El Señor JesuCristo

En los temas anteriores hemos estado considerando la doctrina del pacto de gracia, y hemos recalcado el hecho de que dicho pacto, en sus dos dispensaciones, señala a la Persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Ahora llegamos al comienzo de la consideración de la doctrina bíblica concerniente a Él. No es éste el punto de partida, y por eso hemos estudiado todos los temas anteriores, pero sí es el centro de toda la doctrina bíblica. Tampoco es el fin, pues es Dios el Padre quien ostenta el principio,  (en la creación del universo, en la programación de la historia y el gobierno del mundo, en la redención de la humanidad pecadora, y en la aplicación de dicha redención mediante su Santo Espíritu) y a Quien se dirigen todas las cosas. En Juan 14:6 podemos ver que Cristo es el único camino para llegar al Padre, pero eso mismo nos indica que la meta es el Padre, y no Él. Y en 1ª Cor. 15:27-28, (donde debemos tener claras las referencias al Padre y al Hijo), el apóstol escribe que Dios el Padre será todo en todos, sin necesidad de camino ni de ninguna clase de intermediarios, debido a lo que también indica en el v. 24. Una vez acabado el gran conflicto entre el bien y el mal y reducidos todos los enemigos, Cristo entregará el reino al Dios y Padre, cumpliéndose entonces  Isa. 54:13.

Así que no es Cristo ni el principio ni el fin, pero sí es el centro. Es el centro del universo, Col. 1:15-17. Es también el centro de la historia y, como hemos visto varias veces, toda la historia señala hacia Él; lo que sucedió antes de Él señalaba hacia delante, y todo lo que ha sucedido después señala hacia atrás; la fecha de su nacimiento divide a la historia en dos mitades, a.C. y d.C., y es esa misma fecha la que fija nuestro calendario; hay una historia que va desde el paraíso perdido hasta la cruz, y otra que mirará hacia atrás desde el paraíso recuperado hasta la misma Cruz, Apo. 22:1 (el Cordero). Podemos incluso considerar a Cristo como el centro de la geografía, ya que en el juicio de las naciones, Mat. 25:31-46, Apo. 20:11-5, (para unos es el mismo trono; para otros, son dos tronos, dos momentos y dos lugares) la humanidad quedará dividida en dos, con Cristo en el centro.

Finalmente, Cristo es el centro de la vida cristiana, lo cual puede verse en la repetición de las palabras en Cristo” o en Juan 15:1-7. Al comienzo, el Espíritu Santo nos bautiza y nos incorpora a la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, 1ª Cor. 12:13, Gal. 3:27. De este cuerpo Cristo es la Cabeza, Efe. 1:22-23; 4:12-16. Así, el cristiano se hace una sola carne con Cristo, siendo Él el esposo, Efe. 5:23-32, 2ª Cor. 11:2. Por dicha unión el cristiano participa de la posición de Cristo, quedando identificado con Él en Su muerte, Rom. 6:1-11, en Su sepultura, en Su resurrección, Col. 3:1, en Su ascensión a los cielos, Efe. 2:6, en Su reinado, 2ª Tim. 2:12, y en Su gloria, Rom. 8:17. Y, finalmente, el cristiano tiene a su alcance el poder de la resurrección de Cristo, Fil. 3:10, el cual será pleno cuando el Señor venga, Fil. 3:20-21, pero ahora sirve para su crecimiento con vistas a llegar a la estatura de la plenitud de Cristo, Efe. 4:13.

Todos los motivos, pues, nos obligan a considerar esta doctrina, dejando la Biblia muy claro que toda la esencia del cristianismo depende de la Persona del Señor Jesucristo. Y en este tema vamos a tratar una serie de generalidades sobre dicha Persona y Su obra.

1) Diferencia del cristianismo con otras religiones: Sin entrar en detalles que serían interminables, lo que podemos afirmar es que Cristo es el centro del cristianismo de un modo que no se da en ninguna otra religión. Es Él Quien separa la fe cristiana de todas las demás religiones. En ellas, sus fundadores, aunque son importantes, no son absolutamente esenciales. Aunque Buda no hubiera existido, podría haber budismo, y una persona puede ser fiel budista sin saber nada de Buda. De igual modo, podría haber islam si Mahoma no hubiera vivido, y una persona puede ser fiel mahometano sin tener nada que ver con la persona de Mahoma. En otras religiones lo que importa es la enseñanza, y la persona no es esencial, pero el cristianismo es la única religión del mundo que se basa en la Persona del Fundador, Juan 14:9; 10:30. En otras religiones otras personas podían haber hecho lo mismo que sus fundadores y la enseñanza no se habría alterado, pero no es éste el caso de la fe cristiana.

El cristianismo es Cristo mismo; no sólo es central, sino que es vital y, por tanto, no puede haber cristianismo sin una relación personal con ese Señor Jesucristo. Muchas personas se llaman cristianas y no lo son porque Cristo no es esencial para ellos; muchas personas pueden ser buenas sin mencionar al Señor Jesucristo, y eso no es cristianismo. Para el cristianismo Cristo es vital y si la  verdad concerniente a Él se elimina, toda la postura se derrumba. La fe cristiana se centra en Cristo: Quién es, qué ha hecho, y qué nos ha posibilitado a nosotros, lo cual nos obliga a tener muy claras en nuestras mentes todas estas cosas.

Hay así una exclusividad y una intolerancia en el cristianismo, Mat. 12:30; Gal. 1:7-9, pues la Verdad es clara y está perfectamente definida. No es suficiente con decir “ creo en Cristo”, sino que hemos de saber qué creemos acerca de Él y saber toda la enseñanza acerca de Él. Con este fin se escribieron los cuatro Evangelios y algunas cartas, para conocer exactamente la verdad acerca del Señor Jesucristo. Ya en el siglo I había toda clase de falsas historias: los llamados Evangelios apócrifos, donde se recogían cosas que había hecho y dicho y que nunca en realidad habían sucedido; las herejías de todo tipo en relación con Su persona, (la primera carta de Juan se escribió para contrarrestar la falsa doctrina que negaba que Jesucristo hubiera venido en carne), etc.

Por tanto, hemos de tener claras ciertas cosas y hemos de pensar también en los errores que se han cometido y que debemos evitar, y aunque trataremos de temas grandes y misteriosos que nos exigen la máxima atención, habremos de hacerlo porque en caso contrario seremos totalmente antibíblicos. Repito, no es suficiente con decir “ creo en Cristo”, pues la Biblia nos advierte acerca de los falsos maestros y de los peligros para el alma que suponen las enseñanzas erróneas concernientes a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Es importante saber lo que creemos acerca de Él: ¿era sólo un hombre?; ¿Era sólo Dios?; ¿Se encarnó verdaderamente?; ¿Qué es lo que hizo?; ¿Para qué murió?, etc.,  son todas preguntas cuyas respuestas hemos de tener claras, Mat. 21:10; Juan 8:25; 10:24; Mat. 16:13, 15. No podemos estar junto a otros llamados cristianos a los cuales no les interesan los detalles sino sólo decir “ creo en Jesucristo”, pues de este modo son innumerables los “cristos”.

Más aún, no sólo es lo que se recoge en la Biblia, pues si leemos la historia de la Iglesia cristiana en los tres o cuatro primeros siglos, veremos que las herejías no paraban de surgir, y la Iglesia tuvo que reunirse varias veces para definir o rechazar ciertas ideas en relación con el Señor Jesucristo. Discusiones y concilios fueron frecuentes con el fin de salvaguardar la doctrina primordial de la persona y la obra del Señor Jesucristo. Y en los últimos tiempos se ha hablado de él como un profeta, un inconformista, un rebelde, un fustigador de la hipocresía religiosa, un promotor de la justicia social, un amigo de pobres y marginados, un ejemplo perfecto de hombre o un ejemplo de hombre perfecto, un genio religioso insuperable, un comunista, un capitalista, etc.

Y si esto ha sido así y valoramos nuestras almas y nuestra salvación, debemos dedicar tiempo y tener deseos de poseer cada vez conceptos más claros en estos temas para ser capaces de dar a los demás razón de la esperanza que hay en nosotros, 1ª Ped. 3:15.

En un escrito anónimo titulado “Cristo el Incomparable”, se recoge:

Bajó del seno del Padre al seno de una mujer. Se vistió de humanidad para que nosotros pudiésemos vestirnos de divinidad. Se hizo el Hijo del Hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos de Dios. Llegó del cielo, donde los ríos jamás se hielan, los vientos nunca soplan, nunca la gélida brisa enfría el aire, y las flores no se marchitan jamás. Allí nadie tiene que llamar al médico, porque allí nadie está jamás enfermo. No hay sepultureros ni tampoco cementerios, porque allí nadie se muere, nadie es jamás enterrado.

Nació contra las leyes de la naturaleza, vivió en pobreza, fue criado en oscuridad. No poseyó riquezas ni utilizó influencias, como tampoco fue a colegios ni dispuso de profesores particulares. Sus familiares eran desconocidos y sin relieve social.

En su infancia asustó a un rey; en su adolescencia desconcertó a los doctores; en su madurez subyugó el curso de la naturaleza, caminó sobre las olas y sosegó el mar embravecido. Curó sin medicina a las multitudes y no requirió emolumentos por sus servicios.

Nunca escribió un sólo libro, pero en las bibliotecas de todo el mundo no cabrían los libros que pudieran escribirse sobre Él. Nunca compuso un cántico, pero su persona ha servido de tema de inspiración para más cánticos que los de todos los compositores juntos.

Nunca fundó un colegio, pero ni entre todas las escuelas juntas pueden jactarse de tener tantos estudiantes como Él tiene. Nunca practicó la medicina, pero Él ha sanado más corazones quebrantados que cuerpos quebrantados hayan podido curar los médicos. Nunca dirigió un ejército, ni destacó un soldado, ni disparó un fusil; pero ningún jefe ha tenido bajo su mando más voluntarios, ni ha obligado a más rebeldes a deponer las armas y rendirse sin disparar un sólo tiro. Herodes no pudo matarle; Satanás no pudo seducirle; la muerte no pudo destruirle; el sepulcro no pudo retenerle.

Se despojó de su manto de púrpura, para vestirse la blusa de artesano. Era rico, pero por nosotros se hizo pobre. ¿Hasta qué punto? ¡Preguntádselo a María! ¡Preguntádselo a los magos! Durmió en un pesebre ajeno, cruzó el lago en una barca ajena, montó en un asno ajeno, fue sepultado en una tumba ajena. Todos fracasaron, mas Él nunca. Él es siempre perfecto, señalado entre diez mil. Todo Él es codiciable” .

Y la pregunta que nos podemos hacer es la siguiente: “¿Cómo es tu Cristo?”.  Y para tener clara la respuesta hemos de considerar con detenimiento lo que nos dice la Biblia acerca de Su persona y Su obra.

2) Cristo es el cumplimiento de todas las profecías del A.T., tal como leemos en 2ª Cor. 1:20. Todo converge en Él; todo se resume en Él, y aunque no podemos recorrer todas esas promesas con detalle, destacaremos algunas más importantes, unas ya vistas y otras que aún no hemos considerado.

Es el cumplimiento de la promesa dada en el huerto del Edén, Gen. 3:15. También de la que se dio Abrahám en Gen. 12:3-7 confirmada en Gal. 3:8, 16. (Abrahám vio el día de Cristo, Juan 8:56). De igual modo la tenemos en Gen. 49:10, (Juan 12:32), hecho histórico que se cumplió con la venida del Señor Jesucristo, tras la cual, en el año 70, fue destruida Jerusalén y expulsados los judíos desapareciendo para siempre el cetro de Judá. E igualmente, la última frase leída se cumplió también con Él, pues todas las naciones han venido a Él. De modo similar,  Num. 24:17.

También tenemos la importante profecía de Dan. 9:24-26. En ella, la palabra semana es una semana de años, es decir: 49 años antes que la ciudad fuera reconstruida, lo cual sucedió exactamente; otras 62 semanas, 434 años, tras los cuales aparecería el Mesías, lo cual también sucedió. Y luego se nos dice que moriría y que serían destruidas la ciudad y el santuario, cosas que también sucedieron.

Debemos considerar también una serie de profecías respecto a su nacimiento: además de las citadas de Gen. 49:10 y Dan. 9:25, podemos ver Hag. 2:7, 9, (Él no apareció en la primera casa pero sí en la segunda), Mal. 3:1; Miq. 5:2; Jer. 23:5-6; (de la tribu de Judá y de la casa de David), Isa. 7:14, (algunos hablan hoy de una joven en vez de una virgen, pero no es ninguna señal el que una mujer joven tenga un hijo; Mat. 1:22-23 lo confirma).

También hemos leído en Malaquías que Su venida sería precedida por la de un mensajero, y sabemos que Juan el Bautista lo fue.

Así que todas las profecías confluyen en Él y se han cumplido en Él. Pero no sólo eso: nunca se podrán cumplir en ningún otro, y esto es muy importante saberlo si algún día discutimos con algún judío. Las genealogías de las tribus y las familias judías se han perdido para siempre, de modo que en un futuro será imposible demostrar si alguien dice que es el Mesías. No se puede rastrear ninguna genealogía en la forma en que se ha hecho con nuestro Salvador Jesucristo, y de ahí la importancia de las mismas en todo el A.T. y después en los Evangelios de Mateo y Lucas.

Hay también otra serie de profecías que señalan las características que tendría el Mesías cuando viniera. Habría de ser un rey y el conquistador de un reino universal: Sal. 2:6; 45:6-7 (comparar con Heb. 1:8-9); Isa. 9:6-7. Habría de ser también, paradójicamente, “ varón de dolores”, Isa. 53:3. Y como no se comprendieron ambas cosas, sus compatriotas no Le reconocieron. Buscaban al rey, pero olvidaron al siervo sufriente, y la profecía combinaba ambas cosas, como también lo hace nuestro Señor: el Hijo de José, para sufrir, y el Hijo de David, para triunfar.

Sería, asimismo, “ luz de las naciones”, algo sorprendente para los judíos y que se les dijera a los judíos, Isa. 42:6; 60:3.  Tendría un ministerio en Galilea, Isa. 9:1-2; Mat. 4:12-16. Su muerte sería vicaria (en lugar de otro) y sustitutiva (en beneficio de otro), Isa. 53: 3-8. Entraría en Jerusalén sobre un asno, Zac. 9:9, lo cual se cumplió, Juan 12:12-15. Sería vendido por 30 piezas de plata y con ellas se compraría un terreno, Zac. 11:12-13; Mat. 27:3-7. Sería abandonado por los Suyos, Zac. 13:7; Mat. 26:31. Echarían suertes sobre Su túnica, Sal. 22:18; Mat. 27:35. Le darían a beber vinagre, Sal. 69:21; Mat. 27:48. Diría ciertas palabras en la cruz, Sal. 22:1; Mat. 27:46. Sus manos y Sus pies serían traspasados, Sal. 22:16; Zac. 12:10; Juan 19:37. Le herirían en el costado, Zac. 12:10; Juan 19:34-37. Y, finalmente, en Isa. 53:9 se indica que con los ricos sería en Su muerte, lo cual se cumplió al ser sepultado en la tumba de José de Arimatea, Juan 19:38. Después, Su resurrección y ascensión a los cielos también se profetizaron: Sal. 16:10; Hec. 2:25-31; Sal. 110; Hec. 2:34-35.

Y hay también un gran grupo de profecías concerniente a  Su obra: como Profeta, Deu. 18:18, como Sacerdote, Isa. 53:10; Dan. 9:24, y como Rey, Dan. 2:31-35; 44-45, aspectos en los cuales habremos de detenernos.

En definitiva, haremos bien en atender el propio mandato del Señor en Juan 5:39 para que nuestros ojos no estén velados como los de sus propios discípulos, y podemos prestar atención en todo el N.T. cuando lo leamos para comprobar las veces que el mismo Señor y los apóstoles, tanto en los Evangelios como en las cartas, citan el A.T.

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