El Pacto de la Gracia en el Antiguo Testamento

Hemos estado considerando algunos aspectos generales del plan de Dios en relación con la salvación de las personas, (plan eterno, por gracia, en el seno de la Trinidad, definido, con seguro cumplimiento, que abarca a todas las cosas, que se centra en el Señor Jesucristo, y revelado en pactos) y ahora hemos de entrar en temas más concretos. Dios, en su infinita gracia, amor y misericordia, miró al hombre con compasión y le informó de Su gran plan de salvación, y a esta revelación se le conoce normalmente como pacto de salvación o pacto de gracia. Es decir, Dios ha manifestado Su propósito de salvar al hombre de la culpa y de la contaminación que resultaron tras la caída en pecado.

Ya hemos hablado del pacto de obras o pacto de vida que Dios hizo con Adán, y comentamos que se le llamaba “pacto” porque implicaba una promesa de parte de Dios y un compromiso de cumplir lo que había dicho. Y dijimos que Dios no estaba obligado a comprometerse, que era libre para no hacerlo, pero que una vez que lo hace, una vez que establece el pacto, Su honor depende de que cumpla con Su parte. Y también vimos cómo el hombre falló y cómo, desde entonces, ese pacto de obras ha sido eliminado pues no tiene sentido repetir una experiencia con un hombre caído cuando el propio Adán falló.

¿Y qué es un pacto? Se puede definir como un trato, un acuerdo, una alianza entre dos partes, que se confirma con alguna ceremonia, con algún juramento, o con algún escrito donde quedan reflejadas las condiciones de dicho trato. Este tipo de pacto es normal entre personas y entre países. Pero cuando hablamos de Dios y del hombre esta idea sufre algún cambio, pues no hay dos partes iguales, sino que es Dios quien “da”, como si dijéramos, Su pacto al hombre. Por eso también esta palabra se traduce en algunos casos como “testamento”, es indistinto, (el único sitio la Biblia donde la traducción válida es “testamento” y no “pacto” se encuentra en Heb. 9:16-17, donde se habla de una persona moribunda) y hemos de tener presente que el hombre no es parte en cuanto que “hace” el trato, sino en cuanto que lo recibe de manos de Dios. Así pues, porque procede de Dios, cualquier pacto es un don de Dios, es parte de Su gracia, (aún el pacto de obras es de gracia porque procede de Dios), y es inviolable e inquebrantable por parte de Dios. Es como si Dios se acercara al hombre y le dijera: “Quiero hacer un trato contigo”, y esta es la forma en que vemos Su amor y Su gracia.

Y puesto que Adán falló y no tiene sentido que Dios estableciera otro pacto de obras, desde entonces, los otros pactos que Dios ha hecho con el hombre son todos “pactos de gracia”, y lo son en un doble sentido: por ser pactos, y por ser solo de gracia. Y si esto lo entendemos podemos ver con claridad el error de tantos hoy día que piensan presentarse ante Dios porque hacen buenas obras. Si Adán en su perfección no pudo mantenerse firme, ¿cómo podrá hacerlo ahora cualquier persona, con su naturaleza apartada de Dios, controlada por sus deseos carnales, incitada por el mundo y por Satanás, y sin fuerzas ni deseos para agradar a Dios? Desde Adán, las obras ya no pueden salvar a nadie, y desde entonces, Dios se acerca al hombre con Su gracia.

 

Y en este nuevo pacto también Dios ha puesto una condición y ha dado unas promesas. La condición, lo que pide del hombre, es la fe. Sólo se pueden recibir y disfrutar las promesas de Dios si se tiene fe, y Dios ha ido aún más lejos indicándonos que Él va a hacer algo para que eso sea posible, para que el hombre tenga fe, y para que así podamos tener esas bendiciones y beneficios. Por tanto, es gracia sobre gracia; gracia porque es Su pacto, y gracia porque lo es de gracia.

En cuanto a las promesas, podemos indicar que hay una central y fundamental, que se puede expresar así: Dios ha prometido ser Dios para el hombre, esta es la promesa: “seré vuestro Dios”, Heb. 8:10. Dios había sido el Dios de Adán, pero Adán cayó, se hizo esclavo de Satanás y rompió su relación con Dios. Y lo extraordinario y sorprendente es que Dios se vuelva de nuevo hacia el hombre con un pacto de gracia, asegurando que tiene un camino para esa relación y para volver a ser Dios para el hombre, Exo. 6:6-7. Esta es la gran promesa que se repite una y otra vez en todas las Escrituras: Jer. 31:33; 32:38-40; Eze. 34:23-25; 36:25-28; 37:26-27; 2a Cor. 6:16-18; Heb. 8:10; Apo. 21:3. La promesa es, pues, que lo que fue quebrantado por el pecado será restaurado, y la bendición de bendiciones es poder decir que Dios es mi Dios. Toda la salvación está incluida en esto y no hemos de olvidarlo, pues a veces pensamos en ella en otros aspectos y dejamos lo fundamental, la mayor bendición: Dios ha prometido ser nuestro Dios, lo cual incluye todo bien concebible y posible.

Pero el pacto también incluye otras cosas. Dios ha prometido bendiciones tanto temporales como espirituales. Dios ha prometido un camino de justificación, pues no puedo decir “mi Dios” a menos que yo esté justificado, que mis pecados hayan sido perdonados y eliminados, y que haya sido adoptado y hecho hijo de Dios. También se incluye la promesa de vida eterna, la entrega del Espíritu Santo, la santificación, y la glorificación última. Todo eso está incluido en el pacto de gracia, y por eso, no puede existir una persona que sea cristiana y que no crezca espiritualmente, pues en el pacto de Dios va esta promesa junto a las otras.

Por tanto, podemos decir que el pacto de gracia es el acuerdo entre Dios y Su pueblo, por el cual Dios lleva a cabo Su propósito y decreto eterno de redención prometiendo Su amistad. La promesa es completa y la salvación gratuita para Su pueblo sobre la base del sacrificio del Señor Jesucristo, el cual es el Mediador del pacto, y mediante la fe en dicho sacrificio. Y según hemos indicado, a partir de Adán, podemos decir que hay un único pacto, pues Dios se acerca siempre al hombre en Su gracia. Dios no ha cambiado; lo que ha hecho es ir revelando poco a poco ese pacto hasta llegar al Señor Jesucristo.

Y podemos decir también que, en realidad, el único pacto fue entre el Padre y el Hijo. Por eso se le llama también “pacto eterno”, Heb. 13:20, o “pacto de redención”, distinguiéndolo del posterior “pacto de gracia” entre Dios y Su pueblo. El hombre caído ya no estaba en posición de hacer un trato con Dios, de modo que Dios el Padre lo hace con Dios el Hijo y nosotros entramos en ese pacto solo por gracia. Así hemos de entender toda nuestra salvación, pues es el Hijo quien se hace voluntariamente nuestro Representante, nuestro Mediador, nuestro Garante, nuestra Certeza, etc. Es el Hijo en ese pacto quien acuerda guardar y cumplir las obras de la Ley que Adán no pudo, quien acuerda enfrentarse a los resultados de la caída, del pecado y de la contaminación del hombre; quien se convierte en el segundo hombre, quien toma nuestra naturaleza, quien toma también nuestro lugar, y quien acepta cumplir con nuestras obligaciones y con las cosas que Dios pide de nosotros.

Es la obra del Hijo la que garantiza toda mi vida cristiana, de principio a fin: mi llamado, mi nueva naturaleza, mi justificación, mi adopción, mi santificación, mi glorificación, etc. No hay nada que proceda de mí. Y todo eso lo sella con Su propia sangre y nos lo da a nosotros por medio de la fe, la cual, según estamos diciendo, tampoco procede ni puede proceder de nosotros.

Ahora vamos a ver cómo ha ido desarrollándose ese único pacto de gracia a lo largo del tiempo. Y lo que encontramos en la Biblia es que Dios lo ha administrado en dos maneras distintas, que hay dos dispensaciones: una es la que se describe en el Antiguo Testamento y otra la que tenemos en el Nuevo; pero repito que hay un único y solo pacto de gracia. Pero antes de ello conviene, a modo de paréntesis, decir algo acerca del “dispensacionalismo”.

En sentido teológico, esta teoría, expuesta por J.N. Darby y desarrollada en la Biblia de Scofield, indica que Dios se ha acercado al hombre a lo largo de la historia en distintas maneras de acuerdo con Su plan de salvación. Se distinguen, según sus defensores, siete dispensaciones o periodos de tiempo en las que Dios ha puesto a prueba, (o pondrá) al ser humano, con el resultado de que en todas ellas el hombre demuestra ser un rebelde por la perversidad de su corazón. Estas dispensaciones han recibido los siguientes nombres: A) La de la inocencia, antes de la Caída; B) La de la conciencia, desde la Caída hasta el diluvio; C) La del gobierno humano, desde el diluvio hasta Abrahám; D) La de la promesa, desde Abrahám hasta Moisés; E) La de la Ley, desde Moisés hasta el día de Pentecostés; F) La de la gracia o de la Iglesia, desde Pentecostés hasta el arrebatamiento, (el cual se da por cierto); y G) La vigente durante el reino milenario, (el cual también se da por cierto). Estas dispensaciones, al contrario de los pactos, aún siendo distintas, se solapan entre sí, es decir, continúan a través de otras dispensaciones.

Este modo de pensar introduce también la idea de que Dios ha hecho seis pactos distintos (al menos cinco, según algunos) con el hombre, (no consideran el pacto de obras). Son los siguientes:

A) Pacto Noético (noéico), concertado con Noé, Gen. 6:17, formalizado luego, 8:20; 9:17, con promesas incondicionales para Noé y toda su descendencia, 8:21-22, y sellado, 9:12-17.

B) Pacto Abrahámico, implícitamente anunciado en Gen. 12:1-3, formalizado en el capítulo 15, ratificado en 22:15-18, y cuya señal es la circuncisión, capítulo 17. Dios hace aquí promesas grandes y de largo alcance en el tiempo.

C) Pacto Sinaítico, mucho más complejo, pues toma la forma de acuerdo entre soberano y vasallos, con la diferencia de que los pactos humanos de esta clase están basados en el poder del soberano, mientras que éste se basa en el amor de Dios hacia Su pueblo. Es anunciado en Exo. 19, pero sus cláusulas se hallan en Exo. 20 y ss, y Deu. 5 y ss.

D) Pacto Palestino, que aparece en Deu. 29 y 30. Algunos lo consideran no como un nuevo pacto, sino como una continuación del sinaítico anterior. Es condicional en parte, Deu. 28:9 y ss, e incondicional en sus aspectos escatológicos, Deu. 30:1-10; comp con Isa. 66:19-20.

E) Pacto Davídico, que tiene que ver específicamente con el Reino, el Rey y el trono de la casa de Israel. También es incondicional en parte, en cuanto al mantenimiento de la dinastía, 2o Sam. 7:14- 16, y condicional respecto al rey individual y concreto, 2o Sam. 7:14.

F) Nuevo pacto en Jesucristo, con mejores promesas, mejor sacrificio, y sellado por Su sangre.

De todos modos, nosotros consideramos que, en relación con el plan de salvación de Dios, hubo un pacto de obras, y a partir de él hay un único pacto de gracia manifestado y revelado poco a poco hasta llegar a su plenitud en Jesucristo. Y en lo que concierne al A.T. podemos indicar varias etapas:

A) En primer lugar, hemos de remontarnos a Gen. 3:15, lo cual ha sido llamado “protoevangelio”. En otras palabras, tenemos aquí un anuncio de todo el Evangelio, con lo cual deberíamos dividir la Biblia en dos partes: la que va desde Génesis 1:1 hasta Génesis 3:14, y la que nos llevaría desde Génesis 3:15 hasta el final. Al principio tenemos el relato de la creación, el pacto de obras y la Caída; y a partir de Génesis 3:15 tenemos el Evangelio, el pacto de gracia, el camino de la salvación, y ese es el tema de todo el resto de la Biblia.

Aquí vemos que Dios habla de poner enemistad entre la serpiente y la mujer y su simiente. Hasta ahora no había existido dicha enemistad; la serpiente había engañado a Eva y la mujer estaba ahora bajo el dominio del diablo, era su amiga, y si Dios no hubiera hecho algo ese habría sido el final de la historia. Así que ahí comienza el primer anuncio de la salvación, pues el hombre no se puede salvar mientras sea amigo del diablo y enemigo de Dios. Debe ser un amigo de Dios, y lo primero que necesita es convertirse en enemigo del diablo.

La segunda cosa implicada es que Dios iba a dar al hombre poder y gracia para luchar contra el diablo. El hombre ya había sido vencido y era su esclavo, y necesitaba ayuda y fuerza, de modo que Dios prometió estar a su lado en esa lucha contra el enemigo. También Dios aplicó la promesa a la simiente, es decir, no fue una promesa dada sólo para el Edén, sino que proseguiría hasta que hubiera conseguido su propósito fundamental. La tercera cosa que observamos es que a partir de aquí el género humano se dividió en dos partes: los que pertenecen a Dios y los que son la simiente del diablo, y hay una lucha entre ambas. Y, finalmente, Dios da también la promesa de la certeza del triunfo. La serpiente sería herida, su cabeza sería destruida, viéndose allí una primera imagen del Calvario, pues la simiente de la mujer no es otra que el propio Señor Jesucristo.

Éste fue el primer anuncio del pacto, y aunque Dios no lo llamo así, era efectivamente un pacto que luego el mismo Dios haría más explícito.

B) A continuación vemos que Dios hace un pacto con Noé, Gen. 9:9-13 tras el diluvio. Dios prometió que nunca volvería a destruir la tierra, que habría una sucesión de las estaciones y que se dominarían las fuerzas de la naturaleza. En otras palabras, los efectos y resultados del pecado y la Caída se controlaron, se mantuvieron en equilibrio en el pacto que se hizo con Noé. De igual modo los poderes del diablo se restringieron, y no se permitió que el hombre fuese tan violento como había sido antes. Y todo se confirmó y selló con la señal del arco iris entre las nubes. Pero éste no fue un nuevo pacto de gracia, sino el mismo de Génesis 3:15 en el que se introdujeron algunos mandamientos y promesas nuevas. En realidad el pacto con Noé no era un pacto de redención, sino una legislación temporal, que a veces se llama “gracia común” para todas las personas, que se distingue de la “gracia especial” que asegura nuestra salvación espiritual.

C) En tercer lugar leemos el pacto que Dios hizo con Abrahám, Gen. 17: 1-7, 10, en el cual afirma claramente Su propósito de redención, “para ser tu Dios y el de tu descendencia después de ti”. Aquí tenemos ya por primera vez el comienzo de una especie de Iglesia. Hay ya una separación entre el pueblo que pertenece a Dios y aquellos que pertenecen al mundo. Dios eligió por primera vez a un hombre y con él a una familia para tener Su pueblo especial. Y vemos también cómo se subraya la fe de Abrahám en su respuesta, vv. 22-23. Además está también la gran promesa de la simiente espiritual, que todas las naciones del mundo serían bendecidas en él.

Como sabemos esto se desarrolla en el capítulo cuatro de Romanos y también en el capítulo tres de Gálatas. Aquí podemos ver que, en Su pacto con Abrahám, Dios le estaba justificando, Rom. 4:22-25, (Gen. 15:6): justificado en un sentido espiritual, justificado del pecado, perdonado y adoptado en la familia de Dios, etc. Es la misma promesa de Génesis 3:15, pero más explicada.

D) Y luego pasamos al pacto del Sinaí, al pacto hecho con Moisés, Exo. 19:5-6. Aquí ha de hacerse hincapié especialmente en el hecho de que el pacto era un pacto nacional, de modo que pertenecer a la nación era como pertenecer a la Iglesia, y ser expulsado de la nación era ser expulsado de la Iglesia. Desde luego que en el monte Sinaí se hizo entrega de la Ley, pero esto no significaba que Dios estuviese restableciendo un nuevo pacto de obras. Ya hemos hablado de la imposibilidad de esto.

La entrega de la Ley no significó una vuelta al pacto de obras, aunque los hijos de Israel cometieron el terrible error de pensar que fue así, Gal. 3:19-25. No era esa la intención de Dios ni era el significado de la Ley: la Ley fue entregada a fin de regular la vida de la nación en ciertos aspectos, también por otros motivos que tenían que ver con el propio sacrificio del Señor Jesucristo, y para llevarnos a Él.

En el Sinaí Dios dio a Moisés la Ley moral, la Ley civil, y también la Ley ceremonial, con todos los sacrificios y cultos en conexión con el Tabernáculo, de modo que el Evangelio, el pacto de gracia, se predicaba ahora en símbolos y tipos. Éstos tenían el propósito de mostrar las exigencias de Dios a los hombres, Su Santidad, pero también la gran promesa hecha por Dios de perdón y salvación, Su Justicia. Y todo esto no suponía el nacimiento de un nuevo pacto, sino la confirmación del que ya se apuntó en el huerto de Edén, como leemos en Rom. 4:13, Gal. 3:17.

Algunos han argumentado lo que aparece en Gal. 4:21-24 como indicando la existencia de dos pactos, pero no es así. El propósito del apóstol aquí es diferenciar entre el Israel natural y el Israel espiritual, era dar a entender el error de los judíos que creían ser de la simiente de Abrahám únicamente por pertenecer a Israel de la carne. Después de todo Abraham tuvo a Ismael, e Isaac a Esaú, y todos fueron circuncidados, pero no todos eran hijos de la fe ni de la promesa, como el mismo Dios ya anunció a Abraham en Gen. 17:19-21.

Así que el pacto hecho a través de Moisés no era nuevo ni interfería con el pacto de gracia, sino que tenía una doble finalidad: 1) Primero, incrementar la conciencia del pecado, Rom. 5:20; no para invalidar la promesa, Gal. 3:17, sino para mostrar la tremenda maldad del pecado a fin de convencer a la nación y a todas las naciones de la absoluta incapacidad del hombre para afrontar su propia naturaleza pecaminosa. 2) Segundo, como leemos en Gal. 3:24, actuar como una especie de maestro, como un entrenador, que nos muestra la necesidad que hay de Cristo y la completa dependencia de Él. La Ley nunca fue dada como un medio de salvación por sí misma, aunque sea éste el modo de entender de algunos y aunque sea esta la tendencia errónea en la que caen algunos cristianos.

Después de Moisés Dios anuncia un nuevo pacto, Jer. 31:31-34, que no es nuevo por ser distinto, sino por ser definitivo. Y esto nos lleva a la nueva dispensación, a la forma en que Dios ha revelado y perfeccionado, ratificado y cumplido Su pacto en Su propio Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Hay un único pacto de gracia y hay un único gran mensaje fundamental que se encuentra en toda la Biblia: una misma promesa, un mismo Redentor, una misma condición y una misma y completa salvación. Por eso no se puede despreciar el Antiguo Testamento, pues en él tenemos las sombras y el anticipo de lo recogido en el Nuevo. El Evangelio no comienza en Mat. 1:1, sino en Gen. 3:15, no lo olvidemos, y es nuestro deber y privilegio, buscar este Evangelio y regocijarnos en él allí donde lo encontremos. ¡Que Dios nos ayude en esa tarea, para Su gloria y bendición nuestra!

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