CAD-IBVH, Estudio

La Elección

En los estudios anteriores hablamos de que todos hemos pecado y merecemos de Dios el castigo eterno, y de que Cristo murió y ganó la salvación para nosotros. Pero ahora, en los estudios restantes de esta sección (caps. 18—25) veremos la manera en que Dios aplica esa salvación a nuestra vida. Empezaremos en este capítulo con la obra divina de la elección, o sea, la decisión de Dios de escogernos para ser salvos desde antes de la fundación del mundo. Este acto de elección no es, por supuesto (hablando estrictamente), parte de la aplicación de la salvación a nosotros, puesto que vino antes de que Cristo ganara nuestra salvación cuando murió en la cruz. Pero tratamos la elección en este punto porque cronológicamente es el principio del trato de Dios con nosotros de acuerdo a su gracia. Por consiguiente, es propio tomarlo como el primer paso en el proceso de Dios para darnos salvación individualmente. 

Otros pasos en la obra de Dios al aplicar la salvación a nuestra vida incluyen el oír nosotros el llamado del evangelio, nuestra regeneración por el Espíritu Santo, nuestra respuesta en fe y arrepentimiento, el perdón de Dios a nosotros y la membresía que nos dio en su familia, así como concedernos crecimiento en la vida cristiana y mantenernos fieles a él por toda la vida. Al final de nuestra vida moriremos e iremos a su presencia, y después, cuando Cristo vuelva, recibiremos cuerpos resucitados y el proceso de adquirir la salvación se completará.
Varios teólogos han dado términos específicos a varios de estos acontecimientos, y a menudo los mencionan en el orden específico en que piensan que suceden en nuestra vida. Tal lista de acontecimientos en los que Dios nos aplica la salvación se llama orden de la salvación, y a veces se hace referencia a él usando la frase latina ordo salutis, que simplemente quiere decir «orden de salvación». Antes de considerar algunos de estos elementos en la aplicación de la salvación a nuestra vida, podemos dar aquí una lista completa de los elementos que se considerarán en los capítulos siguientes:


Orden de la salvación
1. Elección (Dios escoge a las personas para que sean salvas)
2. Llamado del evangelio (proclamación del mensaje del evangelio) 3. Regeneración (nuevo nacimiento)
4. Conversión (fe y arrepentimiento)
5. Justificación (situación legal correcta)
6. Adopción (membresía en la familia de Dios)
7. Santificación (conducta adecuada en la vida)
8. Perseverancia (permanencia como creyente)
9. Muerte (partida para a estar con el Señor)
10. Glorificación (recepción de un cuerpo resucitado)

Debemos notar que los puntos 2-6 y parte del 7 intervienen en «cómo llegar a ser creyente». Los puntos 7 y 8 se practican en esta vida, el punto 9 ocurre al final de esta vida, y el 10 sucede cuando Cristo vuelve.

Empezamos nuestra consideración del orden de la salvación con el primer elemento, la elección. En conexión con esto, también consideraremos al final de este estudio la cuestión de la «reprobación», la decisión de Dios de pasar por alto a los que no serán salvos, y castigarlos por sus pecados. Como explicaremos más adelante, elección y reprobación son diferentes en varios importantes aspectos, y es importante distinguir estos para que no pensemos equivocadamente en cuanto a Dios y su actividad.

El término predestinación se usa frecuentemente en esta consideración. En la teología reformada en general, predestinación es un término más amplio e incluye los dos aspectos: elección (para los creyentes) y reprobación (para los incrédulos). Sin embargo, el término doble predestinación no es un término útil porque da la impresión de que Dios lleva a cabo la elección y la reprobación de la misma manera, y que no hay diferencias esenciales entre ellas, lo que por cierto no es verdad. Por consiguiente, los teólogos reformados por lo general no usan el término doble predestinación, aunque a veces lo usan los que la critican para referirse a la enseñanza reformada. En estserie no usaremos el término doble predestinación para referirse a la elección y reprobación puesto que diluye las distinciones entre ellas y no da una indicación acertada de lo que se está enseñando.

I. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la elección como sigue: Elección es el acto de Dios antes de la creación en el que él escoge a algunas personas para salvarlas, no a cuenta de ningún mérito previsto en ellas, sino solamente debido a su soberanía y placer.

Ha habido mucha controversia en la Iglesia y muchos malos entendidos en cuanto a esta doctrina. Muchas de las cuestiones controvertidas respecto a la voluntad y responsabilidad del hombre, y respecto a la justicia de Dios con respecto a las decisiones humanas. Estas las consideraremos más adelante en un siguiente estudio en conexión con la providencia de Dios. Aquí enfocaremos solamente las cuestiones que se aplican específicamente a la cuestión de la elección.

Nuestro método en este capítulo sencillamente será citar primero una serie de pasajes del Nuevo Testamento que hablan de la elección. Luego intentaremos entender el propósito de Dios que los autores del Nuevo Testamento ven en la doctrina de la elección. Finalmente, intentaremos aclarar nuestra comprensión de esta doctrina y responder a algunas objeciones, y también consideraremos la doctrina de la reprobación.

A. ¿Enseña el Nuevo Testamento la predestinación?

Varios pasajes del Nuevo Testamento parecen afirmar muy claramente que Dios ordenó de antemano los que serían salvos. Por ejemplo, cuando Pablo y Bernabé empezaron a predicarles a los gentiles en Antioquía de Pisidia, Lucas escribe: «Al oír esto, los gentiles se alegraron y celebraron la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna» (Hch 13:48). Es significativo que Lucas menciona el hecho de la elección casi al paso. Es como si fuera algo normal cuando se predica el evangelio. ¿Cuántos creyeron? «Creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna».

En Romanos 8:28-30 leemos: «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó».

En el siguiente capítulo, al hablar de que Dios escogió a Jacob y no a Esaú, Pablo dice que no fue debido a algo que Jacob o Esaú hubieran hecho, sino simplemente para que el propósito de Dios de elección pudiera continuar: «Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: “El mayor servirá al menor”. Y así está escrito: “Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú”» (Ro 9:11-13).

Respecto al hecho de que algunos de Israel fueron salvos y otros no, Pablo dice: «Pues que Israel no consiguió lo que tanto deseaba, pero sí lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos» (Ro 11:7). Aquí, de nuevo, Pablo indica dos grupos distintos dentro del pueblo de Israel. Los «elegidos» obtuvieron la salvación que buscaban, mientras que los que no fueron elegidos simplemente «fueron endurecidos».

Al principio de Efesios, Pablo habla explícitamente de que Dios eligió a los creyentes antes de la fundación del mundo: «Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:4-6).

Aquí Pablo les está escribiendo a creyentes, y específicamente dice que Dios «nos escogió» en Cristo, refiriéndose a los creyentes en general. De modo similar, varios versículos más adelante dice: «En Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:11-12).

A los Tesalonicenses escribe: «Hermanos amados de Dios, sabemos que él los ha escogido, porque nuestro evangelio les llegó no sólo con palabras sino también con poder, es decir, con el Espíritu Santo y con profunda convicción» (1 Ts 1:4-5).

Pablo dice que el hecho de que los tesalonicenses creyeron en el evangelio cuando él lo predicó («porque nuestro evangelio les llegó … con poder … y con profunda convicción») es la razón por la que sabe que Dios los escogió. Tan pronto como abrazaron la fe, Pablo concluyó que mucho tiempo atrás Dios los había escogido, y por eso habían creído cuando les predicó. Más adelante le escribe a la misma iglesia: «Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad» (2 Ts 2:13).

Cuando Pablo habla de por qué Dios nos salvó y nos llamó, explícitamente niega que se debió a nuestras obras, pero más bien señala que se debió al propio propósito de Dios y a su gracia inmerecida en la eternidad pasada. Dice que Dios es el que «nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo» (2 Ti 1:9).

Cuando Pedro les escribe una epístola a cientos de creyentes en muchas iglesias en Asia Menor, dice: «A los elegidos, extranjeros dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia» (1 P 1:1). Más adelante los llama «linaje escogido» (1 P 2:9).

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En la visión de Juan en Apocalipsis, los que no se rindieron ante la persecución ni adoraron a la bestia son personas cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida antes de la fundación del mundo: «También se le permitió hacer la guerra a los santos y vencerlos, y se le dio autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. A la bestia la adorarán todos los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no han sido escritos en el libro de la vida, el libro del Cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo» (Ap 13:7-8). De manera similar, leemos de la bestia del abismo en Apocalipsis 17: «Los habitantes de la tierra, cuyos nombres, desde la creación del mundo, no han sido escritos en el libro de la vida, se asombrarán al ver a la bestia, porque antes era pero ya no es, y sin embargo reaparecerá» (Ap 17:8).

B. ¿Cómo presenta el Nuevo Testamento la enseñanza de la elección?

Después de leer esta lista de versículos sobre la elección es importante ver esta doctrina de la manera en que el Nuevo Testamento mismo la ve.

1. Como consuelo. Los autores del Nuevo Testamento a menudo presentan la doctrina de la elección como un consuelo para los creyentes. Cuando Pablo asegura a los romanos que «sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Ro 8:28), da la obra de predestinación de Dios como razón para que tengamos certeza de esta verdad. Luego explica en el versículo que sigue: «A los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo. … A los que predestinó, también los llamó … los justificó … los glorificó» (Ro 8:29-30). Lo que Pablo quiere decir es que Dios siempre ha actuado para el bien de los que él llamó. Si Pablo mira al pasado distante antes de la creación del mundo, ve que Dios conoció de antemano y predestinó a los suyos
para que fueran conformados a la imagen de Cristo.Si mira al pasado reciente, halla que Dios llamó y justificó a los suyos a quienes había predestinado. Si luego mira hacia el futuro cuando Cristo vuelva, ve que Dios ha determinado dar cuerpos perfectos y glorificados a los que creen en Cristo. De eternidad a eternidad Dios ha actuado con el bien de su pueblo en mente. Pero si Dios ha actuado siempre para nuestro bien y en el futuro actuará para nuestro bien, razona Pablo, ¿no va a obrar también en nuestras circunstancias presentes para que toda circunstancia obre también para nuestro bien? De esta manera se ve la predestinación como un consuelo para los creyentes en los eventos cotidianos de la vida.

2. Como una razón para alabar a Dios. Pablo dice: «Nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:5-6). Similarmente dice: «a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:12).

Pablo dice a los creyentes en Tesalónica: «Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes … hermanos amados de Dios, [porque] sabemos que él los ha escogido» (1 Ts 1:2,4). Pablo da gracias a Dios por los creyentes tesalonicenses porque sabe que Dios es a fin de cuentas el agente de su salvación y en efecto los ha escogido para salvarlos. Esto es incluso más claro en 2 Tesalonicenses 2:13: «Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad». Pablo se sentía obligado a dar gracias a Dios por los creyentes de Tesalónica porque sabía que la salvación de ellos se debía a que Dios los había escogido. Por consiguiente, es apropiado que Pablo dé gracias a Dios por ellos en vez de alabarlos a ellos por su fe salvadora.

Entendida de esta manera, la doctrina de la elección en efecto aumenta la alabanza que se tributa a Dios por nuestra salvación, y disminuye seriamente todo orgullo que pudiéramos sentir pensando que nuestra salvación se debe a algo bueno en nosotros, o algo por lo que deberíamos recibir el mérito.

3. Como un acicate para la evangelización. Pablo dice: «Así que todo lo soporto por el bien de los elegidos, para que también ellos alcancen la gloriosa y eterna salvación que tenemos en Cristo Jesús» (2 Ti 2:10). Él sabe que Dios ha escogido a algunas personas para salvarlas, y ve esto como un estímulo para predicar el evangelio, aunque eso signifique soportar gran sufrimiento. La elección es la garantía que tiene Pablo de que habrá algún éxito en su evangelización, porque sabe que algunas de las personas a las que habla estarán entre los elegidos, creerán en el evangelio y serán salvas. Es como si alguien nos invitara a pescar y dijera: «Te garantizo que pescarás algunos; los peces están con hambre y esperando».

C. Malos entendidos de la doctrina de la elección

1. La elección no es fatalista ni mecanicista. A veces los que objetan la doctrina de la elección dicen que es «fatalismo» o que habla de un «sistema mecanicista» en el universo. El «fatalismo» es un sistema en el que las decisiones humanas no se toman en cuenta. En el fatalismo, hagamos lo que hagamos, las cosas van a resultar tal como han sido ordenadas previamente. Como resultado, nuestra humanidad queda destruida y se elimina toda motivación para responsabilidad moral. En un sistema mecanicista, el cuadro es de un universo impersonal en el que todo lo que sucede ha sido inflexiblemente determinado por una fuerza impersonal hace mucho tiempo, y el universo funciona de una manera mecánica tal que los seres humanos son más máquinas o autómatas que personas genuinas.


Aquí también la personalidad humana genuina queda reducida a un nivel de máquina que sencillamente funciona de acuerdo a planes predeterminados y en respuesta a causas e influencias predeterminadas.

En contraste con el cuadro mecanicista, el Nuevo Testamento presenta la obra entera de nuestra salvación como algo que un Dios personal ha producido en relación con criaturas personales. Dios «en amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad» (Ef 1:5). El acto de elección de Dios no fue ni impersonal ni mecanicista, sino que estuvo empapado de amor personal por los que él eligió. Es más, al hablar de nuestra respuesta a la oferta del evangelio, la Biblia continuamente nos ve, no como criaturas mecánicas o autómatas, sino como personas genuinas, criaturas personales que toman decisiones voluntarias para aceptar o rechazar el evangelio. Jesús invita a todos: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mt 11:30). Leemos la invitación al fin de Apocalipsis: «El Espíritu y la novia dicen: “¡Ven!”; y el que escuche diga: “¡Ven!” El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida» (Ap 22:17). Esta invitación y muchas otras como ella se dirige a personas genuinas que son capaces de oír la invitación y responder a ella mediante una decisión espontánea.


En contraste con la acusación de fatalismo, vemos un cuadro muy diferente en el Nuevo Testamento. No es solamente que tomamos decisiones como personas de carne y hueso, sino que estas decisiones también son decisiones verdaderas porque afectan el curso de los acontecimientos del mundo. Afectan nuestra vida y afectan la vida y destino de otros. Así que, «el que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios» (Jn 3:18). Nuestra decisión de creer o no en Cristo tiene consecuencias eternas en nuestra vida, y la Biblia no se cohíbe de hablar de nuestra decisión de creer o no como el factor que decide nuestro destino eterno.

La implicación de esto es que ciertamente debemos predicar el evangelio, y el destino eterno de las personas depende de si proclamamos o no el evangelio. Por consiguiente, cuando el Señor le dijo una noche a Pablo: «No tengas miedo; sigue hablando y no te calles, pues estoy contigo. Aunque te ataquen, no voy a dejar que nadie te haga daño, porque tengo mucha gente en esta ciudad» (Hch 18:9-10), Pablo no concluyó simplemente que la «mucha gente» que pertenecían a Dios se salvaría ya fuera que se quedara allí y predicara el evangelio o no. Más bien, «Pablo se quedó allí un año y medio, enseñando entre el pueblo la palabra de Dios» (Hch 18:11); este fue el tiempo más largo que Pablo se quedó en una ciudad, excepto Éfeso, durante sus tres viajes misioneros. Cuando a Pablo le fue dicho que Dios tenía muchos elegidos en Corinto, se quedó allí más tiempo y predicó a fin de que los elegidos pudieran salvarse.


2. La elección no se basa en el preconocimiento de Dios de nuestra fe. Muy comúnmente la gente concordará que Dios predestina a algunos para salvarlos, pero dirán que hace esto mirando al futuro y viendo quién va a creer en Cristo y quién no. Si él ve que la persona va a aceptar la fe que salva, predestinará a esa persona para que sea salva, basado en el preconocimiento de la fe de esa persona. Si ve que la persona no va a aceptar la fe que salva, no predestina a esa persona para que sea salva. De esta forma, según esta manera de pensar, la suprema razón por la que algunos son salvos y otros no recae en las mismas personas, no en Dios. Todo lo que Dios hace en su obra de predestinación es dar confirmación a la decisión que él sabe que las personas tomarán de su propia voluntad. El versículo que comúnmente se usa para respaldar esta idea es Romanos 8:29: «Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo».


a. Preconocimiento de personas, no de hechos. Muy difícilmente se puede usar Romanos 8:29 para demostrar que Dios basó su predestinación en un conocimiento previo del hecho de que una persona iba a creer. El pasaje habla más bien del hecho de que Dios conoció a las personas a los que Dios conoció de antemano»), no que él supo algunos hechos en cuanto a ellos, tal como el hecho de que esas personas creerían. Es un conocimiento personal, de relación, el que se considera aquí: Dios, mirando al futuro, pensó en ciertas personas en una relación salvadora consigo mismo, y en ese sentido la «conoció» hace mucho tiempo. Este es el sentido en que Pablo puede hablar de que Dios «conoce» a alguien, como en 1 Corintios 8:3: «Pero el que ama a Dios es conocido por él». Similarmente dice: «Pero ahora que conocen a Dios, o más bien que Dios los conoce a ustedes…» (Gá 4:9). Cuando las personas conocen a Dios en la Biblia, o cuando Dios los conoce, es un conocimiento personal que incluye una relación salvadora. Por consiguiente, en Romanos 9:29, «a los que Dios conoció de antemano» se debe entender que quiere decir «a las personas de quienes hace mucho pensó que estaban en una relación salvadora con él» (cf. también Ro 11:2). El texto en realidad no dice nada de que Dios supo de antemano o previó que ciertas personas creerían, ni tampoco se menciona tal cosa en otros pasajes de la Biblia.


b. La Biblia nunca habla de nuestra fe como la razón por la que Dios nos escogió. Además, cuando miramos más allá de estos pasajes específicos que hablan del conocimiento previo y miramos los versículos que hablan de la razón por la que Dios nos escogió, hallamos que la Biblia nunca habla de nuestra fe ni del hecho de que llegaríamos a creer en Cristo como la razón por la que Dios nos escogió. En realidad, Pablo parece excluir explícitamente lo que la gente pudo haber hecho en la vida de la forma en que entendía el que Dios eligiera a Jacob antes que de Esaú. Dice: «Antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: “El mayor servirá al menor”. Y así está escrito: “Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú”» (Ro 9:11-13). Nada de lo que Jacob o Esaú hicieran en la vida influiría en la decisión de Dios; fue simplemente a fin de que pudiera continuar su propósito de elección.

Al hablar de los judíos que habían aceptado la fe en Cristo, Pablo dice: «Así también hay en la actualidad un remanente escogido por gracia. Y si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia» (Ro 11:5-6). Aquí Pablo enfatiza la gracia de Dios y la ausencia completa de mérito humano en el proceso de elección. De modo similar, cuando Pablo habla de la elección en Efesios, no hay mención de ningún conocimiento previo del hecho de que nosotros íbamos a creer, ni de que habría algo meritorio o digno en nosotros (tal como una tendencia a creer) que fuera la base para que Dios nos escogiera. Más bien, Pablo dice: «En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:5-6). Ahora bien, si la gracia de Dios al elegirnos, y no la capacidad del hombre para creer ni su decisión de creer, es lo que hemos de alabar, es lógico que Pablo no mencione para nada la fe humana sino solo la actividad predestinante de Dios, su propósito y voluntad, y su gracia que nos da de balde.


c. Si la elección se basara en algo bueno en nosotros (nuestra fe), ese sería el comienzo de una salvación por méritos. Todavía otro tipo de objeción se podría presentar contra la idea de que Dios nos escogió porque sabía de antemano que abrazaríamos la fe. Si el factor determinante y definitivo en cuanto a si somos salvos o no es nuestra decisión de aceptar a Cristo, estaríamos más inclinados a pensar que merecemos algún reconocimiento por el hecho de que somos salvos. A diferencia de las otras personas que siguen rechazando a Cristo, fuimos suficientemente sabios en nuestra forma de pensar o suficientemente buenos en nuestras tendencias morales o suficientemente perceptivos en nuestra capacidad espiritual para decidirnos a creer en Cristo. Por el otro lado, si la elección se basa a que Dios le agradó hacerlo y a su soberana decisión de amarnos a pesar de nuestra falta de bondad o mérito, ciertamente hemos de tener un profundo sentido de agradecimiento a él por una salvación totalmente inmerecida, y por siempre estaremos dispuesto a alabar su «gloriosa gracia» (Ef 1:6).


En el análisis final, la diferencia entre los dos conceptos de la elección se puede ver en la respuesta a una pregunta muy sencilla. Dado el hecho de que al final algunos escogerán recibir a Cristo y otros no, la pregunta es: «¿Qué hace que la gente difiera?» Es decir, ¿qué marca la diferencia entre los que creen y los que no? Si nuestra respuesta es que a fin de cuentas se basa en algo que Dios hace —a saber, su elección soberana de los que él iba a salvar—, vemos que la salvación en su nivel más fundamental se basa solo en la gracia. Por otro lado, si respondemos que la diferencia fundamental entre los que son salvos y los que no se debe a algo en el hombre, o sea, a una tendencia o disposición a creer o a no creer, la salvación en definitiva depende de una combinación de la gracia y la capacidad humana.


d. La predestinación basada en el preconocimiento no les da decisión libre a las personas. La idea de que la predestinación de Dios de algunas personas para que crean se basa en el preconocimiento de que su fe encuentra todavía otro problema: Al reflexionar, este sistema resulta en que no da ninguna libertad verdadera a las personas. Porque si Dios puede mirar al futuro y ver que la persona A va a abrazar la fe en Cristo, y que la persona B no va a abrazar la fe en Cristo, esos hechos ya están fijos, ya están determinados. Si presuponemos que el conocimiento de Dios del futuro es cierto, lo que debe ser, es absolutamente cierto que la persona A va a creer y la persona B no. No hay manera en que sus vidas pudieran resultar de un modo diferente a esto. Por consiguiente, es justo decir que sus destinos ya están determinados, porque ellos no podrían hacer nada diferente. Pero, ¿qué es lo que determina esos destinos? Si los determina Dios mismo, no tenemos ya elección basada en un preconocimiento de la fe, sino más bien en la voluntad soberana de Dios. Pero si no es Dios quien determina estos destinos, ¿quién o qué los determina? Por cierto que ningún cristiano diría que un ser poderoso aparte de Dios controla el destino de las personas. Parecería entonces que la única solución es decir que lo determina una fuerza impersonal, algún tipo de destino, que opera en el universo y hace que las cosas resulten como resultan. Pero, ¿qué estaríamos diciendo? Habríamos sacrificado la elección en amor de parte de un Dios personal por cierto determinismo de parte de una fuerza impersonal, y Dios ya no recibiría el reconocimiento por nuestra salvación.


e. Conclusión: la elección es incondicional. Parece mejor, por las cuatro razones anteriores, rechazar la idea de que la elección se basa en el conocimiento previo de Dios de nuestra fe. Concluimos más bien que la elección es simplemente una decisión soberana de Dios: «En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos» (Ef 1:5). Dios nos escoge sencillamente porque decidió concedernos su amor. No se debió a una fe o mérito previsto en nosotros.

A esta comprensión de la elección tradicionalmente se le ha llamado «elección incondicional». Es «incondicional» porque no está condicionada a nada que Dios ve en nosotros que nos hace dignos de que nos escoja.


D. Objeciones a la doctrina de la elección

Hay que decir que la doctrina de la elección según se presenta aquí no es aceptada universalmente por la iglesia cristiana, ni en el catolicismo romano ni en el protestantismo. Ha habido alguna aceptación de la doctrina según la presentamos aquí, pero muchos la han objetado. Entre el evangelicalismo actual, los que están en círculos más reformados o calvinistas (denominaciones presbiterianas conservadoras, por ejemplo) aceptarán este concepto, al igual que muchos luteranos y anglicanos (episcopales) y un buen número de bautistas y personas de iglesias independientes, pero la rechazarán decisivamente casi todos los metodistas, así como muchos otros en iglesias bautistas, anglicanas e independientes.


1. La elección quiere decir que no tenemos alternativa en cuando a recibir a Cristo o no. Según esta objeción, la doctrina de la elección niega toda presentación del evangelio que apele a la voluntad del hombre y le pida a la gente que decida si responder o no a la invitación de Cristo. En respuesta a esto, debemos afirmar que la doctrina de la elección es plenamente capaz de acomodar la idea de que tenemos una decisión que tomar voluntariamente y que tomamos una decisión al aceptar o rechazar a Cristo. Nuestras decisiones son voluntarias porque son lo que queremos hacer y decidimos hacer, y en ese sentido son «libres». Esto no quiere decir que nuestras decisiones son absolutamente libres, porque Dios puede obrar soberanamente mediante nuestros deseos para garantizar que nuestras decisiones resulten tal como él lo ha ordenado; pero esto también se puede entender como una decisión verdadera, porque Dios nos creó y él ordena que tal decisión sea verdadera. En breve, podemos decir que Dios nos hace escoger voluntariamente a Cristo. La presuposición errada que subyace en esta objeción es que una decisión debe ser absolutamente libre (es decir, que de ninguna manera sea causada por Dios) a fin de que sea una decisión humana genuina. Sin embargo, si Dios nos hace de cierta manera y luego nos dice que nuestras decisiones son reales y genuinas, debemos convenir en que lo son.


2. La doctrina de la elección quiere decir que los que no son creyentes nunca han tenido la oportunidad de creer. Según esta objeción, la elección significa que Dios decretó desde la eternidad que algunos no crean, por lo tanto no tienen una oportunidad genuina de creer y es un sistema injusto. Dos respuestas se pueden dar a esta objeción. Primero, debemos observar que la Biblia no nos permite decir que inconversos «no han tenido oportunidad» de creer, porque tal manera de expresar la situación le echa a Dios la culpa, como si los incrédulos no tuvieran la culpa de su incredulidad ni de no decidirse a creer. Cuando la gente rechaza a Jesús, el Señor siempre le echa la culpa a la decisión espontánea de ellos de rechazarlo, no a que fue decretado por Dios Padre. «¿Por qué no entienden mi modo de hablar? Porque no pueden aceptar mi palabra. Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir» (Jn 8:43-44). Les dijo a los judíos que lo rechazaron: «Sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener esa vida» (Jn 5:40). Romanos 1 deja bien claro que todos reciben una revelación de Dios con tanta claridad que «no tienen excusa» (Ro 1:20). Este es el patrón uniforme de la Biblia: Los que permanecen en incredulidad lo hacen porque no están dispuestos a allegarse a Dios, y la culpa de tal incredulidad siempre la tienen los mismos que no creen, nunca Dios.

Pero la segunda respuesta a esta objeción debe ser simplemente la respuesta de Pablo a una objeción similar: «Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? “¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: ‘¿Por qué me hiciste así?’”» (Ro 9:20; observe la similitud de la objeción que Pablo menciona en el v. 19). Esto entonces se relaciona con la siguiente objeción.

3. La elección es injusta. A veces algunos consideran que la doctrina de la elección es injusta, puesto que enseña que Dios escoge a algunos para salvarlos y a otros los pasa por alto, y no los salva. ¿Cómo puede ser justo eso?

Dos respuestas se pueden dar a esto. Primero, debemos recordar que sería perfectamente justo que Dios no salvara a nadie, como lo hizo con los ángeles: «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4). Lo que hubiera sido perfectamente justo sería que Dios hiciera con los seres humanos lo mismo que hizo con los ángeles, o sea, no salvar a ninguno de los que pecaron y se rebelaron contra él. Pero si en efecto salva a algunos, eso constituye una demostración de gracia que va mucho más allá de los requisitos de equidad y justicia.

Pero en un nivel más profundo esta objeción diría que no es justo que Dios creara a algunos que él sabía que pecarían y estarían condenados eternamente y a quienes él no redimiría. Pablo trae a colación esta objeción en Romanos 9. Después de decir que Dios  «tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (Ro 9:18), Pablo entonces menciona precisamente esta objeción: «Pero tú me dirás: “Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?”» (Ro 9:19). Aquí está la médula de la objeción de «iniquidad» contra la doctrina de la elección. Si el destino definitivo de toda persona lo determina Dios, y no la persona misma —o sea, aunque la gente tome decisiones voluntarias que determinan si serán salvados o no—, si Dios está detrás de esas decisiones de alguna manera y hace que se tomen, ¿cómo puede ser eso justo?

La respuesta de Pablo no apela a nuestro orgullo, ni tampoco intenta dar una explicación filosófica de por qué esto es justo. Simplemente trae a colación los derechos de Dios como Creador omnipotente:

¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: «¿Por qué me hiciste así?» ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios?

¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Ésos somos nosotros, a quienes Dios llamó no sólo de entre los judíos sino también de entre los gentiles (Ro 9:20-24).

Pablo simplemente dice que hay un punto más allá del cual no podemos contender con Dios ni cuestionar su justicia. Él ha hecho lo que ha hecho porque así lo quiso en su soberana voluntad. Él es el Creador, nosotros somos sus criaturas, y no tenemos ninguna base desde la que podamos acusarle de iniquidad o injusticia. Cuando leemos estas palabras de Pablo, nos vemos frente la alternativa de aceptar o no lo que Dios dice aquí, y lo que hace, simplemente porque él es Dios y nosotros no lo somos. Es cuestión que llega profundo en nuestro entendimiento de nosotros mismos como criaturas y de nuestra relación con Dios como nuestro Creador.

4. La Biblia dice que Dios quiere que todos se salven. Otra objeción a la doctrina de la elección es que contradice ciertos pasajes de la Biblia que dicen que Dios quiere que todos sean salvos. Pablo dice de Dios nuestro Salvador que «él quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad» (1 Ti 2:4). Pedro dice: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan» (2 P 3:9). ¿Acaso estos pasajes no contradicen la idea de que Dios ha escogido sólo a ciertas personas para salvarlas?

Una solución común a esta pregunta es decir que estos versículos hablan de la voluntad revelada de Dios (en la que nos dice lo que debemos hacer), y no de su voluntad secreta (sus planes eternos en cuanto a lo que va a suceder). Los versículos simplemente nos dicen que Dios invita y ordena a toda persona que se arrepienta y acuda a Cristo en busca de salvación, pero no nos dicen nada respecto a los decretos secretos de Dios respecto a quienes serán salvos.

Si bien los teólogos arminianos a veces objetan la idea de que Dios tiene una voluntad secreta y una voluntad revelada, a la postre también tienen que decir que Dios a veces quiere algo con más ardor que la salvación de todas las personas, porque no todos van a ser salvos. Los arminianos aducen que no todos son salvos porque Dios quiere preservar

el libre albedrío del hombre más que salvarlos a todos. Pero esto parece también estar haciendo una distinción entre dos aspectos de la voluntad de Dios. Por un lado Dios quiere que todos sean salvos (1 Ti 2:5-6; 2 P 3:9). Pero por otro lado quiere preservar la libertad total de la decisión humana. Pero Dios quiere lo segundo más que lo primero.

Aquí se ve claramente la diferencia entre el concepto reformado y el concepto arminiano en cuanto a la voluntad de Dios. Los calvinistas y los arminianos concuerdan en que los mandatos de Dios en la Biblia nos revelan lo que quiere que hagamos, y concuerdan en que los mandatos en la Biblia nos invitan a arrepentirnos y a confiar en Cristo para obtener la salvación. Por consiguiente, en cierto sentido ambos concuerdan en que Dios quiere que seamos salvos; es la voluntad que él nos revela explícitamente en la invitación del evangelio.

Pero ambos lados también deben decir que hay algo más que Dios considera más importante que salvar a todo el mundo. Los teólogos reformados dicen que Dios considera su propia gloria más importante que salvar a todo el mundo, y que (de acuerdo a Ro 9) la gloria de Dios también aumenta por el hecho de que algunos no son salvos. Los teólogos arminianos también dicen que hay algo más importante para Dios que la salvación de toda persona, es decir, la preservación del libre albedrío del hombre. En otras palabras, en un sistema reformado, el valor más alto de Dios es su propia gloria, y en un sistema arminiano el valor más alto de Dios es el libre albedrío del hombre. Estos son dos conceptos diferentes de la naturaleza de Dios, y parece que la posición reformada tiene mucho más respaldo bíblico explícito que la posición arminiana respecto a este asunto.

E. La doctrina de la reprobación

Cuando entendemos la elección como la decisión soberana de Dios de escoger a algunas personas para salvarlas, necesariamente hay otro aspecto de esa elección: la decisión soberana de Dios de pasar por alto a otros y no salvarlos. A esta decisión de Dios en la eternidad pasada se le llama reprobación. Reprobación es la decisión soberana de Dios antes de la creación de pasar por alto a algunas personas, y con tristeza no salvarlas, y castigarlas por sus pecados, y de ese modo manifestar su justicia.

En muchos sentidos, la doctrina de la reprobación es la más difícil de concebir o aceptar de las enseñanzas de la Biblia, porque trata de consecuencias horribles y eternas para seres humanos hechos a imagen de Dios. El amor que Dios nos da por nuestros semejantes y el amor que nos ordena tener hacia nuestro prójimo nos hace retroceder ante esta doctrina, y es justo que sintamos tal temor al contemplarla. Es algo que a veces preferiríamos no creer, y que no creeríamos, si la Biblia no la enseñara claramente.

¿Hay pasajes bíblicos que hablan de tal decisión de parte de Dios? Ciertamente hay algunos. Judas habla de «ciertos individuos que desde hace mucho tiempo han estado señalados para condenación. Son impíos que cambian en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan a Jesucristo, nuestro único Soberano y Señor» (Jud 4).

Todavía más, Pablo, en el pasaje que ya se mencionó antes, habla de la misma manera en cuanto al faraón y a otros: «La Escritura le dice al faraón: “Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra”. Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer. … ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción?» (Ro 9:17-22). Respecto a los resultados del hecho de que Dios no los escogió a todos para salvación Pablo dice: «Lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos» (Ro 11:7). Y Pedro dice que los que rechazan el evangelio «tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados» (1 P 2:8).

A pesar del hecho de que retrocedemos ante esta doctrina debemos tener cuidado de nuestra actitud hacia Dios y hacia estos pasajes de las Escrituras. Nunca debemos empezar a desear que la Biblia hubiera sido escrita de otra manera, ni que no contenga ciertos versículos. Es más, si estamos convencidos de que estos versículos enseñan la reprobación, estamos obligados a creerla y aceptarla como equitativa y justa de parte de Dios, aunque con todo nos haga temblar de horror al pensar en ella.

Puede ayudarnos a reconocer que de alguna manera, en la sabiduría de Dios, el hecho de la reprobación y condenación eterna de algunos mostrará la justicia de Dios y también resultará en su gloria. Pablo dice: «¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción?» (Ro 9:22). Pablo también observa que el hecho de tal castigo en los «vasos de ira» sirve para mostrar la grandeza de la misericordia de Dios para nosotros: Dios hace esto «para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que [son] objeto de su misericordia» (Ro 9:23).

También debemos recordar que hay diferencias importantes entre la elección y la reprobación según las presenta la Biblia. La elección para salvación se tiene como una causa de regocijo y alabanza a Dios, quien es digno de alabanza y recibe todo el reconocimiento por nuestra salvación (vea Ef 1:3-6; 1 P 1:1-3). A Dios se le ve escogiéndonos para salvación y haciéndolo en amor y con deleite. Pero se ve la reprobación como algo que entristece a Dios, y no lo deleita (véase Ez 33:11), y la culpa de la condenación de los pecadores siempre es de los hombres y ángeles que se rebelan, y nunca de Dios (véase Jn 3:18-19; 5:40). Así que en la presentación de la Biblia, la causa de la elección reside en Dios, y la culpa de la reprobación es del pecador. Otra diferencia importante es que la base de la elección es la gracia de Dios, en tanto que la base de la reprobación es la justicia de Dios. Por consiguiente, la «doble predestinación» no es una frase ni útil ni acertada, porque no considera las diferencias entre elección y reprobación.

F. Aplicación práctica de la doctrina de la elección

En términos de nuestra relación con Dios, la doctrina de la elección en verdad tiene una aplicación práctica significativa. Cuando pensamos en la enseñanza bíblica tanto de la elección como de la reprobación, es apropiado aplicarla a nuestras propias vidas individualmente. Está bien que el creyente se pregunte: «¿Por qué soy cristiano? ¿Por qué en definitiva decidió Dios salvarme?»

La doctrina de la elección nos dice que soy creyente simplemente porque Dios en la eternidad pasada decidió darme su amor. Pero, ¿por qué decidió darme su amor? No por algo bueno en mí, sino simplemente porque decidió amarme. No hay otra razón más definitiva que esa.

Nos hace humildes ante Dios pensar de esta manera. Hace que comprendamos que no tenemos ningún derecho en lo absoluto sobre la gracia de Dios. Nuestra salvación se debe totalmente a la gracia sola. Nuestra única respuesta apropiada es darle a Dios eterna alabanza.

 

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