Amplia tu perspectiva

Súbete sobre un monte alto.” Isa 40.9

Nuestro conocimiento del Señor es parecido a subir a una de nuestras montañas galesas. Cuando estás al pie de la montaña ves muy poco, y la montaña misma parece ser la mitad de alta de lo que es en realidad. Encerrado en un pequeño valle, ves poca cosa más que los riachuelos murmurando hacia el pie de la montaña. Sube al primer montículo y verás como el valle se alarga y se ensancha a tus pies. Sube un poco más y podrás ver el campo unos siete u ocho kilómetros a tu alrededor, y te deleitas en esta perspectiva ampliada. Sube un poco más, y la escena se engrandece; hasta que finalmente, cuando has llegado a la cumbre, y miras hacia el este, oeste, norte y sur, puedes ver casi toda Inglaterra bajo tus pies. Allí hay un bosque en algún condado lejano, quizás a trescientos kilómetros, y aquí está el mar, y allí un río vibrante y las chimeneas humeantes de una ciudad industrial, o los mástiles de los barcos en un gran puerto. Todas estas cosas te encantan y te dices a ti mismo, “Nunca habría imaginado que pudiera ver todo esto a esta altura.”

Ahora bien, la vida cristiana es igual. Cuando creemos en Cristo al principio vemos poco acerca de Él. Y cuanto más ascendemos, más podemos ver de su belleza. Pero, ¿quién ha llegado nunca a la cima? ¿Quién ha conocido todas las alturas y profundidades del amor de Cristo que sobrepasa todo entendimiento? Pablo, habiendo ya envejecido, canoso y sentado temblando en una prisión en Roma, podía decir con más énfasis del que nosotros podemos usar, “Yo sé a quién he creído,” porque cada experiencia en su vida había sido como subir una colina, cada prueba había sido como llegar a otra cima, y su muerte parecía ser la llegada a la cima más alta, desde donde podía ver la totalidad de la fidelidad y el amor de Aquel a quién había encomendado su alma. Súbete, amigo mío, sobre un monte alto.

Torta no vuelta

Efraim fue torta no vuelta.” Oseas 7.8

Una torta no vuelta está cruda de un lado, y así era Efraim, en muchas áreas, intacto por la gracia de Dios; aunque había obediencia parcial, había aún mucha rebelión. Alma mía, te ruego, mira a ver si este es tu caso también. ¿Estás por completo en las cosas de Dios? ¿Ha llegado la gracia al mismo centro de tu ser y has sentido su obra divina en todas tus habilidades, tus acciones, tus obras y tus pensamientos? Ser santificado, en espíritu, alma y cuerpo, debería ser tu objetivo y oración, y aunque la santificación no puede ser completa en ningún área de tu vida, sí que debe ser universal en su acción; no puede haber la apariencia de santidad por un lado y que el pecado reine en otro lado; sino tú también eres una torta no vuelta.

Una torta no vuelta se quema bien rápido por el lado que da al fuego, y aunque nadie puede tener demasiada religión, hay algunos que parecen estar calcinados con celo y tenacidad sobre una verdad que han recibido o se han carbonizado con una ostentación vanagloriosa similar a la de los Fariseos acerca de aquellas obras religiosas que les parecen importantes. La presunta apariencia de una santidad superior muy a menudo va acompañada de la ausencia total de piedad verdadera. El santo en público es un demonio en privado. Trabaja con harina de día y con hollín de noche. La torta que está quemada por un lado es masa cruda por el otro.

Si es así en mi vida, Señor, ¡dame la vuelta! Vuelve mi naturaleza no santificada sobre el fuego de tu amor y que sienta ese calor sagrado, y que mi lado quemado se enfríe un poco mientras aprendo acerca de mis debilidades y la necesidad de ese calor cuando me alejo de tu llama celestial. Que no sea hallado un hombre de doble ánimo, sino que esté por completo bajo la influencia poderosa de tu gracia reinando en mí, pues sé muy bien, que si permanezco una torta no vuelta, y no soy objeto de tu gracia por ambos lados, podría bien ser quemado para siempre en el fuego eterno.

La tarde y la mañana

Y fue la tarde y la mañana un día.” Gen 1.5

¿Es que fue así incluso des del principio? ¿La luz y las tinieblas ya dividían el tiempo en el primer día? Entonces no es de extrañar que yo experimente también cambios en mis circunstancias que me lleven del resplandor del sol al mediodía a la densa oscuridad de la noche. No tendré siempre la intensa luz del mediodía en lo que concierne a mi alma, debo ser consciente que a veces tendré que llorar por la ausencia del gozo que he tenido en el pasado y buscar a mi Amado en la noche. Y no es que esté solo en esto, ya que todos aquellos a quien el Señor ama han tenido que cantar con el tono mezclado de prueba y misericordia, de tribulación y libertad, de duelo y de reposo. Es una de las cosas que Dios mismo ha diseñado: que el día y la noche no cesen, ni física ni espiritualmente, hasta que lleguemos a la tierra de la que se dice “allí no hay luz.” Lo que nuestro Padre celestial ordena es sabio y bueno.

¿Qué es lo mejor que puedes hacer entonces, alma mía? Primero aprende a contentarte con este orden divino, y está dispuesto a, como Job, recibir el mal de la mano del Señor igual que el bien. Después estudia, para que puedas regocijarte tanto en el tiempo de la mañana como en la tarde. Alaba al Señor por el sol de la mañana cuando se levanta, y por la oscuridad de la tarde cuando cae. Hay belleza tanto en el amanecer como en el atardecer, canta acerca de ello y glorifica al Señor. Al igual que el ruiseñor, ofrece una canción al Señor a todas horas. Cree que la noche es tan útil como el día. El rocío de la gracia cae abundantemente en la noche del dolor. Las estrellas de las promesas brillan más fuerte en la oscuridad de la pena. Persevera en tu servicio a pesar de los cambios. Si en el día tu lema es trabajar, en la noche que sea velar. Cada hora tiene su deber, sigue con tus responsabilidades como siervo del Señor hasta que Él aparezca repentinamente en su gloria. Alma mía, la tarde de la vejez y la muerte se acercan; no temas, pues ambas son parte del día; y el Señor ha dicho, “lo cubriré todo el día.”

La Oración

“He aquí, él ora.” Hechos 9.11

Nuestras oraciones suben al cielo instantaneamente. En el momento en que Saulo empezó a orar, Dios le oyó. Aquí hay consuelo para el alma turbada, pero que ora. A menudo, un alma pobre y de corazón quebrantado dobla sus rodillas, pero no puede mas que emitir suspiros y lágrimas; pero ese gemido ya ha hehco vibrar todas las harpas del cielo; Dios ha recogido esa lágrima y la ha guardado en el lacrimatorio del cielo. “Pon mis lágrimas en tu redoma” implica que Dios recoge nuestras lágrima conforme éstas fluyen. El Altísimo entenderá bien al alma suplicante cuyo miedo detiene sus palabras. Quizá solo puede mirar al cielo con ojos llorosos; pero la oración es la caída de esa lágrima. Las lágrimas son los diamantes del cielo, los suspiros son parte de la música de la corte de Jehová, y se enumeran entre los sonidos más sublimes que alcanzan la suprema Majestad. No pienses que tu oración, por débil y temblorosa, no será oída. La escalera de Jacob es noble, pero nuestras oraciones descansan sobre el Ángel del pacto y ascenderán más allá de las estrellas. Nuestro Dios no solo escucha la oración, sino que también se deleita en escucharla. “No se olvidó del clamor de los afligidos.” Cierto, Él no presta atención a la mirada altiva y las palabras nobles; no da importancia a la pompa y el boato de los reyes; no escucha el sonido tremendo de la música marcial; no presta atención al triumfo y orgullo del hombre; pero dondequiera que haya un corazón en gran dolor, o un labio que tiemble con agonía, o un profundo gemido, o un suspiro penitente, el corazón de Jehová se abre; lo marca en el registro de su memoria. Él pone nuestras oraciones, como pétalos de rosa, entre las páginas de su libro de recuerdos, y cuando éste se abra al fin, habrá una dulce fragrancia que ascienda al trono de la gracia.

“Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo.” II Cron. 30.27

La oración es el recurso infalible del creyente, en cualquier situación o caso difícil. Cuando no puedes usar la espada, puedes usar el arma de la oración. Tu pólvora puede estar húmeda, y tu arco flojo, pero el arma de la oración nunca puede estar “fuera de servicio.” Leviatán se ríe de la jabalina, pero tiembla a la oración. La espada y la lanza se estropean, pero la oración nunca se oxida, y cuando a nosotros nos parece más desafilada es cuando corta mejor. La oración es una puerta abierta que nadie puede cerrar. Pueden rodearte demonios por todos lados, pero el camino arriba está siempre abierto, y mientras ese camino no esté obstruido, no caerás en manos del enemigo. La oración no está nunca fuera de temporada: en invierno y en verano, su mercancía es preciosa. La oración consigue audiencia con el cielo en la oscuridad de la noche, en medio del trabajo, en el calor del mediodía y en las sombras del atardecer. En cualquier condición, sea pobreza, o enfermedad, u obscuridad, o calumnia, o duda, tu Dios siempre recibirá tu oración y la responderá desde su Lugar Santísimo. La oración no es en ningún caso futil. La oración verdadera es verdadero poder. Quizá no consigas siempre lo que pides, pero siempre recibirás lo que de verdad necesitas. Cuando Dios no responde a sus hijos conforme a la letra, lo hace conforme al espíritu. Si pides harina con manteca, ¿te vas a enfadar por que Dios te de la harina más fina? Si pides salud física, ¿debes enfadarte si Dios usa esa enfermedad como cura de tus enfermedades espirituales? ¿No es mejor santificar la cruz que eliminarla? En esta noche, alma mía, no te olvides ofrecer tus peticiones, porque el Señor está listo para concederte tus deseos.

– C. H. Spurgeon