El Pacto de la Gracia en el Nuevo Testamento

En relación con nuestro tema de hoy podemos comenzar leyendo Heb. 1:1-3. Dios ha hablado muchas veces, y hemos visto hasta ahora cómo reveló Su pacto de gracia en el Antiguo Testamento. Comenzó en Génesis 3:15, continuó con Abrahám en Génesis 17, y aunque hizo otros pactos complementarios con la nación de Israel, todos eran un mismo y único pacto. Ahora vamos a detenernos en el nuevo pacto, en el que aparece en el Nuevo Testamento, el cual no es nuevo por ser diferente, sino que lo llamamos así porque hay una nueva administración o dispensación del mismo, una nueva forma de mostrarlo. El pacto de gracia sigue siendo algo que procede de Dios y que Dios nos da con el propósito de redimirnos y traernos de nuevo a Su conocimiento, ya que por el pecado y la Caída hemos perdido dicho conocimiento y nos hemos apartado de Él. Y al considerar esta nueva dispensación o economía, vamos a ver cómo todo ha sido hecho en nuestro Señor y Salvador Jesucristo y por medio de Él.

Y lo primero que debemos hacer es dejar claro que estamos tratando con el mismo pacto. 1) El pacto de gracia es único: y para confirmar esto debemos considerar las siguientes pruebas:

A) La promesa hecha a Abrahám en Gen. 17:7-8: “seré el Dios de ellos”, seré vuestro Dios, se menciona varias veces en el N.T., 2a Cor. 6:16; Heb. 8:6-7, 10, 13. Es la misma y única promesa, y como vimos anteriormente, es la bendición más grande para cualquier persona; poder decir “mi Dios”. Esto quiere decir que de entre los seres racionales, Dios ha escogido al hombre para que sea el objeto de Su especial favor, y de entre los hombres, Él ha escogido a algunos para derramar en ellos Su gracia y revelarles Su gloria, y son éstos los que pueden decir “mi Dios”.

B) La segunda prueba que encontramos hace referencia al tipo y la clase de bendición que se promete. Es una bendición espiritual y, por ejemplo, en el Salmo 51, vemos que David ora por ella, Sal. 51:10, 12; comparar con Heb. 8:10. Veremos más adelante que hay una diferencia, pero son las bendiciones espirituales las que se prometen en el pacto tanto en el A.T. como en el N.T. Por eso es erróneo pensar que las experiencias espirituales de los santos en el Antiguo Testamento eran de una clase inferior a las que tenemos los cristianos en el día de hoy; muchos de ellos estaban espiritualmente muy por encima de lo que estamos nosotros.

C) La tercera prueba es que la Biblia enseña claramente que hay un único Evangelio. Está en el A.T. tanto como en el N.T. aunque en aquél se muestre con tipos y sombras, tal como comprobamos con las ofrendas descritas en el libro de Levítico, con el Tabernáculo y todos sus muebles, y con los escritos en los grandes pasajes de Isaías y Jeremías. También podemos leer Gal. 1:6-9; 3:8-9.

D) La cuarta prueba es que hay un número de afirmaciones que nos dicen que los santos del

A.T. están ahora en el Reino de Dios tal como lo estaremos nosotros: Luc. 13:23-29; 16:23; Rom. 11:16-18, 24. Leemos que los gentiles han sido puestos en el mismo árbol; no es un árbol nuevo, sino el antiguo en el que unas ramas se retiran y se ponen otras. Podemos leerlo también en Gal. 3:14, 29; Efe. 2:11-13, 19; 3:5-6. Pablo siempre decía que el mensaje que se le había dado era que los gentiles son coherederos con los judíos elegidos de la nación de Israel. También podemos leer Heb. 6:11-13, 18; 11:39-40. Seremos hechos perfectos juntos, pues hay una perfecta unidad entre los santos de ambas dispensaciones.

E) La quinta prueba es que en toda la Biblia se indica una única forma de obtener la salvación y las bendiciones, y esa forma es mediante la fe. Así lo leemos en Hab. 2:1-4 que luego repite Pablo en Rom. 1:16-17. Es el gran tema del capítulo 11 de la carta a los Hebreos, y aunque podíamos citar muchos pasajes, es suficiente con Rom. 4:13-25. Está claro que recibimos la justificación por la fe, exactamente del mismo modo que la recibió Abrahám. La justificación de los pecadores mediante las obras es una contradicción, pues los que son pecadores están bajo condenación por sus mismas obras.

F) La última prueba es que la Biblia deja claro que hay un solo Mediador en ambas dispensaciones, el mismo Señor Jesucristo, Apo. 13:8; 17:8; Hec. 4:12; 1a Tim. 2:5-6. Todo comenzó con la promesa hecha acerca de la simiente de la mujer, la cual es Jesucristo, Gal. 3:15-18. Él es el Mediador en todos los tipos y sacrificios del Antiguo Testamento, todos señalan hacia Él, y todas las profecías también. Así lo indica con sus propias palabras en Juan 5:39, 46; 8:56. También podemos leer Hec. 10:43; Rom. 3:24-26; Heb. 9:15. El argumento es que sólo Cristo puede explicar lo que se hacía en la antigua dispensación, y que aquellos que estaban bajo el primer pacto sólo pueden recibir las promesas por medio de Él, que es el Mediador del nuevo pacto. En este sentido, también es la garantía, pues Él garantiza el cumplimiento de todas las promesas y condiciones, Heb. 7:22.

Aquel que fue predicho como la simiente de la mujer, como la simiente de Abrahám, el Hijo de David, el Renuevo, el Siervo de Jehová, el Príncipe de paz, no es otro más que el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, Luc. 24:25-27; 44-47.

Todo lo anterior es suficiente para mostrar que hay un único pacto de gracia que es el mismo tanto en el A.T. como en el N.T. Ahora bien, aunque el pacto es único, han de considerarse las diferencias entre las dos dispensaciones.

2) Diferencias entre ambas dispensaciones: Veamos también varios apartados que las muestran:

A) Lo primero que debemos recalcar es la superioridad de la nueva dispensación con respecto a la antigua. El antiguo pacto fue establecido a través de siervos, mientras que el nuevo lo ha sido a través del propio Hijo de Dios, Heb. 3:1-6.

B) Lo segundo es que la verdad en la antigua dispensación estaba en parte revelada y en parte escondida en tipos y sombras. Pero en la nueva está revelada claramente con Jesucristo y con la obra del Espíritu Santo, Juan 1:17-18. En el N.T. se habla varias veces de que el misterio velado en la antigüedad ha sido ahora manifestado, Rom. 16:25-27, Efe. 3:1-6, 1a Tim. 3:16.

C) En tercer lugar, en la nueva dispensación no sólo hay una revelación más clara, sino que ésta se ha incrementado a través de la Encarnación del Señor Jesucristo y de la obra del Espíritu Santo, Heb. 1:1-3. La revelación es ahora completa y definitiva. Está toda en Él, como leemos en Col. 2:3, 9.

D) Una cuarta diferencia es que bajo la antigua dispensación la revelación estaba en una forma principalmente carnal y material, mientras que ahora es completamente espiritual, Heb. 9:1, 9-12.

E) En quinto lugar, como hemos dicho, la antigua dispensación estaba restringida a un pueblo, pero ahora ya no es así, Efe. 2:11-22. El pacto de gracia es para todas las naciones, en todas partes.

F) También podemos indicar que la antigua dispensación era preparatoria, mientras que la nueva es definitiva. Todo el propósito de la carta a los Hebreos es, precisamente, mostrar esta diferencia. Ahora ya no se puede añadir nada más, ya no se necesita nada más, porque todo está en Él.

G) Y en séptimo y último lugar, podemos indicar que bajo esta nueva economía se ha derramado el Espíritu Santo. En la antigua dispensación no sucedió esto, y solamente el Espíritu descendió sobre personas específicas para capacitarles en el desempeño de ciertas tareas, Jue. 15:14- 15; 1o Sam. 19:23-24. Sin duda estaba el Espíritu Santo, pero no fue derramado en la forma en que lo fue en Pentecostés. Y el resultado de esto es que la bendición es mayor: hay un mayor conocimiento, una mayor comprensión, y un mayor deleite en las bendiciones. Abrahám vio estas cosas de lejos, Heb. 11:13, pero aún así se regocijó en ellas, Juan 8:56. Nosotros, en cambio, no vemos de lejos, sino en la claridad y la totalidad del día, y, por tanto, nuestra felicidad y gozo deben ser mayores.

En definitiva, podemos decir que la diferencia entre ambas dispensaciones es la que existe entre un niño y una persona madura. Un hijo es hijo tanto con un año de edad como con cuarenta. La relación es la misma, pero el hijo crece y se desarrolla y conoce mejor al padre, de modo que hay una relación mayor y un mayor grado de comprensión que antes. Esta es la diferencia, Heb. 11:39-40.

En resumen: hay un único pacto de gracia, y todo él gira por completo alrededor del Señor Jesucristo. El antiguo señala hacia Él; el nuevo Lo revela y nos Lo muestra claramente. En realidad, la Biblia es un solo libro, pues aunque fuera escrita por diferentes hombres, en diferentes tiempos y en diferentes lugares, tiene un único mensaje, un único tema, habla sobre una sola persona. Por eso a los antiguos cristianos se les llamaba las personas “del Libro”.

Y todo esto nos lleva a una última consideración.

3) El pacto eterno de redención: Y es que hay un único pacto de gracia porque, tal como se indicó brevemente en el tema anterior, hay un único pacto que fue hecho originalmente entre el Padre y el Hijo. Son dos pactos distintos pero íntimamente relacionados, de modo que el anterior, el pacto de gracia, se basa en este último, el pacto de redención. Del primero Cristo es Mediador; del segundo es una de las partes concertantes. El hombre, habiendo caído, no podía hacer un pacto con Dios, de modo que Dios lo hizo con su propio Hijo para que luego las personas entrásemos en dicho pacto.

En este pacto, cada parte tenía algo que hacer. El Padre promete, entre otras cosas, preparar un cuerpo para el Hijo, Heb. 10:5, darle el Espíritu sin medida, Juan 3:34, estar a Su lado aún en las horas más oscuras, Juan 16:32, aplastar a Satanás bajo Sus pies, Gen. 3:15, librarle de la muerte y exaltarlo a Su diestra dándole toda potestad, Sal. 16:8-10; 89:3-4; 110:1; Hec. 2:22-36, entregarle un pueblo, Heb. 2:13, en el que habría gente de todas las naciones, Juan 10:14-16, para que Él lo guarde y ninguno se pierda, Juan 6:39-40; 17:12, y manifestar por medio de Él y de la Iglesia las perfecciones divinas a todos los seres por toda la eternidad, Efe. 3:10-11. El Hijo vería así el trabajo de Su alma y quedaría satisfecho, Isa. 53:11.

El Hijo, por su parte, se hizo nuestro Representante, nuestro Mediador, nuestra certeza, nuestro Garante. Y entre las cosas que acordó con el Padre que iba a hacer podemos citar las siguientes:

A) Primero, acordó guardar, honrar y cumplir el pacto de obras que había sido quebrantado por Adán en el huerto del Edén, cumplir toda la Ley, Mat. 5:17. Para eso había de nacer bajo la ley, Gal. 4:4-5.

B) Segundo, acordó también enfrentarse a los resultados de la Caída, del pecado y de la contaminación del hombre, pues no podíamos reconciliarnos con Dios hasta que eso hubiera sido hecho, 2a Cor. 5:18-19, 21.

C) Tercero, acordó llevar a cabo en nuestro lugar todos los deberes contraídos en el pacto. Dios prometió cosas con la condición de que ciertas obligaciones se cumplieran, y el Hijo acordó cumplirlas para que este pacto fuera posible. Él es nuestra garantía, y entre estas cosas podemos citar las siguientes:

El Hijo debía convertirse en el segundo hombre, el segundo Adán, y es así como se le llama en 1a Cor. 15:45, 47. El Hijo debía tomar nuestro lugar y nuestra naturaleza, Gal. 4:4-5, y debía presentarnos sin mancha en la presencia de Dios, Judas 24. Por eso era necesaria la encarnación, el nacer de mujer, y no una teofanía como había sucedido en repetidas ocasiones. Había de ser hecho en todo, menos en el pecado, semejante a sus hermanos, para poder tener compasión con los que somos tentados y estamos llenos de debilidades, Heb. 2:14-18; 4:15. Y, finalmente, el Hijo debería hacerse cargo de todas nuestras obligaciones. Nosotros no podíamos, y Él tiene que hacerse cargo de todas las cosas que Dios demanda de nosotros, llevar nuestros pecados y hacerse maldición por nosotros, Gal. 3:13-14, ofreciéndose a Sí mismo como sacrificio, o propiciación a Dios en expiación por los pecados, Rom. 3:23-26.

Por tanto, el pacto de gracia nos lleva a Cristo y señala hacia Él desde todas las direcciones, de manera que a partir del próximo estudio comenzaremos a considerar la doctrina bíblica de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Pero debemos fijarnos en el modo en que lo hemos hecho: llegamos a Cristo comprendiendo que Él es la verdad final del gran pacto de gracia que Dios prometió desde el huerto del Edén, y comprendiendo la importancia del estudio del Antiguo Testamento, pues es allí donde tenemos todos los tipos y las sombras que señalan hacia Cristo. No es bueno comenzar con la redención, la salvación, y la persona de Cristo, sin haber considerado antes las doctrinas acerca de la inspiración de la Escritura, la propia persona de Dios, Sus Decretos y Providencia, la creación del universo y del hombre en justicia y santidad, el pecado y la Caída, la contaminación y la culpa, y el plan de salvación de Dios ideado y diseñado desde la eternidad como un acuerdo entre el Padre y el Hijo. Es así como hemos procedido, poniendo los cimientos hasta llegar a Cristo.

Y a Él, “al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.”, Judas 25.

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