La Resurrección y Ascensión de Cristo

A. Resurrección

1. Evidencia del Nuevo Testamento. Los Evangelios contienen abundante testimonio de la resurrección de Cristo (vea Mt 28:1-20; Mr 16:1-8; Lc 24:1-53; Jn 20:1—21:25). Además de esas narraciones detalladas en los cuatro evangelios, el libro de Hechos es un relato de la proclamación que los apóstoles hicieron de la resurrección de Cristo, y de la continua oración a Cristo y la confianza depositada en él como uno que vive y reina en el cielo. Las Epístolas dependen por entero de la presuposición de que Jesús es un Salvador vivo y reinante que ahora es la cabeza exaltada de la Iglesia, que se puede confiar en él, se le adora y alaba, y que un día volverá en poder y gran gloria para reinar como Rey sobre la tierra. El libro de Apocalipsis repetidamente muestra al Cristo resucitado reinando en el cielo y predice su regreso para conquistar a sus enemigos y reinar en gloria. Por consiguiente, todo el Nuevo Testamento da testimonio de la realidad de la resurrección de Cristo.

2. Naturaleza de la resurrección de Cristo. La resurrección de Cristo no fue simplemente un regreso a la vida, como otros lo habían experimentado antes (Lázaro, por ejemplo, Jn 11:1-44), porque de ser así Jesús habría estado sujeto a debilidad y envejecimiento, y a la larga habría muerto de nuevo como mueren todos los demás seres humanos. Más bien, cuando Jesús resucitó de los muerto fue las «primicias» (1 Co 15:20,23)  de una nueva clase de vida humana, una vida en la que su cuerpo fue hecho perfecto, sin estar ya sujeto a debilidad, envejecimiento y muerte, y capaz de vivir eternamente.

Es cierto que los dos discípulos de Jesús no lo reconocieron cuando él anduvo con ellos en el camino a Emaús (Lc 24:13-32), pero Lucas específicamente nos dice que esto se debió a que «sus ojos estaban velados» (Lc 24:16), y más tarde que «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24:31). María Magdalena por un momento no reconoció a Jesús (Jn 20:14-16), pero quizá todavía estaba oscuro y ella al principio no lo estaba mirando directamente; ella había llegado por primera vez «cuando todavía estaba oscuro» (Jn 20:1), y «se volvió» para hablar con Jesús una vez que le reconoció (Jn 20:16).

En otras ocasiones los discípulos parecen haber reconocido a Jesús más bien rápidamente (Mt 28:9,17; Jn 20:19-20,26-28; 21:7,12). Cuando Jesús se apareció a los once discípulos en Jerusalén, al principio ellos se quedaron aturdidos y asustados (Lc 24:33,37), sin embargo cuando vieron las manos y los pies de Jesús, y le vieron comer pescado, se convencieron de que había resucitado. Estos ejemplos indican que hubo un grado considerable de continuidad entre la apariencia física de Jesús antes de su muerte y después de su resurrección. Sin embargo, Jesús no se vería exactamente como antes de morir, porque además del asombro inicial de los discípulos ante lo que evidentemente ellos pensaban que no podía haber sucedido, hubo probablemente suficiente diferencia en su apariencia física como para que no se pudiera reconocer a Jesús de inmediato. Tal vez esa diferencia en apariencia fue simplemente la diferencia entre un hombre que ha vivido una vida de sufrimiento, adversidad y aflicción, y uno cuyo cuerpo había sido restaurado a una apariencia plena de juventud y perfecta salud. Aunque el cuerpo de Jesús era todavía un cuerpo físico, resucitó como cuerpo transformado, sin estar sometido ya al sufrimiento, el debilitamiento, la enfermedad y la muerte; se había «vestido de inmortalidad» (1 Co 15:53). Pablo dice que el cuerpo de resurrección resucita «en incorrupción … en gloria, … en poder … un cuerpo espiritual» (1 Co 15:42-44). (Por «cuerpo espiritual» Pablo no quiere decir «inmaterial», sino más bien apropiado y sensible a la dirección del Espíritu.)

Hay por lo menos diez evidencias en el Nuevo Testamento que muestran que Jesús tenía un cuerpo físico después de su resurrección: Las mujeres «le abrazaron los pies» (Mt 28:9), él se apareció a los discípulos en el camino a Emaús como otro viajero cualquiera (Lc 24:15-18,28-29), tomó pan y lo partió (Lc 24:30), comió pescado asado para demostrar claramente que tenía un cuerpo físico y no era simplemente un espíritu; María pensó que era el hortelano (Jn 20:15), «les mostró las manos y el costado» (Jn 20:20), preparó desayuno para los discípulos (Jn 21:12-13), y explícitamente les dijo: «Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo» (Lc 24:39). Finalmente Pedro dijo: «comimos y bebimos con él después de su resurrección» (Hch 10:41).

Es cierto que Jesús evidentemente podía aparecerse y desaparecerse de la vista de súbito (Lc 24:31,36; Jn 20:19,26). Sin embargo debemos tener cuidado de no sacar demasiadas conclusiones de este hecho, porque no todos los pasajes afirman que Jesús podía aparecerse y desaparecer; algunos simplemente dicen que Jesús llegó y se puso entre los discípulos. Cuando Jesús se esfumó de repente de la vista de los discípulos en Emaús, puede haber sido un suceso milagroso, tal como sucedió cuando «el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe. El eunuco no volvió a verlo» (Hch 9:39). Tampoco debemos enfatizar demasiado del hecho de que Jesús llegó y se puso entre los discípulos en dos ocasiones cuando las puertas estaban «cerradas» (Jn 20:19, 26), porque ningún pasaje dice que Jesús «atravesó paredes», ni nada parecido. En verdad, en otra ocasión en el Nuevo Testamento cuando alguien necesitó pasar por una puerta cerrada con llave, la puerta milagrosamente se abrió (véase Hch 12:10).

Finalmente, hay una consideración doctrinal mucho mayor. La resurrección física de Jesús, y su posesión eterna de un cuerpo físico resucitado, dan clara afirmación a la bondad de la creación material que Dios hizo originalmente: «Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno» (Gn 1:31). Nosotros, como hombres y mujeres resucitados, viviremos para siempre en «un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia» (2 P 3:13). Viviremos en una tierra renovada que «ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza» (Ro 8:21) y la tierra entera será como un nuevo huerto del Edén. Habrá una nueva Jerusalén, y todos «llevarán a ella todas las riquezas y el honor de las naciones» (Ap 21:26), y habrá «un río de agua de vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, y corría por el centro de la calle principal de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones» (Ap 22:1-2).

En este universo físico, muy material y renovado, parece que necesitaremos vivir como seres humanos con cuerpos físicos, apropiados para la vida en una renovada creación física. Específicamente, el cuerpo físico resucitado de Jesús afirma la bondad de la creación original de Dios del hombre no como un simple espíritu como los ángeles, sino como criatura con un cuerpo físico «muy bueno». No debemos caer en el error de pensar que la existencia inmaterial es de alguna manera una forma mejor de existencia para las criaturas: Cuando Dios nos hizo como pináculo de su creación, nos dio cuerpos físicos. En un cuerpo físico perfeccionado Jesús resucitó de los muertos, y ahora reina en el cielo, y volverá para llevarnos para que estemos con él para siempre.

3. Tanto el Padre como el Hijo participaron en la Resurrección. Algunos pasajes afirman que Dios el Padre específicamente resucitó a Cristo de entre los muertos (Hch 2:24; Ro 6:4; 1 Co 6:14; Gá 1:1; Ef 1:20), pero otros dicen que Jesús participó en su propia resurrección: Jesús dice: «Por eso me ama el Padre: porque entrego mi vida para volver a recibirla. Nadie me la arrebata, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla, y tengo también autoridad para volver a recibirla. Éste es el mandamiento que recibí de mi Padre» (Jn 10:17-18; cf. 2:19-21). Es mejor concluir que tanto el Padre como el Hijo intervinieron en la Resurrección. Ciertamente, Jesús dice: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11:25; cf. He 7:16).

4. Importancia doctrinal de la Resurrección.

a. La resurrección de Cristo asegura nuestra regeneración. Pedro dice que «nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva» (1 P 1:3). Aquí explícitamente él conecta la resurrección de Jesús con nuestra regeneración o nuevo nacimiento. Cuando Jesús resucitó de los muertos tenía una nueva calidad de vida, una «vida de resurrección» en un cuerpo humano y espíritu humano perfectamente apropiados para comunión y obediencia a Dios eternas. En su resurrección, Jesús obtuvo para nosotros una nueva vida como la suya. No recibimos esa nueva «vida de resurrección» por completo cuando nos convertimos en creyentes, porque nuestros cuerpos siguen siendo como son, todavía sujetos a debilidad, envejecimiento y muerte. Pero en nuestro espíritu se nos hace vivir con nuevo poder de resurrección. Por tanto, es mediante su resurrección que Cristo obtuvo para nosotros la nueva clase de vida que recibimos cuando «nacemos de nuevo». Por esto Pablo puede decir que Dios «nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! Y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó» (Ef 2:5-6; cf. Col 3:1). Cuando Dios resucitó a Cristo, empezó a vernos en cierto sentido como resucitados «con Cristo» y por consiguiente dignos de los méritos de la resurrección de Cristo. Pablo dice que su meta en la vida es «experimentar el poder que se manifestó en su resurrección» (Fil 3:10). Pablo sabía que incluso en esta vida la resurrección de Cristo da nuevo poder para el ministerio cristiano y la obediencia a Dios.

Hay en esto mucha aplicación positiva a nuestra vida cristiana, especialmente porque tiene implicaciones para nuestra capacidad de vivir la vida cristiana. Pablo conecta la resurrección de Cristo con el poder espiritual que obra en nosotros cuando dice a los efesios que está orando para que conozcan «cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales» (Ef 1:19-20). Aquí Pablo dice que el poder por el cual Dios resucitó de los muertos a Cristo es el mismo poder que obra en nosotros. Pablo nos ve además como resucitados en Cristo cuando dice: «Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. … De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:4,11).

Este nuevo poder de resurrección en nosotros incluye poder para tener más y más victoria sobre el pecado que queda en nuestra vida: «Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia» (Ro 6:14; cf. 1 Co 15:17); aunque nunca seremos perfectos en esta vida. Este poder de resurrección también incluye poder para ministrar en la obra del reino. Fue después de su resurrección que Jesús les prometió a sus discípulos: «Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). Este poder nuevo e intensificado para proclamar el evangelio y obrar milagros y triunfar sobre la oposición del enemigo les fue dado a los discípulos después de la resurrección de Cristo de entre los muertos y era parte del nuevo poder de resurrección que caracterizaba sus vidas cristianas.

b. La resurrección de Cristo asegura nuestra justificación. En un solo pasaje Pablo conecta explícitamente la resurrección de Cristo con nuestra justificación (o sea, la recepción de la declaración de que ya no somos culpables, sino justos delante de Dios). Pablo dice que Jesús «fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (Ro 4:25). Cuando Cristo resucitó, esa fue la declaración de Dios de que aprobaba la obra redentora de Cristo. Debido a que Cristo «se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Fil 2:8), «Dios lo exaltó hasta lo sumo» (Fil 2:9). Al resucitar a Cristo de entre los muertos, Dios el Padre estaba en efecto diciendo que aprobaba la obra de Cristo al sufrir y morir por nuestros pecados, que su obra quedaba terminada, y que Cristo ya no tenía ninguna necesidad de seguir muerto. No quedaba pena que pagar por el pecado, ni tampoco más ira de Dios para llevar, ni más culpa o culpabilidad para castigar; todo ha quedado completamente pagado y no queda ninguna culpa pendiente. En la Resurrección, Dios estaba diciéndole a Cristo: «Apruebo lo que has hecho y has hallado favor ante mis ojos».

Esto explica por qué Pablo puede decir que Cristo «fue resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). Si Dios «nos resucitó con él» (Ef 2:6), entonces, en virtud de nuestra unión con Cristo, la declaración de Dios de aprobación de Cristo es también la declaración de su aprobación de nosotros. Cuando el Padre en esencia le dijo a Cristo: «Toda la pena por los pecados ha quedado pagada y ahora te hallo sin culpa y justo», estaba pronunciando la declaración que también se aplicaría a nosotros una vez que confiáramos en Cristo en cuanto a la salvación. De esta manera la resurrección de Cristo también fue prueba definitiva de que él obtuvo nuestra justificación.

c. La resurrección de Cristo asegura que nosotros también recibiremos cuerpos perfectos al resucitar. El Nuevo Testamento varias veces conecta la resurrección de Jesús con nuestra resurrección corporal final. «Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros» (1 Co 4:14). Pero la explicación más extensa de la conexión entre la resurrección de Cristo y la nuestra se halla en 1 Corintios 15:12-58. Allí Pablo dice que Cristo es «primicias de los que murieron» (1 Co 15:20). Al llamar a Cristo «primicias» (gr. aparjé), Pablo usa una metáfora de la agricultura para indicar que seremos como Cristo. Así como las «primicias» o las primeras muestras de la siega madura indican que el resto de la siembra será como las muestras, Cristo como las «primicias» muestra lo que nuestros cuerpos resucitados serán cuando, en la «cosecha» final de Dios él nos resucite de los muertos y nos lleve a su presencia.7

Después de la Resurrección, Jesús tenía todavía las huellas de los clavos en sus manos y en sus pies, y la marca de la lanza en el costado (Jn 20:27). La gente a veces se pregunta si eso indica que las cicatrices de heridas serias que hemos recibido en esta vida permanecerán en nuestros cuerpos resucitados. La respuesta es que probablemente no tendremos ninguna cicatriz de las heridas o lesiones recibidas en esta vida, sino que nuestros cuerpos serán hechos perfectos, «incorruptibles» y resucitados «en gloria». Las huellas de la crucifixión de Jesús fueron únicas porque son un eterno recordatorio de sus sufrimientos y muerte por nosotros. Por cierto, las evidencias de la severa flagelación y la desfiguración que sufrió Jesús antes de su crucifixión probablemente quizá ya habían sanado, y sólo las cicatrices en sus manos, pies y costado permanecían como testimonio de su muerte por nosotros. El hecho de que él retenga esas cicatrices no necesariamente quiere decir que nosotros retendremos las nuestras. Más bien, todas sanarán, y seremos hechos perfectos y completos.

5. Significación ética de la Resurrección. Pablo también ve que la Resurrección tiene aplicación a nuestra obediencia a Dios en esta vida. Después de una larga consideración de la Resurrección, Pablo concluye animando a sus lectores: «Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano» (1 Co 15:58). Debido a que Cristo resucitó de los muertos, y porque nosotros también seremos resucitados de los muertos, debemos seguir firmes progresando siempre en la obra del Señor. Esto es porque todo lo que hacemos para llevar a las personas al reino y edificarlas en verdad tiene significación eterna, porque todos seremos resucitados en el día que Cristo regrese, y viviremos con él para siempre.

Segundo, Pablo nos anima, al pensar en la Resurrección, que enfoquemos nuestra futura recompensa celestial como nuestra meta. Ve la Resurrección como un tiempo cuando todas las luchas de esta vida recibirán su pago. Pero si Cristo no resucitó y si no hay resurrección, «la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados.

En este caso, también están perdidos los que murieron en Cristo. Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales» (1 Co 15:17-19; cf. v. 32). Pero debido a que Cristo resucitó, y porque hemos sido resucitados con él, debemos buscar una recompensa celestial y fijar nuestra mente en las cosas del cielo: «Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria» (Col 3:1-4).

Una tercera aplicación ética de la Resurrección es la obligación a dejar de someternos al pecado en nuestra vida. Cuando Pablo dice que debemos considerarnos «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» en virtud de la resurrección de Cristo y su poder de resurrección en nosotros (Ro 6:11), de inmediato pasa a decir: «Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal. … No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado» (Ro 6:12,13). Pablo usa la verdad de que tenemos este nuevo poder de resurrección sobre el dominio del pecado en nuestra vida como razón para exhortarnos a no pecar.

B. Ascensión al cielo

1. Cristo ascendió a un lugar. Después de su resurrección Jesús estuvo en esta tierra por cuarenta días (Hch 1:3), y luego llevó a sus seguidores a Betania, en las afueras de Jerusalén, y «allí alzó las manos y los bendijo. Sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24:50-51).

Un relato similar nos da Lucas en la sección inicial de Hechos: «Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse”» (Hch 1:9-11).

Estos relatos describen un evento que claramente está diseñado para mostrar a los discípulos que Jesús se fue a un lugar. No se les desapareció súbitamente, para que nunca más volvieran a verlo, sino que ascendió gradualmente mientras ellos contemplaban, y luego una nube (al parecer la nube de la gloria de Dios) le ocultó de la vista de ellos. Pero los ángeles de inmediato dijeron que él volvería de la misma manera en que había sido llevado al cielo. El hecho de que Jesús tenía un cuerpo resucitado que estaba sujeto a las limitaciones espaciales (sólo podía estar en un lugar a la vez) quiere decir que Jesús fue a algún lugar cuando ascendió al cielo.8

2. Cristo recibió gloria y honor como nunca los había recibido antes como Dios-hombre. Cuando Jesús ascendió al cielo recibió la gloria, el honor, y la autoridad que nunca había recibido siendo Dios y hombre. Antes de morir, Jesús oró: «Y ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera» (Jn 17:5). En su sermón en Pentecostés, Pedro dijo que Jesús fue «exaltado por la diestra de Dios» (Hch 2:33, RVR), y Pablo declaró que «Dios lo exaltó hasta lo sumo» (Fil 2:9), y que fue «recibido en la gloria» (1 Ti 3:16; cf. He 1:4). Cristo está ahora en el cielo y coros de ángeles le entonan alabanzas con las palabras: «¡Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y la honra, la gloria y la alabanza!» (Ap 5:12).

El Antiguo Testamento predijo que el Mesías se sentaría a la diestra de Dios: «Así dijo el SEÑOR a mi Señor: “Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”» (Sal 110:1). Cuando Cristo ascendió al cielo de nuevo, recibió el cumplimiento de esa promesa: «Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas» (He 1:3). Esta buena acogida en la presencia de Dios y el hecho de sentarse a la diestra de Dios es una indicación dramática de la terminación de la obra de Cristo de redención. Así como el ser humano se sienta al terminar una tarea grande para disfrutar la satisfacción de haberla realizado, Jesús se sentó a la diestra de Dios, visiblemente demostrando que su obra de redención estaba terminada.

Además de mostrar la terminación de la obra de Cristo de redención, el acto de sentarse a la diestra de Dios es una indicación de que recibió autoridad sobre el universo. Pablo dice que Dios «lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque» (Ef 1:20-21). De modo similar, Pedro dice que Jesús «subió al cielo y tomó su lugar a la derecha de Dios, y a quien están sometidos los ángeles, las autoridades y los poderes» (1 P 3:22). Pablo también alude al Salmo 110:1 cuando dice que «es necesario que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies» (1 Co 15:25).

Un aspecto adicional de la autoridad que Cristo recibió del Padre cuando se sentó a su diestra fue la autoridad de derramar sobre la Iglesia el Espíritu Santo. Pedro dice en el día de Pentecostés: «Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen» (Hch 2:33).

El hecho de que Jesús ahora está sentado a la diestra de Dios en el cielo no quiere decir que está perpetuamente «fijo» allí ni que está inactivo. También se le ve de pie a la diestra de Dios (Hch 7:56) y andando entre los siete candelabros en el cielo (Ap 2:1). Tal como un rey humano se sienta en su trono real en su ascensión al trono pero luego se dedica a muchas otras actividades todo el día, Cristo se sienta a la diestra de Dios como evidencia dramática de la terminación de su obra redentora y su recepción de autoridad sobre el universo, pero ciertamente se dedica también a otras actividades en el cielo.

4. La ascensión de Cristo tiene significación doctrinal para nuestra vida. Tal como la Resurrección tiene profundas implicaciones para nuestra vida, así la ascensión de Cristo tiene implicaciones significativas para nosotros. Primero, puesto que estamos unidos con Cristo en todo aspecto de su obra de redención, la ida de Cristo al cielo es un vislumbre de nuestra futura ascensión al cielo con él. «Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre» (1 Ts 4:17). El autor de Hebreos quiere que corramos la carrera de la vida con el conocimiento de que estamos siguiendo los pasos de Jesús y que a la larga llegaremos a la bendición de la vida en el cielo que él disfruta ahora: «Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (He 12:1-2). Y Jesús mismo dice que un día nos llevará para que estemos con él (Jn 14:3).

Segundo, la ascensión de Jesús nos da la certeza de que nuestro hogar definitivo será en el cielo con él. «En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté» (Jn 14:2-3). Jesús fue un hombre como nosotros en todo pero sin pecado, y se ha ido delante de nosotros para que un día nosotros también podamos seguirle y vivir con él para siempre. El hecho de que Jesús ya ha ascendido al cielo y logrado la meta puesta delante de él nos da gran seguridad de que un día iremos allá también.

Tercero, debido a nuestra unión con Cristo en su ascensión podemos tener parte ahora (parcialmente) en la autoridad de Cristo sobre el universo, y un día la tendremos más plenamente. A esto apunta Pablo cuando dice que «Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales» (Ef 2:6). No estamos físicamente presentes en el cielo, por supuesto, porque permanecemos aquí en la tierra por ahora. Pero si cuando Cristo se sentó a la diestra de Dios también se refiere a su toma de autoridad, el hecho de que Dios nos ha hecho sentar con Cristo quiere decir que ahora tenemos parte en cierta medida de la autoridad que Cristo tiene, autoridad para contender «contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales» (Ef 6:12, cf. vv. 10-18) y para librar batalla con armas «que tienen el poder divino para derribar fortalezas» (2 Co 10:4).

Esta coparticipación de la autoridad de Cristo sobre el universo será más completa cuando estemos en la edad venidera: «¿No saben que aun a los ángeles los juzgaremos?» (1 Co 6:3). Es más, tendremos parte con Cristo en su autoridad sobre la creación (He 2:5-8). Jesús promete: «Al que salga vencedor y cumpla mi voluntad hasta el fin, le daré autoridad sobre las naciones, así como yo la he recibido de mi Padre» (Ap 2:26-27). También promete: «Al que salga vencedor le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono, como también yo vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Ap 3:21). Estas son promesas asombrosas de nuestra participación futura con Cristo sentado a la diestra de Dios, promesas que no entenderemos plenamente sino en la edad venidera.

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