CAD-IBVH, Estudio

El Pacto de la Gracia en el Nuevo Testamento

En relación con nuestro tema de hoy podemos comenzar leyendo Heb. 1:1-3. Dios ha hablado muchas veces, y hemos visto hasta ahora cómo reveló Su pacto de gracia en el Antiguo Testamento. Comenzó en Génesis 3:15, continuó con Abrahám en Génesis 17, y aunque hizo otros pactos complementarios con la nación de Israel, todos eran un mismo y único pacto. Ahora vamos a detenernos en el nuevo pacto, en el que aparece en el Nuevo Testamento, el cual no es nuevo por ser diferente, sino que lo llamamos así porque hay una nueva administración o dispensación del mismo, una nueva forma de mostrarlo. El pacto de gracia sigue siendo algo que procede de Dios y que Dios nos da con el propósito de redimirnos y traernos de nuevo a Su conocimiento, ya que por el pecado y la Caída hemos perdido dicho conocimiento y nos hemos apartado de Él. Y al considerar esta nueva dispensación o economía, vamos a ver cómo todo ha sido hecho en nuestro Señor y Salvador Jesucristo y por medio de Él.

Y lo primero que debemos hacer es dejar claro que estamos tratando con el mismo pacto. 1) El pacto de gracia es único: y para confirmar esto debemos considerar las siguientes pruebas:

A) La promesa hecha a Abrahám en Gen. 17:7-8: “seré el Dios de ellos”, seré vuestro Dios, se menciona varias veces en el N.T., 2a Cor. 6:16; Heb. 8:6-7, 10, 13. Es la misma y única promesa, y como vimos anteriormente, es la bendición más grande para cualquier persona; poder decir “mi Dios”. Esto quiere decir que de entre los seres racionales, Dios ha escogido al hombre para que sea el objeto de Su especial favor, y de entre los hombres, Él ha escogido a algunos para derramar en ellos Su gracia y revelarles Su gloria, y son éstos los que pueden decir “mi Dios”.

B) La segunda prueba que encontramos hace referencia al tipo y la clase de bendición que se promete. Es una bendición espiritual y, por ejemplo, en el Salmo 51, vemos que David ora por ella, Sal. 51:10, 12; comparar con Heb. 8:10. Veremos más adelante que hay una diferencia, pero son las bendiciones espirituales las que se prometen en el pacto tanto en el A.T. como en el N.T. Por eso es erróneo pensar que las experiencias espirituales de los santos en el Antiguo Testamento eran de una clase inferior a las que tenemos los cristianos en el día de hoy; muchos de ellos estaban espiritualmente muy por encima de lo que estamos nosotros.

C) La tercera prueba es que la Biblia enseña claramente que hay un único Evangelio. Está en el A.T. tanto como en el N.T. aunque en aquél se muestre con tipos y sombras, tal como comprobamos con las ofrendas descritas en el libro de Levítico, con el Tabernáculo y todos sus muebles, y con los escritos en los grandes pasajes de Isaías y Jeremías. También podemos leer Gal. 1:6-9; 3:8-9.

D) La cuarta prueba es que hay un número de afirmaciones que nos dicen que los santos del

A.T. están ahora en el Reino de Dios tal como lo estaremos nosotros: Luc. 13:23-29; 16:23; Rom. 11:16-18, 24. Leemos que los gentiles han sido puestos en el mismo árbol; no es un árbol nuevo, sino el antiguo en el que unas ramas se retiran y se ponen otras. Podemos leerlo también en Gal. 3:14, 29; Efe. 2:11-13, 19; 3:5-6. Pablo siempre decía que el mensaje que se le había dado era que los gentiles son coherederos con los judíos elegidos de la nación de Israel. También podemos leer Heb. 6:11-13, 18; 11:39-40. Seremos hechos perfectos juntos, pues hay una perfecta unidad entre los santos de ambas dispensaciones.

E) La quinta prueba es que en toda la Biblia se indica una única forma de obtener la salvación y las bendiciones, y esa forma es mediante la fe. Así lo leemos en Hab. 2:1-4 que luego repite Pablo en Rom. 1:16-17. Es el gran tema del capítulo 11 de la carta a los Hebreos, y aunque podíamos citar muchos pasajes, es suficiente con Rom. 4:13-25. Está claro que recibimos la justificación por la fe, exactamente del mismo modo que la recibió Abrahám. La justificación de los pecadores mediante las obras es una contradicción, pues los que son pecadores están bajo condenación por sus mismas obras.

F) La última prueba es que la Biblia deja claro que hay un solo Mediador en ambas dispensaciones, el mismo Señor Jesucristo, Apo. 13:8; 17:8; Hec. 4:12; 1a Tim. 2:5-6. Todo comenzó con la promesa hecha acerca de la simiente de la mujer, la cual es Jesucristo, Gal. 3:15-18. Él es el Mediador en todos los tipos y sacrificios del Antiguo Testamento, todos señalan hacia Él, y todas las profecías también. Así lo indica con sus propias palabras en Juan 5:39, 46; 8:56. También podemos leer Hec. 10:43; Rom. 3:24-26; Heb. 9:15. El argumento es que sólo Cristo puede explicar lo que se hacía en la antigua dispensación, y que aquellos que estaban bajo el primer pacto sólo pueden recibir las promesas por medio de Él, que es el Mediador del nuevo pacto. En este sentido, también es la garantía, pues Él garantiza el cumplimiento de todas las promesas y condiciones, Heb. 7:22.

Aquel que fue predicho como la simiente de la mujer, como la simiente de Abrahám, el Hijo de David, el Renuevo, el Siervo de Jehová, el Príncipe de paz, no es otro más que el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, Luc. 24:25-27; 44-47.

Todo lo anterior es suficiente para mostrar que hay un único pacto de gracia que es el mismo tanto en el A.T. como en el N.T. Ahora bien, aunque el pacto es único, han de considerarse las diferencias entre las dos dispensaciones.

2) Diferencias entre ambas dispensaciones: Veamos también varios apartados que las muestran:

A) Lo primero que debemos recalcar es la superioridad de la nueva dispensación con respecto a la antigua. El antiguo pacto fue establecido a través de siervos, mientras que el nuevo lo ha sido a través del propio Hijo de Dios, Heb. 3:1-6.

B) Lo segundo es que la verdad en la antigua dispensación estaba en parte revelada y en parte escondida en tipos y sombras. Pero en la nueva está revelada claramente con Jesucristo y con la obra del Espíritu Santo, Juan 1:17-18. En el N.T. se habla varias veces de que el misterio velado en la antigüedad ha sido ahora manifestado, Rom. 16:25-27, Efe. 3:1-6, 1a Tim. 3:16.

C) En tercer lugar, en la nueva dispensación no sólo hay una revelación más clara, sino que ésta se ha incrementado a través de la Encarnación del Señor Jesucristo y de la obra del Espíritu Santo, Heb. 1:1-3. La revelación es ahora completa y definitiva. Está toda en Él, como leemos en Col. 2:3, 9.

D) Una cuarta diferencia es que bajo la antigua dispensación la revelación estaba en una forma principalmente carnal y material, mientras que ahora es completamente espiritual, Heb. 9:1, 9-12.

E) En quinto lugar, como hemos dicho, la antigua dispensación estaba restringida a un pueblo, pero ahora ya no es así, Efe. 2:11-22. El pacto de gracia es para todas las naciones, en todas partes.

F) También podemos indicar que la antigua dispensación era preparatoria, mientras que la nueva es definitiva. Todo el propósito de la carta a los Hebreos es, precisamente, mostrar esta diferencia. Ahora ya no se puede añadir nada más, ya no se necesita nada más, porque todo está en Él.

G) Y en séptimo y último lugar, podemos indicar que bajo esta nueva economía se ha derramado el Espíritu Santo. En la antigua dispensación no sucedió esto, y solamente el Espíritu descendió sobre personas específicas para capacitarles en el desempeño de ciertas tareas, Jue. 15:14- 15; 1o Sam. 19:23-24. Sin duda estaba el Espíritu Santo, pero no fue derramado en la forma en que lo fue en Pentecostés. Y el resultado de esto es que la bendición es mayor: hay un mayor conocimiento, una mayor comprensión, y un mayor deleite en las bendiciones. Abrahám vio estas cosas de lejos, Heb. 11:13, pero aún así se regocijó en ellas, Juan 8:56. Nosotros, en cambio, no vemos de lejos, sino en la claridad y la totalidad del día, y, por tanto, nuestra felicidad y gozo deben ser mayores.

En definitiva, podemos decir que la diferencia entre ambas dispensaciones es la que existe entre un niño y una persona madura. Un hijo es hijo tanto con un año de edad como con cuarenta. La relación es la misma, pero el hijo crece y se desarrolla y conoce mejor al padre, de modo que hay una relación mayor y un mayor grado de comprensión que antes. Esta es la diferencia, Heb. 11:39-40.

En resumen: hay un único pacto de gracia, y todo él gira por completo alrededor del Señor Jesucristo. El antiguo señala hacia Él; el nuevo Lo revela y nos Lo muestra claramente. En realidad, la Biblia es un solo libro, pues aunque fuera escrita por diferentes hombres, en diferentes tiempos y en diferentes lugares, tiene un único mensaje, un único tema, habla sobre una sola persona. Por eso a los antiguos cristianos se les llamaba las personas “del Libro”.

Y todo esto nos lleva a una última consideración.

3) El pacto eterno de redención: Y es que hay un único pacto de gracia porque, tal como se indicó brevemente en el tema anterior, hay un único pacto que fue hecho originalmente entre el Padre y el Hijo. Son dos pactos distintos pero íntimamente relacionados, de modo que el anterior, el pacto de gracia, se basa en este último, el pacto de redención. Del primero Cristo es Mediador; del segundo es una de las partes concertantes. El hombre, habiendo caído, no podía hacer un pacto con Dios, de modo que Dios lo hizo con su propio Hijo para que luego las personas entrásemos en dicho pacto.

En este pacto, cada parte tenía algo que hacer. El Padre promete, entre otras cosas, preparar un cuerpo para el Hijo, Heb. 10:5, darle el Espíritu sin medida, Juan 3:34, estar a Su lado aún en las horas más oscuras, Juan 16:32, aplastar a Satanás bajo Sus pies, Gen. 3:15, librarle de la muerte y exaltarlo a Su diestra dándole toda potestad, Sal. 16:8-10; 89:3-4; 110:1; Hec. 2:22-36, entregarle un pueblo, Heb. 2:13, en el que habría gente de todas las naciones, Juan 10:14-16, para que Él lo guarde y ninguno se pierda, Juan 6:39-40; 17:12, y manifestar por medio de Él y de la Iglesia las perfecciones divinas a todos los seres por toda la eternidad, Efe. 3:10-11. El Hijo vería así el trabajo de Su alma y quedaría satisfecho, Isa. 53:11.

El Hijo, por su parte, se hizo nuestro Representante, nuestro Mediador, nuestra certeza, nuestro Garante. Y entre las cosas que acordó con el Padre que iba a hacer podemos citar las siguientes:

A) Primero, acordó guardar, honrar y cumplir el pacto de obras que había sido quebrantado por Adán en el huerto del Edén, cumplir toda la Ley, Mat. 5:17. Para eso había de nacer bajo la ley, Gal. 4:4-5.

B) Segundo, acordó también enfrentarse a los resultados de la Caída, del pecado y de la contaminación del hombre, pues no podíamos reconciliarnos con Dios hasta que eso hubiera sido hecho, 2a Cor. 5:18-19, 21.

C) Tercero, acordó llevar a cabo en nuestro lugar todos los deberes contraídos en el pacto. Dios prometió cosas con la condición de que ciertas obligaciones se cumplieran, y el Hijo acordó cumplirlas para que este pacto fuera posible. Él es nuestra garantía, y entre estas cosas podemos citar las siguientes:

El Hijo debía convertirse en el segundo hombre, el segundo Adán, y es así como se le llama en 1a Cor. 15:45, 47. El Hijo debía tomar nuestro lugar y nuestra naturaleza, Gal. 4:4-5, y debía presentarnos sin mancha en la presencia de Dios, Judas 24. Por eso era necesaria la encarnación, el nacer de mujer, y no una teofanía como había sucedido en repetidas ocasiones. Había de ser hecho en todo, menos en el pecado, semejante a sus hermanos, para poder tener compasión con los que somos tentados y estamos llenos de debilidades, Heb. 2:14-18; 4:15. Y, finalmente, el Hijo debería hacerse cargo de todas nuestras obligaciones. Nosotros no podíamos, y Él tiene que hacerse cargo de todas las cosas que Dios demanda de nosotros, llevar nuestros pecados y hacerse maldición por nosotros, Gal. 3:13-14, ofreciéndose a Sí mismo como sacrificio, o propiciación a Dios en expiación por los pecados, Rom. 3:23-26.

Por tanto, el pacto de gracia nos lleva a Cristo y señala hacia Él desde todas las direcciones, de manera que a partir del próximo estudio comenzaremos a considerar la doctrina bíblica de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Pero debemos fijarnos en el modo en que lo hemos hecho: llegamos a Cristo comprendiendo que Él es la verdad final del gran pacto de gracia que Dios prometió desde el huerto del Edén, y comprendiendo la importancia del estudio del Antiguo Testamento, pues es allí donde tenemos todos los tipos y las sombras que señalan hacia Cristo. No es bueno comenzar con la redención, la salvación, y la persona de Cristo, sin haber considerado antes las doctrinas acerca de la inspiración de la Escritura, la propia persona de Dios, Sus Decretos y Providencia, la creación del universo y del hombre en justicia y santidad, el pecado y la Caída, la contaminación y la culpa, y el plan de salvación de Dios ideado y diseñado desde la eternidad como un acuerdo entre el Padre y el Hijo. Es así como hemos procedido, poniendo los cimientos hasta llegar a Cristo.

Y a Él, “al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.”, Judas 25.

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El Pacto de la Gracia en el Antiguo Testamento

Hemos estado considerando algunos aspectos generales del plan de Dios en relación con la salvación de las personas, (plan eterno, por gracia, en el seno de la Trinidad, definido, con seguro cumplimiento, que abarca a todas las cosas, que se centra en el Señor Jesucristo, y revelado en pactos) y ahora hemos de entrar en temas más concretos. Dios, en su infinita gracia, amor y misericordia, miró al hombre con compasión y le informó de Su gran plan de salvación, y a esta revelación se le conoce normalmente como pacto de salvación o pacto de gracia. Es decir, Dios ha manifestado Su propósito de salvar al hombre de la culpa y de la contaminación que resultaron tras la caída en pecado.

Ya hemos hablado del pacto de obras o pacto de vida que Dios hizo con Adán, y comentamos que se le llamaba “pacto” porque implicaba una promesa de parte de Dios y un compromiso de cumplir lo que había dicho. Y dijimos que Dios no estaba obligado a comprometerse, que era libre para no hacerlo, pero que una vez que lo hace, una vez que establece el pacto, Su honor depende de que cumpla con Su parte. Y también vimos cómo el hombre falló y cómo, desde entonces, ese pacto de obras ha sido eliminado pues no tiene sentido repetir una experiencia con un hombre caído cuando el propio Adán falló.

¿Y qué es un pacto? Se puede definir como un trato, un acuerdo, una alianza entre dos partes, que se confirma con alguna ceremonia, con algún juramento, o con algún escrito donde quedan reflejadas las condiciones de dicho trato. Este tipo de pacto es normal entre personas y entre países. Pero cuando hablamos de Dios y del hombre esta idea sufre algún cambio, pues no hay dos partes iguales, sino que es Dios quien “da”, como si dijéramos, Su pacto al hombre. Por eso también esta palabra se traduce en algunos casos como “testamento”, es indistinto, (el único sitio la Biblia donde la traducción válida es “testamento” y no “pacto” se encuentra en Heb. 9:16-17, donde se habla de una persona moribunda) y hemos de tener presente que el hombre no es parte en cuanto que “hace” el trato, sino en cuanto que lo recibe de manos de Dios. Así pues, porque procede de Dios, cualquier pacto es un don de Dios, es parte de Su gracia, (aún el pacto de obras es de gracia porque procede de Dios), y es inviolable e inquebrantable por parte de Dios. Es como si Dios se acercara al hombre y le dijera: “Quiero hacer un trato contigo”, y esta es la forma en que vemos Su amor y Su gracia.

Y puesto que Adán falló y no tiene sentido que Dios estableciera otro pacto de obras, desde entonces, los otros pactos que Dios ha hecho con el hombre son todos “pactos de gracia”, y lo son en un doble sentido: por ser pactos, y por ser solo de gracia. Y si esto lo entendemos podemos ver con claridad el error de tantos hoy día que piensan presentarse ante Dios porque hacen buenas obras. Si Adán en su perfección no pudo mantenerse firme, ¿cómo podrá hacerlo ahora cualquier persona, con su naturaleza apartada de Dios, controlada por sus deseos carnales, incitada por el mundo y por Satanás, y sin fuerzas ni deseos para agradar a Dios? Desde Adán, las obras ya no pueden salvar a nadie, y desde entonces, Dios se acerca al hombre con Su gracia.

 

Y en este nuevo pacto también Dios ha puesto una condición y ha dado unas promesas. La condición, lo que pide del hombre, es la fe. Sólo se pueden recibir y disfrutar las promesas de Dios si se tiene fe, y Dios ha ido aún más lejos indicándonos que Él va a hacer algo para que eso sea posible, para que el hombre tenga fe, y para que así podamos tener esas bendiciones y beneficios. Por tanto, es gracia sobre gracia; gracia porque es Su pacto, y gracia porque lo es de gracia.

En cuanto a las promesas, podemos indicar que hay una central y fundamental, que se puede expresar así: Dios ha prometido ser Dios para el hombre, esta es la promesa: “seré vuestro Dios”, Heb. 8:10. Dios había sido el Dios de Adán, pero Adán cayó, se hizo esclavo de Satanás y rompió su relación con Dios. Y lo extraordinario y sorprendente es que Dios se vuelva de nuevo hacia el hombre con un pacto de gracia, asegurando que tiene un camino para esa relación y para volver a ser Dios para el hombre, Exo. 6:6-7. Esta es la gran promesa que se repite una y otra vez en todas las Escrituras: Jer. 31:33; 32:38-40; Eze. 34:23-25; 36:25-28; 37:26-27; 2a Cor. 6:16-18; Heb. 8:10; Apo. 21:3. La promesa es, pues, que lo que fue quebrantado por el pecado será restaurado, y la bendición de bendiciones es poder decir que Dios es mi Dios. Toda la salvación está incluida en esto y no hemos de olvidarlo, pues a veces pensamos en ella en otros aspectos y dejamos lo fundamental, la mayor bendición: Dios ha prometido ser nuestro Dios, lo cual incluye todo bien concebible y posible.

Pero el pacto también incluye otras cosas. Dios ha prometido bendiciones tanto temporales como espirituales. Dios ha prometido un camino de justificación, pues no puedo decir “mi Dios” a menos que yo esté justificado, que mis pecados hayan sido perdonados y eliminados, y que haya sido adoptado y hecho hijo de Dios. También se incluye la promesa de vida eterna, la entrega del Espíritu Santo, la santificación, y la glorificación última. Todo eso está incluido en el pacto de gracia, y por eso, no puede existir una persona que sea cristiana y que no crezca espiritualmente, pues en el pacto de Dios va esta promesa junto a las otras.

Por tanto, podemos decir que el pacto de gracia es el acuerdo entre Dios y Su pueblo, por el cual Dios lleva a cabo Su propósito y decreto eterno de redención prometiendo Su amistad. La promesa es completa y la salvación gratuita para Su pueblo sobre la base del sacrificio del Señor Jesucristo, el cual es el Mediador del pacto, y mediante la fe en dicho sacrificio. Y según hemos indicado, a partir de Adán, podemos decir que hay un único pacto, pues Dios se acerca siempre al hombre en Su gracia. Dios no ha cambiado; lo que ha hecho es ir revelando poco a poco ese pacto hasta llegar al Señor Jesucristo.

Y podemos decir también que, en realidad, el único pacto fue entre el Padre y el Hijo. Por eso se le llama también “pacto eterno”, Heb. 13:20, o “pacto de redención”, distinguiéndolo del posterior “pacto de gracia” entre Dios y Su pueblo. El hombre caído ya no estaba en posición de hacer un trato con Dios, de modo que Dios el Padre lo hace con Dios el Hijo y nosotros entramos en ese pacto solo por gracia. Así hemos de entender toda nuestra salvación, pues es el Hijo quien se hace voluntariamente nuestro Representante, nuestro Mediador, nuestro Garante, nuestra Certeza, etc. Es el Hijo en ese pacto quien acuerda guardar y cumplir las obras de la Ley que Adán no pudo, quien acuerda enfrentarse a los resultados de la caída, del pecado y de la contaminación del hombre; quien se convierte en el segundo hombre, quien toma nuestra naturaleza, quien toma también nuestro lugar, y quien acepta cumplir con nuestras obligaciones y con las cosas que Dios pide de nosotros.

Es la obra del Hijo la que garantiza toda mi vida cristiana, de principio a fin: mi llamado, mi nueva naturaleza, mi justificación, mi adopción, mi santificación, mi glorificación, etc. No hay nada que proceda de mí. Y todo eso lo sella con Su propia sangre y nos lo da a nosotros por medio de la fe, la cual, según estamos diciendo, tampoco procede ni puede proceder de nosotros.

Ahora vamos a ver cómo ha ido desarrollándose ese único pacto de gracia a lo largo del tiempo. Y lo que encontramos en la Biblia es que Dios lo ha administrado en dos maneras distintas, que hay dos dispensaciones: una es la que se describe en el Antiguo Testamento y otra la que tenemos en el Nuevo; pero repito que hay un único y solo pacto de gracia. Pero antes de ello conviene, a modo de paréntesis, decir algo acerca del “dispensacionalismo”.

En sentido teológico, esta teoría, expuesta por J.N. Darby y desarrollada en la Biblia de Scofield, indica que Dios se ha acercado al hombre a lo largo de la historia en distintas maneras de acuerdo con Su plan de salvación. Se distinguen, según sus defensores, siete dispensaciones o periodos de tiempo en las que Dios ha puesto a prueba, (o pondrá) al ser humano, con el resultado de que en todas ellas el hombre demuestra ser un rebelde por la perversidad de su corazón. Estas dispensaciones han recibido los siguientes nombres: A) La de la inocencia, antes de la Caída; B) La de la conciencia, desde la Caída hasta el diluvio; C) La del gobierno humano, desde el diluvio hasta Abrahám; D) La de la promesa, desde Abrahám hasta Moisés; E) La de la Ley, desde Moisés hasta el día de Pentecostés; F) La de la gracia o de la Iglesia, desde Pentecostés hasta el arrebatamiento, (el cual se da por cierto); y G) La vigente durante el reino milenario, (el cual también se da por cierto). Estas dispensaciones, al contrario de los pactos, aún siendo distintas, se solapan entre sí, es decir, continúan a través de otras dispensaciones.

Este modo de pensar introduce también la idea de que Dios ha hecho seis pactos distintos (al menos cinco, según algunos) con el hombre, (no consideran el pacto de obras). Son los siguientes:

A) Pacto Noético (noéico), concertado con Noé, Gen. 6:17, formalizado luego, 8:20; 9:17, con promesas incondicionales para Noé y toda su descendencia, 8:21-22, y sellado, 9:12-17.

B) Pacto Abrahámico, implícitamente anunciado en Gen. 12:1-3, formalizado en el capítulo 15, ratificado en 22:15-18, y cuya señal es la circuncisión, capítulo 17. Dios hace aquí promesas grandes y de largo alcance en el tiempo.

C) Pacto Sinaítico, mucho más complejo, pues toma la forma de acuerdo entre soberano y vasallos, con la diferencia de que los pactos humanos de esta clase están basados en el poder del soberano, mientras que éste se basa en el amor de Dios hacia Su pueblo. Es anunciado en Exo. 19, pero sus cláusulas se hallan en Exo. 20 y ss, y Deu. 5 y ss.

D) Pacto Palestino, que aparece en Deu. 29 y 30. Algunos lo consideran no como un nuevo pacto, sino como una continuación del sinaítico anterior. Es condicional en parte, Deu. 28:9 y ss, e incondicional en sus aspectos escatológicos, Deu. 30:1-10; comp con Isa. 66:19-20.

E) Pacto Davídico, que tiene que ver específicamente con el Reino, el Rey y el trono de la casa de Israel. También es incondicional en parte, en cuanto al mantenimiento de la dinastía, 2o Sam. 7:14- 16, y condicional respecto al rey individual y concreto, 2o Sam. 7:14.

F) Nuevo pacto en Jesucristo, con mejores promesas, mejor sacrificio, y sellado por Su sangre.

De todos modos, nosotros consideramos que, en relación con el plan de salvación de Dios, hubo un pacto de obras, y a partir de él hay un único pacto de gracia manifestado y revelado poco a poco hasta llegar a su plenitud en Jesucristo. Y en lo que concierne al A.T. podemos indicar varias etapas:

A) En primer lugar, hemos de remontarnos a Gen. 3:15, lo cual ha sido llamado “protoevangelio”. En otras palabras, tenemos aquí un anuncio de todo el Evangelio, con lo cual deberíamos dividir la Biblia en dos partes: la que va desde Génesis 1:1 hasta Génesis 3:14, y la que nos llevaría desde Génesis 3:15 hasta el final. Al principio tenemos el relato de la creación, el pacto de obras y la Caída; y a partir de Génesis 3:15 tenemos el Evangelio, el pacto de gracia, el camino de la salvación, y ese es el tema de todo el resto de la Biblia.

Aquí vemos que Dios habla de poner enemistad entre la serpiente y la mujer y su simiente. Hasta ahora no había existido dicha enemistad; la serpiente había engañado a Eva y la mujer estaba ahora bajo el dominio del diablo, era su amiga, y si Dios no hubiera hecho algo ese habría sido el final de la historia. Así que ahí comienza el primer anuncio de la salvación, pues el hombre no se puede salvar mientras sea amigo del diablo y enemigo de Dios. Debe ser un amigo de Dios, y lo primero que necesita es convertirse en enemigo del diablo.

La segunda cosa implicada es que Dios iba a dar al hombre poder y gracia para luchar contra el diablo. El hombre ya había sido vencido y era su esclavo, y necesitaba ayuda y fuerza, de modo que Dios prometió estar a su lado en esa lucha contra el enemigo. También Dios aplicó la promesa a la simiente, es decir, no fue una promesa dada sólo para el Edén, sino que proseguiría hasta que hubiera conseguido su propósito fundamental. La tercera cosa que observamos es que a partir de aquí el género humano se dividió en dos partes: los que pertenecen a Dios y los que son la simiente del diablo, y hay una lucha entre ambas. Y, finalmente, Dios da también la promesa de la certeza del triunfo. La serpiente sería herida, su cabeza sería destruida, viéndose allí una primera imagen del Calvario, pues la simiente de la mujer no es otra que el propio Señor Jesucristo.

Éste fue el primer anuncio del pacto, y aunque Dios no lo llamo así, era efectivamente un pacto que luego el mismo Dios haría más explícito.

B) A continuación vemos que Dios hace un pacto con Noé, Gen. 9:9-13 tras el diluvio. Dios prometió que nunca volvería a destruir la tierra, que habría una sucesión de las estaciones y que se dominarían las fuerzas de la naturaleza. En otras palabras, los efectos y resultados del pecado y la Caída se controlaron, se mantuvieron en equilibrio en el pacto que se hizo con Noé. De igual modo los poderes del diablo se restringieron, y no se permitió que el hombre fuese tan violento como había sido antes. Y todo se confirmó y selló con la señal del arco iris entre las nubes. Pero éste no fue un nuevo pacto de gracia, sino el mismo de Génesis 3:15 en el que se introdujeron algunos mandamientos y promesas nuevas. En realidad el pacto con Noé no era un pacto de redención, sino una legislación temporal, que a veces se llama “gracia común” para todas las personas, que se distingue de la “gracia especial” que asegura nuestra salvación espiritual.

C) En tercer lugar leemos el pacto que Dios hizo con Abrahám, Gen. 17: 1-7, 10, en el cual afirma claramente Su propósito de redención, “para ser tu Dios y el de tu descendencia después de ti”. Aquí tenemos ya por primera vez el comienzo de una especie de Iglesia. Hay ya una separación entre el pueblo que pertenece a Dios y aquellos que pertenecen al mundo. Dios eligió por primera vez a un hombre y con él a una familia para tener Su pueblo especial. Y vemos también cómo se subraya la fe de Abrahám en su respuesta, vv. 22-23. Además está también la gran promesa de la simiente espiritual, que todas las naciones del mundo serían bendecidas en él.

Como sabemos esto se desarrolla en el capítulo cuatro de Romanos y también en el capítulo tres de Gálatas. Aquí podemos ver que, en Su pacto con Abrahám, Dios le estaba justificando, Rom. 4:22-25, (Gen. 15:6): justificado en un sentido espiritual, justificado del pecado, perdonado y adoptado en la familia de Dios, etc. Es la misma promesa de Génesis 3:15, pero más explicada.

D) Y luego pasamos al pacto del Sinaí, al pacto hecho con Moisés, Exo. 19:5-6. Aquí ha de hacerse hincapié especialmente en el hecho de que el pacto era un pacto nacional, de modo que pertenecer a la nación era como pertenecer a la Iglesia, y ser expulsado de la nación era ser expulsado de la Iglesia. Desde luego que en el monte Sinaí se hizo entrega de la Ley, pero esto no significaba que Dios estuviese restableciendo un nuevo pacto de obras. Ya hemos hablado de la imposibilidad de esto.

La entrega de la Ley no significó una vuelta al pacto de obras, aunque los hijos de Israel cometieron el terrible error de pensar que fue así, Gal. 3:19-25. No era esa la intención de Dios ni era el significado de la Ley: la Ley fue entregada a fin de regular la vida de la nación en ciertos aspectos, también por otros motivos que tenían que ver con el propio sacrificio del Señor Jesucristo, y para llevarnos a Él.

En el Sinaí Dios dio a Moisés la Ley moral, la Ley civil, y también la Ley ceremonial, con todos los sacrificios y cultos en conexión con el Tabernáculo, de modo que el Evangelio, el pacto de gracia, se predicaba ahora en símbolos y tipos. Éstos tenían el propósito de mostrar las exigencias de Dios a los hombres, Su Santidad, pero también la gran promesa hecha por Dios de perdón y salvación, Su Justicia. Y todo esto no suponía el nacimiento de un nuevo pacto, sino la confirmación del que ya se apuntó en el huerto de Edén, como leemos en Rom. 4:13, Gal. 3:17.

Algunos han argumentado lo que aparece en Gal. 4:21-24 como indicando la existencia de dos pactos, pero no es así. El propósito del apóstol aquí es diferenciar entre el Israel natural y el Israel espiritual, era dar a entender el error de los judíos que creían ser de la simiente de Abrahám únicamente por pertenecer a Israel de la carne. Después de todo Abraham tuvo a Ismael, e Isaac a Esaú, y todos fueron circuncidados, pero no todos eran hijos de la fe ni de la promesa, como el mismo Dios ya anunció a Abraham en Gen. 17:19-21.

Así que el pacto hecho a través de Moisés no era nuevo ni interfería con el pacto de gracia, sino que tenía una doble finalidad: 1) Primero, incrementar la conciencia del pecado, Rom. 5:20; no para invalidar la promesa, Gal. 3:17, sino para mostrar la tremenda maldad del pecado a fin de convencer a la nación y a todas las naciones de la absoluta incapacidad del hombre para afrontar su propia naturaleza pecaminosa. 2) Segundo, como leemos en Gal. 3:24, actuar como una especie de maestro, como un entrenador, que nos muestra la necesidad que hay de Cristo y la completa dependencia de Él. La Ley nunca fue dada como un medio de salvación por sí misma, aunque sea éste el modo de entender de algunos y aunque sea esta la tendencia errónea en la que caen algunos cristianos.

Después de Moisés Dios anuncia un nuevo pacto, Jer. 31:31-34, que no es nuevo por ser distinto, sino por ser definitivo. Y esto nos lleva a la nueva dispensación, a la forma en que Dios ha revelado y perfeccionado, ratificado y cumplido Su pacto en Su propio Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Hay un único pacto de gracia y hay un único gran mensaje fundamental que se encuentra en toda la Biblia: una misma promesa, un mismo Redentor, una misma condición y una misma y completa salvación. Por eso no se puede despreciar el Antiguo Testamento, pues en él tenemos las sombras y el anticipo de lo recogido en el Nuevo. El Evangelio no comienza en Mat. 1:1, sino en Gen. 3:15, no lo olvidemos, y es nuestro deber y privilegio, buscar este Evangelio y regocijarnos en él allí donde lo encontremos. ¡Que Dios nos ayude en esa tarea, para Su gloria y bendición nuestra!

CAD-IBVH, Estudio, Fe

El plan de Dios para la Salvación

En el estudio realizado hasta ahora hemos estado considerando los principales aspectos de la propia Escritura como Palabra inspirada de Dios, los atributos del ser de Dios y Su propia naturaleza tal como se nos revela en aquélla, Sus decretos y providencia, la creación de los seres invisibles y visibles, para terminar con la propia creación del hombre, su caída, y las consecuencias derivadas de la misma no sólo para los primeros padres sino para toda su descendencia. Y puesto que hemos hablado de la culpa del pecado y de la contaminación del mismo que acarrea una depravación total y una incapacidad total del hombre para hacer las cosas que son agradables ante Dios, habremos de comenzar ahora a pensar en la salvación que el hombre necesita para salir de su actual condición.

Y al hacer esto nos encontramos con una multitud de ideas y pensamientos que se han ido desarrollando a lo largo de la historia del cristianismo, ideas que han ido elaborándose y entretejiéndose unas con otras, de modo que la situación actual es de una gran confusión en este tema del plan de la salvación. Hay creencias de todo tipo, mezclas de todo tipo, sistemas que hacen agua por muchas de sus partes, y lo que es peor, multitud de cristianos que en realidad no saben ni lo que creen. Por eso es necesario realizar a modo de introducción un breve repaso y descripción de las principales corrientes de pensamiento. Y para ello vamos a seguir el orden que queda reflejado en el cuadro que os he indicado, el cual debemos tener siempre presente para no perdernos en el razonamiento.

En primer lugar habremos de comenzar recordando que Dios tiene un plan, un orden en Sus Decretos, y que dentro de ese plan está incluida también la salvación del hombre. Este plan es admitido tanto por los deístas como por los teístas. Los primeros argumentan que Dios creó el universo y habiendo puesto en él un orden o una ley, lo dejó de lado. Así pues, hay un plan, nada es imprevisto o está sujeto al azar, pero esta forma de pensar implica una concepción mecánica del universo. Es como si hacemos un reloj y lo dejamos marcar los segundos, las horas y los días; el reloj no seguirá su propio camino, sino el nuestro que le hemos arreglado. Esta concepción, repito, nos libera de la suerte o del azar, pero lo hace para meternos en el engranaje de una máquina. No es, por tanto, la concepción más grande, pero aunque parezca extraño hay cristianos que apoyan esta idea cuando se habla de algunas cuestiones particulares de la salvación, como si en ellas Dios actuara de forma irresponsable. Por el contrario, el teísmo nos libera aún de esta ley y nos coloca en las manos de un Dios personal que tiene un plan fundamental para todo lo que hace y, por lo tanto, también para la salvación. Pero es aquí donde las opiniones se multiplican, aún dejando de lado las que no son cristianas. Dentro de las Iglesias se han trazado líneas de división, se ha levantado grupos contra grupos, y se han desarrollado diferentes tipos de creencias que, en algunos de los casos, sólo tienen en común la denominación de cristianas. Vamos pues a describir las principales características de cada una con el fin de saber qué dice la Biblia en este tema.                    

En el cuadro anterior, que ahora vamos a explicar, se han intentado visualizar varias cosas. En la parte izquierda del mismo se encuentra el plan de salvación que proviene de Dios, asentado sobre un cimiento firme a modo de columna capaz de resistir todos los vientos, 1ª Tim. 3:15. Es un plan que sale de Dios, Deu. 33:27, y que está encaminado para que el mismo Dios sea glorificado, y puesto que procede de Él y a Él conduce, es un plan eterno, inmutable y perfecto.

En la parte derecha se encuentran los distintos planes que el hombre ha ido elaborando durante los siglos, todos los cuales conducen a la glorificación del propio hombre. Como puede observarse, es un gigante con pies de barro, en un equilibrio imposible de mantener e incapaz de resistir la confrontación con la propia Palabra de Dios. Además, no es un único plan, sino muchas variantes del mismo, el cual comenzó con la glorificación descarada del hombre en lo que llegaron a ser distintas herejías, para continuar con modificaciones del Plan eterno de Dios conducentes todas, en distintos grados de sutileza, al mismo fin. Es lo que se ha intentado reflejar con las flechas que apuntan hacia abajo.

Estaremos varias semanas para hablar de este tema extremadamente importante y estaremos analizando este diagrama a profundidad.

1) La primera división que separa a los que se dicen cristianos en relación al plan de salvación, es aquella que divide lo que podemos llamar los puntos de vista sobrenaturalista y naturalista. Es la división que se plantea si se piensa que Dios ha planeado la salvación de los hombres para que con más o menos trabajo ellos se salven a sí mismos, o si ha planeado Él intervenir en la salvación. La cuestión fundamental es: ¿puede el hombre salvarse a sí mismo, o lo salva Dios?

Los primeros, es decir, los sobrenaturalistas, afirman que el poder para la salvación viene de Dios, que la salvación es de Dios, Jonás 2:9; Apo. 7:10, que es Dios mismo quien salva. Los segundos, los naturalistas, afirman que el poder para la salvación viene del hombre, y que el hombre mismo es quien se salva. Esta forma de pensamiento se conoce con el nombre de Pelagianismo, y aunque fue considerada como una herejía, no es meramente un asunto de historia, de modo que de una forma u otra está siempre con nosotros. Así, están de moda, y siempre lo han estado, distintas maneras de pensar que asignan al hombre la decisiva actividad en su propia salvación, y aunque admiten que Dios ha planeado quiénes serán salvos, en el punto decisivo, de una forma u otra, ellos, los hombres, se salvan a sí mismos.

Existen también numerosos puntos de vista intermedios, pero todos son naturalistas, pues en todos es el hombre en última instancia quien decide su salvación. Entre ellos citamos el Semipelagianismo, y también algunas sectas que se llaman cristianas pero que no lo son, tal como los Unitarios. De modo resumido, indicamos las características de los mismos:

A) El Pelagianismo enseña que Adán fue creado en un estado neutro, ni santo ni pecador, con una libre voluntad para hacer el bien o el mal, y era mortal por naturaleza. Decidió pecar, pero su pecado le afectó sólo a él. Por tanto no existe pecado original hereditario, sino que cada hombre nace en la misma condición moral y espiritual que Adán. Cada hombre puede por sus propias fuerzas evitar el pecado y alcanzar la salvación eterna. El pecado que hay en el mundo se debe a la mala educación, los malos ejemplos, y la costumbre de pecar. O sea, en el fondo, todos somos buenos. Los niños pequeños necesitan ser bautizados para entrar en el Reino de los Cielos; si no se les bautiza también entran en el Cielo pero con un grado inferior de felicidad. “Yo digo”, declaró Pelagio, “que el hombre puede existir sin pecado, y es capaz de guardar los mandamientos de Dios”. No necesita pues, ninguna gracia o ayuda de Dios, ni tampoco le es dada. Fue condenado en los Sínodos de Milevi y Cartago, en el 416, y en el Concilio de Efeso en el año 431.

B) El Semipelagianismo, (también conocido como el movimiento o la doctrina de los Marselleses),  enseña el pecado original hereditario y la necesidad de la gracia de Dios para obtener la salvación. Pero esta gracia está a disposición de todos y la consigue el que se esfuerza por alcanzarla. El hombre puede desear buscar la gracia de la salvación, con la cual puede evitar todo pecado y perseverar por sí mismo hasta conseguir la salvación definitiva. Por tanto, la salvación y la condenación dependen del libre albedrío de cada hombre. Los niños pequeños que mueren van al cielo si han sido bautizados; en caso contrario, se salvan o condenan según lo que Dios había previsto que ya harían si hubiesen llegado a mayores. Fue condenado en el segundo Concilio de Orange en el 529.

C) En cuanto a los Unitarios, tienen en común el hecho de sostener que hay una sola Persona divina, que el Hijo es un simple hombre, y que el Espíritu Santo es el poder que procede de la única Persona divina. Entre ellos cabe citar a los antiguos arrianos, los monarquianos, los socinianos, y los actuales testigos de Jehová. En todos los casos, para ellos es el hombre quien decide su salvación.

Por la importancia de este tema, vamos a decir algo más acerca del mismo. En realidad sólo hay dos doctrinas fundamentales de la salvación: o la salvación viene de Dios, o la salvación depende de nosotros mismos. La primera es la doctrina del cristianismo general; la segunda es la doctrina del paganismo universal, Gen. 11:4. Todas las religiones, excepto el verdadero cristianismo, son autosotéricas (el hombre se salva por sí mismo, por sus obras se salva), y la filosofía tampoco ha hecho ningún progreso en este camino, pues aún Kant y Schopenhauer aunque reconocen el pecado natural del hombre y la necesidad de una regeneración, terminan apelando al final a la voluntad, la sabiduría, y el poder del hombre.

El verdadero cristianismo en cambio, señala que sin la gracia somos incapaces de tener, pensar, hablar, o hacer algo propio de la piedad. Por tanto, la oposición entre los dos sistemas es absoluta: por un lado todas las cosas se atribuyen al hombre; por otro, todas se adscriben a Dios. Tenemos pues las dos únicas religiones: la religión de la fe y la religión de las obras; la que hace al hombre desesperar de sí mismo y arrojar todas sus esperanzas en Dios El Salvador, y la que lleva al hombre a poner toda la confianza en sí mismo. Y puesto que el precio de la libertad es la vigilancia constante, así la Iglesia pronto encontró que la verdadera religión sólo puede ser retenida a costa de una lucha perpetua. Surgió el semipelagianismo, el semi semipelagianismo, y otros modos que durante siglos llevaron a pensar que el actor determinante de la salvación es el consentimiento de la propia voluntad humana.

Para Lutero, el Pelagianismo era la herejía de las herejías, pero no tardó mucho tiempo en que en una forma encubierta entrase en la propia Iglesia Luterana: la gracia de Dios es resistible y Dios elige a aquellos que previó que creerían. Por tanto, de un modo u otro, no hay redención a menos que el pecador coopere enérgicamente con ella, a menos que permita ser redimido. Y de este modo aún la obra del Espíritu Santo no sirve si el hombre no quiere. Todo está en nuestro poder, y el que resiste no puede ser ayudado ni aún por el Espíritu Santo.

Hoy día el pensamiento del nuevo protestantismo gira alrededor de estas ideas, reduciendo el sentido profundo de la culpa, eliminando las consecuencias del pecado, y tomando como base la parábola del hijo pródigo, la cual, evidentemente, no es todo el Evangelio. El gran mensaje de la misma es el gozo que hay en el cielo por un pecador que se arrepiente, pero evidentemente en ella no hay expiación, ni obra de Cristo, ni gracia de Dios, ni operación del Espíritu Santo, ni incluso amor del Padre, pues éste no presta ninguna atención a su hijo cuando estaba errante.

Este punto de vista de Dios alguien lo ha llamado “la concepción animal doméstica de Dios”, pues del mismo modo que se pueden tener ovejas para producir lana y vacas para producir leche, así se puede tener a Dios para dar perdón cuando el hombre lo requiera. Es el Evangelio del libre albedrío, para todo quien lo quiera, que pasa por alto que en este mundo de muerte y de pecado nadie desea ni puede desear hacer lo bueno. Las uvas no brotan de los espinos ni los higos de los abrojos, y sólo el buen árbol produce buen fruto. La raíz del problema se encuentra en nuestras voluntades; podríamos ser buenos si quisiéramos, pero no queremos; y no podemos comenzar a desearlo a menos que tengamos una nueva disposición interior.

Charles H. Spurgeon decía: “Cristo no es poderoso para salvar a los que se arrepienten, sino que puede hacer que los hombres se arrepientan. El llevará a los cielos a los que creen: pero es aún más poderoso para dar a los hombres nuevos corazones y obrar la fe en ellos. El es poderoso para hacer que el hombre que aborrece la santidad la ame, y obligar al desdeñador de Su Nombre a doblar la rodilla delante de Él. Y no es este todo el significado, pues el poder divino se ve igualmente en la obra posterior. Él es poderoso para guardar a su pueblo santo después que los ha hecho así, y para preservarlos en temor y amor, hasta que Él consume su existencia espiritual en el Cielo”.

“Si hubiera un solo punto en la vestidura celestial de nuestra justicia que nosotros mismos tuviéramos que poner, estaríamos perdidos”, dice de nuevo atinadamente.

Así pues, desdeñamos esta concepción naturalista, pues no es la enseñanza de la Biblia, y todas las Iglesias cristianas son contrarias a ella en este tema de la salvación. Todo el cristianismo es sobrenaturalista, a pesar de los muchos puntos de vista que se han introducido dentro de la membresía de las Iglesias. Todo el cristianismo señala que Dios el Señor es quien salva, y no el hombre a sí mismo; no es que algo del poder de Dios salve al hombre, ni que la mayor parte del poder ejercido para la salvación venga de Dios, sino que todo el poder para salvar al hombre viene de Dios, y que si el hombre hace algo es por efecto también de la acción divina.

Y aunque pudiera parecer que con esto el problema queda resuelto, en realidad no ha hecho más que empezar, pues dentro de los sobrenaturalistas hay muchas discrepancias en cuanto al modo por el cual el poder de Dios para la salvación es adquirido por el hombre.

2) Así pues, una segunda división que podemos señalar es aquella que separa a los sobrenaturalistas entre evangélicos o protestantes por un lado, y sacerdotalistas, por otro. La cuestión es: ¿salva Dios a los hombres por la acción directa de Su gracia en ellos, o por medio de instrumentos humanos usados para este fin? Y cómo puede intuirse, de nuevo la segunda concepción conlleva la introducción de algún tipo de pelagianismo.

La forma típica del sacerdotalismo la tenemos en la Iglesia de Roma, la cual se considera como la institución para la salvación. La Iglesia es la que salva. Aceptan los medios de gracia, pero la gracia es comunicada por y a través de lo que hace la Iglesia. Sus dos principios fundamentales son: dónde está la Iglesia está el Espíritu, y fuera de la Iglesia no hay salvación. Por contra, los evangélicos eliminan todo intermediario entre el alma y Dios, y afirman que es Dios quien opera directamente en la persona. Sus principios son: dónde está el Espíritu está la Iglesia, y fuera del cuerpo de los santos no hay salvación. Así pues, los evangélicos son anti-naturalistas y anti-sacerdotalistas.

Nos detendremos un poco para analizar el sacerdotalismo. Y lo primero que indicamos es que todas las iglesias oficiales, de uno u otro modo, participan de esta concepción: es la Iglesia, o los sacramentos, (los medios de gracia), los que dan la salvación. La salvación proviene de Dios, pero de una u otra forma son los hombres los que la administran. En realidad esta forma de pensar muestra el resto pagano que aún queda en estas distintas religiones, y la incesante reaparición de esta tendencia es evidencia incuestionable de la dificultad que hay para preservar el verdadero cristianismo. El factor humano se introduce de nuevo, y es la Iglesia la que toma posesión de la obra de Cristo.

En el caso de la Iglesia Romana, ella es una reencarnación de Cristo, y por medio de ella Cristo sigue ejerciendo los oficios de Profeta, Sacerdote y Rey. Profeta, porque la autoridad infalible y el magisterio están en la Iglesia, Mat. 23:8-10; Sacerdote, porque fuera de ella no hay salvación, Hec. 4:12, es el único intermediario, 1ª Tim. 2:5 y es la encargada de repetir el sacrificio de Cristo, Heb. 10:10-14; y Rey, porque pide una absoluta obediencia de todos sus miembros. Así pues, la Iglesia visible es la perenne encarnación de Cristo, y es a ella a quienes deben mirar los hombres para su salvación, lo cual hace caer al pecador en manos de otros hombres pecadores en vez de en la mano del Dios misericordioso, Jer. 17:5-8; Mat. 15:7-11; 1ª Tim. 4:1-3.

En este sistema los sacramentos son fundamentales: se salvan quienes guardan los sacramentos y se pierden quienes no lo hacen, siendo por tanto las causas secundarias las que determinan la salvación. Dios salva pero confía la salvación a los hombres; Él deja de estar preocupado por ello, y deja a los hombres buscar de forma natural su propia salvación. En realidad es una especie de concepción deística del plan de salvación, la cual lleva a innumerosos problemas y a la introducción de nuevos dogmas y doctrinas.

Dentro de la Iglesia de Roma, hasta hace poco tiempo había varias escuelas de pensamiento, todas ellas aceptando el sacramentalismo. Hoy día hay nuevos movimientos e ideas, de modo que, prácticamente, cada uno puede creer lo que quiera porque cualquier concepto encuentra una escuela que lo apoye. Éstas son:

A) La molinista, (principalmente jesuitas), que sostienen que la caída original no afectó a las facultades del hombre, que éste puede disponerse para la gracia, que la eficacia de la gracia depende de la cooperación humana, y que Dios salva o condena según prevé lo que cada uno va a hacer. Hoy día hay muchas corrientes dentro de los jesuitas, hasta tal punto que algunos de sus más renombrados teólogos han sido separados de la docencia por estar más cercanos a los evangélicos que a la propia Iglesia católico-romana.

B) La agustiniana, (propia de los frailes agustinos), que defienden la incapacidad natural del hombre para la salvación y la necesidad de una eficacia psicológica de atracción en la gracia. Se separan de las enseñanzas de Agustín del cual proceden.

C) La dominicana o tomista, (frailes dominicos), que hablan de la incapacidad del hombre y enseñan la eficacia física de la gracia.

D) La redentorista, que tiene una posición intermedia entre los primeros y los terceros, diciendo que a todos se da gracia suficiente para orar, y al que ora se le da gracia eficaz para salvarse. De ahí que su máxima sea: el que ora se salva; el que no ora se condena.

Como puede observarse se introducen diferencias sutiles, pero dentro de un sistema en el que la Iglesia es la depositaria de la salvación y la que no deja que Dios actúe en Su soberanía. Podemos citar hoy, en esta confusión, a la Teología de la Liberación (una sintesis de teologia Cristiana y analisis socio-economico Marxista que enfatiza la preocupación por los pobres y la liberación politica de gente oprimida; se centro en LatinoAmerica), o a las Comunidades de Base (grupos pequeños de personas que leian la Biblia y otros textos, que lograron cambiar algunas de las interpretaciónes de la Iglesia Catolica).

Este sacerdotalismo no está confinado en nuestros días a la Iglesia de Roma. Otra iglesia muy influyente es la de Inglaterra con todas sus iglesias hijas, así como la Luterana y la Ortodoxa. En todos los casos los medios principales de la gracia son los sacramentos, los cuales actúan “Ex Opere Operato”, (Latín; literalmente: “del trabajo que se realiza». Se refiere a la manera en que la gracia es conferida por la valida administración y digna recepción de un sacramento. El término fue definido en el Concilio de Trento en 1547. ) es decir, por sí mismos y sin tener en cuenta la condición del que los administra ni del que los recibe. Así, el bautismo es esencial para la salvación: por medio de él se da vida sobrenatural al alma y la persona se incorpora a Cristo, con lo cual se enseña a las personas que en vez de ir a Dios han de ir a la iglesia. En cuanto a la idea de la Cena del Señor, no todos admiten la transubstanciación y se acercan más a una cosubstanciación, aunque la creencia oficial es una y las individuales otras.

En cuanto a la Iglesia Anglicana, (separada  de Roma durante la Reforma, cuyo fundador principal fue el obispo Tomás Cranmer con el apoyo de Enrique VIII), existen hoy tres grupos diferenciados: la Iglesia Baja, formada por supuestos evangélicos de fe reformada; la Iglesia Ancha, donde el liberalismo y el modernismo han hecho presa (obispos homosexuales, por citar un ejemplo); y la Iglesia Alta, cuyas prácticas y sacramentos poco se diferencian de las de la Iglesia de Roma, (también llamados anglocatólicos). Hoy día el éxodo de anglicanos hacia Roma es constante, pues esta confesión proporciona una base más sólida que la de ellos mismos.

El actual luteranismo también participa de una forma modificada de sacerdotalismo, y aunque no habla de la Iglesia como la que salva, sí lo hace acerca de los medios de gracia, principalmente la Palabra, y ésta como Palabra hablada, menoscabando la autoridad y la fuerza salvadora de la revelación escrita. Se exaltan los medios de gracia y se olvida más o menos al Espíritu Santo que es el verdadero agente, y como los medios de gracia son administrados por los hombres, en definitiva, son éstos los exaltados.

Y en cuanto a la Iglesia ortodoxa actual, también con sus múltiples variantes, (grecorusos, coptos, caldeos, malabares, etc.) se encuentra sumergida en un sistema de ritos aún mayor que el de la propia Iglesia de Roma.

Hay tres aspectos en este sistema sacerdotal que no deben olvidarse si se quieren evaluar con exactitud los daños que ocasiona al verdadero cristianismo. En primer lugar, separa a la persona del contacto directo con Dios o de la dependencia de Dios, lo cual origina un tipo de piedad pagana. En segundo lugar, rechaza la obra soberana del Espíritu Santo que ya no opera cuando quiere, como quiere, y donde quiere; es como si la gracia de Dios estuviese guardada a la voluntad de la Iglesia para qué está haga la obra de Áquel. Y, en tercer lugar, este sistema sujeta al Espíritu Santo en sus operaciones de gracia hacia los hombres. El Espíritu Santo se hace un instrumento que la Iglesia usa. Él va a donde ellos transmiten; obra donde se Le deja obrar; Sus operaciones esperan el permiso de ellos; y aparte de su dirección y control, Él no puede obrar la salvación.

Ni que decir tiene que este sistema se parece más a la magia que al verdadero cristianismo.

Terminamos indicando de nuevo que todos los evangélicos están de acuerdo al confesar la dependencia completa del hombre pecador en la gracia de Dios solamente para la salvación, y al concebir esta dependencia como inmediata y directa del Espíritu Santo actuando en el corazón del hombre y creando una conciencia profunda de una comunión personal con Dios el Salvador. Pero siendo esto cierto, existen diferencias muy importantes que dividen a los evangélicos en cuanto a los métodos usados por Dios para traer hijos a la gloria.

Y así entramos en una tercera división.

3) Admitiendo pues, que todo el poder ejercido para la salvación viene de Dios, y que Dios obra directamente sobre el alma de las personas, podemos indicar otra distinción entre las concepciones del plan de salvación que podemos llamar “particularista y universalista”. La primera de ellas mantiene que Dios ejerce este poder salvador con discriminación entre los hombres, es decir, que hay una elección por parte de Dios; Dios salva y obra solamente en algunas personas, Hec. 2:47; 13:48; 2ª Tes. 2:13-14. La segunda idea es la contraria: Dios derrama su gracia sobre todos los hombres y los capacita para ser salvos; hay universalismo en cuanto a ofrecimiento, de modo que Dios ofrece la salvación a todos, y aunque en realidad Dios no salva, permite que todos se salven. O de otra manera, no hay elección, y la redención efectuada por Cristo es universal.

Esta concepción universalista ha llevado en primer lugar a la idea de que la salvación es universal, es decir, la de que todo el mundo se salva de una u otra forma. Si es Dios quien salva y no el hombre a sí mismo, si es Dios quien obra directamente en el hombre, y si es Dios quien lo hace de igual modo en todas las personas, parece inevitable concluir que en consecuencia todos han de ser salvos. Sin embargo esta idea ha sido rechazada por la mayoría de evangélicos universalistas, pues tropieza con la claridad de la declaración bíblica de que no todos los hombres son salvos, habiéndose hecho grandes esfuerzos para poder explicar la actividad de Dios mirando la salvación como universal. O debe sostenerse que no es Dios solamente quien obra la salvación y que en algún punto decisivo hay algo que depende del hombre, volviendo de nuevo al autosoterismo.

Han surgido así varias corrientes de pensamiento, entre las cuales destacan dos principalmente: los luteranos evangélicos, y los evangélicos arminianos. Ambos mantienen que todo el mundo puede salvarse, pero también que la salvación puede perderse. En realidad, los primeros son una variante de los sacerdotalistas y de los pelagianos, y los segundos una modificación de los semipelagianos, los molinistas y los redentoristas.

Como en los casos anteriores, diremos algo más acerca del universalismo. Esta forma de pensar surge por el interés de proteger a Dios del cargo de “parcialidad o injusticia” que, presuntamente, surge cuando se habla de la elección de Dios. Así, algunos famosos teólogos han declarado que las doctrinas de la elección, la gracia eficaz, y el castigo eterno, son repulsivas, y que si hay una parte de la raza humana que tendrá una condenación eterna, esto sólo es explicable sobre la suposición de que el amor divino no es perfecto, porque no abarca todos, y no es amor incansable. Se olvida así en el razonamiento que el amor de Dios ha de ir junto a Su justicia, que los atributos de Dios son inseparables, y que lo raro no es que Dios condene a algunos, sino que salve a algunos.

La lucha es por la universalidad de la oportunidad de la salvación, y el énfasis recae en que lo que Dios hace es proveer esta oportunidad. Así, se entiende que Dios no salva a algunos solamente, sino que realmente no salva a ninguno. Dios solamente abre el camino de la salvación a todos, y si algunos son salvos, deben salvarse a sí mismos.

En cuanto a los evangélicos arminianos, sus principales doctrinas son las siguientes:

A) El pecado de Adán no se imputa a sus descendientes; es una enfermedad por la que el hombre no queda condenado, aunque sí inhabilitado para alcanzar la vida eterna y descubrir por sí mismo el camino de la salvación. Le queda, sin embargo, el libre albedrío suficientemente sano como para disponerse para la conversión.

B) El Espíritu Santo da a todos los hombres la gracia suficiente para contrarrestar los efectos del pecado y cooperar así a la regeneración espiritual. El que hace buen uso de esta gracia común recibe una gracia eficaz para la salvación. El que resiste dicha gracia común se hace responsable de su condenación, (algo parecido a los redentoristas: “el que ora se salva; el que no ora se condena”).

Un tercer grupo son los llamados “morrisonianos”, cuyo credo se resume en las siguientes “tres universalidades”: el amor de Dios el Padre manifestado en el sacrificio de Cristo Jesús es para todos los hombres en todas partes sin distinción; el amor de Dios el Hijo manifestado en la propiciación por los pecados es para todos los hombres sin distinción; y el amor de Dios el Espíritu Santo en su obra de gracia y aplicación es para todos los hombres sin distinción.

4) Entramos así en una nueva clasificación dentro de los particularistas. Unos dicen que la redención por la obra de Cristo tiene aplicación universal, es decir, que todos los hombres pueden ser redimidos por Cristo sí creen en él. Otros en cambio defienden que la redención es limitada y que para aquellos que se aplica les proporciona plena seguridad. Es el mismo problema que tiene el universalismo general con luteranos y arminianos, (no todos se salvan pero a todos se ofrece la salvación), aunque ahora se refiere únicamente a una de las operaciones que intervienen en el propio proceso de la salvación: la redención. Para unos, pues, la redención es para todos aunque no todos la aceptan; para otros, la redención o expiación es limitada sólo para aquellos que han de ser salvos.

De este modo podemos distinguir dos grandes grupos: “los calvinistas y los redencionistas universales”. Dentro de los primeros habremos de hablar de dos variantes: calvinismo infralapsario (o sublapsario) y calvinismo supralapsario (hipercalvinismo). Y en los segundos se distinguen los llamados calvinistas moderados, (que en realidad no son calvinistas), los post-redencionistas (también llamados infralapsarios), y los pajonistas, (a veces llamados congruistas). De todos ellos debemos indicar sus características.

En primer lugar hablamos del calvinismo tradicional, clásico o radical, el cual se resume en los siguientes cinco puntos: depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia eficaz, y perseverancia de los santos, también llamada preservación de Dios. Es el sistema de pensamiento más coherente y el que está más de acuerdo con la enseñanza bíblica, aunque haya dado lugar a dos modalidades dependiendo de la forma de ver el orden de los decretos de Dios. Dios llama y atrae irresistiblemente a los que quiere salvar, otorgándoles una gracia eficaz y una nueva naturaleza que les lleva al arrepentimiento y la fe. No hay coerción ni Dios opera contra la voluntad humana, sino que proporciona una nueva disposición en el hombre para hacerle desear las cosas de Dios. El hombre es un cadáver espiritual y no puede hacer nada para su propia salvación: ni disponerse para ella ni cooperar en ella. La iniciativa divina se mantiene durante todo el proceso de salvación.

Para los calvinistas infralapsarios, (sublapsarios), el orden de los decretos de Dios es el siguiente: creación, caída, elección, y redención. Para los supralapsarios en cambio es: elección, creación, caída, y redención. En ambos casos la redención es limitada, y en ambos casos se acepta la perseverancia y seguridad de los salvados, pues ésta procede del mismo Dios quien la garantiza. El problema planteado aquí entre las dos corrientes surge por el error de confundir y mezclar el tiempo con el “no tiempo”. Desde el punto de vista de Dios todo es presente y no tiene sentido hablar de qué cosa sucede antes, aunque esto no sea así desde nuestro punto de vista.

El primer grupo indica que la elección es después de la caída en pecado; el segundo señala que la elección antecede a todo lo demás. Este segundo grupo ha tenido más rechazo porque el orden que plantea es el que más choca con la mentalidad del hombre caído que se opone siempre a la soberanía de Dios. Se indica: “Si Dios elige en primer lugar a unos para salvación, está dejando a otros para condenación, aún antes de que hayan pecado. Y esto es algo monstruoso”. Por el contrario, los infralapsarios son más aceptados porque, según ellos, Dios elige para salvación de entre el grupo de hombres caídos y condenados ya por sus pecados, no teniendo que condenar Dios mismo activamente a nadie. O dicho de otro modo: Dios no distribuye en dos montones a los hombres que determina crear, unos para el cielo y otros para el infierno, (supralapsarios), sino que suponiendo que ya toda la raza humana caída está en corrupción, elige con soberana libertad y misericordia el salvar a algunos, dejando a los demás en su justa condenación.

En cuanto a los redencionistas universales, por la propia idea que defienden ya vemos que se meten en problemas, pues hablan de una redención para todo el mundo pero de una elección para algunos, es decir, hay un universalismo hipotético en cuanto que la obra de Cristo es aplicable a todo el mundo, pero un particularismo en cuanto que hay elección, (explicar Juan 3:16; 10:27, 29; resaltar lo de “dar”; Juan 17:2, 6, 9, 11, 12, 24). También diremos algo, sin entrar en detalles, de cada una de sus variantes:

En primer lugar están los llamados calvinistas moderados, los cuales aceptan los cinco puntos del calvinismo clásico pero cambiándolos en su esencia: la depravación no es total pues la caída sólo ha difuminado un poco la imagen de Dios en las personas; la elección es incondicional sólo para Dios, pero ha de ser aceptada; la expiación no es limitada, sino que Cristo murió por todos y sólo se limita Su obra en el plano de la aplicación, haciéndose efectiva sólo en quienes creen; la gracia es eficaz pero sólo en aquellos que la desean, y no en quienes no la aceptan, es decir, que Dios obra de un modo irresistible y eficaz en los que deciden recibir su gracia; y la perseverancia de los santos es segura.

Vemos de nuevo que se introduce grandemente el elemento humano, y como se ha indicado antes, este calvinismo moderado es más parecido al arminianismo que al propio calvinismo.

En cuanto a los post-redencionistas, su principal característica se encuentra en el orden de los decretos, que queda del modo siguiente: creación, caída, redención, y elección. Así pues, la redención es para todos los hombres, y es en la aplicación de esta redención donde Dios discrimina entre ellos, actuando así en un sentido particularista. Es obvio que este es el punto más bajo donde se puede introducir la elección y seguir siendo particularista, porque si la obra del Espíritu Santo es también de carácter universal ya se pierde todo particularismo con miras a la salvación.

Pero aún así, dentro de este grupo nos encontramos con distintas variantes según la actividad del Espíritu Santo, que sigue siendo particularista: fulleristas, amiraldianos, etc. Para unos, esta obra es poderosa en las almas constituyendo a los hombres en nuevas criaturas; para otros la acción es adaptada al estado de la mente y del corazón de la persona, de modo que es ésta con su propia acción libre la que decide acercarse a Cristo y abrazarlo para su salvación. En definitiva, vemos que una y otra vez se vuelve al concepto pagano de que el hombre puede salvarse por sí mismo, aunque esto se disfrace de formas cada vez más sutiles. Es interesante estudiar con detenimiento las características de cada uno de estos movimientos para ver hasta dónde se llega en los detalles, que resultan casi incomprensibles, con el fin de seguir preservando la soberanía del hombre frente a la soberanía de Dios.

Finalmente, hemos señalado que hay un último grupo: los pajonistas. Éstos coinciden con los anteriores en el orden de los decretos, pero avanzan un paso más en cuanto a hacer depender la salvación del propio hombre. Para ellos, la obra del Espíritu Santo es una obra persuasiva que se otorga a todos igualmente, pero sólo es eficaz en aquellos que tienen ya por sí mismos una mente y un corazón dispuestos, en aquellos cuyo estado es congruente con la acción. De ahí el nombre de congruístas. De nuevo comprobamos que no hay elección soberana de Dios, sino una diferencia propia en los hombres que determina la salvación, encontrándonos de nuevo en el campo autosotérico.

Con todo lo señalado hasta aquí, hemos de concluir que es el calvinismo el único sistema de pensamiento acorde con la Biblia. O más bien, el cristianismo es calvinismo, no porque Calvino lo inventara, sino porque llegó a descubrir el cristianismo invariable que el paso de los siglos había prácticamente enterrado. Dios es soberano en Su elección y decide dar un pueblo a Su propio Hijo. Este pueblo es preservado hasta el final por el poder de Dios. La obra del Hijo es para redimir a aquellos a quienes el Padre Le da, y la aplicación de esta obra por parte del Espíritu Santo es únicamente para aquellos elegidos desde antes de la fundación del mundo.

Es el único sistema coherente que puede explicar los distintos pasajes “difíciles” de la Escritura, Heb. 6:4-9; 2ª Ped. 2:20-22; 3:9; es el único que no presenta fisuras, y es el único que puede derivar de la naturaleza y del ser de Dios de modo que sea Dios mismo el que recibe toda la gloria. No podía ser de otro modo, pero la naturaleza caída, el pecado, la corrupción del mundo, y el mismo Satanás han intentado y seguirán intentando adulterar la clara enseñanza de la Biblia.

No hemos de olvidar que los escritos bíblicos se dirigían en primer lugar a personas en su mayoría incultas y analfabetas, y no pueden ser tan oscuros como para que sólo los muy eruditos puedan descifrar sus mensajes. Y tampoco hemos de olvidar algo que hemos repetido desde el comienzo: el que se acerca a Dios ha de hacerlo con un corazón limpio, libre de prejuicios, y dispuesto a aceptar lo que Dios le revele, aunque esto no sea lo que espera, lo que desea, o lo que entienda.

El calvinismo, además, tiene una misión tan importante en la conservación del universalismo verdadero del Evangelio, (porque hay un verdadero universalismo del Evangelio), como la tiene en la preservación del particularismo de la gracia. Sólo el calvinismo basado en la soberanía de Dios y en los principios que hemos mencionado asegura que Dios es el Salvador de las almas y también el Salvador del mundo. Cristo vino a salvar a los hombres, pero también vino a salvar al mundo, y es el calvinismo que glorifica Dios el único que garantiza esto. Éste es el universalismo bíblico, que no significa que todos los hombres sin excepción serán salvos: hay salvación completa para el hombre y hay salvación completa para el mundo. La meta final a la que la humanidad está avanzando está determinada también por Dios, no es un asunto fortuito, y cada etapa en este proceso está, naturalmente, también determinada por Dios.

El progreso de la Iglesia hacia la perfección, la naturaleza de este progreso, los individuos particulares que el Señor trae hacia ella, etc., todo está en las manos divinas. El Señor añade cada día a su Iglesia los que han de ser salvos, Hec. 2:47, y es por medio del gobierno de todas las cosas cómo se progresa hacia la salvación final de toda la raza, Hec. 13:48. Decir esto, naturalmente, es decir elección y reprobación, 2ª Tes. 2:13-14. No hay contradicción por tanto, al decir que Cristo murió por su pueblo y que Cristo murió por el mundo. Su pueblo puede ser poco en la actualidad, y el mundo será su pueblo del mañana.

Pero debe observarse con exactitud que Cristo no abre el camino de la salvación a todos, sino que de hecho salva a Su pueblo, siendo ésta la única base para creer que habrá alguna vez un mundo salvo. La salvación del mundo depende absolutamente, como depende la salvación del alma individual, de la obra del Dios Trino con todo Su poder, existiendo una concordancia precisa entre el amor del Padre, la redención del Hijo y la obra del Espíritu Santo en aquellos que “antes conoció”, Rom. 8:21-22; 29-39. Con respecto al Padre, podemos leer Rom. 9:21-23; 11:4-6; 1ª Cor. 1:26-29; Efe. 1:3-5; 11; 2ª Tes. 2:13; 2ª Tim. 1:9; 1ª Ped. 1:2. Con respecto al Hijo, Isa. 53:10-11; Juan 6:37, 39; Heb. 7:25; Juan 6:44; Mat. 1:21; 20:28.  Y con respecto al Espíritu Santo, Juan 3:8; 6:63; 2ª Tes. 3:2; 2:13.

Sólo el calvinista tiene el derecho de creer en la salvación eterna del individuo y del mundo. Ambas cosas descansan igualmente en la soberana gracia de Dios, y cualquier otro fundamento es arena movediza.

Finalmente destacamos una última y doble observación: en la descripción precedente hemos hecho referencia a una treintena de corrientes distintas que asignan al hombre un papel más o menos importante en la salvación. Puede entenderse que cuando se tienen en cuenta sus variantes y las mezclas entre ellas el número se multiplique enormemente. Si a esto le añadimos el número también grande de denominaciones (bautistas, presbiterianos, asambleas de hermanos, asambleas de Dios, pentecostales, carismáticos, independientes, filadelfia, etc.), las variantes y todas las posibles mezclas llega al absurdo, siendo imposible saber diferenciar unas de otras: bautistas arminianos, bautistas calvinistas,  bautistas moderados, bautistas que afirman que la salvación puede perderse, bautistas que creen en la bondad natural del ser humano, arminianos reformados, arminianos anglicanos, arminianos con seguridad en la salvación, hermanos calvinistas, hermanos arminianos, hermanos wesleyanos, etc.

El desconcierto es general, y si a él le unimos el desconocimiento doctrinal de la mayoría de los creyentes, no es de extrañar la situación actual de muchas iglesias: miembros y dirigentes de las mismas con conceptos muy distintos acerca de la salvación pues casi todo vale, dando una imagen más parecida a la existente en las religiones oficiales que a la de un verdadero y consciente cristianismo.

Y ante esto, algunos argumentan: “No es necesario estudiar tanto; no es necesaria tanta doctrina; ¿para qué aprender tanto si hay tanta confusión?”, mostrando así su desconocimiento de lo que el mismo Dios nos ordena en Su Palabra, 2ª Ped. 1:3-11; 3:15-18; Efe. 1:17-19; 3:18-19; Fil. 1:9; 3:8. Solamente con un cada vez mayor conocimiento de Dios, lo cual se logra con el estudio de las doctrinas que encontramos en Su Palabra, podremos servirle y glorificarle cada día más, pues no hemos de olvidar que es el conocimiento de Dios el que marca nuestra forma de vivir. Por eso no podemos entender a aquellos supuestos cristianos que dicen, orgullosos, que ellos ya no leen libros, que no necesitan estudiar, que con la Biblia tienen bastante, y que rechazan la luz clara de otros hermanos más espirituales y mejor formados, prefiriendo la casi oscuridad de sus pequeñas velas.

A este respecto no hemos de olvidar que el mismo Señor nos ordena amarle con toda nuestra mente, por lo que debemos entregar toda nuestra vida a aprender más y más de la revelación de Dios. Spurgeon habla de este modo cuando se refiere a Pablo en 2ª Tim. 4:13: “Él tiene la inspiración divina y aún así quiere libros. Ha predicado por lo menos durante 30 años, y aún así quiere libros. Ha visto al Señor, y aún así quiere libros. Tuvo una experiencia más amplia que la mayoría de los hombres, y aún así quiere libros. Había sido arrebatado hasta el tercer cielo, y había escuchado cosas que no le son dadas a los hombres expresar, y aún así quiere libros. Había escrito la mayor parte del Nuevo Testamento, y aún así quiere libros.

Pongamos pues, hermanos, todo nuestro empeño en conocer cada vez más al Dios que nos creó y nos ha salvado, pues el “pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará”, Dan. 11:32. ¡Que nuestro deseo sea el del apóstol Pablo, al decir: “no que lo haya alcanzado ya…”!, Fil. 3:12-14. ¡Y que cumplamos el mandamiento del Señor de ocuparnos de “nuestra salvación con temor y temblor”, para que a ninguno de nosotros se nos puedan aplicar las palabras del mismo Dios en Ose. 4:6, pues lo que Dios quiere también nos lo ha dicho: Ose. 6:6; Jer. 9:23-24.  ¡Que sea una realidad en nuestras vidas, para Su gloria!