La Expiación

  • ¿Fue necesario que Cristo muriera?
  • ¿Qué sucedió en la expiación?
  • ¿Descendió Cristo al infierno?

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la expiación cómo sigue: La expiación es la obra que Cristo hizo en su vida y muerte para lograr nuestra salvación. Esta definición indica que estamos usando la palabra expiación en un sentido más amplio del que se le da a veces. A veces se usa solamente para referirse a la muerte de Jesús y al hecho de que pagó por nuestros pecados en la cruz. Pero, como lo veremos mas adelante, puesto que también recibimos beneficios salvadores por la vida de Cristo, hemos incluido también eso en nuestra definición.

A. Causa de la expiación

¿Cuál fue la causa suprema que llevó a Cristo a venir a la tierra y morir por nuestros pecados? Para hallar esto debemos remontarnos a algo en el carácter de Dios mismo. Aquí la Biblia señala dos cosas: el amor y la justicia de Dios.

El amor de Dios como causa de la expiación se ve en el pasaje más conocido de la Biblia: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16, RVR). Pero la justicia de Dios también exigía que Dios hallara la manera de que se pagara la pena que nosotros merecíamos por nuestros pecados (porque él no podía aceptarnos en comunión él a menos que se pagara esa pena). Pablo explica que por eso Dios envió a Cristo para que fuera «propiciación» (Ro 3:25, RVR); o sea, un sacrificio que tome sobre sí la ira de Dios para que Dios sea «propicio» o favorablemente dispuesto hacia nosotros: fue «para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados» (Ro 3:25, RVR). Aquí Pablo dice que Dios había estado perdonando los pecados en el Antiguo Testamento, pero no se había pagado ninguna pena; hecho que haría que la gente se preguntara si Dios en verdad era justo y se preguntara cómo podía perdonar pecados sin castigo. Ningún Dios que fuera verdaderamente justo podía hacer eso, ¿verdad? Sin embargo, cuando Dios envió a Cristo para que muriera y sufriera el castigo que merecíamos por nuestros pecados, fue «con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26, RVR).

Por consiguiente, el amor y la justicia de Dios fueron la suprema causa de la expiación. Sin embargo, no es provechoso que preguntemos cuál es más importante, porque sin el amor de Dios, él nunca habría dado ningún paso para redimirnos; y sin la justicia de Dios, no se hubiera cumplido con el requisito específico de que Cristo debía obtener nuestra salvación muriendo por nuestros pecados. El amor y la justicia de Dios son igualmente importantes.

B. Necesidad de la expiación

¿Había alguna otra manera en que Dios salvara a los seres humanos sin tener que enviar a su Hijo para que muriera en lugar nuestro?

Antes de responder a esta pregunta es importante darnos cuenta de que no era necesario que Dios salvara a nadie. Cuando vemos que «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4), nos percatamos de que Dios también pudo haber escogido con perfecta justicia habernos dejado en nuestros pecados en espera del castigo. Podía haber escogido no salvar a nadie, tal como lo hizo con los ángeles que pecaron. Así que en ese sentido la expiación no fue absolutamente necesaria.

Pero puesto que Dios, en su amor, decidió salvar a algunos seres humanos, varios pasajes bíblicos nos indican que no había otra manera en que Dios hiciera esto excepto por la muerte de su Hijo. Por consiguiente, la expiación no fue absolutamente necesaria, pero, como «consecuencia» de la decisión de Dios de salvar a algunos seres humanos, la expiación fue absolutamente necesaria. A esto a veces se le llama concepto de «la necesidad absoluta consecuente» de la expiación.

En el huerto del Getsemaní Jesús ora: «Si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mt 26:39). Podemos tener plena confianza de que Jesús siempre oró conforme a la voluntad del Padre, y que siempre oró con plenitud de fe. Así que parece que esta oración, que Mateo se cuida mucho de registrarla para nosotros, muestra que no era posible que Jesús evadiera la muerte en la cruz que ya se acercaba (la «copa» de sufrimiento que había dicho que sería suya). Si iba a cumplir la obra que el Padre le había enviado a hacer, y si Dios iba a redimir al pueblo, era necesario que él muriera en la cruz.

Jesús dijo algo similar después de su resurrección, cuando hablaba con dos discípulos en el camino a Emaús. Estos estaban tristes porque Jesús había muerto, pero su respuesta fue: «¡Qué torpes son ustedes y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Cristo estas cosas antes de entrar en su gloria?» (Lc 24:25-26). Jesús entendía que el plan de Dios de redención (que él explicó a los discípulos con muchos pasajes de las Escrituras del Antiguo Testamento Lc 24:27), hacía necesario que el Mesías muriera por los pecados de su pueblo.

Como vimos antes, Pablo en Romanos 3 también muestra que para que Dios fuera justo, y a pesar de eso salvara a la gente, tenía que enviar a Cristo para que pagara la pena por los pecados, «con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26, RVR). La Epístola a los Hebreos enfatiza que Cristo tuvo que sufrir por nuestros pecados: «Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar [lit. “propiciación”] los pecados del pueblo» (He 2:17). El autor de Hebreos también arguye que puesto que «es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados» (He 10:4), se exigía un mejor sacrificio (He 9:23). Sólo la sangre de Cristo, es decir, su muerte, podría quitar los pecados (He 9:25-26). No había manera de que Dios nos salvara excepto que Cristo muriera en nuestro lugar.

C. Naturaleza de la expiación

En esta sección consideraremos dos aspectos de la obra de Cristo: (1) La obediencia de Cristo por nosotros, en la que él obedeció los requisitos de la ley en lugar nuestro y fue perfectamente obediente a la voluntad de Dios Padre como nuestro representante, y (2) los sufrimientos de Cristo por nosotros, en los que él tomó la pena que merecían nuestros pecados y como resultado murió por nuestros pecados.

Es importante observar que en ambas categorías el énfasis primario y la influencia primaria de la obra de Cristo de redención no es en nosotros sino en Dios el Padre. Jesús obedeció al Padre en lugar nuestro y satisfizo perfectamente las demandas de la ley. Sufrió en nuestro lugar, recibiendo en sí mismo la pena que Dios el Padre nos habría impuesto. En ambos casos la expiación se ve como objetiva, es decir, algo que tiene influencia primaria directamente en Dios mismo. Sólo secundariamente tiene aplicación a nosotros, y esto es solamente porque hubo un acontecimiento definitivo en la relación entre Dios el Padre y Dios el Hijo que logró nuestra salvación.

1. La obediencia de Cristo por nosotros (a veces llamada su «obediencia activa»). Si Cristo hubiera ganado para nosotros solamente perdón de pecados, no nos mereceríamos el cielo. Nuestra culpa habría sido quitada, pero estaríamos en la posición de Adán y Eva antes de que estos hicieran algo bueno o malo, y antes de que hubieran salido airosos de un tiempo de prueba. Para ser restablecidos en justicia para siempre y tener asegurada para siempre su comunión con Dios, Adán y Eva tenían que obedecer a Dios perfectamente por un tiempo. Dios hubiera mirado su fiel obediencia con placer y deleite, y ellos habrían vivido para siempre en comunión con él.

Por esta razón Cristo tenía que vivir una vida de perfecta obediencia a Dios a fin de ganar justicia para nosotros. Tenía que obedecer la ley durante toda su vida a favor nuestro de modo que los méritos positivos de su obediencia perfecta se contaran como nuestros. A veces a esto se le llama «obediencia activa» de Cristo, en tanto que a sus sufrimientos y muerte por nuestros pecados se le llama «obediencia pasiva». Pablo dice que su meta es ser hallado en Cristo: «No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe» (Fil 3:9). No es simplemente neutralidad moral la que Pablo necesita de Cristo (es decir, una pizarra limpia con los pecados perdonados), sino una justicia moral positiva. Él sabe que esto no puede brotar de sí mismo, sino que tiene que venir por la fe en Cristo. En forma similar Pablo dice que Cristo ha sido hecho «nuestra justicia» (1 Co 1:30). Muy explícitamente dice: «Así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19).

Algunos teólogos no enseñan que Cristo necesitó lograr un historial de toda una vida de perfecta obediencia por nosotros. Simplemente han enfatizado que Cristo tuvo que morir y por ello paga la pena de nuestros pecados. Pero tal posición no explica adecuadamente por qué Cristo hizo mucho más que simplemente morir por nosotros: también se hizo nuestra «justicia» delante de Dios. Jesús le dijo a Juan el Bautista antes de que este lo bautizara: «Nos conviene cumplir con lo que es justo» (Mt 3:15).

Se pudiera argüir que Cristo tuvo que vivir una vida de perfecta justicia por causa suya propia, y no por la nuestra, antes de que pudiera ser un sacrificio sin pecado por nosotros. Pero Jesús no tenía que vivir una vida de perfecta obediencia por causa de sí mismo; él participaba del amor y de la comunión con el Padre desde la eternidad y en su propio carácter era eternamente causa de alegría y deleite para el Padre. Más bien tuvo que «cumplir con toda justicia» por causa nuestra; es decir, por causa del pueblo que estaba representando como cabeza. A menos que hubiera hecho esto por nosotros, no habría registro de obediencia para que mereciéramos el favor de Dios y la vida eterna con él. Es más, si a Jesús le hubiera sido suficiente ser sin pecado y no también una vida de perfecta obediencia, podía haber muerto por nosotros siendo niño y no a los treinta y tres años.

A modo de aplicación, debemos preguntarnos en qué historial de toda una vida de obediencia preferiríamos confiar en cuanto a nuestra posición delante de Dios, ¿en el de Cristo o en el nuestro propio? Al pensar en la vida de Cristo debemos preguntarnos: ¿fue suficiente buena para merecer la aprobación de Dios? ¿Estamos dispuestos a confiar en su historial de obediencia en cuanto a nuestro destino eterno?

2. Los sufrimientos de Cristo por nosotros (a veces llamada su «obediencia pasiva»).

Además de obedecer perfectamente por nosotros la ley durante toda su vida, Cristo tomó sobre sí los sufrimientos necesarios para pagar el castigo que merecían nuestros pecados.

a. Sufrimiento durante toda su vida. En un sentido amplio, la pena que Cristo llevó al pagar por nuestros pecados fue sufrimiento en su cuerpo y en su alma durante toda su vida. Aunque los sufrimientos de Cristo culminaron en su muerte en la cruz (vea más adelante), toda su vida en un mundo caído incluyó sufrimiento. Por ejemplo, Jesús sufrió tremendo sufrimiento durante la tentación en el desierto (Mt 4:1-11), cuando por cuarenta días resistió los ataques de Satanás. También sufrió al crecer hacia la madurez, porque leemos que «aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer» (He 5:8). Conoció el sufrimiento en la intensa oposición que enfrentó de parte de los dirigentes judíos en mucho de su ministerio terrenal (vea He 12:3-4). Podemos suponer también que soportó sufrimiento y aflicción en la muerte de su padre terrenal,1 y por cierto sufrió aflicción cuando murió su íntimo amigo Lázaro (Jn 11:35). Al predecir la venida del Mesías, Isaías dijo que sería «varón de dolores, hecho para el sufrimiento» (Is 53:3).

b. El dolor de la cruz. Los sufrimientos de Jesús se intensificaron conforme se acercaba a la cruz. A sus discípulos les expresó algo de la agonía por la que atravesaba cuando les dijo: «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir» (Mt 26:38). Fue especialmente en la cruz que los sufrimientos de Jesús por nosotros alcanzaron su clímax, porque allí fue cuando él llevó el castigo de nuestros pecados y murió en lugar nuestro. La Biblia nos enseña que hubo cuatro aspectos diferentes de dolor que Jesús sufrió.

(1) Dolor y muerte físicos. No tenemos que sostener que Jesús sufrió más dolor físico que el que cualquier otro ser humano jamás ha sufrido, porque la Biblia en ninguna parte afirma tal cosa. Pero con todo no debemos olvidar que la muerte por crucifixión era una de las formas más horribles de ejecución que jamás el hombre ha concebido.

Muchos de los lectores de los Evangelios en el mundo antiguo habrían presenciado crucifixiones y por tanto habrían tenido un cuadro mental vívido al leer las simples palabras «Y lo crucificaron» (Mr 15:24). Al criminal crucificado esencialmente se le obligaba a infligirse una muerte muy lenta por sofocación. Cuando le extendían al criminal los brazos y se los sujetaban con clavos a la cruz, tenía que sostener con sus brazos la mayor parte del peso de su cuerpo. La cavidad torácica quedaba halada hacia arriba y hacia afuera, lo que le hacía difícil exhalar para aspirar aire fresco. Pero cuando las ansias de la víctima por oxígeno se hacía insoportable, se empujaba con los pies hacia arriba, lo que daba a su cuerpo un soporte más natural, y liberaba a los brazos de algo del peso, y permitía que la cavidad torácica se contrajera en una forma más normal. Al empujarse de esta manera hacia arriba, el criminal podía evitar la asfixia, pero era extremadamente doloroso porque exigía poner todo el peso de su cuerpo sobre los pies sostenidos por los clavos, y doblar los codos y elevarse hacia arriba con los clavos que sostenían las muñecas. La espalda del criminal, que había sido lacerada repetidas veces con la flagelación previa, se rozaba contra la tosca madera de la cruz con cada respiración. Por eso Séneca (primer siglo d.C.) decía que el crucificado «aspiraba el aliento vital en medio de una agonía larga y penosa» (Epístola 101, a Lucilo, sec. 14).

Un médico que escribió en Journal of the American Medical Association en 1986 explicaba el dolor que habría de experimentarse en la muerte por crucifixión:

La exhalación adecuada exigía que se levantara el cuerpo empujándolo sobre los pies y doblando los codos. … Sin embargo, esta maniobra ponía todo el peso del cuerpo en los huesos de los tobillos y producía un dolor agudo. Todavía más, la flexión de los codos produciría la rotación de las muñecas en los clavos de hierro y causaría feroz dolor además de dañar los nervios medios. … Los calambres musculares y parestesias de los brazos estirados y levantados aumentarían el malestar. Como resultado, cada esfuerzo respiratorio sería agonizante y agotador, y a la larga conduciría a la asfixia.

En algunos casos, los crucificados sobrevivían varios días, casi asfixiándose pero sin acabar de morirse. Por eso a veces los verdugos le quebraban las piernas a algún criminal, para que la muerte ocurriera más rápido, como vemos en Juan 19:31-33.

Era el día de la preparación para la Pascua. Los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en la cruz en sábado, por ser éste un día muy solemne. Así que le pidieron a Pilato ordenar que les quebraran las piernas a los crucificados y bajaran sus cuerpos. Fueron entonces los soldados y le quebraron las piernas al primer hombre que había sido crucificado con Jesús, y luego al otro. Pero cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas.

(2) El dolor de llevar el pecado. Más horrible que el dolor del sufrimiento físico, Jesús soportó el dolor psicológico de llevar la culpa de nuestro pecado. En nuestra propia experiencia como creyentes, conocemos algo de la angustia que sentimos cuando sabemos que hemos pecado. El peso de la culpa nos agobia el corazón, y hay un sentimiento amargo de separación de todo lo que es bueno en el universo, y la conciencia de un sentimiento muy profundo de algo que no debería ser. Es más, mientras más crecemos en santidad como hijos de Dios, más intensamente sentimos esta instintiva repulsión contra el mal.

Pero Jesús era perfectamente santo. Aborrecía el pecado con todo su ser. El pensamiento del mal, de pecado, contradecía en todo su carácter. Mucho más que nosotros, Jesús instintivamente se rebelaba contra el mal. Sin embargo, en obediencia al Padre y por amor a nosotros, llevó sobre sí todos los pecados de los que un día serían salvos. Llevar sobre sí todo el mal contra el que su alma se rebelaba creaba una profunda repulsión en lo más hondo de su ser. Todo lo que aborrecía más profundamente fue vertido por completo sobre él.

La Biblia dice frecuentemente que nuestros pecados fueron puestos sobre Cristo: «pero el SEÑOR hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53:6), y «Cargó con el pecado de muchos» (Is 53:12). Juan el Bautista llama a Jesús el «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29). Pablo declara que «por nosotros Dios [a Cristo] lo trató como pecador» (2 Co 5:21) y que Cristo fue hecho «maldición por nosotros» (Gá 3:13). El autor de Hebreos dice que «Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos» (He 9:28). Pedro dice: «Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados» (1 P 2:24).

El pasaje de 2 Corintios antes citado, junto con los versículos de Isaías, indican que fue Dios Padre quien puso nuestros pecados sobre Cristo. ¿Cómo pudo ser eso? De la misma manera que los pecados de Adán nos fueron imputados,3 Dios imputó nuestros pecados a Cristo; es decir, los tomó como si fueran de Cristo, y, puesto que Dios es el supremo juez y definidor de lo que existe en el universo, cuando Dios tomó nuestros pecados como si fueran de Cristo esos pecados en efecto y en realidad fueron de Cristo. Eso no quiere decir que Dios pensó que Cristo mismo había cometido los pecados, ni que Cristo tenía una naturaleza de pecado, sino que la culpa de nuestros pecados (es decir, el merecimiento de castigo) Dios la tomó como si fuera de Cristo y no nuestra.

Algunos han objetado que no fue justo que Dios transfiera la culpa del pecado de nosotros a Cristo, que era inocente. Sin embargo, debemos recordar que Cristo voluntariamente tomó sobre sí la culpa de nuestros pecados, así que esta objeción pierde mucho de su fuerza. Es más, Dios mismo (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es la norma suprema de lo que es justo y recto en el universo, y él decretó que la expiación tuviera lugar de esta manera y eso satisfizo las demandas de su justicia y rectitud.

(3) Abandono. El dolor físico de la crucifixión y el dolor de llevar sobre sí el mal absoluto de nuestros pecados fueron más graves por el hecho de que Jesús enfrentó solo todo ese dolor. En el huerto del Getsemaní, cuando tomó consigo a Pedro, Jacobo y Juan, Jesús les confió algo de su agonía: «Es tal la angustia que me invade que me siento morir —les dijo—. Quédense aquí y vigilen» (Mr 14:34). Esta es la clase de confianza que uno tendría con un amigo íntimo, e implica una petición de respaldo en su hora de mayor prueba. Sin embargo, tan pronto como detuvieron a Jesús, «todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» (Mt 26:56).

Aquí también hay una analogía muy tenue en nuestra experiencia, porque no podemos vivir mucho tiempo sin probar el dolor interno del rechazo, sea rechazo de algún amigo íntimo, un padre o madre, o un hijo o hija, o incluso una esposa o esposo. Sin embargo, en todos estos casos por lo menos hay un sentido de que podríamos haber hecho algo en forma diferente, y de que por lo menos una mínima parte es culpa nuestra. No fue así con Jesús y los discípulos, porque «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13:1). No había hecho otra cosa que amarlos; y en pago todos ellos lo abandonaron.

Pero mucho peor que la deserción de incluso sus más íntimos amigos humanos fue el hecho de que Jesús se vio privado de la intimidad con el Padre que había sido el gozo más profundo de su corazón durante toda su vida terrenal. Cuando Jesús clamó: «Elí, Elí, ¿lama sabactani? (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”)» (Mt 27:46), dejó saber que había quedado separado de la más dulce comunión con su Padre celestial que había sido la infaltable fuente de fuerza interior y el elemento de su más grande gozo en una vida terrenal llena de tristeza. Cuando Jesús llevó sobre sí nuestros pecados en la cruz, lo abandonó su Padre celestial, de quien Habacuc dice: «Son tan puros tus ojos que no puedes ver el mal» (Hab 1:13). Cristo enfrentó a solas el peso de la culpa de millones de pecados.

(4) Llevó la ira de Dios. Incluso más difícil que estos tres aspectos del dolor de Jesús que ya hemos mencionado fue el dolor de llevar sobre sí la ira de Dios. Al llevar Jesús a solas la culpa de nuestros pecados, Dios Padre, el Creador poderoso, Señor del universo, derramó sobre Jesús la furia de su ira: Jesús se volvió el objeto del intenso aborrecimiento del pecado y venganza contra el pecado que Dios pacientemente había almacenado desde el principio del mundo.

Romanos 3:25 nos dice que Dios puso a Cristo como «propiciación» (RVR), palabra que quiere decir «sacrificio que lleva la ira de Dios hasta el fin y al hacerlo así cambia la ira de Dios hacia nuestro favor». Pablo nos dice que esto fue «para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:25-26, RVR). No es que Dios simplemente había perdonado el pecado y se había olvidado del castigo en generaciones pasadas. Había perdonado los pecados y almacenado su ira justa contra esos pecados. Pero en la cruz la furia de toda esa ira almacenada contra el pecado se desató contra el mismo Hijo de Dios.

Muchos teólogos fuera del mundo evangélico han objetado fuertemente la idea de que Jesús llevó sobre sí la ira de Dios contra el pecado. Su presuposición básica es que puesto que Dios es un Dios de amor, sería incongruente con su carácter mostrar ira contra los seres humanos que ha creado y de los cuales es un Padre amante. Pero los eruditos evangélicos han explicado convincentemente que la idea de la ira de Dios está sólidamente arraigada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos: «La totalidad de la argumentación de la parte inicial de Romanos es que todos los hombres, gentiles y judíos, por igual, son pecadores, y están bajo la ira y la condenación de Dios».

Otros tres pasajes cruciales del Nuevo Testamento se refieren a la muerte de Jesús como «propiciación»: Hebreos 2:17; 1 Juan 2:2 y 4:10 (RVR). Los términos griegos (el verbo jiláskomai, «hacer propiciación» y el sustantivo jilasmós, «sacrificio de propiciación») que se usan en estos pasajes tienen el sentido de «sacrificio que quita la ira de Dios, y por ello vuelve a Dios propicio (o favorable) hacia nosotros». Este es el significado constante de estas palabras fuera de la Biblia, en donde se entendían muy bien en referencia a las religiones griegas paganas. Estos versículos simplemente quieren decir que Jesús sufrió la ira de Dios contra el pecado.

Es importante insistir en este hecho, porque es la médula de la doctrina de la expiación. Quiere decir que hay un requisito eterno, inmutable, en la santidad y justicia de Dios de que el pecado tiene un precio que hay que pagar. Todavía más, antes de que la expiación pudo en algún momento tener efecto en nuestra conciencia subjetiva, primero tuvo que tener efecto en Dios y su relación con los pecadores que planeaba redimir. Aparte de esta verdad central, la muerte de Cristo no se puede entender adecuadamente (vea más adelante la explicación de otros puntos de vista sobre la expiación).

Al concepto de la muerte de Cristo que se presenta aquí se le ha llamado frecuentemente teoría de la «sustitución penal». La muerte de Cristo fue «penal» en que él pagó una pena cuando murió. Su muerte también fue una «sustitución» en la que él fue un sustituto por nosotros cuando murió. Este ha sido el concepto ortodoxo de la expiación sostenida por los teólogos evangélicos, en contraste con los demás que intentan explicar la expiación aparte de la idea de la ira de Dios o del pago de la pena por el pecado (vea más adelante).

A este concepto de la expiación a veces se le llama teoría de la expiación vicaria. Un «vicario» es alguien que ocupa el lugar de otro o que representa a otro. La muerte de Cristo, por consiguiente, fue «vicaria» porque estuvo en nuestro lugar y nos representó. Como representante nuestro, llevó la pena que merecíamos.

c. Términos del Nuevo Testamento que describen diferentes aspectos de la expiación. La obra expiatoria de Cristo es un evento complejo que tiene varios efectos en nosotros. Se puede ver, por consiguiente, desde diferentes aspectos. El Nuevo Testamento usa diferentes palabras para describirlos; examinaremos cuatro de los más importantes.

Los cuatro términos muestran cómo la muerte de Cristo satisface las cuatro necesidades que tenemos como pecadores:

1. Merecemos morir como castigo por el pecado.
2. Merecemos recibir la ira de Dios contra el pecado.
3. Nuestros pecados nos separan de Dios.
4. Estamos en esclavitud al pecado y al reino de Satanás.

La muerte de Cristo satisface estas cuatro necesidades de las siguientes maneras.

(1) Sacrificio. Para pagar la pena de muerte que merecíamos por nuestros pecados, Cristo murió en sacrificio por nosotros. «Ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo» (He 9:26).

(2) Propiciación. Para sacarnos de la ira de Dios que merecíamos, Cristo murió en propiciación por nuestros pecados. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4:10, RVR).

(3) Reconciliación. Para vencer nuestra separación de Dios, necesitábamos a alguien que trajera reconciliación y con ello nos llevara de nuevo a la comunión con Dios. Pablo dice que Dios «por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo» (2 Co 5:18-19).

(4) Redención. Debido a que somos pecadores somos esclavos del pecado y de Satanás, y necesitamos que alguien provea redención y nos «redima» de esa esclavitud. Cuando hablamos de redención entra en el panorama la idea de «rescate». Un rescate es el precio que se paga para redimir a alguien de la esclavitud o cautiverio. Jesús dijo de sí mismo: «El Hijo del hombre [no] vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mr 10:45). Si preguntamos a quién se le pagó el rescate, comprendemos que la analogía humana del pago de rescate no armoniza con la expiación de Cristo en todo detalle. Aunque estábamos esclavos del pecado y de Satanás, no se pagó «rescate» ni al «pecado» ni a Satanás, porque ellos no tenían poder para exigir tal pago, ni tampoco fue la santidad de Satanás la que se vio ofendida por el pecado y exigía que se pagara una pena por el pecado. Pero vacilamos al hablar de que la pena del pecado la pagó Cristo y la recibió y aceptó Dios el Padre, porque no era él quien nos tenía esclavos, sino Satanás y nuestros pecados. Por consiguiente, en este punto la idea del pago de rescate no se puede imponer en todo detalle. Es suficiente notar que se pagó un precio (la muerte de Cristo) y el resultado fue que quedamos «redimidos» de la esclavitud.

Fuimos redimidos de la esclavitud a Satanás porque «el mundo entero está bajo el control del maligno» (1 Jn 5:19), y cuando Cristo vino murió a fin de «librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida» (He 2:15). Realmente, Dios el Padre «nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo» (Col 1:13).

En cuanto a la liberación de la esclavitud al pecado, Pablo dice: «De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. … Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia» (Ro 6:11,14). Hemos sido librados de la esclavitud de la culpa del pecado y de la esclavitud de su dominio sobre nuestra vida.

d. Otros conceptos sobre la expiación. En contraste con el concepto de sustitución penal en cuanto a la expiación que se presenta en este capítulo, en diferentes épocas de la historia de la Iglesia se han propuesto otras ideas.

(1) Teoría de que se pagó rescate a Satanás. Este concepto lo sostenía Orígenes (ca. 185—254 d.C.), teólogo de Alejandría y más tarde de Cesarea, y después de él otros en la historia de la Iglesia. Según este punto de vista, el rescate que Cristo pagó para redimirnos lo pagó a Satanás, en cuyo reino estaban todas las personas por causa del pecado.

Esta teoría no halla ninguna confirmación directa en la Biblia, y ha tenido muy pocos defensores en la historia de la Iglesia. Falsamente piensa que Satanás, antes que Dios, era el que exigía el pago por el pecado, y de este modo descarta por completo las exigencias de la justicia de Dios respecto al pecado. Ve a Satanás con mucho más poder del que realmente tiene, es decir, poder para exigirle a Dios lo que se le antoje, antes que como el que ha sido arrojado del cielo y no tiene ningún derecho de exigirle nada a Dios. En ninguna parte la Biblia dice que como pecadores le debíamos algo a Satanás, pero repetidamente dice que Dios nos exigía el pago por nuestros pecados. Esta idea además no considera los pasajes que hablan de la muerte de Cristo como propiciación que se presenta a Dios el Padre por nuestros pecados, ni el hecho de que Dios el Padre representaba a la Trinidad al aceptar de Cristo el pago por los pecados (vea la explicación anterior).

(2) Teoría de la influencia moral. Primeramente propuesta por Pedro Abelardo (1079—1142 d.C.), teólogo francés, la teoría de la influencia moral en cuanto a la expiación sostiene que Dios no exigió ningún pago de una pena por el pecado, sino que la muerte de Cristo fue simplemente una manera en la que Dios mostró cuánto amaba a los seres humanos, al identificarse con sus sufrimientos, incluso hasta la muerte. La muerte de Cristo, por consiguiente, se vuelve el gran ejemplo que muestra el amor de Dios por nosotros y promueve en nosotros una respuesta de gratitud, y que al amarlo recibimos el perdón.

La gran dificultad con esta noción es que es contraria a tantos pasajes bíblicos que hablan de que Cristo murió por el pecado, llevó nuestro pecado o murió en propiciación. Es más, le roba a la expiación su carácter objetivo, porque sostiene que la expiación no tuvo efecto alguno en Dios mismo. Finalmente, no ofrece ninguna manera de lidiar con nuestra culpa. Si Cristo no murió para pagar nuestros pecados, no tenemos derecho alguno a confiar en él en cuanto al perdón de los pecados.

(3) Teoría del ejemplo. La teoría del ejemplo en cuanto a la expiación la enseñaban los socinianos, o sea, los seguidores de Fausto Socinio (1539—1604), teólogo italiano que se estableció en Polonia en 1578 y atrajo un nutrido número de seguidores. La teoría del ejemplo, como la teoría de la influencia moral, también niega que la justicia de Dios exija pago por el pecado; dice que la muerte de Cristo simplemente nos provee de un ejemplo de cómo debemos confiar y obedecer completamente a Dios, incluso si esa confianza y obediencia nos lleva a una muerte horrible. En donde la teoría de la influencia moral dice que la muerte de Cristo nos enseña cuánto nos ama Dios, la teoría del ejemplo dice que la muerte de Cristo nos enseña cómo debemos vivir. Respaldo para esta noción se puede hallar en 1 Pedro 2:21: «Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos».

Aunque es cierto que Cristo es un ejemplo para nosotros incluso en su muerte, la cuestión es si este hecho es la explicación completa de la expiación. La teoría del ejemplo no toma en cuenta los muchos pasajes bíblicos que hablan de la muerte de Cristo como pago por el pecado, el hecho de que Cristo llevó nuestros pecados y el hecho de que él fue la propiciación por nuestros pecados. Estas consideraciones por sí solas significan que se debe rechazar esta teoría. Es más, este concepto acaba arguyendo que el hombre se puede salvar a sí mismo si sigue el ejemplo de Cristo y confía y obedece a Dios tal como Cristo lo hizo. Por tanto, no muestra cómo se nos puede quitar la culpa de nuestro pecado, porque no sostiene que Cristo pagó la pena por nuestros pecados e hizo provisión para nuestra culpa cuando murió.

(4) Teoría gubernamental. La teoría gubernamental de la expiación la enseñó por primera vez el teólogo y jurista holandés Hugo Grotio (1583—1645). Esta teoría sostiene que Dios no tenía que exigir pago por el pecado, puesto que como es Dios omnipotente puede dejar a un lado ese requisito y perdonar los pecados sin el pago de una pena. Entonces, ¿cuál fue el propósito de la muerte de Cristo? Fue la demostración que Dios dio del hecho de que sus leyes habían sido quebrantadas, y que él es el legislador moral y gobernador del universo, y que algún tipo de pena se exigirá siempre que se rompan sus leyes. Así que Cristo no pagó exactamente la pena por los pecados de nadie, sino que sufrió para mostrar que cuando se rompen las leyes de Dios hay que pagar una pena.

El problema con esta teoría igualmente es que no toma en cuenta adecuadamente los pasajes bíblicos que hablan de que Cristo llevó nuestros pecados en la cruz, de que Dios puso sobre Cristo la iniquidad de todos nosotros, de que Cristo murió específicamente por nuestros pecados, y de que Cristo es la propiciación por nuestros pecados. Es más, le quita a la expiación su carácter objetivo haciendo que su propósito no sea la satisfacción de la justicia de Dios sino influirnos para que nos demos cuenta de que hay que guardar las leyes de Dios. Esta teoría también implica que, en cuanto al perdón de los pecados, no podemos confiar plenamente en la obra de Cristo terminada, por cuanto él no pagó por nuestros pecados. Es más, hace que el perdón de los pecados sea algo que sucedió en la mente de Dios aparte de la muerte de Cristo en la cruz; él ya había decidido perdonarnos sin exigir ninguna pena de nosotros y castigó a Cristo sólo para demostrar que todavía es el gobernador moral del universo. Pero esto quiere decir que Cristo (según ese concepto) no obtuvo perdón ni salvación para nosotros, y así el valor de su obra redentora se minimiza grandemente. Finalmente, esta teoría no toma en cuenta adecuadamente la inmutabilidad de Dios y la pureza infinita de su justicia. Decir que Dios puede perdonar pecados sin exigir ninguna pena (a pesar del hecho de que por todas partes en la Biblia el pecado siempre requiere el pago de una pena) es subestimar seriamente el carácter absoluto de la justicia de Dios.

e. ¿Descendió Cristo al infierno? A veces se arguye que Cristo descendió al infierno después de morir. Aunque la frase «descendió al infierno» no aparece en la Biblia, su inclusión en el ampliamente usado Credo Apostólico ha generado mucho debate en cuanto a su significado e implicaciones.

El Credo dice: «Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos; resucitó al tercer día». ¿Representa esta frase adecuadamente la enseñanza bíblica respecto a la muerte de Cristo? ¿Sufrió Cristo más después de su muerte en la cruz? Aquí examinaremos brevemente la historia de esta frase y los pasajes bíblicos pertinentes a esta idea.

Para empezar se puede decir que hay un trasfondo turbio detrás de la historia de la frase «descendió al infierno». A diferencia del Credo Niceno y de la Declaración de Calcedonia, el Credo de los Apóstoles no fue escrito ni aprobado por un concilio determinado de la Iglesia en alguna fecha determinada, sino que más bien se desarrolló gradualmente alrededor del año 200 hasta el 750 d.C. Un resumen que hace el gran historiador de la Iglesia Philip Schaff del desarrollo del credo muestra que la frase en cuestión no aparece en ninguna de las primeras versiones del credo. Antes del 650 d.C., la frase «descendió al infierno» aparece solamente en una versión del credo, por Rufino, en el 390 d.C. Es más, Rufino entendía que la frase simplemente quería decir que Cristo fue «sepultado«. En otras palabras, consideraba que quería decir que Cristo «descendió a la tumba». (La forma griega dice hades, que puede significar simplemente «tumba», y no gehena, «infierno, lugar de castigo».) Esto quiere decir, por tanto, que hasta el 650 d.C. ninguna versión del credo incluyó esta frase con la intención de decir que Cristo «descendió al infierno». En verdad, después que se empezó a incorporar la frase en diferentes versiones del credo, se hizo todo esfuerzo por explicar que «descendió al infierno» no contradecía al resto de las Escrituras. Dada esta historia, uno se pregunta si el término apostólico se puede aplicar en algún sentido a esta frase, o si en realidad tiene un lugar legítimo en un credo cuyo título aduce descender de los primeros apóstoles de Cristo.

Cuando acudimos a la evidencia bíblica de esta doctrina, hallamos que hay unos cuantos pasajes que arguyen en contra de la posibilidad de que Cristo haya ido al infierno después de su muerte. Las palabras de Jesús al ladrón en la cruz, «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23:43), implican que después que Jesús murió su alma (o espíritu) fue inmediatamente a la presencia del Padre en el cielo, aunque su cuerpo siguió en la tierra y fue sepultado.8 Además, el grito de Jesús «Todo se ha cumplido» (Jn 19:30) fuertemente sugiere que el sufrimiento de Cristo quedaba terminado en ese momento y lo mismo su alienación del Padre debido a que llevó nuestro pecado. Finalmente, la exclamación «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lc 23:46) también sugiere que Cristo esperaba (correctamente) el fin inmediato de su sufrimiento y alienación, y la buena acogida a su espíritu en el cielo de parte de Dios el Padre.

Estos pasajes indican, por tanto, que Cristo en su muerte experimentó lo mismo que los creyentes de esta edad presente experimentan al morir. Su cuerpo muerto permaneció en la tierra y fue sepultado (como lo serán los nuestros), pero su espíritu (o alma) pasó de inmediato a la presencia de Dios en el cielo (tal como lo será el nuestro). Entonces, en la mañana del primer Domingo de Resurrección, el espíritu de Cristo se unió de nuevo con su cuerpo y resucitó. Así sucederá con los creyentes que han muerto cuando Cristo vuelva: volverán a unirse con sus cuerpos y resucitarán con cuerpos perfectos de resurrección a una vida nueva. Todavía más, estos pasajes indican que Cristo en su muerte en la cruz satisfizo por completo las exigencias del justo castigo de Dios por el pecado y llevó por completo la ira de Dios contra ese pecado. No había necesidad de que Cristo sufriera más después de su muerte en la cruz.

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