CAD-IBVH, Estudio, Fe

El plan de Dios para la Salvación

En el estudio realizado hasta ahora hemos estado considerando los principales aspectos de la propia Escritura como Palabra inspirada de Dios, los atributos del ser de Dios y Su propia naturaleza tal como se nos revela en aquélla, Sus decretos y providencia, la creación de los seres invisibles y visibles, para terminar con la propia creación del hombre, su caída, y las consecuencias derivadas de la misma no sólo para los primeros padres sino para toda su descendencia. Y puesto que hemos hablado de la culpa del pecado y de la contaminación del mismo que acarrea una depravación total y una incapacidad total del hombre para hacer las cosas que son agradables ante Dios, habremos de comenzar ahora a pensar en la salvación que el hombre necesita para salir de su actual condición.

Y al hacer esto nos encontramos con una multitud de ideas y pensamientos que se han ido desarrollando a lo largo de la historia del cristianismo, ideas que han ido elaborándose y entretejiéndose unas con otras, de modo que la situación actual es de una gran confusión en este tema del plan de la salvación. Hay creencias de todo tipo, mezclas de todo tipo, sistemas que hacen agua por muchas de sus partes, y lo que es peor, multitud de cristianos que en realidad no saben ni lo que creen. Por eso es necesario realizar a modo de introducción un breve repaso y descripción de las principales corrientes de pensamiento. Y para ello vamos a seguir el orden que queda reflejado en el cuadro que os he indicado, el cual debemos tener siempre presente para no perdernos en el razonamiento.

En primer lugar habremos de comenzar recordando que Dios tiene un plan, un orden en Sus Decretos, y que dentro de ese plan está incluida también la salvación del hombre. Este plan es admitido tanto por los deístas como por los teístas. Los primeros argumentan que Dios creó el universo y habiendo puesto en él un orden o una ley, lo dejó de lado. Así pues, hay un plan, nada es imprevisto o está sujeto al azar, pero esta forma de pensar implica una concepción mecánica del universo. Es como si hacemos un reloj y lo dejamos marcar los segundos, las horas y los días; el reloj no seguirá su propio camino, sino el nuestro que le hemos arreglado. Esta concepción, repito, nos libera de la suerte o del azar, pero lo hace para meternos en el engranaje de una máquina. No es, por tanto, la concepción más grande, pero aunque parezca extraño hay cristianos que apoyan esta idea cuando se habla de algunas cuestiones particulares de la salvación, como si en ellas Dios actuara de forma irresponsable. Por el contrario, el teísmo nos libera aún de esta ley y nos coloca en las manos de un Dios personal que tiene un plan fundamental para todo lo que hace y, por lo tanto, también para la salvación. Pero es aquí donde las opiniones se multiplican, aún dejando de lado las que no son cristianas. Dentro de las Iglesias se han trazado líneas de división, se ha levantado grupos contra grupos, y se han desarrollado diferentes tipos de creencias que, en algunos de los casos, sólo tienen en común la denominación de cristianas. Vamos pues a describir las principales características de cada una con el fin de saber qué dice la Biblia en este tema.                    

En el cuadro anterior, que ahora vamos a explicar, se han intentado visualizar varias cosas. En la parte izquierda del mismo se encuentra el plan de salvación que proviene de Dios, asentado sobre un cimiento firme a modo de columna capaz de resistir todos los vientos, 1ª Tim. 3:15. Es un plan que sale de Dios, Deu. 33:27, y que está encaminado para que el mismo Dios sea glorificado, y puesto que procede de Él y a Él conduce, es un plan eterno, inmutable y perfecto.

En la parte derecha se encuentran los distintos planes que el hombre ha ido elaborando durante los siglos, todos los cuales conducen a la glorificación del propio hombre. Como puede observarse, es un gigante con pies de barro, en un equilibrio imposible de mantener e incapaz de resistir la confrontación con la propia Palabra de Dios. Además, no es un único plan, sino muchas variantes del mismo, el cual comenzó con la glorificación descarada del hombre en lo que llegaron a ser distintas herejías, para continuar con modificaciones del Plan eterno de Dios conducentes todas, en distintos grados de sutileza, al mismo fin. Es lo que se ha intentado reflejar con las flechas que apuntan hacia abajo.

Estaremos varias semanas para hablar de este tema extremadamente importante y estaremos analizando este diagrama a profundidad.

1) La primera división que separa a los que se dicen cristianos en relación al plan de salvación, es aquella que divide lo que podemos llamar los puntos de vista sobrenaturalista y naturalista. Es la división que se plantea si se piensa que Dios ha planeado la salvación de los hombres para que con más o menos trabajo ellos se salven a sí mismos, o si ha planeado Él intervenir en la salvación. La cuestión fundamental es: ¿puede el hombre salvarse a sí mismo, o lo salva Dios?

Los primeros, es decir, los sobrenaturalistas, afirman que el poder para la salvación viene de Dios, que la salvación es de Dios, Jonás 2:9; Apo. 7:10, que es Dios mismo quien salva. Los segundos, los naturalistas, afirman que el poder para la salvación viene del hombre, y que el hombre mismo es quien se salva. Esta forma de pensamiento se conoce con el nombre de Pelagianismo, y aunque fue considerada como una herejía, no es meramente un asunto de historia, de modo que de una forma u otra está siempre con nosotros. Así, están de moda, y siempre lo han estado, distintas maneras de pensar que asignan al hombre la decisiva actividad en su propia salvación, y aunque admiten que Dios ha planeado quiénes serán salvos, en el punto decisivo, de una forma u otra, ellos, los hombres, se salvan a sí mismos.

Existen también numerosos puntos de vista intermedios, pero todos son naturalistas, pues en todos es el hombre en última instancia quien decide su salvación. Entre ellos citamos el Semipelagianismo, y también algunas sectas que se llaman cristianas pero que no lo son, tal como los Unitarios. De modo resumido, indicamos las características de los mismos:

A) El Pelagianismo enseña que Adán fue creado en un estado neutro, ni santo ni pecador, con una libre voluntad para hacer el bien o el mal, y era mortal por naturaleza. Decidió pecar, pero su pecado le afectó sólo a él. Por tanto no existe pecado original hereditario, sino que cada hombre nace en la misma condición moral y espiritual que Adán. Cada hombre puede por sus propias fuerzas evitar el pecado y alcanzar la salvación eterna. El pecado que hay en el mundo se debe a la mala educación, los malos ejemplos, y la costumbre de pecar. O sea, en el fondo, todos somos buenos. Los niños pequeños necesitan ser bautizados para entrar en el Reino de los Cielos; si no se les bautiza también entran en el Cielo pero con un grado inferior de felicidad. “Yo digo”, declaró Pelagio, “que el hombre puede existir sin pecado, y es capaz de guardar los mandamientos de Dios”. No necesita pues, ninguna gracia o ayuda de Dios, ni tampoco le es dada. Fue condenado en los Sínodos de Milevi y Cartago, en el 416, y en el Concilio de Efeso en el año 431.

B) El Semipelagianismo, (también conocido como el movimiento o la doctrina de los Marselleses),  enseña el pecado original hereditario y la necesidad de la gracia de Dios para obtener la salvación. Pero esta gracia está a disposición de todos y la consigue el que se esfuerza por alcanzarla. El hombre puede desear buscar la gracia de la salvación, con la cual puede evitar todo pecado y perseverar por sí mismo hasta conseguir la salvación definitiva. Por tanto, la salvación y la condenación dependen del libre albedrío de cada hombre. Los niños pequeños que mueren van al cielo si han sido bautizados; en caso contrario, se salvan o condenan según lo que Dios había previsto que ya harían si hubiesen llegado a mayores. Fue condenado en el segundo Concilio de Orange en el 529.

C) En cuanto a los Unitarios, tienen en común el hecho de sostener que hay una sola Persona divina, que el Hijo es un simple hombre, y que el Espíritu Santo es el poder que procede de la única Persona divina. Entre ellos cabe citar a los antiguos arrianos, los monarquianos, los socinianos, y los actuales testigos de Jehová. En todos los casos, para ellos es el hombre quien decide su salvación.

Por la importancia de este tema, vamos a decir algo más acerca del mismo. En realidad sólo hay dos doctrinas fundamentales de la salvación: o la salvación viene de Dios, o la salvación depende de nosotros mismos. La primera es la doctrina del cristianismo general; la segunda es la doctrina del paganismo universal, Gen. 11:4. Todas las religiones, excepto el verdadero cristianismo, son autosotéricas (el hombre se salva por sí mismo, por sus obras se salva), y la filosofía tampoco ha hecho ningún progreso en este camino, pues aún Kant y Schopenhauer aunque reconocen el pecado natural del hombre y la necesidad de una regeneración, terminan apelando al final a la voluntad, la sabiduría, y el poder del hombre.

El verdadero cristianismo en cambio, señala que sin la gracia somos incapaces de tener, pensar, hablar, o hacer algo propio de la piedad. Por tanto, la oposición entre los dos sistemas es absoluta: por un lado todas las cosas se atribuyen al hombre; por otro, todas se adscriben a Dios. Tenemos pues las dos únicas religiones: la religión de la fe y la religión de las obras; la que hace al hombre desesperar de sí mismo y arrojar todas sus esperanzas en Dios El Salvador, y la que lleva al hombre a poner toda la confianza en sí mismo. Y puesto que el precio de la libertad es la vigilancia constante, así la Iglesia pronto encontró que la verdadera religión sólo puede ser retenida a costa de una lucha perpetua. Surgió el semipelagianismo, el semi semipelagianismo, y otros modos que durante siglos llevaron a pensar que el actor determinante de la salvación es el consentimiento de la propia voluntad humana.

Para Lutero, el Pelagianismo era la herejía de las herejías, pero no tardó mucho tiempo en que en una forma encubierta entrase en la propia Iglesia Luterana: la gracia de Dios es resistible y Dios elige a aquellos que previó que creerían. Por tanto, de un modo u otro, no hay redención a menos que el pecador coopere enérgicamente con ella, a menos que permita ser redimido. Y de este modo aún la obra del Espíritu Santo no sirve si el hombre no quiere. Todo está en nuestro poder, y el que resiste no puede ser ayudado ni aún por el Espíritu Santo.

Hoy día el pensamiento del nuevo protestantismo gira alrededor de estas ideas, reduciendo el sentido profundo de la culpa, eliminando las consecuencias del pecado, y tomando como base la parábola del hijo pródigo, la cual, evidentemente, no es todo el Evangelio. El gran mensaje de la misma es el gozo que hay en el cielo por un pecador que se arrepiente, pero evidentemente en ella no hay expiación, ni obra de Cristo, ni gracia de Dios, ni operación del Espíritu Santo, ni incluso amor del Padre, pues éste no presta ninguna atención a su hijo cuando estaba errante.

Este punto de vista de Dios alguien lo ha llamado “la concepción animal doméstica de Dios”, pues del mismo modo que se pueden tener ovejas para producir lana y vacas para producir leche, así se puede tener a Dios para dar perdón cuando el hombre lo requiera. Es el Evangelio del libre albedrío, para todo quien lo quiera, que pasa por alto que en este mundo de muerte y de pecado nadie desea ni puede desear hacer lo bueno. Las uvas no brotan de los espinos ni los higos de los abrojos, y sólo el buen árbol produce buen fruto. La raíz del problema se encuentra en nuestras voluntades; podríamos ser buenos si quisiéramos, pero no queremos; y no podemos comenzar a desearlo a menos que tengamos una nueva disposición interior.

Charles H. Spurgeon decía: “Cristo no es poderoso para salvar a los que se arrepienten, sino que puede hacer que los hombres se arrepientan. El llevará a los cielos a los que creen: pero es aún más poderoso para dar a los hombres nuevos corazones y obrar la fe en ellos. El es poderoso para hacer que el hombre que aborrece la santidad la ame, y obligar al desdeñador de Su Nombre a doblar la rodilla delante de Él. Y no es este todo el significado, pues el poder divino se ve igualmente en la obra posterior. Él es poderoso para guardar a su pueblo santo después que los ha hecho así, y para preservarlos en temor y amor, hasta que Él consume su existencia espiritual en el Cielo”.

“Si hubiera un solo punto en la vestidura celestial de nuestra justicia que nosotros mismos tuviéramos que poner, estaríamos perdidos”, dice de nuevo atinadamente.

Así pues, desdeñamos esta concepción naturalista, pues no es la enseñanza de la Biblia, y todas las Iglesias cristianas son contrarias a ella en este tema de la salvación. Todo el cristianismo es sobrenaturalista, a pesar de los muchos puntos de vista que se han introducido dentro de la membresía de las Iglesias. Todo el cristianismo señala que Dios el Señor es quien salva, y no el hombre a sí mismo; no es que algo del poder de Dios salve al hombre, ni que la mayor parte del poder ejercido para la salvación venga de Dios, sino que todo el poder para salvar al hombre viene de Dios, y que si el hombre hace algo es por efecto también de la acción divina.

Y aunque pudiera parecer que con esto el problema queda resuelto, en realidad no ha hecho más que empezar, pues dentro de los sobrenaturalistas hay muchas discrepancias en cuanto al modo por el cual el poder de Dios para la salvación es adquirido por el hombre.

2) Así pues, una segunda división que podemos señalar es aquella que separa a los sobrenaturalistas entre evangélicos o protestantes por un lado, y sacerdotalistas, por otro. La cuestión es: ¿salva Dios a los hombres por la acción directa de Su gracia en ellos, o por medio de instrumentos humanos usados para este fin? Y cómo puede intuirse, de nuevo la segunda concepción conlleva la introducción de algún tipo de pelagianismo.

La forma típica del sacerdotalismo la tenemos en la Iglesia de Roma, la cual se considera como la institución para la salvación. La Iglesia es la que salva. Aceptan los medios de gracia, pero la gracia es comunicada por y a través de lo que hace la Iglesia. Sus dos principios fundamentales son: dónde está la Iglesia está el Espíritu, y fuera de la Iglesia no hay salvación. Por contra, los evangélicos eliminan todo intermediario entre el alma y Dios, y afirman que es Dios quien opera directamente en la persona. Sus principios son: dónde está el Espíritu está la Iglesia, y fuera del cuerpo de los santos no hay salvación. Así pues, los evangélicos son anti-naturalistas y anti-sacerdotalistas.

Nos detendremos un poco para analizar el sacerdotalismo. Y lo primero que indicamos es que todas las iglesias oficiales, de uno u otro modo, participan de esta concepción: es la Iglesia, o los sacramentos, (los medios de gracia), los que dan la salvación. La salvación proviene de Dios, pero de una u otra forma son los hombres los que la administran. En realidad esta forma de pensar muestra el resto pagano que aún queda en estas distintas religiones, y la incesante reaparición de esta tendencia es evidencia incuestionable de la dificultad que hay para preservar el verdadero cristianismo. El factor humano se introduce de nuevo, y es la Iglesia la que toma posesión de la obra de Cristo.

En el caso de la Iglesia Romana, ella es una reencarnación de Cristo, y por medio de ella Cristo sigue ejerciendo los oficios de Profeta, Sacerdote y Rey. Profeta, porque la autoridad infalible y el magisterio están en la Iglesia, Mat. 23:8-10; Sacerdote, porque fuera de ella no hay salvación, Hec. 4:12, es el único intermediario, 1ª Tim. 2:5 y es la encargada de repetir el sacrificio de Cristo, Heb. 10:10-14; y Rey, porque pide una absoluta obediencia de todos sus miembros. Así pues, la Iglesia visible es la perenne encarnación de Cristo, y es a ella a quienes deben mirar los hombres para su salvación, lo cual hace caer al pecador en manos de otros hombres pecadores en vez de en la mano del Dios misericordioso, Jer. 17:5-8; Mat. 15:7-11; 1ª Tim. 4:1-3.

En este sistema los sacramentos son fundamentales: se salvan quienes guardan los sacramentos y se pierden quienes no lo hacen, siendo por tanto las causas secundarias las que determinan la salvación. Dios salva pero confía la salvación a los hombres; Él deja de estar preocupado por ello, y deja a los hombres buscar de forma natural su propia salvación. En realidad es una especie de concepción deística del plan de salvación, la cual lleva a innumerosos problemas y a la introducción de nuevos dogmas y doctrinas.

Dentro de la Iglesia de Roma, hasta hace poco tiempo había varias escuelas de pensamiento, todas ellas aceptando el sacramentalismo. Hoy día hay nuevos movimientos e ideas, de modo que, prácticamente, cada uno puede creer lo que quiera porque cualquier concepto encuentra una escuela que lo apoye. Éstas son:

A) La molinista, (principalmente jesuitas), que sostienen que la caída original no afectó a las facultades del hombre, que éste puede disponerse para la gracia, que la eficacia de la gracia depende de la cooperación humana, y que Dios salva o condena según prevé lo que cada uno va a hacer. Hoy día hay muchas corrientes dentro de los jesuitas, hasta tal punto que algunos de sus más renombrados teólogos han sido separados de la docencia por estar más cercanos a los evangélicos que a la propia Iglesia católico-romana.

B) La agustiniana, (propia de los frailes agustinos), que defienden la incapacidad natural del hombre para la salvación y la necesidad de una eficacia psicológica de atracción en la gracia. Se separan de las enseñanzas de Agustín del cual proceden.

C) La dominicana o tomista, (frailes dominicos), que hablan de la incapacidad del hombre y enseñan la eficacia física de la gracia.

D) La redentorista, que tiene una posición intermedia entre los primeros y los terceros, diciendo que a todos se da gracia suficiente para orar, y al que ora se le da gracia eficaz para salvarse. De ahí que su máxima sea: el que ora se salva; el que no ora se condena.

Como puede observarse se introducen diferencias sutiles, pero dentro de un sistema en el que la Iglesia es la depositaria de la salvación y la que no deja que Dios actúe en Su soberanía. Podemos citar hoy, en esta confusión, a la Teología de la Liberación (una sintesis de teologia Cristiana y analisis socio-economico Marxista que enfatiza la preocupación por los pobres y la liberación politica de gente oprimida; se centro en LatinoAmerica), o a las Comunidades de Base (grupos pequeños de personas que leian la Biblia y otros textos, que lograron cambiar algunas de las interpretaciónes de la Iglesia Catolica).

Este sacerdotalismo no está confinado en nuestros días a la Iglesia de Roma. Otra iglesia muy influyente es la de Inglaterra con todas sus iglesias hijas, así como la Luterana y la Ortodoxa. En todos los casos los medios principales de la gracia son los sacramentos, los cuales actúan “Ex Opere Operato”, (Latín; literalmente: “del trabajo que se realiza”. Se refiere a la manera en que la gracia es conferida por la valida administración y digna recepción de un sacramento. El término fue definido en el Concilio de Trento en 1547. ) es decir, por sí mismos y sin tener en cuenta la condición del que los administra ni del que los recibe. Así, el bautismo es esencial para la salvación: por medio de él se da vida sobrenatural al alma y la persona se incorpora a Cristo, con lo cual se enseña a las personas que en vez de ir a Dios han de ir a la iglesia. En cuanto a la idea de la Cena del Señor, no todos admiten la transubstanciación y se acercan más a una cosubstanciación, aunque la creencia oficial es una y las individuales otras.

En cuanto a la Iglesia Anglicana, (separada  de Roma durante la Reforma, cuyo fundador principal fue el obispo Tomás Cranmer con el apoyo de Enrique VIII), existen hoy tres grupos diferenciados: la Iglesia Baja, formada por supuestos evangélicos de fe reformada; la Iglesia Ancha, donde el liberalismo y el modernismo han hecho presa (obispos homosexuales, por citar un ejemplo); y la Iglesia Alta, cuyas prácticas y sacramentos poco se diferencian de las de la Iglesia de Roma, (también llamados anglocatólicos). Hoy día el éxodo de anglicanos hacia Roma es constante, pues esta confesión proporciona una base más sólida que la de ellos mismos.

El actual luteranismo también participa de una forma modificada de sacerdotalismo, y aunque no habla de la Iglesia como la que salva, sí lo hace acerca de los medios de gracia, principalmente la Palabra, y ésta como Palabra hablada, menoscabando la autoridad y la fuerza salvadora de la revelación escrita. Se exaltan los medios de gracia y se olvida más o menos al Espíritu Santo que es el verdadero agente, y como los medios de gracia son administrados por los hombres, en definitiva, son éstos los exaltados.

Y en cuanto a la Iglesia ortodoxa actual, también con sus múltiples variantes, (grecorusos, coptos, caldeos, malabares, etc.) se encuentra sumergida en un sistema de ritos aún mayor que el de la propia Iglesia de Roma.

Hay tres aspectos en este sistema sacerdotal que no deben olvidarse si se quieren evaluar con exactitud los daños que ocasiona al verdadero cristianismo. En primer lugar, separa a la persona del contacto directo con Dios o de la dependencia de Dios, lo cual origina un tipo de piedad pagana. En segundo lugar, rechaza la obra soberana del Espíritu Santo que ya no opera cuando quiere, como quiere, y donde quiere; es como si la gracia de Dios estuviese guardada a la voluntad de la Iglesia para qué está haga la obra de Áquel. Y, en tercer lugar, este sistema sujeta al Espíritu Santo en sus operaciones de gracia hacia los hombres. El Espíritu Santo se hace un instrumento que la Iglesia usa. Él va a donde ellos transmiten; obra donde se Le deja obrar; Sus operaciones esperan el permiso de ellos; y aparte de su dirección y control, Él no puede obrar la salvación.

Ni que decir tiene que este sistema se parece más a la magia que al verdadero cristianismo.

Terminamos indicando de nuevo que todos los evangélicos están de acuerdo al confesar la dependencia completa del hombre pecador en la gracia de Dios solamente para la salvación, y al concebir esta dependencia como inmediata y directa del Espíritu Santo actuando en el corazón del hombre y creando una conciencia profunda de una comunión personal con Dios el Salvador. Pero siendo esto cierto, existen diferencias muy importantes que dividen a los evangélicos en cuanto a los métodos usados por Dios para traer hijos a la gloria.

Y así entramos en una tercera división.

3) Admitiendo pues, que todo el poder ejercido para la salvación viene de Dios, y que Dios obra directamente sobre el alma de las personas, podemos indicar otra distinción entre las concepciones del plan de salvación que podemos llamar “particularista y universalista”. La primera de ellas mantiene que Dios ejerce este poder salvador con discriminación entre los hombres, es decir, que hay una elección por parte de Dios; Dios salva y obra solamente en algunas personas, Hec. 2:47; 13:48; 2ª Tes. 2:13-14. La segunda idea es la contraria: Dios derrama su gracia sobre todos los hombres y los capacita para ser salvos; hay universalismo en cuanto a ofrecimiento, de modo que Dios ofrece la salvación a todos, y aunque en realidad Dios no salva, permite que todos se salven. O de otra manera, no hay elección, y la redención efectuada por Cristo es universal.

Esta concepción universalista ha llevado en primer lugar a la idea de que la salvación es universal, es decir, la de que todo el mundo se salva de una u otra forma. Si es Dios quien salva y no el hombre a sí mismo, si es Dios quien obra directamente en el hombre, y si es Dios quien lo hace de igual modo en todas las personas, parece inevitable concluir que en consecuencia todos han de ser salvos. Sin embargo esta idea ha sido rechazada por la mayoría de evangélicos universalistas, pues tropieza con la claridad de la declaración bíblica de que no todos los hombres son salvos, habiéndose hecho grandes esfuerzos para poder explicar la actividad de Dios mirando la salvación como universal. O debe sostenerse que no es Dios solamente quien obra la salvación y que en algún punto decisivo hay algo que depende del hombre, volviendo de nuevo al autosoterismo.

Han surgido así varias corrientes de pensamiento, entre las cuales destacan dos principalmente: los luteranos evangélicos, y los evangélicos arminianos. Ambos mantienen que todo el mundo puede salvarse, pero también que la salvación puede perderse. En realidad, los primeros son una variante de los sacerdotalistas y de los pelagianos, y los segundos una modificación de los semipelagianos, los molinistas y los redentoristas.

Como en los casos anteriores, diremos algo más acerca del universalismo. Esta forma de pensar surge por el interés de proteger a Dios del cargo de “parcialidad o injusticia” que, presuntamente, surge cuando se habla de la elección de Dios. Así, algunos famosos teólogos han declarado que las doctrinas de la elección, la gracia eficaz, y el castigo eterno, son repulsivas, y que si hay una parte de la raza humana que tendrá una condenación eterna, esto sólo es explicable sobre la suposición de que el amor divino no es perfecto, porque no abarca todos, y no es amor incansable. Se olvida así en el razonamiento que el amor de Dios ha de ir junto a Su justicia, que los atributos de Dios son inseparables, y que lo raro no es que Dios condene a algunos, sino que salve a algunos.

La lucha es por la universalidad de la oportunidad de la salvación, y el énfasis recae en que lo que Dios hace es proveer esta oportunidad. Así, se entiende que Dios no salva a algunos solamente, sino que realmente no salva a ninguno. Dios solamente abre el camino de la salvación a todos, y si algunos son salvos, deben salvarse a sí mismos.

En cuanto a los evangélicos arminianos, sus principales doctrinas son las siguientes:

A) El pecado de Adán no se imputa a sus descendientes; es una enfermedad por la que el hombre no queda condenado, aunque sí inhabilitado para alcanzar la vida eterna y descubrir por sí mismo el camino de la salvación. Le queda, sin embargo, el libre albedrío suficientemente sano como para disponerse para la conversión.

B) El Espíritu Santo da a todos los hombres la gracia suficiente para contrarrestar los efectos del pecado y cooperar así a la regeneración espiritual. El que hace buen uso de esta gracia común recibe una gracia eficaz para la salvación. El que resiste dicha gracia común se hace responsable de su condenación, (algo parecido a los redentoristas: “el que ora se salva; el que no ora se condena”).

Un tercer grupo son los llamados “morrisonianos”, cuyo credo se resume en las siguientes “tres universalidades”: el amor de Dios el Padre manifestado en el sacrificio de Cristo Jesús es para todos los hombres en todas partes sin distinción; el amor de Dios el Hijo manifestado en la propiciación por los pecados es para todos los hombres sin distinción; y el amor de Dios el Espíritu Santo en su obra de gracia y aplicación es para todos los hombres sin distinción.

4) Entramos así en una nueva clasificación dentro de los particularistas. Unos dicen que la redención por la obra de Cristo tiene aplicación universal, es decir, que todos los hombres pueden ser redimidos por Cristo sí creen en él. Otros en cambio defienden que la redención es limitada y que para aquellos que se aplica les proporciona plena seguridad. Es el mismo problema que tiene el universalismo general con luteranos y arminianos, (no todos se salvan pero a todos se ofrece la salvación), aunque ahora se refiere únicamente a una de las operaciones que intervienen en el propio proceso de la salvación: la redención. Para unos, pues, la redención es para todos aunque no todos la aceptan; para otros, la redención o expiación es limitada sólo para aquellos que han de ser salvos.

De este modo podemos distinguir dos grandes grupos: “los calvinistas y los redencionistas universales”. Dentro de los primeros habremos de hablar de dos variantes: calvinismo infralapsario (o sublapsario) y calvinismo supralapsario (hipercalvinismo). Y en los segundos se distinguen los llamados calvinistas moderados, (que en realidad no son calvinistas), los post-redencionistas (también llamados infralapsarios), y los pajonistas, (a veces llamados congruistas). De todos ellos debemos indicar sus características.

En primer lugar hablamos del calvinismo tradicional, clásico o radical, el cual se resume en los siguientes cinco puntos: depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia eficaz, y perseverancia de los santos, también llamada preservación de Dios. Es el sistema de pensamiento más coherente y el que está más de acuerdo con la enseñanza bíblica, aunque haya dado lugar a dos modalidades dependiendo de la forma de ver el orden de los decretos de Dios. Dios llama y atrae irresistiblemente a los que quiere salvar, otorgándoles una gracia eficaz y una nueva naturaleza que les lleva al arrepentimiento y la fe. No hay coerción ni Dios opera contra la voluntad humana, sino que proporciona una nueva disposición en el hombre para hacerle desear las cosas de Dios. El hombre es un cadáver espiritual y no puede hacer nada para su propia salvación: ni disponerse para ella ni cooperar en ella. La iniciativa divina se mantiene durante todo el proceso de salvación.

Para los calvinistas infralapsarios, (sublapsarios), el orden de los decretos de Dios es el siguiente: creación, caída, elección, y redención. Para los supralapsarios en cambio es: elección, creación, caída, y redención. En ambos casos la redención es limitada, y en ambos casos se acepta la perseverancia y seguridad de los salvados, pues ésta procede del mismo Dios quien la garantiza. El problema planteado aquí entre las dos corrientes surge por el error de confundir y mezclar el tiempo con el “no tiempo”. Desde el punto de vista de Dios todo es presente y no tiene sentido hablar de qué cosa sucede antes, aunque esto no sea así desde nuestro punto de vista.

El primer grupo indica que la elección es después de la caída en pecado; el segundo señala que la elección antecede a todo lo demás. Este segundo grupo ha tenido más rechazo porque el orden que plantea es el que más choca con la mentalidad del hombre caído que se opone siempre a la soberanía de Dios. Se indica: “Si Dios elige en primer lugar a unos para salvación, está dejando a otros para condenación, aún antes de que hayan pecado. Y esto es algo monstruoso”. Por el contrario, los infralapsarios son más aceptados porque, según ellos, Dios elige para salvación de entre el grupo de hombres caídos y condenados ya por sus pecados, no teniendo que condenar Dios mismo activamente a nadie. O dicho de otro modo: Dios no distribuye en dos montones a los hombres que determina crear, unos para el cielo y otros para el infierno, (supralapsarios), sino que suponiendo que ya toda la raza humana caída está en corrupción, elige con soberana libertad y misericordia el salvar a algunos, dejando a los demás en su justa condenación.

En cuanto a los redencionistas universales, por la propia idea que defienden ya vemos que se meten en problemas, pues hablan de una redención para todo el mundo pero de una elección para algunos, es decir, hay un universalismo hipotético en cuanto que la obra de Cristo es aplicable a todo el mundo, pero un particularismo en cuanto que hay elección, (explicar Juan 3:16; 10:27, 29; resaltar lo de “dar”; Juan 17:2, 6, 9, 11, 12, 24). También diremos algo, sin entrar en detalles, de cada una de sus variantes:

En primer lugar están los llamados calvinistas moderados, los cuales aceptan los cinco puntos del calvinismo clásico pero cambiándolos en su esencia: la depravación no es total pues la caída sólo ha difuminado un poco la imagen de Dios en las personas; la elección es incondicional sólo para Dios, pero ha de ser aceptada; la expiación no es limitada, sino que Cristo murió por todos y sólo se limita Su obra en el plano de la aplicación, haciéndose efectiva sólo en quienes creen; la gracia es eficaz pero sólo en aquellos que la desean, y no en quienes no la aceptan, es decir, que Dios obra de un modo irresistible y eficaz en los que deciden recibir su gracia; y la perseverancia de los santos es segura.

Vemos de nuevo que se introduce grandemente el elemento humano, y como se ha indicado antes, este calvinismo moderado es más parecido al arminianismo que al propio calvinismo.

En cuanto a los post-redencionistas, su principal característica se encuentra en el orden de los decretos, que queda del modo siguiente: creación, caída, redención, y elección. Así pues, la redención es para todos los hombres, y es en la aplicación de esta redención donde Dios discrimina entre ellos, actuando así en un sentido particularista. Es obvio que este es el punto más bajo donde se puede introducir la elección y seguir siendo particularista, porque si la obra del Espíritu Santo es también de carácter universal ya se pierde todo particularismo con miras a la salvación.

Pero aún así, dentro de este grupo nos encontramos con distintas variantes según la actividad del Espíritu Santo, que sigue siendo particularista: fulleristas, amiraldianos, etc. Para unos, esta obra es poderosa en las almas constituyendo a los hombres en nuevas criaturas; para otros la acción es adaptada al estado de la mente y del corazón de la persona, de modo que es ésta con su propia acción libre la que decide acercarse a Cristo y abrazarlo para su salvación. En definitiva, vemos que una y otra vez se vuelve al concepto pagano de que el hombre puede salvarse por sí mismo, aunque esto se disfrace de formas cada vez más sutiles. Es interesante estudiar con detenimiento las características de cada uno de estos movimientos para ver hasta dónde se llega en los detalles, que resultan casi incomprensibles, con el fin de seguir preservando la soberanía del hombre frente a la soberanía de Dios.

Finalmente, hemos señalado que hay un último grupo: los pajonistas. Éstos coinciden con los anteriores en el orden de los decretos, pero avanzan un paso más en cuanto a hacer depender la salvación del propio hombre. Para ellos, la obra del Espíritu Santo es una obra persuasiva que se otorga a todos igualmente, pero sólo es eficaz en aquellos que tienen ya por sí mismos una mente y un corazón dispuestos, en aquellos cuyo estado es congruente con la acción. De ahí el nombre de congruístas. De nuevo comprobamos que no hay elección soberana de Dios, sino una diferencia propia en los hombres que determina la salvación, encontrándonos de nuevo en el campo autosotérico.

Con todo lo señalado hasta aquí, hemos de concluir que es el calvinismo el único sistema de pensamiento acorde con la Biblia. O más bien, el cristianismo es calvinismo, no porque Calvino lo inventara, sino porque llegó a descubrir el cristianismo invariable que el paso de los siglos había prácticamente enterrado. Dios es soberano en Su elección y decide dar un pueblo a Su propio Hijo. Este pueblo es preservado hasta el final por el poder de Dios. La obra del Hijo es para redimir a aquellos a quienes el Padre Le da, y la aplicación de esta obra por parte del Espíritu Santo es únicamente para aquellos elegidos desde antes de la fundación del mundo.

Es el único sistema coherente que puede explicar los distintos pasajes “difíciles” de la Escritura, Heb. 6:4-9; 2ª Ped. 2:20-22; 3:9; es el único que no presenta fisuras, y es el único que puede derivar de la naturaleza y del ser de Dios de modo que sea Dios mismo el que recibe toda la gloria. No podía ser de otro modo, pero la naturaleza caída, el pecado, la corrupción del mundo, y el mismo Satanás han intentado y seguirán intentando adulterar la clara enseñanza de la Biblia.

No hemos de olvidar que los escritos bíblicos se dirigían en primer lugar a personas en su mayoría incultas y analfabetas, y no pueden ser tan oscuros como para que sólo los muy eruditos puedan descifrar sus mensajes. Y tampoco hemos de olvidar algo que hemos repetido desde el comienzo: el que se acerca a Dios ha de hacerlo con un corazón limpio, libre de prejuicios, y dispuesto a aceptar lo que Dios le revele, aunque esto no sea lo que espera, lo que desea, o lo que entienda.

El calvinismo, además, tiene una misión tan importante en la conservación del universalismo verdadero del Evangelio, (porque hay un verdadero universalismo del Evangelio), como la tiene en la preservación del particularismo de la gracia. Sólo el calvinismo basado en la soberanía de Dios y en los principios que hemos mencionado asegura que Dios es el Salvador de las almas y también el Salvador del mundo. Cristo vino a salvar a los hombres, pero también vino a salvar al mundo, y es el calvinismo que glorifica Dios el único que garantiza esto. Éste es el universalismo bíblico, que no significa que todos los hombres sin excepción serán salvos: hay salvación completa para el hombre y hay salvación completa para el mundo. La meta final a la que la humanidad está avanzando está determinada también por Dios, no es un asunto fortuito, y cada etapa en este proceso está, naturalmente, también determinada por Dios.

El progreso de la Iglesia hacia la perfección, la naturaleza de este progreso, los individuos particulares que el Señor trae hacia ella, etc., todo está en las manos divinas. El Señor añade cada día a su Iglesia los que han de ser salvos, Hec. 2:47, y es por medio del gobierno de todas las cosas cómo se progresa hacia la salvación final de toda la raza, Hec. 13:48. Decir esto, naturalmente, es decir elección y reprobación, 2ª Tes. 2:13-14. No hay contradicción por tanto, al decir que Cristo murió por su pueblo y que Cristo murió por el mundo. Su pueblo puede ser poco en la actualidad, y el mundo será su pueblo del mañana.

Pero debe observarse con exactitud que Cristo no abre el camino de la salvación a todos, sino que de hecho salva a Su pueblo, siendo ésta la única base para creer que habrá alguna vez un mundo salvo. La salvación del mundo depende absolutamente, como depende la salvación del alma individual, de la obra del Dios Trino con todo Su poder, existiendo una concordancia precisa entre el amor del Padre, la redención del Hijo y la obra del Espíritu Santo en aquellos que “antes conoció”, Rom. 8:21-22; 29-39. Con respecto al Padre, podemos leer Rom. 9:21-23; 11:4-6; 1ª Cor. 1:26-29; Efe. 1:3-5; 11; 2ª Tes. 2:13; 2ª Tim. 1:9; 1ª Ped. 1:2. Con respecto al Hijo, Isa. 53:10-11; Juan 6:37, 39; Heb. 7:25; Juan 6:44; Mat. 1:21; 20:28.  Y con respecto al Espíritu Santo, Juan 3:8; 6:63; 2ª Tes. 3:2; 2:13.

Sólo el calvinista tiene el derecho de creer en la salvación eterna del individuo y del mundo. Ambas cosas descansan igualmente en la soberana gracia de Dios, y cualquier otro fundamento es arena movediza.

Finalmente destacamos una última y doble observación: en la descripción precedente hemos hecho referencia a una treintena de corrientes distintas que asignan al hombre un papel más o menos importante en la salvación. Puede entenderse que cuando se tienen en cuenta sus variantes y las mezclas entre ellas el número se multiplique enormemente. Si a esto le añadimos el número también grande de denominaciones (bautistas, presbiterianos, asambleas de hermanos, asambleas de Dios, pentecostales, carismáticos, independientes, filadelfia, etc.), las variantes y todas las posibles mezclas llega al absurdo, siendo imposible saber diferenciar unas de otras: bautistas arminianos, bautistas calvinistas,  bautistas moderados, bautistas que afirman que la salvación puede perderse, bautistas que creen en la bondad natural del ser humano, arminianos reformados, arminianos anglicanos, arminianos con seguridad en la salvación, hermanos calvinistas, hermanos arminianos, hermanos wesleyanos, etc.

El desconcierto es general, y si a él le unimos el desconocimiento doctrinal de la mayoría de los creyentes, no es de extrañar la situación actual de muchas iglesias: miembros y dirigentes de las mismas con conceptos muy distintos acerca de la salvación pues casi todo vale, dando una imagen más parecida a la existente en las religiones oficiales que a la de un verdadero y consciente cristianismo.

Y ante esto, algunos argumentan: “No es necesario estudiar tanto; no es necesaria tanta doctrina; ¿para qué aprender tanto si hay tanta confusión?”, mostrando así su desconocimiento de lo que el mismo Dios nos ordena en Su Palabra, 2ª Ped. 1:3-11; 3:15-18; Efe. 1:17-19; 3:18-19; Fil. 1:9; 3:8. Solamente con un cada vez mayor conocimiento de Dios, lo cual se logra con el estudio de las doctrinas que encontramos en Su Palabra, podremos servirle y glorificarle cada día más, pues no hemos de olvidar que es el conocimiento de Dios el que marca nuestra forma de vivir. Por eso no podemos entender a aquellos supuestos cristianos que dicen, orgullosos, que ellos ya no leen libros, que no necesitan estudiar, que con la Biblia tienen bastante, y que rechazan la luz clara de otros hermanos más espirituales y mejor formados, prefiriendo la casi oscuridad de sus pequeñas velas.

A este respecto no hemos de olvidar que el mismo Señor nos ordena amarle con toda nuestra mente, por lo que debemos entregar toda nuestra vida a aprender más y más de la revelación de Dios. Spurgeon habla de este modo cuando se refiere a Pablo en 2ª Tim. 4:13: “Él tiene la inspiración divina y aún así quiere libros. Ha predicado por lo menos durante 30 años, y aún así quiere libros. Ha visto al Señor, y aún así quiere libros. Tuvo una experiencia más amplia que la mayoría de los hombres, y aún así quiere libros. Había sido arrebatado hasta el tercer cielo, y había escuchado cosas que no le son dadas a los hombres expresar, y aún así quiere libros. Había escrito la mayor parte del Nuevo Testamento, y aún así quiere libros.

Pongamos pues, hermanos, todo nuestro empeño en conocer cada vez más al Dios que nos creó y nos ha salvado, pues el “pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará”, Dan. 11:32. ¡Que nuestro deseo sea el del apóstol Pablo, al decir: “no que lo haya alcanzado ya…”!, Fil. 3:12-14. ¡Y que cumplamos el mandamiento del Señor de ocuparnos de “nuestra salvación con temor y temblor”, para que a ninguno de nosotros se nos puedan aplicar las palabras del mismo Dios en Ose. 4:6, pues lo que Dios quiere también nos lo ha dicho: Ose. 6:6; Jer. 9:23-24.  ¡Que sea una realidad en nuestras vidas, para Su gloria!

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