La Providencia, o ¿tenemos libertad?

Aunque el término providencia no se halla en la Biblia, se usa para denotar la relación continua de Dios con su creación.

Podemos definir la providencia de Dios como sigue: Dios continuamente participa con todas las cosas creadas y al hacerlo (1) las mantiene en existencia con las propiedades con que las creó; (2) coopera en todo con las cosas creadas, dirigiendo sus propiedades distintivas para hacerlas actuar como actúan; y (3) las dirige para que cumplan sus propósitos.

Bajo la categoría general de providencia tenemos tres subtemas de acuerdo a los tres elementos de la definición antes dada: (1) preservación, (2) concurrencia y (3) gobierno

A. Preservación

Dios mantiene en existencia todas las cosas creadas y las propiedades con que las creó.

Hebreos 1:3 nos dice que Cristo es «el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (He 1:3). La palabra griega que se traduce «sostiene» es fero, «llevar, cargar». Se aplica comúnmente en el Nuevo Testamento para referirse al acto de llevar algo en peso de un lugar a otro, como se lleva a un paralítico en una camilla a Jesús (Lc 5:18), como se lleva vino al director de la fiesta (Jn 2:8), o se le lleva un sobretodo o libros a Pablo (2 Ti 4:13). No significa simplemente «sustentar», sino que tiene el sentido de control activo e intencionado de lo que se lleva de un lugar a otro. En Hebreos 1:3 el uso del participio presente indica que Jesús está continuamente sosteniendo todas las cosas en el universo mediante su palabra poderosa.

B. Concurrencia

  1. Creación inanimada (sucesos naturales Sal 148.8, Job 37.6-13)
  2. Animales (salmo 10427-29
  3. Acontecimientos “al azar” o “casuales” (Prov 16.33)
  4. Acontecimientos plenamente causados por Dios y plenamente causados por la criatura
  5. asuntos de las naciones (Job 12.23, Sal 22.28, Hech 17.26)

6. Todos los aspectos de nuestras vidas. Es asombroso ver hasta qué alcance afirma la Biblia que Dios hace que sucedan varios acontecimientos en nuestras vidas. Por ejemplo, nuestra dependencia de Dios en cuanto al alimento cotidiano, y esto se reitera cada vez que oramos: «Danos hoy nuestro pan cotidiano» (Mt 6:11), aunque trabajamos para conseguir nuestro alimento y (hasta donde puede discernir el ojo humano) lo obtenemos mediante causas enteramente «naturales». Similarmente Pablo, mirando a los acontecimientos con los ojos de la fe, afirma que «mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten» sus hijos (Fil 4:19), aunque Dios puede usar medios «ordinarios» (tales como otras personas) para hacerlo.

Dios planea nuestros días antes de que nazcamos, porque David afirma: «Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos» (Sal 139:16). Y Job dice que: «Los días del hombre ya están determinados; tú has decretado los meses de su vida; le has puesto límites que no puede rebasar» (Job 14:5). Esto se puede ver en la vida de Pablo, quien dice: «Dios me había apartado desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia» (Gal 1:15), y de Jeremías, a quien Dios le dice: «Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones» (Jer. 1:5).

Todas nuestras acciones están bajo el cuidado providencial de Dios, «puesto que en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17:28). Los pasos individuales que damos todos los días están dirigidos por el SEÑOR. Jeremías confiesa: «SEÑOR, yo sé que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al caminante dirigir sus propios pasos» (Jer 10:23). Leemos que: «Los pasos del hombre los dirige el SEÑOR» (Pr 10:24), y «El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el SEÑOR» (Pr 16:9). El éxito y el fracaso vienen de Dios, porque leemos: «La exaltación no viene del oriente, ni del occidente ni del sur, sino que es Dios el que juzga: a unos humilla y a otros exalta» (Sal 75:6-7). Incluso todos nuestros talentos y capacidades son del Señor por lo que Pablo puede preguntar a los corintios: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué presumes como si no te lo hubieran dado?» (1 Co 4:7).

Dios influye en los deseos y decisiones de las personas, porque «contempla desde su trono a todos los habitantes de la tierra», y «Él es quien formó el corazón de todos» (Sal 33:14-15). Cuando nos damos cuenta de que en la Biblia el corazón es la sede de nuestros pensamientos y deseos más íntimos, este es un pasaje significativo. Sí, sabemos que tomamos decisiones voluntarias, pero ¿quién formó nuestra voluntad para que tomemos esas decisiones? Dios «formó el corazón» de «todos los habitantes de la tierra». Dios guía especialmente los deseos e inclinaciones de los creyentes, obrando en nosotros «tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad» (Fil 2:13).

Todos estos pasajes, que nos hablan en términos generales en cuanto a la obra de Dios en la vida de todas las personas y nos dan ejemplos específicos de la obra de Dios en la vida de los individuos, nos llevan a concluir que la obra providencial de concurrencia de Dios se extiende a todos los aspectos de nuestras vidas. Nuestras palabras, nuestros pasos, nuestros movimientos, nuestros corazones y nuestras capacidades vienen del Señor.

Pero debemos guardarnos de un malentendido. Aquí también, como con la creación más inferior, la dirección providencial de Dios como «causa primaria» invisible y detrás de bastidores no nos debe llevar a negar la realidad de nuestras decisiones y acciones. Una vez tras otra la Biblia afirma que nosotros hacemos que sucedan los acontecimientos. Somos significativos y somos responsables. Tomamos decisiones, y son decisiones reales que producen resultados reales. Así como Dios ha creado cosas en la naturaleza con ciertas propiedades (p. ej., las piedras son duras, el agua moja), Dios nos ha hecho de una manera tan maravillosa que nos ha dotado con la capacidad de tomar decisiones.

Una manera de aclarar el sentido de estos pasajes sobre la concurrencia de Dios es decir que si nuestras decisiones son reales, Dios no las puede causar . Pero el número de pasajes que afirman este control providencial de Dios es tan considerable, y las dificultades que surgen al darles alguna otra interpretación son tan formidables, que no me parece que ese pueda ser un método apropiado de abordarlos. Parece mejor decir sencillamente que Dios hace que sucedan todas las cosas que suceden, pero que lo hace de tal manera que de cierta manera mantiene nuestra capacidad de tomar decisiones responsables y voluntarias, decisiones que tienen resultados reales y eternos, y por las que se nos considera responsables. Exactamente cómo combina Dios su control providencial con nuestras decisiones voluntarias y significativas, la Biblia simplemente no nos lo explica. Pero antes que negar uno u otro aspecto (simplemente porque no podemos explicar cómo puede esto ser cierto), debemos aceptar ambas cosas en un intento por ser fieles a las enseñanzas de las Escrituras como un todo.

7. ¿Qué en cuanto al mal? Si Dios en verdad es la causa, mediante su actividad providencial, de todo lo que sucede en el mundo, surge la pregunta: «¿Cuál es la relación entre Dios y el mal en el mundo?» ¿Es en realidad Dios la causa de las acciones malas que hace la gente? Si es así, ¿no es Dios culpable del pecado?

Al abordar esta cuestión es mejor primero leer los pasajes bíblicos que tratan más directamente el asunto. Podemos empezar mirando varios pasajes que afirman que Dios hizo, ciertamente, que sucedieran algunos acontecimientos malos y que se hicieran obras malas. Pero debemos recordar que en todos estos pasajes es muy claro que la Biblia en ninguna parte muestra a Dios directamente haciendo algo malo, sino más bien haciendo que se hagan obras malas mediante la acción voluntaria de criaturas morales. Es más, la Biblia nunca le echa la culpa a Dios del mal ni muestra a Dios complaciéndose en el mal, y la Biblia nunca excusa a los seres humanos por el mal que hacen. Como quiera que entendamos la relación de Dios con el mal, nunca debemos llegar al punto de pensar que no somos responsables del mal que hacemos, que Dios se complace en el mal ni que hay que echarle a él la culpa. Tal conclusión es claramente contraria a la Biblia.

Un ejemplo muy claro se halla en la historia de José. La Biblia dice claramente que los hermanos de José sentían celos malsanos contra él (Gn 37:11), le aborrecían (Gn 37:4,5,8), querían matarlo (Gn 37:20), y que cometieron una maldad al echarle en la cisterna (Gn 37:24) y al venderlo como esclavo para que se lo llevaran a Egipto (Gn 37:28). Sin embargo, más tarde José pudo decirles a sus hermanos: «Fue Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas» (Gn 45:5), y de nuevo «ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente» (Gn 50:20). Aquí tenemos una combinación de obras de maldad hechas por hombres pecadores a los que correctamente se considera responsables de su pecado, y el control providencial superior de Dios por el que se logran los propósitos de Dios. Ambas cosas se expresan claramente.

La historia del éxodo de Egipto repetidamente afirma que Dios endureció el corazón del faraón. Dios dijo: «Yo, por mi parte, endureceré su corazón» (Éx 4:21), «Voy a endurecer el corazón del faraón» (Éx 7:3, repetido en 14:4), «el SEÑOR endureció el corazón del faraón» (Éx 9:12, repetido en 14:8), y «el SEÑOR endureció el corazón del faraón» (Éx 10:20, repetido en 10:27, y de nuevo en 11:10). A veces se objeta que la Biblia también dice que el faraón endureció su propio corazón (Éx 8:15,32; 9:34) y que el acto de Dios al endurecer el corazón del faraón fue sólo en respuesta a la rebelión inicial y dureza de corazón que el mismo faraón mostró de su propio libre albedrío. Pero hay que notar que las promesas de Dios de endurecer el corazón del faraón (Éx 4:21; 7:3) las hace mucho antes de que la Biblia nos diga que el faraón endureció su corazón (leemos esto por primera vez en Éx 8:15). Es más, nuestro análisis de la concurrencia que acabamos de dar, en la que agentes divinos y humanos pueden hacer que algo suceda, debería mostrarnos que ambos factores pueden manifestarse al mismo tiempo. Aun cuando el faraón endurece su corazón, no es incoherente decir que Dios hizo que el faraón se endureciera, y por consiguiente Dios está endureciendo el corazón del faraón. Finalmente, si alguno objetara que Dios está simplemente intensificando los deseos y decisiones perversos que ya estaban en el corazón del faraón, esta clase de acción podría todavía, por lo menos en teoría, aplicarse a todo el mal que hay en el mundo actual, puesto que todas las personas tienen deseos malos todavía en sus corazones y todas las personas en verdad toman decisiones de maldad.

¿Cuál es el propósito de Dios en todo esto? Pablo reflexiona sobre Éxodo 9:16 y dice: «La Escritura le dice al faraón: “Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra”» (Ro 9:17). Luego Pablo infiere una verdad general partiendo de este ejemplo específico: «Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (Ro 9:18). De hecho, Dios también endureció el corazón de los egipcios para que persiguieran a Israel hasta el Mar Rojo: «Yo voy a endurecer el corazón de los egipcios, para que los persigan. ¡Voy a cubrirme de gloria a costa del faraón y de su ejército, y de sus carros y jinetes!» (Éx 14:17). Este tema se repite en el Salmo 105:25: «a quienes trastornó para que odiaran a su pueblo».

En la historia de Job, aunque el Señor le dio a Satanás permiso para que hiciera daño a las posesiones de Job y a sus hijos, y aunque este daño vino mediante las acciones malvadas de los sabeos y caldeos, así como mediante el huracán (Job 1:12,15,17,19), Job miró más allá de esas causas secundarias y, con ojos de fe, vio que todo venía de la mano del Señor. «El SEÑOR ha dado; el SEÑOR ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del SEÑOR!» (Job 1:21). El autor del Antiguo Testamento sigue la afirmación de Job de inmediato con la frase: «A pesar de todo esto, Job no pecó ni le echó la culpa a Dios» (Job 1:22). Job acababa de recibir las noticias de que bandas merodeadoras perversas habían destruido sus rebaños y hatos, y sin embargo con gran fe y paciencia en la adversidad, dice: «El SEÑOR ha quitado». Sin embargo, Job no le echa a Dios la culpa del mal ni dice que Dios haya hecho mal; dice: «Bendito sea el nombre del SEÑOR». Echarle la culpa a Dios por el mal que había producido mediante agentes secundarios habría sido pecado. Job no hace eso, la Biblia tampoco lo hace, ni debemos hacerlo nosotros.

Se podrían dan múltiples ejemplos similares. En muchos de esos pasajes, Dios envía mal y destrucción sobre las personas en castigo por sus pecados. Ellos han sido desobedientes o se han desviado a la idolatría, y el Señor usa a los seres humanos malos o fuerzas demoníacas, o desastres «naturales» para castigarlos. (No siempre se dice que este es el caso; José y Job, por ejemplo, sufrieron pero no debido a su propio pecado, pero a menudo es así.) Tal vez esta idea de castigo por el pecado nos puede ayudar a entender, por lo menos en parte, cómo Dios puede con justicia hacer que sucedan acontecimientos de maldad. Todos los seres humanos son pecadores, porque la Biblia nos dice que «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Ro 3:23). Ninguno de nosotros merece el favor de Dios o su misericordia, sino sólo condenación eterna. Por consiguiente, cuando Dios envía mal sobre los seres humanos, sea para disciplinar a sus hijos, para conducir a los incrédulos al arrepentimiento o para enviar castigo y destrucción sobre pecadores endurecidos, ninguno de nosotros puede acusar a Dios de haber hecho mal. A fin de cuentas, todo obrará conforme a los buenos propósitos de Dios para su gloria y para el bien de su pueblo. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que al castigar el mal en los que no son redimidos (tales como el faraón, los cananitas, y los babilonios), Dios también se glorifica mediante la demostración de su justicia, santidad y poder (vea Éx 9:16; Ro 9:14-24).

La obra más perversa de toda la historia, la crucifixión de Cristo, Dios la ordenó, y no sólo el hecho de que ocurriría, sino también las acciones individuales conectadas con ella. La iglesia de Jerusalén reconoció esto, porque oraron: «En efecto, en esta ciudad se reunieron Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y con el pueblo de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste para hacer lo que de antemano tu poder y tu voluntad habían determinado que sucediera» (Hch 4:27-28). Las acciones de todos los participantes en la crucifixión de Jesús habían sido «predestinadas» por Dios. Sin embargo, los apóstoles no le echan ninguna culpa moral a Dios, porque las cosas que hicieron resultaron de las decisiones voluntarias de hombres pecadores. Pedro deja bien claro esto en su sermón en Pentecostés: «Éste fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz» (Hch 2:23). En una sola oración Pedro liga el plan y preconocimiento de Dios con la culpa moral que asigna a las acciones de «hombres pecadores». Dios no los forzó a actuar contra sus voluntades; más bien, Dios hizo que se realizara su plan mediante las decisiones voluntarias de ellos, de las que ellos, fuera como fuera, eran responsables.

9. ¿Somos «libres»? ¿Tenemos «libre albedrío»? Si Dios ejerce control providencial sobre todos los acontecimientos, ¿somos libres en algún sentido? La respuesta depende de lo que queramos decir con la palabra libre. A veces la gente discute interminablemente este asunto porque nunca definen claramente lo que ellos y sus opositores en el debate quieren decir por «libre», y la palabra entonces la usan de varias maneras que confunden el debate.

La libertad que a menudo dan por sentado los que niegan el control providencial de Dios sobre todas las cosas es una libertad que actúa fuera de la actividad sustentadora y controladora de Dios, una libertad que incluye poder tomar decisiones que no son causadas por nada externo a nosotros mismos. En ninguna parte la Biblia dice que somos libres en ese sentido. Esa clase de libertad sería imposible si Jesucristo en verdad continuamente «sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (He 1:3), y si Dios verdaderamente «hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad» (Ef 1:11). Si esto es verdad, estar fuera de ese control providencial ¡simplemente sería no existir! Una «libertad» absoluta, totalmente libre del control de Dios, es totalmente imposible en un mundo providencialmente sostenido y dirigido por Dios mismo. Si eso es a lo que llaman «libre albedrío», no es el libre albedrío que la Biblia dice que tenemos.

Por otro lado, somos libres en el sentido más amplio que cualquiera de las criaturas de Dios lo sería; tomamos decisiones propias, decisiones que surten efectos reales. No sabemos de ninguna restricción que Dios imponga sobre nuestra voluntad cuando tomamos decisiones, y actuamos de acuerdo a nuestros propios deseos. En ese sentido, si encaja con el libre albedrío que la Biblia dice que tenemos. Está claro que debemos insistir e¿Tenemosn que tenemos el poder de tomar decisiones voluntarias y que nuestras decisiones tienen resultados reales en el universo, de otra manera caeríamos en el error del fatalismo o determinismo, y así concluiríamos que nuestras decisiones no importan y que en realidad no podemos tomar decisiones propias.

C. Gobierno

Hemos hablado de los dos primeros aspectos de la providencia, (1) preservación y (2) concurrencia. Este tercer aspecto de la providencia de Dios indica que Dios tiene un propósito en todo lo que hace en el mundo y que providencialmente gobierna o dirige todas las cosas de modo que cumplan sus propósitos. Leemos en los Salmos: «Su reinado domina sobre todos» (Sal 103:19). Es más, «Dios hace lo que quiere con los poderes celestiales y con los pueblos de la tierra. No hay quien se oponga a su poder ni quien le pida cuentas de sus actos» (Dn 4:35). Pablo afirma que «todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él» (Ro 11:36). Es debido a que Pablo sabe que Dios es soberano sobre todo y obra sus propósitos en todo acontecimiento que sucede, que puede declarar que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Ro 8:28).

D. Importancia de nuestras acciones como humanos

A veces podemos olvidarnos de que Dios obra mediante acciones humanas en su administración providencial del mundo. Si lo olvidamos, empezamos a pensar que nuestras acciones o decisiones no importan o no tienen mucho efecto en el curso de los acontecimientos. Para guardarnos contra cualquier malentendido de la providencia de Dios, recalcamos los siguientes puntos:

1. Sea como sea, somos responsables de nuestras acciones. Dios nos ha hecho responsables de nuestras acciones, lo que tiene resultados reales y eternamente significativos. En todos sus actos providenciales, Dios preserva estas características de responsabilidad e importancia. Si hacemos el bien y obedecemos a Dios, nos recompensará, y las cosas irán bien para nosotros tanto en este tiempo como en la eternidad. Si hacemos el mal y desobedecemos a Dios, él nos disciplinará y tal vez nos castigará, y las cosas nos saldrán mal. Darnos cuenta de estos hechos nos ayudará a tener sabiduría al hablar con otros y animarlos a evitar la ociosidad y desobediencia.

2. Nuestras acciones tienen resultados reales y cambian el curso de los acontecimientos. En el funcionamiento ordinario del mundo, si descuido atender mi salud y tengo pésimos hábitos alimenticios, o si abuso de mi cuerpo mediante el alcohol o el cigarrillo, es probable que muera más pronto. Dios ha ordenado que nuestras acciones tengan consecuencias. Dios ha ordenado que los acontecimientos tengan lugar porque nosotros los hacemos tener lugar. Por supuesto, no sabemos lo que Dios ha planeado, ni siquiera por el resto de este día, por no decir nada de la próxima semana o el próximo año. Pero sí sabemos que si confiamos en Dios y le obedecemos, descubriremos que él ha planeado que buenas cosas resulten de esa obediencia.

Esto debe animarnos no sólo a obedecer a Dios, sino también a ejercer sabiduría y precaución ordinaria en nuestra vida, dándonos cuenta que a menudo estos son los medios que Dios usa para producir ciertos resultados en nuestra vida. En contraste, si pensamos que ciertos peligros o acontecimientos malos pudieran suceder en el futuro, y si no usamos medios razonables para evitarlos, descubriremos que nuestra falta de acción fue el medio que Dios usó para permitir que eso sucediera.

3. La oración es una clase específica de acción que tiene resultados definitivos y hace que cambie el curso de los acontecimientos. Dios también ha ordenado que la oración sea un medio bien significativo de producir resultados en el mundo.4 Cuando intercedemos  fervientemente por una persona o situación específica, a menudo hallamos que Dios ha ordenado que nuestra oración sea un medio que él usa para producir los cambios en el mundo. La Biblia nos recuerda esto cuando nos dice: «No tienen, porque no piden» (Stg 4:2). Jesús dice: «Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa» (Jn 16:24).

4. En conclusión, ¡debemos actuar! La doctrina de la providencia de ninguna manera nos anima a arrellanarnos en la ociosidad en espera del resultado de ciertos acontecimientos. Por supuesto, Dios puede indicarnos la necesidad de esperar en él antes de actuar y de confiar en él antes que en nuestras propias capacidades; lo que por cierto no es un error. Pero simplemente decir que estamos confiando en Dios en lugar de actuar responsablemente es pura holgazanería y una distorsión de la doctrina de la providencia.

En términos prácticos, si uno de mis hijos tiene una tarea escolar que tiene que entregar el día de mañana, tengo razón al hacerle que termine esa tarea antes de salir a jugar. Me doy cuenta de que su calificación está en las manos de Dios y que desde hace mucho Dios ha determinado cuál será esa calificación, pero yo no sé lo que será ni tampoco mi hijo. Lo que sí sé es que si mi hijo estudia y cumple fielmente sus deberes escolares, recibirá una buena calificación. Si no, no la recibirá. La doctrina de la providencia, por lo tanto, debe animarnos a combinar una confianza completa en el control soberano de Dios con el deber de percatarnos de que el uso de medios ordinarios es necesario para que las cosas resulten de la manera en que Dios ha planeado que resulten. Una creencia de corazón en la providencia de Dios no es un desaliento, sino un acicate a la acción.

 

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