La Justificación y Adopción

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

En los capítulos anteriores hemos hablado del llamado del evangelio (en el que Dios nos llama a confiar en Cristo en cuanto a salvación), de la regeneración (en la que Dios nos imparte nueva vida espiritual), y de la conversión (en la que respondemos al llamado del evangelio con arrepentimiento y fe en Cristo en cuanto a la salvación). Pero, ¿qué de la culpa de nuestro pecado? El llamado del evangelio nos invita a confiar en Cristo en cuanto al perdón de los pecados. La regeneración hizo posible que respondiéramos a esa invitación. En la conversión respondimos confiando en Cristo en cuanto al perdón de los pecados. El siguiente paso en el proceso de la aplicación a nosotros de la redención es que Dios responde a nuestra fe y hace lo que ha prometido; es decir, declara que nuestros pecados están perdonados. Esta es una declaración legal respecto a nuestra relación con las leyes de Dios, e indica que estamos completamente perdonados y ya no somos culpables del castigo.

Una comprensión correcta de la justificación es absolutamente crucial para la fe cristiana en su totalidad. Una vez que Martín Lutero se dio cuenta de la verdad de la justificación por la fe sola, se convirtió en creyente y rebosó con el recién hallado gozo del evangelio. Lo primordial de la Reforma Protestante fue una disputa con la Iglesia Católica Romana sobre la justificación. A fin de salvaguardar la verdad del evangelio para generaciones futuras, debemos entender la verdad de la justificación. Incluso hoy, una perspectiva verdadera de la justificación es la línea divisoria entre el evangelio bíblico de salvación por fe solamente y todos los evangelios falsos de salvación basada en las buenas obras.

Cuando Pablo da un vistazo general al proceso por el que Dios nos aplica la salvación, menciona explícitamente la justificación: «A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó» (Ro 8:30). Como ya explicamos en capítulos anteriores, la palabra «llamó» aquí se refiere al llamamiento efectivo del evangelio, que incluye la regeneración y produce la respuesta del arrepentimiento y la fe (o conversión) de parte nuestra. Después del llamamiento efectivo y la respuesta que eso inicia de parte nuestra, el próximo paso en la aplicación de la redención es la «justificación». Aquí pablo menciona que es algo que Dios mismo hace: «A los que llamó, también los justificó».

Es más, Pablo muy claramente enseña que esta justificación viene después de nuestra fe y como respuesta de Dios a nuestra fe. Dice que Dios es «el que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3:26), y que «todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige» (Ro 3:28). Dice: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro 5:1). Además, «nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo» (Gá 2:16).

¿Qué es la justificación? Podemos definirla como sigue: La justificación es un acto legal instantáneo de Dios en el que él (1) da nuestros pecados por perdonados y la justicia de Cristo como perteneciente a nosotros, y (2) nos declara justos ante sus ojos.

Al explicar los elementos de esta definición, veremos primero la segunda parte de la misma, el aspecto de la justificación en que Dios «nos declara justos ante sus ojos». Tratamos en reversa estos asuntos porque el énfasis del Nuevo Testamento en el uso de la palabra justificación y otros términos relativos recae en la segunda mitad de la definición, la declaración legal de parte de Dios. Pero hay también pasajes que muestran que esta declaración se basa en el hecho de que Dios primero piensa de la justicia como perteneciéndonos. Así que hay que tratar ambos aspectos, aunque los términos del Nuevo Testamento para la justificación enfocan la declaración legal de parte de Dios.

A. La justificación incluye una declaración legal de parte de Dios

El uso de la palabra justificar en la Biblia indica que la justificación es una declaración legal de parte de Dios. El verbo justificar en el Nuevo Testamento (gr. dikaioo) tiene varios significados, pero un sentido muy común es «declarar justo». Por ejemplo, leemos: «Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan» (Lc 7:29, RVR). Por supuesto, el pueblo y los publicanos no hicieron que Dios sea justo; eso hubiera sido imposible. Más bien, declararon que Dios era justo. Este es también el sentido del término en pasajes en los que el Nuevo Testamento habla de que Dios nos declara justos (Ro 3:20,26,28; 5:1; 8:30; 10:4,10; Gá 2:16; 3:24). Este sentido es particularmente evidente, por ejemplo, en Romanos 4:5: «Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia». Aquí Pablo no puede querer decir que Dios «hace que el malvado sea justo» (cambiándolo internamente y haciéndolo moralmente perfecto), porque entonces ellos tendrían méritos u obras propias en las cuales depender. Más bien quiere decir que Dios declara al malvado justo ante sus ojos, no basándose en las buenas obras del malvado, sino en respuesta a su fe.

La idea de que la justificación es una declaración legal es muy evidente también cuando se contrasta la justificación con la condenación. Pablo dice: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?» (Ro 8:33-34). «Condenar» a alguien es declararlo culpable. Lo opuesto de condenación es justificación, que, en este contexto, debe querer decir «declarar inocente a alguien». Esto también es evidente por el hecho de que el acto de Dios de justificar se da como la respuesta de Pablo a la posibilidad de que alguien lance una acusación contra el pueblo de Dios; tal declaración de culpa no puede mantenerse frente a la declaración divina de justicia.

En este sentido de «declarar justo» o «declarar inocente», Pablo frecuentemente usa la palabra para hablar de la justificación que Dios nos da, su declaración de que nosotros, aunque pecadores culpables, somos justos ante sus ojos. Es importante martillar que esta declaración legal en sí misma no cambia nuestra naturaleza interna o carácter de ninguna manera. En este sentido de «justificar», Dios emite una declaración legal en cuanto a nosotros. Por esto los teólogos también han dicho que la justificación es forense, donde la palabra forense denota que tiene que ver con procedimientos legales.

John Murray hace una importante distinción entre regeneración y justificación:

La regeneración es un acto de Dios en nosotros; la justificación es un veredicto de Dios respecto a nosotros. La distinción es como la distinción entre el acto de un cirujano y el acto de un juez. El cirujano, al remover un cáncer interno, hace algo en nosotros. Eso no es lo que el juez hace; el juez pronuncia un veredicto respecto a nuestra situación judicial. Si somos inocentes nos declara así.

La pureza del evangelio va unida al reconocimiento de esta distinción. Si se confunde la justificación con la regeneración o santificación, se abre la puerta a la perversión del evangelio en su mismo centro. La justificación sigue siendo el artículo en el que la Iglesia permanece erguida o cae.1

B. Dios declara que somos justos ante sus ojos

En la declaración legal divina de justificación, Dios específicamente declara que somos justos ante sus ojos. Esta declaración incluye dos aspectos. Primero, quiere decir que él declara que no tenemos pena que pagar por el pecado, incluyendo pecados pasados, presentes y futuros. Después de una larga consideración de la justificación por la fe sola (Ro 4:1—5:21) y una consideración parentética del pecado que sigue en la vida cristiana, Pablo vuelve a su principal argumento en su carta a los romanos y dice lo que es verdad de los que han sido justificados por la fe: «Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). En este sentido, los que han sido justificados ya no tienen que pagar por sus pecados. Esto quiere decir que no estamos sujetos a ninguna acusación que implique culpa o condenación: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica.¿Quién condenará?» (Ro 8:33-34). En el acto de justificación que Dios efectúa nos concede pleno perdón de pecados.

Pero si Dios meramente nos declarara perdonados de nuestros pecados, eso no resolvería por completo nuestros problemas, porque solamente nos haría moralmente neutros ante Dios. Estaríamos en el estado en que estaba Adán antes de haber hecho algo bueno o malo a vista de Dios; no tenía culpa delante de Dios, pero tampoco se había ganado ningún historial de rectitud delante de Dios. Este primer aspecto de la justificación, en el que Dios declara que nuestros pecados son perdonados, se puede ilustrar como en la figura 22.1, en la que el signo de resta representa los pecados a cuenta nuestra que son perdonados por completo en la justificación.

Sin embargo, tal movimiento no es suficiente para ganarnos el favor de Dios. Debemos más bien ir de neutralidad moral a un punto en que tenemos justicia positiva delante de Dios, la justicia de una vida de perfecta obediencia a él. Nuestra necesidad se puede representar, por tanto, como en la figura 22.2 en la que los signos de suma indican un historial de justicia delante de Dios.

Por tanto, el segundo aspecto de la justificación es que Dios debe declarar no sólo que somos neutrales ante sus ojos, sino que somos justos ante sus ojos. Es más, debe declarar que ante él tenemos los méritos de la justicia perfecta. El Antiguo Testamento a veces habla de que Dios da a su pueblo tal justicia aunque ellos no se la hayan ganado. Isaías dice: «Porque él me vistió con ropas de salvación y me cubrió con el manto de la justicia» (Is 61:10). Pero Pablo habla más específicamente de esto en el Nuevo Testamento. Como una solución a nuestra necesidad de justicia, Pablo nos dice que «ahora, sin la mediación de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, de la que dan testimonio la ley y los profetas. Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen» (Ro 3:21-22). Dice: «Le creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia» (Ro 4:3; citando Gn 15:6). Esto resultó mediante la obediencia de Cristo, porque Pablo dice al final de esta extensa consideración de la justificación por fe que «por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19). El segundo aspecto de la declaración de Dios en la justificación, entonces, es que tenemos los méritos de perfecta justicia delante de él.

Pero surgen preguntas: ¿Cómo puede Dios declarar que no tenemos pena que pagar por el pecado y que se nos han acreditado los méritos de justicia perfecta si en realidad somos culpables de pecado? ¿Cómo puede Dios declarar que no somos culpables sino justos cuando en verdad somos malvados? Estas preguntas llevan al siguiente punto.

C. Dios puede declararnos justos porque nos imputa la justicia de Cristo

Cuando decimos que Dios nos imputa la justicia de Cristo, queremos decir que Dios considera que la justicia de Cristo es nuestra, o que la considera nuestra. Él «la reconoce» como nuestra. Leemos: «Creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia» (Ro 4:3; citando Gn 15:6). Pablo explica: «Al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia. David dice lo mismo cuando habla de la dicha de aquel a quien Dios le atribuye justicia sin la mediación de las obras» (Ro 4:5-6), De esta manera la justicia de Cristo llega a ser nuestra. Pablo dice que somos los que recibimos «el don de la justicia» (Ro 5:17).

  


Esta es la tercera vez al estudiar las doctrinas bíblicas que hemos encontrado el concepto de imputar culpa o justicia a alguien. Primero, cuando Adán pecó, se nos imputó su culpa: Dios Padre la vio como nuestra, y por consiguiente lo hizo.
2 Segundo, cuando Cristo sufrió y murió por nuestros pecados, nuestros pecados fueron imputados a Cristo; Dios los consideró de Cristo, y Cristo pagó el castigo.3 Ahora en la doctrina de la justificación vemos la imputación por tercera vez. La justicia de Cristo se nos imputa, y por tanto Dios la acepta como nuestra. No es nuestra propia justicia, sino la justicia de Cristo que nos es dada por generosidad. Pablo puede decir entonces que Cristo «ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Co 1:30, RVR). Pablo dice además que su meta es ser hallado en Cristo, «no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe» (Fil 3:9, RVR). Sabe que la justicia que tiene delante de Dios no es algo que ha logrado por sí mismo; es la justicia de Dios que llega por medio de Jesucristo (cf. Ro 3:21-22).

Es esencial en la médula del evangelio insistir que Dios nos declara justos o que somos justos no sobre la base de nuestra verdadera condición de justicia o santidad, sino más bien sobre la base de la justicia perfecta de Cristo, que Dios considera que nos pertenece. Esto fue el núcleo de la diferencia entre el protestantismo y el catolicismo romano en la Reforma. El protestantismo desde días de Martín Lutero ha insistido en que la justificación no nos cambia internamente y no es una declaración basada de alguna manera en bondades nuestras.

Si la justificación nos cambiara internamente y entonces declarara que somos justos basada en lo bueno que de verdad somos, (1) nunca podríamos ser declarados perfectamente justos en esta vida, y (2) no habría provisión para el perdón de los pecados pasados (cometidos antes de que fuéramos cambiados interiormente), y por consiguiente nunca podríamos tener la confianza que Pablo tiene cuando dice: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro 5:1). Si pensáramos que la justificación se basa en algo que somos internamente, nunca podríamos tener la confianza de decir con Pablo: «Ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). No tendríamos ninguna seguridad de perdón de Dios, ninguna confianza para acercarnos a él «con corazón sincero y con la plena seguridad que da la fe» (He 10:22). No podríamos hablar del «don de justicia» (Ro 5:17), ni decir que «la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Ro 6:23).

El concepto tradicional católico romano de la justificación es muy diferente a este. La Iglesia Católica Romana entiende la justificación como algo que nos cambia interiormente y nos hace más santos por dentro. Se puede decir que este concepto entiende la justificación como algo que se basa no en justicia imputada, sino en justicia inyectada, o sea, justicia que Dios en realidad pone dentro de nosotros que nos cambia internamente y en términos de nuestro carácter moral real.4

El resultado de este concepto católico romano tradicional de la justificación es que las personas no pueden estar seguras de si están o no en un «estado de gracia» en el que experimentan la aceptación completa de parte de Dios y su favor. Todavía más, según este concepto la gente experimenta variados grados de justificación de acuerdo a la medida de justicia que se les ha inyectado o colocado dentro de ellos. A fin de cuentas, la consecuencia lógica de esta creencia de la justificación es que nuestra vida eterna con Dios no se basa en la sola gracia de Dios, sino parcialmente también en nuestro mérito. Como dice un teólogo católico, «para el justificado la vida eterna es a la vez una dádiva de gracia que Dios ha prometido y una recompensa por sus propias buenas obras y méritos. … Las obras salvadoras son, al mismo tiempo, dádivas de Dios y actos meritorios del hombre».5 Asignar de esta manera mérito salvador a la justicia interna del hombre y a las «buenas obras» a la larga destruye lo fundamental del evangelio mismo.

Eso fue lo que Martín Lutero vio tan claramente y dio motivo a la Reforma. Cuando las buenas nuevas del evangelio verdaderamente se volvieron buenas noticias de salvación totalmente gratuita en Jesucristo, se esparcieron como incendio forestal por el mundo civilizado. Pero esto fue simplemente una recuperación del evangelio original, que declara: «La paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Ro 6:23), e insiste que «ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1).

D. La justificación nos viene por entero por la gracia de Dios y no a cuenta de mérito en nosotros mismos

Después que Pablo explica en Romanos 1:18—3:20 que nadie podrá jamás justificarse delante de Dios («nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley», Ro 3:20), pasa a explicar que «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó» (Ro 3:23-24). La «gracia» de Dios quiere decir «favor inmerecido» que nos concede. Debido a que somos completamente incapaces de ganarnos el favor de Dios, la única manera en que nos podían declarar justos es que Dios gratuitamente proveyera salvación para nosotros por gracia, totalmente aparte de nuestras obras. Pablo explica: «Por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte» (Ef 2:8-9; cf. Tit 3:7). Se pone la gracia en claro contraste con las obras o méritos como la razón por la que Dios está dispuesto a justificarnos. Dios no tenía ninguna obligación de imputarle a Cristo nuestro pecado, ni de imputarnos a nosotros la justicia de Cristo; fue sólo debido a su favor que no merecíamos que hizo esto.

Por esta razón Lutero y los demás reformadores insistieron en que la justificación viene por la gracia sola, no por gracia más méritos de parte nuestra. Esto fue en distinción de la enseñanza católica romana de que somos justificados por la gracia de Dios más algo de mérito que logramos a medida que nos hacemos aptos para recibir la gracia de la justificación y a medida que crecemos en este estado de gracia mediante nuestras buenas obras.

E. Dios nos justifica por nuestra fe en Cristo

1. La fe es un instrumento para obtener justificación, pero no tiene mérito en sí misma. Cuando empezamos este capítulo notamos que la justificación viene mediante la fe que salva. Pablo deja bien clara esta secuencia cuando dice: «Hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por éstas nadie será justificado» (Gá 2:16). Aquí Pablo indica que la fe viene primero y es con el propósito de ser justificados. También dice que a Cristo «se recibe por la fe» y que Dios es «el que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3:25,26). Todo el capítulo 4 de Romanos es una defensa del hecho de que somos justificados por fe, no por obras, tal como Abraham y David lo fueron. Pablo dice: «hemos sido justificados mediante la fe» (Ro 5:1).

La Biblia nunca dice que somos justificados debido a la bondad inherente de nuestra fe, como si nuestra fe tuviera mérito delante de Dios. Nunca nos permite pensar que nuestra fe en sí misma nos gana favor ante Dios. Más bien la Biblia dice que somos justificados «mediante» nuestra fe, en el sentido de que la fe es el instrumento mediante el cual se nos da la justificación, pero en ningún caso es una actividad que nos gana mérito o favor ante Dios. Más bien, somos justificados solamente gracias a los méritos de la obra de Cristo (Ro 5:17-19).

2. ¿Por qué Dios escogió la fe como el instrumento para que recibamos la justificación? Pero quizá nos preguntemos por qué Dios escogió la fe para que fuera la actitud del corazón por la que obtendríamos la justificación. ¿Por qué no podía Dios haber decidido dar la justificación a todos los que sinceramente mostraran amor, gozo, contentamiento, humildad o sabiduría? ¿Por qué Dios escogió la fe como el medio por el que recibiríamos justificación?

Aparentemente es porque la fe es la única actitud de corazón que es exactamente lo opuesto de depender de nosotros mismos. Cuando vamos a Cristo por fe, esencialmente decimos: «¡Me rindo! Ya no voy a depender de mí mismo ni de mis buenas obras. Sé que nunca puedo justificarme delante de Dios. Por consiguiente, Jesús, confío en ti y dependo completamente en que tú me darás una posición de justo delante de Dios». En esta manera, la fe es lo opuesto de confiar en nosotros mismos, y por tanto es la actitud que perfectamente encaja en una salvación que no depende para nada de nuestros propios méritos, sino que es por entero un regalo, una dádiva de la gracia de Dios. Pablo explica esto cuando dice: «Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia» (Ro 4:16). Por eso los reformadores, desde Martín Lutero en adelante fueron tan firmes en su insistencia de que la justificación no viene por fe más algunos méritos o buenas obras de parte nuestra, sino sólo por la fe sola. «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte» (Ef 2:8-9). Pablo repetidamente dice que «nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley» (Ro 3:20); y la misma idea se repite en Gálatas 2:16; 3:11; 5:4.

3. ¿Qué quiere decir Santiago al decir que somos justificados por las obras? Pero, ¿armoniza esto con la epístola de Santiago? ¿Qué puede querer expresar Santiago cuando dice: «Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe» (Stg 2:24)? Aquí debemos darnos cuenta de que Santiago está usando la palabra justificado en un sentido diferente del que Pablo la usa. Al principio de este capítulo notamos que la palabra justificar tiene varios significados, y que un sentido significativo es «declarar que se es justo», pero también debemos notar que la palabra griega dikaioo también puede significar «demostrar o mostrar que se es justo». Por ejemplo, Jesús les dijo a los fariseos: «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones» (Lc 16:15). El punto aquí no era que los fariseos iban por todas partes haciendo declaraciones legales de que «no eran culpables» delante de Dios, sino más bien que siempre andaban intentando mostrar a otros que eran justos por sus propias obras externas. Jesús sabía que la verdad era distinta, y «Dios conoce los corazones» (Lc 16:15). De modo similar, el maestro de la ley que puso a prueba a Jesús preguntándole qué debía hacer para heredar la vida eterna respondió bien a la primera pregunta de Jesús. Pero cuando Jesús le dijo: «Haz esto, y vivirás», el hombre no quedó satisfecho. Lucas nos dice: «Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”» (Lc 10:28-29). El hombre no estaba deseando dar un pronunciamiento legal de que no era culpable ante Dios; más bien, estaba deseando «mostrarse a sí mismo como justo» ante otros que lo estaban oyendo. Otros ejemplos de la palabra justificar en el sentido de «mostrar que se es justo» las puede hallar en Mateo 11:19; Lucas 7:35 y Romanos 3:4.

Nuestra interpretación de Santiago 2 depende no sólo del hecho de que «mostrar que se es justo» es una acepción aceptable de la palabra justificarse, sino también en consideración a que este sentido encaja bien con el propósito primario de Santiago en esta sección. Santiago está preocupado por mostrar que el mero asentimiento intelectual al evangelio es una «fe» que no es fe. Desea razonar en contra de los que dicen que tienen fe pero no dan muestras de cambio en su modo de vivir. Dice: «Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras» (Stg 2:18), «pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Stg 2:26). Santiago está simplemente diciendo aquí que la «fe» que no tiene resultados u «obras» no es fe real en ningún sentido; es una fe «muerta». No está negando la clara enseñanza de Pablo de que la justificación (en el sentido de declaración de una posición legal y correcta delante de Dios) es por fe sola sin las obras de la ley; está sencillamente afirmando una verdad diferente; es decir, que la «justificación» en el sentido de una exhibición externa de que uno es justo ocurre solamente cuando vemos evidencia en la vida de una persona. Para parafrasear, Santiago está diciendo que la persona «demuestra que es justa por sus obras y no por su fe sola». Esto es algo con lo que Pablo ciertamente estaría de acuerdo (2 Co 13:5; Gá 5:19-24).

4. Implicaciones prácticas de la justificación solo por la fe. Las implicaciones prácticas de la doctrina de justificación por la fe sola son muy significativas. Primero, esta doctrina nos permite ofrecer esperanza genuina a los inconversos que saben que nunca podrían por ellos mismos lograr ser justos delante de Dios. Si la salvación es un regalo que se recibe solo por la fe, cualquiera que oye el evangelio puede esperar que la vida eterna se ofrezca por gracia y que se puede obtener.

Segundo, esta doctrina nos da confianza de que Dios nunca nos hará pagar por los pecados que han sido perdonados sobre la base de los méritos de Cristo. Por supuesto, podemos continuar sufriendo las consecuencias ordinarias del pecado (el alcohólico que deja de emborracharse puede seguir sufriendo de debilidad física por el resto de su vida, y el ladrón que es justificado puede ser que con todo tenga que ir a la cárcel a pagar sus delitos). Es más, Dios puede disciplinarnos si continuamos actuando en desobediencia a él (véase He 12:5-11), y lo haría por amor y para nuestro propio bien. Pero Dios nunca puede vengarse ni se vengará de nosotros por pecados pasados, ni nos hará pagar la pena que merecemos por ellos, ni nos castigará con ira y con el propósito de hacernos daño. «Ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). Esta verdad debe darnos un gran sentido de gozo y confianza ante Dios de que él nos ha aceptado y de que podemos estar ante él no como «culpables» sino «justos» para siempre.

F. Adopción

Además de la justificación, hay otro asombroso privilegio que Dios nos da en el momento en que llegamos a ser creyentes: el privilegio de la adopción. Podemos definir la adopción como sigue: La adopción es un acto de Dios en el cual él nos hace miembros de su familia.

Aunque la adopción es un privilegio que se nos da en el momento en que nos convertimos en creyentes (Jn 1:12; Gá 3:26; 1 Jn 3:1-2), no es lo mismo que la justificación ni que la regeneración. Por ejemplo, Dios podía habernos dado justificación sin los privilegios de la adopción en su familia, porque podía habernos perdonado nuestros pecados y habernos dado una posición legal correcta delante de él sin hacernos sus hijos. De modo similar, podía habernos hecho vivir espiritualmente mediante la regeneración sin habernos hecho miembros de su familia con los privilegios especiales de miembros de su familia; los ángeles, por ejemplo, evidentemente caen en esa categoría. La enseñanza bíblica de la adopción enfatiza mucho más las relaciones personales que la salvación nos da con Dios y con su pueblo.

Juan menciona la adopción al principio de su evangelio, en donde dice: «A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Jn 1:12, RVR). Los que no creen en Cristo, por el contrario, no son hijos de Dios ni son adoptados en su familia, sino que son «hijos de ira» (Ef 2:3), e «hijos de desobediencia» (Ef 2:2; 5:6). Aunque los judíos que rechazaron a Cristo trataron de aducir que Dios era su Padre (Jn 8:41), Jesús les dijo: «Si Dios fuera su Padre, ustedes me amarían. … Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir» (Jn 8:42-44).

Las epístolas del Nuevo Testamento dan testimonio repetido del hecho de que ahora somos hijos de Dios en un sentido especial, miembros de su familia. Pablo dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: “¡Abba! ¡Padre!” El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria» (Ro 8:14-17).

Pero si somos hijos de Dios, ¿no estamos entonces emparentados unos con otros como familiares? Claro que sí. Es más, esta adopción en la familia de Dios nos hace a todos partícipes en una familia que incluye también a los judíos creyentes del Antiguo Testamento, porque Pablo dice que somos también hijos de Abraham: «Tampoco por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos. Al contrario: “Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac”. En otras palabras, los hijos de Dios no son los descendientes naturales; más bien, se considera descendencia de Abraham a los hijos de la promesa» (Ro 9:7-8). Luego les explica a los gálatas: «Ustedes, hermanos, al igual que Isaac, son hijos por la promesa. … no somos hijos de la esclava sino de la libre» (Gá 4:28,31; cf. 1 P 3:6, en donde Pedro ve a las mujeres creyentes como hijas de Sara en el nuevo pacto).

Pablo explica que este estatus de adopción como hijos de Dios no se realizó por completo en el antiguo pacto. Dice que: «Antes de venir esta fe, la ley nos tenía presos. … Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe. Pero ahora que ha llegado la fe, ya no estamos sujetos al guía. Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús» (Gá 3:23-26). Esto no es decir que el Antiguo Testamento omitió por completo hablar de Dios como nuestro Padre, porque Dios en efecto se llama a sí mismo Padre de los hijos de Israel, y los llama sus hijos en varios lugares (Sal 103:13; Is 43:6-7; Mal 1:6; 2:10). Pero aunque había una conciencia de Dios como Padre en el pueblo de Israel, los plenos beneficios y privilegios de la membresía en la familia de Dios, y la plena realización de esa membresía, no fueron efectivos sino cuando Cristo vino y el Espíritu del Hijo de Dios se derramó en nuestros corazones y dio testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Aunque el Nuevo Testamento dice que ahora somos hijos de Dios (1 Jn 3:2), debemos también observar que hay otro sentido en el que nuestra adopción todavía es futura porque no recibiremos los plenos beneficios y privilegios de adopción sino cuando Cristo vuelva y tengamos nuevos cuerpos resucitados. Pablo habla de este sentido posterior y más pleno de la adopción cuando dice: «Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo» (Ro 8:23). Aquí Pablo ve la recepción de los nuevos cuerpos resucitados como el cumplimiento de nuestros privilegios de adopción, tanto que puede referirse a esto como nuestra «adopción como hijos».

 

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