12BotellasdeLeche, Estudio

Sacerdotes que adoren y sirvan

SACERDOTES CRISTIANOS

Los israelitas del Antiguo Testamento eran una nación de soldados, Números 1:3.

Una de sus tribus era una tribu de trabajadores, los levitas, Números 1:50.

Una de las familias de esa tribu eran adoradores. Estos eran Aarón y sus hijos, los sacerdotes, Exodo 28:1; Números 3:3.

Estos sacerdotes eran distintos a los demás porque ponían sus tiendas en un lugar especial del campamento y porque sus vestidos eran diferentes de los de las demás personas. Comían cierta comida que los otros no comían. Dios les dio privilegios especiales y tenían que hacer un trabajo que estaba prohibido a los otros. Ve Exodo 28; Levítíco 7:6-10; Números 8:2; 10:8-11.

Sólo a los sacerdotes les estaba permitido entrar en la santa Presencia de Dios. Ellos entraban a El por la gente y salían a la gente por El. Ellos estaban entre Dios y la gente. Aarón era el único sumo sacerdote, y sus hijos los sacerdotes ordinarios. Sólo ellos ofrecían los sacrificios sobre el altar, y eran los únicos que podían entrar en el lugar santo del templo. Sólo ellos podían decidir si una persona tenía lepra o sí se había curado de esa terrible enfermedad.

Los sacerdotes del Antiguo Testamento son un cuadro de los sacerdotes verdaderos de hoy. ¿Quiénes son estos sacerdotes? Todos los creyentes verdaderos son sacerdotes. Lee los únicos versículos del Nuevo Testamento que enseñan acerca de este tema: 1 Pedro 2:5,9; Apocalipsis 1:5,6; 5:10. Los sacerdotes judíos no podían acceder a este puesto por su propia elección, o entrenamiento especial; sólo los que habían nacido en la familia de Aarón podían ser sacerdotes, Esdras 2:62.

Tampoco en la iglesia de Cristo se llega a ser sacerdote por elección personal o entrenamiento, sino que una persona se convierte en un sacerdote cuando cree en Cristo y es nacida de nuevo por medio del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12 y Efesios 4 hay unas listas de los dones que el Espíritu Santo da, pero el sacerdocio no figura entre ellos. Este no es un don, porque todos los creyentes verdaderos son sacerdotes. Otras personas se llaman sacerdotes, pero no lo son. Sólo la gente que pertenecía a la familia de Aarón eran sacerdotes entre los judíos, y ellos servían aquí, en la tierra, en un templo terrenal. Eran un cuadro de los sacerdotes de hoy en día. Sin embargo, hoy todos los que pertenecen a la familia de Dios son sacerdotes.

¿Cómo debemos adorar al Padre? Juan 4:24_____________________________

Como un sacerdote Santo, el cristiano ofrece sacrificios espirituales a Dios, 1 Pedro 2:5. Como un sacerdote del Rey, proclama los hechos maravillosos de Dios a los hombres, 1 Pedro 2:9. Por ejemplo, Pablo y Silas actuaron como sacerdotes santos en Hechos 16:25, y como sacerdotes del Rey en el versículo 31 del mismo capítulo. Otro ejemplo se encuentra en Hebreos 13. El versículo 15 nos habla de la actividad de los sacerdotes santos, y el versículo 16 acerca de los sacerdotes del Rey.

Hoy en día hay sacerdotes que usan ropa especial, y tienen privilegios y oficios especiales en sus iglesias. Estos sacerdotes siguen el ejemplo de los sacerdotes judíos. No hay semejantes sacerdotes entre los cristianos verdaderos hoy en día, porque todos los cristianos son sacerdotes, y todos tienen los mismos privilegios, y todos deben adorar a Dios. Aarón y sus hijos son un cuadro del Señor Jesucristo, el gran Sumo Sacerdote, y todo Su pueblo a quien El ha comprado con Su sangre preciosa.

ADORADORES

Pensemos acerca del significado, el lugar y el poder de la adoración.

El significado de la adoración

Una persona adora cuando su corazón está lleno de alabanza, mientras piensa acerca de lo que Dios es en Cristo. Adora a Dios el Padre y a Dios el Hijo porque ha sido librado del pecado por el sacrificio costoso de Cristo. Sólo los sacerdotes verdaderos del Nuevo Testamento pueden adorar.

Aclaremos que adorar y enseñar la Palabra de Dios son dos cosas distintas. La adoración sube al Padre, pero los que enseñan la Palabra de Dios lo hacen para ayudar a los hombres, es decir, viene de Dios a los hombres. Un creyente enseña a otros las verdades que él mismo ha recibido de Dios el Padre, por medio del Hijo, por el Espíritu Santo. Sin embargo, cuando adora, esa adoración sube por medio del Espíritu, por el Hijo, al Padre.

El lugar de la adoración

El pueblo de Israel adoraba a Dios en un edificio sobre la tierra y ofrecía diversas cosas como sacrificios. El creyente puede entrar directamente a la presencia de Dios para adorarle, y no tiene que estar en un edificio especial para hacerlo. Lee Hebreos 10:19-22 con cuidado. Los sacerdotes antiguos podían ofrecer sacrificios a Dios, y nosotros también lo podemos hacer. Debemos ofrecernos nosotros mismos a Dios, Romanos 12:1. Podemos también alabar a Dios con nuestras voces, y compartir nuestro dinero para ayudar a otros, Hebreos 13:15,16.

El poder para adorar

Podemos adorar sólo por medio del poder del Espíritu Santo, Filipenses 3:3. A El le gusta hacernos pensar en las glorias de Dios y de Cristo, en vez de pensar en nosotros mismos.

LOS SIERVOS DE DIOS EN LA IGLESIA

Los creyentes tienen que ser alimentados con la Palabra de Dios para poder caminar cerca del Señor. Cristo es la Cabeza de la Iglesia, y sólo El la alimenta y la cuida, Efesios 5:29. Lo hace por medio del Espíritu Santo, y dándole a ciertos creyentes el don de predicar y enseñar la Palabra de Dios, o de cuidar a los creyentes de otras maneras. Todos los creyentes son sacerdotes porque han nacido de nuevo, pero no todos los creyentes tienen el don de enseñar o predicar.

En Efesios 4:11-13 tenemos una lista de los dones dados a los cristianos hoy en día. Son evangelistas, pastores y maestros. (No tenemos apóstoles ni profetas hoy en día, pero todavía tenemos los libros que ellos escribieron.)

El Evangelista lleva las Buenas Nuevas de la salvación a los pecadores en todo el mundo. Felipe es un buen ejemplo de esto, Hechos 21:8.

El Pastor cuida a los que han sido salvados. Los trae a la iglesia local y los guía en los caminos de Dios.

 

Nunca leemos en el Nuevo Testamento que sólo un pastor fuera señalado para cuidar a una iglesia local, pero vemos que en los tiempos del Nuevo Testamento una iglesia podía tener varios pastores. Estos pastores son señalados por el Señor mismo, no por otros cristianos, y con amor cuidan al pueblo de Dios. Ve 1 Tesalonicenses 2:7,11.

El Maestro explica la Palabra de Dios de una manera ordenada, y así fortalece a los creyentes en la fe.

El Anciano es un hombre piadoso que conoce y anda con el Señor. Su trabajo es cuidar a la iglesia, 1 Timoteo 3:5; alimentar a los creyentes, 1 Pedro 5:2; y vigilar por ellos, Hechos 20:28-30. El anciano trabaja en la iglesia local, y algunos tienen el don de enseñar o predicar públicamente, 1 Timoteo 5:17. En cada iglesia del Nuevo Testamento había varios ancianos, Hechos 14:23; Tito 1:5.

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La Iglesia y la Biblia

Mucha gente, en realidad, no sabe lo que significa la palabra “iglesia”. Habla acerca de la Iglesia “Protestante” o la Iglesia “Católica”, o de diferentes ramas de la Iglesia Protestante, como la “Iglesia Metodista” o la “Iglesia Bautista”. Otros piensan que la Iglesia es el edificio en que los cristianos se reunen. La Biblia nunca usa la palabra “iglesia” con estos significados. Vamos a ver lo que dice la Palabra de Dios sobre este tema.

La palabra griega traducida “iglesia” es ecclesíá y significa una reunión de gente llamada de entre otra gente. En la Biblia, la Iglesia está compuesta de los que han sido llamados fuera del mundo para seguir al Señor Jesucristo. El mundo ha rechazado a Cristo y la Iglesia debe dar testimonio de El. Por lo tanto esta palabra nunca se refiere a la gente no salva, o a un edificio.

El Nuevo Testamento usa la palabra iglesia de dos maneras:

  1. Para refirirse a todos los creyentes en la tierra. Esta es la Iglesia que es llamada el Cuerpo de Cristo, Colosenses 1:18,24.
  2. Para refirirse a todos los creyentes en cierto sitio. Esta es la iglesia local.

 

LA IGLESIA EN TODO EL MUNDO

Pensemos acerca de cómo empezó la iglesia; quién puede pertenecer a la Iglesia; y cómo será en el futuro.

El principio de la Iglesia

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo; no existía en los tiempos del Antiguo Testamento. Se formó cuando el Espíritu Santo vino del cielo a vivir en los creyentes en el día de Pentecostés. Dios siempre planeó edificar Su Iglesia, pero este plan fue un secreto que El había escondido durante los siglos pasados, Efesios 3:9-11; Colosenses 1:24-26. Nuestro Señor fue el primero en contarlo y en Mateo 16:18 El dijo que iba a edificar Su Iglesia más tarde. Dijo, “Yo edificaré mi iglesia”. Esto muestra claramente que la Iglesia no estaba siendo edificada en aquel entonces. Este versículo y Mateo 18:17 son los únicos versículos en los cuatro evangelios que mencionan la Iglesia.

En Los Hechos capítulo 2 leemos acerca de la venida del Espíritu Santo, después de que Dios había glorificado al Señor Jesucristo a Su diestra, v. 33. No podía haber un Cuerpo de Cristo en la tierra hasta que la Cabeza estuviera en el cielo, Cristo no tomó Su lugar como Cabeza hasta que El resucitó de la muerte, y volvió al cielo. Estas cosas comprueban que el nacimiento de la Iglesia tuvo lugar en el día de Pentecostés. Lee Efesios 1:20-23.

¿Quién puede pertenecer a la Iglesia?

La Iglesia no es una organización, como una empresa o un gobierno. Es un cuerpo viviente hecho de muchos miembros, que son todos verdaderos creyentes. Esta verdad se explica plenamente en Efesios, donde la Iglesia es comparada con un cuerpo, 1:23 y con una esposa, 5:25. También está vista como un edificio en 2.20. Un cuerpo nos hace pensar en la vida; un edificio es un sitio en donde vivir; y una esposa nos recuerda el amor. El Espíritu Santo formó la Iglesia, 1 Corintios 12:13, y la da unidad, Efesios 4:3. Cristo es la Cabeza de la Iglesia, Colosenses 1:18, y la Palabra de Dios enseña a la Iglesia lo que debe hacer. Las epístolas de Pablo son especialmente importantes para la Iglesia.

¿Qué le pasará a la Iglesia en el futuro?

Dios ha planeado que la Iglesia comparta la gloria eterna de Cristo, y Cristo va a presentar a la Iglesia a Sí mismo en toda su belleza, sin ninguna imperfección, Efesios 5:27. Esto se llevará a cabo en la fiesta de las bodas del Cordero, cuando todos en el cielo se regocijarán. En aquel tiempo el Señor Jesucristo, el Esposo Divino, cosechará el fruto de todos Sus sufrimientos, y estará satisfecho, Apocalipsis 19:7-9.

LA IGLESIA LOCAL

La Palabra “iglesia” también es usada para refirirse a los creyentes en un sitio. Las Escrituras nunca la usan para creyentes de un país entero como “la Iglesia de México.” Leemos de las iglesias de Galacia, Gálatas 1:2; las iglesias de Dios en Judea, 1 Tesalonicenses 2:14; pero no la iglesia de Galacia o Judea. Ve 1 Corintios 11:16; Romanos 16:4,16.

Estas iglesias no son miembros de una organización que les dice lo que deben hacer, pero todas tienen la misma Cabeza, el Señor Jesucristo. Todas son guiados por el mismo Espíritu y tienen la misma obligación: deben testificar de Cristo y contar a otros las verdades de Dios, y brillar como luces entre la gente de este mundo, Filipenses 2:15,16.

¿Quiénes están en la iglesia local?

La asamblea en Filipos estaba compuesta por todos los que creyeron en el Señor Jesucristo, incluyendo los líderes de la iglesia y los ayudantes, Filipenses 1:1. Este versículo, y otras Escrituras, muestran claramente que una Asamblea de Dios incluye a todos los creyentes verdaderos en cualquier sitio. En el principio todos los creyentes de una localidad se congregaban en el mismo grupo, y así leemos de la iglesia que estaba en Corinto. Esto no ocurre hoy en día, porque muchos creyentes verdaderos están asociados con diferentes grupos, o denominaciones, cuyos pensamientos acerca de la adoración y otros puntos pueden ser muy diferentes. Sin embargo, todos los creyentes verdaderos en cualquier lugar componen la iglesia de Dios en ese sitio. Aún un grupo pequeño de creyentes reuniéndose en una casa puede ser llamado una iglesia. Ve 1 Corintios 16:19; Colosenses 4:15. Tal grupo no es llamada la iglesia de Dios allí, sino la iglesia en esa casa.

La iglesia en cualquier sitio se reune alrededor del Señor Jesucristo. El está en medio de dos o tres que se reunen en Su Nombre, Mateo 18:20.

El cuerpo de Cristo está compuesto de todos los creyentes verdaderos. Somos miembros de Su Cuerpo — la única clase de miembros que leemos en la Biblia. La Cena del Señor es un cuadro de esta unidad, 1 Corintios 10:16,17. El Espíritu Santo es capaz de guiar a los miembros de la iglesia local en adoración, y usarlos en la enseñanza de la Palabra de Dios.

Los ancianos son responsables de guiar los asuntos de la asamblea de una manera ordenada, y de juzgar a cualquier creyente que ha caído en pecado.

El propósito de la iglesia local

El candelero de oro en Apocalipsis 1:20 es un cuadro de la iglesia local. El oro habla de la justicia divina, y la lámpara nos recuerda que el propósito verdadero de una asamblea es ser luz y dar testimonio de Cristo en este mundo pecaminoso mientras El no está. El propósito de esa asamblea no es hacer de este mundo un lugar mejor donde vivir, sino hablarle a la gente del mundo acerca del Señor Jesucristo y la obra que El hizo en la cruz, para que todos los hombres puedan ser salvos. Por lo tanto, la asamblea debe dar testimonio a la gente entre quienes está situada, y debe mandar algunos cristianos a llevar el mensaje de la salvación a la gente de otros países.

 

El poder de la iglesia local

La iglesia local necesita el poder del Espíritu Santo, quien ayuda a cada creyente a adorar a Dios, Filipenses 3:3, y a testificar de Cristo, Hechos 4:31, 13:2; 1 Corintios 3:16. La iglesia local necesita el Espíritu Santo para ayudarla a seguir los principios que Dios nos ha dado en Su Palabra, y testificar de Cristo:

Lee otra vez lo que esta lección dice acerca de la iglesia local y de la iglesia entera en el mundo, y asegúrate que entiendes la diferencia. Después busca estos versículos y decide si se refiere a la iglesia local, o a la iglesia entera en todo el mundo.

1 Corintios 1:2____________________________
Efesios 3:10______________________________
Colosenses 4:15___________________________
1 Corintios 14:23__________________________
Colosenses 1:18___________________________

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COMO ORAR

La mayoría de la gente ora aunque no sabe cómo orar. Esto muestra que el hombre tiene espíritu y es diferente de los animales. Un hombre que tiene dificultades frecuentemente pide a Dios que le ayude, pero ningún animal lo hace. Aun los no creyentes oran a Dios cuando tienen dificultades, y a veces Dios les contesta y los libra. Lo hizo con los marineros que tiraron a Jonás al mar, Jonás 1:14-16. Dios oye las oraciones de todos los hombres cuando oran y Le confiesan sus pecados a El, Salmo 65:1,2. Sin embargo, sólo los verdaderos creyentes realmente pueden orar a su Padre, el todosabio, todoamante y todopoderoso Dios.

Ejemplos de oración

Hay muchos ejemplos de oración tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Los hombres empezaron a orar a Dios en los días de Set, Génesis 4:26, y en el último capítulo de la Biblia leemos que el Espíritu y la Esposa (la iglesia) orarán por la venida del Salvador, Apocalipsis 22:17,20. En los tiempos del Antiguo Testamento los profetas oraron, así como los sacerdotes y los reyes.

 

¿Quién estaba orando en los versículos siguientes? Escribe sus nombres en los espacios.

1. 1 Samuel 12:23 ______________________
2. Números 6:24-26 _____________________
3. 1 Crónicas 17:25 _____________________

Abraham oró, y también todos los líderes de Israel: Moisés, Josué, Salomón, Elías, Daniel y Nehemías.

En el Nuevo Testamento con frecuencia se veía al Señor hablando con Su Padre en oración. Lo encontramos orando siete veces en Lucas, el Evangelio que nos habla acerca de El como hombre. Durante toda Su vida, el Salvador oró a Su Padre. Lucas relata Su oración durante Su bautismo, Lucas 3:21, y cuando puso Su espíritu en las manos de Dios, Lucas 23:46. En el libro de los Hechos y en las 21 epístolas hay más ejemplos de oración.

El modelo de oración

El Señor Jesucristo nos dio un modelo perfecto en Mateo 6:9-13. El no nos propuso usar las palabras exactas de esta oración vez tras vez, y no leemos de los cristianos en la iglesia antigua haciéndolo. El Señor propuso esta oración como un modelo para enseñarnos varias cosas importantes:

  1. Debemos comenzar la oración adorando a Dios, v. 9.
  2. Debemos orar por la obra de Dios, antes de orar por nosotros mismos y nuestras necesidades e intereses; Venga tu reino, v. 10.
  3. Desde el principio debemos aceptar la respuesta de Dios a nuestra oración, aunque El escoga no hacer lo que pedimos; Hágase tu voluntad, v. 10.

 

Los principios de la oración

A los cristianos se les manda orar. No dejes de leer estos versículos: Mateo 7:7; 26:41; Juan 16:24; Filipenses 4:6; Santiago 1:5.

¿Cuándo debemos orar? Debemos orar siempre y en toda ocasión. Es maravilloso saber que Dios siempre oye nuestra oración. Lee 1 Tesalonicenses 5:17; Colosenses 4:2; Efesios 6:18.

¿Dónde debemos orar? Pablo dijo que los hombres deben orar en todas partes, 1 Timoteo 2:8.

¿Cómo debemos orar? Antes de morir Cristo en la cruz, la cortina o el velo del templo separaba a la gente de un Dios Santo, Lucas 1:10. Antes de eso Israel permanecía a distancia, mientras que Moisés se acercaba a la nube oscura donde estaba Dios, Exodo 20:21. Pero la cortina en el templo fue rasgada en dos partes cuando Cristo murió, y los creyentes ya no tienen que quedarse a una distancia. Dios ahora les invita a acercarse, Hebreos 10:19-22. Cada creyente ahora puede venir directo al Padre, a través del Hijo, por medio del Espíritu Santo, Efesios 2:18. Dios está satisfecho con el pago del pecado que hizo Cristo, y ahora podemos acercarnos a Su trono, y encontrar la gracia para ayudarnos cuando la necesitamos, Hebreos 4:16.

Podemos acercarnos confiadamente, pero también debemos venir humildemente, juzgándonos a nosotros mismos. Debemos recordar que nuestro Padre celestial es también el Dios Eterno, y que los que se acercan a El tienen que hacerlo con respeto y temor, Salmo 89:6,7 y con las manos limpias y el corazón puro, Salmo 24:3,4.

Romanos 8:23,26,27 muestra que el Espíritu Santo cuenta a Dios las cargas y los suspiros de nuestros corazones. Debemos dejar que el Espíritu Santo nos guíe en nuestras oraciones, y siempre debemos orar en el poder del Espíritu Santo, Efesios 6:18; Judas 20. Por lo tanto, una persona no está realmente orando cuando sólo lee una oración escrita por otro.

Debemos orar en el nombre de Cristo, Juan 14:13,14. Esto no significa que debemos terminar nuestras oraciones añadiendo siempre, “en el nombre de Cristo, Amén.” Cuando oramos en Su Nombre, oramos bajo Su autoridad, con Su permiso. Pero esto sólo es posible si nuestras oraciones están de acuerdo con Su voluntad, revelada en la Palabra de Dios, 1 Juan 5:14,15. Debemos recordar también que Dios contesta nuestras oraciones solamente si le obedecemos en nuestras vidas diarias, Juan 15:7. No debemos orar de una manera general, sino pedir a Dios exactamente lo que queremos. Por ejemplo, los creyentes en Jerusalén oraron por Pedro cuando estaba en la carcel, Hechos 12:5. Debemos seguir orando cuando Dios no nos contesta inmediatamente, Lucas 11:5-10; 18:1-8.

El poder de oración

Santiago nos dice que la oración de un hombre justo tiene gran efecto, 5:16. La oración sola no tiene poder y no cambia las cosas, pero mientras oramos el Espíritu Santo puede trabajar y hacer las cosas que pedimos. Elías es un buen ejemplo de esto, Santiago 5:17,18.

Oración no contestada

Sabemos que Dios no contesta todas nuestras oraciones, y que no las contesta siempre de la manera que deseamos. Sin embargo, recordemos que tal vez Dios nos conteste más tarde, si no lo hace inmediatamente. Dios nos ama y nos dará lo que es mejor para nosotros.

Cómo orar 37

Dios no contestará la oración de un creyente —

  1. si hay pecado en su vida que no haya sido juzgado y confesado a Dios, Isaías 59:1,2; Salmo 66:18; 1 Juan 3:20-22.
  2. si se niega a perdonar a otros, Mateo 11:25,26.
  3. si pide las cosas para placer propio, Santiago 4:3.
  4. si su actitud hacia su esposa no es correcta, 1 Pedro 3:7.
  5. si ora sin creer que Dios puede contestar su oración, Santiago 1:6, 7.

¡Señor, enséñanos a orar!

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Estar separado del mundo

El Señor manda que cada creyente se separe de todo lo que es espiritualmente sucio. Vemos eso en 2 Corintios 6:17 y en muchas otras partes de la Biblia, y los cristianos que obedecen son verdaderamente felices. Satanás no quiere que los cristianos estén separados para Dios. Siempre está tratando de dividir lo que Dios quiere unir, y unir lo que Dios quiere mantener separado. Por ejemplo, Dios quiere que todos los creyentes verdaderos sean uno, pero Satanás sabe que los cristianos son fuertes cuando están unidos. El ha tenido éxito en dividir a los creyentes al darles diferentes pensamientos y opiniones acerca de la enseñanza de la Biblia. Dios también quiere que el cristiano esté separado del no creyente, pero otra vez Satanás trata fuerte- mente de prevenir eso.

En Romanos 12:2 leemos que no debemos ser conformados a la norma de este mundo. ¿Qué quiso decir el Espíritu con “el mundo”?

Lee 1 Juan 2:16 y anote las tres cosas que pertenecen a este mundo.

1)_______________________________________

2)_______________________________________

3)_______________________________________

 

En 1 Juan 5:19 vemos que todo el mundo está gobernado por Satanás. El mundo es la gente, los sitios, los placeres y las actividades en que Dios no está incluído.

La actitud del mundo fue vista en la cruz del Calvario cuan- do los hombres del mundo gritaron, “Fuera, fuera con él, crucifícale”. La gente que pertenece al mundo crucificó a nuestro Señor, y nunca se ha arrepentido del crimen. Por eso Dios ha condenado al mundo, y será destruido cuando Cristo vuelva como Juez, Hechos 17:31; Apocalipsis capítulo 19.

Dios el Padre ha llevado a los cristianos fuera del mundo. Nuestros cuerpos están aquí todavía pero Dios nos ha separado del mundo, Juan 17:6. El Señor Jesucristo nos manda al mundo para testificar de El, Juan 17:18, aunque no pertenecemos al mundo, Juan 17:16. Debemos vivir como extranjeros y refugia- dos en el mundo, 1 Pedro 2:11.

Cuadros de separación en el Antiguo Testamento

Hay un cuadro de la separación en el primer capítulo de la Biblia cuando Dios separa la luz de la oscuridad, Génesis 1:4. También lee Levítico 19:19 y Deuteronomio 22:9-11.

Dios mandó a Israel no hacer tres cosas:

  1. No debían sembrar dos clases de semilla distintas en el mismo campo.
  2. No debían meter un buey con un burro dentro del mismo yugo. Uno era limpio, el otro sucio, Levítico 11:4-8.
  3. No debían vestirse con ropa hecha de dos clases de tela como la lana y el lino.

Podemos aprender de estos versículos que Dios no quiere que mezclemos las cosas que en realidad son distintas.

 

Dios mismo separó a los israelitas de los egipcios, Exodo 11:7, y les dijo que no debían casarse con la gente de las naciones de los alrededores, Deuteronomio 7:3,4.

Dios demanda a los cristianos estar separados del mundo

Es imposible que una persona sirva a dos maestros a la vez. Esto significa que no podemos servir a Dios y al dinero a la vez, Mateo 6:24. Pablo nos dice que no debemos tener nada que ver con gente que hace cosas sin valor y pecaminosas, sino reprenderlas, Efesios 5:11. El también dijo a los cristianos que deben apartarse del pecado, 2 Timoteo 2:19. (¿Cómo puede amar al mundo y a Dios el Padre también? 1 Juan 2:15)

Hay muchos otros versículos que enseñan esta verdad, pero los que hemos apuntado son suficientes para mostrar que Dios quiere que los creyentes estén separados de este mundo que renuncia y rechaza a su Señor. Los cristianos no deben unirse con los no creyentes en sus placeres, en el matrimonio, en los negocios o en la adoración a Dios. Esto no quiere decir que los cristianos deban alejarse y vivir solos. Tenemos que vivir entre la gente de este mundo día a día para que podamos llevarles a Cristo, pero no debemos entrar en ningún acuerdo ni asociación con ellos.

Hay dos clases de cosas mundanas: 1) Las que son pecaminosas, y 2) Las que son sin valor. La primera clase siempre es mala. La segunda clase es mala cuando esas cosas llegan a ser demasiado importantes para nosotros y pasamos demasiado tiempo en ellas.

Muchas veces los cristianos se preguntan si ciertas cosas son buenas o no. La Biblia no dice claramente si debemos hacerlas o no. ¿Qué debemos hacer acerca de estas cosas? Aquí hay cuatro preguntas sencillas por medio de las cuales podemos probar estas cosas:

1. ¿Esta cosa trae gloria a Dios? Ve 1 Corintios 10:31.

2. Si las hago, ¿irá en contra de una regla general que enseñan las Escrituras?

3. ¿Traerá algo bueno si la hago?
4. ¿Puedo pedir a Dios que la bendiga?

Nuestras respuestas a estas preguntas nos mostrarán plenamente si la cosa es buena o mala.

Los resultados de estar separados del mundo

Los cristianos separados disfrutan de la comunión, el poder y la bendición del Señor. Tal vez parezca que no prosperan en este mundo, pero Dios les ha prometido tres cosas maravillosas, porque obedecen el mandamiento de 2 Corintios 6:14-16. Lee estos versículos.

1. El promete recibirlos. Antes los recibió (Lucas 15:2), como pecadores, pero ahora les recibe como santos para disfrutar de la dulce comunión con El mismo.

2. El promete ser un Padre para ellos. El creyente separado sabe y disfruta del hecho de que Dios es su Padre.

3. El, el Señor Todopoderoso, dice que ellos serán Sus hijos e hijas. Este nombre para Dios, el Señor Todopoderoso, significa que por Su poder Dios protegerá a Sus hijos obedientes y los ayudará a servirle.

En el Antiguo Testamento leemos acerca de un número de creyentes verdaderos que no obedecieron este mandato de estar separados del mundo.

  • Lot era un verdadero hijo de Dios (ve 2 Pedro 2:7,8) pero vivió en la sociedad con la gente del mundo y fue buen amigo de los hombres de Sodoma, Génesis 19.
  • Salomón se juntó con las mujeres paganas y se casó con muchas de ellas, pero lo alejaron de Dios, 1 Reyes 11:1-4.
  • Josafat hizo un acuerdo de negocio con el perverso Ocozíás. El resultado fue que perdió sus barcos, y sus bendiciones espirituales, 2 Crónicas 20:35-37.

Es posible para nosotros disfrutar de comunión íntima con el Señor Jesucristo. Si lo hacemos rechazaremos todo lo que el mundo nos ofrece porque el Señor Jesucristo mismo suple todas nuestras necesidades físicas y espirituales.

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El Bautismo y la Cena del Señor

Dios dio a los judíos muchas leyes religiosas, pero a los cristianos solamente les ha ordenado dos cosas: debemos practicar el Bautismo y guardar la Cena del Señor. Estas se llaman las ordenanzas. Ambas son únicamente para creyentes y nos hacen recordar la muerte de Cristo en la cruz. El propósito de Dios fue que estas cosas unieran a Su pueblo, especialmente en la Cena del Señor, 1 Corintios 10:17, pero Satanás ha tenido éxito en dividirnos en relación a estas cosas.

Tanto el Bautismo, como la Cena del Señor son muy sencillos, pero también son muy importantes porque hablan de la muerte del Señor por nosotros.

EL BAUTISMO

Pensemos acerca de lo que significa el Bautismo, cómo uno debe ser bautizado, y quién debe ser bautizado.

El significado del Bautismo

Las Escrituras enseñan que morimos con Cristo cuando Él murió en la cruz, Romanos 6:6. La única manera que una persona puede salir de una familia es por medio de la muerte; nosotros salimos de la familia de Adán cuando morimos con Cristo. Ahora somos miembros de la familia de Dios.

Pero, ¿Cómo morimos? En la Persona de nuestro perfecto Representante, el Señor Jesucristo. El Bautismo es un cuadro de esta verdad, un cuadro de una persona muriendo y siendo sepultada. Ve Romanos 6:1-4 y Colosenses 2:12.

Estas cosas muestran claramente que sólo los creyentes verdaderos deben ser bautizados, puesto que ellos son los únicos que han muerto con Cristo.

¿Cómo debemos ser bautizados?

Las Escrituras enseñan que el cuerpo de uno debe ser sumergido por completo en el agua cuando se bautiza. ¿Por qué creemos eso?

1. El significado de la palabra “bautizar” en el idioma del Nuevo Testamento. En este idioma la palabra significa poner algo completamente dentro del agua o sacar agua poniendo una olla debajo del agua para llenarla.

2. El Bautismo es un cuadro de alguien siendo sepultado.

No echamos un poco de tierra sobre un cuerpo muerto, sino que lo ponemos completamente en la tierra para que no podamos verlo más.

3. Los ejemplos que tenemos en el Nuevo Testamento. Felipe explicó a un oficial la manera de ser salvo y el oficial quiso ser bautizado en seguida. Los dos hombres descendieron al agua y Felipe lo bautizó, Hechos 8:38,39. No hubiera sido necesario hacer eso si Felipe pudiera haber bautizado al oficial echando unas gotas de agua sobre su cabeza.

Juan el Bautista bautizó a la gente en Enón porque había muchas aguas allá, Juan 3:23. ¡El no hubiera necesitado mucha agua si sólo tenía que poner unas gotas sobre la cabeza de cada persona!

 

¿Quién debe ser bautizado?

En el Nuevo Testamento solamente eran bautizados los creyentes. Estos eran:

discípulos – Mateo 28:19

creyentes – Marcos 16:16

adultos – Hechos 8:12

personas que habían recibido el Espíritu Santo – Hechos 10:47

Aquí hay otros versículos que nos cuentan acerca de otros que fueron bautizados. Escribe el número del versículo en cada capítulo que dice que eran creyentes.

Hechos 16:33 ______________________;
Hechos 18:8 _______________________;
Hechos 19:5 _______________________.

LA CENA DEL SEÑOR

Lee las Escrituras siguientes con cuidado: Mateo 26:26-30; Marcos 14:22-26; Lucas 22:19,20; Hechos 20:7; 1 Corintios 10:16,17; 1 Corintios 11:23-30. Estos son todos los versículos en el Nuevo Testamento que nos enseñan acerca de la Cena del Señor. Hagamos tres preguntas acerca de esta fiesta:

¿Por qué debemos partir el pan?

La respuesta a esta pregunta es muy sencilla: lo debemos hacer porque el Señor nos lo ha pedido. Fue la última cosa que El pidió en la noche cuando Judas lo entregó a Sus enemigos.

 

No lo consideramos como una orden, sino como una petición. El Señor Jesús dijo que los que Le aman obedecerían Sus palabras, y no sólo guardarían Sus mandamientos, sino que harían cualquier cosa que El sugeriría, Juan 14:23. Cuando El estuvo de vuelta en el cielo, pidió de nuevo a los creyentes hacer memoria de El de esta manera, 1 Corintios 11:23,24. Entonces, celebramos la Cena porque nuestro Señor nos pidió hacerlo, y porque deseamos agradarle a El.

¿Quién debe partir el pan?

Sólo los que conocen al Señor Jesucristo como su Salvador y Señor. Partimos el pan para poder recordar a nuestro Señor, y no podemos recordar a alguien a quien nunca hemos conocido. El Señor Jesús dio esta fiesta solamente a los creyentes, y en los tiempos del Nuevo Testamento sólo los creyentes lo guardaban. Es una cosa muy seria para una persona comer el pan y tomar la copa sin saber en verdad lo que está haciendo, 1 Corintios 11:29.

Algunos cristianos viven en pecado, otros enseñan mala doctrina. Debemos añadir que estos cristianos no deben guardar esta fiesta. Ve 1 Corintios 5:11-13 y 2 Juan 10,11.

¿Cómo debemos partir el pan?

Debemos hacerlo junto con otros cristianos, no solos. La iglesia se reune de vez en cuando (1 Corintios 11:26) en el Nombre del Señor solamente (Mateo 18:20) para guardar la fiesta conmemorativa. Cualquier persona puede recordar al Señor en la Cena del Señor si ha nacido de nuevo y es por lo tanto un miembro del Cuerpo de Cristo, 1 Corintios 12:12. Un solo pan sobre la mesa es un cuadro de este cuerpo, 1 Corintios 10:17, y todos los creyentes son miembros del Cuerpo de Cristo. Vemos en el pan un cuadro del cuerpo humano del Señor en la cruz, y en la copa vemos un cuadro de Su sangre preciosa que El derramó.

Así que al comer un poco de pan y tomar de la copa nos identificamos con el sacrificio que el Señor hizo en la cruz. Nuestros corazones estarán llenos de adoración mientras pensamos en nuestro Señor y en todo lo que El sufrió por nosotros allí. En esta reunión no estamos reunidos para orar o estudiar la Palabra de Dios, sino para adorar a nuestro Señor. Ninguna persona está encargada de esta reunión, sino que cualquier hombre debe poder dirigir a otros en adoración cuando el Espíritu Santo le indique hacerlo.

12BotellasdeLeche, Estudio

EL PODER DE DIOS EN MI

Ya hemos visto tres versículos que nos muestran cómo podemos tener la victoria sobre nuestra naturaleza vieja, la carne. Estos versículos son Filipenses 3:3, Romanos 13:14, y 8:13. Léelos otra vez y fíjate en lo que dos de ellos dicen del Espíritu Santo.

Sólo el Espíritu Santo puede darnos el poder para vivir como un cristiano debe vivir. No podré vencer la tentación, ni ganar la victoria sobre el pecado, sólo porque sé que Dios ha perdonado mis pecados. Si quiero tener la victoria tengo que conseguir la ayuda de Cristo quien está ahora glorificado en el cielo. En la cruz, el Salvador llevó el castigo por mis pecados. Ahora El ha resucitado de los muertos, y mientras yo fije mis ojos en El, el Espíritu Santo me libra del poder del pecado. Cristo hizo Su obra por mí. Ahora el Espíritu hace Su obra en mí. ¿Qué enseña la Biblia acerca del Espíritu de Dios?

El Espíritu Santo es una Persona. Mora en el creyente, y Su poder puede ayudar al cristiano a vivir para Dios. Pensemos un poco más acerca de estas cosas:

El Espíritu Santo es una Persona

El Espíritu Santo es Dios. Es una Persona y nunca debemos referirnos a El como “ello”. Es eterno e igual con Dios el Padre y Dios el Hijo, Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14; Hebreos 9:14. Tiene todos los atributos de Dios.

¿Qué es lo que nos enseñan los versículos siguientes acerca del Espíritu Santo? Escribe tu respuesta en el espacio a la derecha.

Mateo 12:28 _____________________________
1 Corintios 2:10 ___________________________
Salmo 139:7-10 ___________________________
Hebreos 10:29 ____________________________

El Espíritu Santo enseña, Juan 14:26; habla, Gálatas 4:6; guía, Gálatas 5:18; Romanos 8:14; suplica con Dios, Romanos 8:26, y puede ponerse triste, Efesios 4:30. Estos son algunos de los versículos que demuestran que el Espíritu de Dios es una Persona divina.

El Espíritu Santo mora en el creyente

El Espíritu Santo vino de una manera especial en el día de Pentecostés, Hechos 2. Antes de Pentecostés el Espíritu Santo venía sobre ciertas personas, pero El no vivía en ellas, Juan 7:39. Hoy en día El vive en todos los cristianos verdaderos, no por algo que el cristiano haya hecho por Dios, sino porque ha creído en el Señor Jesucristo. Dios mandó al Espíritu dentro de nuestros corazones para mostrar que somos Sus hijos, Gálatas 4:6. Lee también los versículos siguientes: 1 Corintios 6:19; 12:13; 2 Corintios 1:21,22. El Nuevo Testamento enseña claramente que el Espíritu Santo vive en cada creyente verdadero, Romanos 8:9. Dios el Padre nos Lo da para probar que Le pertenecemos, Efesios 1:13; Juan 2:18,20.

El Espíritu vive en cada creyente verdadero, pero no todos los creyentes están llenos del Espíritu. Se nos ordena ser llenos del Espíritu, Efesios 5:18. ¿Cómo podemos obedecer esta orden?

El poder de Dios en mí 21

Para estar llenos del Espíritu, tenemos que juzgarnos a nosotros mismos ante Dios, tenemos que entregar nuestras vidas a Dios para hacer Su voluntad, y tenemos que dar al Señor Jesucristo la parte más importante en nuestras vidas.

El poder del Espíritu Santo

Necesitamos el poder del Espíritu Santo para ser librados de la ley del pecado y de la muerte, Romanos 8:2, y para poder testificar de Cristo. Podemos tener este poder si alimentamos nuestras almas con la Palabra de Dios y si oramos dirigidos por el Espíritu, Judas 20, Efesios 6:18.

¿Quieres tú que el Espíritu Santo te libre de la ley del pecado, Romanos 8:2, y que el Espíritu te ayude a testificar del Señor sin miedo? 2 Timoteo 1:7. El lo hará si te ofreces a Dios y haces Su voluntad, como El la ha revelado en Su Palabra.

El Espíritu Santo nos ayudará a glorificar a Dios

No debemos hacer lo que nuestra naturaleza vieja quiere que hagamos; debemos dejar que el Espíritu dirija y controle nuestras vidas, Gálatas 5:16,25. Si hacemos eso conoceremos a Dios cada vez mejor, y le glorificaremos cada día. Otros podrán ver al Señor Jesucristo en nosotros, no importa dónde estemos, en el colegio, en el trabajo o en la casa.

El Espíritu Santo nos ayudará a testificar de Cristo

Necesitamos el poder del Espíritu Santo para que podamos hablar a otros acerca de Cristo. El Señor Jesús prometió a sus discípulos que el Espíritu Santo les sería dado, y que ellos testificarían de El en todo el mundo, Hechos 1:8.

22 12 LECCIONES PARA NUEVOS CREYENTES

Escribe los nombres de las personas que fueron llenas del Espíritu:

Lucas 1:67 ____________________________
Hechos 1:8 ____________________________
Hechos 2:4 ____________________________
Hechos 4:8 ____________________________
Hechos 4:31____________________________

Seamos llenos también del Espíritu para que otros vean a Cristo en nosotros, y den gloria a Dios.

CAD-IBVH, Estudio

El Señor JesuCristo

En los temas anteriores hemos estado considerando la doctrina del pacto de gracia, y hemos recalcado el hecho de que dicho pacto, en sus dos dispensaciones, señala a la Persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Ahora llegamos al comienzo de la consideración de la doctrina bíblica concerniente a Él. No es éste el punto de partida, y por eso hemos estudiado todos los temas anteriores, pero sí es el centro de toda la doctrina bíblica. Tampoco es el fin, pues es Dios el Padre quien ostenta el principio,  (en la creación del universo, en la programación de la historia y el gobierno del mundo, en la redención de la humanidad pecadora, y en la aplicación de dicha redención mediante su Santo Espíritu) y a Quien se dirigen todas las cosas. En Juan 14:6 podemos ver que Cristo es el único camino para llegar al Padre, pero eso mismo nos indica que la meta es el Padre, y no Él. Y en 1ª Cor. 15:27-28, (donde debemos tener claras las referencias al Padre y al Hijo), el apóstol escribe que Dios el Padre será todo en todos, sin necesidad de camino ni de ninguna clase de intermediarios, debido a lo que también indica en el v. 24. Una vez acabado el gran conflicto entre el bien y el mal y reducidos todos los enemigos, Cristo entregará el reino al Dios y Padre, cumpliéndose entonces  Isa. 54:13.

Así que no es Cristo ni el principio ni el fin, pero sí es el centro. Es el centro del universo, Col. 1:15-17. Es también el centro de la historia y, como hemos visto varias veces, toda la historia señala hacia Él; lo que sucedió antes de Él señalaba hacia delante, y todo lo que ha sucedido después señala hacia atrás; la fecha de su nacimiento divide a la historia en dos mitades, a.C. y d.C., y es esa misma fecha la que fija nuestro calendario; hay una historia que va desde el paraíso perdido hasta la cruz, y otra que mirará hacia atrás desde el paraíso recuperado hasta la misma Cruz, Apo. 22:1 (el Cordero). Podemos incluso considerar a Cristo como el centro de la geografía, ya que en el juicio de las naciones, Mat. 25:31-46, Apo. 20:11-5, (para unos es el mismo trono; para otros, son dos tronos, dos momentos y dos lugares) la humanidad quedará dividida en dos, con Cristo en el centro.

Finalmente, Cristo es el centro de la vida cristiana, lo cual puede verse en la repetición de las palabras en Cristo” o en Juan 15:1-7. Al comienzo, el Espíritu Santo nos bautiza y nos incorpora a la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, 1ª Cor. 12:13, Gal. 3:27. De este cuerpo Cristo es la Cabeza, Efe. 1:22-23; 4:12-16. Así, el cristiano se hace una sola carne con Cristo, siendo Él el esposo, Efe. 5:23-32, 2ª Cor. 11:2. Por dicha unión el cristiano participa de la posición de Cristo, quedando identificado con Él en Su muerte, Rom. 6:1-11, en Su sepultura, en Su resurrección, Col. 3:1, en Su ascensión a los cielos, Efe. 2:6, en Su reinado, 2ª Tim. 2:12, y en Su gloria, Rom. 8:17. Y, finalmente, el cristiano tiene a su alcance el poder de la resurrección de Cristo, Fil. 3:10, el cual será pleno cuando el Señor venga, Fil. 3:20-21, pero ahora sirve para su crecimiento con vistas a llegar a la estatura de la plenitud de Cristo, Efe. 4:13.

Todos los motivos, pues, nos obligan a considerar esta doctrina, dejando la Biblia muy claro que toda la esencia del cristianismo depende de la Persona del Señor Jesucristo. Y en este tema vamos a tratar una serie de generalidades sobre dicha Persona y Su obra.

1) Diferencia del cristianismo con otras religiones: Sin entrar en detalles que serían interminables, lo que podemos afirmar es que Cristo es el centro del cristianismo de un modo que no se da en ninguna otra religión. Es Él Quien separa la fe cristiana de todas las demás religiones. En ellas, sus fundadores, aunque son importantes, no son absolutamente esenciales. Aunque Buda no hubiera existido, podría haber budismo, y una persona puede ser fiel budista sin saber nada de Buda. De igual modo, podría haber islam si Mahoma no hubiera vivido, y una persona puede ser fiel mahometano sin tener nada que ver con la persona de Mahoma. En otras religiones lo que importa es la enseñanza, y la persona no es esencial, pero el cristianismo es la única religión del mundo que se basa en la Persona del Fundador, Juan 14:9; 10:30. En otras religiones otras personas podían haber hecho lo mismo que sus fundadores y la enseñanza no se habría alterado, pero no es éste el caso de la fe cristiana.

El cristianismo es Cristo mismo; no sólo es central, sino que es vital y, por tanto, no puede haber cristianismo sin una relación personal con ese Señor Jesucristo. Muchas personas se llaman cristianas y no lo son porque Cristo no es esencial para ellos; muchas personas pueden ser buenas sin mencionar al Señor Jesucristo, y eso no es cristianismo. Para el cristianismo Cristo es vital y si la  verdad concerniente a Él se elimina, toda la postura se derrumba. La fe cristiana se centra en Cristo: Quién es, qué ha hecho, y qué nos ha posibilitado a nosotros, lo cual nos obliga a tener muy claras en nuestras mentes todas estas cosas.

Hay así una exclusividad y una intolerancia en el cristianismo, Mat. 12:30; Gal. 1:7-9, pues la Verdad es clara y está perfectamente definida. No es suficiente con decir “ creo en Cristo”, sino que hemos de saber qué creemos acerca de Él y saber toda la enseñanza acerca de Él. Con este fin se escribieron los cuatro Evangelios y algunas cartas, para conocer exactamente la verdad acerca del Señor Jesucristo. Ya en el siglo I había toda clase de falsas historias: los llamados Evangelios apócrifos, donde se recogían cosas que había hecho y dicho y que nunca en realidad habían sucedido; las herejías de todo tipo en relación con Su persona, (la primera carta de Juan se escribió para contrarrestar la falsa doctrina que negaba que Jesucristo hubiera venido en carne), etc.

Por tanto, hemos de tener claras ciertas cosas y hemos de pensar también en los errores que se han cometido y que debemos evitar, y aunque trataremos de temas grandes y misteriosos que nos exigen la máxima atención, habremos de hacerlo porque en caso contrario seremos totalmente antibíblicos. Repito, no es suficiente con decir “ creo en Cristo”, pues la Biblia nos advierte acerca de los falsos maestros y de los peligros para el alma que suponen las enseñanzas erróneas concernientes a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Es importante saber lo que creemos acerca de Él: ¿era sólo un hombre?; ¿Era sólo Dios?; ¿Se encarnó verdaderamente?; ¿Qué es lo que hizo?; ¿Para qué murió?, etc.,  son todas preguntas cuyas respuestas hemos de tener claras, Mat. 21:10; Juan 8:25; 10:24; Mat. 16:13, 15. No podemos estar junto a otros llamados cristianos a los cuales no les interesan los detalles sino sólo decir “ creo en Jesucristo”, pues de este modo son innumerables los “cristos”.

Más aún, no sólo es lo que se recoge en la Biblia, pues si leemos la historia de la Iglesia cristiana en los tres o cuatro primeros siglos, veremos que las herejías no paraban de surgir, y la Iglesia tuvo que reunirse varias veces para definir o rechazar ciertas ideas en relación con el Señor Jesucristo. Discusiones y concilios fueron frecuentes con el fin de salvaguardar la doctrina primordial de la persona y la obra del Señor Jesucristo. Y en los últimos tiempos se ha hablado de él como un profeta, un inconformista, un rebelde, un fustigador de la hipocresía religiosa, un promotor de la justicia social, un amigo de pobres y marginados, un ejemplo perfecto de hombre o un ejemplo de hombre perfecto, un genio religioso insuperable, un comunista, un capitalista, etc.

Y si esto ha sido así y valoramos nuestras almas y nuestra salvación, debemos dedicar tiempo y tener deseos de poseer cada vez conceptos más claros en estos temas para ser capaces de dar a los demás razón de la esperanza que hay en nosotros, 1ª Ped. 3:15.

En un escrito anónimo titulado “Cristo el Incomparable”, se recoge:

Bajó del seno del Padre al seno de una mujer. Se vistió de humanidad para que nosotros pudiésemos vestirnos de divinidad. Se hizo el Hijo del Hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos de Dios. Llegó del cielo, donde los ríos jamás se hielan, los vientos nunca soplan, nunca la gélida brisa enfría el aire, y las flores no se marchitan jamás. Allí nadie tiene que llamar al médico, porque allí nadie está jamás enfermo. No hay sepultureros ni tampoco cementerios, porque allí nadie se muere, nadie es jamás enterrado.

Nació contra las leyes de la naturaleza, vivió en pobreza, fue criado en oscuridad. No poseyó riquezas ni utilizó influencias, como tampoco fue a colegios ni dispuso de profesores particulares. Sus familiares eran desconocidos y sin relieve social.

En su infancia asustó a un rey; en su adolescencia desconcertó a los doctores; en su madurez subyugó el curso de la naturaleza, caminó sobre las olas y sosegó el mar embravecido. Curó sin medicina a las multitudes y no requirió emolumentos por sus servicios.

Nunca escribió un sólo libro, pero en las bibliotecas de todo el mundo no cabrían los libros que pudieran escribirse sobre Él. Nunca compuso un cántico, pero su persona ha servido de tema de inspiración para más cánticos que los de todos los compositores juntos.

Nunca fundó un colegio, pero ni entre todas las escuelas juntas pueden jactarse de tener tantos estudiantes como Él tiene. Nunca practicó la medicina, pero Él ha sanado más corazones quebrantados que cuerpos quebrantados hayan podido curar los médicos. Nunca dirigió un ejército, ni destacó un soldado, ni disparó un fusil; pero ningún jefe ha tenido bajo su mando más voluntarios, ni ha obligado a más rebeldes a deponer las armas y rendirse sin disparar un sólo tiro. Herodes no pudo matarle; Satanás no pudo seducirle; la muerte no pudo destruirle; el sepulcro no pudo retenerle.

Se despojó de su manto de púrpura, para vestirse la blusa de artesano. Era rico, pero por nosotros se hizo pobre. ¿Hasta qué punto? ¡Preguntádselo a María! ¡Preguntádselo a los magos! Durmió en un pesebre ajeno, cruzó el lago en una barca ajena, montó en un asno ajeno, fue sepultado en una tumba ajena. Todos fracasaron, mas Él nunca. Él es siempre perfecto, señalado entre diez mil. Todo Él es codiciable” .

Y la pregunta que nos podemos hacer es la siguiente: “¿Cómo es tu Cristo?”.  Y para tener clara la respuesta hemos de considerar con detenimiento lo que nos dice la Biblia acerca de Su persona y Su obra.

2) Cristo es el cumplimiento de todas las profecías del A.T., tal como leemos en 2ª Cor. 1:20. Todo converge en Él; todo se resume en Él, y aunque no podemos recorrer todas esas promesas con detalle, destacaremos algunas más importantes, unas ya vistas y otras que aún no hemos considerado.

Es el cumplimiento de la promesa dada en el huerto del Edén, Gen. 3:15. También de la que se dio Abrahám en Gen. 12:3-7 confirmada en Gal. 3:8, 16. (Abrahám vio el día de Cristo, Juan 8:56). De igual modo la tenemos en Gen. 49:10, (Juan 12:32), hecho histórico que se cumplió con la venida del Señor Jesucristo, tras la cual, en el año 70, fue destruida Jerusalén y expulsados los judíos desapareciendo para siempre el cetro de Judá. E igualmente, la última frase leída se cumplió también con Él, pues todas las naciones han venido a Él. De modo similar,  Num. 24:17.

También tenemos la importante profecía de Dan. 9:24-26. En ella, la palabra semana es una semana de años, es decir: 49 años antes que la ciudad fuera reconstruida, lo cual sucedió exactamente; otras 62 semanas, 434 años, tras los cuales aparecería el Mesías, lo cual también sucedió. Y luego se nos dice que moriría y que serían destruidas la ciudad y el santuario, cosas que también sucedieron.

Debemos considerar también una serie de profecías respecto a su nacimiento: además de las citadas de Gen. 49:10 y Dan. 9:25, podemos ver Hag. 2:7, 9, (Él no apareció en la primera casa pero sí en la segunda), Mal. 3:1; Miq. 5:2; Jer. 23:5-6; (de la tribu de Judá y de la casa de David), Isa. 7:14, (algunos hablan hoy de una joven en vez de una virgen, pero no es ninguna señal el que una mujer joven tenga un hijo; Mat. 1:22-23 lo confirma).

También hemos leído en Malaquías que Su venida sería precedida por la de un mensajero, y sabemos que Juan el Bautista lo fue.

Así que todas las profecías confluyen en Él y se han cumplido en Él. Pero no sólo eso: nunca se podrán cumplir en ningún otro, y esto es muy importante saberlo si algún día discutimos con algún judío. Las genealogías de las tribus y las familias judías se han perdido para siempre, de modo que en un futuro será imposible demostrar si alguien dice que es el Mesías. No se puede rastrear ninguna genealogía en la forma en que se ha hecho con nuestro Salvador Jesucristo, y de ahí la importancia de las mismas en todo el A.T. y después en los Evangelios de Mateo y Lucas.

Hay también otra serie de profecías que señalan las características que tendría el Mesías cuando viniera. Habría de ser un rey y el conquistador de un reino universal: Sal. 2:6; 45:6-7 (comparar con Heb. 1:8-9); Isa. 9:6-7. Habría de ser también, paradójicamente, “ varón de dolores”, Isa. 53:3. Y como no se comprendieron ambas cosas, sus compatriotas no Le reconocieron. Buscaban al rey, pero olvidaron al siervo sufriente, y la profecía combinaba ambas cosas, como también lo hace nuestro Señor: el Hijo de José, para sufrir, y el Hijo de David, para triunfar.

Sería, asimismo, “ luz de las naciones”, algo sorprendente para los judíos y que se les dijera a los judíos, Isa. 42:6; 60:3.  Tendría un ministerio en Galilea, Isa. 9:1-2; Mat. 4:12-16. Su muerte sería vicaria (en lugar de otro) y sustitutiva (en beneficio de otro), Isa. 53: 3-8. Entraría en Jerusalén sobre un asno, Zac. 9:9, lo cual se cumplió, Juan 12:12-15. Sería vendido por 30 piezas de plata y con ellas se compraría un terreno, Zac. 11:12-13; Mat. 27:3-7. Sería abandonado por los Suyos, Zac. 13:7; Mat. 26:31. Echarían suertes sobre Su túnica, Sal. 22:18; Mat. 27:35. Le darían a beber vinagre, Sal. 69:21; Mat. 27:48. Diría ciertas palabras en la cruz, Sal. 22:1; Mat. 27:46. Sus manos y Sus pies serían traspasados, Sal. 22:16; Zac. 12:10; Juan 19:37. Le herirían en el costado, Zac. 12:10; Juan 19:34-37. Y, finalmente, en Isa. 53:9 se indica que con los ricos sería en Su muerte, lo cual se cumplió al ser sepultado en la tumba de José de Arimatea, Juan 19:38. Después, Su resurrección y ascensión a los cielos también se profetizaron: Sal. 16:10; Hec. 2:25-31; Sal. 110; Hec. 2:34-35.

Y hay también un gran grupo de profecías concerniente a  Su obra: como Profeta, Deu. 18:18, como Sacerdote, Isa. 53:10; Dan. 9:24, y como Rey, Dan. 2:31-35; 44-45, aspectos en los cuales habremos de detenernos.

En definitiva, haremos bien en atender el propio mandato del Señor en Juan 5:39 para que nuestros ojos no estén velados como los de sus propios discípulos, y podemos prestar atención en todo el N.T. cuando lo leamos para comprobar las veces que el mismo Señor y los apóstoles, tanto en los Evangelios como en las cartas, citan el A.T.

CAD-IBVH, Estudio

El Pacto de la Gracia en el Nuevo Testamento

En relación con nuestro tema de hoy podemos comenzar leyendo Heb. 1:1-3. Dios ha hablado muchas veces, y hemos visto hasta ahora cómo reveló Su pacto de gracia en el Antiguo Testamento. Comenzó en Génesis 3:15, continuó con Abrahám en Génesis 17, y aunque hizo otros pactos complementarios con la nación de Israel, todos eran un mismo y único pacto. Ahora vamos a detenernos en el nuevo pacto, en el que aparece en el Nuevo Testamento, el cual no es nuevo por ser diferente, sino que lo llamamos así porque hay una nueva administración o dispensación del mismo, una nueva forma de mostrarlo. El pacto de gracia sigue siendo algo que procede de Dios y que Dios nos da con el propósito de redimirnos y traernos de nuevo a Su conocimiento, ya que por el pecado y la Caída hemos perdido dicho conocimiento y nos hemos apartado de Él. Y al considerar esta nueva dispensación o economía, vamos a ver cómo todo ha sido hecho en nuestro Señor y Salvador Jesucristo y por medio de Él.

Y lo primero que debemos hacer es dejar claro que estamos tratando con el mismo pacto. 1) El pacto de gracia es único: y para confirmar esto debemos considerar las siguientes pruebas:

A) La promesa hecha a Abrahám en Gen. 17:7-8: “seré el Dios de ellos”, seré vuestro Dios, se menciona varias veces en el N.T., 2a Cor. 6:16; Heb. 8:6-7, 10, 13. Es la misma y única promesa, y como vimos anteriormente, es la bendición más grande para cualquier persona; poder decir “mi Dios”. Esto quiere decir que de entre los seres racionales, Dios ha escogido al hombre para que sea el objeto de Su especial favor, y de entre los hombres, Él ha escogido a algunos para derramar en ellos Su gracia y revelarles Su gloria, y son éstos los que pueden decir “mi Dios”.

B) La segunda prueba que encontramos hace referencia al tipo y la clase de bendición que se promete. Es una bendición espiritual y, por ejemplo, en el Salmo 51, vemos que David ora por ella, Sal. 51:10, 12; comparar con Heb. 8:10. Veremos más adelante que hay una diferencia, pero son las bendiciones espirituales las que se prometen en el pacto tanto en el A.T. como en el N.T. Por eso es erróneo pensar que las experiencias espirituales de los santos en el Antiguo Testamento eran de una clase inferior a las que tenemos los cristianos en el día de hoy; muchos de ellos estaban espiritualmente muy por encima de lo que estamos nosotros.

C) La tercera prueba es que la Biblia enseña claramente que hay un único Evangelio. Está en el A.T. tanto como en el N.T. aunque en aquél se muestre con tipos y sombras, tal como comprobamos con las ofrendas descritas en el libro de Levítico, con el Tabernáculo y todos sus muebles, y con los escritos en los grandes pasajes de Isaías y Jeremías. También podemos leer Gal. 1:6-9; 3:8-9.

D) La cuarta prueba es que hay un número de afirmaciones que nos dicen que los santos del

A.T. están ahora en el Reino de Dios tal como lo estaremos nosotros: Luc. 13:23-29; 16:23; Rom. 11:16-18, 24. Leemos que los gentiles han sido puestos en el mismo árbol; no es un árbol nuevo, sino el antiguo en el que unas ramas se retiran y se ponen otras. Podemos leerlo también en Gal. 3:14, 29; Efe. 2:11-13, 19; 3:5-6. Pablo siempre decía que el mensaje que se le había dado era que los gentiles son coherederos con los judíos elegidos de la nación de Israel. También podemos leer Heb. 6:11-13, 18; 11:39-40. Seremos hechos perfectos juntos, pues hay una perfecta unidad entre los santos de ambas dispensaciones.

E) La quinta prueba es que en toda la Biblia se indica una única forma de obtener la salvación y las bendiciones, y esa forma es mediante la fe. Así lo leemos en Hab. 2:1-4 que luego repite Pablo en Rom. 1:16-17. Es el gran tema del capítulo 11 de la carta a los Hebreos, y aunque podíamos citar muchos pasajes, es suficiente con Rom. 4:13-25. Está claro que recibimos la justificación por la fe, exactamente del mismo modo que la recibió Abrahám. La justificación de los pecadores mediante las obras es una contradicción, pues los que son pecadores están bajo condenación por sus mismas obras.

F) La última prueba es que la Biblia deja claro que hay un solo Mediador en ambas dispensaciones, el mismo Señor Jesucristo, Apo. 13:8; 17:8; Hec. 4:12; 1a Tim. 2:5-6. Todo comenzó con la promesa hecha acerca de la simiente de la mujer, la cual es Jesucristo, Gal. 3:15-18. Él es el Mediador en todos los tipos y sacrificios del Antiguo Testamento, todos señalan hacia Él, y todas las profecías también. Así lo indica con sus propias palabras en Juan 5:39, 46; 8:56. También podemos leer Hec. 10:43; Rom. 3:24-26; Heb. 9:15. El argumento es que sólo Cristo puede explicar lo que se hacía en la antigua dispensación, y que aquellos que estaban bajo el primer pacto sólo pueden recibir las promesas por medio de Él, que es el Mediador del nuevo pacto. En este sentido, también es la garantía, pues Él garantiza el cumplimiento de todas las promesas y condiciones, Heb. 7:22.

Aquel que fue predicho como la simiente de la mujer, como la simiente de Abrahám, el Hijo de David, el Renuevo, el Siervo de Jehová, el Príncipe de paz, no es otro más que el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, Luc. 24:25-27; 44-47.

Todo lo anterior es suficiente para mostrar que hay un único pacto de gracia que es el mismo tanto en el A.T. como en el N.T. Ahora bien, aunque el pacto es único, han de considerarse las diferencias entre las dos dispensaciones.

2) Diferencias entre ambas dispensaciones: Veamos también varios apartados que las muestran:

A) Lo primero que debemos recalcar es la superioridad de la nueva dispensación con respecto a la antigua. El antiguo pacto fue establecido a través de siervos, mientras que el nuevo lo ha sido a través del propio Hijo de Dios, Heb. 3:1-6.

B) Lo segundo es que la verdad en la antigua dispensación estaba en parte revelada y en parte escondida en tipos y sombras. Pero en la nueva está revelada claramente con Jesucristo y con la obra del Espíritu Santo, Juan 1:17-18. En el N.T. se habla varias veces de que el misterio velado en la antigüedad ha sido ahora manifestado, Rom. 16:25-27, Efe. 3:1-6, 1a Tim. 3:16.

C) En tercer lugar, en la nueva dispensación no sólo hay una revelación más clara, sino que ésta se ha incrementado a través de la Encarnación del Señor Jesucristo y de la obra del Espíritu Santo, Heb. 1:1-3. La revelación es ahora completa y definitiva. Está toda en Él, como leemos en Col. 2:3, 9.

D) Una cuarta diferencia es que bajo la antigua dispensación la revelación estaba en una forma principalmente carnal y material, mientras que ahora es completamente espiritual, Heb. 9:1, 9-12.

E) En quinto lugar, como hemos dicho, la antigua dispensación estaba restringida a un pueblo, pero ahora ya no es así, Efe. 2:11-22. El pacto de gracia es para todas las naciones, en todas partes.

F) También podemos indicar que la antigua dispensación era preparatoria, mientras que la nueva es definitiva. Todo el propósito de la carta a los Hebreos es, precisamente, mostrar esta diferencia. Ahora ya no se puede añadir nada más, ya no se necesita nada más, porque todo está en Él.

G) Y en séptimo y último lugar, podemos indicar que bajo esta nueva economía se ha derramado el Espíritu Santo. En la antigua dispensación no sucedió esto, y solamente el Espíritu descendió sobre personas específicas para capacitarles en el desempeño de ciertas tareas, Jue. 15:14- 15; 1o Sam. 19:23-24. Sin duda estaba el Espíritu Santo, pero no fue derramado en la forma en que lo fue en Pentecostés. Y el resultado de esto es que la bendición es mayor: hay un mayor conocimiento, una mayor comprensión, y un mayor deleite en las bendiciones. Abrahám vio estas cosas de lejos, Heb. 11:13, pero aún así se regocijó en ellas, Juan 8:56. Nosotros, en cambio, no vemos de lejos, sino en la claridad y la totalidad del día, y, por tanto, nuestra felicidad y gozo deben ser mayores.

En definitiva, podemos decir que la diferencia entre ambas dispensaciones es la que existe entre un niño y una persona madura. Un hijo es hijo tanto con un año de edad como con cuarenta. La relación es la misma, pero el hijo crece y se desarrolla y conoce mejor al padre, de modo que hay una relación mayor y un mayor grado de comprensión que antes. Esta es la diferencia, Heb. 11:39-40.

En resumen: hay un único pacto de gracia, y todo él gira por completo alrededor del Señor Jesucristo. El antiguo señala hacia Él; el nuevo Lo revela y nos Lo muestra claramente. En realidad, la Biblia es un solo libro, pues aunque fuera escrita por diferentes hombres, en diferentes tiempos y en diferentes lugares, tiene un único mensaje, un único tema, habla sobre una sola persona. Por eso a los antiguos cristianos se les llamaba las personas “del Libro”.

Y todo esto nos lleva a una última consideración.

3) El pacto eterno de redención: Y es que hay un único pacto de gracia porque, tal como se indicó brevemente en el tema anterior, hay un único pacto que fue hecho originalmente entre el Padre y el Hijo. Son dos pactos distintos pero íntimamente relacionados, de modo que el anterior, el pacto de gracia, se basa en este último, el pacto de redención. Del primero Cristo es Mediador; del segundo es una de las partes concertantes. El hombre, habiendo caído, no podía hacer un pacto con Dios, de modo que Dios lo hizo con su propio Hijo para que luego las personas entrásemos en dicho pacto.

En este pacto, cada parte tenía algo que hacer. El Padre promete, entre otras cosas, preparar un cuerpo para el Hijo, Heb. 10:5, darle el Espíritu sin medida, Juan 3:34, estar a Su lado aún en las horas más oscuras, Juan 16:32, aplastar a Satanás bajo Sus pies, Gen. 3:15, librarle de la muerte y exaltarlo a Su diestra dándole toda potestad, Sal. 16:8-10; 89:3-4; 110:1; Hec. 2:22-36, entregarle un pueblo, Heb. 2:13, en el que habría gente de todas las naciones, Juan 10:14-16, para que Él lo guarde y ninguno se pierda, Juan 6:39-40; 17:12, y manifestar por medio de Él y de la Iglesia las perfecciones divinas a todos los seres por toda la eternidad, Efe. 3:10-11. El Hijo vería así el trabajo de Su alma y quedaría satisfecho, Isa. 53:11.

El Hijo, por su parte, se hizo nuestro Representante, nuestro Mediador, nuestra certeza, nuestro Garante. Y entre las cosas que acordó con el Padre que iba a hacer podemos citar las siguientes:

A) Primero, acordó guardar, honrar y cumplir el pacto de obras que había sido quebrantado por Adán en el huerto del Edén, cumplir toda la Ley, Mat. 5:17. Para eso había de nacer bajo la ley, Gal. 4:4-5.

B) Segundo, acordó también enfrentarse a los resultados de la Caída, del pecado y de la contaminación del hombre, pues no podíamos reconciliarnos con Dios hasta que eso hubiera sido hecho, 2a Cor. 5:18-19, 21.

C) Tercero, acordó llevar a cabo en nuestro lugar todos los deberes contraídos en el pacto. Dios prometió cosas con la condición de que ciertas obligaciones se cumplieran, y el Hijo acordó cumplirlas para que este pacto fuera posible. Él es nuestra garantía, y entre estas cosas podemos citar las siguientes:

El Hijo debía convertirse en el segundo hombre, el segundo Adán, y es así como se le llama en 1a Cor. 15:45, 47. El Hijo debía tomar nuestro lugar y nuestra naturaleza, Gal. 4:4-5, y debía presentarnos sin mancha en la presencia de Dios, Judas 24. Por eso era necesaria la encarnación, el nacer de mujer, y no una teofanía como había sucedido en repetidas ocasiones. Había de ser hecho en todo, menos en el pecado, semejante a sus hermanos, para poder tener compasión con los que somos tentados y estamos llenos de debilidades, Heb. 2:14-18; 4:15. Y, finalmente, el Hijo debería hacerse cargo de todas nuestras obligaciones. Nosotros no podíamos, y Él tiene que hacerse cargo de todas las cosas que Dios demanda de nosotros, llevar nuestros pecados y hacerse maldición por nosotros, Gal. 3:13-14, ofreciéndose a Sí mismo como sacrificio, o propiciación a Dios en expiación por los pecados, Rom. 3:23-26.

Por tanto, el pacto de gracia nos lleva a Cristo y señala hacia Él desde todas las direcciones, de manera que a partir del próximo estudio comenzaremos a considerar la doctrina bíblica de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Pero debemos fijarnos en el modo en que lo hemos hecho: llegamos a Cristo comprendiendo que Él es la verdad final del gran pacto de gracia que Dios prometió desde el huerto del Edén, y comprendiendo la importancia del estudio del Antiguo Testamento, pues es allí donde tenemos todos los tipos y las sombras que señalan hacia Cristo. No es bueno comenzar con la redención, la salvación, y la persona de Cristo, sin haber considerado antes las doctrinas acerca de la inspiración de la Escritura, la propia persona de Dios, Sus Decretos y Providencia, la creación del universo y del hombre en justicia y santidad, el pecado y la Caída, la contaminación y la culpa, y el plan de salvación de Dios ideado y diseñado desde la eternidad como un acuerdo entre el Padre y el Hijo. Es así como hemos procedido, poniendo los cimientos hasta llegar a Cristo.

Y a Él, “al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.”, Judas 25.

CAD-IBVH, Estudio

El Pacto de la Gracia en el Antiguo Testamento

Hemos estado considerando algunos aspectos generales del plan de Dios en relación con la salvación de las personas, (plan eterno, por gracia, en el seno de la Trinidad, definido, con seguro cumplimiento, que abarca a todas las cosas, que se centra en el Señor Jesucristo, y revelado en pactos) y ahora hemos de entrar en temas más concretos. Dios, en su infinita gracia, amor y misericordia, miró al hombre con compasión y le informó de Su gran plan de salvación, y a esta revelación se le conoce normalmente como pacto de salvación o pacto de gracia. Es decir, Dios ha manifestado Su propósito de salvar al hombre de la culpa y de la contaminación que resultaron tras la caída en pecado.

Ya hemos hablado del pacto de obras o pacto de vida que Dios hizo con Adán, y comentamos que se le llamaba “pacto” porque implicaba una promesa de parte de Dios y un compromiso de cumplir lo que había dicho. Y dijimos que Dios no estaba obligado a comprometerse, que era libre para no hacerlo, pero que una vez que lo hace, una vez que establece el pacto, Su honor depende de que cumpla con Su parte. Y también vimos cómo el hombre falló y cómo, desde entonces, ese pacto de obras ha sido eliminado pues no tiene sentido repetir una experiencia con un hombre caído cuando el propio Adán falló.

¿Y qué es un pacto? Se puede definir como un trato, un acuerdo, una alianza entre dos partes, que se confirma con alguna ceremonia, con algún juramento, o con algún escrito donde quedan reflejadas las condiciones de dicho trato. Este tipo de pacto es normal entre personas y entre países. Pero cuando hablamos de Dios y del hombre esta idea sufre algún cambio, pues no hay dos partes iguales, sino que es Dios quien “da”, como si dijéramos, Su pacto al hombre. Por eso también esta palabra se traduce en algunos casos como “testamento”, es indistinto, (el único sitio la Biblia donde la traducción válida es “testamento” y no “pacto” se encuentra en Heb. 9:16-17, donde se habla de una persona moribunda) y hemos de tener presente que el hombre no es parte en cuanto que “hace” el trato, sino en cuanto que lo recibe de manos de Dios. Así pues, porque procede de Dios, cualquier pacto es un don de Dios, es parte de Su gracia, (aún el pacto de obras es de gracia porque procede de Dios), y es inviolable e inquebrantable por parte de Dios. Es como si Dios se acercara al hombre y le dijera: “Quiero hacer un trato contigo”, y esta es la forma en que vemos Su amor y Su gracia.

Y puesto que Adán falló y no tiene sentido que Dios estableciera otro pacto de obras, desde entonces, los otros pactos que Dios ha hecho con el hombre son todos “pactos de gracia”, y lo son en un doble sentido: por ser pactos, y por ser solo de gracia. Y si esto lo entendemos podemos ver con claridad el error de tantos hoy día que piensan presentarse ante Dios porque hacen buenas obras. Si Adán en su perfección no pudo mantenerse firme, ¿cómo podrá hacerlo ahora cualquier persona, con su naturaleza apartada de Dios, controlada por sus deseos carnales, incitada por el mundo y por Satanás, y sin fuerzas ni deseos para agradar a Dios? Desde Adán, las obras ya no pueden salvar a nadie, y desde entonces, Dios se acerca al hombre con Su gracia.

 

Y en este nuevo pacto también Dios ha puesto una condición y ha dado unas promesas. La condición, lo que pide del hombre, es la fe. Sólo se pueden recibir y disfrutar las promesas de Dios si se tiene fe, y Dios ha ido aún más lejos indicándonos que Él va a hacer algo para que eso sea posible, para que el hombre tenga fe, y para que así podamos tener esas bendiciones y beneficios. Por tanto, es gracia sobre gracia; gracia porque es Su pacto, y gracia porque lo es de gracia.

En cuanto a las promesas, podemos indicar que hay una central y fundamental, que se puede expresar así: Dios ha prometido ser Dios para el hombre, esta es la promesa: “seré vuestro Dios”, Heb. 8:10. Dios había sido el Dios de Adán, pero Adán cayó, se hizo esclavo de Satanás y rompió su relación con Dios. Y lo extraordinario y sorprendente es que Dios se vuelva de nuevo hacia el hombre con un pacto de gracia, asegurando que tiene un camino para esa relación y para volver a ser Dios para el hombre, Exo. 6:6-7. Esta es la gran promesa que se repite una y otra vez en todas las Escrituras: Jer. 31:33; 32:38-40; Eze. 34:23-25; 36:25-28; 37:26-27; 2a Cor. 6:16-18; Heb. 8:10; Apo. 21:3. La promesa es, pues, que lo que fue quebrantado por el pecado será restaurado, y la bendición de bendiciones es poder decir que Dios es mi Dios. Toda la salvación está incluida en esto y no hemos de olvidarlo, pues a veces pensamos en ella en otros aspectos y dejamos lo fundamental, la mayor bendición: Dios ha prometido ser nuestro Dios, lo cual incluye todo bien concebible y posible.

Pero el pacto también incluye otras cosas. Dios ha prometido bendiciones tanto temporales como espirituales. Dios ha prometido un camino de justificación, pues no puedo decir “mi Dios” a menos que yo esté justificado, que mis pecados hayan sido perdonados y eliminados, y que haya sido adoptado y hecho hijo de Dios. También se incluye la promesa de vida eterna, la entrega del Espíritu Santo, la santificación, y la glorificación última. Todo eso está incluido en el pacto de gracia, y por eso, no puede existir una persona que sea cristiana y que no crezca espiritualmente, pues en el pacto de Dios va esta promesa junto a las otras.

Por tanto, podemos decir que el pacto de gracia es el acuerdo entre Dios y Su pueblo, por el cual Dios lleva a cabo Su propósito y decreto eterno de redención prometiendo Su amistad. La promesa es completa y la salvación gratuita para Su pueblo sobre la base del sacrificio del Señor Jesucristo, el cual es el Mediador del pacto, y mediante la fe en dicho sacrificio. Y según hemos indicado, a partir de Adán, podemos decir que hay un único pacto, pues Dios se acerca siempre al hombre en Su gracia. Dios no ha cambiado; lo que ha hecho es ir revelando poco a poco ese pacto hasta llegar al Señor Jesucristo.

Y podemos decir también que, en realidad, el único pacto fue entre el Padre y el Hijo. Por eso se le llama también “pacto eterno”, Heb. 13:20, o “pacto de redención”, distinguiéndolo del posterior “pacto de gracia” entre Dios y Su pueblo. El hombre caído ya no estaba en posición de hacer un trato con Dios, de modo que Dios el Padre lo hace con Dios el Hijo y nosotros entramos en ese pacto solo por gracia. Así hemos de entender toda nuestra salvación, pues es el Hijo quien se hace voluntariamente nuestro Representante, nuestro Mediador, nuestro Garante, nuestra Certeza, etc. Es el Hijo en ese pacto quien acuerda guardar y cumplir las obras de la Ley que Adán no pudo, quien acuerda enfrentarse a los resultados de la caída, del pecado y de la contaminación del hombre; quien se convierte en el segundo hombre, quien toma nuestra naturaleza, quien toma también nuestro lugar, y quien acepta cumplir con nuestras obligaciones y con las cosas que Dios pide de nosotros.

Es la obra del Hijo la que garantiza toda mi vida cristiana, de principio a fin: mi llamado, mi nueva naturaleza, mi justificación, mi adopción, mi santificación, mi glorificación, etc. No hay nada que proceda de mí. Y todo eso lo sella con Su propia sangre y nos lo da a nosotros por medio de la fe, la cual, según estamos diciendo, tampoco procede ni puede proceder de nosotros.

Ahora vamos a ver cómo ha ido desarrollándose ese único pacto de gracia a lo largo del tiempo. Y lo que encontramos en la Biblia es que Dios lo ha administrado en dos maneras distintas, que hay dos dispensaciones: una es la que se describe en el Antiguo Testamento y otra la que tenemos en el Nuevo; pero repito que hay un único y solo pacto de gracia. Pero antes de ello conviene, a modo de paréntesis, decir algo acerca del “dispensacionalismo”.

En sentido teológico, esta teoría, expuesta por J.N. Darby y desarrollada en la Biblia de Scofield, indica que Dios se ha acercado al hombre a lo largo de la historia en distintas maneras de acuerdo con Su plan de salvación. Se distinguen, según sus defensores, siete dispensaciones o periodos de tiempo en las que Dios ha puesto a prueba, (o pondrá) al ser humano, con el resultado de que en todas ellas el hombre demuestra ser un rebelde por la perversidad de su corazón. Estas dispensaciones han recibido los siguientes nombres: A) La de la inocencia, antes de la Caída; B) La de la conciencia, desde la Caída hasta el diluvio; C) La del gobierno humano, desde el diluvio hasta Abrahám; D) La de la promesa, desde Abrahám hasta Moisés; E) La de la Ley, desde Moisés hasta el día de Pentecostés; F) La de la gracia o de la Iglesia, desde Pentecostés hasta el arrebatamiento, (el cual se da por cierto); y G) La vigente durante el reino milenario, (el cual también se da por cierto). Estas dispensaciones, al contrario de los pactos, aún siendo distintas, se solapan entre sí, es decir, continúan a través de otras dispensaciones.

Este modo de pensar introduce también la idea de que Dios ha hecho seis pactos distintos (al menos cinco, según algunos) con el hombre, (no consideran el pacto de obras). Son los siguientes:

A) Pacto Noético (noéico), concertado con Noé, Gen. 6:17, formalizado luego, 8:20; 9:17, con promesas incondicionales para Noé y toda su descendencia, 8:21-22, y sellado, 9:12-17.

B) Pacto Abrahámico, implícitamente anunciado en Gen. 12:1-3, formalizado en el capítulo 15, ratificado en 22:15-18, y cuya señal es la circuncisión, capítulo 17. Dios hace aquí promesas grandes y de largo alcance en el tiempo.

C) Pacto Sinaítico, mucho más complejo, pues toma la forma de acuerdo entre soberano y vasallos, con la diferencia de que los pactos humanos de esta clase están basados en el poder del soberano, mientras que éste se basa en el amor de Dios hacia Su pueblo. Es anunciado en Exo. 19, pero sus cláusulas se hallan en Exo. 20 y ss, y Deu. 5 y ss.

D) Pacto Palestino, que aparece en Deu. 29 y 30. Algunos lo consideran no como un nuevo pacto, sino como una continuación del sinaítico anterior. Es condicional en parte, Deu. 28:9 y ss, e incondicional en sus aspectos escatológicos, Deu. 30:1-10; comp con Isa. 66:19-20.

E) Pacto Davídico, que tiene que ver específicamente con el Reino, el Rey y el trono de la casa de Israel. También es incondicional en parte, en cuanto al mantenimiento de la dinastía, 2o Sam. 7:14- 16, y condicional respecto al rey individual y concreto, 2o Sam. 7:14.

F) Nuevo pacto en Jesucristo, con mejores promesas, mejor sacrificio, y sellado por Su sangre.

De todos modos, nosotros consideramos que, en relación con el plan de salvación de Dios, hubo un pacto de obras, y a partir de él hay un único pacto de gracia manifestado y revelado poco a poco hasta llegar a su plenitud en Jesucristo. Y en lo que concierne al A.T. podemos indicar varias etapas:

A) En primer lugar, hemos de remontarnos a Gen. 3:15, lo cual ha sido llamado “protoevangelio”. En otras palabras, tenemos aquí un anuncio de todo el Evangelio, con lo cual deberíamos dividir la Biblia en dos partes: la que va desde Génesis 1:1 hasta Génesis 3:14, y la que nos llevaría desde Génesis 3:15 hasta el final. Al principio tenemos el relato de la creación, el pacto de obras y la Caída; y a partir de Génesis 3:15 tenemos el Evangelio, el pacto de gracia, el camino de la salvación, y ese es el tema de todo el resto de la Biblia.

Aquí vemos que Dios habla de poner enemistad entre la serpiente y la mujer y su simiente. Hasta ahora no había existido dicha enemistad; la serpiente había engañado a Eva y la mujer estaba ahora bajo el dominio del diablo, era su amiga, y si Dios no hubiera hecho algo ese habría sido el final de la historia. Así que ahí comienza el primer anuncio de la salvación, pues el hombre no se puede salvar mientras sea amigo del diablo y enemigo de Dios. Debe ser un amigo de Dios, y lo primero que necesita es convertirse en enemigo del diablo.

La segunda cosa implicada es que Dios iba a dar al hombre poder y gracia para luchar contra el diablo. El hombre ya había sido vencido y era su esclavo, y necesitaba ayuda y fuerza, de modo que Dios prometió estar a su lado en esa lucha contra el enemigo. También Dios aplicó la promesa a la simiente, es decir, no fue una promesa dada sólo para el Edén, sino que proseguiría hasta que hubiera conseguido su propósito fundamental. La tercera cosa que observamos es que a partir de aquí el género humano se dividió en dos partes: los que pertenecen a Dios y los que son la simiente del diablo, y hay una lucha entre ambas. Y, finalmente, Dios da también la promesa de la certeza del triunfo. La serpiente sería herida, su cabeza sería destruida, viéndose allí una primera imagen del Calvario, pues la simiente de la mujer no es otra que el propio Señor Jesucristo.

Éste fue el primer anuncio del pacto, y aunque Dios no lo llamo así, era efectivamente un pacto que luego el mismo Dios haría más explícito.

B) A continuación vemos que Dios hace un pacto con Noé, Gen. 9:9-13 tras el diluvio. Dios prometió que nunca volvería a destruir la tierra, que habría una sucesión de las estaciones y que se dominarían las fuerzas de la naturaleza. En otras palabras, los efectos y resultados del pecado y la Caída se controlaron, se mantuvieron en equilibrio en el pacto que se hizo con Noé. De igual modo los poderes del diablo se restringieron, y no se permitió que el hombre fuese tan violento como había sido antes. Y todo se confirmó y selló con la señal del arco iris entre las nubes. Pero éste no fue un nuevo pacto de gracia, sino el mismo de Génesis 3:15 en el que se introdujeron algunos mandamientos y promesas nuevas. En realidad el pacto con Noé no era un pacto de redención, sino una legislación temporal, que a veces se llama “gracia común” para todas las personas, que se distingue de la “gracia especial” que asegura nuestra salvación espiritual.

C) En tercer lugar leemos el pacto que Dios hizo con Abrahám, Gen. 17: 1-7, 10, en el cual afirma claramente Su propósito de redención, “para ser tu Dios y el de tu descendencia después de ti”. Aquí tenemos ya por primera vez el comienzo de una especie de Iglesia. Hay ya una separación entre el pueblo que pertenece a Dios y aquellos que pertenecen al mundo. Dios eligió por primera vez a un hombre y con él a una familia para tener Su pueblo especial. Y vemos también cómo se subraya la fe de Abrahám en su respuesta, vv. 22-23. Además está también la gran promesa de la simiente espiritual, que todas las naciones del mundo serían bendecidas en él.

Como sabemos esto se desarrolla en el capítulo cuatro de Romanos y también en el capítulo tres de Gálatas. Aquí podemos ver que, en Su pacto con Abrahám, Dios le estaba justificando, Rom. 4:22-25, (Gen. 15:6): justificado en un sentido espiritual, justificado del pecado, perdonado y adoptado en la familia de Dios, etc. Es la misma promesa de Génesis 3:15, pero más explicada.

D) Y luego pasamos al pacto del Sinaí, al pacto hecho con Moisés, Exo. 19:5-6. Aquí ha de hacerse hincapié especialmente en el hecho de que el pacto era un pacto nacional, de modo que pertenecer a la nación era como pertenecer a la Iglesia, y ser expulsado de la nación era ser expulsado de la Iglesia. Desde luego que en el monte Sinaí se hizo entrega de la Ley, pero esto no significaba que Dios estuviese restableciendo un nuevo pacto de obras. Ya hemos hablado de la imposibilidad de esto.

La entrega de la Ley no significó una vuelta al pacto de obras, aunque los hijos de Israel cometieron el terrible error de pensar que fue así, Gal. 3:19-25. No era esa la intención de Dios ni era el significado de la Ley: la Ley fue entregada a fin de regular la vida de la nación en ciertos aspectos, también por otros motivos que tenían que ver con el propio sacrificio del Señor Jesucristo, y para llevarnos a Él.

En el Sinaí Dios dio a Moisés la Ley moral, la Ley civil, y también la Ley ceremonial, con todos los sacrificios y cultos en conexión con el Tabernáculo, de modo que el Evangelio, el pacto de gracia, se predicaba ahora en símbolos y tipos. Éstos tenían el propósito de mostrar las exigencias de Dios a los hombres, Su Santidad, pero también la gran promesa hecha por Dios de perdón y salvación, Su Justicia. Y todo esto no suponía el nacimiento de un nuevo pacto, sino la confirmación del que ya se apuntó en el huerto de Edén, como leemos en Rom. 4:13, Gal. 3:17.

Algunos han argumentado lo que aparece en Gal. 4:21-24 como indicando la existencia de dos pactos, pero no es así. El propósito del apóstol aquí es diferenciar entre el Israel natural y el Israel espiritual, era dar a entender el error de los judíos que creían ser de la simiente de Abrahám únicamente por pertenecer a Israel de la carne. Después de todo Abraham tuvo a Ismael, e Isaac a Esaú, y todos fueron circuncidados, pero no todos eran hijos de la fe ni de la promesa, como el mismo Dios ya anunció a Abraham en Gen. 17:19-21.

Así que el pacto hecho a través de Moisés no era nuevo ni interfería con el pacto de gracia, sino que tenía una doble finalidad: 1) Primero, incrementar la conciencia del pecado, Rom. 5:20; no para invalidar la promesa, Gal. 3:17, sino para mostrar la tremenda maldad del pecado a fin de convencer a la nación y a todas las naciones de la absoluta incapacidad del hombre para afrontar su propia naturaleza pecaminosa. 2) Segundo, como leemos en Gal. 3:24, actuar como una especie de maestro, como un entrenador, que nos muestra la necesidad que hay de Cristo y la completa dependencia de Él. La Ley nunca fue dada como un medio de salvación por sí misma, aunque sea éste el modo de entender de algunos y aunque sea esta la tendencia errónea en la que caen algunos cristianos.

Después de Moisés Dios anuncia un nuevo pacto, Jer. 31:31-34, que no es nuevo por ser distinto, sino por ser definitivo. Y esto nos lleva a la nueva dispensación, a la forma en que Dios ha revelado y perfeccionado, ratificado y cumplido Su pacto en Su propio Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Hay un único pacto de gracia y hay un único gran mensaje fundamental que se encuentra en toda la Biblia: una misma promesa, un mismo Redentor, una misma condición y una misma y completa salvación. Por eso no se puede despreciar el Antiguo Testamento, pues en él tenemos las sombras y el anticipo de lo recogido en el Nuevo. El Evangelio no comienza en Mat. 1:1, sino en Gen. 3:15, no lo olvidemos, y es nuestro deber y privilegio, buscar este Evangelio y regocijarnos en él allí donde lo encontremos. ¡Que Dios nos ayude en esa tarea, para Su gloria y bendición nuestra!

CAD-IBVH, Estudio, Fe

El plan de Dios para la Salvación

En el estudio realizado hasta ahora hemos estado considerando los principales aspectos de la propia Escritura como Palabra inspirada de Dios, los atributos del ser de Dios y Su propia naturaleza tal como se nos revela en aquélla, Sus decretos y providencia, la creación de los seres invisibles y visibles, para terminar con la propia creación del hombre, su caída, y las consecuencias derivadas de la misma no sólo para los primeros padres sino para toda su descendencia. Y puesto que hemos hablado de la culpa del pecado y de la contaminación del mismo que acarrea una depravación total y una incapacidad total del hombre para hacer las cosas que son agradables ante Dios, habremos de comenzar ahora a pensar en la salvación que el hombre necesita para salir de su actual condición.

Y al hacer esto nos encontramos con una multitud de ideas y pensamientos que se han ido desarrollando a lo largo de la historia del cristianismo, ideas que han ido elaborándose y entretejiéndose unas con otras, de modo que la situación actual es de una gran confusión en este tema del plan de la salvación. Hay creencias de todo tipo, mezclas de todo tipo, sistemas que hacen agua por muchas de sus partes, y lo que es peor, multitud de cristianos que en realidad no saben ni lo que creen. Por eso es necesario realizar a modo de introducción un breve repaso y descripción de las principales corrientes de pensamiento. Y para ello vamos a seguir el orden que queda reflejado en el cuadro que os he indicado, el cual debemos tener siempre presente para no perdernos en el razonamiento.

En primer lugar habremos de comenzar recordando que Dios tiene un plan, un orden en Sus Decretos, y que dentro de ese plan está incluida también la salvación del hombre. Este plan es admitido tanto por los deístas como por los teístas. Los primeros argumentan que Dios creó el universo y habiendo puesto en él un orden o una ley, lo dejó de lado. Así pues, hay un plan, nada es imprevisto o está sujeto al azar, pero esta forma de pensar implica una concepción mecánica del universo. Es como si hacemos un reloj y lo dejamos marcar los segundos, las horas y los días; el reloj no seguirá su propio camino, sino el nuestro que le hemos arreglado. Esta concepción, repito, nos libera de la suerte o del azar, pero lo hace para meternos en el engranaje de una máquina. No es, por tanto, la concepción más grande, pero aunque parezca extraño hay cristianos que apoyan esta idea cuando se habla de algunas cuestiones particulares de la salvación, como si en ellas Dios actuara de forma irresponsable. Por el contrario, el teísmo nos libera aún de esta ley y nos coloca en las manos de un Dios personal que tiene un plan fundamental para todo lo que hace y, por lo tanto, también para la salvación. Pero es aquí donde las opiniones se multiplican, aún dejando de lado las que no son cristianas. Dentro de las Iglesias se han trazado líneas de división, se ha levantado grupos contra grupos, y se han desarrollado diferentes tipos de creencias que, en algunos de los casos, sólo tienen en común la denominación de cristianas. Vamos pues a describir las principales características de cada una con el fin de saber qué dice la Biblia en este tema.                    

En el cuadro anterior, que ahora vamos a explicar, se han intentado visualizar varias cosas. En la parte izquierda del mismo se encuentra el plan de salvación que proviene de Dios, asentado sobre un cimiento firme a modo de columna capaz de resistir todos los vientos, 1ª Tim. 3:15. Es un plan que sale de Dios, Deu. 33:27, y que está encaminado para que el mismo Dios sea glorificado, y puesto que procede de Él y a Él conduce, es un plan eterno, inmutable y perfecto.

En la parte derecha se encuentran los distintos planes que el hombre ha ido elaborando durante los siglos, todos los cuales conducen a la glorificación del propio hombre. Como puede observarse, es un gigante con pies de barro, en un equilibrio imposible de mantener e incapaz de resistir la confrontación con la propia Palabra de Dios. Además, no es un único plan, sino muchas variantes del mismo, el cual comenzó con la glorificación descarada del hombre en lo que llegaron a ser distintas herejías, para continuar con modificaciones del Plan eterno de Dios conducentes todas, en distintos grados de sutileza, al mismo fin. Es lo que se ha intentado reflejar con las flechas que apuntan hacia abajo.

Estaremos varias semanas para hablar de este tema extremadamente importante y estaremos analizando este diagrama a profundidad.

1) La primera división que separa a los que se dicen cristianos en relación al plan de salvación, es aquella que divide lo que podemos llamar los puntos de vista sobrenaturalista y naturalista. Es la división que se plantea si se piensa que Dios ha planeado la salvación de los hombres para que con más o menos trabajo ellos se salven a sí mismos, o si ha planeado Él intervenir en la salvación. La cuestión fundamental es: ¿puede el hombre salvarse a sí mismo, o lo salva Dios?

Los primeros, es decir, los sobrenaturalistas, afirman que el poder para la salvación viene de Dios, que la salvación es de Dios, Jonás 2:9; Apo. 7:10, que es Dios mismo quien salva. Los segundos, los naturalistas, afirman que el poder para la salvación viene del hombre, y que el hombre mismo es quien se salva. Esta forma de pensamiento se conoce con el nombre de Pelagianismo, y aunque fue considerada como una herejía, no es meramente un asunto de historia, de modo que de una forma u otra está siempre con nosotros. Así, están de moda, y siempre lo han estado, distintas maneras de pensar que asignan al hombre la decisiva actividad en su propia salvación, y aunque admiten que Dios ha planeado quiénes serán salvos, en el punto decisivo, de una forma u otra, ellos, los hombres, se salvan a sí mismos.

Existen también numerosos puntos de vista intermedios, pero todos son naturalistas, pues en todos es el hombre en última instancia quien decide su salvación. Entre ellos citamos el Semipelagianismo, y también algunas sectas que se llaman cristianas pero que no lo son, tal como los Unitarios. De modo resumido, indicamos las características de los mismos:

A) El Pelagianismo enseña que Adán fue creado en un estado neutro, ni santo ni pecador, con una libre voluntad para hacer el bien o el mal, y era mortal por naturaleza. Decidió pecar, pero su pecado le afectó sólo a él. Por tanto no existe pecado original hereditario, sino que cada hombre nace en la misma condición moral y espiritual que Adán. Cada hombre puede por sus propias fuerzas evitar el pecado y alcanzar la salvación eterna. El pecado que hay en el mundo se debe a la mala educación, los malos ejemplos, y la costumbre de pecar. O sea, en el fondo, todos somos buenos. Los niños pequeños necesitan ser bautizados para entrar en el Reino de los Cielos; si no se les bautiza también entran en el Cielo pero con un grado inferior de felicidad. “Yo digo”, declaró Pelagio, “que el hombre puede existir sin pecado, y es capaz de guardar los mandamientos de Dios”. No necesita pues, ninguna gracia o ayuda de Dios, ni tampoco le es dada. Fue condenado en los Sínodos de Milevi y Cartago, en el 416, y en el Concilio de Efeso en el año 431.

B) El Semipelagianismo, (también conocido como el movimiento o la doctrina de los Marselleses),  enseña el pecado original hereditario y la necesidad de la gracia de Dios para obtener la salvación. Pero esta gracia está a disposición de todos y la consigue el que se esfuerza por alcanzarla. El hombre puede desear buscar la gracia de la salvación, con la cual puede evitar todo pecado y perseverar por sí mismo hasta conseguir la salvación definitiva. Por tanto, la salvación y la condenación dependen del libre albedrío de cada hombre. Los niños pequeños que mueren van al cielo si han sido bautizados; en caso contrario, se salvan o condenan según lo que Dios había previsto que ya harían si hubiesen llegado a mayores. Fue condenado en el segundo Concilio de Orange en el 529.

C) En cuanto a los Unitarios, tienen en común el hecho de sostener que hay una sola Persona divina, que el Hijo es un simple hombre, y que el Espíritu Santo es el poder que procede de la única Persona divina. Entre ellos cabe citar a los antiguos arrianos, los monarquianos, los socinianos, y los actuales testigos de Jehová. En todos los casos, para ellos es el hombre quien decide su salvación.

Por la importancia de este tema, vamos a decir algo más acerca del mismo. En realidad sólo hay dos doctrinas fundamentales de la salvación: o la salvación viene de Dios, o la salvación depende de nosotros mismos. La primera es la doctrina del cristianismo general; la segunda es la doctrina del paganismo universal, Gen. 11:4. Todas las religiones, excepto el verdadero cristianismo, son autosotéricas (el hombre se salva por sí mismo, por sus obras se salva), y la filosofía tampoco ha hecho ningún progreso en este camino, pues aún Kant y Schopenhauer aunque reconocen el pecado natural del hombre y la necesidad de una regeneración, terminan apelando al final a la voluntad, la sabiduría, y el poder del hombre.

El verdadero cristianismo en cambio, señala que sin la gracia somos incapaces de tener, pensar, hablar, o hacer algo propio de la piedad. Por tanto, la oposición entre los dos sistemas es absoluta: por un lado todas las cosas se atribuyen al hombre; por otro, todas se adscriben a Dios. Tenemos pues las dos únicas religiones: la religión de la fe y la religión de las obras; la que hace al hombre desesperar de sí mismo y arrojar todas sus esperanzas en Dios El Salvador, y la que lleva al hombre a poner toda la confianza en sí mismo. Y puesto que el precio de la libertad es la vigilancia constante, así la Iglesia pronto encontró que la verdadera religión sólo puede ser retenida a costa de una lucha perpetua. Surgió el semipelagianismo, el semi semipelagianismo, y otros modos que durante siglos llevaron a pensar que el actor determinante de la salvación es el consentimiento de la propia voluntad humana.

Para Lutero, el Pelagianismo era la herejía de las herejías, pero no tardó mucho tiempo en que en una forma encubierta entrase en la propia Iglesia Luterana: la gracia de Dios es resistible y Dios elige a aquellos que previó que creerían. Por tanto, de un modo u otro, no hay redención a menos que el pecador coopere enérgicamente con ella, a menos que permita ser redimido. Y de este modo aún la obra del Espíritu Santo no sirve si el hombre no quiere. Todo está en nuestro poder, y el que resiste no puede ser ayudado ni aún por el Espíritu Santo.

Hoy día el pensamiento del nuevo protestantismo gira alrededor de estas ideas, reduciendo el sentido profundo de la culpa, eliminando las consecuencias del pecado, y tomando como base la parábola del hijo pródigo, la cual, evidentemente, no es todo el Evangelio. El gran mensaje de la misma es el gozo que hay en el cielo por un pecador que se arrepiente, pero evidentemente en ella no hay expiación, ni obra de Cristo, ni gracia de Dios, ni operación del Espíritu Santo, ni incluso amor del Padre, pues éste no presta ninguna atención a su hijo cuando estaba errante.

Este punto de vista de Dios alguien lo ha llamado “la concepción animal doméstica de Dios”, pues del mismo modo que se pueden tener ovejas para producir lana y vacas para producir leche, así se puede tener a Dios para dar perdón cuando el hombre lo requiera. Es el Evangelio del libre albedrío, para todo quien lo quiera, que pasa por alto que en este mundo de muerte y de pecado nadie desea ni puede desear hacer lo bueno. Las uvas no brotan de los espinos ni los higos de los abrojos, y sólo el buen árbol produce buen fruto. La raíz del problema se encuentra en nuestras voluntades; podríamos ser buenos si quisiéramos, pero no queremos; y no podemos comenzar a desearlo a menos que tengamos una nueva disposición interior.

Charles H. Spurgeon decía: “Cristo no es poderoso para salvar a los que se arrepienten, sino que puede hacer que los hombres se arrepientan. El llevará a los cielos a los que creen: pero es aún más poderoso para dar a los hombres nuevos corazones y obrar la fe en ellos. El es poderoso para hacer que el hombre que aborrece la santidad la ame, y obligar al desdeñador de Su Nombre a doblar la rodilla delante de Él. Y no es este todo el significado, pues el poder divino se ve igualmente en la obra posterior. Él es poderoso para guardar a su pueblo santo después que los ha hecho así, y para preservarlos en temor y amor, hasta que Él consume su existencia espiritual en el Cielo”.

“Si hubiera un solo punto en la vestidura celestial de nuestra justicia que nosotros mismos tuviéramos que poner, estaríamos perdidos”, dice de nuevo atinadamente.

Así pues, desdeñamos esta concepción naturalista, pues no es la enseñanza de la Biblia, y todas las Iglesias cristianas son contrarias a ella en este tema de la salvación. Todo el cristianismo es sobrenaturalista, a pesar de los muchos puntos de vista que se han introducido dentro de la membresía de las Iglesias. Todo el cristianismo señala que Dios el Señor es quien salva, y no el hombre a sí mismo; no es que algo del poder de Dios salve al hombre, ni que la mayor parte del poder ejercido para la salvación venga de Dios, sino que todo el poder para salvar al hombre viene de Dios, y que si el hombre hace algo es por efecto también de la acción divina.

Y aunque pudiera parecer que con esto el problema queda resuelto, en realidad no ha hecho más que empezar, pues dentro de los sobrenaturalistas hay muchas discrepancias en cuanto al modo por el cual el poder de Dios para la salvación es adquirido por el hombre.

2) Así pues, una segunda división que podemos señalar es aquella que separa a los sobrenaturalistas entre evangélicos o protestantes por un lado, y sacerdotalistas, por otro. La cuestión es: ¿salva Dios a los hombres por la acción directa de Su gracia en ellos, o por medio de instrumentos humanos usados para este fin? Y cómo puede intuirse, de nuevo la segunda concepción conlleva la introducción de algún tipo de pelagianismo.

La forma típica del sacerdotalismo la tenemos en la Iglesia de Roma, la cual se considera como la institución para la salvación. La Iglesia es la que salva. Aceptan los medios de gracia, pero la gracia es comunicada por y a través de lo que hace la Iglesia. Sus dos principios fundamentales son: dónde está la Iglesia está el Espíritu, y fuera de la Iglesia no hay salvación. Por contra, los evangélicos eliminan todo intermediario entre el alma y Dios, y afirman que es Dios quien opera directamente en la persona. Sus principios son: dónde está el Espíritu está la Iglesia, y fuera del cuerpo de los santos no hay salvación. Así pues, los evangélicos son anti-naturalistas y anti-sacerdotalistas.

Nos detendremos un poco para analizar el sacerdotalismo. Y lo primero que indicamos es que todas las iglesias oficiales, de uno u otro modo, participan de esta concepción: es la Iglesia, o los sacramentos, (los medios de gracia), los que dan la salvación. La salvación proviene de Dios, pero de una u otra forma son los hombres los que la administran. En realidad esta forma de pensar muestra el resto pagano que aún queda en estas distintas religiones, y la incesante reaparición de esta tendencia es evidencia incuestionable de la dificultad que hay para preservar el verdadero cristianismo. El factor humano se introduce de nuevo, y es la Iglesia la que toma posesión de la obra de Cristo.

En el caso de la Iglesia Romana, ella es una reencarnación de Cristo, y por medio de ella Cristo sigue ejerciendo los oficios de Profeta, Sacerdote y Rey. Profeta, porque la autoridad infalible y el magisterio están en la Iglesia, Mat. 23:8-10; Sacerdote, porque fuera de ella no hay salvación, Hec. 4:12, es el único intermediario, 1ª Tim. 2:5 y es la encargada de repetir el sacrificio de Cristo, Heb. 10:10-14; y Rey, porque pide una absoluta obediencia de todos sus miembros. Así pues, la Iglesia visible es la perenne encarnación de Cristo, y es a ella a quienes deben mirar los hombres para su salvación, lo cual hace caer al pecador en manos de otros hombres pecadores en vez de en la mano del Dios misericordioso, Jer. 17:5-8; Mat. 15:7-11; 1ª Tim. 4:1-3.

En este sistema los sacramentos son fundamentales: se salvan quienes guardan los sacramentos y se pierden quienes no lo hacen, siendo por tanto las causas secundarias las que determinan la salvación. Dios salva pero confía la salvación a los hombres; Él deja de estar preocupado por ello, y deja a los hombres buscar de forma natural su propia salvación. En realidad es una especie de concepción deística del plan de salvación, la cual lleva a innumerosos problemas y a la introducción de nuevos dogmas y doctrinas.

Dentro de la Iglesia de Roma, hasta hace poco tiempo había varias escuelas de pensamiento, todas ellas aceptando el sacramentalismo. Hoy día hay nuevos movimientos e ideas, de modo que, prácticamente, cada uno puede creer lo que quiera porque cualquier concepto encuentra una escuela que lo apoye. Éstas son:

A) La molinista, (principalmente jesuitas), que sostienen que la caída original no afectó a las facultades del hombre, que éste puede disponerse para la gracia, que la eficacia de la gracia depende de la cooperación humana, y que Dios salva o condena según prevé lo que cada uno va a hacer. Hoy día hay muchas corrientes dentro de los jesuitas, hasta tal punto que algunos de sus más renombrados teólogos han sido separados de la docencia por estar más cercanos a los evangélicos que a la propia Iglesia católico-romana.

B) La agustiniana, (propia de los frailes agustinos), que defienden la incapacidad natural del hombre para la salvación y la necesidad de una eficacia psicológica de atracción en la gracia. Se separan de las enseñanzas de Agustín del cual proceden.

C) La dominicana o tomista, (frailes dominicos), que hablan de la incapacidad del hombre y enseñan la eficacia física de la gracia.

D) La redentorista, que tiene una posición intermedia entre los primeros y los terceros, diciendo que a todos se da gracia suficiente para orar, y al que ora se le da gracia eficaz para salvarse. De ahí que su máxima sea: el que ora se salva; el que no ora se condena.

Como puede observarse se introducen diferencias sutiles, pero dentro de un sistema en el que la Iglesia es la depositaria de la salvación y la que no deja que Dios actúe en Su soberanía. Podemos citar hoy, en esta confusión, a la Teología de la Liberación (una sintesis de teologia Cristiana y analisis socio-economico Marxista que enfatiza la preocupación por los pobres y la liberación politica de gente oprimida; se centro en LatinoAmerica), o a las Comunidades de Base (grupos pequeños de personas que leian la Biblia y otros textos, que lograron cambiar algunas de las interpretaciónes de la Iglesia Catolica).

Este sacerdotalismo no está confinado en nuestros días a la Iglesia de Roma. Otra iglesia muy influyente es la de Inglaterra con todas sus iglesias hijas, así como la Luterana y la Ortodoxa. En todos los casos los medios principales de la gracia son los sacramentos, los cuales actúan “Ex Opere Operato”, (Latín; literalmente: “del trabajo que se realiza». Se refiere a la manera en que la gracia es conferida por la valida administración y digna recepción de un sacramento. El término fue definido en el Concilio de Trento en 1547. ) es decir, por sí mismos y sin tener en cuenta la condición del que los administra ni del que los recibe. Así, el bautismo es esencial para la salvación: por medio de él se da vida sobrenatural al alma y la persona se incorpora a Cristo, con lo cual se enseña a las personas que en vez de ir a Dios han de ir a la iglesia. En cuanto a la idea de la Cena del Señor, no todos admiten la transubstanciación y se acercan más a una cosubstanciación, aunque la creencia oficial es una y las individuales otras.

En cuanto a la Iglesia Anglicana, (separada  de Roma durante la Reforma, cuyo fundador principal fue el obispo Tomás Cranmer con el apoyo de Enrique VIII), existen hoy tres grupos diferenciados: la Iglesia Baja, formada por supuestos evangélicos de fe reformada; la Iglesia Ancha, donde el liberalismo y el modernismo han hecho presa (obispos homosexuales, por citar un ejemplo); y la Iglesia Alta, cuyas prácticas y sacramentos poco se diferencian de las de la Iglesia de Roma, (también llamados anglocatólicos). Hoy día el éxodo de anglicanos hacia Roma es constante, pues esta confesión proporciona una base más sólida que la de ellos mismos.

El actual luteranismo también participa de una forma modificada de sacerdotalismo, y aunque no habla de la Iglesia como la que salva, sí lo hace acerca de los medios de gracia, principalmente la Palabra, y ésta como Palabra hablada, menoscabando la autoridad y la fuerza salvadora de la revelación escrita. Se exaltan los medios de gracia y se olvida más o menos al Espíritu Santo que es el verdadero agente, y como los medios de gracia son administrados por los hombres, en definitiva, son éstos los exaltados.

Y en cuanto a la Iglesia ortodoxa actual, también con sus múltiples variantes, (grecorusos, coptos, caldeos, malabares, etc.) se encuentra sumergida en un sistema de ritos aún mayor que el de la propia Iglesia de Roma.

Hay tres aspectos en este sistema sacerdotal que no deben olvidarse si se quieren evaluar con exactitud los daños que ocasiona al verdadero cristianismo. En primer lugar, separa a la persona del contacto directo con Dios o de la dependencia de Dios, lo cual origina un tipo de piedad pagana. En segundo lugar, rechaza la obra soberana del Espíritu Santo que ya no opera cuando quiere, como quiere, y donde quiere; es como si la gracia de Dios estuviese guardada a la voluntad de la Iglesia para qué está haga la obra de Áquel. Y, en tercer lugar, este sistema sujeta al Espíritu Santo en sus operaciones de gracia hacia los hombres. El Espíritu Santo se hace un instrumento que la Iglesia usa. Él va a donde ellos transmiten; obra donde se Le deja obrar; Sus operaciones esperan el permiso de ellos; y aparte de su dirección y control, Él no puede obrar la salvación.

Ni que decir tiene que este sistema se parece más a la magia que al verdadero cristianismo.

Terminamos indicando de nuevo que todos los evangélicos están de acuerdo al confesar la dependencia completa del hombre pecador en la gracia de Dios solamente para la salvación, y al concebir esta dependencia como inmediata y directa del Espíritu Santo actuando en el corazón del hombre y creando una conciencia profunda de una comunión personal con Dios el Salvador. Pero siendo esto cierto, existen diferencias muy importantes que dividen a los evangélicos en cuanto a los métodos usados por Dios para traer hijos a la gloria.

Y así entramos en una tercera división.

3) Admitiendo pues, que todo el poder ejercido para la salvación viene de Dios, y que Dios obra directamente sobre el alma de las personas, podemos indicar otra distinción entre las concepciones del plan de salvación que podemos llamar “particularista y universalista”. La primera de ellas mantiene que Dios ejerce este poder salvador con discriminación entre los hombres, es decir, que hay una elección por parte de Dios; Dios salva y obra solamente en algunas personas, Hec. 2:47; 13:48; 2ª Tes. 2:13-14. La segunda idea es la contraria: Dios derrama su gracia sobre todos los hombres y los capacita para ser salvos; hay universalismo en cuanto a ofrecimiento, de modo que Dios ofrece la salvación a todos, y aunque en realidad Dios no salva, permite que todos se salven. O de otra manera, no hay elección, y la redención efectuada por Cristo es universal.

Esta concepción universalista ha llevado en primer lugar a la idea de que la salvación es universal, es decir, la de que todo el mundo se salva de una u otra forma. Si es Dios quien salva y no el hombre a sí mismo, si es Dios quien obra directamente en el hombre, y si es Dios quien lo hace de igual modo en todas las personas, parece inevitable concluir que en consecuencia todos han de ser salvos. Sin embargo esta idea ha sido rechazada por la mayoría de evangélicos universalistas, pues tropieza con la claridad de la declaración bíblica de que no todos los hombres son salvos, habiéndose hecho grandes esfuerzos para poder explicar la actividad de Dios mirando la salvación como universal. O debe sostenerse que no es Dios solamente quien obra la salvación y que en algún punto decisivo hay algo que depende del hombre, volviendo de nuevo al autosoterismo.

Han surgido así varias corrientes de pensamiento, entre las cuales destacan dos principalmente: los luteranos evangélicos, y los evangélicos arminianos. Ambos mantienen que todo el mundo puede salvarse, pero también que la salvación puede perderse. En realidad, los primeros son una variante de los sacerdotalistas y de los pelagianos, y los segundos una modificación de los semipelagianos, los molinistas y los redentoristas.

Como en los casos anteriores, diremos algo más acerca del universalismo. Esta forma de pensar surge por el interés de proteger a Dios del cargo de “parcialidad o injusticia” que, presuntamente, surge cuando se habla de la elección de Dios. Así, algunos famosos teólogos han declarado que las doctrinas de la elección, la gracia eficaz, y el castigo eterno, son repulsivas, y que si hay una parte de la raza humana que tendrá una condenación eterna, esto sólo es explicable sobre la suposición de que el amor divino no es perfecto, porque no abarca todos, y no es amor incansable. Se olvida así en el razonamiento que el amor de Dios ha de ir junto a Su justicia, que los atributos de Dios son inseparables, y que lo raro no es que Dios condene a algunos, sino que salve a algunos.

La lucha es por la universalidad de la oportunidad de la salvación, y el énfasis recae en que lo que Dios hace es proveer esta oportunidad. Así, se entiende que Dios no salva a algunos solamente, sino que realmente no salva a ninguno. Dios solamente abre el camino de la salvación a todos, y si algunos son salvos, deben salvarse a sí mismos.

En cuanto a los evangélicos arminianos, sus principales doctrinas son las siguientes:

A) El pecado de Adán no se imputa a sus descendientes; es una enfermedad por la que el hombre no queda condenado, aunque sí inhabilitado para alcanzar la vida eterna y descubrir por sí mismo el camino de la salvación. Le queda, sin embargo, el libre albedrío suficientemente sano como para disponerse para la conversión.

B) El Espíritu Santo da a todos los hombres la gracia suficiente para contrarrestar los efectos del pecado y cooperar así a la regeneración espiritual. El que hace buen uso de esta gracia común recibe una gracia eficaz para la salvación. El que resiste dicha gracia común se hace responsable de su condenación, (algo parecido a los redentoristas: “el que ora se salva; el que no ora se condena”).

Un tercer grupo son los llamados “morrisonianos”, cuyo credo se resume en las siguientes “tres universalidades”: el amor de Dios el Padre manifestado en el sacrificio de Cristo Jesús es para todos los hombres en todas partes sin distinción; el amor de Dios el Hijo manifestado en la propiciación por los pecados es para todos los hombres sin distinción; y el amor de Dios el Espíritu Santo en su obra de gracia y aplicación es para todos los hombres sin distinción.

4) Entramos así en una nueva clasificación dentro de los particularistas. Unos dicen que la redención por la obra de Cristo tiene aplicación universal, es decir, que todos los hombres pueden ser redimidos por Cristo sí creen en él. Otros en cambio defienden que la redención es limitada y que para aquellos que se aplica les proporciona plena seguridad. Es el mismo problema que tiene el universalismo general con luteranos y arminianos, (no todos se salvan pero a todos se ofrece la salvación), aunque ahora se refiere únicamente a una de las operaciones que intervienen en el propio proceso de la salvación: la redención. Para unos, pues, la redención es para todos aunque no todos la aceptan; para otros, la redención o expiación es limitada sólo para aquellos que han de ser salvos.

De este modo podemos distinguir dos grandes grupos: “los calvinistas y los redencionistas universales”. Dentro de los primeros habremos de hablar de dos variantes: calvinismo infralapsario (o sublapsario) y calvinismo supralapsario (hipercalvinismo). Y en los segundos se distinguen los llamados calvinistas moderados, (que en realidad no son calvinistas), los post-redencionistas (también llamados infralapsarios), y los pajonistas, (a veces llamados congruistas). De todos ellos debemos indicar sus características.

En primer lugar hablamos del calvinismo tradicional, clásico o radical, el cual se resume en los siguientes cinco puntos: depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia eficaz, y perseverancia de los santos, también llamada preservación de Dios. Es el sistema de pensamiento más coherente y el que está más de acuerdo con la enseñanza bíblica, aunque haya dado lugar a dos modalidades dependiendo de la forma de ver el orden de los decretos de Dios. Dios llama y atrae irresistiblemente a los que quiere salvar, otorgándoles una gracia eficaz y una nueva naturaleza que les lleva al arrepentimiento y la fe. No hay coerción ni Dios opera contra la voluntad humana, sino que proporciona una nueva disposición en el hombre para hacerle desear las cosas de Dios. El hombre es un cadáver espiritual y no puede hacer nada para su propia salvación: ni disponerse para ella ni cooperar en ella. La iniciativa divina se mantiene durante todo el proceso de salvación.

Para los calvinistas infralapsarios, (sublapsarios), el orden de los decretos de Dios es el siguiente: creación, caída, elección, y redención. Para los supralapsarios en cambio es: elección, creación, caída, y redención. En ambos casos la redención es limitada, y en ambos casos se acepta la perseverancia y seguridad de los salvados, pues ésta procede del mismo Dios quien la garantiza. El problema planteado aquí entre las dos corrientes surge por el error de confundir y mezclar el tiempo con el “no tiempo”. Desde el punto de vista de Dios todo es presente y no tiene sentido hablar de qué cosa sucede antes, aunque esto no sea así desde nuestro punto de vista.

El primer grupo indica que la elección es después de la caída en pecado; el segundo señala que la elección antecede a todo lo demás. Este segundo grupo ha tenido más rechazo porque el orden que plantea es el que más choca con la mentalidad del hombre caído que se opone siempre a la soberanía de Dios. Se indica: “Si Dios elige en primer lugar a unos para salvación, está dejando a otros para condenación, aún antes de que hayan pecado. Y esto es algo monstruoso”. Por el contrario, los infralapsarios son más aceptados porque, según ellos, Dios elige para salvación de entre el grupo de hombres caídos y condenados ya por sus pecados, no teniendo que condenar Dios mismo activamente a nadie. O dicho de otro modo: Dios no distribuye en dos montones a los hombres que determina crear, unos para el cielo y otros para el infierno, (supralapsarios), sino que suponiendo que ya toda la raza humana caída está en corrupción, elige con soberana libertad y misericordia el salvar a algunos, dejando a los demás en su justa condenación.

En cuanto a los redencionistas universales, por la propia idea que defienden ya vemos que se meten en problemas, pues hablan de una redención para todo el mundo pero de una elección para algunos, es decir, hay un universalismo hipotético en cuanto que la obra de Cristo es aplicable a todo el mundo, pero un particularismo en cuanto que hay elección, (explicar Juan 3:16; 10:27, 29; resaltar lo de “dar”; Juan 17:2, 6, 9, 11, 12, 24). También diremos algo, sin entrar en detalles, de cada una de sus variantes:

En primer lugar están los llamados calvinistas moderados, los cuales aceptan los cinco puntos del calvinismo clásico pero cambiándolos en su esencia: la depravación no es total pues la caída sólo ha difuminado un poco la imagen de Dios en las personas; la elección es incondicional sólo para Dios, pero ha de ser aceptada; la expiación no es limitada, sino que Cristo murió por todos y sólo se limita Su obra en el plano de la aplicación, haciéndose efectiva sólo en quienes creen; la gracia es eficaz pero sólo en aquellos que la desean, y no en quienes no la aceptan, es decir, que Dios obra de un modo irresistible y eficaz en los que deciden recibir su gracia; y la perseverancia de los santos es segura.

Vemos de nuevo que se introduce grandemente el elemento humano, y como se ha indicado antes, este calvinismo moderado es más parecido al arminianismo que al propio calvinismo.

En cuanto a los post-redencionistas, su principal característica se encuentra en el orden de los decretos, que queda del modo siguiente: creación, caída, redención, y elección. Así pues, la redención es para todos los hombres, y es en la aplicación de esta redención donde Dios discrimina entre ellos, actuando así en un sentido particularista. Es obvio que este es el punto más bajo donde se puede introducir la elección y seguir siendo particularista, porque si la obra del Espíritu Santo es también de carácter universal ya se pierde todo particularismo con miras a la salvación.

Pero aún así, dentro de este grupo nos encontramos con distintas variantes según la actividad del Espíritu Santo, que sigue siendo particularista: fulleristas, amiraldianos, etc. Para unos, esta obra es poderosa en las almas constituyendo a los hombres en nuevas criaturas; para otros la acción es adaptada al estado de la mente y del corazón de la persona, de modo que es ésta con su propia acción libre la que decide acercarse a Cristo y abrazarlo para su salvación. En definitiva, vemos que una y otra vez se vuelve al concepto pagano de que el hombre puede salvarse por sí mismo, aunque esto se disfrace de formas cada vez más sutiles. Es interesante estudiar con detenimiento las características de cada uno de estos movimientos para ver hasta dónde se llega en los detalles, que resultan casi incomprensibles, con el fin de seguir preservando la soberanía del hombre frente a la soberanía de Dios.

Finalmente, hemos señalado que hay un último grupo: los pajonistas. Éstos coinciden con los anteriores en el orden de los decretos, pero avanzan un paso más en cuanto a hacer depender la salvación del propio hombre. Para ellos, la obra del Espíritu Santo es una obra persuasiva que se otorga a todos igualmente, pero sólo es eficaz en aquellos que tienen ya por sí mismos una mente y un corazón dispuestos, en aquellos cuyo estado es congruente con la acción. De ahí el nombre de congruístas. De nuevo comprobamos que no hay elección soberana de Dios, sino una diferencia propia en los hombres que determina la salvación, encontrándonos de nuevo en el campo autosotérico.

Con todo lo señalado hasta aquí, hemos de concluir que es el calvinismo el único sistema de pensamiento acorde con la Biblia. O más bien, el cristianismo es calvinismo, no porque Calvino lo inventara, sino porque llegó a descubrir el cristianismo invariable que el paso de los siglos había prácticamente enterrado. Dios es soberano en Su elección y decide dar un pueblo a Su propio Hijo. Este pueblo es preservado hasta el final por el poder de Dios. La obra del Hijo es para redimir a aquellos a quienes el Padre Le da, y la aplicación de esta obra por parte del Espíritu Santo es únicamente para aquellos elegidos desde antes de la fundación del mundo.

Es el único sistema coherente que puede explicar los distintos pasajes “difíciles” de la Escritura, Heb. 6:4-9; 2ª Ped. 2:20-22; 3:9; es el único que no presenta fisuras, y es el único que puede derivar de la naturaleza y del ser de Dios de modo que sea Dios mismo el que recibe toda la gloria. No podía ser de otro modo, pero la naturaleza caída, el pecado, la corrupción del mundo, y el mismo Satanás han intentado y seguirán intentando adulterar la clara enseñanza de la Biblia.

No hemos de olvidar que los escritos bíblicos se dirigían en primer lugar a personas en su mayoría incultas y analfabetas, y no pueden ser tan oscuros como para que sólo los muy eruditos puedan descifrar sus mensajes. Y tampoco hemos de olvidar algo que hemos repetido desde el comienzo: el que se acerca a Dios ha de hacerlo con un corazón limpio, libre de prejuicios, y dispuesto a aceptar lo que Dios le revele, aunque esto no sea lo que espera, lo que desea, o lo que entienda.

El calvinismo, además, tiene una misión tan importante en la conservación del universalismo verdadero del Evangelio, (porque hay un verdadero universalismo del Evangelio), como la tiene en la preservación del particularismo de la gracia. Sólo el calvinismo basado en la soberanía de Dios y en los principios que hemos mencionado asegura que Dios es el Salvador de las almas y también el Salvador del mundo. Cristo vino a salvar a los hombres, pero también vino a salvar al mundo, y es el calvinismo que glorifica Dios el único que garantiza esto. Éste es el universalismo bíblico, que no significa que todos los hombres sin excepción serán salvos: hay salvación completa para el hombre y hay salvación completa para el mundo. La meta final a la que la humanidad está avanzando está determinada también por Dios, no es un asunto fortuito, y cada etapa en este proceso está, naturalmente, también determinada por Dios.

El progreso de la Iglesia hacia la perfección, la naturaleza de este progreso, los individuos particulares que el Señor trae hacia ella, etc., todo está en las manos divinas. El Señor añade cada día a su Iglesia los que han de ser salvos, Hec. 2:47, y es por medio del gobierno de todas las cosas cómo se progresa hacia la salvación final de toda la raza, Hec. 13:48. Decir esto, naturalmente, es decir elección y reprobación, 2ª Tes. 2:13-14. No hay contradicción por tanto, al decir que Cristo murió por su pueblo y que Cristo murió por el mundo. Su pueblo puede ser poco en la actualidad, y el mundo será su pueblo del mañana.

Pero debe observarse con exactitud que Cristo no abre el camino de la salvación a todos, sino que de hecho salva a Su pueblo, siendo ésta la única base para creer que habrá alguna vez un mundo salvo. La salvación del mundo depende absolutamente, como depende la salvación del alma individual, de la obra del Dios Trino con todo Su poder, existiendo una concordancia precisa entre el amor del Padre, la redención del Hijo y la obra del Espíritu Santo en aquellos que “antes conoció”, Rom. 8:21-22; 29-39. Con respecto al Padre, podemos leer Rom. 9:21-23; 11:4-6; 1ª Cor. 1:26-29; Efe. 1:3-5; 11; 2ª Tes. 2:13; 2ª Tim. 1:9; 1ª Ped. 1:2. Con respecto al Hijo, Isa. 53:10-11; Juan 6:37, 39; Heb. 7:25; Juan 6:44; Mat. 1:21; 20:28.  Y con respecto al Espíritu Santo, Juan 3:8; 6:63; 2ª Tes. 3:2; 2:13.

Sólo el calvinista tiene el derecho de creer en la salvación eterna del individuo y del mundo. Ambas cosas descansan igualmente en la soberana gracia de Dios, y cualquier otro fundamento es arena movediza.

Finalmente destacamos una última y doble observación: en la descripción precedente hemos hecho referencia a una treintena de corrientes distintas que asignan al hombre un papel más o menos importante en la salvación. Puede entenderse que cuando se tienen en cuenta sus variantes y las mezclas entre ellas el número se multiplique enormemente. Si a esto le añadimos el número también grande de denominaciones (bautistas, presbiterianos, asambleas de hermanos, asambleas de Dios, pentecostales, carismáticos, independientes, filadelfia, etc.), las variantes y todas las posibles mezclas llega al absurdo, siendo imposible saber diferenciar unas de otras: bautistas arminianos, bautistas calvinistas,  bautistas moderados, bautistas que afirman que la salvación puede perderse, bautistas que creen en la bondad natural del ser humano, arminianos reformados, arminianos anglicanos, arminianos con seguridad en la salvación, hermanos calvinistas, hermanos arminianos, hermanos wesleyanos, etc.

El desconcierto es general, y si a él le unimos el desconocimiento doctrinal de la mayoría de los creyentes, no es de extrañar la situación actual de muchas iglesias: miembros y dirigentes de las mismas con conceptos muy distintos acerca de la salvación pues casi todo vale, dando una imagen más parecida a la existente en las religiones oficiales que a la de un verdadero y consciente cristianismo.

Y ante esto, algunos argumentan: “No es necesario estudiar tanto; no es necesaria tanta doctrina; ¿para qué aprender tanto si hay tanta confusión?”, mostrando así su desconocimiento de lo que el mismo Dios nos ordena en Su Palabra, 2ª Ped. 1:3-11; 3:15-18; Efe. 1:17-19; 3:18-19; Fil. 1:9; 3:8. Solamente con un cada vez mayor conocimiento de Dios, lo cual se logra con el estudio de las doctrinas que encontramos en Su Palabra, podremos servirle y glorificarle cada día más, pues no hemos de olvidar que es el conocimiento de Dios el que marca nuestra forma de vivir. Por eso no podemos entender a aquellos supuestos cristianos que dicen, orgullosos, que ellos ya no leen libros, que no necesitan estudiar, que con la Biblia tienen bastante, y que rechazan la luz clara de otros hermanos más espirituales y mejor formados, prefiriendo la casi oscuridad de sus pequeñas velas.

A este respecto no hemos de olvidar que el mismo Señor nos ordena amarle con toda nuestra mente, por lo que debemos entregar toda nuestra vida a aprender más y más de la revelación de Dios. Spurgeon habla de este modo cuando se refiere a Pablo en 2ª Tim. 4:13: “Él tiene la inspiración divina y aún así quiere libros. Ha predicado por lo menos durante 30 años, y aún así quiere libros. Ha visto al Señor, y aún así quiere libros. Tuvo una experiencia más amplia que la mayoría de los hombres, y aún así quiere libros. Había sido arrebatado hasta el tercer cielo, y había escuchado cosas que no le son dadas a los hombres expresar, y aún así quiere libros. Había escrito la mayor parte del Nuevo Testamento, y aún así quiere libros.

Pongamos pues, hermanos, todo nuestro empeño en conocer cada vez más al Dios que nos creó y nos ha salvado, pues el “pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará”, Dan. 11:32. ¡Que nuestro deseo sea el del apóstol Pablo, al decir: “no que lo haya alcanzado ya…”!, Fil. 3:12-14. ¡Y que cumplamos el mandamiento del Señor de ocuparnos de “nuestra salvación con temor y temblor”, para que a ninguno de nosotros se nos puedan aplicar las palabras del mismo Dios en Ose. 4:6, pues lo que Dios quiere también nos lo ha dicho: Ose. 6:6; Jer. 9:23-24.  ¡Que sea una realidad en nuestras vidas, para Su gloria!