CAD-IBVH, Estudio

La Justificación y Adopción

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

En los capítulos anteriores hemos hablado del llamado del evangelio (en el que Dios nos llama a confiar en Cristo en cuanto a salvación), de la regeneración (en la que Dios nos imparte nueva vida espiritual), y de la conversión (en la que respondemos al llamado del evangelio con arrepentimiento y fe en Cristo en cuanto a la salvación). Pero, ¿qué de la culpa de nuestro pecado? El llamado del evangelio nos invita a confiar en Cristo en cuanto al perdón de los pecados. La regeneración hizo posible que respondiéramos a esa invitación. En la conversión respondimos confiando en Cristo en cuanto al perdón de los pecados. El siguiente paso en el proceso de la aplicación a nosotros de la redención es que Dios responde a nuestra fe y hace lo que ha prometido; es decir, declara que nuestros pecados están perdonados. Esta es una declaración legal respecto a nuestra relación con las leyes de Dios, e indica que estamos completamente perdonados y ya no somos culpables del castigo.

Una comprensión correcta de la justificación es absolutamente crucial para la fe cristiana en su totalidad. Una vez que Martín Lutero se dio cuenta de la verdad de la justificación por la fe sola, se convirtió en creyente y rebosó con el recién hallado gozo del evangelio. Lo primordial de la Reforma Protestante fue una disputa con la Iglesia Católica Romana sobre la justificación. A fin de salvaguardar la verdad del evangelio para generaciones futuras, debemos entender la verdad de la justificación. Incluso hoy, una perspectiva verdadera de la justificación es la línea divisoria entre el evangelio bíblico de salvación por fe solamente y todos los evangelios falsos de salvación basada en las buenas obras.

Cuando Pablo da un vistazo general al proceso por el que Dios nos aplica la salvación, menciona explícitamente la justificación: «A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó» (Ro 8:30). Como ya explicamos en capítulos anteriores, la palabra «llamó» aquí se refiere al llamamiento efectivo del evangelio, que incluye la regeneración y produce la respuesta del arrepentimiento y la fe (o conversión) de parte nuestra. Después del llamamiento efectivo y la respuesta que eso inicia de parte nuestra, el próximo paso en la aplicación de la redención es la «justificación». Aquí pablo menciona que es algo que Dios mismo hace: «A los que llamó, también los justificó».

Es más, Pablo muy claramente enseña que esta justificación viene después de nuestra fe y como respuesta de Dios a nuestra fe. Dice que Dios es «el que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3:26), y que «todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige» (Ro 3:28). Dice: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro 5:1). Además, «nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo» (Gá 2:16).

¿Qué es la justificación? Podemos definirla como sigue: La justificación es un acto legal instantáneo de Dios en el que él (1) da nuestros pecados por perdonados y la justicia de Cristo como perteneciente a nosotros, y (2) nos declara justos ante sus ojos.

Al explicar los elementos de esta definición, veremos primero la segunda parte de la misma, el aspecto de la justificación en que Dios «nos declara justos ante sus ojos». Tratamos en reversa estos asuntos porque el énfasis del Nuevo Testamento en el uso de la palabra justificación y otros términos relativos recae en la segunda mitad de la definición, la declaración legal de parte de Dios. Pero hay también pasajes que muestran que esta declaración se basa en el hecho de que Dios primero piensa de la justicia como perteneciéndonos. Así que hay que tratar ambos aspectos, aunque los términos del Nuevo Testamento para la justificación enfocan la declaración legal de parte de Dios.

A. La justificación incluye una declaración legal de parte de Dios

El uso de la palabra justificar en la Biblia indica que la justificación es una declaración legal de parte de Dios. El verbo justificar en el Nuevo Testamento (gr. dikaioo) tiene varios significados, pero un sentido muy común es «declarar justo». Por ejemplo, leemos: «Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan» (Lc 7:29, RVR). Por supuesto, el pueblo y los publicanos no hicieron que Dios sea justo; eso hubiera sido imposible. Más bien, declararon que Dios era justo. Este es también el sentido del término en pasajes en los que el Nuevo Testamento habla de que Dios nos declara justos (Ro 3:20,26,28; 5:1; 8:30; 10:4,10; Gá 2:16; 3:24). Este sentido es particularmente evidente, por ejemplo, en Romanos 4:5: «Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia». Aquí Pablo no puede querer decir que Dios «hace que el malvado sea justo» (cambiándolo internamente y haciéndolo moralmente perfecto), porque entonces ellos tendrían méritos u obras propias en las cuales depender. Más bien quiere decir que Dios declara al malvado justo ante sus ojos, no basándose en las buenas obras del malvado, sino en respuesta a su fe.

La idea de que la justificación es una declaración legal es muy evidente también cuando se contrasta la justificación con la condenación. Pablo dice: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?» (Ro 8:33-34). «Condenar» a alguien es declararlo culpable. Lo opuesto de condenación es justificación, que, en este contexto, debe querer decir «declarar inocente a alguien». Esto también es evidente por el hecho de que el acto de Dios de justificar se da como la respuesta de Pablo a la posibilidad de que alguien lance una acusación contra el pueblo de Dios; tal declaración de culpa no puede mantenerse frente a la declaración divina de justicia.

En este sentido de «declarar justo» o «declarar inocente», Pablo frecuentemente usa la palabra para hablar de la justificación que Dios nos da, su declaración de que nosotros, aunque pecadores culpables, somos justos ante sus ojos. Es importante martillar que esta declaración legal en sí misma no cambia nuestra naturaleza interna o carácter de ninguna manera. En este sentido de «justificar», Dios emite una declaración legal en cuanto a nosotros. Por esto los teólogos también han dicho que la justificación es forense, donde la palabra forense denota que tiene que ver con procedimientos legales.

John Murray hace una importante distinción entre regeneración y justificación:

La regeneración es un acto de Dios en nosotros; la justificación es un veredicto de Dios respecto a nosotros. La distinción es como la distinción entre el acto de un cirujano y el acto de un juez. El cirujano, al remover un cáncer interno, hace algo en nosotros. Eso no es lo que el juez hace; el juez pronuncia un veredicto respecto a nuestra situación judicial. Si somos inocentes nos declara así.

La pureza del evangelio va unida al reconocimiento de esta distinción. Si se confunde la justificación con la regeneración o santificación, se abre la puerta a la perversión del evangelio en su mismo centro. La justificación sigue siendo el artículo en el que la Iglesia permanece erguida o cae.1

B. Dios declara que somos justos ante sus ojos

En la declaración legal divina de justificación, Dios específicamente declara que somos justos ante sus ojos. Esta declaración incluye dos aspectos. Primero, quiere decir que él declara que no tenemos pena que pagar por el pecado, incluyendo pecados pasados, presentes y futuros. Después de una larga consideración de la justificación por la fe sola (Ro 4:1—5:21) y una consideración parentética del pecado que sigue en la vida cristiana, Pablo vuelve a su principal argumento en su carta a los romanos y dice lo que es verdad de los que han sido justificados por la fe: «Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). En este sentido, los que han sido justificados ya no tienen que pagar por sus pecados. Esto quiere decir que no estamos sujetos a ninguna acusación que implique culpa o condenación: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica.¿Quién condenará?» (Ro 8:33-34). En el acto de justificación que Dios efectúa nos concede pleno perdón de pecados.

Pero si Dios meramente nos declarara perdonados de nuestros pecados, eso no resolvería por completo nuestros problemas, porque solamente nos haría moralmente neutros ante Dios. Estaríamos en el estado en que estaba Adán antes de haber hecho algo bueno o malo a vista de Dios; no tenía culpa delante de Dios, pero tampoco se había ganado ningún historial de rectitud delante de Dios. Este primer aspecto de la justificación, en el que Dios declara que nuestros pecados son perdonados, se puede ilustrar como en la figura 22.1, en la que el signo de resta representa los pecados a cuenta nuestra que son perdonados por completo en la justificación.

Sin embargo, tal movimiento no es suficiente para ganarnos el favor de Dios. Debemos más bien ir de neutralidad moral a un punto en que tenemos justicia positiva delante de Dios, la justicia de una vida de perfecta obediencia a él. Nuestra necesidad se puede representar, por tanto, como en la figura 22.2 en la que los signos de suma indican un historial de justicia delante de Dios.

Por tanto, el segundo aspecto de la justificación es que Dios debe declarar no sólo que somos neutrales ante sus ojos, sino que somos justos ante sus ojos. Es más, debe declarar que ante él tenemos los méritos de la justicia perfecta. El Antiguo Testamento a veces habla de que Dios da a su pueblo tal justicia aunque ellos no se la hayan ganado. Isaías dice: «Porque él me vistió con ropas de salvación y me cubrió con el manto de la justicia» (Is 61:10). Pero Pablo habla más específicamente de esto en el Nuevo Testamento. Como una solución a nuestra necesidad de justicia, Pablo nos dice que «ahora, sin la mediación de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, de la que dan testimonio la ley y los profetas. Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen» (Ro 3:21-22). Dice: «Le creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia» (Ro 4:3; citando Gn 15:6). Esto resultó mediante la obediencia de Cristo, porque Pablo dice al final de esta extensa consideración de la justificación por fe que «por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19). El segundo aspecto de la declaración de Dios en la justificación, entonces, es que tenemos los méritos de perfecta justicia delante de él.

Pero surgen preguntas: ¿Cómo puede Dios declarar que no tenemos pena que pagar por el pecado y que se nos han acreditado los méritos de justicia perfecta si en realidad somos culpables de pecado? ¿Cómo puede Dios declarar que no somos culpables sino justos cuando en verdad somos malvados? Estas preguntas llevan al siguiente punto.

C. Dios puede declararnos justos porque nos imputa la justicia de Cristo

Cuando decimos que Dios nos imputa la justicia de Cristo, queremos decir que Dios considera que la justicia de Cristo es nuestra, o que la considera nuestra. Él «la reconoce» como nuestra. Leemos: «Creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia» (Ro 4:3; citando Gn 15:6). Pablo explica: «Al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia. David dice lo mismo cuando habla de la dicha de aquel a quien Dios le atribuye justicia sin la mediación de las obras» (Ro 4:5-6), De esta manera la justicia de Cristo llega a ser nuestra. Pablo dice que somos los que recibimos «el don de la justicia» (Ro 5:17).

  


Esta es la tercera vez al estudiar las doctrinas bíblicas que hemos encontrado el concepto de imputar culpa o justicia a alguien. Primero, cuando Adán pecó, se nos imputó su culpa: Dios Padre la vio como nuestra, y por consiguiente lo hizo.
2 Segundo, cuando Cristo sufrió y murió por nuestros pecados, nuestros pecados fueron imputados a Cristo; Dios los consideró de Cristo, y Cristo pagó el castigo.3 Ahora en la doctrina de la justificación vemos la imputación por tercera vez. La justicia de Cristo se nos imputa, y por tanto Dios la acepta como nuestra. No es nuestra propia justicia, sino la justicia de Cristo que nos es dada por generosidad. Pablo puede decir entonces que Cristo «ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Co 1:30, RVR). Pablo dice además que su meta es ser hallado en Cristo, «no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe» (Fil 3:9, RVR). Sabe que la justicia que tiene delante de Dios no es algo que ha logrado por sí mismo; es la justicia de Dios que llega por medio de Jesucristo (cf. Ro 3:21-22).

Es esencial en la médula del evangelio insistir que Dios nos declara justos o que somos justos no sobre la base de nuestra verdadera condición de justicia o santidad, sino más bien sobre la base de la justicia perfecta de Cristo, que Dios considera que nos pertenece. Esto fue el núcleo de la diferencia entre el protestantismo y el catolicismo romano en la Reforma. El protestantismo desde días de Martín Lutero ha insistido en que la justificación no nos cambia internamente y no es una declaración basada de alguna manera en bondades nuestras.

Si la justificación nos cambiara internamente y entonces declarara que somos justos basada en lo bueno que de verdad somos, (1) nunca podríamos ser declarados perfectamente justos en esta vida, y (2) no habría provisión para el perdón de los pecados pasados (cometidos antes de que fuéramos cambiados interiormente), y por consiguiente nunca podríamos tener la confianza que Pablo tiene cuando dice: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro 5:1). Si pensáramos que la justificación se basa en algo que somos internamente, nunca podríamos tener la confianza de decir con Pablo: «Ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). No tendríamos ninguna seguridad de perdón de Dios, ninguna confianza para acercarnos a él «con corazón sincero y con la plena seguridad que da la fe» (He 10:22). No podríamos hablar del «don de justicia» (Ro 5:17), ni decir que «la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Ro 6:23).

El concepto tradicional católico romano de la justificación es muy diferente a este. La Iglesia Católica Romana entiende la justificación como algo que nos cambia interiormente y nos hace más santos por dentro. Se puede decir que este concepto entiende la justificación como algo que se basa no en justicia imputada, sino en justicia inyectada, o sea, justicia que Dios en realidad pone dentro de nosotros que nos cambia internamente y en términos de nuestro carácter moral real.4

El resultado de este concepto católico romano tradicional de la justificación es que las personas no pueden estar seguras de si están o no en un «estado de gracia» en el que experimentan la aceptación completa de parte de Dios y su favor. Todavía más, según este concepto la gente experimenta variados grados de justificación de acuerdo a la medida de justicia que se les ha inyectado o colocado dentro de ellos. A fin de cuentas, la consecuencia lógica de esta creencia de la justificación es que nuestra vida eterna con Dios no se basa en la sola gracia de Dios, sino parcialmente también en nuestro mérito. Como dice un teólogo católico, «para el justificado la vida eterna es a la vez una dádiva de gracia que Dios ha prometido y una recompensa por sus propias buenas obras y méritos. … Las obras salvadoras son, al mismo tiempo, dádivas de Dios y actos meritorios del hombre».5 Asignar de esta manera mérito salvador a la justicia interna del hombre y a las «buenas obras» a la larga destruye lo fundamental del evangelio mismo.

Eso fue lo que Martín Lutero vio tan claramente y dio motivo a la Reforma. Cuando las buenas nuevas del evangelio verdaderamente se volvieron buenas noticias de salvación totalmente gratuita en Jesucristo, se esparcieron como incendio forestal por el mundo civilizado. Pero esto fue simplemente una recuperación del evangelio original, que declara: «La paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Ro 6:23), e insiste que «ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1).

D. La justificación nos viene por entero por la gracia de Dios y no a cuenta de mérito en nosotros mismos

Después que Pablo explica en Romanos 1:18—3:20 que nadie podrá jamás justificarse delante de Dios («nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley», Ro 3:20), pasa a explicar que «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó» (Ro 3:23-24). La «gracia» de Dios quiere decir «favor inmerecido» que nos concede. Debido a que somos completamente incapaces de ganarnos el favor de Dios, la única manera en que nos podían declarar justos es que Dios gratuitamente proveyera salvación para nosotros por gracia, totalmente aparte de nuestras obras. Pablo explica: «Por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte» (Ef 2:8-9; cf. Tit 3:7). Se pone la gracia en claro contraste con las obras o méritos como la razón por la que Dios está dispuesto a justificarnos. Dios no tenía ninguna obligación de imputarle a Cristo nuestro pecado, ni de imputarnos a nosotros la justicia de Cristo; fue sólo debido a su favor que no merecíamos que hizo esto.

Por esta razón Lutero y los demás reformadores insistieron en que la justificación viene por la gracia sola, no por gracia más méritos de parte nuestra. Esto fue en distinción de la enseñanza católica romana de que somos justificados por la gracia de Dios más algo de mérito que logramos a medida que nos hacemos aptos para recibir la gracia de la justificación y a medida que crecemos en este estado de gracia mediante nuestras buenas obras.

E. Dios nos justifica por nuestra fe en Cristo

1. La fe es un instrumento para obtener justificación, pero no tiene mérito en sí misma. Cuando empezamos este capítulo notamos que la justificación viene mediante la fe que salva. Pablo deja bien clara esta secuencia cuando dice: «Hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por éstas nadie será justificado» (Gá 2:16). Aquí Pablo indica que la fe viene primero y es con el propósito de ser justificados. También dice que a Cristo «se recibe por la fe» y que Dios es «el que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3:25,26). Todo el capítulo 4 de Romanos es una defensa del hecho de que somos justificados por fe, no por obras, tal como Abraham y David lo fueron. Pablo dice: «hemos sido justificados mediante la fe» (Ro 5:1).

La Biblia nunca dice que somos justificados debido a la bondad inherente de nuestra fe, como si nuestra fe tuviera mérito delante de Dios. Nunca nos permite pensar que nuestra fe en sí misma nos gana favor ante Dios. Más bien la Biblia dice que somos justificados «mediante» nuestra fe, en el sentido de que la fe es el instrumento mediante el cual se nos da la justificación, pero en ningún caso es una actividad que nos gana mérito o favor ante Dios. Más bien, somos justificados solamente gracias a los méritos de la obra de Cristo (Ro 5:17-19).

2. ¿Por qué Dios escogió la fe como el instrumento para que recibamos la justificación? Pero quizá nos preguntemos por qué Dios escogió la fe para que fuera la actitud del corazón por la que obtendríamos la justificación. ¿Por qué no podía Dios haber decidido dar la justificación a todos los que sinceramente mostraran amor, gozo, contentamiento, humildad o sabiduría? ¿Por qué Dios escogió la fe como el medio por el que recibiríamos justificación?

Aparentemente es porque la fe es la única actitud de corazón que es exactamente lo opuesto de depender de nosotros mismos. Cuando vamos a Cristo por fe, esencialmente decimos: «¡Me rindo! Ya no voy a depender de mí mismo ni de mis buenas obras. Sé que nunca puedo justificarme delante de Dios. Por consiguiente, Jesús, confío en ti y dependo completamente en que tú me darás una posición de justo delante de Dios». En esta manera, la fe es lo opuesto de confiar en nosotros mismos, y por tanto es la actitud que perfectamente encaja en una salvación que no depende para nada de nuestros propios méritos, sino que es por entero un regalo, una dádiva de la gracia de Dios. Pablo explica esto cuando dice: «Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia» (Ro 4:16). Por eso los reformadores, desde Martín Lutero en adelante fueron tan firmes en su insistencia de que la justificación no viene por fe más algunos méritos o buenas obras de parte nuestra, sino sólo por la fe sola. «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte» (Ef 2:8-9). Pablo repetidamente dice que «nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley» (Ro 3:20); y la misma idea se repite en Gálatas 2:16; 3:11; 5:4.

3. ¿Qué quiere decir Santiago al decir que somos justificados por las obras? Pero, ¿armoniza esto con la epístola de Santiago? ¿Qué puede querer expresar Santiago cuando dice: «Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe» (Stg 2:24)? Aquí debemos darnos cuenta de que Santiago está usando la palabra justificado en un sentido diferente del que Pablo la usa. Al principio de este capítulo notamos que la palabra justificar tiene varios significados, y que un sentido significativo es «declarar que se es justo», pero también debemos notar que la palabra griega dikaioo también puede significar «demostrar o mostrar que se es justo». Por ejemplo, Jesús les dijo a los fariseos: «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones» (Lc 16:15). El punto aquí no era que los fariseos iban por todas partes haciendo declaraciones legales de que «no eran culpables» delante de Dios, sino más bien que siempre andaban intentando mostrar a otros que eran justos por sus propias obras externas. Jesús sabía que la verdad era distinta, y «Dios conoce los corazones» (Lc 16:15). De modo similar, el maestro de la ley que puso a prueba a Jesús preguntándole qué debía hacer para heredar la vida eterna respondió bien a la primera pregunta de Jesús. Pero cuando Jesús le dijo: «Haz esto, y vivirás», el hombre no quedó satisfecho. Lucas nos dice: «Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”» (Lc 10:28-29). El hombre no estaba deseando dar un pronunciamiento legal de que no era culpable ante Dios; más bien, estaba deseando «mostrarse a sí mismo como justo» ante otros que lo estaban oyendo. Otros ejemplos de la palabra justificar en el sentido de «mostrar que se es justo» las puede hallar en Mateo 11:19; Lucas 7:35 y Romanos 3:4.

Nuestra interpretación de Santiago 2 depende no sólo del hecho de que «mostrar que se es justo» es una acepción aceptable de la palabra justificarse, sino también en consideración a que este sentido encaja bien con el propósito primario de Santiago en esta sección. Santiago está preocupado por mostrar que el mero asentimiento intelectual al evangelio es una «fe» que no es fe. Desea razonar en contra de los que dicen que tienen fe pero no dan muestras de cambio en su modo de vivir. Dice: «Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras» (Stg 2:18), «pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Stg 2:26). Santiago está simplemente diciendo aquí que la «fe» que no tiene resultados u «obras» no es fe real en ningún sentido; es una fe «muerta». No está negando la clara enseñanza de Pablo de que la justificación (en el sentido de declaración de una posición legal y correcta delante de Dios) es por fe sola sin las obras de la ley; está sencillamente afirmando una verdad diferente; es decir, que la «justificación» en el sentido de una exhibición externa de que uno es justo ocurre solamente cuando vemos evidencia en la vida de una persona. Para parafrasear, Santiago está diciendo que la persona «demuestra que es justa por sus obras y no por su fe sola». Esto es algo con lo que Pablo ciertamente estaría de acuerdo (2 Co 13:5; Gá 5:19-24).

4. Implicaciones prácticas de la justificación solo por la fe. Las implicaciones prácticas de la doctrina de justificación por la fe sola son muy significativas. Primero, esta doctrina nos permite ofrecer esperanza genuina a los inconversos que saben que nunca podrían por ellos mismos lograr ser justos delante de Dios. Si la salvación es un regalo que se recibe solo por la fe, cualquiera que oye el evangelio puede esperar que la vida eterna se ofrezca por gracia y que se puede obtener.

Segundo, esta doctrina nos da confianza de que Dios nunca nos hará pagar por los pecados que han sido perdonados sobre la base de los méritos de Cristo. Por supuesto, podemos continuar sufriendo las consecuencias ordinarias del pecado (el alcohólico que deja de emborracharse puede seguir sufriendo de debilidad física por el resto de su vida, y el ladrón que es justificado puede ser que con todo tenga que ir a la cárcel a pagar sus delitos). Es más, Dios puede disciplinarnos si continuamos actuando en desobediencia a él (véase He 12:5-11), y lo haría por amor y para nuestro propio bien. Pero Dios nunca puede vengarse ni se vengará de nosotros por pecados pasados, ni nos hará pagar la pena que merecemos por ellos, ni nos castigará con ira y con el propósito de hacernos daño. «Ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). Esta verdad debe darnos un gran sentido de gozo y confianza ante Dios de que él nos ha aceptado y de que podemos estar ante él no como «culpables» sino «justos» para siempre.

F. Adopción

Además de la justificación, hay otro asombroso privilegio que Dios nos da en el momento en que llegamos a ser creyentes: el privilegio de la adopción. Podemos definir la adopción como sigue: La adopción es un acto de Dios en el cual él nos hace miembros de su familia.

Aunque la adopción es un privilegio que se nos da en el momento en que nos convertimos en creyentes (Jn 1:12; Gá 3:26; 1 Jn 3:1-2), no es lo mismo que la justificación ni que la regeneración. Por ejemplo, Dios podía habernos dado justificación sin los privilegios de la adopción en su familia, porque podía habernos perdonado nuestros pecados y habernos dado una posición legal correcta delante de él sin hacernos sus hijos. De modo similar, podía habernos hecho vivir espiritualmente mediante la regeneración sin habernos hecho miembros de su familia con los privilegios especiales de miembros de su familia; los ángeles, por ejemplo, evidentemente caen en esa categoría. La enseñanza bíblica de la adopción enfatiza mucho más las relaciones personales que la salvación nos da con Dios y con su pueblo.

Juan menciona la adopción al principio de su evangelio, en donde dice: «A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Jn 1:12, RVR). Los que no creen en Cristo, por el contrario, no son hijos de Dios ni son adoptados en su familia, sino que son «hijos de ira» (Ef 2:3), e «hijos de desobediencia» (Ef 2:2; 5:6). Aunque los judíos que rechazaron a Cristo trataron de aducir que Dios era su Padre (Jn 8:41), Jesús les dijo: «Si Dios fuera su Padre, ustedes me amarían. … Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir» (Jn 8:42-44).

Las epístolas del Nuevo Testamento dan testimonio repetido del hecho de que ahora somos hijos de Dios en un sentido especial, miembros de su familia. Pablo dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: “¡Abba! ¡Padre!” El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria» (Ro 8:14-17).

Pero si somos hijos de Dios, ¿no estamos entonces emparentados unos con otros como familiares? Claro que sí. Es más, esta adopción en la familia de Dios nos hace a todos partícipes en una familia que incluye también a los judíos creyentes del Antiguo Testamento, porque Pablo dice que somos también hijos de Abraham: «Tampoco por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos. Al contrario: “Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac”. En otras palabras, los hijos de Dios no son los descendientes naturales; más bien, se considera descendencia de Abraham a los hijos de la promesa» (Ro 9:7-8). Luego les explica a los gálatas: «Ustedes, hermanos, al igual que Isaac, son hijos por la promesa. … no somos hijos de la esclava sino de la libre» (Gá 4:28,31; cf. 1 P 3:6, en donde Pedro ve a las mujeres creyentes como hijas de Sara en el nuevo pacto).

Pablo explica que este estatus de adopción como hijos de Dios no se realizó por completo en el antiguo pacto. Dice que: «Antes de venir esta fe, la ley nos tenía presos. … Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe. Pero ahora que ha llegado la fe, ya no estamos sujetos al guía. Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús» (Gá 3:23-26). Esto no es decir que el Antiguo Testamento omitió por completo hablar de Dios como nuestro Padre, porque Dios en efecto se llama a sí mismo Padre de los hijos de Israel, y los llama sus hijos en varios lugares (Sal 103:13; Is 43:6-7; Mal 1:6; 2:10). Pero aunque había una conciencia de Dios como Padre en el pueblo de Israel, los plenos beneficios y privilegios de la membresía en la familia de Dios, y la plena realización de esa membresía, no fueron efectivos sino cuando Cristo vino y el Espíritu del Hijo de Dios se derramó en nuestros corazones y dio testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Aunque el Nuevo Testamento dice que ahora somos hijos de Dios (1 Jn 3:2), debemos también observar que hay otro sentido en el que nuestra adopción todavía es futura porque no recibiremos los plenos beneficios y privilegios de adopción sino cuando Cristo vuelva y tengamos nuevos cuerpos resucitados. Pablo habla de este sentido posterior y más pleno de la adopción cuando dice: «Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo» (Ro 8:23). Aquí Pablo ve la recepción de los nuevos cuerpos resucitados como el cumplimiento de nuestros privilegios de adopción, tanto que puede referirse a esto como nuestra «adopción como hijos».

 

CAD-IBVH, Estudio

La Regeneración

I. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la regeneración como sigue: La regeneración es un acto secreto de Dios en el que él nos imparte nueva vida espiritual. A veces a esto se le llama «nacer de nuevo» (usando el lenguaje de Juan 3:3-8).

A. La regeneración es totalmente obra de Dios

En algunos de los elementos de aplicación de la redención que consideraremos en capítulos subsiguientes, tenemos una parte activa (esto es cierto, por ejemplo, en la conversión, santificación y perseverancia). Pero en la obra de la regeneración nosotros no jugamos ningún papel activo. Es totalmente obra de Dios. Vemos esto, por ejemplo, cuando Juan habla de que aquellos a quienes Cristo les dio potestad de ser hechos hijos de Dios «no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios» (Jn 1:13). Aquí Juan especifica que son hijos de Dios los que «nacen de Dios» y nuestra «voluntad humana» no tiene nada que ver con esta clase de nacimiento.

El hecho de que somos pasivos en la regeneración también es evidente cuando la Biblia se refiere a ella como que «se nos hizo nacer» o «nos ha hecho nacer de nuevo» (cf. Stg 1:18; 1 P 1:3; Jn 3:3-8). No escogimos que se nos diera la vida física, y no escogimos nacer: fue algo que nos sucedió. De modo similar, estas analogías de la Biblia sugieren que somos enteramente pasivos en la regeneración.

La profecía de Ezequiel también predice esta obra soberana de Dios en la regeneración. Por él Dios prometió un tiempo en el futuro cuando daría nueva vida espiritual a su pueblo: «Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese co- razón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes» (Ez 36:26-27).

¿Cuál miembro de la Trinidad es el que actúa en la regeneración? Cuando Jesús habla del que «nace del Espíritu» (Jn 3:8), indica que es principalmente Dios Espíritu Santo el que produce la regeneración. Pero otros versículos también indican la intervención de Dios el Padre en la regeneración. Pablo especifica que «en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó» (Ef 2:5; cf. Col 2:13). Santiago dice que es el «Padre que creó las lumbreras celestes» el que nos dio el nuevo nacimiento: «Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad, para que fuéramos como los primeros y mejores frutos de su creación» (Stg 1:17-18). Finalmente, Pedro dice que Dios, «por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo» (1 P 1:3). Podemos concluir que Dios Padre y Dios Espíritu Santo producen la regeneración.

¿Cuál es la conexión entre el llamamiento efectivo1 y la regeneración? Como veremos más adelante en este capítulo, la Biblia indica que la regeneración debe llegar antes de que podamos responder al llamamiento efectivo con fe salvadora. Por tanto, podemos decir que la regeneración llega antes del resultado del llamamiento efectivo (nuestra fe). Pero es más difícil especificar la relación exacta en tiempo entre la regeneración y la proclamación humana del evangelio por la que Dios obra el llamamiento efectivo. Por lo menos dos pasajes sugieren que Dios nos regenera al mismo tiempo en que nos habla en el llamamiento efectivo. Pedro dice: «Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece. … Y ésta es la palabra del evangelio que se les ha anunciado a ustedes» (1 P 1:23,25). Y Santiago dice: «Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad» (Stg 1:18). Al llegar el evangelio a nosotros, Dios nos habla por él y nos llama a que vayamos a él (llamamiento efectivo) y nos da nueva vida espiritual (regeneración) de modo que nos capacita para responder con fe. El llamamiento efectivo es entonces cuan- do Dios Padre nos habla con poder, y la regeneración es Dios el Padre y Dios Espíritu Santo obrando poderosamente en nosotros para darnos vida. Estas dos cosas deben haber sucedido simultáneamente mientras Pedro predicaba el evangelio en la casa de Cornelio, porque mientras él predicaba, «el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban el mensaje» (Hch 10:44).

A veces se usa el término gracia irresistible 2 en esta conexión. Se refiere al hecho de que Dios efectivamente llama a las personas y también les da la regeneración, y ambas acciones garantizan que responderemos con fe que salva. No obstante, el término gracia irresistible se presta para malos entendidos, puesto que parece implicar que la gente no toma una decisión espontánea al responder al evangelio. Es una idea errada y una comprensión errónea del término gracia irresistible. El término sí preserva algo valioso, por- que indica que la obra de Dios toca nuestros corazones para despertar una respuesta que es absolutamente segura, aunque respondemos voluntariamente.

B. La naturaleza exacta de la regeneración es un misterio para nosotros

Lo que sucede exactamente en la regeneración es un misterio para nosotros. Sabemos que de alguna manera a nosotros, que estábamos espiritualmente muertos (Ef 2:1), se nos ha dado vida para Dios y en todo sentido real se nos ha hecho «nacer de nuevo» (Jn 3:3,7; Ef 2:5; Col 2:13). Pero no entendemos cómo sucede esto ni lo que Dios hace exactamente en nosotros para darnos esta nueva vida espiritual. Jesús dice: «El viento so- pla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu» (Jn 3:8).

La Biblia ve la regeneración como algo que nos afecta como persona integral. Por su- puesto, nuestro «espíritu vive» para Dios después de la regeneración (Ro 8:10), pero eso es simplemente porque la regeneración nos afecta a nosotros como persona integral. No es simplemente que nuestro espíritu estaba muerto antes; éramos nosotros los que estábamos muertos para Dios en delitos y pecados (vea Ef 2:1). Es incorrecto decir que todo lo que sucede en la regeneración es que nuestro espíritu recibe vida (como algunos enseñan), porque la regeneración afecta todo lo que somos: «Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!» (2 Co 5:17).

Debido a que la regeneración es la obra de Dios en nosotros que nos da nueva vida, es correcto concluir que es un hecho instantáneo. Ocurre sólo una vez. En un momento es- tamos espiritualmente muertos, y al siguiente tenemos nueva vida espiritual de Dios. No obstante, no siempre sabemos exactamente cuándo ocurre este cambio instantáneo. Especialmente en el caso de los niños que se crían en un hogar cristiano, o de las personas que asisten a una iglesia evangélica o estudio bíblico por un período de tiempo y crecen gradualmente en su comprensión del evangelio, puede que no haya una crisis dramática con un cambio radical de conducta de «pecador endurecido» a «santo», pero con todo habrá un cambio instantáneo cuando Dios por el Espíritu Santo, de una manera invisible, despierte la vida espiritual. El cambio se hará evidente con el tiempo en patrones de conducta y deseos que agradan a Dios.

En otros casos (probablemente en la mayoría de los casos cuando los adultos se con- vierten a Cristo), la regeneración tiene lugar en un momento claramente reconocible en el que la persona se da cuenta de que antes estaba separada de Dios y espiritualmente muerta, pero inmediatamente después hay de manera clara una nueva vida por dentro. Los resultados se pueden ver por lo general de inmediato: una confianza de corazón en Cristo en cuanto a la salvación, una seguridad de que los pecados le han sido perdonados, deseo de leer la Biblia y orar (y un sentido de que estas actividades son significativas), deleite en la adoración, deseo de comunión cristiana, deseo sincero de ser obediente a la pa- labra de Dios en la Biblia, y deseo de hablarles de Cristo a otros. La gente a veces dirá algo como esto: «No sé exactamente lo que sucedió, pero antes de ese momento no con- fiaba en Cristo en cuanto a la salvación. Me preguntaba y vacilaba en mi mente. Pero después de ese momento me di cuenta de que confío en Cristo y que él es mi Salvador. Algo le sucedió a mi corazón». Sin embargo, incluso en estos casos no estamos completamente seguros de lo que nos sucede en el corazón. Es como Jesús dijo respecto al viento: oímos su sonido y vemos los resultados, pero no podemos ver el viento mismo. Así es con la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones.

C. En este sentido de «regeneración», tiene lugar antes de la fe salvadora

Usando los versículos citados arriba, hemos definido la regeneración como un acto de Dios que despierta la vida espiritual en nosotros y nos lleva de la muerte espiritual a la vida espiritual. En esta definición es natural entender que la regeneración llega antes de la fe que salva. Es en realidad esta obra de Dios lo que nos da la capacidad espiritual para responder a Dios con fe. Sin embargo, cuando decimos que llega «antes» de la fe que sal- va, es importante recordar que por lo general sucede tan cerca una de la otra que ordina- riamente parece que suceden al mismo tiempo. Al dirigirnos Dios el llamado efectivo del evangelio, nos regenera y nosotros respondemos con fe y arrepentimiento a este llamado. Así que desde nuestra perspectiva, es difícil ver alguna diferencia en tiempo, especialmente porque la regeneración es una obra espiritual que no podemos percibir con los ojos y ni siquiera entender con la mente.

Sin embargo hay varios pasajes que nos dicen que esta obra secreta, oculta, de Dios en nuestros espíritus en efecto llega antes de que nosotros respondamos a Dios con la fe que salva (aunque a menudo pueden ser apenas segundos antes de que nosotros responda- mos). Al hablar con Nicodemo sobe la regeneración, Jesús le dijo: «Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3:5). Entra- mos en el reino de Dios cuando nos convertimos en creyentes en la conversión. Pero Je- sús dice que tenemos que nacer «del Espíritu» antes de que podamos hacer eso. («Nacer del agua» con toda probabilidad se refiere al lavamiento espiritual del pecado, que en la profecía de Ezequiel lo simboliza el agua, según Ez 36:25-26.) Nuestra incapacidad para acercarnos a Cristo por cuenta propia, sin una obra inicial de Dios en nosotros, también la enfatiza Jesús cuando dice: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me en- vió» (Jn 6:44), y «nadie puede venir a mí, a menos que se lo haya concedido el Padre» (Jn 6:65). Este acto interno de regeneración se describe hermosamente cuando Lucas dice de Lidia: «El Señor le abrió el corazón para que respondiera al mensaje de Pablo» (Hch 16:14). Primero el Señor le abrió el corazón, y después ella pudo prestar atención a la predicación de Pablo y responder con fe.

En contraste, Pablo nos dice: «El que no tiene el Espíritu (lit. “el hombre natural”) no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entender- lo, porque hay que discernirlo espiritualmente» (1 Co 2:14). También dice que aparte de Cristo «no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios» (Ro 3:11).

La solución a este estado de muerte espiritual e incapacidad para responder sólo llega cuando Dios nos da nueva vida por dentro. «Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo» (Ef 2:4-5, RVR). Pablo también dice: «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él» (Col 2:13, RVR).

La idea de que la regeneración llega antes de la fe que salva no siempre la entienden los evangélicos de hoy. A veces algunos incluso dicen algo así: «Si crees en Cristo como Salvador, entonces (después que creas) nacerás de nuevo». Pero la Biblia misma nunca dice algo igual. La Biblia ve el nuevo nacimiento como algo que Dios hace en nosotros a fin de capacitarnos para creer.

Los evangélicos que piensan a menudo que la regeneración llega después de la fe que salva es porque ven los resultados (tal como amor a Dios y a su Palabra, o dejar el pecado) después de que la gente abraza la fe, y piensan que la regeneración debe por consiguiente haber venido después de la fe que salva. Por cierto, algunas declaraciones evangélicas de fe contienen expresiones que sugieren que la regeneración llega después de la fe que sal- va. En estas declaraciones la palabra regeneración al parecer se refiere a la evidencia externa de la regeneración que se ve en una vida cambiada, evidencia que por cierto llega después de la fe que salva. Se piensa en «ser nacido de nuevo» no en términos de la entrega inicial de una nueva vida, sino en términos de la transformación total de la vida que resulta de esa entrega. Si el término regeneración se entiende de esta manera, sería cierto que la regeneración llega después de la fe que salva.

No obstante, para usar un lenguaje que se conforme estrechamente a las expresiones de la Biblia, sería mejor reservar la palabra regeneración para la obra instantánea, inicial de Dios en la que nos imparte vida espiritual. Entonces podemos enfatizar que no vemos la regeneración en sí misma, sino que vemos solamente sus resultados en nuestra vida, y que la fe en Cristo salvadora es el primer resultado que vemos. Es más, nunca podremos saber que hemos sido regenerados sino hasta que vayamos a la fe en Cristo, porque esa es la evidencia externa de la obra interna y oculta de Dios. Una vez que en efecto hallamos llegado a la fe que salva en Cristo, sabremos que hemos nacido de nuevo. A modo de aplicación, debemos darnos cuenta de que la explicación del mensaje del evangelio en la Biblia no toma la forma de un mandato: «Sé nacido de nuevo y serás salvo», sino más bien: «Cree en Jesucristo y serás salvo». Este es el patrón constante en la predicación del evangelio en todo el libro de Hechos y también en las descripciones del evangelio que se nos da en las Epístolas.

D. La regeneración genuina debe producir resultados en la vida

En la sección previa notamos que la capacidad para responder a Dios con la fe que salva es el primer resultado de la regeneración. Por eso Juan dice: «Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios» (1 Jn 5:1). Pero también hay otros resultados de la regeneración, muchos de los cuales los especifica Juan en su primera epístola. Por ejemplo, Juan dice: «Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en él; no puede practicar el pecado, porque ha nacido de Dios» (1 Jn 3:9). Aquí Juan explica que la persona que nace de nuevo tiene esa «semilla» espiritual (ese poder que genera vida y que crece) en sí y eso mantiene a la persona viviendo una vida libre de pecado continuo. Esto no quiere decir, por supuesto, que la persona vivirá una vida perfecta, sino sólo que el patrón de vida no será el de continua indulgencia en el pecado. Debemos observar que Juan dice que esto es cierto de todo el que verdaderamente ha nacido de nuevo. «Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado». Otra manera de mirar esto es decir que «todo el que practica la justicia ha nacido de él» (1 Jn 2:29).

Un amor genuino, como el de Cristo, será un resultado concreto en la vida: «Todo el que ama ha nacido de él y lo conoce» (1 Jn 4:7). Otro efecto del nuevo nacimiento es vencer al mundo: «En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos. Y éstos no son difíciles de cumplir, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo» (1 Jn 5:3-4). Aquí Juan explica que la regeneración da la capacidad para vencer las presiones y tentaciones del mundo que de otra manera nos impedirían obedecer los mandamientos de Dios y seguir sus caminos. Juan dice que venceremos estas presiones y por tanto no será «difícil» obedecer los mandamientos de Dios, sino, deja entrever, que más bien será un gozo.

Finalmente, Juan observa que otro resultado de la regeneración es protección del mismo Satanás. «Sabemos que el que ha nacido de Dios no está en pecado: Jesucristo, que nació de Dios, lo protege, y el maligno no llega a tocarlo» (1 Jn 5:18). Aunque pueden haber ataques de Satanás, Juan reasegura a sus lectores que «el que está en ustedes es más poderoso que el que está en el mundo» (1 Jn 4:4), y este mayor poder del Espíritu Santo en nosotros nos guarda del supremo daño espiritual de parte del maligno.

Debemos darnos cuenta de que Juan enfatiza todo esto como resultados necesarios en la vida de los que han nacido de nuevo. Si hay regeneración genuina en la vida de una persona, esa persona creerá que Jesús es el Cristo, y se abstendrá de un patrón de vida de pecado continuo, y amará a su hermano o hermana, y vencerá las tentaciones del mundo, y será guardado del supremo daño que puede hacernos el maligno. Estos pasajes muestran que es imposible la regeneración en una persona y que no se convierta verdaderamente.

Otros resultados de la regeneración los menciona Pablo cuando habla del «fruto del Espíritu», es decir, el resultado en la vida que produce el poder del Espíritu Santo al obrar en todo creyente: «En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas» (Gá 5:22-23). Si hay verdadera regeneración, estos elementos del fruto del Espíritu serán cada día más evidentes en la vida de esa persona. Pero, en contraste, los que no son creyentes, incluyendo los que dicen ser creyentes pero no lo son, claramente carecerán de estos rasgos de carácter en sus vidas. Jesús dijo a sus discípulos:

Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los cardos? Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bue- no. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Así que por sus frutos los conocerán (Mt 7:15-20).

Ni Jesús, ni Pablo ni Juan señalan la actividad en la Iglesia ni los milagros como evidencia de la regeneración. Más bien señalan rasgos de carácter en la vida. De hecho, inmediatamente después de los versículos antes citados, Jesús advierte que en el día del juicio muchos le dirán: «“Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?” Entonces les diré claramente: “Ja- más los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!”» (Mt 7:22-23). La profecía, los exorcismos, y muchos milagros y obras poderosas en el nombre de Jesús (por no decir nada de otros tipos de actividad intensa en la Iglesia en la fuerza de la carne tal vez en décadas de la vida de una persona) no son evidencia convincente de que la persona verdaderamente ha nacido de nuevo. Al parecer todo esto puede ser producido por el hombre o mujer natural por fuerza propia, o tal vez con la ayuda del maligno. Pero amor genuino a Dios y a su pueblo, obediencia de corazón a sus mandamientos, y el carácter semejante al de Cristo que Pablo llama el fruto del Espíritu, demostrado constantemente en un período de tiempo en la vida de una persona, no los puede producir Satanás, ni tampoco el ser humano por su propias fuerzas. Esto solo lo puede producir el Espíritu de Dios obrando en nosotros y dándonos vida nueva.

 

CAD-IBVH, Estudio

El Llamamiento del Evangelio

  1. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Cuando Pablo habla de la manera en que Dios trae salvación a nuestra vida dice:

«Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» (Ro 8:30). Aquí Pablo señala un orden definido en que nos vienen las bendiciones de la salvación. Aunque hace mucho, antes de que el mundo fuese hecho, Dios nos «predestinó» para que fuéramos sus hijos y fuéramos conformados a imagen de su Hijo, Pablo apunta al hecho de que en la realización de ese propósito en cuanto a nuestra vida Dios nos «llamó». Luego menciona de inmediato la justificación y la glorificación, y muestra que estas vienen después del llamamiento. Pablo indica que hay un orden definido en el propósito salvador de Dios (aunque aquí no menciona todos los aspectos de nuestra salvación). 

Así que empezaremos nuestra consideración de las diferentes partes de nuestra experiencia de salvación con el tema del llamamiento.

  1. Llamamiento efectivo

Cuando Pablo dice: «Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» (Ro 8:30), indica que ese llamamiento lo hace Dios. Es específicamente un acto de Dios el Padre, porque es él quien predestina a las personas «a ser transformados según la imagen de su Hijo» (Ro 8:29). Otros versículos describen más completamente qué es este llamamiento. 

Cuando Dios llama a las personas de esta manera poderosa, las llama «de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2:9), las llama «a tener comunión con su Hijo Jesucristo» (1 Co 1:9; cf. Hch 2:39) y «los llama a su reino y a su gloria» (1 Ts 2:12; cf. 1 P 5:10; 2 P 1:3). Los que han sido llamados por Dios le pertenecen a Jesucristo (vea Ro 1:6). Son llamados «a ser santos» (Ro 1:7; 1 Co 1:2) y han entrado a un reino de paz (1 Co 7:15; Col 3:15), libertad (Gá 5:13), esperanza (Ef 1:18; 4:4), santidad (1 Ts 4:7), con paciencia soportan el sufrimiento (1 P 2:20-21; 3:9) y tienen vida eterna (1 Ti 6:12).

Estos versículos indican que no se tiene en mente un simple llamamiento humano e impotente. Este llamado es más bien algo así como una «citación» del Rey del universo, y tiene tal poder que obtiene la respuesta que pide que brote del corazón de esas personas.

Es un acto de Dios que garantiza una respuesta positiva, porque Pablo especifica en Romanos 8:30 que todos los que fueron «llamados» también fueron «justificados». Este llamamiento tiene la facultad de sacarnos del reino de las tinieblas y llevarnos al reino de Dios, y unirnos a él en plena comunión: «Fiel es Dios, quien los ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor» (1 Co 1:9).

A este poderoso acto de Dios a menudo se le llama llamamiento efectivo, para distinguirlo de la invitación general del evangelio que va a toda persona, y que algunos rechazan. Esto no quiere decir que la proclamación humana del evangelio no interviene. De hecho, el llamamiento efectivo de Dios llega mediante la predicación humana del evangelio, porque Pablo dice: «Para esto Dios los llamó por nuestro evangelio, a fin de que tengan parte en la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2 Ts 2:14). Por supuesto, hay muchos que oyen el llamado general del mensaje del evangelio y no responden. Pero en algunos casos el llamado del evangelio es tan efectivo gracias a la obra del Espíritu Santo en el corazón de las personas que estas en efecto responden; podemos decir que han recibido el «llamamiento efectivo».

Podemos definir el llamamiento efectivo como sigue: El llamamiento efectivo es un acto de Dios el Padre en el que, hablando mediante la proclamación humana del evangelio, llama a las personas hacia sí mismo de tal manera que estas responden con fe salvadora.

Es importante no dar la impresión de que la gente será salva por el poder de este llamamiento aparte de su propia respuesta voluntaria al evangelio.  Aunque es cierto que el llamamiento efectivo despierta y obtiene de nosotros una respuesta positiva, siempre debemos insistir que esta respuesta tiene que ser de todos modos una respuesta voluntaria, dispuesta, en la que el individuo pone su fe en Cristo.

Por esto la oración es tan importante para la evangelización efectiva. A menos que Dios obre en el corazón de las personas para hacer efectiva la proclamación del evangelio, no habrá respuesta salvadora genuina. Jesús dijo: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió» (Jn 6:44).

Un ejemplo de cómo el llamado del evangelio obra eficazmente se ve en la primera visita de Pablo a Filipos. Cuando Lidia oyó el mensaje del evangelio, «el Señor le abrió el corazón para que respondiera al mensaje de Pablo» (Hch 16:14). A distinción del llamamiento efectivo, que es por entero un acto de Dios, podemos hablar del llamamiento del evangelio en general, que se hace por medio de la palabra humana. Este llamamiento del evangelio se ofrece a toda persona, incluso los que no lo aceptan. A veces a este llamamiento del evangelio se le llama llamamiento externo o llamamiento general. Por otro lado, al llamamiento efectivo de Dios que en efecto produce una respuesta voluntaria de la persona que oye a veces se le llama llamamiento interno. 

El llamamiento del evangelio es general y externo, y a menudo es rechazado, mientras que el llamamiento efectivo es particular e interno, y siempre es efectivo. Sin embargo, esto no es disminuir la importancia del llamado del evangelio; es el medio que Dios ha designado para que se haga el llamamiento efectivo. Sin el llamado del evangelio nadie podría responder y ser salvo. «¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?» (Ro 10:14). Por consiguiente, es importante entender exactamente lo que es el llamado del evangelio.

  1. Elementos del llamado del evangelio

En la predicación humana del evangelio hay que incluir tres elementos importantes:

  1. Explicación de los hechos respecto a la salvación. Todo el que se acerca a Cristo para obtener salvación debe por lo menos tener un entendimiento básico de quién es Cristo, y cómo suple él nuestra necesidad de salvación. Por tanto, una explicación de los hechos concernientes a la salvación debe incluir por lo menos lo siguiente:
  2. Todos han pecado (Ro 3:23).
  3. La pena del pecado es muerte (Ro 6:23).
  4. Jesucristo murió para pagar la pena de nuestros pecados (Ro 5:8).

Pero entender esos hechos e incluso convenir en que son verdad no es suficiente para que la persona sea salva. Tiene que haber una invitación a una respuesta personal de parte del individuo, a que se arrepienta de sus pecados y confíe personalmente en Cristo.

  1. Invitación a responder personalmente a Cristo con arrepentimiento y fe. Cuando

el Nuevo Testamento habla de las personas que aceptan la salvación, habla en términos de una respuesta personal a una invitación de Cristo mismo. Esa invitación queda hermosamente expresada, por ejemplo, en las palabras de Jesús: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana» (Mt 11:28-30).

Es importante dejar bien claro que estas no son simplemente palabras que dijo hace mucho tiempo un dirigente religioso del pasado. A toda persona que no es creyente y que oye estas palabras hay que llevarlas a que piense que son palabras que Jesucristo, incluso en ese mismo momento, está diciéndoselas personalmente. Jesucristo es un Salvador que está vivo en el cielo, y toda persona que no es cristiana debe comprender que es Jesús el que está hablándole y diciéndole: «Ven a mí … y te daré descanso» (Mt 11:28). Esta es una invitación genuina personal que busca una respuesta personal de cada persona que la oye.

Juan también habla de la necesidad de una respuesta personal cuando dice: «Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios» (Jn 1:11-12). Al martillar la necesidad de «recibir» a Cristo, Juan, también, apunta a la necesidad de una respuesta individual. A los que estaban en la iglesia tibia que no se daba cuenta de su ceguera espiritual el Señor Jesús de nuevo le extiende una invitación que exige una respuesta personal: «Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3:20).

Pero, ¿qué incluye eso de ir a Cristo? Aunque hablaremos mas de esto mas adelante, es suficiente observar aquí que si vamos a Cristo y confiamos en él para que nos salve de nuestro pecado, no podemos seguir aferrándonos a nuestro pecado sino que voluntariamente debemos renunciar a él con arrepentimiento genuino. En algunos casos en la Biblia se mencionan el arrepentimiento y la fe juntos al referirse a la conversión inicial de alguien (Pablo dijo que pasó tiempo «testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo», Hch 20:21 RVR).


En otras ocasiones se menciona sólo el arrepentimiento, y la fe que salva se da por sentada como factor acompañante («y en su nombre se predicarán el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén», Lc 24:47; cf. Hch 2:37-38; 3:19; 5:31; 17:30; Ro 2:4; 2 Co 7:10; et ál.). Por tanto, toda proclamación genuina del evangelio debe incluir una invitación a tomar una decisión conciente a dejar el pecado e ir a Cristo por fe, pidiéndole el perdón de los pecados. Si se deja a un lado el arrepentimiento de los pecados o la necesidad de confiar en Cristo para el perdón, no hay una proclamación completa y verdadera del evangelio.

Pero, ¿qué se promete a los que se acercan a Cristo? Este es el tercer elemento del llamado del evangelio.

  1. Una promesa de perdón y vida eterna. Aunque las palabras de invitación personal de Cristo tienen en efecto promesas de descanso, potestad de ser hechos hijos de Dios y acceso al agua de vida, es útil decir explícitamente lo que Cristo promete a los que acuden a él en arrepentimiento y fe. Lo más importante que se promete en el mensaje del evangelio es perdón de pecados y vida eterna con Dios. «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn 3:16). Pedro, en su predicación del evangelio, dice: «Por tanto, para que sean borrados sus pecados, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, a fin de que vengan tiempos de descanso de parte del Señor» (Hch 3:19; cf. 2:38).

Junto con la promesa de perdón y vida eterna debe haber la seguridad de que Cristo aceptará a todo el que va a él con arrepentimiento sincero y fe en busca de salvación: «Al que a mí viene, no lo rechazo» (Jn 6:37).

  1. Importancia del llamado del evangelio

La doctrina del llamado del evangelio es importante porque si no hubiera llamado del evangelio no podríamos ser salvos. «¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?» (Ro 10:14). El llamado del evangelio es importante también porque mediante él Dios nos trata en la plenitud de nuestra humanidad. Él no nos salva «automáticamente» sin buscar una respuesta nuestra como personas. Más bien, dirige el llamado del evangelio a nuestro intelecto, a nuestras emociones y a nuestra voluntad. Habla a nuestro intelecto al explicarnos en su palabra la realidad de la salvación. Habla a nuestras emociones al extendernos una invitación sincera para que respondamos. Apela a la voluntad al pedirnos que oigamos su invitación y respondamos voluntariamente con arrepentimiento y fe, y que decidamos volvernos de nuestros pecados y recibir a Cristo como Salvador y dejar que nuestro corazón descanse en él en cuanto a la salvación.

CAD-IBVH, Estudio

La Providencia, o ¿tenemos libertad?

Aunque el término providencia no se halla en la Biblia, se usa para denotar la relación continua de Dios con su creación.

Podemos definir la providencia de Dios como sigue: Dios continuamente participa con todas las cosas creadas y al hacerlo (1) las mantiene en existencia con las propiedades con que las creó; (2) coopera en todo con las cosas creadas, dirigiendo sus propiedades distintivas para hacerlas actuar como actúan; y (3) las dirige para que cumplan sus propósitos.

Bajo la categoría general de providencia tenemos tres subtemas de acuerdo a los tres elementos de la definición antes dada: (1) preservación, (2) concurrencia y (3) gobierno

A. Preservación

Dios mantiene en existencia todas las cosas creadas y las propiedades con que las creó.

Hebreos 1:3 nos dice que Cristo es «el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (He 1:3). La palabra griega que se traduce «sostiene» es fero, «llevar, cargar». Se aplica comúnmente en el Nuevo Testamento para referirse al acto de llevar algo en peso de un lugar a otro, como se lleva a un paralítico en una camilla a Jesús (Lc 5:18), como se lleva vino al director de la fiesta (Jn 2:8), o se le lleva un sobretodo o libros a Pablo (2 Ti 4:13). No significa simplemente «sustentar», sino que tiene el sentido de control activo e intencionado de lo que se lleva de un lugar a otro. En Hebreos 1:3 el uso del participio presente indica que Jesús está continuamente sosteniendo todas las cosas en el universo mediante su palabra poderosa.

B. Concurrencia

  1. Creación inanimada (sucesos naturales Sal 148.8, Job 37.6-13)
  2. Animales (salmo 10427-29
  3. Acontecimientos “al azar” o “casuales” (Prov 16.33)
  4. Acontecimientos plenamente causados por Dios y plenamente causados por la criatura
  5. asuntos de las naciones (Job 12.23, Sal 22.28, Hech 17.26)

6. Todos los aspectos de nuestras vidas. Es asombroso ver hasta qué alcance afirma la Biblia que Dios hace que sucedan varios acontecimientos en nuestras vidas. Por ejemplo, nuestra dependencia de Dios en cuanto al alimento cotidiano, y esto se reitera cada vez que oramos: «Danos hoy nuestro pan cotidiano» (Mt 6:11), aunque trabajamos para conseguir nuestro alimento y (hasta donde puede discernir el ojo humano) lo obtenemos mediante causas enteramente «naturales». Similarmente Pablo, mirando a los acontecimientos con los ojos de la fe, afirma que «mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten» sus hijos (Fil 4:19), aunque Dios puede usar medios «ordinarios» (tales como otras personas) para hacerlo.

Dios planea nuestros días antes de que nazcamos, porque David afirma: «Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos» (Sal 139:16). Y Job dice que: «Los días del hombre ya están determinados; tú has decretado los meses de su vida; le has puesto límites que no puede rebasar» (Job 14:5). Esto se puede ver en la vida de Pablo, quien dice: «Dios me había apartado desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia» (Gal 1:15), y de Jeremías, a quien Dios le dice: «Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones» (Jer. 1:5).

Todas nuestras acciones están bajo el cuidado providencial de Dios, «puesto que en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17:28). Los pasos individuales que damos todos los días están dirigidos por el SEÑOR. Jeremías confiesa: «SEÑOR, yo sé que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al caminante dirigir sus propios pasos» (Jer 10:23). Leemos que: «Los pasos del hombre los dirige el SEÑOR» (Pr 10:24), y «El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el SEÑOR» (Pr 16:9). El éxito y el fracaso vienen de Dios, porque leemos: «La exaltación no viene del oriente, ni del occidente ni del sur, sino que es Dios el que juzga: a unos humilla y a otros exalta» (Sal 75:6-7). Incluso todos nuestros talentos y capacidades son del Señor por lo que Pablo puede preguntar a los corintios: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué presumes como si no te lo hubieran dado?» (1 Co 4:7).

Dios influye en los deseos y decisiones de las personas, porque «contempla desde su trono a todos los habitantes de la tierra», y «Él es quien formó el corazón de todos» (Sal 33:14-15). Cuando nos damos cuenta de que en la Biblia el corazón es la sede de nuestros pensamientos y deseos más íntimos, este es un pasaje significativo. Sí, sabemos que tomamos decisiones voluntarias, pero ¿quién formó nuestra voluntad para que tomemos esas decisiones? Dios «formó el corazón» de «todos los habitantes de la tierra». Dios guía especialmente los deseos e inclinaciones de los creyentes, obrando en nosotros «tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad» (Fil 2:13).

Todos estos pasajes, que nos hablan en términos generales en cuanto a la obra de Dios en la vida de todas las personas y nos dan ejemplos específicos de la obra de Dios en la vida de los individuos, nos llevan a concluir que la obra providencial de concurrencia de Dios se extiende a todos los aspectos de nuestras vidas. Nuestras palabras, nuestros pasos, nuestros movimientos, nuestros corazones y nuestras capacidades vienen del Señor.

Pero debemos guardarnos de un malentendido. Aquí también, como con la creación más inferior, la dirección providencial de Dios como «causa primaria» invisible y detrás de bastidores no nos debe llevar a negar la realidad de nuestras decisiones y acciones. Una vez tras otra la Biblia afirma que nosotros hacemos que sucedan los acontecimientos. Somos significativos y somos responsables. Tomamos decisiones, y son decisiones reales que producen resultados reales. Así como Dios ha creado cosas en la naturaleza con ciertas propiedades (p. ej., las piedras son duras, el agua moja), Dios nos ha hecho de una manera tan maravillosa que nos ha dotado con la capacidad de tomar decisiones.

Una manera de aclarar el sentido de estos pasajes sobre la concurrencia de Dios es decir que si nuestras decisiones son reales, Dios no las puede causar . Pero el número de pasajes que afirman este control providencial de Dios es tan considerable, y las dificultades que surgen al darles alguna otra interpretación son tan formidables, que no me parece que ese pueda ser un método apropiado de abordarlos. Parece mejor decir sencillamente que Dios hace que sucedan todas las cosas que suceden, pero que lo hace de tal manera que de cierta manera mantiene nuestra capacidad de tomar decisiones responsables y voluntarias, decisiones que tienen resultados reales y eternos, y por las que se nos considera responsables. Exactamente cómo combina Dios su control providencial con nuestras decisiones voluntarias y significativas, la Biblia simplemente no nos lo explica. Pero antes que negar uno u otro aspecto (simplemente porque no podemos explicar cómo puede esto ser cierto), debemos aceptar ambas cosas en un intento por ser fieles a las enseñanzas de las Escrituras como un todo.

7. ¿Qué en cuanto al mal? Si Dios en verdad es la causa, mediante su actividad providencial, de todo lo que sucede en el mundo, surge la pregunta: «¿Cuál es la relación entre Dios y el mal en el mundo?» ¿Es en realidad Dios la causa de las acciones malas que hace la gente? Si es así, ¿no es Dios culpable del pecado?

Al abordar esta cuestión es mejor primero leer los pasajes bíblicos que tratan más directamente el asunto. Podemos empezar mirando varios pasajes que afirman que Dios hizo, ciertamente, que sucedieran algunos acontecimientos malos y que se hicieran obras malas. Pero debemos recordar que en todos estos pasajes es muy claro que la Biblia en ninguna parte muestra a Dios directamente haciendo algo malo, sino más bien haciendo que se hagan obras malas mediante la acción voluntaria de criaturas morales. Es más, la Biblia nunca le echa la culpa a Dios del mal ni muestra a Dios complaciéndose en el mal, y la Biblia nunca excusa a los seres humanos por el mal que hacen. Como quiera que entendamos la relación de Dios con el mal, nunca debemos llegar al punto de pensar que no somos responsables del mal que hacemos, que Dios se complace en el mal ni que hay que echarle a él la culpa. Tal conclusión es claramente contraria a la Biblia.

Un ejemplo muy claro se halla en la historia de José. La Biblia dice claramente que los hermanos de José sentían celos malsanos contra él (Gn 37:11), le aborrecían (Gn 37:4,5,8), querían matarlo (Gn 37:20), y que cometieron una maldad al echarle en la cisterna (Gn 37:24) y al venderlo como esclavo para que se lo llevaran a Egipto (Gn 37:28). Sin embargo, más tarde José pudo decirles a sus hermanos: «Fue Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas» (Gn 45:5), y de nuevo «ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente» (Gn 50:20). Aquí tenemos una combinación de obras de maldad hechas por hombres pecadores a los que correctamente se considera responsables de su pecado, y el control providencial superior de Dios por el que se logran los propósitos de Dios. Ambas cosas se expresan claramente.

La historia del éxodo de Egipto repetidamente afirma que Dios endureció el corazón del faraón. Dios dijo: «Yo, por mi parte, endureceré su corazón» (Éx 4:21), «Voy a endurecer el corazón del faraón» (Éx 7:3, repetido en 14:4), «el SEÑOR endureció el corazón del faraón» (Éx 9:12, repetido en 14:8), y «el SEÑOR endureció el corazón del faraón» (Éx 10:20, repetido en 10:27, y de nuevo en 11:10). A veces se objeta que la Biblia también dice que el faraón endureció su propio corazón (Éx 8:15,32; 9:34) y que el acto de Dios al endurecer el corazón del faraón fue sólo en respuesta a la rebelión inicial y dureza de corazón que el mismo faraón mostró de su propio libre albedrío. Pero hay que notar que las promesas de Dios de endurecer el corazón del faraón (Éx 4:21; 7:3) las hace mucho antes de que la Biblia nos diga que el faraón endureció su corazón (leemos esto por primera vez en Éx 8:15). Es más, nuestro análisis de la concurrencia que acabamos de dar, en la que agentes divinos y humanos pueden hacer que algo suceda, debería mostrarnos que ambos factores pueden manifestarse al mismo tiempo. Aun cuando el faraón endurece su corazón, no es incoherente decir que Dios hizo que el faraón se endureciera, y por consiguiente Dios está endureciendo el corazón del faraón. Finalmente, si alguno objetara que Dios está simplemente intensificando los deseos y decisiones perversos que ya estaban en el corazón del faraón, esta clase de acción podría todavía, por lo menos en teoría, aplicarse a todo el mal que hay en el mundo actual, puesto que todas las personas tienen deseos malos todavía en sus corazones y todas las personas en verdad toman decisiones de maldad.

¿Cuál es el propósito de Dios en todo esto? Pablo reflexiona sobre Éxodo 9:16 y dice: «La Escritura le dice al faraón: “Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra”» (Ro 9:17). Luego Pablo infiere una verdad general partiendo de este ejemplo específico: «Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (Ro 9:18). De hecho, Dios también endureció el corazón de los egipcios para que persiguieran a Israel hasta el Mar Rojo: «Yo voy a endurecer el corazón de los egipcios, para que los persigan. ¡Voy a cubrirme de gloria a costa del faraón y de su ejército, y de sus carros y jinetes!» (Éx 14:17). Este tema se repite en el Salmo 105:25: «a quienes trastornó para que odiaran a su pueblo».

En la historia de Job, aunque el Señor le dio a Satanás permiso para que hiciera daño a las posesiones de Job y a sus hijos, y aunque este daño vino mediante las acciones malvadas de los sabeos y caldeos, así como mediante el huracán (Job 1:12,15,17,19), Job miró más allá de esas causas secundarias y, con ojos de fe, vio que todo venía de la mano del Señor. «El SEÑOR ha dado; el SEÑOR ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del SEÑOR!» (Job 1:21). El autor del Antiguo Testamento sigue la afirmación de Job de inmediato con la frase: «A pesar de todo esto, Job no pecó ni le echó la culpa a Dios» (Job 1:22). Job acababa de recibir las noticias de que bandas merodeadoras perversas habían destruido sus rebaños y hatos, y sin embargo con gran fe y paciencia en la adversidad, dice: «El SEÑOR ha quitado». Sin embargo, Job no le echa a Dios la culpa del mal ni dice que Dios haya hecho mal; dice: «Bendito sea el nombre del SEÑOR». Echarle la culpa a Dios por el mal que había producido mediante agentes secundarios habría sido pecado. Job no hace eso, la Biblia tampoco lo hace, ni debemos hacerlo nosotros.

Se podrían dan múltiples ejemplos similares. En muchos de esos pasajes, Dios envía mal y destrucción sobre las personas en castigo por sus pecados. Ellos han sido desobedientes o se han desviado a la idolatría, y el Señor usa a los seres humanos malos o fuerzas demoníacas, o desastres «naturales» para castigarlos. (No siempre se dice que este es el caso; José y Job, por ejemplo, sufrieron pero no debido a su propio pecado, pero a menudo es así.) Tal vez esta idea de castigo por el pecado nos puede ayudar a entender, por lo menos en parte, cómo Dios puede con justicia hacer que sucedan acontecimientos de maldad. Todos los seres humanos son pecadores, porque la Biblia nos dice que «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Ro 3:23). Ninguno de nosotros merece el favor de Dios o su misericordia, sino sólo condenación eterna. Por consiguiente, cuando Dios envía mal sobre los seres humanos, sea para disciplinar a sus hijos, para conducir a los incrédulos al arrepentimiento o para enviar castigo y destrucción sobre pecadores endurecidos, ninguno de nosotros puede acusar a Dios de haber hecho mal. A fin de cuentas, todo obrará conforme a los buenos propósitos de Dios para su gloria y para el bien de su pueblo. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que al castigar el mal en los que no son redimidos (tales como el faraón, los cananitas, y los babilonios), Dios también se glorifica mediante la demostración de su justicia, santidad y poder (vea Éx 9:16; Ro 9:14-24).

La obra más perversa de toda la historia, la crucifixión de Cristo, Dios la ordenó, y no sólo el hecho de que ocurriría, sino también las acciones individuales conectadas con ella. La iglesia de Jerusalén reconoció esto, porque oraron: «En efecto, en esta ciudad se reunieron Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y con el pueblo de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste para hacer lo que de antemano tu poder y tu voluntad habían determinado que sucediera» (Hch 4:27-28). Las acciones de todos los participantes en la crucifixión de Jesús habían sido «predestinadas» por Dios. Sin embargo, los apóstoles no le echan ninguna culpa moral a Dios, porque las cosas que hicieron resultaron de las decisiones voluntarias de hombres pecadores. Pedro deja bien claro esto en su sermón en Pentecostés: «Éste fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz» (Hch 2:23). En una sola oración Pedro liga el plan y preconocimiento de Dios con la culpa moral que asigna a las acciones de «hombres pecadores». Dios no los forzó a actuar contra sus voluntades; más bien, Dios hizo que se realizara su plan mediante las decisiones voluntarias de ellos, de las que ellos, fuera como fuera, eran responsables.

9. ¿Somos «libres»? ¿Tenemos «libre albedrío»? Si Dios ejerce control providencial sobre todos los acontecimientos, ¿somos libres en algún sentido? La respuesta depende de lo que queramos decir con la palabra libre. A veces la gente discute interminablemente este asunto porque nunca definen claramente lo que ellos y sus opositores en el debate quieren decir por «libre», y la palabra entonces la usan de varias maneras que confunden el debate.

La libertad que a menudo dan por sentado los que niegan el control providencial de Dios sobre todas las cosas es una libertad que actúa fuera de la actividad sustentadora y controladora de Dios, una libertad que incluye poder tomar decisiones que no son causadas por nada externo a nosotros mismos. En ninguna parte la Biblia dice que somos libres en ese sentido. Esa clase de libertad sería imposible si Jesucristo en verdad continuamente «sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (He 1:3), y si Dios verdaderamente «hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad» (Ef 1:11). Si esto es verdad, estar fuera de ese control providencial ¡simplemente sería no existir! Una «libertad» absoluta, totalmente libre del control de Dios, es totalmente imposible en un mundo providencialmente sostenido y dirigido por Dios mismo. Si eso es a lo que llaman «libre albedrío», no es el libre albedrío que la Biblia dice que tenemos.

Por otro lado, somos libres en el sentido más amplio que cualquiera de las criaturas de Dios lo sería; tomamos decisiones propias, decisiones que surten efectos reales. No sabemos de ninguna restricción que Dios imponga sobre nuestra voluntad cuando tomamos decisiones, y actuamos de acuerdo a nuestros propios deseos. En ese sentido, si encaja con el libre albedrío que la Biblia dice que tenemos. Está claro que debemos insistir e¿Tenemosn que tenemos el poder de tomar decisiones voluntarias y que nuestras decisiones tienen resultados reales en el universo, de otra manera caeríamos en el error del fatalismo o determinismo, y así concluiríamos que nuestras decisiones no importan y que en realidad no podemos tomar decisiones propias.

C. Gobierno

Hemos hablado de los dos primeros aspectos de la providencia, (1) preservación y (2) concurrencia. Este tercer aspecto de la providencia de Dios indica que Dios tiene un propósito en todo lo que hace en el mundo y que providencialmente gobierna o dirige todas las cosas de modo que cumplan sus propósitos. Leemos en los Salmos: «Su reinado domina sobre todos» (Sal 103:19). Es más, «Dios hace lo que quiere con los poderes celestiales y con los pueblos de la tierra. No hay quien se oponga a su poder ni quien le pida cuentas de sus actos» (Dn 4:35). Pablo afirma que «todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él» (Ro 11:36). Es debido a que Pablo sabe que Dios es soberano sobre todo y obra sus propósitos en todo acontecimiento que sucede, que puede declarar que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Ro 8:28).

D. Importancia de nuestras acciones como humanos

A veces podemos olvidarnos de que Dios obra mediante acciones humanas en su administración providencial del mundo. Si lo olvidamos, empezamos a pensar que nuestras acciones o decisiones no importan o no tienen mucho efecto en el curso de los acontecimientos. Para guardarnos contra cualquier malentendido de la providencia de Dios, recalcamos los siguientes puntos:

1. Sea como sea, somos responsables de nuestras acciones. Dios nos ha hecho responsables de nuestras acciones, lo que tiene resultados reales y eternamente significativos. En todos sus actos providenciales, Dios preserva estas características de responsabilidad e importancia. Si hacemos el bien y obedecemos a Dios, nos recompensará, y las cosas irán bien para nosotros tanto en este tiempo como en la eternidad. Si hacemos el mal y desobedecemos a Dios, él nos disciplinará y tal vez nos castigará, y las cosas nos saldrán mal. Darnos cuenta de estos hechos nos ayudará a tener sabiduría al hablar con otros y animarlos a evitar la ociosidad y desobediencia.

2. Nuestras acciones tienen resultados reales y cambian el curso de los acontecimientos. En el funcionamiento ordinario del mundo, si descuido atender mi salud y tengo pésimos hábitos alimenticios, o si abuso de mi cuerpo mediante el alcohol o el cigarrillo, es probable que muera más pronto. Dios ha ordenado que nuestras acciones tengan consecuencias. Dios ha ordenado que los acontecimientos tengan lugar porque nosotros los hacemos tener lugar. Por supuesto, no sabemos lo que Dios ha planeado, ni siquiera por el resto de este día, por no decir nada de la próxima semana o el próximo año. Pero sí sabemos que si confiamos en Dios y le obedecemos, descubriremos que él ha planeado que buenas cosas resulten de esa obediencia.

Esto debe animarnos no sólo a obedecer a Dios, sino también a ejercer sabiduría y precaución ordinaria en nuestra vida, dándonos cuenta que a menudo estos son los medios que Dios usa para producir ciertos resultados en nuestra vida. En contraste, si pensamos que ciertos peligros o acontecimientos malos pudieran suceder en el futuro, y si no usamos medios razonables para evitarlos, descubriremos que nuestra falta de acción fue el medio que Dios usó para permitir que eso sucediera.

3. La oración es una clase específica de acción que tiene resultados definitivos y hace que cambie el curso de los acontecimientos. Dios también ha ordenado que la oración sea un medio bien significativo de producir resultados en el mundo.4 Cuando intercedemos  fervientemente por una persona o situación específica, a menudo hallamos que Dios ha ordenado que nuestra oración sea un medio que él usa para producir los cambios en el mundo. La Biblia nos recuerda esto cuando nos dice: «No tienen, porque no piden» (Stg 4:2). Jesús dice: «Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa» (Jn 16:24).

4. En conclusión, ¡debemos actuar! La doctrina de la providencia de ninguna manera nos anima a arrellanarnos en la ociosidad en espera del resultado de ciertos acontecimientos. Por supuesto, Dios puede indicarnos la necesidad de esperar en él antes de actuar y de confiar en él antes que en nuestras propias capacidades; lo que por cierto no es un error. Pero simplemente decir que estamos confiando en Dios en lugar de actuar responsablemente es pura holgazanería y una distorsión de la doctrina de la providencia.

En términos prácticos, si uno de mis hijos tiene una tarea escolar que tiene que entregar el día de mañana, tengo razón al hacerle que termine esa tarea antes de salir a jugar. Me doy cuenta de que su calificación está en las manos de Dios y que desde hace mucho Dios ha determinado cuál será esa calificación, pero yo no sé lo que será ni tampoco mi hijo. Lo que sí sé es que si mi hijo estudia y cumple fielmente sus deberes escolares, recibirá una buena calificación. Si no, no la recibirá. La doctrina de la providencia, por lo tanto, debe animarnos a combinar una confianza completa en el control soberano de Dios con el deber de percatarnos de que el uso de medios ordinarios es necesario para que las cosas resulten de la manera en que Dios ha planeado que resulten. Una creencia de corazón en la providencia de Dios no es un desaliento, sino un acicate a la acción.

 

CAD-IBVH, Estudio

La Elección

En los estudios anteriores hablamos de que todos hemos pecado y merecemos de Dios el castigo eterno, y de que Cristo murió y ganó la salvación para nosotros. Pero ahora, en los estudios restantes de esta sección (caps. 18—25) veremos la manera en que Dios aplica esa salvación a nuestra vida. Empezaremos en este capítulo con la obra divina de la elección, o sea, la decisión de Dios de escogernos para ser salvos desde antes de la fundación del mundo. Este acto de elección no es, por supuesto (hablando estrictamente), parte de la aplicación de la salvación a nosotros, puesto que vino antes de que Cristo ganara nuestra salvación cuando murió en la cruz. Pero tratamos la elección en este punto porque cronológicamente es el principio del trato de Dios con nosotros de acuerdo a su gracia. Por consiguiente, es propio tomarlo como el primer paso en el proceso de Dios para darnos salvación individualmente. 

Otros pasos en la obra de Dios al aplicar la salvación a nuestra vida incluyen el oír nosotros el llamado del evangelio, nuestra regeneración por el Espíritu Santo, nuestra respuesta en fe y arrepentimiento, el perdón de Dios a nosotros y la membresía que nos dio en su familia, así como concedernos crecimiento en la vida cristiana y mantenernos fieles a él por toda la vida. Al final de nuestra vida moriremos e iremos a su presencia, y después, cuando Cristo vuelva, recibiremos cuerpos resucitados y el proceso de adquirir la salvación se completará.
Varios teólogos han dado términos específicos a varios de estos acontecimientos, y a menudo los mencionan en el orden específico en que piensan que suceden en nuestra vida. Tal lista de acontecimientos en los que Dios nos aplica la salvación se llama orden de la salvación, y a veces se hace referencia a él usando la frase latina ordo salutis, que simplemente quiere decir «orden de salvación». Antes de considerar algunos de estos elementos en la aplicación de la salvación a nuestra vida, podemos dar aquí una lista completa de los elementos que se considerarán en los capítulos siguientes:


Orden de la salvación
1. Elección (Dios escoge a las personas para que sean salvas)
2. Llamado del evangelio (proclamación del mensaje del evangelio) 3. Regeneración (nuevo nacimiento)
4. Conversión (fe y arrepentimiento)
5. Justificación (situación legal correcta)
6. Adopción (membresía en la familia de Dios)
7. Santificación (conducta adecuada en la vida)
8. Perseverancia (permanencia como creyente)
9. Muerte (partida para a estar con el Señor)
10. Glorificación (recepción de un cuerpo resucitado)

Debemos notar que los puntos 2-6 y parte del 7 intervienen en «cómo llegar a ser creyente». Los puntos 7 y 8 se practican en esta vida, el punto 9 ocurre al final de esta vida, y el 10 sucede cuando Cristo vuelve.

Empezamos nuestra consideración del orden de la salvación con el primer elemento, la elección. En conexión con esto, también consideraremos al final de este estudio la cuestión de la «reprobación», la decisión de Dios de pasar por alto a los que no serán salvos, y castigarlos por sus pecados. Como explicaremos más adelante, elección y reprobación son diferentes en varios importantes aspectos, y es importante distinguir estos para que no pensemos equivocadamente en cuanto a Dios y su actividad.

El término predestinación se usa frecuentemente en esta consideración. En la teología reformada en general, predestinación es un término más amplio e incluye los dos aspectos: elección (para los creyentes) y reprobación (para los incrédulos). Sin embargo, el término doble predestinación no es un término útil porque da la impresión de que Dios lleva a cabo la elección y la reprobación de la misma manera, y que no hay diferencias esenciales entre ellas, lo que por cierto no es verdad. Por consiguiente, los teólogos reformados por lo general no usan el término doble predestinación, aunque a veces lo usan los que la critican para referirse a la enseñanza reformada. En estserie no usaremos el término doble predestinación para referirse a la elección y reprobación puesto que diluye las distinciones entre ellas y no da una indicación acertada de lo que se está enseñando.

I. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la elección como sigue: Elección es el acto de Dios antes de la creación en el que él escoge a algunas personas para salvarlas, no a cuenta de ningún mérito previsto en ellas, sino solamente debido a su soberanía y placer.

Ha habido mucha controversia en la Iglesia y muchos malos entendidos en cuanto a esta doctrina. Muchas de las cuestiones controvertidas respecto a la voluntad y responsabilidad del hombre, y respecto a la justicia de Dios con respecto a las decisiones humanas. Estas las consideraremos más adelante en un siguiente estudio en conexión con la providencia de Dios. Aquí enfocaremos solamente las cuestiones que se aplican específicamente a la cuestión de la elección.

Nuestro método en este capítulo sencillamente será citar primero una serie de pasajes del Nuevo Testamento que hablan de la elección. Luego intentaremos entender el propósito de Dios que los autores del Nuevo Testamento ven en la doctrina de la elección. Finalmente, intentaremos aclarar nuestra comprensión de esta doctrina y responder a algunas objeciones, y también consideraremos la doctrina de la reprobación.

A. ¿Enseña el Nuevo Testamento la predestinación?

Varios pasajes del Nuevo Testamento parecen afirmar muy claramente que Dios ordenó de antemano los que serían salvos. Por ejemplo, cuando Pablo y Bernabé empezaron a predicarles a los gentiles en Antioquía de Pisidia, Lucas escribe: «Al oír esto, los gentiles se alegraron y celebraron la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna» (Hch 13:48). Es significativo que Lucas menciona el hecho de la elección casi al paso. Es como si fuera algo normal cuando se predica el evangelio. ¿Cuántos creyeron? «Creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna».

En Romanos 8:28-30 leemos: «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó».

En el siguiente capítulo, al hablar de que Dios escogió a Jacob y no a Esaú, Pablo dice que no fue debido a algo que Jacob o Esaú hubieran hecho, sino simplemente para que el propósito de Dios de elección pudiera continuar: «Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: “El mayor servirá al menor”. Y así está escrito: “Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú”» (Ro 9:11-13).

Respecto al hecho de que algunos de Israel fueron salvos y otros no, Pablo dice: «Pues que Israel no consiguió lo que tanto deseaba, pero sí lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos» (Ro 11:7). Aquí, de nuevo, Pablo indica dos grupos distintos dentro del pueblo de Israel. Los «elegidos» obtuvieron la salvación que buscaban, mientras que los que no fueron elegidos simplemente «fueron endurecidos».

Al principio de Efesios, Pablo habla explícitamente de que Dios eligió a los creyentes antes de la fundación del mundo: «Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:4-6).

Aquí Pablo les está escribiendo a creyentes, y específicamente dice que Dios «nos escogió» en Cristo, refiriéndose a los creyentes en general. De modo similar, varios versículos más adelante dice: «En Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:11-12).

A los Tesalonicenses escribe: «Hermanos amados de Dios, sabemos que él los ha escogido, porque nuestro evangelio les llegó no sólo con palabras sino también con poder, es decir, con el Espíritu Santo y con profunda convicción» (1 Ts 1:4-5).

Pablo dice que el hecho de que los tesalonicenses creyeron en el evangelio cuando él lo predicó («porque nuestro evangelio les llegó … con poder … y con profunda convicción») es la razón por la que sabe que Dios los escogió. Tan pronto como abrazaron la fe, Pablo concluyó que mucho tiempo atrás Dios los había escogido, y por eso habían creído cuando les predicó. Más adelante le escribe a la misma iglesia: «Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad» (2 Ts 2:13).

Cuando Pablo habla de por qué Dios nos salvó y nos llamó, explícitamente niega que se debió a nuestras obras, pero más bien señala que se debió al propio propósito de Dios y a su gracia inmerecida en la eternidad pasada. Dice que Dios es el que «nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo» (2 Ti 1:9).

Cuando Pedro les escribe una epístola a cientos de creyentes en muchas iglesias en Asia Menor, dice: «A los elegidos, extranjeros dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia» (1 P 1:1). Más adelante los llama «linaje escogido» (1 P 2:9).

284

En la visión de Juan en Apocalipsis, los que no se rindieron ante la persecución ni adoraron a la bestia son personas cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida antes de la fundación del mundo: «También se le permitió hacer la guerra a los santos y vencerlos, y se le dio autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. A la bestia la adorarán todos los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no han sido escritos en el libro de la vida, el libro del Cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo» (Ap 13:7-8). De manera similar, leemos de la bestia del abismo en Apocalipsis 17: «Los habitantes de la tierra, cuyos nombres, desde la creación del mundo, no han sido escritos en el libro de la vida, se asombrarán al ver a la bestia, porque antes era pero ya no es, y sin embargo reaparecerá» (Ap 17:8).

B. ¿Cómo presenta el Nuevo Testamento la enseñanza de la elección?

Después de leer esta lista de versículos sobre la elección es importante ver esta doctrina de la manera en que el Nuevo Testamento mismo la ve.

1. Como consuelo. Los autores del Nuevo Testamento a menudo presentan la doctrina de la elección como un consuelo para los creyentes. Cuando Pablo asegura a los romanos que «sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Ro 8:28), da la obra de predestinación de Dios como razón para que tengamos certeza de esta verdad. Luego explica en el versículo que sigue: «A los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo. … A los que predestinó, también los llamó … los justificó … los glorificó» (Ro 8:29-30). Lo que Pablo quiere decir es que Dios siempre ha actuado para el bien de los que él llamó. Si Pablo mira al pasado distante antes de la creación del mundo, ve que Dios conoció de antemano y predestinó a los suyos
para que fueran conformados a la imagen de Cristo.Si mira al pasado reciente, halla que Dios llamó y justificó a los suyos a quienes había predestinado. Si luego mira hacia el futuro cuando Cristo vuelva, ve que Dios ha determinado dar cuerpos perfectos y glorificados a los que creen en Cristo. De eternidad a eternidad Dios ha actuado con el bien de su pueblo en mente. Pero si Dios ha actuado siempre para nuestro bien y en el futuro actuará para nuestro bien, razona Pablo, ¿no va a obrar también en nuestras circunstancias presentes para que toda circunstancia obre también para nuestro bien? De esta manera se ve la predestinación como un consuelo para los creyentes en los eventos cotidianos de la vida.

2. Como una razón para alabar a Dios. Pablo dice: «Nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:5-6). Similarmente dice: «a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:12).

Pablo dice a los creyentes en Tesalónica: «Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes … hermanos amados de Dios, [porque] sabemos que él los ha escogido» (1 Ts 1:2,4). Pablo da gracias a Dios por los creyentes tesalonicenses porque sabe que Dios es a fin de cuentas el agente de su salvación y en efecto los ha escogido para salvarlos. Esto es incluso más claro en 2 Tesalonicenses 2:13: «Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad». Pablo se sentía obligado a dar gracias a Dios por los creyentes de Tesalónica porque sabía que la salvación de ellos se debía a que Dios los había escogido. Por consiguiente, es apropiado que Pablo dé gracias a Dios por ellos en vez de alabarlos a ellos por su fe salvadora.

Entendida de esta manera, la doctrina de la elección en efecto aumenta la alabanza que se tributa a Dios por nuestra salvación, y disminuye seriamente todo orgullo que pudiéramos sentir pensando que nuestra salvación se debe a algo bueno en nosotros, o algo por lo que deberíamos recibir el mérito.

3. Como un acicate para la evangelización. Pablo dice: «Así que todo lo soporto por el bien de los elegidos, para que también ellos alcancen la gloriosa y eterna salvación que tenemos en Cristo Jesús» (2 Ti 2:10). Él sabe que Dios ha escogido a algunas personas para salvarlas, y ve esto como un estímulo para predicar el evangelio, aunque eso signifique soportar gran sufrimiento. La elección es la garantía que tiene Pablo de que habrá algún éxito en su evangelización, porque sabe que algunas de las personas a las que habla estarán entre los elegidos, creerán en el evangelio y serán salvas. Es como si alguien nos invitara a pescar y dijera: «Te garantizo que pescarás algunos; los peces están con hambre y esperando».

C. Malos entendidos de la doctrina de la elección

1. La elección no es fatalista ni mecanicista. A veces los que objetan la doctrina de la elección dicen que es «fatalismo» o que habla de un «sistema mecanicista» en el universo. El «fatalismo» es un sistema en el que las decisiones humanas no se toman en cuenta. En el fatalismo, hagamos lo que hagamos, las cosas van a resultar tal como han sido ordenadas previamente. Como resultado, nuestra humanidad queda destruida y se elimina toda motivación para responsabilidad moral. En un sistema mecanicista, el cuadro es de un universo impersonal en el que todo lo que sucede ha sido inflexiblemente determinado por una fuerza impersonal hace mucho tiempo, y el universo funciona de una manera mecánica tal que los seres humanos son más máquinas o autómatas que personas genuinas.


Aquí también la personalidad humana genuina queda reducida a un nivel de máquina que sencillamente funciona de acuerdo a planes predeterminados y en respuesta a causas e influencias predeterminadas.

En contraste con el cuadro mecanicista, el Nuevo Testamento presenta la obra entera de nuestra salvación como algo que un Dios personal ha producido en relación con criaturas personales. Dios «en amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad» (Ef 1:5). El acto de elección de Dios no fue ni impersonal ni mecanicista, sino que estuvo empapado de amor personal por los que él eligió. Es más, al hablar de nuestra respuesta a la oferta del evangelio, la Biblia continuamente nos ve, no como criaturas mecánicas o autómatas, sino como personas genuinas, criaturas personales que toman decisiones voluntarias para aceptar o rechazar el evangelio. Jesús invita a todos: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mt 11:30). Leemos la invitación al fin de Apocalipsis: «El Espíritu y la novia dicen: “¡Ven!”; y el que escuche diga: “¡Ven!” El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida» (Ap 22:17). Esta invitación y muchas otras como ella se dirige a personas genuinas que son capaces de oír la invitación y responder a ella mediante una decisión espontánea.


En contraste con la acusación de fatalismo, vemos un cuadro muy diferente en el Nuevo Testamento. No es solamente que tomamos decisiones como personas de carne y hueso, sino que estas decisiones también son decisiones verdaderas porque afectan el curso de los acontecimientos del mundo. Afectan nuestra vida y afectan la vida y destino de otros. Así que, «el que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios» (Jn 3:18). Nuestra decisión de creer o no en Cristo tiene consecuencias eternas en nuestra vida, y la Biblia no se cohíbe de hablar de nuestra decisión de creer o no como el factor que decide nuestro destino eterno.

La implicación de esto es que ciertamente debemos predicar el evangelio, y el destino eterno de las personas depende de si proclamamos o no el evangelio. Por consiguiente, cuando el Señor le dijo una noche a Pablo: «No tengas miedo; sigue hablando y no te calles, pues estoy contigo. Aunque te ataquen, no voy a dejar que nadie te haga daño, porque tengo mucha gente en esta ciudad» (Hch 18:9-10), Pablo no concluyó simplemente que la «mucha gente» que pertenecían a Dios se salvaría ya fuera que se quedara allí y predicara el evangelio o no. Más bien, «Pablo se quedó allí un año y medio, enseñando entre el pueblo la palabra de Dios» (Hch 18:11); este fue el tiempo más largo que Pablo se quedó en una ciudad, excepto Éfeso, durante sus tres viajes misioneros. Cuando a Pablo le fue dicho que Dios tenía muchos elegidos en Corinto, se quedó allí más tiempo y predicó a fin de que los elegidos pudieran salvarse.


2. La elección no se basa en el preconocimiento de Dios de nuestra fe. Muy comúnmente la gente concordará que Dios predestina a algunos para salvarlos, pero dirán que hace esto mirando al futuro y viendo quién va a creer en Cristo y quién no. Si él ve que la persona va a aceptar la fe que salva, predestinará a esa persona para que sea salva, basado en el preconocimiento de la fe de esa persona. Si ve que la persona no va a aceptar la fe que salva, no predestina a esa persona para que sea salva. De esta forma, según esta manera de pensar, la suprema razón por la que algunos son salvos y otros no recae en las mismas personas, no en Dios. Todo lo que Dios hace en su obra de predestinación es dar confirmación a la decisión que él sabe que las personas tomarán de su propia voluntad. El versículo que comúnmente se usa para respaldar esta idea es Romanos 8:29: «Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo».


a. Preconocimiento de personas, no de hechos. Muy difícilmente se puede usar Romanos 8:29 para demostrar que Dios basó su predestinación en un conocimiento previo del hecho de que una persona iba a creer. El pasaje habla más bien del hecho de que Dios conoció a las personas a los que Dios conoció de antemano»), no que él supo algunos hechos en cuanto a ellos, tal como el hecho de que esas personas creerían. Es un conocimiento personal, de relación, el que se considera aquí: Dios, mirando al futuro, pensó en ciertas personas en una relación salvadora consigo mismo, y en ese sentido la «conoció» hace mucho tiempo. Este es el sentido en que Pablo puede hablar de que Dios «conoce» a alguien, como en 1 Corintios 8:3: «Pero el que ama a Dios es conocido por él». Similarmente dice: «Pero ahora que conocen a Dios, o más bien que Dios los conoce a ustedes…» (Gá 4:9). Cuando las personas conocen a Dios en la Biblia, o cuando Dios los conoce, es un conocimiento personal que incluye una relación salvadora. Por consiguiente, en Romanos 9:29, «a los que Dios conoció de antemano» se debe entender que quiere decir «a las personas de quienes hace mucho pensó que estaban en una relación salvadora con él» (cf. también Ro 11:2). El texto en realidad no dice nada de que Dios supo de antemano o previó que ciertas personas creerían, ni tampoco se menciona tal cosa en otros pasajes de la Biblia.


b. La Biblia nunca habla de nuestra fe como la razón por la que Dios nos escogió. Además, cuando miramos más allá de estos pasajes específicos que hablan del conocimiento previo y miramos los versículos que hablan de la razón por la que Dios nos escogió, hallamos que la Biblia nunca habla de nuestra fe ni del hecho de que llegaríamos a creer en Cristo como la razón por la que Dios nos escogió. En realidad, Pablo parece excluir explícitamente lo que la gente pudo haber hecho en la vida de la forma en que entendía el que Dios eligiera a Jacob antes que de Esaú. Dice: «Antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: “El mayor servirá al menor”. Y así está escrito: “Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú”» (Ro 9:11-13). Nada de lo que Jacob o Esaú hicieran en la vida influiría en la decisión de Dios; fue simplemente a fin de que pudiera continuar su propósito de elección.

Al hablar de los judíos que habían aceptado la fe en Cristo, Pablo dice: «Así también hay en la actualidad un remanente escogido por gracia. Y si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia» (Ro 11:5-6). Aquí Pablo enfatiza la gracia de Dios y la ausencia completa de mérito humano en el proceso de elección. De modo similar, cuando Pablo habla de la elección en Efesios, no hay mención de ningún conocimiento previo del hecho de que nosotros íbamos a creer, ni de que habría algo meritorio o digno en nosotros (tal como una tendencia a creer) que fuera la base para que Dios nos escogiera. Más bien, Pablo dice: «En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:5-6). Ahora bien, si la gracia de Dios al elegirnos, y no la capacidad del hombre para creer ni su decisión de creer, es lo que hemos de alabar, es lógico que Pablo no mencione para nada la fe humana sino solo la actividad predestinante de Dios, su propósito y voluntad, y su gracia que nos da de balde.


c. Si la elección se basara en algo bueno en nosotros (nuestra fe), ese sería el comienzo de una salvación por méritos. Todavía otro tipo de objeción se podría presentar contra la idea de que Dios nos escogió porque sabía de antemano que abrazaríamos la fe. Si el factor determinante y definitivo en cuanto a si somos salvos o no es nuestra decisión de aceptar a Cristo, estaríamos más inclinados a pensar que merecemos algún reconocimiento por el hecho de que somos salvos. A diferencia de las otras personas que siguen rechazando a Cristo, fuimos suficientemente sabios en nuestra forma de pensar o suficientemente buenos en nuestras tendencias morales o suficientemente perceptivos en nuestra capacidad espiritual para decidirnos a creer en Cristo. Por el otro lado, si la elección se basa a que Dios le agradó hacerlo y a su soberana decisión de amarnos a pesar de nuestra falta de bondad o mérito, ciertamente hemos de tener un profundo sentido de agradecimiento a él por una salvación totalmente inmerecida, y por siempre estaremos dispuesto a alabar su «gloriosa gracia» (Ef 1:6).


En el análisis final, la diferencia entre los dos conceptos de la elección se puede ver en la respuesta a una pregunta muy sencilla. Dado el hecho de que al final algunos escogerán recibir a Cristo y otros no, la pregunta es: «¿Qué hace que la gente difiera?» Es decir, ¿qué marca la diferencia entre los que creen y los que no? Si nuestra respuesta es que a fin de cuentas se basa en algo que Dios hace —a saber, su elección soberana de los que él iba a salvar—, vemos que la salvación en su nivel más fundamental se basa solo en la gracia. Por otro lado, si respondemos que la diferencia fundamental entre los que son salvos y los que no se debe a algo en el hombre, o sea, a una tendencia o disposición a creer o a no creer, la salvación en definitiva depende de una combinación de la gracia y la capacidad humana.


d. La predestinación basada en el preconocimiento no les da decisión libre a las personas. La idea de que la predestinación de Dios de algunas personas para que crean se basa en el preconocimiento de que su fe encuentra todavía otro problema: Al reflexionar, este sistema resulta en que no da ninguna libertad verdadera a las personas. Porque si Dios puede mirar al futuro y ver que la persona A va a abrazar la fe en Cristo, y que la persona B no va a abrazar la fe en Cristo, esos hechos ya están fijos, ya están determinados. Si presuponemos que el conocimiento de Dios del futuro es cierto, lo que debe ser, es absolutamente cierto que la persona A va a creer y la persona B no. No hay manera en que sus vidas pudieran resultar de un modo diferente a esto. Por consiguiente, es justo decir que sus destinos ya están determinados, porque ellos no podrían hacer nada diferente. Pero, ¿qué es lo que determina esos destinos? Si los determina Dios mismo, no tenemos ya elección basada en un preconocimiento de la fe, sino más bien en la voluntad soberana de Dios. Pero si no es Dios quien determina estos destinos, ¿quién o qué los determina? Por cierto que ningún cristiano diría que un ser poderoso aparte de Dios controla el destino de las personas. Parecería entonces que la única solución es decir que lo determina una fuerza impersonal, algún tipo de destino, que opera en el universo y hace que las cosas resulten como resultan. Pero, ¿qué estaríamos diciendo? Habríamos sacrificado la elección en amor de parte de un Dios personal por cierto determinismo de parte de una fuerza impersonal, y Dios ya no recibiría el reconocimiento por nuestra salvación.


e. Conclusión: la elección es incondicional. Parece mejor, por las cuatro razones anteriores, rechazar la idea de que la elección se basa en el conocimiento previo de Dios de nuestra fe. Concluimos más bien que la elección es simplemente una decisión soberana de Dios: «En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos» (Ef 1:5). Dios nos escoge sencillamente porque decidió concedernos su amor. No se debió a una fe o mérito previsto en nosotros.

A esta comprensión de la elección tradicionalmente se le ha llamado «elección incondicional». Es «incondicional» porque no está condicionada a nada que Dios ve en nosotros que nos hace dignos de que nos escoja.


D. Objeciones a la doctrina de la elección

Hay que decir que la doctrina de la elección según se presenta aquí no es aceptada universalmente por la iglesia cristiana, ni en el catolicismo romano ni en el protestantismo. Ha habido alguna aceptación de la doctrina según la presentamos aquí, pero muchos la han objetado. Entre el evangelicalismo actual, los que están en círculos más reformados o calvinistas (denominaciones presbiterianas conservadoras, por ejemplo) aceptarán este concepto, al igual que muchos luteranos y anglicanos (episcopales) y un buen número de bautistas y personas de iglesias independientes, pero la rechazarán decisivamente casi todos los metodistas, así como muchos otros en iglesias bautistas, anglicanas e independientes.


1. La elección quiere decir que no tenemos alternativa en cuando a recibir a Cristo o no. Según esta objeción, la doctrina de la elección niega toda presentación del evangelio que apele a la voluntad del hombre y le pida a la gente que decida si responder o no a la invitación de Cristo. En respuesta a esto, debemos afirmar que la doctrina de la elección es plenamente capaz de acomodar la idea de que tenemos una decisión que tomar voluntariamente y que tomamos una decisión al aceptar o rechazar a Cristo. Nuestras decisiones son voluntarias porque son lo que queremos hacer y decidimos hacer, y en ese sentido son «libres». Esto no quiere decir que nuestras decisiones son absolutamente libres, porque Dios puede obrar soberanamente mediante nuestros deseos para garantizar que nuestras decisiones resulten tal como él lo ha ordenado; pero esto también se puede entender como una decisión verdadera, porque Dios nos creó y él ordena que tal decisión sea verdadera. En breve, podemos decir que Dios nos hace escoger voluntariamente a Cristo. La presuposición errada que subyace en esta objeción es que una decisión debe ser absolutamente libre (es decir, que de ninguna manera sea causada por Dios) a fin de que sea una decisión humana genuina. Sin embargo, si Dios nos hace de cierta manera y luego nos dice que nuestras decisiones son reales y genuinas, debemos convenir en que lo son.


2. La doctrina de la elección quiere decir que los que no son creyentes nunca han tenido la oportunidad de creer. Según esta objeción, la elección significa que Dios decretó desde la eternidad que algunos no crean, por lo tanto no tienen una oportunidad genuina de creer y es un sistema injusto. Dos respuestas se pueden dar a esta objeción. Primero, debemos observar que la Biblia no nos permite decir que inconversos «no han tenido oportunidad» de creer, porque tal manera de expresar la situación le echa a Dios la culpa, como si los incrédulos no tuvieran la culpa de su incredulidad ni de no decidirse a creer. Cuando la gente rechaza a Jesús, el Señor siempre le echa la culpa a la decisión espontánea de ellos de rechazarlo, no a que fue decretado por Dios Padre. «¿Por qué no entienden mi modo de hablar? Porque no pueden aceptar mi palabra. Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir» (Jn 8:43-44). Les dijo a los judíos que lo rechazaron: «Sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener esa vida» (Jn 5:40). Romanos 1 deja bien claro que todos reciben una revelación de Dios con tanta claridad que «no tienen excusa» (Ro 1:20). Este es el patrón uniforme de la Biblia: Los que permanecen en incredulidad lo hacen porque no están dispuestos a allegarse a Dios, y la culpa de tal incredulidad siempre la tienen los mismos que no creen, nunca Dios.

Pero la segunda respuesta a esta objeción debe ser simplemente la respuesta de Pablo a una objeción similar: «Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? “¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: ‘¿Por qué me hiciste así?’”» (Ro 9:20; observe la similitud de la objeción que Pablo menciona en el v. 19). Esto entonces se relaciona con la siguiente objeción.

3. La elección es injusta. A veces algunos consideran que la doctrina de la elección es injusta, puesto que enseña que Dios escoge a algunos para salvarlos y a otros los pasa por alto, y no los salva. ¿Cómo puede ser justo eso?

Dos respuestas se pueden dar a esto. Primero, debemos recordar que sería perfectamente justo que Dios no salvara a nadie, como lo hizo con los ángeles: «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4). Lo que hubiera sido perfectamente justo sería que Dios hiciera con los seres humanos lo mismo que hizo con los ángeles, o sea, no salvar a ninguno de los que pecaron y se rebelaron contra él. Pero si en efecto salva a algunos, eso constituye una demostración de gracia que va mucho más allá de los requisitos de equidad y justicia.

Pero en un nivel más profundo esta objeción diría que no es justo que Dios creara a algunos que él sabía que pecarían y estarían condenados eternamente y a quienes él no redimiría. Pablo trae a colación esta objeción en Romanos 9. Después de decir que Dios  «tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (Ro 9:18), Pablo entonces menciona precisamente esta objeción: «Pero tú me dirás: “Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?”» (Ro 9:19). Aquí está la médula de la objeción de «iniquidad» contra la doctrina de la elección. Si el destino definitivo de toda persona lo determina Dios, y no la persona misma —o sea, aunque la gente tome decisiones voluntarias que determinan si serán salvados o no—, si Dios está detrás de esas decisiones de alguna manera y hace que se tomen, ¿cómo puede ser eso justo?

La respuesta de Pablo no apela a nuestro orgullo, ni tampoco intenta dar una explicación filosófica de por qué esto es justo. Simplemente trae a colación los derechos de Dios como Creador omnipotente:

¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: «¿Por qué me hiciste así?» ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios?

¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Ésos somos nosotros, a quienes Dios llamó no sólo de entre los judíos sino también de entre los gentiles (Ro 9:20-24).

Pablo simplemente dice que hay un punto más allá del cual no podemos contender con Dios ni cuestionar su justicia. Él ha hecho lo que ha hecho porque así lo quiso en su soberana voluntad. Él es el Creador, nosotros somos sus criaturas, y no tenemos ninguna base desde la que podamos acusarle de iniquidad o injusticia. Cuando leemos estas palabras de Pablo, nos vemos frente la alternativa de aceptar o no lo que Dios dice aquí, y lo que hace, simplemente porque él es Dios y nosotros no lo somos. Es cuestión que llega profundo en nuestro entendimiento de nosotros mismos como criaturas y de nuestra relación con Dios como nuestro Creador.

4. La Biblia dice que Dios quiere que todos se salven. Otra objeción a la doctrina de la elección es que contradice ciertos pasajes de la Biblia que dicen que Dios quiere que todos sean salvos. Pablo dice de Dios nuestro Salvador que «él quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad» (1 Ti 2:4). Pedro dice: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan» (2 P 3:9). ¿Acaso estos pasajes no contradicen la idea de que Dios ha escogido sólo a ciertas personas para salvarlas?

Una solución común a esta pregunta es decir que estos versículos hablan de la voluntad revelada de Dios (en la que nos dice lo que debemos hacer), y no de su voluntad secreta (sus planes eternos en cuanto a lo que va a suceder). Los versículos simplemente nos dicen que Dios invita y ordena a toda persona que se arrepienta y acuda a Cristo en busca de salvación, pero no nos dicen nada respecto a los decretos secretos de Dios respecto a quienes serán salvos.

Si bien los teólogos arminianos a veces objetan la idea de que Dios tiene una voluntad secreta y una voluntad revelada, a la postre también tienen que decir que Dios a veces quiere algo con más ardor que la salvación de todas las personas, porque no todos van a ser salvos. Los arminianos aducen que no todos son salvos porque Dios quiere preservar

el libre albedrío del hombre más que salvarlos a todos. Pero esto parece también estar haciendo una distinción entre dos aspectos de la voluntad de Dios. Por un lado Dios quiere que todos sean salvos (1 Ti 2:5-6; 2 P 3:9). Pero por otro lado quiere preservar la libertad total de la decisión humana. Pero Dios quiere lo segundo más que lo primero.

Aquí se ve claramente la diferencia entre el concepto reformado y el concepto arminiano en cuanto a la voluntad de Dios. Los calvinistas y los arminianos concuerdan en que los mandatos de Dios en la Biblia nos revelan lo que quiere que hagamos, y concuerdan en que los mandatos en la Biblia nos invitan a arrepentirnos y a confiar en Cristo para obtener la salvación. Por consiguiente, en cierto sentido ambos concuerdan en que Dios quiere que seamos salvos; es la voluntad que él nos revela explícitamente en la invitación del evangelio.

Pero ambos lados también deben decir que hay algo más que Dios considera más importante que salvar a todo el mundo. Los teólogos reformados dicen que Dios considera su propia gloria más importante que salvar a todo el mundo, y que (de acuerdo a Ro 9) la gloria de Dios también aumenta por el hecho de que algunos no son salvos. Los teólogos arminianos también dicen que hay algo más importante para Dios que la salvación de toda persona, es decir, la preservación del libre albedrío del hombre. En otras palabras, en un sistema reformado, el valor más alto de Dios es su propia gloria, y en un sistema arminiano el valor más alto de Dios es el libre albedrío del hombre. Estos son dos conceptos diferentes de la naturaleza de Dios, y parece que la posición reformada tiene mucho más respaldo bíblico explícito que la posición arminiana respecto a este asunto.

E. La doctrina de la reprobación

Cuando entendemos la elección como la decisión soberana de Dios de escoger a algunas personas para salvarlas, necesariamente hay otro aspecto de esa elección: la decisión soberana de Dios de pasar por alto a otros y no salvarlos. A esta decisión de Dios en la eternidad pasada se le llama reprobación. Reprobación es la decisión soberana de Dios antes de la creación de pasar por alto a algunas personas, y con tristeza no salvarlas, y castigarlas por sus pecados, y de ese modo manifestar su justicia.

En muchos sentidos, la doctrina de la reprobación es la más difícil de concebir o aceptar de las enseñanzas de la Biblia, porque trata de consecuencias horribles y eternas para seres humanos hechos a imagen de Dios. El amor que Dios nos da por nuestros semejantes y el amor que nos ordena tener hacia nuestro prójimo nos hace retroceder ante esta doctrina, y es justo que sintamos tal temor al contemplarla. Es algo que a veces preferiríamos no creer, y que no creeríamos, si la Biblia no la enseñara claramente.

¿Hay pasajes bíblicos que hablan de tal decisión de parte de Dios? Ciertamente hay algunos. Judas habla de «ciertos individuos que desde hace mucho tiempo han estado señalados para condenación. Son impíos que cambian en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan a Jesucristo, nuestro único Soberano y Señor» (Jud 4).

Todavía más, Pablo, en el pasaje que ya se mencionó antes, habla de la misma manera en cuanto al faraón y a otros: «La Escritura le dice al faraón: “Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra”. Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer. … ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción?» (Ro 9:17-22). Respecto a los resultados del hecho de que Dios no los escogió a todos para salvación Pablo dice: «Lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos» (Ro 11:7). Y Pedro dice que los que rechazan el evangelio «tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados» (1 P 2:8).

A pesar del hecho de que retrocedemos ante esta doctrina debemos tener cuidado de nuestra actitud hacia Dios y hacia estos pasajes de las Escrituras. Nunca debemos empezar a desear que la Biblia hubiera sido escrita de otra manera, ni que no contenga ciertos versículos. Es más, si estamos convencidos de que estos versículos enseñan la reprobación, estamos obligados a creerla y aceptarla como equitativa y justa de parte de Dios, aunque con todo nos haga temblar de horror al pensar en ella.

Puede ayudarnos a reconocer que de alguna manera, en la sabiduría de Dios, el hecho de la reprobación y condenación eterna de algunos mostrará la justicia de Dios y también resultará en su gloria. Pablo dice: «¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción?» (Ro 9:22). Pablo también observa que el hecho de tal castigo en los «vasos de ira» sirve para mostrar la grandeza de la misericordia de Dios para nosotros: Dios hace esto «para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que [son] objeto de su misericordia» (Ro 9:23).

También debemos recordar que hay diferencias importantes entre la elección y la reprobación según las presenta la Biblia. La elección para salvación se tiene como una causa de regocijo y alabanza a Dios, quien es digno de alabanza y recibe todo el reconocimiento por nuestra salvación (vea Ef 1:3-6; 1 P 1:1-3). A Dios se le ve escogiéndonos para salvación y haciéndolo en amor y con deleite. Pero se ve la reprobación como algo que entristece a Dios, y no lo deleita (véase Ez 33:11), y la culpa de la condenación de los pecadores siempre es de los hombres y ángeles que se rebelan, y nunca de Dios (véase Jn 3:18-19; 5:40). Así que en la presentación de la Biblia, la causa de la elección reside en Dios, y la culpa de la reprobación es del pecador. Otra diferencia importante es que la base de la elección es la gracia de Dios, en tanto que la base de la reprobación es la justicia de Dios. Por consiguiente, la «doble predestinación» no es una frase ni útil ni acertada, porque no considera las diferencias entre elección y reprobación.

F. Aplicación práctica de la doctrina de la elección

En términos de nuestra relación con Dios, la doctrina de la elección en verdad tiene una aplicación práctica significativa. Cuando pensamos en la enseñanza bíblica tanto de la elección como de la reprobación, es apropiado aplicarla a nuestras propias vidas individualmente. Está bien que el creyente se pregunte: «¿Por qué soy cristiano? ¿Por qué en definitiva decidió Dios salvarme?»

La doctrina de la elección nos dice que soy creyente simplemente porque Dios en la eternidad pasada decidió darme su amor. Pero, ¿por qué decidió darme su amor? No por algo bueno en mí, sino simplemente porque decidió amarme. No hay otra razón más definitiva que esa.

Nos hace humildes ante Dios pensar de esta manera. Hace que comprendamos que no tenemos ningún derecho en lo absoluto sobre la gracia de Dios. Nuestra salvación se debe totalmente a la gracia sola. Nuestra única respuesta apropiada es darle a Dios eterna alabanza.

 

CAD-IBVH, Estudio

La Gracia Común

¿Cuáles son las bendiciones inmerecidas que Dios da a toda persona, lo mismo a creyentes que a no creyentes?

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

A. Introducción y definición

Cuando Adán y Eva pecaron, se hicieron dignos de eterno castigo y separación de Dios (Gn 2:17). De la misma manera, cuando los seres humanos pecan hoy, se hacen merecedores de la ira de Dios y del castigo eterno: «La paga del pecado es muerte» (Ro 6:23). Esto quiere decir que una vez que las personas pecan, la justicia de Dios exige solamente una cosa: que estén eternamente separados de Dios, privados de experimentar cualquier bondad divina, y que vivan para siempre en el infierno recibiendo eternamente sólo su ira. Eso fue lo que les sucedió a los ángeles que pecaron, y podría pasarnos igual a nosotros: «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4).

Pero el hecho es que Adán y Eva no murieron al instante, aunque la sentencia de muerte empezó a obrar en sus vidas el día en que pecaron. La plena ejecución de la sentencia de muerte tardó muchos años. Es más, millones de sus descendientes incluso hasta este día no mueren y van al infierno tan pronto como pecan, sino que siguen viviendo durante muchos años, disfrutando de incontables bendiciones en este mundo. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede Dios continuar dando bendiciones a pecadores que merecen la muerte, no sólo a los que a la larga alcanzarán la salvación sino también a millones que nunca la alcanzarán, y cuyos pecados nunca serán perdonados?

La respuesta a estas preguntas es que Dios concede gracia común. Podemos definir la gracia común como sigue: La gracia común es la gracia de Dios por la que él concede a las personas innumerables bendiciones que no son parte de la salvación. La palabra común aquí quiere decir algo que es común a toda persona y no está limitada solamente a los creyentes o elegidos.

A distinción de la gracia común, a la gracia de Dios que lleva a las personas a la salvación a menudo se le llama «gracia salvadora». Por supuesto, cuando hablamos de «gracia común» o «gracia salvadora», no estamos implicando que hay dos diferentes clases de gracia en Dios mismo, sino sólo que la gracia de Dios se manifiesta en el mundo de dos maneras diferentes. La gracia común es diferente de la gracia salvadora en sus resultados (no produce salvación), en los receptores (se la da por igual a creyentes y no creyentes), y en su fuente (no fluye directamente de la obra expiatoria de Cristo, puesto que la muerte de Cristo no ganó perdón para los incrédulos y por consiguiente no los hizo tampoco merecedores de las bendiciones de la gracia común). Sin embargo, en este último punto hay que decir que la gracia común sí fluye indirectamente de la obra redentora de Cristo, porque el hecho de que Dios no juzgó al mundo al instante cuando el pecado entró fue primaria y tal vez exclusivamente debido a que planeó a su debido tiempo salvar a algunos pecadores por la muerte de su Hijo.

B. Ejemplos de gracia común

Si miramos al mundo que nos rodea y lo contrastamos con el fuego del infierno que el mundo merece, podemos de inmediato ver evidencia abundante de la gracia común de Dios en miles de ejemplos en la vida diaria. Podemos distinguir varias categorías específicas en las que se ve esta gracia común.

1. El ámbito físico. Los incrédulos continúan viviendo en este mundo por la gracia común de Dios: cada vez que la gente respira es por gracia, porque la paga del pecado es muerte, no vida. Todavía más, la tierra no produce solamente espinas y cardos (Gn 3:15), ni tampoco es sólo un desierto reseco, sino que por la gracia común de Dios produce alimentos y materiales para ropa y vivienda, a menudo en gran abundancia y diversidad. Jesús dijo: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos» (Mt 5:44-45). Aquí Jesús apela a la abundante gracia común de Dios como un estímulo para sus discípulos, para que ellos también otorguen a los incrédulos amor y oración por bendiciones (cf. Lc 6:35-36). De modo similar, Pablo dijo a la gente de Listra: «En épocas pasadas él permitió que todas las naciones siguieran su propio camino. Sin embargo, no ha dejado de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón» (Hch 14:16-17).

El Antiguo Testamento también habla de la gracia común de Dios que viene sobre los incrédulos así como sobre los creyentes. Un ejemplo específico es Potifar, el capitán de la guardia egipcio que compró a José como esclavo: «Por causa de José, el SEÑOR bendijo la casa del egipcio Potifar a partir del momento en que puso a José a cargo de su casa y de todos sus bienes. La bendición del SEÑOR se extendió sobre todo lo que tenía el egipcio, tanto en la casa como en el campo» (Gn 39:5). David habla en una manera mucho más general sobre todas las criaturas que Dios ha hecho:

El SEÑOR es bueno con todos;
él se compadece de toda su creación. …

Los ojos de todos se posan en ti,
y a su tiempo les das su alimento. Abres la mano y sacias con tus favores a todo ser viviente (Sal 145:9,15-16).

Estos versículos son otro recordatorio de que la bondad que se halla en toda la creación no «sucedió simplemente» de manera automática; se debe a la bondad y compasión de Dios.

2. El ámbito intelectual. Satanás es «mentiroso y padre de mentiras» y «no hay verdad en él» (Jn 8:44), porque se ha entregado por completo al mal y a la irracionalidad y se ha comprometido a la falsedad que acompaña el mal radical. Pero los seres humanos en el mundo de hoy, incluso los incrédulos, no están entregados por completo a mentir, a la irracionalidad y a la ignorancia. Toda persona puede captar algo de verdad; verdaderamente, algunos tienen gran inteligencia y entendimiento. Esto también se debe ver como resultado de la gracia de Dios. Juan habla de Jesús como «esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano» (Jn 1:9), porque en su papel como Creador y Sustentador del universo (no particularmente en su papel como Redentor) el Hijo de Dios permite que la iluminación y entendimiento llegue a toda persona del mundo.

La gracia de Dios en el ámbito intelectual se ve en el hecho de que toda persona tiene un conocimiento de Dios: «A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias» (Ro 1:21). Esto quiere decir que hay un sentido de la existencia de Dios y a menudo un hambre por conocer a Dios que él permite que permanezca en el corazón de toda persona, aunque a menudo resulta en muchas religiones diferentes hechas por el hombre. Por consiguiente, incluso cuando habla a personas que sostienen religiones falsas, Pablo podía hallar un punto de contacto respecto a la existencia de Dios, como lo hizo al hablar con los filósofos atenienses: «Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos. … Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio» (Hch 17:22-23, RVR).

La gracia común de Dios en el ámbito intelectual también resulta en la capacidad de captar la verdad y distinguirla del error, y experimentar crecimiento en el conocimiento que se puede usar en la investigación del universo y en la tarea de subyugar la tierra. Esto quiere decir que toda la ciencia y tecnología de los que no son cristianos es resultado de la gracia común, que les permite descubrimientos e invenciones increíbles, desarrollar los recursos de la tierra en bienes materiales, producir y distribuir esos recursos, y tener destreza en su trabajo productivo. En un sentido práctico, esto quiere decir que cada vez que entramos en una tienda de comida o montamos en un automóvil, o entramos en una casa debemos recordar que estamos experimentando los resultados de la abundante gracia común de Dios derramada muy ricamente sobre toda la humanidad.

3. El ámbito moral. Dios también por su gracia común refrena a las personas para que no sean todo lo malas que pueden ser. De nuevo, el ámbito demoníaco, totalmente dedicado al mal y a la destrucción, es un claro contraste con la sociedad humana en la que el mal claramente está refrenado. Si las personas persisten con corazón endurecido en seguir tras el mal, Dios a la larga los «entregará» a pecados cada vez mayores (cf. Sal 81:12; Ro 1:24,26,28), pero la mayoría de los seres humanos no caerán a las profundidades a las que el pecado los pudiera llevar, porque Dios intervendrá y refrenará su conducta. Un freno muy efectivo es la fuerza de la conciencia: Pablo dice: «Cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Éstos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Ro 2:14-15).

Este sentido interno del bien y del mal que Dios le da a toda persona significa que ellos frecuentemente aprobarán normas morales que reflejan muchas de las normas morales bíblicas. Incluso a los que se entregan a los pecados más bajos, Pablo les dice: «Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte» (Ro 1:32). En muchos otros casos este sentido interno de conciencia lleva a las personas a establecer leyes y costumbres en la sociedad que son, en términos de conducta exterior que aprueban o prohíben, muy parecidas a las leyes morales de las Escrituras. La gente a menudo establece leyes o tiene costumbres que respetan la santidad del matrimonio y la familia, protegen la vida humana, y prohíben el robo y la mentira. Debido a esto, la gente frecuentemente vive de maneras que son moralmente rectas y exteriormente se conforman a las normas morales que se hallan en la Biblia. Aunque su conducta moral no puede ganarles méritos ante Dios (puesto que la Biblia dice claramente «que por la ley nadie es justificado delante de Dios», Gá 3:11, y «Todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!», Ro 3:12), aunque con ello no se ganan la aprobación eterna de Dios ni mérito alguno, los incrédulos «hacen el bien». Jesús implica esto cuando dice: «¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así» (Lc 6:33).

4. El ámbito creativo. Dios ha permitido significativas capacidades en los círculos artísticos y musicales, así como en otros círculos en que se puede expresar la creatividad y la capacidad del individuo, como el del atletismo y otras actividades como cocinar, escribir, etc. Es más, Dios nos da la capacidad de apreciar la belleza en muchos aspectos de la vida. En este aspecto así como en el ámbito físico e intelectual, las bendiciones de la gracia común de Dios a veces se derraman sobre los incrédulos incluso en forma más abundante que sobre los creyentes. Sin embargo, en todos los casos es resultado de la gracia de Dios.

5. El ámbito de la sociedad. La gracia de Dios también es evidente en la existencia de varias organizaciones y estructuras en la sociedad humana. Vemos esto primero en la familia humana, evidenciado en el hecho de que Adán y Eva siguieron siendo esposo y esposa después de la caída y tuvieron hijos e hijas (Gn 5:4). Los hijos de Adán y Eva se casaron y formaron sus propias familias (Gn 4:17,19,26). La familia humana persiste hoy, no simplemente como institución para los creyentes, sino para todas las personas.

El gobierno humano también es resultado de la gracia común. Fue instituido en principio por Dios después del diluvio (véase Gn 9:6), y en Romanos 13:1 se indica claramente que Dios lo instituye: «No hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él». Es claro que el gobierno es una dádiva de Dios para la humanidad en general, porque Pablo dice que el gobernante «está al servicio de Dios para tu bien», y «está al servicio de Dios para impartir justicia y castigar al malhechor» (Ro 13:4). Uno de los medios primordiales que Dios usa para refrenar el mal en el mundo es el gobierno humano. Las leyes humanas, la fuerza policial y los sistemas judiciales constituyen un poderoso disuasivo para las acciones del mal, y son necesarias porque hay mucho mal en el mundo que es irracional y que se puede refrenar solamente por la fuerza, porque no se le disuadirá mediante la razón o la educación. Por supuesto, el pecado de la gente también puede afectar a los mismos gobiernos, y estos pueden llegar a corromperse y alentar al mal antes que promover el bien. Esto es simplemente para decir que el gobierno humano, como todas las demás bendiciones de la gracia común que Dios da, puede llegar a usarse para bien o para mal.

Otras organizaciones en la sociedad humana incluyen instituciones educativas, empresas y corporaciones, asociaciones voluntarias (tales como grupos de caridad y servicio público), e incontables ejemplos de amistad humana ordinaria. Todas estas funcionan para dar alguna medida de bien a los seres humanos, y todas son expresiones de la gracia común de Dios.

6. El ámbito religioso. Incluso en el campo de la religión humana, la gracia común de Dios trae algunas bendiciones a los incrédulos. Jesús nos dice: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mt 5:4), y puesto que no hay restricción en el contexto para orar simplemente por su salvación, y puesto que el mandamiento de orar por los que nos persiguen va unido al mandamiento de amarlos, parece razonable concluir que Dios se propone responder a nuestras oraciones incluso a favor de los que nos persiguen, y respecto a muchos aspectos de la vida. Por cierto, Pablo específicamente ordena que oremos «por los gobernantes y por todas las autoridades» (1 Ti 2:1-2). Cuando procuramos el bien de los que no son creyentes, nos estamos conformando a la práctica de Dios de conceder sol y lluvia «sobre justos e injustos» (Mt 5:45), y también a la práctica de Jesús durante su ministerio terrenal cuando sanó a toda persona que le llevaron (Lc 4:40). No hay indicación de que les haya exigido a todos que creyeran en él ni que convinieran con que él era el Mesías antes de concederles sanidad física.

¿Responde Dios las oraciones de los incrédulos? Aunque Dios no ha prometido responder a las oraciones de los incrédulos como ha prometido responder a las oraciones de los que vienen en el nombre de Jesús, y aunque no tiene obligación de contestar las oraciones de los incrédulos, Dios puede, por su gracia común, oír y conceder las oraciones de los incrédulos, demostrando así de otra manera su misericordia y bondad (cf. Sal 145:9,15; Mt 7:22; Lc 6:35-36). Este es al parecer el sentido de 1 Timoteo 4:10, que dice que Dios «es el Salvador de todos, especialmente de los que creen». Aquí «Salvador» no puede restringirse en significado a «el que perdona pecados y da vida eterna», porque esas cosas no las reciben los que no creen. «Salvador» debe tener aquí un sentido más general; es decir, «el que rescata de la aflicción, el que libra». En casos de problemas o aflicción, Dios muchas veces oye las oraciones de los incrédulos y en su gracia los libra de sus problemas. Todavía más, incluso los incrédulos a menudo tienen cierto sentido de gratitud a Dios por la bondad de la creación, por la liberación del peligro, y por las bendiciones de la familia, el hogar, las amistades y el país.

7. La gracia común no salva a nadie. A pesar de todo esto, debemos entender que la gracia común es diferente de la gracia salvadora. La gracia común no cambia el corazón ni lleva a las personas al arrepentimiento genuino y la fe; no puede salvar ni salva a nadie (aunque en las esferas moral e intelectual puede dar alguna preparación para hacer que las personas estén más dispuestas a aceptar el evangelio). La gracia común refrena el pecado pero no le cambia a nadie su disposición fundamental hacia el pecado, ni tampoco purifica en alguna medida significativa la naturaleza humana caída.

Debemos también reconocer que las acciones de los incrédulos realizadas en virtud de la gracia común en sí misma no ameritan la aprobación o el favor de Dios. Estas acciones no brotan de fe («todo lo que no proviene de fe, es pecado», Ro 14:23, RVR), ni están motivadas por amor a Dios (Mt 22:37), sino más bien por amor a uno mismo de una forma u otra. Por consiguiente, aunque nos inclinemos a decir que las obras de los incrédulos que se conforman externamente a las leyes de Dios son «buenas» en algún sentido, de todas maneras no son buenas en términos de ameritar la aprobación de Dios ni de obligar a Dios de alguna manera al pecador.

Finalmente, debemos reconocer que los incrédulos a menudo reciben más gracia común que los creyentes; pueden ser más diestros, trabajar más duro, ser más inteligentes, más creativos, o incluso tener más beneficios materiales de esta vida para disfrutar. Esto de ninguna manera indica que Dios los favorece más en un sentido absoluto ni que ganarán salvación eterna, sino simplemente que Dios distribuye las bendiciones de la gracia común de varias maneras, a menudo concediendo bendiciones significativas a los incrédulos. En todo esto ellos deberían, por supuesto, reconocer la bondad de Dios (Hch 14:27) y deberían reconocer que la voluntad revelada de Dios es que «la bondad de Dios» a la larga los conduzca «al arrepentimiento» (Ro 2:4).

C. Los porqués de la gracia común

¿Por qué Dios concede gracia común a pecadores que no se la merecen y que nunca vendrán a la salvación? Podemos sugerir por lo menos cuatro razones:

1. Para redimir a los que serán salvos. Pedro dice que el día del juicio y ejecución final del castigo está siendo demorado porque todavía hay más personas que serán salvas:

«El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan. Pero el día del Señor vendrá como un ladrón» (2 P 3:9-10). En realidad, esta razón fue cierta desde el principio de la historia humana, porque si Dios quería salvar a algunos de entre la humanidad pecadora, no podía haber destruido a todos los pecadores al instante (porque entonces no habría quedado raza humana alguna). Escogió más bien permitir que los seres humanos pecadores vivan por un tiempo para que puedan tener oportunidad de arrepentirse y también para que puedan tener hijos y permitir que generaciones subsiguientes vivan, oigan el evangelio y se arrepientan.

2. Para demostrar la bondad y misericordia de Dios. La bondad y la misericordia de Dios no sólo se ven en la salvación de los creyentes, sino también en las bendiciones que él da a los pecadores que no se la merecen. Cuando Dios «es bondadoso con los ingratos y malvados» (Lc 6:35), su bondad se revela en el universo, para su gloria. David dice: «El SEÑOR es bueno con todos; él se compadece de toda su creación» (Sal 145:9). En el relato de Jesús al hablar con el joven rico, leemos que «Jesús lo miró con amor» (Mr 10:21), aunque el hombre no era creyente y pronto se alejaría de él debido a sus grandes posesiones. Berkhof dice que Dios «derrama bendiciones indecibles sobre todos los hombres y también claramente indica que estas son expresiones de una disposición favorable en Dios, que de un modo u otro no llega a la volición positiva de perdonar su pecado, levantarles la sentencia o concederles la salvación».1

No es injusto que Dios demore la ejecución del castigo sobre el pecado y dé bendiciones temporales a los seres humanos, porque el castigo no queda en el olvido, sino que solamente se retarda. En el castigo demorado Dios muestra claramente que no se complace en ejecutar el castigo final, sino más bien se deleita en la salvación de los seres humanos. «Diles: Tan cierto como que yo vivo —afirma el SEÑOR omnipotente—, que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva. ¡Conviértete, pueblo de Israel; conviértete de tu conducta perversa! ¿Por qué habrás de morir?» (Ez 33:11). Dios «quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad» (1 Ti 2:4). En todo esto la demora del castigo da clara evidencia de la misericordia, bondad y amor de Dios.

3. Para demostrar la justicia de Dios. Cuando Dios invita repetidamente a los pecadores a acudir a la fe y estos rehúsan repetidamente sus invitaciones, la justicia de Dios se manifiesta mejor al condenarlos. Pablo advierte que los que persisten en la incredulidad están simplemente almacenando más ira para sí mismos: «Pero por tu obstinación y por tu corazón empedernido sigues acumulando castigo contra ti mismo para el día de la ira, cuando Dios revelará su justo juicio» (Ro 2:5). En el día del juicio «toda boca» se «cerrará» (Ro 3:19), y nadie podrá objetar que Dios ha sido injusto.

4. Para demostrar la gloria de Dios. Finalmente la gloria de Dios se muestra de varias maneras en las actividades de los seres humanos en todos los aspectos en que opera la gracia común. Al desarrollar y ejercer dominio sobre la tierra, hombres y mujeres demuestran y reflejan la sabiduría de su Creador, demuestran cualidades semejantes a las de Dios de capacidad y virtud moral, autoridad sobre el universo, etc. Aunque todas estas actividades están manchadas por motivos impuros, reflejan la excelencia de nuestro Creador y por consiguiente dan gloria a Dios, no completa ni perfectamente, pero en forma significativa.

D. Nuestra respuesta a la doctrina de la gracia común

Al pensar en las varias clases de bondades que se ven en la vida de los incrédulos debido a la abundante gracia común de Dios, debemos tener en mente estos tres puntos.

1. La gracia común no quiere decir que los que la reciban serán salvos. Incluso cantidades excepcionalmente grandes de gracia común no implican que los que la reciben serán salvos. Incluso los más hábiles, los más inteligentes, los más ricos y más poderosos del mundo necesitan el evangelio de Jesucristo, ¡o de lo contrario serán condenados por la eternidad! Incluso el más moral y amable de nuestros vecinos necesita el evangelio de Jesucristo, ¡o será condenado por toda la eternidad! Pueden parecer por fuera que no tienen necesidades, pero la Biblia a pesar de todo eso dice que los incrédulos son «enemigos» de Dios (Ro 5:10; cf. Col 1:21; Stg 4:4), y están «contra» Cristo (Mt 12:30). «Viven como enemigos de la cruz de Cristo» y tienen la mente «puesta en las cosas de la tierra» (Fil 3:18-19) y son «por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» (Ef 2:3, RVR).

2. Debemos tener cuidado de no rechazar como totalmente malas las cosas buenas que los incrédulos hacen. Por la gracia común los incrédulos hacen algún bien, y debemos ver la mano de Dios en ellos y estar agradecidos por la gracia común que opera en toda amistad, en todo acto de bondad, en toda manera en que da bendición a otros. Todo esto, aunque el incrédulo no lo sabe, es a fin de cuentas de Dios, y él merece la gloria de ello.

3. La doctrina de la gracia común debe alentar nuestros corazones a una mayor gratitud a Dios. Cuando andamos por la calle y vemos casas, jardines y familias que viven seguras, o cuando hacemos algún negocio en el mercado y vemos los abundantes resultados del progreso tecnológico, o cuando damos un paseo por el bosque y vemos la belleza de la naturaleza, o cuando el gobierno nos protege, o cuando recibimos educación del enorme almacén del conocimiento humano, debemos darnos cuenta no sólo de que todas estas bendiciones se deben a Dios en su soberanía, sino también que Dios las ha concedido a todos los pecadores que definitivamente no las merecen. Estas bendiciones en el mundo son no sólo evidencia del poder y sabiduría de Dios, sino que también son siempre una manifestación de su gracia abundante. El percatarnos de este hecho debe hacer que nuestros corazones se hinchen de gratitud a Dios en toda actividad de la vida.

CAD-IBVH, Estudio

La Resurrección y Ascensión de Cristo

A. Resurrección

1. Evidencia del Nuevo Testamento. Los Evangelios contienen abundante testimonio de la resurrección de Cristo (vea Mt 28:1-20; Mr 16:1-8; Lc 24:1-53; Jn 20:1—21:25). Además de esas narraciones detalladas en los cuatro evangelios, el libro de Hechos es un relato de la proclamación que los apóstoles hicieron de la resurrección de Cristo, y de la continua oración a Cristo y la confianza depositada en él como uno que vive y reina en el cielo. Las Epístolas dependen por entero de la presuposición de que Jesús es un Salvador vivo y reinante que ahora es la cabeza exaltada de la Iglesia, que se puede confiar en él, se le adora y alaba, y que un día volverá en poder y gran gloria para reinar como Rey sobre la tierra. El libro de Apocalipsis repetidamente muestra al Cristo resucitado reinando en el cielo y predice su regreso para conquistar a sus enemigos y reinar en gloria. Por consiguiente, todo el Nuevo Testamento da testimonio de la realidad de la resurrección de Cristo.

2. Naturaleza de la resurrección de Cristo. La resurrección de Cristo no fue simplemente un regreso a la vida, como otros lo habían experimentado antes (Lázaro, por ejemplo, Jn 11:1-44), porque de ser así Jesús habría estado sujeto a debilidad y envejecimiento, y a la larga habría muerto de nuevo como mueren todos los demás seres humanos. Más bien, cuando Jesús resucitó de los muerto fue las «primicias» (1 Co 15:20,23)  de una nueva clase de vida humana, una vida en la que su cuerpo fue hecho perfecto, sin estar ya sujeto a debilidad, envejecimiento y muerte, y capaz de vivir eternamente.

Es cierto que los dos discípulos de Jesús no lo reconocieron cuando él anduvo con ellos en el camino a Emaús (Lc 24:13-32), pero Lucas específicamente nos dice que esto se debió a que «sus ojos estaban velados» (Lc 24:16), y más tarde que «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24:31). María Magdalena por un momento no reconoció a Jesús (Jn 20:14-16), pero quizá todavía estaba oscuro y ella al principio no lo estaba mirando directamente; ella había llegado por primera vez «cuando todavía estaba oscuro» (Jn 20:1), y «se volvió» para hablar con Jesús una vez que le reconoció (Jn 20:16).

En otras ocasiones los discípulos parecen haber reconocido a Jesús más bien rápidamente (Mt 28:9,17; Jn 20:19-20,26-28; 21:7,12). Cuando Jesús se apareció a los once discípulos en Jerusalén, al principio ellos se quedaron aturdidos y asustados (Lc 24:33,37), sin embargo cuando vieron las manos y los pies de Jesús, y le vieron comer pescado, se convencieron de que había resucitado. Estos ejemplos indican que hubo un grado considerable de continuidad entre la apariencia física de Jesús antes de su muerte y después de su resurrección. Sin embargo, Jesús no se vería exactamente como antes de morir, porque además del asombro inicial de los discípulos ante lo que evidentemente ellos pensaban que no podía haber sucedido, hubo probablemente suficiente diferencia en su apariencia física como para que no se pudiera reconocer a Jesús de inmediato. Tal vez esa diferencia en apariencia fue simplemente la diferencia entre un hombre que ha vivido una vida de sufrimiento, adversidad y aflicción, y uno cuyo cuerpo había sido restaurado a una apariencia plena de juventud y perfecta salud. Aunque el cuerpo de Jesús era todavía un cuerpo físico, resucitó como cuerpo transformado, sin estar sometido ya al sufrimiento, el debilitamiento, la enfermedad y la muerte; se había «vestido de inmortalidad» (1 Co 15:53). Pablo dice que el cuerpo de resurrección resucita «en incorrupción … en gloria, … en poder … un cuerpo espiritual» (1 Co 15:42-44). (Por «cuerpo espiritual» Pablo no quiere decir «inmaterial», sino más bien apropiado y sensible a la dirección del Espíritu.)

Hay por lo menos diez evidencias en el Nuevo Testamento que muestran que Jesús tenía un cuerpo físico después de su resurrección: Las mujeres «le abrazaron los pies» (Mt 28:9), él se apareció a los discípulos en el camino a Emaús como otro viajero cualquiera (Lc 24:15-18,28-29), tomó pan y lo partió (Lc 24:30), comió pescado asado para demostrar claramente que tenía un cuerpo físico y no era simplemente un espíritu; María pensó que era el hortelano (Jn 20:15), «les mostró las manos y el costado» (Jn 20:20), preparó desayuno para los discípulos (Jn 21:12-13), y explícitamente les dijo: «Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo» (Lc 24:39). Finalmente Pedro dijo: «comimos y bebimos con él después de su resurrección» (Hch 10:41).

Es cierto que Jesús evidentemente podía aparecerse y desaparecerse de la vista de súbito (Lc 24:31,36; Jn 20:19,26). Sin embargo debemos tener cuidado de no sacar demasiadas conclusiones de este hecho, porque no todos los pasajes afirman que Jesús podía aparecerse y desaparecer; algunos simplemente dicen que Jesús llegó y se puso entre los discípulos. Cuando Jesús se esfumó de repente de la vista de los discípulos en Emaús, puede haber sido un suceso milagroso, tal como sucedió cuando «el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe. El eunuco no volvió a verlo» (Hch 9:39). Tampoco debemos enfatizar demasiado del hecho de que Jesús llegó y se puso entre los discípulos en dos ocasiones cuando las puertas estaban «cerradas» (Jn 20:19, 26), porque ningún pasaje dice que Jesús «atravesó paredes», ni nada parecido. En verdad, en otra ocasión en el Nuevo Testamento cuando alguien necesitó pasar por una puerta cerrada con llave, la puerta milagrosamente se abrió (véase Hch 12:10).

Finalmente, hay una consideración doctrinal mucho mayor. La resurrección física de Jesús, y su posesión eterna de un cuerpo físico resucitado, dan clara afirmación a la bondad de la creación material que Dios hizo originalmente: «Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno» (Gn 1:31). Nosotros, como hombres y mujeres resucitados, viviremos para siempre en «un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia» (2 P 3:13). Viviremos en una tierra renovada que «ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza» (Ro 8:21) y la tierra entera será como un nuevo huerto del Edén. Habrá una nueva Jerusalén, y todos «llevarán a ella todas las riquezas y el honor de las naciones» (Ap 21:26), y habrá «un río de agua de vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, y corría por el centro de la calle principal de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones» (Ap 22:1-2).

En este universo físico, muy material y renovado, parece que necesitaremos vivir como seres humanos con cuerpos físicos, apropiados para la vida en una renovada creación física. Específicamente, el cuerpo físico resucitado de Jesús afirma la bondad de la creación original de Dios del hombre no como un simple espíritu como los ángeles, sino como criatura con un cuerpo físico «muy bueno». No debemos caer en el error de pensar que la existencia inmaterial es de alguna manera una forma mejor de existencia para las criaturas: Cuando Dios nos hizo como pináculo de su creación, nos dio cuerpos físicos. En un cuerpo físico perfeccionado Jesús resucitó de los muertos, y ahora reina en el cielo, y volverá para llevarnos para que estemos con él para siempre.

3. Tanto el Padre como el Hijo participaron en la Resurrección. Algunos pasajes afirman que Dios el Padre específicamente resucitó a Cristo de entre los muertos (Hch 2:24; Ro 6:4; 1 Co 6:14; Gá 1:1; Ef 1:20), pero otros dicen que Jesús participó en su propia resurrección: Jesús dice: «Por eso me ama el Padre: porque entrego mi vida para volver a recibirla. Nadie me la arrebata, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla, y tengo también autoridad para volver a recibirla. Éste es el mandamiento que recibí de mi Padre» (Jn 10:17-18; cf. 2:19-21). Es mejor concluir que tanto el Padre como el Hijo intervinieron en la Resurrección. Ciertamente, Jesús dice: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11:25; cf. He 7:16).

4. Importancia doctrinal de la Resurrección.

a. La resurrección de Cristo asegura nuestra regeneración. Pedro dice que «nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva» (1 P 1:3). Aquí explícitamente él conecta la resurrección de Jesús con nuestra regeneración o nuevo nacimiento. Cuando Jesús resucitó de los muertos tenía una nueva calidad de vida, una «vida de resurrección» en un cuerpo humano y espíritu humano perfectamente apropiados para comunión y obediencia a Dios eternas. En su resurrección, Jesús obtuvo para nosotros una nueva vida como la suya. No recibimos esa nueva «vida de resurrección» por completo cuando nos convertimos en creyentes, porque nuestros cuerpos siguen siendo como son, todavía sujetos a debilidad, envejecimiento y muerte. Pero en nuestro espíritu se nos hace vivir con nuevo poder de resurrección. Por tanto, es mediante su resurrección que Cristo obtuvo para nosotros la nueva clase de vida que recibimos cuando «nacemos de nuevo». Por esto Pablo puede decir que Dios «nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! Y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó» (Ef 2:5-6; cf. Col 3:1). Cuando Dios resucitó a Cristo, empezó a vernos en cierto sentido como resucitados «con Cristo» y por consiguiente dignos de los méritos de la resurrección de Cristo. Pablo dice que su meta en la vida es «experimentar el poder que se manifestó en su resurrección» (Fil 3:10). Pablo sabía que incluso en esta vida la resurrección de Cristo da nuevo poder para el ministerio cristiano y la obediencia a Dios.

Hay en esto mucha aplicación positiva a nuestra vida cristiana, especialmente porque tiene implicaciones para nuestra capacidad de vivir la vida cristiana. Pablo conecta la resurrección de Cristo con el poder espiritual que obra en nosotros cuando dice a los efesios que está orando para que conozcan «cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales» (Ef 1:19-20). Aquí Pablo dice que el poder por el cual Dios resucitó de los muertos a Cristo es el mismo poder que obra en nosotros. Pablo nos ve además como resucitados en Cristo cuando dice: «Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. … De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:4,11).

Este nuevo poder de resurrección en nosotros incluye poder para tener más y más victoria sobre el pecado que queda en nuestra vida: «Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia» (Ro 6:14; cf. 1 Co 15:17); aunque nunca seremos perfectos en esta vida. Este poder de resurrección también incluye poder para ministrar en la obra del reino. Fue después de su resurrección que Jesús les prometió a sus discípulos: «Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). Este poder nuevo e intensificado para proclamar el evangelio y obrar milagros y triunfar sobre la oposición del enemigo les fue dado a los discípulos después de la resurrección de Cristo de entre los muertos y era parte del nuevo poder de resurrección que caracterizaba sus vidas cristianas.

b. La resurrección de Cristo asegura nuestra justificación. En un solo pasaje Pablo conecta explícitamente la resurrección de Cristo con nuestra justificación (o sea, la recepción de la declaración de que ya no somos culpables, sino justos delante de Dios). Pablo dice que Jesús «fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (Ro 4:25). Cuando Cristo resucitó, esa fue la declaración de Dios de que aprobaba la obra redentora de Cristo. Debido a que Cristo «se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Fil 2:8), «Dios lo exaltó hasta lo sumo» (Fil 2:9). Al resucitar a Cristo de entre los muertos, Dios el Padre estaba en efecto diciendo que aprobaba la obra de Cristo al sufrir y morir por nuestros pecados, que su obra quedaba terminada, y que Cristo ya no tenía ninguna necesidad de seguir muerto. No quedaba pena que pagar por el pecado, ni tampoco más ira de Dios para llevar, ni más culpa o culpabilidad para castigar; todo ha quedado completamente pagado y no queda ninguna culpa pendiente. En la Resurrección, Dios estaba diciéndole a Cristo: «Apruebo lo que has hecho y has hallado favor ante mis ojos».

Esto explica por qué Pablo puede decir que Cristo «fue resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). Si Dios «nos resucitó con él» (Ef 2:6), entonces, en virtud de nuestra unión con Cristo, la declaración de Dios de aprobación de Cristo es también la declaración de su aprobación de nosotros. Cuando el Padre en esencia le dijo a Cristo: «Toda la pena por los pecados ha quedado pagada y ahora te hallo sin culpa y justo», estaba pronunciando la declaración que también se aplicaría a nosotros una vez que confiáramos en Cristo en cuanto a la salvación. De esta manera la resurrección de Cristo también fue prueba definitiva de que él obtuvo nuestra justificación.

c. La resurrección de Cristo asegura que nosotros también recibiremos cuerpos perfectos al resucitar. El Nuevo Testamento varias veces conecta la resurrección de Jesús con nuestra resurrección corporal final. «Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros» (1 Co 4:14). Pero la explicación más extensa de la conexión entre la resurrección de Cristo y la nuestra se halla en 1 Corintios 15:12-58. Allí Pablo dice que Cristo es «primicias de los que murieron» (1 Co 15:20). Al llamar a Cristo «primicias» (gr. aparjé), Pablo usa una metáfora de la agricultura para indicar que seremos como Cristo. Así como las «primicias» o las primeras muestras de la siega madura indican que el resto de la siembra será como las muestras, Cristo como las «primicias» muestra lo que nuestros cuerpos resucitados serán cuando, en la «cosecha» final de Dios él nos resucite de los muertos y nos lleve a su presencia.7

Después de la Resurrección, Jesús tenía todavía las huellas de los clavos en sus manos y en sus pies, y la marca de la lanza en el costado (Jn 20:27). La gente a veces se pregunta si eso indica que las cicatrices de heridas serias que hemos recibido en esta vida permanecerán en nuestros cuerpos resucitados. La respuesta es que probablemente no tendremos ninguna cicatriz de las heridas o lesiones recibidas en esta vida, sino que nuestros cuerpos serán hechos perfectos, «incorruptibles» y resucitados «en gloria». Las huellas de la crucifixión de Jesús fueron únicas porque son un eterno recordatorio de sus sufrimientos y muerte por nosotros. Por cierto, las evidencias de la severa flagelación y la desfiguración que sufrió Jesús antes de su crucifixión probablemente quizá ya habían sanado, y sólo las cicatrices en sus manos, pies y costado permanecían como testimonio de su muerte por nosotros. El hecho de que él retenga esas cicatrices no necesariamente quiere decir que nosotros retendremos las nuestras. Más bien, todas sanarán, y seremos hechos perfectos y completos.

5. Significación ética de la Resurrección. Pablo también ve que la Resurrección tiene aplicación a nuestra obediencia a Dios en esta vida. Después de una larga consideración de la Resurrección, Pablo concluye animando a sus lectores: «Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano» (1 Co 15:58). Debido a que Cristo resucitó de los muertos, y porque nosotros también seremos resucitados de los muertos, debemos seguir firmes progresando siempre en la obra del Señor. Esto es porque todo lo que hacemos para llevar a las personas al reino y edificarlas en verdad tiene significación eterna, porque todos seremos resucitados en el día que Cristo regrese, y viviremos con él para siempre.

Segundo, Pablo nos anima, al pensar en la Resurrección, que enfoquemos nuestra futura recompensa celestial como nuestra meta. Ve la Resurrección como un tiempo cuando todas las luchas de esta vida recibirán su pago. Pero si Cristo no resucitó y si no hay resurrección, «la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados.

En este caso, también están perdidos los que murieron en Cristo. Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales» (1 Co 15:17-19; cf. v. 32). Pero debido a que Cristo resucitó, y porque hemos sido resucitados con él, debemos buscar una recompensa celestial y fijar nuestra mente en las cosas del cielo: «Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria» (Col 3:1-4).

Una tercera aplicación ética de la Resurrección es la obligación a dejar de someternos al pecado en nuestra vida. Cuando Pablo dice que debemos considerarnos «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» en virtud de la resurrección de Cristo y su poder de resurrección en nosotros (Ro 6:11), de inmediato pasa a decir: «Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal. … No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado» (Ro 6:12,13). Pablo usa la verdad de que tenemos este nuevo poder de resurrección sobre el dominio del pecado en nuestra vida como razón para exhortarnos a no pecar.

B. Ascensión al cielo

1. Cristo ascendió a un lugar. Después de su resurrección Jesús estuvo en esta tierra por cuarenta días (Hch 1:3), y luego llevó a sus seguidores a Betania, en las afueras de Jerusalén, y «allí alzó las manos y los bendijo. Sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24:50-51).

Un relato similar nos da Lucas en la sección inicial de Hechos: «Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse”» (Hch 1:9-11).

Estos relatos describen un evento que claramente está diseñado para mostrar a los discípulos que Jesús se fue a un lugar. No se les desapareció súbitamente, para que nunca más volvieran a verlo, sino que ascendió gradualmente mientras ellos contemplaban, y luego una nube (al parecer la nube de la gloria de Dios) le ocultó de la vista de ellos. Pero los ángeles de inmediato dijeron que él volvería de la misma manera en que había sido llevado al cielo. El hecho de que Jesús tenía un cuerpo resucitado que estaba sujeto a las limitaciones espaciales (sólo podía estar en un lugar a la vez) quiere decir que Jesús fue a algún lugar cuando ascendió al cielo.8

2. Cristo recibió gloria y honor como nunca los había recibido antes como Dios-hombre. Cuando Jesús ascendió al cielo recibió la gloria, el honor, y la autoridad que nunca había recibido siendo Dios y hombre. Antes de morir, Jesús oró: «Y ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera» (Jn 17:5). En su sermón en Pentecostés, Pedro dijo que Jesús fue «exaltado por la diestra de Dios» (Hch 2:33, RVR), y Pablo declaró que «Dios lo exaltó hasta lo sumo» (Fil 2:9), y que fue «recibido en la gloria» (1 Ti 3:16; cf. He 1:4). Cristo está ahora en el cielo y coros de ángeles le entonan alabanzas con las palabras: «¡Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y la honra, la gloria y la alabanza!» (Ap 5:12).

El Antiguo Testamento predijo que el Mesías se sentaría a la diestra de Dios: «Así dijo el SEÑOR a mi Señor: “Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”» (Sal 110:1). Cuando Cristo ascendió al cielo de nuevo, recibió el cumplimiento de esa promesa: «Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas» (He 1:3). Esta buena acogida en la presencia de Dios y el hecho de sentarse a la diestra de Dios es una indicación dramática de la terminación de la obra de Cristo de redención. Así como el ser humano se sienta al terminar una tarea grande para disfrutar la satisfacción de haberla realizado, Jesús se sentó a la diestra de Dios, visiblemente demostrando que su obra de redención estaba terminada.

Además de mostrar la terminación de la obra de Cristo de redención, el acto de sentarse a la diestra de Dios es una indicación de que recibió autoridad sobre el universo. Pablo dice que Dios «lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque» (Ef 1:20-21). De modo similar, Pedro dice que Jesús «subió al cielo y tomó su lugar a la derecha de Dios, y a quien están sometidos los ángeles, las autoridades y los poderes» (1 P 3:22). Pablo también alude al Salmo 110:1 cuando dice que «es necesario que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies» (1 Co 15:25).

Un aspecto adicional de la autoridad que Cristo recibió del Padre cuando se sentó a su diestra fue la autoridad de derramar sobre la Iglesia el Espíritu Santo. Pedro dice en el día de Pentecostés: «Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen» (Hch 2:33).

El hecho de que Jesús ahora está sentado a la diestra de Dios en el cielo no quiere decir que está perpetuamente «fijo» allí ni que está inactivo. También se le ve de pie a la diestra de Dios (Hch 7:56) y andando entre los siete candelabros en el cielo (Ap 2:1). Tal como un rey humano se sienta en su trono real en su ascensión al trono pero luego se dedica a muchas otras actividades todo el día, Cristo se sienta a la diestra de Dios como evidencia dramática de la terminación de su obra redentora y su recepción de autoridad sobre el universo, pero ciertamente se dedica también a otras actividades en el cielo.

4. La ascensión de Cristo tiene significación doctrinal para nuestra vida. Tal como la Resurrección tiene profundas implicaciones para nuestra vida, así la ascensión de Cristo tiene implicaciones significativas para nosotros. Primero, puesto que estamos unidos con Cristo en todo aspecto de su obra de redención, la ida de Cristo al cielo es un vislumbre de nuestra futura ascensión al cielo con él. «Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre» (1 Ts 4:17). El autor de Hebreos quiere que corramos la carrera de la vida con el conocimiento de que estamos siguiendo los pasos de Jesús y que a la larga llegaremos a la bendición de la vida en el cielo que él disfruta ahora: «Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (He 12:1-2). Y Jesús mismo dice que un día nos llevará para que estemos con él (Jn 14:3).

Segundo, la ascensión de Jesús nos da la certeza de que nuestro hogar definitivo será en el cielo con él. «En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté» (Jn 14:2-3). Jesús fue un hombre como nosotros en todo pero sin pecado, y se ha ido delante de nosotros para que un día nosotros también podamos seguirle y vivir con él para siempre. El hecho de que Jesús ya ha ascendido al cielo y logrado la meta puesta delante de él nos da gran seguridad de que un día iremos allá también.

Tercero, debido a nuestra unión con Cristo en su ascensión podemos tener parte ahora (parcialmente) en la autoridad de Cristo sobre el universo, y un día la tendremos más plenamente. A esto apunta Pablo cuando dice que «Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales» (Ef 2:6). No estamos físicamente presentes en el cielo, por supuesto, porque permanecemos aquí en la tierra por ahora. Pero si cuando Cristo se sentó a la diestra de Dios también se refiere a su toma de autoridad, el hecho de que Dios nos ha hecho sentar con Cristo quiere decir que ahora tenemos parte en cierta medida de la autoridad que Cristo tiene, autoridad para contender «contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales» (Ef 6:12, cf. vv. 10-18) y para librar batalla con armas «que tienen el poder divino para derribar fortalezas» (2 Co 10:4).

Esta coparticipación de la autoridad de Cristo sobre el universo será más completa cuando estemos en la edad venidera: «¿No saben que aun a los ángeles los juzgaremos?» (1 Co 6:3). Es más, tendremos parte con Cristo en su autoridad sobre la creación (He 2:5-8). Jesús promete: «Al que salga vencedor y cumpla mi voluntad hasta el fin, le daré autoridad sobre las naciones, así como yo la he recibido de mi Padre» (Ap 2:26-27). También promete: «Al que salga vencedor le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono, como también yo vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Ap 3:21). Estas son promesas asombrosas de nuestra participación futura con Cristo sentado a la diestra de Dios, promesas que no entenderemos plenamente sino en la edad venidera.

CAD-IBVH, Estudio

La Expiación

  • ¿Fue necesario que Cristo muriera?
  • ¿Qué sucedió en la expiación?
  • ¿Descendió Cristo al infierno?

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la expiación cómo sigue: La expiación es la obra que Cristo hizo en su vida y muerte para lograr nuestra salvación. Esta definición indica que estamos usando la palabra expiación en un sentido más amplio del que se le da a veces. A veces se usa solamente para referirse a la muerte de Jesús y al hecho de que pagó por nuestros pecados en la cruz. Pero, como lo veremos mas adelante, puesto que también recibimos beneficios salvadores por la vida de Cristo, hemos incluido también eso en nuestra definición.

A. Causa de la expiación

¿Cuál fue la causa suprema que llevó a Cristo a venir a la tierra y morir por nuestros pecados? Para hallar esto debemos remontarnos a algo en el carácter de Dios mismo. Aquí la Biblia señala dos cosas: el amor y la justicia de Dios.

El amor de Dios como causa de la expiación se ve en el pasaje más conocido de la Biblia: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16, RVR). Pero la justicia de Dios también exigía que Dios hallara la manera de que se pagara la pena que nosotros merecíamos por nuestros pecados (porque él no podía aceptarnos en comunión él a menos que se pagara esa pena). Pablo explica que por eso Dios envió a Cristo para que fuera «propiciación» (Ro 3:25, RVR); o sea, un sacrificio que tome sobre sí la ira de Dios para que Dios sea «propicio» o favorablemente dispuesto hacia nosotros: fue «para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados» (Ro 3:25, RVR). Aquí Pablo dice que Dios había estado perdonando los pecados en el Antiguo Testamento, pero no se había pagado ninguna pena; hecho que haría que la gente se preguntara si Dios en verdad era justo y se preguntara cómo podía perdonar pecados sin castigo. Ningún Dios que fuera verdaderamente justo podía hacer eso, ¿verdad? Sin embargo, cuando Dios envió a Cristo para que muriera y sufriera el castigo que merecíamos por nuestros pecados, fue «con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26, RVR).

Por consiguiente, el amor y la justicia de Dios fueron la suprema causa de la expiación. Sin embargo, no es provechoso que preguntemos cuál es más importante, porque sin el amor de Dios, él nunca habría dado ningún paso para redimirnos; y sin la justicia de Dios, no se hubiera cumplido con el requisito específico de que Cristo debía obtener nuestra salvación muriendo por nuestros pecados. El amor y la justicia de Dios son igualmente importantes.

B. Necesidad de la expiación

¿Había alguna otra manera en que Dios salvara a los seres humanos sin tener que enviar a su Hijo para que muriera en lugar nuestro?

Antes de responder a esta pregunta es importante darnos cuenta de que no era necesario que Dios salvara a nadie. Cuando vemos que «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4), nos percatamos de que Dios también pudo haber escogido con perfecta justicia habernos dejado en nuestros pecados en espera del castigo. Podía haber escogido no salvar a nadie, tal como lo hizo con los ángeles que pecaron. Así que en ese sentido la expiación no fue absolutamente necesaria.

Pero puesto que Dios, en su amor, decidió salvar a algunos seres humanos, varios pasajes bíblicos nos indican que no había otra manera en que Dios hiciera esto excepto por la muerte de su Hijo. Por consiguiente, la expiación no fue absolutamente necesaria, pero, como «consecuencia» de la decisión de Dios de salvar a algunos seres humanos, la expiación fue absolutamente necesaria. A esto a veces se le llama concepto de «la necesidad absoluta consecuente» de la expiación.

En el huerto del Getsemaní Jesús ora: «Si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mt 26:39). Podemos tener plena confianza de que Jesús siempre oró conforme a la voluntad del Padre, y que siempre oró con plenitud de fe. Así que parece que esta oración, que Mateo se cuida mucho de registrarla para nosotros, muestra que no era posible que Jesús evadiera la muerte en la cruz que ya se acercaba (la «copa» de sufrimiento que había dicho que sería suya). Si iba a cumplir la obra que el Padre le había enviado a hacer, y si Dios iba a redimir al pueblo, era necesario que él muriera en la cruz.

Jesús dijo algo similar después de su resurrección, cuando hablaba con dos discípulos en el camino a Emaús. Estos estaban tristes porque Jesús había muerto, pero su respuesta fue: «¡Qué torpes son ustedes y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Cristo estas cosas antes de entrar en su gloria?» (Lc 24:25-26). Jesús entendía que el plan de Dios de redención (que él explicó a los discípulos con muchos pasajes de las Escrituras del Antiguo Testamento Lc 24:27), hacía necesario que el Mesías muriera por los pecados de su pueblo.

Como vimos antes, Pablo en Romanos 3 también muestra que para que Dios fuera justo, y a pesar de eso salvara a la gente, tenía que enviar a Cristo para que pagara la pena por los pecados, «con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26, RVR). La Epístola a los Hebreos enfatiza que Cristo tuvo que sufrir por nuestros pecados: «Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar [lit. “propiciación”] los pecados del pueblo» (He 2:17). El autor de Hebreos también arguye que puesto que «es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados» (He 10:4), se exigía un mejor sacrificio (He 9:23). Sólo la sangre de Cristo, es decir, su muerte, podría quitar los pecados (He 9:25-26). No había manera de que Dios nos salvara excepto que Cristo muriera en nuestro lugar.

C. Naturaleza de la expiación

En esta sección consideraremos dos aspectos de la obra de Cristo: (1) La obediencia de Cristo por nosotros, en la que él obedeció los requisitos de la ley en lugar nuestro y fue perfectamente obediente a la voluntad de Dios Padre como nuestro representante, y (2) los sufrimientos de Cristo por nosotros, en los que él tomó la pena que merecían nuestros pecados y como resultado murió por nuestros pecados.

Es importante observar que en ambas categorías el énfasis primario y la influencia primaria de la obra de Cristo de redención no es en nosotros sino en Dios el Padre. Jesús obedeció al Padre en lugar nuestro y satisfizo perfectamente las demandas de la ley. Sufrió en nuestro lugar, recibiendo en sí mismo la pena que Dios el Padre nos habría impuesto. En ambos casos la expiación se ve como objetiva, es decir, algo que tiene influencia primaria directamente en Dios mismo. Sólo secundariamente tiene aplicación a nosotros, y esto es solamente porque hubo un acontecimiento definitivo en la relación entre Dios el Padre y Dios el Hijo que logró nuestra salvación.

1. La obediencia de Cristo por nosotros (a veces llamada su «obediencia activa»). Si Cristo hubiera ganado para nosotros solamente perdón de pecados, no nos mereceríamos el cielo. Nuestra culpa habría sido quitada, pero estaríamos en la posición de Adán y Eva antes de que estos hicieran algo bueno o malo, y antes de que hubieran salido airosos de un tiempo de prueba. Para ser restablecidos en justicia para siempre y tener asegurada para siempre su comunión con Dios, Adán y Eva tenían que obedecer a Dios perfectamente por un tiempo. Dios hubiera mirado su fiel obediencia con placer y deleite, y ellos habrían vivido para siempre en comunión con él.

Por esta razón Cristo tenía que vivir una vida de perfecta obediencia a Dios a fin de ganar justicia para nosotros. Tenía que obedecer la ley durante toda su vida a favor nuestro de modo que los méritos positivos de su obediencia perfecta se contaran como nuestros. A veces a esto se le llama «obediencia activa» de Cristo, en tanto que a sus sufrimientos y muerte por nuestros pecados se le llama «obediencia pasiva». Pablo dice que su meta es ser hallado en Cristo: «No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe» (Fil 3:9). No es simplemente neutralidad moral la que Pablo necesita de Cristo (es decir, una pizarra limpia con los pecados perdonados), sino una justicia moral positiva. Él sabe que esto no puede brotar de sí mismo, sino que tiene que venir por la fe en Cristo. En forma similar Pablo dice que Cristo ha sido hecho «nuestra justicia» (1 Co 1:30). Muy explícitamente dice: «Así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19).

Algunos teólogos no enseñan que Cristo necesitó lograr un historial de toda una vida de perfecta obediencia por nosotros. Simplemente han enfatizado que Cristo tuvo que morir y por ello paga la pena de nuestros pecados. Pero tal posición no explica adecuadamente por qué Cristo hizo mucho más que simplemente morir por nosotros: también se hizo nuestra «justicia» delante de Dios. Jesús le dijo a Juan el Bautista antes de que este lo bautizara: «Nos conviene cumplir con lo que es justo» (Mt 3:15).

Se pudiera argüir que Cristo tuvo que vivir una vida de perfecta justicia por causa suya propia, y no por la nuestra, antes de que pudiera ser un sacrificio sin pecado por nosotros. Pero Jesús no tenía que vivir una vida de perfecta obediencia por causa de sí mismo; él participaba del amor y de la comunión con el Padre desde la eternidad y en su propio carácter era eternamente causa de alegría y deleite para el Padre. Más bien tuvo que «cumplir con toda justicia» por causa nuestra; es decir, por causa del pueblo que estaba representando como cabeza. A menos que hubiera hecho esto por nosotros, no habría registro de obediencia para que mereciéramos el favor de Dios y la vida eterna con él. Es más, si a Jesús le hubiera sido suficiente ser sin pecado y no también una vida de perfecta obediencia, podía haber muerto por nosotros siendo niño y no a los treinta y tres años.

A modo de aplicación, debemos preguntarnos en qué historial de toda una vida de obediencia preferiríamos confiar en cuanto a nuestra posición delante de Dios, ¿en el de Cristo o en el nuestro propio? Al pensar en la vida de Cristo debemos preguntarnos: ¿fue suficiente buena para merecer la aprobación de Dios? ¿Estamos dispuestos a confiar en su historial de obediencia en cuanto a nuestro destino eterno?

2. Los sufrimientos de Cristo por nosotros (a veces llamada su «obediencia pasiva»).

Además de obedecer perfectamente por nosotros la ley durante toda su vida, Cristo tomó sobre sí los sufrimientos necesarios para pagar el castigo que merecían nuestros pecados.

a. Sufrimiento durante toda su vida. En un sentido amplio, la pena que Cristo llevó al pagar por nuestros pecados fue sufrimiento en su cuerpo y en su alma durante toda su vida. Aunque los sufrimientos de Cristo culminaron en su muerte en la cruz (vea más adelante), toda su vida en un mundo caído incluyó sufrimiento. Por ejemplo, Jesús sufrió tremendo sufrimiento durante la tentación en el desierto (Mt 4:1-11), cuando por cuarenta días resistió los ataques de Satanás. También sufrió al crecer hacia la madurez, porque leemos que «aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer» (He 5:8). Conoció el sufrimiento en la intensa oposición que enfrentó de parte de los dirigentes judíos en mucho de su ministerio terrenal (vea He 12:3-4). Podemos suponer también que soportó sufrimiento y aflicción en la muerte de su padre terrenal,1 y por cierto sufrió aflicción cuando murió su íntimo amigo Lázaro (Jn 11:35). Al predecir la venida del Mesías, Isaías dijo que sería «varón de dolores, hecho para el sufrimiento» (Is 53:3).

b. El dolor de la cruz. Los sufrimientos de Jesús se intensificaron conforme se acercaba a la cruz. A sus discípulos les expresó algo de la agonía por la que atravesaba cuando les dijo: «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir» (Mt 26:38). Fue especialmente en la cruz que los sufrimientos de Jesús por nosotros alcanzaron su clímax, porque allí fue cuando él llevó el castigo de nuestros pecados y murió en lugar nuestro. La Biblia nos enseña que hubo cuatro aspectos diferentes de dolor que Jesús sufrió.

(1) Dolor y muerte físicos. No tenemos que sostener que Jesús sufrió más dolor físico que el que cualquier otro ser humano jamás ha sufrido, porque la Biblia en ninguna parte afirma tal cosa. Pero con todo no debemos olvidar que la muerte por crucifixión era una de las formas más horribles de ejecución que jamás el hombre ha concebido.

Muchos de los lectores de los Evangelios en el mundo antiguo habrían presenciado crucifixiones y por tanto habrían tenido un cuadro mental vívido al leer las simples palabras «Y lo crucificaron» (Mr 15:24). Al criminal crucificado esencialmente se le obligaba a infligirse una muerte muy lenta por sofocación. Cuando le extendían al criminal los brazos y se los sujetaban con clavos a la cruz, tenía que sostener con sus brazos la mayor parte del peso de su cuerpo. La cavidad torácica quedaba halada hacia arriba y hacia afuera, lo que le hacía difícil exhalar para aspirar aire fresco. Pero cuando las ansias de la víctima por oxígeno se hacía insoportable, se empujaba con los pies hacia arriba, lo que daba a su cuerpo un soporte más natural, y liberaba a los brazos de algo del peso, y permitía que la cavidad torácica se contrajera en una forma más normal. Al empujarse de esta manera hacia arriba, el criminal podía evitar la asfixia, pero era extremadamente doloroso porque exigía poner todo el peso de su cuerpo sobre los pies sostenidos por los clavos, y doblar los codos y elevarse hacia arriba con los clavos que sostenían las muñecas. La espalda del criminal, que había sido lacerada repetidas veces con la flagelación previa, se rozaba contra la tosca madera de la cruz con cada respiración. Por eso Séneca (primer siglo d.C.) decía que el crucificado «aspiraba el aliento vital en medio de una agonía larga y penosa» (Epístola 101, a Lucilo, sec. 14).

Un médico que escribió en Journal of the American Medical Association en 1986 explicaba el dolor que habría de experimentarse en la muerte por crucifixión:

La exhalación adecuada exigía que se levantara el cuerpo empujándolo sobre los pies y doblando los codos. … Sin embargo, esta maniobra ponía todo el peso del cuerpo en los huesos de los tobillos y producía un dolor agudo. Todavía más, la flexión de los codos produciría la rotación de las muñecas en los clavos de hierro y causaría feroz dolor además de dañar los nervios medios. … Los calambres musculares y parestesias de los brazos estirados y levantados aumentarían el malestar. Como resultado, cada esfuerzo respiratorio sería agonizante y agotador, y a la larga conduciría a la asfixia.

En algunos casos, los crucificados sobrevivían varios días, casi asfixiándose pero sin acabar de morirse. Por eso a veces los verdugos le quebraban las piernas a algún criminal, para que la muerte ocurriera más rápido, como vemos en Juan 19:31-33.

Era el día de la preparación para la Pascua. Los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en la cruz en sábado, por ser éste un día muy solemne. Así que le pidieron a Pilato ordenar que les quebraran las piernas a los crucificados y bajaran sus cuerpos. Fueron entonces los soldados y le quebraron las piernas al primer hombre que había sido crucificado con Jesús, y luego al otro. Pero cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas.

(2) El dolor de llevar el pecado. Más horrible que el dolor del sufrimiento físico, Jesús soportó el dolor psicológico de llevar la culpa de nuestro pecado. En nuestra propia experiencia como creyentes, conocemos algo de la angustia que sentimos cuando sabemos que hemos pecado. El peso de la culpa nos agobia el corazón, y hay un sentimiento amargo de separación de todo lo que es bueno en el universo, y la conciencia de un sentimiento muy profundo de algo que no debería ser. Es más, mientras más crecemos en santidad como hijos de Dios, más intensamente sentimos esta instintiva repulsión contra el mal.

Pero Jesús era perfectamente santo. Aborrecía el pecado con todo su ser. El pensamiento del mal, de pecado, contradecía en todo su carácter. Mucho más que nosotros, Jesús instintivamente se rebelaba contra el mal. Sin embargo, en obediencia al Padre y por amor a nosotros, llevó sobre sí todos los pecados de los que un día serían salvos. Llevar sobre sí todo el mal contra el que su alma se rebelaba creaba una profunda repulsión en lo más hondo de su ser. Todo lo que aborrecía más profundamente fue vertido por completo sobre él.

La Biblia dice frecuentemente que nuestros pecados fueron puestos sobre Cristo: «pero el SEÑOR hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53:6), y «Cargó con el pecado de muchos» (Is 53:12). Juan el Bautista llama a Jesús el «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29). Pablo declara que «por nosotros Dios [a Cristo] lo trató como pecador» (2 Co 5:21) y que Cristo fue hecho «maldición por nosotros» (Gá 3:13). El autor de Hebreos dice que «Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos» (He 9:28). Pedro dice: «Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados» (1 P 2:24).

El pasaje de 2 Corintios antes citado, junto con los versículos de Isaías, indican que fue Dios Padre quien puso nuestros pecados sobre Cristo. ¿Cómo pudo ser eso? De la misma manera que los pecados de Adán nos fueron imputados,3 Dios imputó nuestros pecados a Cristo; es decir, los tomó como si fueran de Cristo, y, puesto que Dios es el supremo juez y definidor de lo que existe en el universo, cuando Dios tomó nuestros pecados como si fueran de Cristo esos pecados en efecto y en realidad fueron de Cristo. Eso no quiere decir que Dios pensó que Cristo mismo había cometido los pecados, ni que Cristo tenía una naturaleza de pecado, sino que la culpa de nuestros pecados (es decir, el merecimiento de castigo) Dios la tomó como si fuera de Cristo y no nuestra.

Algunos han objetado que no fue justo que Dios transfiera la culpa del pecado de nosotros a Cristo, que era inocente. Sin embargo, debemos recordar que Cristo voluntariamente tomó sobre sí la culpa de nuestros pecados, así que esta objeción pierde mucho de su fuerza. Es más, Dios mismo (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es la norma suprema de lo que es justo y recto en el universo, y él decretó que la expiación tuviera lugar de esta manera y eso satisfizo las demandas de su justicia y rectitud.

(3) Abandono. El dolor físico de la crucifixión y el dolor de llevar sobre sí el mal absoluto de nuestros pecados fueron más graves por el hecho de que Jesús enfrentó solo todo ese dolor. En el huerto del Getsemaní, cuando tomó consigo a Pedro, Jacobo y Juan, Jesús les confió algo de su agonía: «Es tal la angustia que me invade que me siento morir —les dijo—. Quédense aquí y vigilen» (Mr 14:34). Esta es la clase de confianza que uno tendría con un amigo íntimo, e implica una petición de respaldo en su hora de mayor prueba. Sin embargo, tan pronto como detuvieron a Jesús, «todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» (Mt 26:56).

Aquí también hay una analogía muy tenue en nuestra experiencia, porque no podemos vivir mucho tiempo sin probar el dolor interno del rechazo, sea rechazo de algún amigo íntimo, un padre o madre, o un hijo o hija, o incluso una esposa o esposo. Sin embargo, en todos estos casos por lo menos hay un sentido de que podríamos haber hecho algo en forma diferente, y de que por lo menos una mínima parte es culpa nuestra. No fue así con Jesús y los discípulos, porque «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13:1). No había hecho otra cosa que amarlos; y en pago todos ellos lo abandonaron.

Pero mucho peor que la deserción de incluso sus más íntimos amigos humanos fue el hecho de que Jesús se vio privado de la intimidad con el Padre que había sido el gozo más profundo de su corazón durante toda su vida terrenal. Cuando Jesús clamó: «Elí, Elí, ¿lama sabactani? (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”)» (Mt 27:46), dejó saber que había quedado separado de la más dulce comunión con su Padre celestial que había sido la infaltable fuente de fuerza interior y el elemento de su más grande gozo en una vida terrenal llena de tristeza. Cuando Jesús llevó sobre sí nuestros pecados en la cruz, lo abandonó su Padre celestial, de quien Habacuc dice: «Son tan puros tus ojos que no puedes ver el mal» (Hab 1:13). Cristo enfrentó a solas el peso de la culpa de millones de pecados.

(4) Llevó la ira de Dios. Incluso más difícil que estos tres aspectos del dolor de Jesús que ya hemos mencionado fue el dolor de llevar sobre sí la ira de Dios. Al llevar Jesús a solas la culpa de nuestros pecados, Dios Padre, el Creador poderoso, Señor del universo, derramó sobre Jesús la furia de su ira: Jesús se volvió el objeto del intenso aborrecimiento del pecado y venganza contra el pecado que Dios pacientemente había almacenado desde el principio del mundo.

Romanos 3:25 nos dice que Dios puso a Cristo como «propiciación» (RVR), palabra que quiere decir «sacrificio que lleva la ira de Dios hasta el fin y al hacerlo así cambia la ira de Dios hacia nuestro favor». Pablo nos dice que esto fue «para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:25-26, RVR). No es que Dios simplemente había perdonado el pecado y se había olvidado del castigo en generaciones pasadas. Había perdonado los pecados y almacenado su ira justa contra esos pecados. Pero en la cruz la furia de toda esa ira almacenada contra el pecado se desató contra el mismo Hijo de Dios.

Muchos teólogos fuera del mundo evangélico han objetado fuertemente la idea de que Jesús llevó sobre sí la ira de Dios contra el pecado. Su presuposición básica es que puesto que Dios es un Dios de amor, sería incongruente con su carácter mostrar ira contra los seres humanos que ha creado y de los cuales es un Padre amante. Pero los eruditos evangélicos han explicado convincentemente que la idea de la ira de Dios está sólidamente arraigada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos: «La totalidad de la argumentación de la parte inicial de Romanos es que todos los hombres, gentiles y judíos, por igual, son pecadores, y están bajo la ira y la condenación de Dios».

Otros tres pasajes cruciales del Nuevo Testamento se refieren a la muerte de Jesús como «propiciación»: Hebreos 2:17; 1 Juan 2:2 y 4:10 (RVR). Los términos griegos (el verbo jiláskomai, «hacer propiciación» y el sustantivo jilasmós, «sacrificio de propiciación») que se usan en estos pasajes tienen el sentido de «sacrificio que quita la ira de Dios, y por ello vuelve a Dios propicio (o favorable) hacia nosotros». Este es el significado constante de estas palabras fuera de la Biblia, en donde se entendían muy bien en referencia a las religiones griegas paganas. Estos versículos simplemente quieren decir que Jesús sufrió la ira de Dios contra el pecado.

Es importante insistir en este hecho, porque es la médula de la doctrina de la expiación. Quiere decir que hay un requisito eterno, inmutable, en la santidad y justicia de Dios de que el pecado tiene un precio que hay que pagar. Todavía más, antes de que la expiación pudo en algún momento tener efecto en nuestra conciencia subjetiva, primero tuvo que tener efecto en Dios y su relación con los pecadores que planeaba redimir. Aparte de esta verdad central, la muerte de Cristo no se puede entender adecuadamente (vea más adelante la explicación de otros puntos de vista sobre la expiación).

Al concepto de la muerte de Cristo que se presenta aquí se le ha llamado frecuentemente teoría de la «sustitución penal». La muerte de Cristo fue «penal» en que él pagó una pena cuando murió. Su muerte también fue una «sustitución» en la que él fue un sustituto por nosotros cuando murió. Este ha sido el concepto ortodoxo de la expiación sostenida por los teólogos evangélicos, en contraste con los demás que intentan explicar la expiación aparte de la idea de la ira de Dios o del pago de la pena por el pecado (vea más adelante).

A este concepto de la expiación a veces se le llama teoría de la expiación vicaria. Un «vicario» es alguien que ocupa el lugar de otro o que representa a otro. La muerte de Cristo, por consiguiente, fue «vicaria» porque estuvo en nuestro lugar y nos representó. Como representante nuestro, llevó la pena que merecíamos.

c. Términos del Nuevo Testamento que describen diferentes aspectos de la expiación. La obra expiatoria de Cristo es un evento complejo que tiene varios efectos en nosotros. Se puede ver, por consiguiente, desde diferentes aspectos. El Nuevo Testamento usa diferentes palabras para describirlos; examinaremos cuatro de los más importantes.

Los cuatro términos muestran cómo la muerte de Cristo satisface las cuatro necesidades que tenemos como pecadores:

1. Merecemos morir como castigo por el pecado.
2. Merecemos recibir la ira de Dios contra el pecado.
3. Nuestros pecados nos separan de Dios.
4. Estamos en esclavitud al pecado y al reino de Satanás.

La muerte de Cristo satisface estas cuatro necesidades de las siguientes maneras.

(1) Sacrificio. Para pagar la pena de muerte que merecíamos por nuestros pecados, Cristo murió en sacrificio por nosotros. «Ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo» (He 9:26).

(2) Propiciación. Para sacarnos de la ira de Dios que merecíamos, Cristo murió en propiciación por nuestros pecados. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4:10, RVR).

(3) Reconciliación. Para vencer nuestra separación de Dios, necesitábamos a alguien que trajera reconciliación y con ello nos llevara de nuevo a la comunión con Dios. Pablo dice que Dios «por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo» (2 Co 5:18-19).

(4) Redención. Debido a que somos pecadores somos esclavos del pecado y de Satanás, y necesitamos que alguien provea redención y nos «redima» de esa esclavitud. Cuando hablamos de redención entra en el panorama la idea de «rescate». Un rescate es el precio que se paga para redimir a alguien de la esclavitud o cautiverio. Jesús dijo de sí mismo: «El Hijo del hombre [no] vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mr 10:45). Si preguntamos a quién se le pagó el rescate, comprendemos que la analogía humana del pago de rescate no armoniza con la expiación de Cristo en todo detalle. Aunque estábamos esclavos del pecado y de Satanás, no se pagó «rescate» ni al «pecado» ni a Satanás, porque ellos no tenían poder para exigir tal pago, ni tampoco fue la santidad de Satanás la que se vio ofendida por el pecado y exigía que se pagara una pena por el pecado. Pero vacilamos al hablar de que la pena del pecado la pagó Cristo y la recibió y aceptó Dios el Padre, porque no era él quien nos tenía esclavos, sino Satanás y nuestros pecados. Por consiguiente, en este punto la idea del pago de rescate no se puede imponer en todo detalle. Es suficiente notar que se pagó un precio (la muerte de Cristo) y el resultado fue que quedamos «redimidos» de la esclavitud.

Fuimos redimidos de la esclavitud a Satanás porque «el mundo entero está bajo el control del maligno» (1 Jn 5:19), y cuando Cristo vino murió a fin de «librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida» (He 2:15). Realmente, Dios el Padre «nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo» (Col 1:13).

En cuanto a la liberación de la esclavitud al pecado, Pablo dice: «De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. … Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia» (Ro 6:11,14). Hemos sido librados de la esclavitud de la culpa del pecado y de la esclavitud de su dominio sobre nuestra vida.

d. Otros conceptos sobre la expiación. En contraste con el concepto de sustitución penal en cuanto a la expiación que se presenta en este capítulo, en diferentes épocas de la historia de la Iglesia se han propuesto otras ideas.

(1) Teoría de que se pagó rescate a Satanás. Este concepto lo sostenía Orígenes (ca. 185—254 d.C.), teólogo de Alejandría y más tarde de Cesarea, y después de él otros en la historia de la Iglesia. Según este punto de vista, el rescate que Cristo pagó para redimirnos lo pagó a Satanás, en cuyo reino estaban todas las personas por causa del pecado.

Esta teoría no halla ninguna confirmación directa en la Biblia, y ha tenido muy pocos defensores en la historia de la Iglesia. Falsamente piensa que Satanás, antes que Dios, era el que exigía el pago por el pecado, y de este modo descarta por completo las exigencias de la justicia de Dios respecto al pecado. Ve a Satanás con mucho más poder del que realmente tiene, es decir, poder para exigirle a Dios lo que se le antoje, antes que como el que ha sido arrojado del cielo y no tiene ningún derecho de exigirle nada a Dios. En ninguna parte la Biblia dice que como pecadores le debíamos algo a Satanás, pero repetidamente dice que Dios nos exigía el pago por nuestros pecados. Esta idea además no considera los pasajes que hablan de la muerte de Cristo como propiciación que se presenta a Dios el Padre por nuestros pecados, ni el hecho de que Dios el Padre representaba a la Trinidad al aceptar de Cristo el pago por los pecados (vea la explicación anterior).

(2) Teoría de la influencia moral. Primeramente propuesta por Pedro Abelardo (1079—1142 d.C.), teólogo francés, la teoría de la influencia moral en cuanto a la expiación sostiene que Dios no exigió ningún pago de una pena por el pecado, sino que la muerte de Cristo fue simplemente una manera en la que Dios mostró cuánto amaba a los seres humanos, al identificarse con sus sufrimientos, incluso hasta la muerte. La muerte de Cristo, por consiguiente, se vuelve el gran ejemplo que muestra el amor de Dios por nosotros y promueve en nosotros una respuesta de gratitud, y que al amarlo recibimos el perdón.

La gran dificultad con esta noción es que es contraria a tantos pasajes bíblicos que hablan de que Cristo murió por el pecado, llevó nuestro pecado o murió en propiciación. Es más, le roba a la expiación su carácter objetivo, porque sostiene que la expiación no tuvo efecto alguno en Dios mismo. Finalmente, no ofrece ninguna manera de lidiar con nuestra culpa. Si Cristo no murió para pagar nuestros pecados, no tenemos derecho alguno a confiar en él en cuanto al perdón de los pecados.

(3) Teoría del ejemplo. La teoría del ejemplo en cuanto a la expiación la enseñaban los socinianos, o sea, los seguidores de Fausto Socinio (1539—1604), teólogo italiano que se estableció en Polonia en 1578 y atrajo un nutrido número de seguidores. La teoría del ejemplo, como la teoría de la influencia moral, también niega que la justicia de Dios exija pago por el pecado; dice que la muerte de Cristo simplemente nos provee de un ejemplo de cómo debemos confiar y obedecer completamente a Dios, incluso si esa confianza y obediencia nos lleva a una muerte horrible. En donde la teoría de la influencia moral dice que la muerte de Cristo nos enseña cuánto nos ama Dios, la teoría del ejemplo dice que la muerte de Cristo nos enseña cómo debemos vivir. Respaldo para esta noción se puede hallar en 1 Pedro 2:21: «Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos».

Aunque es cierto que Cristo es un ejemplo para nosotros incluso en su muerte, la cuestión es si este hecho es la explicación completa de la expiación. La teoría del ejemplo no toma en cuenta los muchos pasajes bíblicos que hablan de la muerte de Cristo como pago por el pecado, el hecho de que Cristo llevó nuestros pecados y el hecho de que él fue la propiciación por nuestros pecados. Estas consideraciones por sí solas significan que se debe rechazar esta teoría. Es más, este concepto acaba arguyendo que el hombre se puede salvar a sí mismo si sigue el ejemplo de Cristo y confía y obedece a Dios tal como Cristo lo hizo. Por tanto, no muestra cómo se nos puede quitar la culpa de nuestro pecado, porque no sostiene que Cristo pagó la pena por nuestros pecados e hizo provisión para nuestra culpa cuando murió.

(4) Teoría gubernamental. La teoría gubernamental de la expiación la enseñó por primera vez el teólogo y jurista holandés Hugo Grotio (1583—1645). Esta teoría sostiene que Dios no tenía que exigir pago por el pecado, puesto que como es Dios omnipotente puede dejar a un lado ese requisito y perdonar los pecados sin el pago de una pena. Entonces, ¿cuál fue el propósito de la muerte de Cristo? Fue la demostración que Dios dio del hecho de que sus leyes habían sido quebrantadas, y que él es el legislador moral y gobernador del universo, y que algún tipo de pena se exigirá siempre que se rompan sus leyes. Así que Cristo no pagó exactamente la pena por los pecados de nadie, sino que sufrió para mostrar que cuando se rompen las leyes de Dios hay que pagar una pena.

El problema con esta teoría igualmente es que no toma en cuenta adecuadamente los pasajes bíblicos que hablan de que Cristo llevó nuestros pecados en la cruz, de que Dios puso sobre Cristo la iniquidad de todos nosotros, de que Cristo murió específicamente por nuestros pecados, y de que Cristo es la propiciación por nuestros pecados. Es más, le quita a la expiación su carácter objetivo haciendo que su propósito no sea la satisfacción de la justicia de Dios sino influirnos para que nos demos cuenta de que hay que guardar las leyes de Dios. Esta teoría también implica que, en cuanto al perdón de los pecados, no podemos confiar plenamente en la obra de Cristo terminada, por cuanto él no pagó por nuestros pecados. Es más, hace que el perdón de los pecados sea algo que sucedió en la mente de Dios aparte de la muerte de Cristo en la cruz; él ya había decidido perdonarnos sin exigir ninguna pena de nosotros y castigó a Cristo sólo para demostrar que todavía es el gobernador moral del universo. Pero esto quiere decir que Cristo (según ese concepto) no obtuvo perdón ni salvación para nosotros, y así el valor de su obra redentora se minimiza grandemente. Finalmente, esta teoría no toma en cuenta adecuadamente la inmutabilidad de Dios y la pureza infinita de su justicia. Decir que Dios puede perdonar pecados sin exigir ninguna pena (a pesar del hecho de que por todas partes en la Biblia el pecado siempre requiere el pago de una pena) es subestimar seriamente el carácter absoluto de la justicia de Dios.

e. ¿Descendió Cristo al infierno? A veces se arguye que Cristo descendió al infierno después de morir. Aunque la frase «descendió al infierno» no aparece en la Biblia, su inclusión en el ampliamente usado Credo Apostólico ha generado mucho debate en cuanto a su significado e implicaciones.

El Credo dice: «Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos; resucitó al tercer día». ¿Representa esta frase adecuadamente la enseñanza bíblica respecto a la muerte de Cristo? ¿Sufrió Cristo más después de su muerte en la cruz? Aquí examinaremos brevemente la historia de esta frase y los pasajes bíblicos pertinentes a esta idea.

Para empezar se puede decir que hay un trasfondo turbio detrás de la historia de la frase «descendió al infierno». A diferencia del Credo Niceno y de la Declaración de Calcedonia, el Credo de los Apóstoles no fue escrito ni aprobado por un concilio determinado de la Iglesia en alguna fecha determinada, sino que más bien se desarrolló gradualmente alrededor del año 200 hasta el 750 d.C. Un resumen que hace el gran historiador de la Iglesia Philip Schaff del desarrollo del credo muestra que la frase en cuestión no aparece en ninguna de las primeras versiones del credo. Antes del 650 d.C., la frase «descendió al infierno» aparece solamente en una versión del credo, por Rufino, en el 390 d.C. Es más, Rufino entendía que la frase simplemente quería decir que Cristo fue «sepultado«. En otras palabras, consideraba que quería decir que Cristo «descendió a la tumba». (La forma griega dice hades, que puede significar simplemente «tumba», y no gehena, «infierno, lugar de castigo».) Esto quiere decir, por tanto, que hasta el 650 d.C. ninguna versión del credo incluyó esta frase con la intención de decir que Cristo «descendió al infierno». En verdad, después que se empezó a incorporar la frase en diferentes versiones del credo, se hizo todo esfuerzo por explicar que «descendió al infierno» no contradecía al resto de las Escrituras. Dada esta historia, uno se pregunta si el término apostólico se puede aplicar en algún sentido a esta frase, o si en realidad tiene un lugar legítimo en un credo cuyo título aduce descender de los primeros apóstoles de Cristo.

Cuando acudimos a la evidencia bíblica de esta doctrina, hallamos que hay unos cuantos pasajes que arguyen en contra de la posibilidad de que Cristo haya ido al infierno después de su muerte. Las palabras de Jesús al ladrón en la cruz, «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23:43), implican que después que Jesús murió su alma (o espíritu) fue inmediatamente a la presencia del Padre en el cielo, aunque su cuerpo siguió en la tierra y fue sepultado.8 Además, el grito de Jesús «Todo se ha cumplido» (Jn 19:30) fuertemente sugiere que el sufrimiento de Cristo quedaba terminado en ese momento y lo mismo su alienación del Padre debido a que llevó nuestro pecado. Finalmente, la exclamación «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lc 23:46) también sugiere que Cristo esperaba (correctamente) el fin inmediato de su sufrimiento y alienación, y la buena acogida a su espíritu en el cielo de parte de Dios el Padre.

Estos pasajes indican, por tanto, que Cristo en su muerte experimentó lo mismo que los creyentes de esta edad presente experimentan al morir. Su cuerpo muerto permaneció en la tierra y fue sepultado (como lo serán los nuestros), pero su espíritu (o alma) pasó de inmediato a la presencia de Dios en el cielo (tal como lo será el nuestro). Entonces, en la mañana del primer Domingo de Resurrección, el espíritu de Cristo se unió de nuevo con su cuerpo y resucitó. Así sucederá con los creyentes que han muerto cuando Cristo vuelva: volverán a unirse con sus cuerpos y resucitarán con cuerpos perfectos de resurrección a una vida nueva. Todavía más, estos pasajes indican que Cristo en su muerte en la cruz satisfizo por completo las exigencias del justo castigo de Dios por el pecado y llevó por completo la ira de Dios contra ese pecado. No había necesidad de que Cristo sufriera más después de su muerte en la cruz.

CAD-IBVH, Estudio

Cristología

LA PERSONA DE CRISTO

¿Cómo es Jesús plenamente Dios y plenamente hombre, y sin embargo una sola persona?

I. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos resumir la enseñanza bíblica sobre la persona de Cristo como sigue: Jesucristo fue plenamente Dios y plenamente hombre en una persona, y así lo será para siempre.

El material bíblico que respalda esta definición es extenso. Hablaremos primero de la humanidad de Cristo, y luego de su deidad, y entonces intentaremos mostrar cómo la deidad y la humanidad de Jesús están unidas en la sola persona de Cristo.

A. La humanidad de Cristo

1. Nacimiento virginal. Cuando hablamos de la humanidad de Cristo es apropiado empezar con una consideración del nacimiento virginal de Cristo. La Biblia claramente afirma que Jesús fue concebido en el vientre de su madre, María, mediante la obra milagrosa del Espíritu Santo y sin padre humano.

«El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1:18). Poco después de esto un ángel del Señor le dijo a José, que estaba comprometido en matrimonio con María: «José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo» (Mt 1:20). Luego leemos que José «hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa. Pero no tuvo relaciones conyugales con ella hasta que dio a luz un hijo, a quien le puso por nombre Jesús» (Mt 1:24-25).

El mismo hecho se menciona en el Evangelio de Lucas, en donde leemos de la aparición del ángel Gabriel a María. Después de que el ángel le dijo que ella tendría un hijo, María dijo: «¿Cómo puede ser esto, puesto que no tengo marido?» El ángel le contestó:

El Espíritu Santo vendrá sobre ti,
y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.

Así que al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios. (Lc 1:34-35; cf. 3:23)

Esta afirmación bíblica del nacimiento virginal de Cristo debería por sí sola darnos suficiente base para aceptar esta doctrina. Sin embargo, hay también implicaciones doctrinales fundamentales del nacimiento virginal que ilustran su importancia. Podemos ver esto por lo menos en tres aspectos.

a. Muestran que la salvación en definitiva debe venir del Señor. El nacimiento virginal de Cristo es un recordatorio inconfundible del hecho de que la salvación jamás puede venir por esfuerzo humano, sino que debe ser la obra sobrenatural de Dios. Ese hecho fue evidente al principio mismo de la vida de Jesús, cuando «Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos» (Gá 4:4-5).

b. El nacimiento virginal hizo posible la unión de plena deidad y plena humanidad en una persona. Esto fue el medio que Dios usó para enviar a su Hijo (Jn 3:16; Gá 4:4) al mundo como hombre. Si pensamos por un momento en las otras maneras posibles en que Cristo podía haber venido a la tierra, ninguna de ellas hubiera unido tan claramente la humanidad y la deidad en una persona. Probablemente habría sido posible que Dios creara a Jesús como ser humano completo en el cielo y lo enviara para que descendiera del cielo a la tierra sin la intervención de ningún padre humano. Pero entonces habría sido muy difícil para nosotros entender el hecho de que Jesús era plenamente humano como nosotros. Por otro lado, probablemente habría sido posible que Dios hiciera que Jesús viniera al mundo con dos padres humanos, tanto un padre como una madre, y con su plena naturaleza divina milagrosamente unida a su naturaleza humana en algún punto temprano en su vida. Pero entonces hubiera sido muy difícil para nosotros entender cómo Jesús era plenamente Dios, puesto que su origen fue como el nuestro en todo sentido. Pensar en estas otras dos posibilidades nos ayuda a entender cómo Dios, en su sabiduría, ordenó una combinación de influencia humana y divina en el nacimiento de Cristo, para que su plena humanidad fuera evidente para nosotros por el hecho de su nacimiento humano ordinario de una madre humana, y que su plena deidad fuera también evidente por el hecho de su concepción en el vientre de María por la obra poderosa del Espíritu Santo.

c. El nacimiento virginal también hace posible la verdadera humanidad de Cristo sin el pecado heredado. Como observamos en el capítulo 14, todos los seres humanos han heredado de su primer padre, Adán, la culpa legal y una naturaleza moral corrupta. Pero el hecho de que Jesús no tuvo un padre humano quiere decir que la línea de descendencia de Adán queda parcialmente interrumpida. Jesús no descendía de Adán en la misma manera exacta que todo los demás seres humanos han descendido de Adán. Esto nos ayuda a entender por qué la culpa legal y la corrupción moral que pertenecen a todos los demás seres humanos no le perteneció a Cristo.

Pero, ¿por qué Jesús no heredó la naturaleza de pecado de María? La Iglesia Católica Romana contesta a esta pregunta diciendo que María misma era libre de pecado, pero la Biblia en ninguna parte enseña esto, y de todas maneras esto no resolvería el problema (¿por qué María no heredó pecado de su madre?). Una mejor solución es decir que la obra del Espíritu Santo en María debe haber prevenido no sólo la transmisión del pecado de José (porque Jesús no tuvo padre humano) sino también, de una manera milagrosa, la transmisión de pecado de María. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti … Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios» (Lc 1:35, VP).1

2. Debilidades y limitaciones humanas.

a. Jesús tenía un cuerpo humano. El hecho de que Jesús tenía un cuerpo humano tal como el nuestro se ve en muchos pasajes de la Biblia. Nació tal como nacen todos los bebés (Lc 2:7). Creció de la niñez a la edad adulta como crece todo niño. «El niño crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba» (Lc 2:40). Lucas nos dice además que «Jesús siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de toda la gente» (Lc 2:52).

Jesús se cansó tal como nosotros, porque leemos que «Jesús, fatigado del camino, se sentó junto al pozo» en Samaria (Jn 4:6). Sintió sed, porque cuando estuvo en la cruz, dijo: «Tengo sed» (Jn 19:28). Después de haber ayunado durante cuarenta días en el desierto, leemos que «tuvo hambre» (Mt 4:2). A veces sintió debilidad física, porque durante su tentación en el desierto ayunó por cuarenta días (el punto en que la fuerza física de los seres humanos ha desaparecido casi por completo y más allá del cual hay daño físico irreparable si continúa el ayuno). En ese momento «unos ángeles acudieron a servirle» (Mt 4:11), evidentemente para atenderle y proveerle alimento hasta que recuperara suficiente fuerza para salir del desierto. La culminación de las limitaciones de Jesús en términos de su cuerpo humano se ven cuando murió en la cruz (Lc 23:46). Su cuerpo humano dejó de tener vida y dejó de funcionar, tal como ocurre con el nuestro cuando morimos.

Jesús también resucitó de los muertos con un cuerpo físico, humano, un cuerpo perfecto y ya no estaba sujeto a debilidad, enfermedad y muerte. Les demuestra repetidas veces a sus discípulos que de verdad tiene un cuerpo físico. Dice: «Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo» (Lc 24:39). Les está mostrando y enseñando que él tiene «carne y huesos», y no es solo un «espíritu» sin cuerpo. Otra evidencia de este hecho es que «le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos» (Lc 24:42; cf. v. 30; Jn 20:17,20,27; 21:9,13).

En el mismo cuerpo humano (aunque era un cuerpo resucitado hecho perfecto) Jesús también ascendió al cielo. Antes de irse dijo: «Ahora dejo de nuevo el mundo y vuelvo al Padre» (Jn 16:28, cf. 17:11). La manera en que Jesús ascendió al cielo fue calculada para demostrar la continuidad entre su existencia en un cuerpo físico aquí en la tierra y su continua existencia en ese cuerpo en el cielo. Apenas pocos versículos después de que Jesús les había dicho que «un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo» (Lc 24:39), leemos en el Evangelio de Lucas que Jesús «los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo» (Lc 24:50-51). Algo similar leemos en Hechos: «Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista» (Hch 1:9).

Todos estos versículos tomados en conjunto muestran que, en lo que tiene que ver con el cuerpo humano de Jesús, fue como el nuestro antes de su resurrección, y después de su resurrección siguió siendo un cuerpo humano de «carne y huesos», pero ya perfecto, la clase de cuerpo que tendremos cuando Cristo vuelva y seamos igualmente resucitados de los muertos.2 Jesús sigue existiendo en ese cuerpo humano en el cielo, como la ascensión nos enseña.

b. Jesús tenía mente humana. El hecho de que Jesús «crecía en sabiduría» (Lc 2:52) dice que pasó por un proceso de aprendizaje como los demás niños; aprendió a comer, a hablar, a leer y escribir, a ser obediente a sus padres (véase He 5:8). Este proceso ordinario de aprendizaje fue parte de la genuina humanidad de Cristo.

También vemos que Jesús tuvo una mente humana como la nuestra cuando habla del día en que volverá a la tierra: «Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mr 13:32).3

c. Jesús tenía un alma humana y emociones humanas. Vemos varias indicaciones de que Jesús tenía un alma (o espíritu) humana. Poco antes de su crucifixión Jesús dijo: «Ahora está turbada mi alma» (Jn 12:27, RVR). Juan escribe un poco más adelante: «Habiendo dicho Jesús esto, se conmovió en espíritu» (Jn 13:21, RVR). En ambos versículos las palabras «turbada» y «conmovió» son traducción del término griego tarasso, palabra que a menudo se usaba para referirse a las personas que estaban llenas de ansiedad o a las que el peligro las había sorprendido. Es más, antes de la crucifixión de Jesús, al darse cuenta del sufrimiento que atravesaría, dijo: «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir» (Mt 26:38). Tan grande fue su tristeza que sintió que lo mataría si aumentaba.

Jesús tuvo toda la gama de emociones humanas. Se «maravilló» por la fe del centurión (Mt 8:10). Lloró de aflicción por la muerte de Lázaro (Jn 11:35). Oró con corazón lleno de emoción, porque «en los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión» (He 5:7).

El autor de Hebreos también nos dice: «Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen» (He 5:8-9). Sin embargo, si Jesús nunca pecó, ¿cómo pudo «aprender obediencia»? Evidentemente conforme Jesús crecía, él, como todos los demás niños, pudo ir asumiendo más responsabilidad cada vez. Mientras más años tenía, más demandas podían imponerle su padre y su madre en términos de obediencia, y más difíciles las tareas que su Padre celestial podía asignarle para que las desempeñara en la fuerza de su naturaleza humana. Con cada tarea cada vez más difícil, incluso cuando incluía sufrimiento (como He 5:8 especifica), la capacidad moral de Jesús, su capacidad de obedecer en circunstancias cada vez más difíciles, aumentaba. Podemos decir que su «espalda moral» se fortaleció mediante ejercicios cada vez más difíciles. Sin embargo en todo esto jamás pecó.

3. Impecabilidad. Aunque el Nuevo Testamento claramente afirma que Jesús fue plenamente humano tal como nosotros somos, también afirma que Jesús fue diferente en un aspecto importante: Fue sin pecado, y nunca cometió pecado alguno durante su vida. Algunos han objetado que si Jesús no pecó, no era verdaderamente humano, porque todos los seres humanos pecan. Pero esa objeción olvida que los seres humanos están ahora en una situación anormal. Dios no nos creó pecadores, sino santos y justos. Adán y Eva en el huerto del Edén, antes de pecar, eran verdaderamente humanos, y nosotros ahora, aunque humanos, no igualamos el patrón que Dios quiere para nosotros cuando nuestra plena humanidad sin pecado sea restaurada.

La impecabilidad de Jesús se enseña frecuentemente en el Nuevo Testamento. Vemos que Satanás no pudo tentar a Jesús con éxito, y fracasó, después de cuarenta días, cuando trató de persuadirlo para que pecara: «Así que el diablo, habiendo agotado todo recurso de tentación, lo dejó hasta otra oportunidad» (Lc 4:13). También no vemos en los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) ninguna evidencia de algo malo de parte de Jesús. A los judíos que se le oponían, Jesús les preguntó: «¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?» (Jn 8:46), y no recibió respuesta.

Las afirmaciones de la impecabilidad de Jesús son más explícitas en el Evangelio de Juan. Jesús hizo esta asombrosa proclama: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8:12). Si entendemos que la luz es símbolo de veracidad y pureza moral, aquí Jesús está afirmando ser la fuente de la verdad, la pureza moral y la santidad en el mundo. Es una afirmación impresionante que sólo podía hacer alguien que estaba libre de pecado. Todavía más, con respecto a la obediencia a su Padre celestial, siempre hacía «lo que le agrada» (Jn 8:29; el tiempo presente da el sentido de actividad continua: «Siempre estoy haciendo lo que le agrada»). Al fin de su vida Jesús pudo decir: «Yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15:10). Es significativo que cuando llevaron a Jesús ante Pilato para que lo juzgara, a pesar de las acusaciones de los judíos, Pilato solo pudo concluir: «Yo no encuentro que éste sea culpable de nada» (Jn 18:38).

Cuando Pablo habla de que Jesús vino a vivir como hombre se cuida de no decir que tomó «carne pecadora», sino más bien dice que Dios envió a su Hijo «en condición semejante a nuestra condición de pecadores» (Ro 8:3). Luego se refiere a Jesús como el «que no cometió pecado alguno» (2 Co 5:21). El autor de Hebreos afirma que Jesús fue tentado pero simultáneamente insiste en que no pecó: Jesús es «uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado» (He 4:15). Es un sumo sacerdote que es «santo, irreprochable, puro, apartado de los pecadores y exaltado sobre los cielos» (He 7:26). Pedro habla de Jesús como «de un cordero sin mancha y sin defecto» (1 P 1:19), usando la figura del Antiguo Testamento para decir que estaba libre de toda contaminación moral. Pedro directamente afirma: «Él no cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca» (1 P 2:22). Cuando Jesús murió, fue «el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios» (1 P 3:18). Y Juan, en su primera Epístola, le llama «Jesucristo, el Justo» (1 Jn 2:1), y dice que «él no tiene pecado» (1 Jn 3:5). Es difícil negar, entonces, que la impecabilidad de Cristo se enseña claramente en todas las secciones principales del Nuevo Testamento. Ciertamente fue hombre pero sin pecado.

El hecho de que Jesús fue tentado «en todo» (He 4:15) tiene gran significación para nuestra vida. Por difícil que nos parezca comprenderlo, la Biblia afirma que en estas tentaciones Jesús creció en capacidad para comprendernos y ayudarnos en nuestras tentaciones. «Por haber sufrido él mismo la tentación, puede socorrer a los que son tentados» (He 2:18). El autor pasa luego a conectar la capacidad de Jesús para comprender nuestras debilidades y el hecho de que él fue tentado como nosotros: «Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos» (He 4:15-16).

Esto tiene aplicación práctica para nosotros: En toda situación en que estemos luchando contra la tentación debemos reflejar la vida de Cristo y preguntarnos si no estamos en una situación similar a la que él enfrentó. Por lo general, después de reflexionar por un momento o dos, podremos pensar en algún caso en la vida de Cristo en el que él enfrentó tentaciones que, aunque no exactamente iguales en todo detalle, fueron muy similares a las situaciones que nosotros enfrentamos hoy.

4. ¿Pudo Cristo haber pecado? La pregunta que a veces se formula es: «¿Era posible que Cristo pecara?» Algunos arguyen la impecabilidad de Cristo, en la que la palabra impecable quiere decir «incapaz de pecar». Otros objetan que si Jesús no era capaz de pecar, sus tentaciones no eran válidas, porque, ¿cómo puede una tentación ser válida si la persona tentada de todos modos no puede pecar?

Para responder a esta pregunta debemos distinguir lo que la Biblia afirma claramente, por un lado, y por el otro, lo que es más por naturaleza especulación de parte nuestra. (1) La Biblia afirma sin lugar a dudas que Cristo nunca pecó (vea la explicación que dimos antes). No debe haber duda alguna en nuestra mente respecto a este hecho. (2) También afirma que Jesús fue tentado y que las tentaciones fueron reales (Lc 4:2). Si creemos lo que dice la Biblia, debemos insistir en que Cristo «ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado» (He 4:15). (3) También debemos afirmar con la Biblia que «Dios no puede ser tentado por el mal» (Stg 1:13). Pero aquí la pregunta se vuelve difícil: Si Jesús era plenamente Dios y plenamente hombre (y explicaremos más adelante que la Biblia clara y repetidamente enseña esto), ¿no deberíamos afirmar también que (en algún sentido) Jesús «no pudo ser tentado por el mal»?

Estas afirmaciones explícitas de la Biblia nos presentan un dilema similar a otros varios dilemas doctrinales en los que la Biblia parece enseñar cosas que son, si no directamente contradictorias, por lo menos muy difíciles de combinar en nuestro entendimiento. En este caso no tenemos una contradicción real. La Biblia no nos dice que «Jesús fue tentado» y que «Jesús no fue tentado» (una contradicción si «Jesús» y «tentado» se usan exactamente en el mismo sentido en ambas oraciones). La Biblia nos dice que «Jesús fue tentado» y que «Jesús fue plenamente hombre» y que «Jesús fue plenamente Dios» y que «Dios no puede ser tentado». Esta combinación de enseñanzas de la Biblia deja abierta la posibilidad de que conforme comprendemos la manera en que la naturaleza humana de Jesús y su naturaleza divina actúan juntas, podamos entender más de la manera en que pudo ser tentado en un sentido y sin embargo, en otro sentido, no ser tentado. (Esta posibilidad se considerará más adelante.)

En este punto pasamos más allá de las claras afirmaciones de la Biblia e intentamos sugerir una solución al problema de si Cristo pudo haber pecado o no. Pero es importante que reconozca que lo que vamos a hacer es más bien sugerir una combinación de varias enseñanzas bíblicas y no cuenta con el respaldo de afirmaciones explícitas de la Biblia. Con esto en mente, es apropiado que digamos:4 (1) Si la naturaleza humana de Jesús hubiera existido por sí misma, independiente de su naturaleza divina, habría sido una naturaleza humana tal como la que Dios le dio a Adán y a Eva. Habría sido libre de pecado pero así y todo capaz de pecar. (2) Pero la naturaleza humana de Jesús nunca existió aparte de la unión con su naturaleza divina. Desde el momento de su concepción, existió como verdadero Dios y también como verdadero hombre. Su naturaleza humana y su naturaleza divina estaban unidas en una persona. (3) Aunque hubo algunas cosas (tales como sentir hambre o sed, o sentirse débil) que Jesús experimentó en su naturaleza humana y no en su naturaleza divina (véase más adelante), un acto de pecado habría sido un acto moral que evidentemente habría incluido tanto su naturaleza humana como su naturaleza divina. (4) Pero si Jesús como persona hubiera pecado, incluyendo tanto su naturaleza humana como divina en el pecado, Dios mismo habría pecado y habría dejado de ser Dios. Sin embargo, esto es claramente imposible debido a la infinita santidad de la naturaleza de Dios. (5) Por consiguiente, parece que si preguntamos si en realidad era posible que Jesús pecara, debemos concluir que no era posible. La unión de su naturaleza humana y divina en una persona lo prevenía.

Pero la pregunta subsiste: «¿Cómo entonces pudieron ser válidas las tentaciones de Jesús?» El ejemplo de la tentación de cambiar las piedras en pan es útil en este respecto. Jesús tenía la capacidad, en virtud de su naturaleza divina, de realizar este milagro, pero si lo hubiera hecho, ya no habría estado obedeciendo a Dios Padre apoyándose solo en la fuerza de su naturaleza humana, y habría fallado en la prueba tal como Adán falló, y no habría ganado nuestra salvación. Por consiguiente, Jesús no quiso apoyarse en su naturaleza divina para que la obediencia le fuera más fácil. De manera similar, parece apropiado concluir que Jesús le hizo frente a toda tentación a pecar, no con su poder divino, sino con la fuerza de su naturaleza humana sola (aunque, por supuesto, no estaba «solo» porque Jesús, al ejercer la clase de fe que los seres humanos deben ejercer, dependía perfectamente de Dios Padre y de Dios Espíritu Santo en todo momento).

La fuerza moral de su naturaleza divina fue una clase de «red protectora» que habría prevenido que pecara, en todo caso (y por consiguiente podemos decir que no era posible que él pecara), pero él no se apoyó en la fuerza de su naturaleza divina para que le fuera más fácil enfrentar las tentaciones, y su negativa a convertir las piedras en pan al principio de su ministerio es una clara indicación de esto.

¿Fueron entonces reales las tentaciones? Muchos teólogos han destacado que solo el que resiste victoriosamente una tentación hasta el fin siente plenamente la fuerza de esa tentación. Así como un campeón de levantamiento de pesas que con éxito levanta y sostiene sobre su cabeza el peso más pesado en la competencia siente la fuerza del mismo más plenamente que el que intenta levantarlo y lo deja caer, todo creyente que ha enfrentado la tentación y salido triunfante al fin sabe que es mucho más difícil que ceder a ella de inmediato. Lo mismo con Jesús: Toda tentación que enfrentó, la enfrentó hasta el fin, y triunfó sobre ella. Las tentaciones fueron tentaciones de verdad, aunque no cedió a ninguna; de hecho, las sufrió al máximo porque no cedió a ellas.

5. ¿Por qué fue necesaria la plena humanidad de Jesús? Cuando Juan escribió su primera epístola, circulaba en la Iglesia una enseñanza herética que aducía que Jesús no fue humano. Esta herejía llegó a conocerse como el docetismo, del verbo griego dokeo, «parecerse, parecer ser»; esta posición sostiene que Jesús no fue realmente un hombre sino que parecía serlo. Tan seria fue esta negación de la verdad en cuanto a Cristo, que Juan pudo decir que era una doctrina del anticristo: «En esto pueden discernir quién tiene el Espíritu de Dios: todo profeta que reconoce que Jesucristo ha venido en cuerpo humano, es de Dios; todo profeta que no reconoce a Jesús, no es de Dios sino del anticristo» (1 Jn 4:2-3). El apóstol Juan entendió que negar la verdadera humanidad de Cristo era negar algo que estaba en la misma médula del cristianismo, así que si alguno negaba que Jesús había venido en la carne, el tal no venía de parte de Dios.

Al examinar todo el Nuevo Testamento, vemos varias razones por las que Jesús tenía que ser plenamente hombre para poder ser el Mesías y ganar nuestra salvación. Aquí se mencionan dos de las razones más vitales.

a. Para obediencia representativa. Como observamos en el capítulo sobre el pecado, Adán fue representante nuestro en el huerto del Edén, y por su desobediencia Dios nos consideró igualmente culpables.5 De manera similar, Jesús fue representante nuestro y obedeció por nosotros en donde Adán desobedeció y fracasó. Vemos esto en los paralelos entre la tentación de Jesús (Lc 4:1-13) y el tiempo de prueba de Adán y Eva en el huerto (Gn 2:15—3:7). También esto se refleja claramente en la explicación de Pablo de los paralelos entre Adán y Cristo: «Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos. Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:18-19).

Por eso Pablo puede llamar a Cristo «el último Adán» (1 Co 15:45) y llamar a Adán el «primer hombre» y a Cristo el «segundo hombre» (1 Co 15:47). Jesús tenía que ser hombre a fin de ser nuestro representante y obedecer en lugar nuestro.

b. Para ser sacrificio sustituto. Si Jesús no hubiera sido hombre, no hubiera podido morir en nuestro lugar y pagar la pena que nosotros debíamos pagar. El autor de Hebreos nos dice que: «Ciertamente, no vino en auxilio de los ángeles sino de los descendientes de Abraham. Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar [más exactamente, “en propiciación por”] los pecados del pueblo» (He 2:16-17; cf. v. 14). Jesús tuvo que hacerse hombre, y no ángel, porque Dios se interesaba en salvar a los hombres, no en salvar ángeles. Pero para hacer esto «era preciso» que fuera hecho como nosotros en todo, para que pudiera ser «la propiciación» a nuestro favor, un sacrificio aceptable como sustituto nuestro. A menos que Cristo haya sido plenamente hombre, no podía haber muerto para pagar la pena de los pecados del hombre. No podía haber sido el sacrificio sustituto por nosotros.

Hay también otras razones por las que la humanidad de Jesús era necesaria. Jesús tenía que ser plenamente hombre tanto como plenamente Dios para poder cumplir el papel de mediador entre Dios y el hombre (cf. 1 Ti 2:5). La verdad de que Jesús fue hombre y experimentó tentaciones le permitió entendernos más plenamente como «sumo sacerdote» nuestro (He 2:18; cf. 4:15-16). La humanidad de Jesús también nos provee un ejemplo y patrón para nuestras vidas (cf. 1 Jn 2:6; 1 P 2:21). Todas estas razones apuntan a la vital importancia de afirmar que Jesús no fue sólo plenamente Dios sino también plenamente hombre y por eso pudo asegurar plenamente nuestra salvación.

B. La deidad de Cristo

Para completar la enseñanza bíblica acerca de Jesucristo, debemos afirmar no sólo que fue plenamente humano, sino también que fue plenamente divino. Aunque la palabra no ocurre explícitamente en la Biblia, la Iglesia ha usado el término encarnación para referirse al hecho de que Jesús fue Dios en carne humana. La encarnación fue el acto de Dios Hijo por el que tomó una naturaleza humana. La prueba bíblica de la deidad de Cristo es muy extensa en el Nuevo Testamento. La examinaremos bajo varias categorías.

1. Afirmaciones bíblicas directas. En esta sección examinaremos afirmaciones bíblicas directas de que Jesús es Dios y de que es divino.

a. La palabra Dios (teos) se aplica a Cristo. Aunque la palabra teos, «Dios», en el Nuevo Testamento por lo general se reserva para Dios Padre, hay varios pasajes en los que también se usa para referirse a Jesucristo. En todos estos pasajes, «Dios» se usa en fuerte sentido para referirse al Creador del cielo y de la tierra, gobernador sobre todo. Estos pasajes incluyen Juan 1:1; 1:18 (en los manuscritos más antiguos y mejores); 20:28; Romanos 9:5; Tito 2:13; Hebreos 1:8 (citando el Sal 45:6); y 2 Pedro 1:1. Como algunos de estos pasajes ya se consideraron en detalle en el capítulo sobre la Trinidad,6 no repetiremos aquí esa consideración. Baste recordar que hay por lo menos estos siete pasajes claros en el Nuevo Testamento que explícitamente se refieren a Jesús como Dios.

Un ejemplo del Antiguo Testamento en que se aplica a Cristo el nombre Dios es el de un pasaje mesiánico conocido: «Porque nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo; la soberanía reposará sobre sus hombros, y se le darán estos nombres: Consejero admirable, Dios fuerte» (Is 9:6).

b. La palabra Señor (kurios) se aplica a Cristo. A veces la palabra Señor (gr. kurios) se usa simplemente como tratamiento de cortesía para un superior, más o menos como nuestro uso de «señor» en español (vea Mt 13:27; 21:30; 27:63; Jn 4:11). A veces simplemente puede querer decir el «amo» de un sirviente o esclavo (Mt 6:24; 21:40). Sin embargo la misma palabra se usa en la Septuaginta (traducción al griego del Antiguo Testamento, que se usaba comúnmente en tiempo de Cristo) como traducción del hebreo YHVH, Yahvé, o (como se le traduce frecuentemente) «el SEÑOR», o «Jehová». La palabra kurios se usa para traducir el nombre del Señor 6.814 veces en el Antiguo Testamento en griego. Por consiguiente, toda persona que hablaba griego en los tiempos del Nuevo Testamento y que tenía algún conocimiento del Antiguo Testamento en griego habría reconocido que, en contextos en donde era apropiado, la palabra Señor era el nombre del Creador y sustentador del cielo y de la tierra, el Dios omnipotente.

Hay varios casos en el Nuevo Testamento en donde «Señor» se aplica a Cristo y se puede entender sólo en este fuerte sentido del Antiguo Testamento: «el Señor» es Yahvé o Dios mismo. Este uso de «Señor” es muy impactante en la palabra del ángel a los pastores de Belén: «Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2:11). Aunque estas palabras nos son bien conocidas debido a la lectura frecuente de la historia de navidad, debemos darnos cuenta de lo sorprendente que esto debe haber sido para cualquier judío del primer siglo al oír que alguien nacido en Belén era el «Cristo» (o «Mesías»),7 y todavía más, que este Mesías también era «el Señor»; o sea, el Señor Dios mismo.

Vemos otro ejemplo cuando Mateo dice que Juan el Bautista era el que clamaba en el desierto: «Voz de uno que grita en el desierto: “Preparen el camino para el Señor, háganle sendas derechas”» (Mt 3:3). Juan está citando Isaías 40:3, que habla del Señor Dios mismo que viene a su pueblo. Pero el contexto aplica este pasaje al papel de Juan en la preparación del camino para que Jesús venga. La implicación es que cuando Jesús llega, es el Señor mismo el que llega.

Jesús también se identificó como el Señor soberano del Antiguo Testamento cuando les preguntó a los fariseos sobre el Salmo 110:1: «Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”» (Mt 22:44). La fuerza de esta afirmación es que «Dios Padre le dijo a Dios Hijo (el Señor de David): “Siéntate a mi diestra…”» Los fariseos saben que él está hablando de sí mismo e identificándose como digno del título kurios del Antiguo Testamento, «Señor».

Tal uso se ve frecuentemente en las epístolas, en donde «el Señor» es un nombre común para referirse a Cristo. Pablo dice: «Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para el cual vivimos; y no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos» (1 Co 8:6: cf. 12:3, y muchos otros pasajes, tanto en las epístolas paulinas como en las generales).

c. Otras afirmaciones de deidad. Además de los usos de las palabras Dios y Señor para referirse a Cristo, tenemos otros pasajes que afirman fuertemente la deidad de Cristo. Cuando Jesús les dijo a sus oponentes judíos que Abraham había visto su día (el de Cristo), ellos le cuestionaron: «Ni a los cincuenta años llegas … ¿y has visto a Abraham?» (Jn 8:57). Aquí una respuesta suficiente para demostrar la eternidad de Jesús hubiera sido: «Antes de que Abraham fuera, yo era». Pero Jesús no dice eso. Más bien, hace una aseveración mucho más asombrosa: «Ciertamente les aseguro que, antes de que Abraham naciera, ¡yo soy!» (Jn 8:58). Jesús combinó dos aseveraciones cuya secuencia parecía no tener sentido: «Antes de que algo del pasado sucediera [Abraham naciera], algo que está en el presente sucedió [Yo soy]». Los líderes judíos reconocieron al instante que no estaba hablando en acertijos ni diciendo cosas sin sentido. Cuando dijo: «Yo soy», estaba repitiendo las mismas palabras que Dios usó para identificarse ante Moisés: «YO SOY EL QUE SOY» (Éx 3:14). Jesús estaba tomando para sí el título «YO SOY», por el cual Dios se autotitula el Eterno que existe, el Dios que es la fuente de su propia existencia y que siempre ha sido y siempre será. Cuando los judíos oyeron esta afirmación inusual, enfática, solemne, supieron que estaba afirmando que era Dios: «Entonces los judíos tomaron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió inadvertido del templo» (Jn 8:59).8

Otra fuerte declaración de deidad es la afirmación de Jesús al final de Apocalipsis: «Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (Ap 22:13). Cuando se combina esto con la afirmación de Dios Padre en Apocalipsis 1:8, «Yo soy el Alfa y la Omega», eso también constituye una fuerte afirmación de igual deidad con Dios Padre. Soberano sobre toda la historia y toda la creación, Jesús es el principio y el fin.

Evidencia adicional de las afirmaciones de deidad se pueden hallar en el hecho de que Jesús se autotitula «el Hijo del hombre». Este título se usa ochenta y cuatro veces en los cuatro evangelios, pero sólo lo usa Jesús y sólo para referirse a sí mismo (obsérvese, p. ej., Mt 16:13 con Lc 9:18). En el resto del Nuevo Testamento la frase «el Hijo del hombre» (con el artículo definido el) se usa sólo una vez, en Hechos 7:56, en donde Esteban se refiere a Cristo como el Hijo del hombre. Este único término tiene como trasfondo la visión de Daniel 7, en donde Daniel vio a uno como «hijo del hombre» que «vino al Anciano de Días» y «se le dio autoridad, poder y majestad. ¡Todos los pueblos, naciones y lenguas lo adoraron! ¡Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino jamás será destruido!» (Dn 7:13-14) Es impresionante que este «hijo de hombre» venga «con las nubes del cielo» (Dn 7:13). Este pasaje habla claramente de uno que tenía origen celestial y al que se le dio dominio eterno sobre todo el mundo. Los sumos sacerdotes no se perdieron este punto de este pasaje cuando Jesús les dijo: «De ahora en adelante verán ustedes al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes del cielo» (Mt 26:64). La referencia a Daniel 7:13-14 fue inconfundible, y los sumos sacerdotes y el concilio supieron que Jesús estaba afirmando ser el gobernador mundial de origen celestial de que hablaba Daniel en su visión. De inmediato ellos dijeron: «¡Ha blasfemado! … Merece la muerte» (Mt 26:65-66). Aquí Jesús finalmente dijo explícitamente las fuertes afirmaciones de dominio mundial eterno que anteriormente había insinuado en su uso frecuente del título «el Hijo del hombre» que se aplicaba a sí mismo.

Aunque el título «Hijo de Dios» se puede usar a veces sencillamente para referirse a Israel (Mt 2:15), o al hombre como creado por Dios (Lc 2:38), o al hombre redimido en general (Ro 8:14,19,23), hay con todo instancias en que la frase «Hijo de Dios» se refiere a Jesús como el Hijo celestial y eterno que es igual a Dios mismo (vea Mt 11:25-30; 17:5; 1 Co 15:28; He 1:1-3,5,8). Esto es especialmente cierto en el Evangelio de Juan, en donde se ve a Jesús como el Unigénito del Padre (Jn 1:14,19,34,49) que revela plenamente al Padre (Jn 8:19; 14:9). Como Hijo es tan grande que nosotros podemos confiar en él en cuanto a la vida eterna (algo que no se podría decir de ningún ser creado; Jn 3:16,36; 20:31). También es el que tiene toda la autoridad del Padre para dar vida, dictar juicio eterno y gobernar sobre todo (Jn 3:36; 5:20-22,25; 10:17; 16:15). Como Hijo ha sido enviado por el Padre, y por consiguiente existió antes de venir al mundo (Jn 3:37; 5:23; 10:36).

Estos pasajes se combinan para indicar que el título de «Hijo de Dios» cuando se le aplica a Cristo afirma fuertemente su deidad como Hijo eterno en la Trinidad, igual a Dios Padre en todos sus atributos.

2. Evidencia de que Jesús poseía atributos de deidad. Además de la afirmación específica de la deidad de Jesús en los muchos pasajes citados anteriormente, vemos muchos ejemplos en los hechos de Jesús durante su vida que apuntan a su carácter divino.

(a) Jesús demostró su omnipotencia cuando calmó la tormenta del mar con una palabra (Mt 8:26-27), multiplicó los panes y los peces (Mt 14:19), y cambió el agua en vino (Jn 2:1-11).

(b) Jesús afirmó su eternidad cuando dijo: «Ciertamente les aseguro que, antes de que Abraham naciera, ¡yo soy!» (Jn 8:58), o «Yo soy el Alfa y la Omega» (Ap 21:13).

(c) La omnisciencia de Jesús se demuestra porque él sabía los pensamientos de la gente (Mr 2:8) y sabía «desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que iba a traicionarlo» (Jn 6:64). El conocimiento de Jesús era mucho más extenso que la información que la gente podía recibir mediante el don de profecía, porque incluso sabía la creencia o incredulidad que había en el corazón de toda persona (véase Jn 2:25; 16:30).

(d) El atributo divino de omnipresencia no se afirma directamente ser cierto de Jesús durante su ministerio terrenal. Sin embargo, al mirar al tiempo en que la Iglesia sería establecida, Jesús pudo decir: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18:20). Es más, antes de dejar la tierra dijo a los discípulos: «Les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28:20).

(e) Jesús poseía soberanía divina, un tipo de autoridad que posee solamente Dios, y se ve en el hecho de que pudo perdonar pecados (Mr 2:5-7). A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento que declaraban «Así dice el SEÑOR», él podía poner como prefacio a sus afirmaciones la frase «Pero yo les digo» (Mt 5:22,28,32,34,39,44); afirmación asombrosa de su propia autoridad. Podía hablar con la autoridad de Dios mismo porque era plenamente Dios.

(f) Otra clara afirmación de la deidad de Cristo es el hecho de que se le cuenta como digno de adoración, algo que no sucede con ninguna otra criatura, ni siquiera con los ángeles (véase Ap 19:10), sino sólo con Dios. Sin embargo, la Biblia dice de Cristo que «por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil 2:9-11). De modo similar, Dios ordena a los ángeles que adoren a Cristo, porque leemos: «Además, al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice: “Que lo adoren todos los ángeles de Dios”» (He 1:6).

3. ¿Dejó Jesús a un lado algunos de sus atributos divinos mientras estaba en la tierra (teoría kenótica)? Pablo escribió a los Filipenses: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;» (Fil 2:5-7). Partiendo de este pasaje, varios teólogos del siglo diecinueve abogaron por una noción novedosa de la encarnación llamada «teoría kenótica», que sostiene que Cristo dejó a un lado algunos de sus atributos divinos mientras estaba en la tierra como hombre. (La palabra kenosis tiene su raíz en el verbo griego kenoo, que generalmente quiere decir «vaciar», y se traduce «se despojó a sí mismo» en Fil 2:7, RVR.) Según esta teoría, Cristo «se vació a sí mismo» de algunos de sus atributos divinos, tales como omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia, mientras estaba en la tierra como hombre. Esto se veía como la limitación voluntaria a la que Cristo se sometió a fin de cumplir la obra de redención.

Bajo un examen más detenido, podemos ver que Filipenses 2:7 no dice que Cristo «se haya vaciado de ciertos poderes» ni que «se haya vaciado de atributos divinos» ni parecido. Más bien, el pasaje describe lo que Jesús hizo en este «vaciarse»: No lo hizo descartando alguno de sus atributos, sino «tomando forma de siervo», o sea, viniendo a vivir como hombre, y «al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Fil 2:8). Por tanto, el contexto mismo interpreta este «vaciarse» como equivalente de «humillarse» y tomar una posición y estatus bajo. Este vaciamiento incluye función y estatus, no atributos esenciales ni naturaleza. Quiere decir que asumió un papel humilde.

El contexto más amplio de este pasaje también deja bien clara esta interpretación. El propósito de Pablo ha sido persuadir a los filipenses a que «no hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos» (Fil 2:3), y continúa diciéndoles: «Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás» (Fil 2:4). Para persuadirlos a ser humildes y poner primero los intereses de los demás, Pablo apunta a Cristo como el ejemplo supremo de quien hizo precisamente eso: Puso los intereses de los demás primero y estuvo dispuesto a dejar algo del privilegio y estatus que eran suyos como Dios. Pablo quiere que los filipenses imiten a Cristo. Pero con certeza no está pidiéndoles a los creyentes filipenses que «dejen a un lado» o «descarten» su inteligencia, o su fuerza, o su habilidad y se vuelvan una versión disminuida de lo que eran. Más bien, les está pidiendo que pongan primero los intereses de los demás: «Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás» (Fil 2:4).

Por consiguiente, la mejor manera de entender este pasaje es considerar que habla de que Jesús dejó su estatus y privilegio que eran suyos en el cielo: «No consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse» (o «aferrarse para provecho propio»), sino que «se despojó a sí mismo» o «se humilló a sí mismo» por amor a nosotros, y vino a vivir como hombre. Jesús habla en otro lugar de la «gloria» que tuvo con el Padre «antes de que el mundo existiera» (Jn 17:5), gloria que había dejado e iba a recibir de nuevo cuando volviera al cielo. Pablo pudo hablar de Cristo que «aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre» (2 Co 8:9), hablando de nuevo del privilegio y honor que merecía pero que temporalmente cedió por nosotros.

La «teoría de la kenosis», por consiguiente, no es una noción correcta de Filipenses 2:5-7. Es más, si la teoría de la kenosis fuera cierta (y esta es una objeción fundamental contra ella), no podríamos afirmar que Jesús fue plenamente Dios mientras estaba aquí en la tierra. La teoría kenótica a fin de cuentas niega la plena deidad de Jesucristo y le hace algo menos que plenamente Dios.

4. Conclusión: Cristo es plenamente divino. El Nuevo Testamento afirma una vez tras otra la plena y absoluta deidad de Jesucristo. Lo hace en cientos de versículos específicos que llaman a Jesús «Dios», «Señor», e «Hijo de Dios», así como en los muchos versículos que usan otros títulos de deidad para referirse a Cristo, y en los muchos pasajes que le atribuyen hechos o palabras que pueden ser ciertos sólo de Dios. «Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud» (Col 1:19), y «Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo» (Cil 2:9). En una sección anterior ya explicamos que Jesús es real y plenamente hombre. Ahora concluimos también que es real y plenamente Dios. Legítimamente, su nombre es «Emanuel», o sea, «Dios con nosotros» (Mt 1:23).

5. ¿Por qué fue necesaria la deidad de Cristo? En la sección previa mencionamos varias razones por las que fue necesario que Jesús fuera plenamente hombre a fin de ganar nuestra redención. Aquí es apropiado que reconozcamos que es de crucial importancia insistir también en la plena deidad de Cristo, no sólo porque la Biblia la enseña muy claramente, sino también porque (1) solamente alguien que fuera Dios infinito podía llevar la plena pena de todos los pecados de todos los que creerían en él; una criatura finita hubiera sido incapaz de llevar esa pena; (2) la salvación es del Señor (Jn 2:9), y todo el mensaje de la Biblia está diseñado para mostrar que ningún ser humano, ninguna criatura, jamás hubiera podido salvar al hombre; sólo Dios mismo; y (3) solamente alguien que fuera real y plenamente Dios podía ser el único mediador entre Dios y el hombre (1 Ti 2:5), tanto para llevarnos de regreso a Dios como también para revelarnos a Dios más plenamente (Jn 14:9).

Por lo tanto, si Jesús no es plenamente Dios, no tenemos salvación y no hay cristianismo. No es accidente que en toda la historia los grupos que han descartado la creencia en la plena deidad de Cristo no han durado mucho tiempo dentro de la fe cristiana, y se han descarriado a los tipos de religión representados por el unitarismo en los Estados Unidos y en otras partes. «Todo el que niega al Hijo no tiene al Padre» (1 Jn 2:23). «Todo el que se descarría y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza sí tiene al Padre y al Hijo» (2 Jn 9).

C. La encarnación: Deidad y humanidad en la sola persona de Cristo

La enseñanza bíblica de la plena deidad y humanidad de Cristo es tan extensa que ambas han sido creídas desde los primeros tiempos de la historia de la Iglesia. Pero una comprensión precisa de cómo la plena deidad y la plena humanidad pudieron combinarse en una persona se fue formulando gradualmente en la Iglesia, y no alcanzó su forma final sino en la Definición de Calcedonia en el año 451 d.C. Antes de ese punto se propusieron varios conceptos inadecuados de la persona de Cristo, y todos fueron rechazados. Uno de ellos, el arrianismo, que sostenía que Jesús no era plenamente divino, lo estudiamos en el capítulo sobre la doctrina de la Trinidad.9 Pero otros tres que a la larga fueron rechazadas como heréticos se deben mencionar en este punto.

1. Tres conceptos inadecuados de la persona de Cristo.

a. Apolinarismo. Apolinario, que llegó a ser obispo de Laodicea alrededor del año 361 d.C., enseñaba que la persona de Cristo tenía cuerpo humano pero no mente humana ni espíritu humano, y que la mente y espíritu de Cristo procedían de la naturaleza divina del Hijo de Dios. Este concepto está representado en la figura 14.1

Pero las ideas de Apolinario fueron rechazadas por los dirigentes de la Iglesia de ese tiempo, quienes se dieron cuenta de que no era simplemente nuestro cuerpo humano lo que necesitaba salvación y necesitaba estar representado por Cristo en su obra redentora, sino también nuestra mente y nuestro espíritu (o alma): Cristo tenía que ser plena y verdaderamente hombre para poder salvarnos (He 2:17). Varios concilios de la Iglesia rechazaron el apolinarismo, desde el Concilio de Alejandría en 362 d.C. hasta el Concilio de Constantinopla en 381 d.C.

b. Nestorianismo. El nestorianismo es la doctrina de que había dos personas separadas en Cristo, una persona humana y una persona divina, enseñanza que es distinta del concepto que ve a Jesús como una sola persona. El nestorianismo se puede diagramar como la figura 14.2.

Nestorio fue un predicador popular de Antioquía, y desde el año 428 d.C. fue obispo de Constantinopla. Aunque Nestorio mismo probablemente nunca enseñó la noción herética de lleva su nombre (la idea de que Cristo era dos personas en un cuerpo, antes que una sola persona), por una combinación de varios conflictos personales y una buena dosis de política eclesiástica lo sacaron de su cargo de obispo y condenaron sus enseñanzas.

Es importante comprender por qué la Iglesia no podía aceptar la idea de que Cristo tenía dos personas distintas. En ninguna parte de la Biblia tenemos indicación alguna de que la naturaleza humana de Cristo, por ejemplo, sea una persona independiente, que pudiera hacer algo contrario a la naturaleza divina de Cristo. En ninguna parte tenemos la menor indicación de que la naturaleza humana y la divina se comunicaban entre sí, o luchaban dentro de Cristo, ni cosa parecida. Más bien, lo que tenemos es un cuadro constante de una sola persona que actúa en totalidad y unidad. Jesús siempre habla de «yo», y no de «nosotros», aunque se podía referir a sí mismo y al Padre como «nosotros» (Jn 14:23). La Biblia siempre habla de Jesús como «él» y no como «ellos». Y aunque podemos a veces distinguir hechos de su naturaleza divina y hechos de su naturaleza humana a fin de ayudarnos a entender algunas de las afirmaciones y hechos registrados en las Escrituras, la Biblia misma no dice que «la naturaleza humana de Jesús hizo esto», ni que «la naturaleza divina de Jesús hizo lo otro», como si fueran dos personas separadas, sino que siempre habla de lo que hizo la persona de Cristo. Por consiguiente, la Iglesia continuó insistiendo que Jesús era una sola persona, aunque poseía tanto una naturaleza humana como una naturaleza divina.

c. Monofisismo (Eutiquianismo). Un tercer concepto inadecuado es el monofisismo, según el cual Cristo tenía sólo una naturaleza (gr. monos, «una», y fisis, «naturaleza»). El principal personaje que abogó por esta noción en la Iglesia primitiva fue Eutico (ca. 378–454 d.C.), que era dirigente de un monasterio en Constantinopla. Eutico enseñaba el error opuesto del nestorianismo, porque negaba que la naturaleza humana de Cristo y su naturaleza divina siguieron siendo plenamente humana y plenamente divina. Sostenía más bien que la naturaleza divina de Cristo se apoderó y absorbió la naturaleza humana de Cristo, y así ambas naturalezas cambiaron para llegar a ser una especie de tercera naturaleza. Una analogía del eutiquianismo se puede ver si ponemos una gota de tinta en un vaso de agua: La mezcla resultante no es ni tinta pura ni agua pura, sino una clase de tercera sustancia, una mezcla de las dos en la que tanto la tinta como el agua sufrieron cambios. De modo similar, Eutico enseñaba que Jesús era una mezcla de elementos humanos y divinos y que ambos de alguna manera fueron modificados para formar una nueva naturaleza. Esto se puede representar con la figura 14.3.

  

El monofisismo también causó gran preocupación en la Iglesia, y con razón, porque mediante esta doctrina Cristo no era ni verdadero Dios ni verdadero hombre. Y si esto hubiera sido así, no pudiera representarnos como hombre ni pudiera ser verdadero Dios y ganar nuestra salvación.

2. La solución a la controversia: La Definición de Calcedonia de 451 d.C. En un intento por resolver los problemas que surgieron por las controversias acerca de la persona de Cristo, se convocó un gran concilio de la Iglesia en la ciudad de Calcedonia, cerca de Constantinopla (la moderna Estambul), del 8 de octubre al 1o de noviembre de 451 d.C. La declaración resultante, llamada Definición de Calcedonia, era guardián contra el apolinarismo, el nestorianismo y el eutiquianismo. Desde entonces, las ramas católica romana, protestante y ortodoxa del cristianismo la ha tomado como la definición estándar y ortodoxa de la enseñanza bíblica sobre la persona de Cristo.

La declaración no es larga y se puede citar en su totalidad.

Nosotros, por tanto, siguiendo a los santos padres, con el asentimiento de todos, enseñamos a los hombres a confesar a uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, igualmente perfecto en deidad y también perfecto en humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, de un solo razonable [racional] alma y cuerpo; consustancial con el Padre de acuerdo a la Deidad, y consustancial con nosotros conforme a la humanidad; en todo como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de las edades conforme a la Deidad, y en estos últimos días, por nosotros y para nuestra salvación, nacido de la virgen María, Madre de Dios, según la humanidad; uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, ser reconocido en dos naturalezas, inconfundiblemente, inmutablemente, indivisiblemente, inseparablemente; la distinción de las naturalezas de ninguna manera es quitada por la unión, sino más bien la propiedad de cada naturaleza es preservada, y concurre en una Persona y una Subsistencia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, unigénito, Dios, Verbo, Señor Jesucristo, como los profetas desde el principio [han declarado] respecto a él, y el Señor Jesucristo mismo nos ha enseñado, y según el Credo de los santos padres que nos ha sido entregado.

Contra la noción de Apolinario de que Cristo no tenía mente humana ni alma, tenemos la afirmación de que era «verdaderamente hombre, de un alma y cuerpo razonable … consustancial con nosotros conforme a la humanidad; en todo como nosotros».

En oposición a la noción del nestorianismo de que Cristo tenía dos personas unidas en un cuerpo, tenemos las palabras «indivisiblemente, inseparablemente, … concurre en una Persona y una Subsistencia, no partida ni dividida en dos personas».

Contra la noción del eutiquianismo de que Cristo tenía sólo una naturaleza y que su naturaleza humana se perdió en la unión con la naturaleza divina, tenemos las palabras «ser reconocido en dos naturalezas, inconfundiblemente, inmutablemente … la distinción de las naturalezas de ninguna manera es quitada por la unión, sino más bien la propiedad de cada naturaleza es preservada». Las naturalezas humana y divina no se confundieron ni cambiaron cuando Cristo se hizo hombre, sino que la naturaleza humana siguió siendo una naturaleza verdaderamente humana, y la naturaleza divina siguió siendo una naturaleza verdaderamente divina.

La figura 14.4 puede ser útil para mostrarnos esto, en contraste a los diagramas anteriores. Indica que el Hijo eterno de Dios tomó para sí una naturaleza verdaderamente humana, y que las naturalezas humana y divina de Cristo siguen siendo distintas y retienen sus propias propiedades, aunque están eterna e inseparablemente unidas en una persona.

3. Combinación de textos bíblicos específicos sobre la deidad y humanidad de Cristo.

Cuando examinamos el Nuevo Testamento, como lo hicimos antes en las secciones sobre la humanidad y deidad de Jesús, hay varios pasajes que parecen difíciles de combinarse (¿cómo pudo Jesús ser omnipotente y sin embargo débil? ¿Cómo pudo él dejar el mundo y sin embargo estar presente en todas partes? ¿Cómo pudo él aprender cosas y a la vez ser omnisciente?). En su lucha por entender estas enseñanzas, la Iglesia finalmente produjo la Definición de Calcedonia, que habla de las dos naturalezas distintas de Cristo que retienen sus propias propiedades y sin embargo permanecen juntas en una sola persona. Esta distinción, que nos ayuda a entender los pasajes bíblicos antes mencionados, también parece exigida por esos pasajes.

a. Una naturaleza hace algunas cosas que la otra no hace. Si estamos dispuestos a afirmar la Definición de Calcedonia en cuanto a que «la propiedad de cada naturaleza es preservada» en la persona de Cristo, es necesario distinguir entre las cosas que hizo la naturaleza humana de Cristo pero no su naturaleza divina, o que hizo su naturaleza divina pero no su naturaleza humana.

Por ejemplo, cuando hablamos de la naturaleza humana de Jesús, podemos decir que ascendió al cielo y ya no está en el mundo (Jn 16:28; 17:11; Hch 1:9-11). Pero con respecto a su naturaleza divina, podemos decir que Jesús está presente en todas partes: «Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18:20); «les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28:20); «El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él» (Jn 14:23). Así que podemos decir que ambas cosas son ciertas de la persona de Cristo; él ha regresado al cielo y está también presente con nosotros.

De manera similar, podemos entender que en su naturaleza humana Jesús murió (Lc 23:46; 1 Co 15:3). Pero con respecto a su naturaleza divina, no murió, sino que pudo resucitarse a sí mismo de los muertos (Jn 2:19; 10:17-18; He 7:16). Sin embargo, debemos dar una nota de precaución: Es cierto que cuando Jesús murió, su cuerpo físico murió y su alma humana (o espíritu) se separó de su cuerpo y pasó a la presencia de Dios Padre en el cielo (Lc 23:43,46). De esta manera experimentó una muerte que es como la que nosotros los creyentes experimentaremos si morimos antes de que Cristo vuelva. No es correcto decir que la naturaleza divina de Cristo murió, ni que pudo morir, si «morir» significa cesación de actividad, cesación de conciencia o disminución de poder. No obstante, en virtud de su unión con la naturaleza humana de Jesús, su naturaleza divina de alguna manera saboreó algo de lo que era atravesar la muerte. La persona de Cristo experimentó la muerte. Es más, parece difícil entender cómo la naturaleza humana de Jesús sola pudo haber soportado la ira de Dios contra los pecados de millones de personas. Parece que la naturaleza divina de Jesús de alguna manera participó en llevar esa ira contra el pecado que nos merecíamos (aunque la Biblia en ninguna parte afirma esto explícitamente). Por consiguiente, aunque la naturaleza divina de Jesús no murió, Jesús atravesó la experiencia de la muerte como persona completa, y tanto su naturaleza humana como su naturaleza divina participaron en esa experiencia. Más allá de eso, la Biblia no nos permite decir más.

La distinción entre la naturaleza humana de Jesús y su naturaleza divina también nos ayuda a entender las tentaciones de Jesús. Con respecto a su naturaleza humana, ciertamente que fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado (He 4:15). Con respecto a su naturaleza divina, sin embargo, no fue tentado, porque Dios no puede ser tentado por el mal (Stg 1:13).

b. Todo lo que una de sus naturalezas hace, lo hace toda la persona de Cristo. En la sección previa he mencionado varias cosas que hizo una de las naturalezas de Cristo y no la otra. Ahora debemos afirmar que todo lo que es cierto de la naturaleza humana o de la naturaleza divina, es cierto de toda la persona de Cristo. Por eso Jesús pudo decir: «Antes de que Abraham existiera, YO SOY» (Jn 8:58). No dice: «Antes de que Abraham existiera, existía mi naturaleza divina», porque puede hablar de cualquier cosa que hace su naturaleza divina sola o su naturaleza humana sola como algo que él hizo.

En la esfera humana, esto es por cierto verdad de nuestra conversación también. Si escribo una carta, no le digo a la gente: «Mis dedos escribieron una carta y los dedos de mis pies no tuvieron nada que ver con ella» (aunque eso es verdad). Más bien, les digo a las personas: «Yo escribí la carta». Esto es cierto porque todo lo que hace una parte de mí, es hecha por .

Por tanto, «Cristo murió por nuestros pecados» (1 Co 15:3). Aunque sólo su cuerpo humano dejó de vivir y dejó de funcionar, fue de todas maneras Cristo como persona quien murió por nuestro pecado. Esto es simplemente una manera de afirmar que lo que se puede decir de una naturaleza o de la otra, se puede decir de la persona de Cristo.

Por consiguiente, es correcto que Jesús diga: «Voy a dejar el mundo» (Jn 16:28), o «Ya no estoy en el mundo» (Jn 17:11), pero al mismo tiempo decir: «Estoy con ustedes siempre» (Mt 28:20). Todo lo que hace una u otra naturaleza de Cristo, lo hace la persona de Cristo.

c. Conclusión. Al final de esta larga consideración, tal vez sea fácil para nosotros perder de vista lo que enseña la Biblia. Es con mucho el más maravilloso milagro de la Biblia, mucho más asombroso que la resurrección y más asombroso incluso que la creación del universo. El hecho de que el Hijo de Dios infinito, omnipotente, eterno, pudo hacerse hombre y unirse a una naturaleza humana para siempre, para que el infinito Dios fuera una persona con el hombre finito, seguirá por toda la eternidad como el más profundo milagro y el más profundo misterio del universo.

JUAN 1:14

Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

CAD-IBVH, Estudio

El Señor JesuCristo

En los temas anteriores hemos estado considerando la doctrina del pacto de gracia, y hemos recalcado el hecho de que dicho pacto, en sus dos dispensaciones, señala a la Persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Ahora llegamos al comienzo de la consideración de la doctrina bíblica concerniente a Él. No es éste el punto de partida, y por eso hemos estudiado todos los temas anteriores, pero sí es el centro de toda la doctrina bíblica. Tampoco es el fin, pues es Dios el Padre quien ostenta el principio,  (en la creación del universo, en la programación de la historia y el gobierno del mundo, en la redención de la humanidad pecadora, y en la aplicación de dicha redención mediante su Santo Espíritu) y a Quien se dirigen todas las cosas. En Juan 14:6 podemos ver que Cristo es el único camino para llegar al Padre, pero eso mismo nos indica que la meta es el Padre, y no Él. Y en 1ª Cor. 15:27-28, (donde debemos tener claras las referencias al Padre y al Hijo), el apóstol escribe que Dios el Padre será todo en todos, sin necesidad de camino ni de ninguna clase de intermediarios, debido a lo que también indica en el v. 24. Una vez acabado el gran conflicto entre el bien y el mal y reducidos todos los enemigos, Cristo entregará el reino al Dios y Padre, cumpliéndose entonces  Isa. 54:13.

Así que no es Cristo ni el principio ni el fin, pero sí es el centro. Es el centro del universo, Col. 1:15-17. Es también el centro de la historia y, como hemos visto varias veces, toda la historia señala hacia Él; lo que sucedió antes de Él señalaba hacia delante, y todo lo que ha sucedido después señala hacia atrás; la fecha de su nacimiento divide a la historia en dos mitades, a.C. y d.C., y es esa misma fecha la que fija nuestro calendario; hay una historia que va desde el paraíso perdido hasta la cruz, y otra que mirará hacia atrás desde el paraíso recuperado hasta la misma Cruz, Apo. 22:1 (el Cordero). Podemos incluso considerar a Cristo como el centro de la geografía, ya que en el juicio de las naciones, Mat. 25:31-46, Apo. 20:11-5, (para unos es el mismo trono; para otros, son dos tronos, dos momentos y dos lugares) la humanidad quedará dividida en dos, con Cristo en el centro.

Finalmente, Cristo es el centro de la vida cristiana, lo cual puede verse en la repetición de las palabras en Cristo” o en Juan 15:1-7. Al comienzo, el Espíritu Santo nos bautiza y nos incorpora a la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, 1ª Cor. 12:13, Gal. 3:27. De este cuerpo Cristo es la Cabeza, Efe. 1:22-23; 4:12-16. Así, el cristiano se hace una sola carne con Cristo, siendo Él el esposo, Efe. 5:23-32, 2ª Cor. 11:2. Por dicha unión el cristiano participa de la posición de Cristo, quedando identificado con Él en Su muerte, Rom. 6:1-11, en Su sepultura, en Su resurrección, Col. 3:1, en Su ascensión a los cielos, Efe. 2:6, en Su reinado, 2ª Tim. 2:12, y en Su gloria, Rom. 8:17. Y, finalmente, el cristiano tiene a su alcance el poder de la resurrección de Cristo, Fil. 3:10, el cual será pleno cuando el Señor venga, Fil. 3:20-21, pero ahora sirve para su crecimiento con vistas a llegar a la estatura de la plenitud de Cristo, Efe. 4:13.

Todos los motivos, pues, nos obligan a considerar esta doctrina, dejando la Biblia muy claro que toda la esencia del cristianismo depende de la Persona del Señor Jesucristo. Y en este tema vamos a tratar una serie de generalidades sobre dicha Persona y Su obra.

1) Diferencia del cristianismo con otras religiones: Sin entrar en detalles que serían interminables, lo que podemos afirmar es que Cristo es el centro del cristianismo de un modo que no se da en ninguna otra religión. Es Él Quien separa la fe cristiana de todas las demás religiones. En ellas, sus fundadores, aunque son importantes, no son absolutamente esenciales. Aunque Buda no hubiera existido, podría haber budismo, y una persona puede ser fiel budista sin saber nada de Buda. De igual modo, podría haber islam si Mahoma no hubiera vivido, y una persona puede ser fiel mahometano sin tener nada que ver con la persona de Mahoma. En otras religiones lo que importa es la enseñanza, y la persona no es esencial, pero el cristianismo es la única religión del mundo que se basa en la Persona del Fundador, Juan 14:9; 10:30. En otras religiones otras personas podían haber hecho lo mismo que sus fundadores y la enseñanza no se habría alterado, pero no es éste el caso de la fe cristiana.

El cristianismo es Cristo mismo; no sólo es central, sino que es vital y, por tanto, no puede haber cristianismo sin una relación personal con ese Señor Jesucristo. Muchas personas se llaman cristianas y no lo son porque Cristo no es esencial para ellos; muchas personas pueden ser buenas sin mencionar al Señor Jesucristo, y eso no es cristianismo. Para el cristianismo Cristo es vital y si la  verdad concerniente a Él se elimina, toda la postura se derrumba. La fe cristiana se centra en Cristo: Quién es, qué ha hecho, y qué nos ha posibilitado a nosotros, lo cual nos obliga a tener muy claras en nuestras mentes todas estas cosas.

Hay así una exclusividad y una intolerancia en el cristianismo, Mat. 12:30; Gal. 1:7-9, pues la Verdad es clara y está perfectamente definida. No es suficiente con decir “ creo en Cristo”, sino que hemos de saber qué creemos acerca de Él y saber toda la enseñanza acerca de Él. Con este fin se escribieron los cuatro Evangelios y algunas cartas, para conocer exactamente la verdad acerca del Señor Jesucristo. Ya en el siglo I había toda clase de falsas historias: los llamados Evangelios apócrifos, donde se recogían cosas que había hecho y dicho y que nunca en realidad habían sucedido; las herejías de todo tipo en relación con Su persona, (la primera carta de Juan se escribió para contrarrestar la falsa doctrina que negaba que Jesucristo hubiera venido en carne), etc.

Por tanto, hemos de tener claras ciertas cosas y hemos de pensar también en los errores que se han cometido y que debemos evitar, y aunque trataremos de temas grandes y misteriosos que nos exigen la máxima atención, habremos de hacerlo porque en caso contrario seremos totalmente antibíblicos. Repito, no es suficiente con decir “ creo en Cristo”, pues la Biblia nos advierte acerca de los falsos maestros y de los peligros para el alma que suponen las enseñanzas erróneas concernientes a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Es importante saber lo que creemos acerca de Él: ¿era sólo un hombre?; ¿Era sólo Dios?; ¿Se encarnó verdaderamente?; ¿Qué es lo que hizo?; ¿Para qué murió?, etc.,  son todas preguntas cuyas respuestas hemos de tener claras, Mat. 21:10; Juan 8:25; 10:24; Mat. 16:13, 15. No podemos estar junto a otros llamados cristianos a los cuales no les interesan los detalles sino sólo decir “ creo en Jesucristo”, pues de este modo son innumerables los “cristos”.

Más aún, no sólo es lo que se recoge en la Biblia, pues si leemos la historia de la Iglesia cristiana en los tres o cuatro primeros siglos, veremos que las herejías no paraban de surgir, y la Iglesia tuvo que reunirse varias veces para definir o rechazar ciertas ideas en relación con el Señor Jesucristo. Discusiones y concilios fueron frecuentes con el fin de salvaguardar la doctrina primordial de la persona y la obra del Señor Jesucristo. Y en los últimos tiempos se ha hablado de él como un profeta, un inconformista, un rebelde, un fustigador de la hipocresía religiosa, un promotor de la justicia social, un amigo de pobres y marginados, un ejemplo perfecto de hombre o un ejemplo de hombre perfecto, un genio religioso insuperable, un comunista, un capitalista, etc.

Y si esto ha sido así y valoramos nuestras almas y nuestra salvación, debemos dedicar tiempo y tener deseos de poseer cada vez conceptos más claros en estos temas para ser capaces de dar a los demás razón de la esperanza que hay en nosotros, 1ª Ped. 3:15.

En un escrito anónimo titulado “Cristo el Incomparable”, se recoge:

Bajó del seno del Padre al seno de una mujer. Se vistió de humanidad para que nosotros pudiésemos vestirnos de divinidad. Se hizo el Hijo del Hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos de Dios. Llegó del cielo, donde los ríos jamás se hielan, los vientos nunca soplan, nunca la gélida brisa enfría el aire, y las flores no se marchitan jamás. Allí nadie tiene que llamar al médico, porque allí nadie está jamás enfermo. No hay sepultureros ni tampoco cementerios, porque allí nadie se muere, nadie es jamás enterrado.

Nació contra las leyes de la naturaleza, vivió en pobreza, fue criado en oscuridad. No poseyó riquezas ni utilizó influencias, como tampoco fue a colegios ni dispuso de profesores particulares. Sus familiares eran desconocidos y sin relieve social.

En su infancia asustó a un rey; en su adolescencia desconcertó a los doctores; en su madurez subyugó el curso de la naturaleza, caminó sobre las olas y sosegó el mar embravecido. Curó sin medicina a las multitudes y no requirió emolumentos por sus servicios.

Nunca escribió un sólo libro, pero en las bibliotecas de todo el mundo no cabrían los libros que pudieran escribirse sobre Él. Nunca compuso un cántico, pero su persona ha servido de tema de inspiración para más cánticos que los de todos los compositores juntos.

Nunca fundó un colegio, pero ni entre todas las escuelas juntas pueden jactarse de tener tantos estudiantes como Él tiene. Nunca practicó la medicina, pero Él ha sanado más corazones quebrantados que cuerpos quebrantados hayan podido curar los médicos. Nunca dirigió un ejército, ni destacó un soldado, ni disparó un fusil; pero ningún jefe ha tenido bajo su mando más voluntarios, ni ha obligado a más rebeldes a deponer las armas y rendirse sin disparar un sólo tiro. Herodes no pudo matarle; Satanás no pudo seducirle; la muerte no pudo destruirle; el sepulcro no pudo retenerle.

Se despojó de su manto de púrpura, para vestirse la blusa de artesano. Era rico, pero por nosotros se hizo pobre. ¿Hasta qué punto? ¡Preguntádselo a María! ¡Preguntádselo a los magos! Durmió en un pesebre ajeno, cruzó el lago en una barca ajena, montó en un asno ajeno, fue sepultado en una tumba ajena. Todos fracasaron, mas Él nunca. Él es siempre perfecto, señalado entre diez mil. Todo Él es codiciable” .

Y la pregunta que nos podemos hacer es la siguiente: “¿Cómo es tu Cristo?”.  Y para tener clara la respuesta hemos de considerar con detenimiento lo que nos dice la Biblia acerca de Su persona y Su obra.

2) Cristo es el cumplimiento de todas las profecías del A.T., tal como leemos en 2ª Cor. 1:20. Todo converge en Él; todo se resume en Él, y aunque no podemos recorrer todas esas promesas con detalle, destacaremos algunas más importantes, unas ya vistas y otras que aún no hemos considerado.

Es el cumplimiento de la promesa dada en el huerto del Edén, Gen. 3:15. También de la que se dio Abrahám en Gen. 12:3-7 confirmada en Gal. 3:8, 16. (Abrahám vio el día de Cristo, Juan 8:56). De igual modo la tenemos en Gen. 49:10, (Juan 12:32), hecho histórico que se cumplió con la venida del Señor Jesucristo, tras la cual, en el año 70, fue destruida Jerusalén y expulsados los judíos desapareciendo para siempre el cetro de Judá. E igualmente, la última frase leída se cumplió también con Él, pues todas las naciones han venido a Él. De modo similar,  Num. 24:17.

También tenemos la importante profecía de Dan. 9:24-26. En ella, la palabra semana es una semana de años, es decir: 49 años antes que la ciudad fuera reconstruida, lo cual sucedió exactamente; otras 62 semanas, 434 años, tras los cuales aparecería el Mesías, lo cual también sucedió. Y luego se nos dice que moriría y que serían destruidas la ciudad y el santuario, cosas que también sucedieron.

Debemos considerar también una serie de profecías respecto a su nacimiento: además de las citadas de Gen. 49:10 y Dan. 9:25, podemos ver Hag. 2:7, 9, (Él no apareció en la primera casa pero sí en la segunda), Mal. 3:1; Miq. 5:2; Jer. 23:5-6; (de la tribu de Judá y de la casa de David), Isa. 7:14, (algunos hablan hoy de una joven en vez de una virgen, pero no es ninguna señal el que una mujer joven tenga un hijo; Mat. 1:22-23 lo confirma).

También hemos leído en Malaquías que Su venida sería precedida por la de un mensajero, y sabemos que Juan el Bautista lo fue.

Así que todas las profecías confluyen en Él y se han cumplido en Él. Pero no sólo eso: nunca se podrán cumplir en ningún otro, y esto es muy importante saberlo si algún día discutimos con algún judío. Las genealogías de las tribus y las familias judías se han perdido para siempre, de modo que en un futuro será imposible demostrar si alguien dice que es el Mesías. No se puede rastrear ninguna genealogía en la forma en que se ha hecho con nuestro Salvador Jesucristo, y de ahí la importancia de las mismas en todo el A.T. y después en los Evangelios de Mateo y Lucas.

Hay también otra serie de profecías que señalan las características que tendría el Mesías cuando viniera. Habría de ser un rey y el conquistador de un reino universal: Sal. 2:6; 45:6-7 (comparar con Heb. 1:8-9); Isa. 9:6-7. Habría de ser también, paradójicamente, “ varón de dolores”, Isa. 53:3. Y como no se comprendieron ambas cosas, sus compatriotas no Le reconocieron. Buscaban al rey, pero olvidaron al siervo sufriente, y la profecía combinaba ambas cosas, como también lo hace nuestro Señor: el Hijo de José, para sufrir, y el Hijo de David, para triunfar.

Sería, asimismo, “ luz de las naciones”, algo sorprendente para los judíos y que se les dijera a los judíos, Isa. 42:6; 60:3.  Tendría un ministerio en Galilea, Isa. 9:1-2; Mat. 4:12-16. Su muerte sería vicaria (en lugar de otro) y sustitutiva (en beneficio de otro), Isa. 53: 3-8. Entraría en Jerusalén sobre un asno, Zac. 9:9, lo cual se cumplió, Juan 12:12-15. Sería vendido por 30 piezas de plata y con ellas se compraría un terreno, Zac. 11:12-13; Mat. 27:3-7. Sería abandonado por los Suyos, Zac. 13:7; Mat. 26:31. Echarían suertes sobre Su túnica, Sal. 22:18; Mat. 27:35. Le darían a beber vinagre, Sal. 69:21; Mat. 27:48. Diría ciertas palabras en la cruz, Sal. 22:1; Mat. 27:46. Sus manos y Sus pies serían traspasados, Sal. 22:16; Zac. 12:10; Juan 19:37. Le herirían en el costado, Zac. 12:10; Juan 19:34-37. Y, finalmente, en Isa. 53:9 se indica que con los ricos sería en Su muerte, lo cual se cumplió al ser sepultado en la tumba de José de Arimatea, Juan 19:38. Después, Su resurrección y ascensión a los cielos también se profetizaron: Sal. 16:10; Hec. 2:25-31; Sal. 110; Hec. 2:34-35.

Y hay también un gran grupo de profecías concerniente a  Su obra: como Profeta, Deu. 18:18, como Sacerdote, Isa. 53:10; Dan. 9:24, y como Rey, Dan. 2:31-35; 44-45, aspectos en los cuales habremos de detenernos.

En definitiva, haremos bien en atender el propio mandato del Señor en Juan 5:39 para que nuestros ojos no estén velados como los de sus propios discípulos, y podemos prestar atención en todo el N.T. cuando lo leamos para comprobar las veces que el mismo Señor y los apóstoles, tanto en los Evangelios como en las cartas, citan el A.T.