su Señor. Muchos son hipócritas, porque le llaman “Señor” pero fallan en hacer las cosas que El les manda. Sólo cuando entendamos que Cristo es Señor de nuestras vidas podremos servirle bien. El apóstol Pablo se llamaba a sí mismo esclavo de Jesucristo, Romanos 1:1, y quería hacer sólo Su voluntad en todas las cosas.

Lee los versículos siguientes, que enseñan muy claramente que Jesucristo es Señor; Lucas 2:11; Hechos 2:36; Romanos 10:9; Colosenses 2:6; 1 Pedro 3:15.

 

¿Cuál de estos cinco versículos dice que

Cristo es Señor?_______________________
Jesús es Señor? _______________________
Cristo Jesús es Señor?__________________

La razón de nuestro servicio

Siempre tenemos una razón para hacer alguna cosa, y la razón es más importante que el hecho mismo. Dios ve lo que está en nuestros corazones, y sabe si le servimos para agradarle y glorificarle a El, o para que los hombres nos aplaudan a nosotros. El Señor Jesucristo condenó a los fariseos, porque actuaron como si quisieran servir a Dios, pero sus razones verdaderas eran que los hombres hablaran bien de ellos. Sus acciones eran muchas veces buenas, pero sus motivos para hacerlas eran totalmente malas.

Dios ofrece una recompensa a cualquiera que da un vaso de agua a un cristiano, Marcos 9:41. Un vaso de agua es una cosa pequeña, pero esta persona lo hace porque quiere mostrar su amor hacia el Señor. Su motivo es correcto, y esto es lo importante.

Vemos esto también en la vida de David, 2 Crónicas 6:8,9. David quiso edificar una casa a Dios porque amaba a Dios y quiso honrarle. Dios no permitió que David lo hiciera, pero lo felicitó porque se había ofrecido a hacerlo.

Es muy importante para cada uno de nosotros servir a Dios, pero debemos preguntarnos, por qué Le estamos sirviendo. Debemos hacer todo sólo para la gloria de Dios, 1 Corintios 10:31.

Sólo el Señor conoce nuestros pensamientos y la razón por la que Le servimos y no debemos juzgar las razones de otros, 1 Corintios 4:5. Sin embargo estas razones serán muy importantes en aquel día futuro cuando el Señor examinará nuestro servicio.

 

Cristo examinará nuestro servicio

No debemos juzgar el servicio de otros. El Señor lo hará cuando traiga a la luz nuestros secretos, y revele los propósitos escondidos de los corazones de los hombres. Todo cristiano tiene que comparecer ante Cristo para ser juzgado por El, 2 Corintios 5:10. En ese momento cada hombre recibirá de Dios la alabanza que merece, 1 Corintios 4:5.

El Señor Jesús pagó el precio de mis pecados cuando El murió en la cruz, y Dios nunca me juzgará por ellos. Sin embargo, en el futuro, el Señor va a juzgar mi servicio por El como creyente. El Señor no decidirá si seré salvo, sino si recibiré una recompensa.

Nuestra recompensa dependerá de lo que el Señor piense de nuestro servicio a El. La cosa importante no es cuánto trabajo hacemos por el Señor, sino qué clase de trabajo. En aquel día, la calidad del trabajo de cada hombre será probada por el fuego. Si soporta la prueba, el hombre recibirá una recompensa, 1 Corintios 3:13,14. Lee también Hebreos 10:35; 11:26; 2 Juan 8; Apocalipsis 22:12.

Este juicio tendrá lugar después de que el Señor se haya llevado a la Iglesia al cielo.

Sacerdotes que adoren y sirvan

SACERDOTES CRISTIANOS

Los israelitas del Antiguo Testamento eran una nación de soldados, Números 1:3.

Una de sus tribus era una tribu de trabajadores, los levitas, Números 1:50.

Una de las familias de esa tribu eran adoradores. Estos eran Aarón y sus hijos, los sacerdotes, Exodo 28:1; Números 3:3.

Estos sacerdotes eran distintos a los demás porque ponían sus tiendas en un lugar especial del campamento y porque sus vestidos eran diferentes de los de las demás personas. Comían cierta comida que los otros no comían. Dios les dio privilegios especiales y tenían que hacer un trabajo que estaba prohibido a los otros. Ve Exodo 28; Levítíco 7:6-10; Números 8:2; 10:8-11.

Sólo a los sacerdotes les estaba permitido entrar en la santa Presencia de Dios. Ellos entraban a El por la gente y salían a la gente por El. Ellos estaban entre Dios y la gente. Aarón era el único sumo sacerdote, y sus hijos los sacerdotes ordinarios. Sólo ellos ofrecían los sacrificios sobre el altar, y eran los únicos que podían entrar en el lugar santo del templo. Sólo ellos podían decidir si una persona tenía lepra o sí se había curado de esa terrible enfermedad.

Los sacerdotes del Antiguo Testamento son un cuadro de los sacerdotes verdaderos de hoy. ¿Quiénes son estos sacerdotes? Todos los creyentes verdaderos son sacerdotes. Lee los únicos versículos del Nuevo Testamento que enseñan acerca de este tema: 1 Pedro 2:5,9; Apocalipsis 1:5,6; 5:10. Los sacerdotes judíos no podían acceder a este puesto por su propia elección, o entrenamiento especial; sólo los que habían nacido en la familia de Aarón podían ser sacerdotes, Esdras 2:62.

Tampoco en la iglesia de Cristo se llega a ser sacerdote por elección personal o entrenamiento, sino que una persona se convierte en un sacerdote cuando cree en Cristo y es nacida de nuevo por medio del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12 y Efesios 4 hay unas listas de los dones que el Espíritu Santo da, pero el sacerdocio no figura entre ellos. Este no es un don, porque todos los creyentes verdaderos son sacerdotes. Otras personas se llaman sacerdotes, pero no lo son. Sólo la gente que pertenecía a la familia de Aarón eran sacerdotes entre los judíos, y ellos servían aquí, en la tierra, en un templo terrenal. Eran un cuadro de los sacerdotes de hoy en día. Sin embargo, hoy todos los que pertenecen a la familia de Dios son sacerdotes.

¿Cómo debemos adorar al Padre? Juan 4:24_____________________________

Como un sacerdote Santo, el cristiano ofrece sacrificios espirituales a Dios, 1 Pedro 2:5. Como un sacerdote del Rey, proclama los hechos maravillosos de Dios a los hombres, 1 Pedro 2:9. Por ejemplo, Pablo y Silas actuaron como sacerdotes santos en Hechos 16:25, y como sacerdotes del Rey en el versículo 31 del mismo capítulo. Otro ejemplo se encuentra en Hebreos 13. El versículo 15 nos habla de la actividad de los sacerdotes santos, y el versículo 16 acerca de los sacerdotes del Rey.

Hoy en día hay sacerdotes que usan ropa especial, y tienen privilegios y oficios especiales en sus iglesias. Estos sacerdotes siguen el ejemplo de los sacerdotes judíos. No hay semejantes sacerdotes entre los cristianos verdaderos hoy en día, porque todos los cristianos son sacerdotes, y todos tienen los mismos privilegios, y todos deben adorar a Dios. Aarón y sus hijos son un cuadro del Señor Jesucristo, el gran Sumo Sacerdote, y todo Su pueblo a quien El ha comprado con Su sangre preciosa.

ADORADORES

Pensemos acerca del significado, el lugar y el poder de la adoración.

El significado de la adoración

Una persona adora cuando su corazón está lleno de alabanza, mientras piensa acerca de lo que Dios es en Cristo. Adora a Dios el Padre y a Dios el Hijo porque ha sido librado del pecado por el sacrificio costoso de Cristo. Sólo los sacerdotes verdaderos del Nuevo Testamento pueden adorar.

Aclaremos que adorar y enseñar la Palabra de Dios son dos cosas distintas. La adoración sube al Padre, pero los que enseñan la Palabra de Dios lo hacen para ayudar a los hombres, es decir, viene de Dios a los hombres. Un creyente enseña a otros las verdades que él mismo ha recibido de Dios el Padre, por medio del Hijo, por el Espíritu Santo. Sin embargo, cuando adora, esa adoración sube por medio del Espíritu, por el Hijo, al Padre.

El lugar de la adoración

El pueblo de Israel adoraba a Dios en un edificio sobre la tierra y ofrecía diversas cosas como sacrificios. El creyente puede entrar directamente a la presencia de Dios para adorarle, y no tiene que estar en un edificio especial para hacerlo. Lee Hebreos 10:19-22 con cuidado. Los sacerdotes antiguos podían ofrecer sacrificios a Dios, y nosotros también lo podemos hacer. Debemos ofrecernos nosotros mismos a Dios, Romanos 12:1. Podemos también alabar a Dios con nuestras voces, y compartir nuestro dinero para ayudar a otros, Hebreos 13:15,16.

El poder para adorar

Podemos adorar sólo por medio del poder del Espíritu Santo, Filipenses 3:3. A El le gusta hacernos pensar en las glorias de Dios y de Cristo, en vez de pensar en nosotros mismos.

LOS SIERVOS DE DIOS EN LA IGLESIA

Los creyentes tienen que ser alimentados con la Palabra de Dios para poder caminar cerca del Señor. Cristo es la Cabeza de la Iglesia, y sólo El la alimenta y la cuida, Efesios 5:29. Lo hace por medio del Espíritu Santo, y dándole a ciertos creyentes el don de predicar y enseñar la Palabra de Dios, o de cuidar a los creyentes de otras maneras. Todos los creyentes son sacerdotes porque han nacido de nuevo, pero no todos los creyentes tienen el don de enseñar o predicar.

En Efesios 4:11-13 tenemos una lista de los dones dados a los cristianos hoy en día. Son evangelistas, pastores y maestros. (No tenemos apóstoles ni profetas hoy en día, pero todavía tenemos los libros que ellos escribieron.)

El Evangelista lleva las Buenas Nuevas de la salvación a los pecadores en todo el mundo. Felipe es un buen ejemplo de esto, Hechos 21:8.

El Pastor cuida a los que han sido salvados. Los trae a la iglesia local y los guía en los caminos de Dios.

 

Nunca leemos en el Nuevo Testamento que sólo un pastor fuera señalado para cuidar a una iglesia local, pero vemos que en los tiempos del Nuevo Testamento una iglesia podía tener varios pastores. Estos pastores son señalados por el Señor mismo, no por otros cristianos, y con amor cuidan al pueblo de Dios. Ve 1 Tesalonicenses 2:7,11.

El Maestro explica la Palabra de Dios de una manera ordenada, y así fortalece a los creyentes en la fe.

El Anciano es un hombre piadoso que conoce y anda con el Señor. Su trabajo es cuidar a la iglesia, 1 Timoteo 3:5; alimentar a los creyentes, 1 Pedro 5:2; y vigilar por ellos, Hechos 20:28-30. El anciano trabaja en la iglesia local, y algunos tienen el don de enseñar o predicar públicamente, 1 Timoteo 5:17. En cada iglesia del Nuevo Testamento había varios ancianos, Hechos 14:23; Tito 1:5.

La Iglesia y la Biblia

Mucha gente, en realidad, no sabe lo que significa la palabra “iglesia”. Habla acerca de la Iglesia “Protestante” o la Iglesia “Católica”, o de diferentes ramas de la Iglesia Protestante, como la “Iglesia Metodista” o la “Iglesia Bautista”. Otros piensan que la Iglesia es el edificio en que los cristianos se reunen. La Biblia nunca usa la palabra “iglesia” con estos significados. Vamos a ver lo que dice la Palabra de Dios sobre este tema.

La palabra griega traducida “iglesia” es ecclesíá y significa una reunión de gente llamada de entre otra gente. En la Biblia, la Iglesia está compuesta de los que han sido llamados fuera del mundo para seguir al Señor Jesucristo. El mundo ha rechazado a Cristo y la Iglesia debe dar testimonio de El. Por lo tanto esta palabra nunca se refiere a la gente no salva, o a un edificio.

El Nuevo Testamento usa la palabra iglesia de dos maneras:

  1. Para refirirse a todos los creyentes en la tierra. Esta es la Iglesia que es llamada el Cuerpo de Cristo, Colosenses 1:18,24.
  2. Para refirirse a todos los creyentes en cierto sitio. Esta es la iglesia local.

 

LA IGLESIA EN TODO EL MUNDO

Pensemos acerca de cómo empezó la iglesia; quién puede pertenecer a la Iglesia; y cómo será en el futuro.

El principio de la Iglesia

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo; no existía en los tiempos del Antiguo Testamento. Se formó cuando el Espíritu Santo vino del cielo a vivir en los creyentes en el día de Pentecostés. Dios siempre planeó edificar Su Iglesia, pero este plan fue un secreto que El había escondido durante los siglos pasados, Efesios 3:9-11; Colosenses 1:24-26. Nuestro Señor fue el primero en contarlo y en Mateo 16:18 El dijo que iba a edificar Su Iglesia más tarde. Dijo, “Yo edificaré mi iglesia”. Esto muestra claramente que la Iglesia no estaba siendo edificada en aquel entonces. Este versículo y Mateo 18:17 son los únicos versículos en los cuatro evangelios que mencionan la Iglesia.

En Los Hechos capítulo 2 leemos acerca de la venida del Espíritu Santo, después de que Dios había glorificado al Señor Jesucristo a Su diestra, v. 33. No podía haber un Cuerpo de Cristo en la tierra hasta que la Cabeza estuviera en el cielo, Cristo no tomó Su lugar como Cabeza hasta que El resucitó de la muerte, y volvió al cielo. Estas cosas comprueban que el nacimiento de la Iglesia tuvo lugar en el día de Pentecostés. Lee Efesios 1:20-23.

¿Quién puede pertenecer a la Iglesia?

La Iglesia no es una organización, como una empresa o un gobierno. Es un cuerpo viviente hecho de muchos miembros, que son todos verdaderos creyentes. Esta verdad se explica plenamente en Efesios, donde la Iglesia es comparada con un cuerpo, 1:23 y con una esposa, 5:25. También está vista como un edificio en 2.20. Un cuerpo nos hace pensar en la vida; un edificio es un sitio en donde vivir; y una esposa nos recuerda el amor. El Espíritu Santo formó la Iglesia, 1 Corintios 12:13, y la da unidad, Efesios 4:3. Cristo es la Cabeza de la Iglesia, Colosenses 1:18, y la Palabra de Dios enseña a la Iglesia lo que debe hacer. Las epístolas de Pablo son especialmente importantes para la Iglesia.

¿Qué le pasará a la Iglesia en el futuro?

Dios ha planeado que la Iglesia comparta la gloria eterna de Cristo, y Cristo va a presentar a la Iglesia a Sí mismo en toda su belleza, sin ninguna imperfección, Efesios 5:27. Esto se llevará a cabo en la fiesta de las bodas del Cordero, cuando todos en el cielo se regocijarán. En aquel tiempo el Señor Jesucristo, el Esposo Divino, cosechará el fruto de todos Sus sufrimientos, y estará satisfecho, Apocalipsis 19:7-9.

LA IGLESIA LOCAL

La Palabra “iglesia” también es usada para refirirse a los creyentes en un sitio. Las Escrituras nunca la usan para creyentes de un país entero como “la Iglesia de México.” Leemos de las iglesias de Galacia, Gálatas 1:2; las iglesias de Dios en Judea, 1 Tesalonicenses 2:14; pero no la iglesia de Galacia o Judea. Ve 1 Corintios 11:16; Romanos 16:4,16.

Estas iglesias no son miembros de una organización que les dice lo que deben hacer, pero todas tienen la misma Cabeza, el Señor Jesucristo. Todas son guiados por el mismo Espíritu y tienen la misma obligación: deben testificar de Cristo y contar a otros las verdades de Dios, y brillar como luces entre la gente de este mundo, Filipenses 2:15,16.

¿Quiénes están en la iglesia local?

La asamblea en Filipos estaba compuesta por todos los que creyeron en el Señor Jesucristo, incluyendo los líderes de la iglesia y los ayudantes, Filipenses 1:1. Este versículo, y otras Escrituras, muestran claramente que una Asamblea de Dios incluye a todos los creyentes verdaderos en cualquier sitio. En el principio todos los creyentes de una localidad se congregaban en el mismo grupo, y así leemos de la iglesia que estaba en Corinto. Esto no ocurre hoy en día, porque muchos creyentes verdaderos están asociados con diferentes grupos, o denominaciones, cuyos pensamientos acerca de la adoración y otros puntos pueden ser muy diferentes. Sin embargo, todos los creyentes verdaderos en cualquier lugar componen la iglesia de Dios en ese sitio. Aún un grupo pequeño de creyentes reuniéndose en una casa puede ser llamado una iglesia. Ve 1 Corintios 16:19; Colosenses 4:15. Tal grupo no es llamada la iglesia de Dios allí, sino la iglesia en esa casa.

La iglesia en cualquier sitio se reune alrededor del Señor Jesucristo. El está en medio de dos o tres que se reunen en Su Nombre, Mateo 18:20.

El cuerpo de Cristo está compuesto de todos los creyentes verdaderos. Somos miembros de Su Cuerpo — la única clase de miembros que leemos en la Biblia. La Cena del Señor es un cuadro de esta unidad, 1 Corintios 10:16,17. El Espíritu Santo es capaz de guiar a los miembros de la iglesia local en adoración, y usarlos en la enseñanza de la Palabra de Dios.

Los ancianos son responsables de guiar los asuntos de la asamblea de una manera ordenada, y de juzgar a cualquier creyente que ha caído en pecado.

El propósito de la iglesia local

El candelero de oro en Apocalipsis 1:20 es un cuadro de la iglesia local. El oro habla de la justicia divina, y la lámpara nos recuerda que el propósito verdadero de una asamblea es ser luz y dar testimonio de Cristo en este mundo pecaminoso mientras El no está. El propósito de esa asamblea no es hacer de este mundo un lugar mejor donde vivir, sino hablarle a la gente del mundo acerca del Señor Jesucristo y la obra que El hizo en la cruz, para que todos los hombres puedan ser salvos. Por lo tanto, la asamblea debe dar testimonio a la gente entre quienes está situada, y debe mandar algunos cristianos a llevar el mensaje de la salvación a la gente de otros países.

 

El poder de la iglesia local

La iglesia local necesita el poder del Espíritu Santo, quien ayuda a cada creyente a adorar a Dios, Filipenses 3:3, y a testificar de Cristo, Hechos 4:31, 13:2; 1 Corintios 3:16. La iglesia local necesita el Espíritu Santo para ayudarla a seguir los principios que Dios nos ha dado en Su Palabra, y testificar de Cristo:

Lee otra vez lo que esta lección dice acerca de la iglesia local y de la iglesia entera en el mundo, y asegúrate que entiendes la diferencia. Después busca estos versículos y decide si se refiere a la iglesia local, o a la iglesia entera en todo el mundo.

1 Corintios 1:2____________________________
Efesios 3:10______________________________
Colosenses 4:15___________________________
1 Corintios 14:23__________________________
Colosenses 1:18___________________________

COMO ORAR

La mayoría de la gente ora aunque no sabe cómo orar. Esto muestra que el hombre tiene espíritu y es diferente de los animales. Un hombre que tiene dificultades frecuentemente pide a Dios que le ayude, pero ningún animal lo hace. Aun los no creyentes oran a Dios cuando tienen dificultades, y a veces Dios les contesta y los libra. Lo hizo con los marineros que tiraron a Jonás al mar, Jonás 1:14-16. Dios oye las oraciones de todos los hombres cuando oran y Le confiesan sus pecados a El, Salmo 65:1,2. Sin embargo, sólo los verdaderos creyentes realmente pueden orar a su Padre, el todosabio, todoamante y todopoderoso Dios.

Ejemplos de oración

Hay muchos ejemplos de oración tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Los hombres empezaron a orar a Dios en los días de Set, Génesis 4:26, y en el último capítulo de la Biblia leemos que el Espíritu y la Esposa (la iglesia) orarán por la venida del Salvador, Apocalipsis 22:17,20. En los tiempos del Antiguo Testamento los profetas oraron, así como los sacerdotes y los reyes.

 

¿Quién estaba orando en los versículos siguientes? Escribe sus nombres en los espacios.

1. 1 Samuel 12:23 ______________________
2. Números 6:24-26 _____________________
3. 1 Crónicas 17:25 _____________________

Abraham oró, y también todos los líderes de Israel: Moisés, Josué, Salomón, Elías, Daniel y Nehemías.

En el Nuevo Testamento con frecuencia se veía al Señor hablando con Su Padre en oración. Lo encontramos orando siete veces en Lucas, el Evangelio que nos habla acerca de El como hombre. Durante toda Su vida, el Salvador oró a Su Padre. Lucas relata Su oración durante Su bautismo, Lucas 3:21, y cuando puso Su espíritu en las manos de Dios, Lucas 23:46. En el libro de los Hechos y en las 21 epístolas hay más ejemplos de oración.

El modelo de oración

El Señor Jesucristo nos dio un modelo perfecto en Mateo 6:9-13. El no nos propuso usar las palabras exactas de esta oración vez tras vez, y no leemos de los cristianos en la iglesia antigua haciéndolo. El Señor propuso esta oración como un modelo para enseñarnos varias cosas importantes:

  1. Debemos comenzar la oración adorando a Dios, v. 9.
  2. Debemos orar por la obra de Dios, antes de orar por nosotros mismos y nuestras necesidades e intereses; Venga tu reino, v. 10.
  3. Desde el principio debemos aceptar la respuesta de Dios a nuestra oración, aunque El escoga no hacer lo que pedimos; Hágase tu voluntad, v. 10.

 

Los principios de la oración

A los cristianos se les manda orar. No dejes de leer estos versículos: Mateo 7:7; 26:41; Juan 16:24; Filipenses 4:6; Santiago 1:5.

¿Cuándo debemos orar? Debemos orar siempre y en toda ocasión. Es maravilloso saber que Dios siempre oye nuestra oración. Lee 1 Tesalonicenses 5:17; Colosenses 4:2; Efesios 6:18.

¿Dónde debemos orar? Pablo dijo que los hombres deben orar en todas partes, 1 Timoteo 2:8.

¿Cómo debemos orar? Antes de morir Cristo en la cruz, la cortina o el velo del templo separaba a la gente de un Dios Santo, Lucas 1:10. Antes de eso Israel permanecía a distancia, mientras que Moisés se acercaba a la nube oscura donde estaba Dios, Exodo 20:21. Pero la cortina en el templo fue rasgada en dos partes cuando Cristo murió, y los creyentes ya no tienen que quedarse a una distancia. Dios ahora les invita a acercarse, Hebreos 10:19-22. Cada creyente ahora puede venir directo al Padre, a través del Hijo, por medio del Espíritu Santo, Efesios 2:18. Dios está satisfecho con el pago del pecado que hizo Cristo, y ahora podemos acercarnos a Su trono, y encontrar la gracia para ayudarnos cuando la necesitamos, Hebreos 4:16.

Podemos acercarnos confiadamente, pero también debemos venir humildemente, juzgándonos a nosotros mismos. Debemos recordar que nuestro Padre celestial es también el Dios Eterno, y que los que se acercan a El tienen que hacerlo con respeto y temor, Salmo 89:6,7 y con las manos limpias y el corazón puro, Salmo 24:3,4.

Romanos 8:23,26,27 muestra que el Espíritu Santo cuenta a Dios las cargas y los suspiros de nuestros corazones. Debemos dejar que el Espíritu Santo nos guíe en nuestras oraciones, y siempre debemos orar en el poder del Espíritu Santo, Efesios 6:18; Judas 20. Por lo tanto, una persona no está realmente orando cuando sólo lee una oración escrita por otro.

Debemos orar en el nombre de Cristo, Juan 14:13,14. Esto no significa que debemos terminar nuestras oraciones añadiendo siempre, “en el nombre de Cristo, Amén.” Cuando oramos en Su Nombre, oramos bajo Su autoridad, con Su permiso. Pero esto sólo es posible si nuestras oraciones están de acuerdo con Su voluntad, revelada en la Palabra de Dios, 1 Juan 5:14,15. Debemos recordar también que Dios contesta nuestras oraciones solamente si le obedecemos en nuestras vidas diarias, Juan 15:7. No debemos orar de una manera general, sino pedir a Dios exactamente lo que queremos. Por ejemplo, los creyentes en Jerusalén oraron por Pedro cuando estaba en la carcel, Hechos 12:5. Debemos seguir orando cuando Dios no nos contesta inmediatamente, Lucas 11:5-10; 18:1-8.

El poder de oración

Santiago nos dice que la oración de un hombre justo tiene gran efecto, 5:16. La oración sola no tiene poder y no cambia las cosas, pero mientras oramos el Espíritu Santo puede trabajar y hacer las cosas que pedimos. Elías es un buen ejemplo de esto, Santiago 5:17,18.

Oración no contestada

Sabemos que Dios no contesta todas nuestras oraciones, y que no las contesta siempre de la manera que deseamos. Sin embargo, recordemos que tal vez Dios nos conteste más tarde, si no lo hace inmediatamente. Dios nos ama y nos dará lo que es mejor para nosotros.

Cómo orar 37

Dios no contestará la oración de un creyente —

  1. si hay pecado en su vida que no haya sido juzgado y confesado a Dios, Isaías 59:1,2; Salmo 66:18; 1 Juan 3:20-22.
  2. si se niega a perdonar a otros, Mateo 11:25,26.
  3. si pide las cosas para placer propio, Santiago 4:3.
  4. si su actitud hacia su esposa no es correcta, 1 Pedro 3:7.
  5. si ora sin creer que Dios puede contestar su oración, Santiago 1:6, 7.

¡Señor, enséñanos a orar!