Los Decretos Eternos de Dios

LOS DECRETOS ETERNOS DE DIOS.

Hemos estado considerando acerca de las doctrinas de Dios y lo que Él ha querido revelarnos en cuanto a Su ser, Su naturaleza y Su carácter. También hemos hablado sobre los Nombres que Él se aplica a Sí mismo como parte de esa revelación especial. Y hemos llegado a considerar esa doctrina misteriosa y grande de la Santísima Trinidad. Ahora hemos de empezar con otra sección que tiene que ver con las obras de Dios, la actividad de Dios, lo que Dios ha hecho. Pero no debemos comenzar en ella por la creación, que pudiera parecer lo más lógico, y esto es así porque la Biblia nos dice algo sobre la forma en que Dios hace las cosas, y es importante detenernos en ello antes de considerar las propias obras.

Hay, por así decirlo, ciertos principios que caracterizan las obras de Dios y que están más o menos presentes en todas ellas. O con otras palabras: antes de que Dios hiciera el mundo y al hombre, Dios había pensado, había planeado y había determinado ciertas cosas. Hay ciertas cosas que se decidieron en la mente y en el consejo de Dios, en la Santísima Trinidad, antes de que algo fuera creado, y creo que con toda lógica este es el camino que debemos recorrer. En cierta medida, Dios ha hecho lo mismo que hacemos nosotros, que antes de ejecutar muchas cosas las pensamos y planeamos, y debemos empezar por considerar estos planes y pensamientos de Dios.

Pues bien, esta doctrina que vamos a considerar se denomina generalmente como la doctrina de los decretos eternos de Dios, y son las cosas que Dios determinó que sucedieran y ordenó que iban a suceder antes de que el mundo, visible o invisible, fuera creado. Y este es un tema, de nuevo, bastante difícil, pero es tan bíblico que hemos de enfrentarnos a él, tal como nos hemos detenido para hablar de la Santísima Trinidad, aunque se encuentren ambos muy por encima de nuestras mentes. De todos modos, y para nuestro consuelo, no hemos de olvidar que estamos tratando con la mente del Eterno, con algo muy superior a nuestras mentes insignificantes. Las siguientes doctrinas de la creación, del hombre, de la salvación, etc., son más asequibles para nosotros.

Así que no entramos directamente en la creación y la caída, porque si esta doctrina de los decretos eternos se encuentra en la Biblia no debemos obviarla, ya que está en ella con el propósito de que conozcamos mejor a Dios. Ya hemos dicho varias veces que no podemos saltarnos las cosas difíciles, y como leímos en Deu. 29:29 todas las cosas reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre. No podemos caer en la tendencia de dejar de lado aquellas cosas que entendamos peor, porque eso nos llevará fácilmente a ir dejando muchas partes de la Biblia que también están ahí y son útiles para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia, 2a Tim. 3:16. Para que lo entendamos con un ejemplo: podemos pensar en las veces que hablamos de Rom. 8 y en las pocas que lo hacemos de Rom. 9.

Así que no podemos dejar partes de la Biblia, porque además, si lo hacemos, estaremos dejando de lado ciertas cosas que son necesarias para conocer a Dios, y esta doctrina nos muestra nuevos aspectos de la gloria de Dios que nos han de llevar a adorarle. El problema, como hemos indicado en otra ocasión, es que hoy día se tiende a dejar a Dios de lado y a comenzar la evangelización, por ejemplo, por el propio hombre. También sucede con las predicaciones desde el púlpito. Y ambas cosas son un error, de modo que si dejamos de lado lo que Dios nos muestra sobre Sí mismo, es seguro que caeremos en otros errores, como han caído muchos cuando no han considerado esta doctrina de los decretos eternos de Dios.

Y, por último, una razón más que podemos dar para estudiar esta doctrina, es que debe producir en el creyente un temor reverente y un gran consuelo, pues no hay nada que reconforte más que saber y tener asumido en el corazón que detrás de mí, una criatura insignificante que pasa por este mundo como un soplo y pronto no estará, detrás de mí y por encima, están los decretos eternos de Dios. Y cuando hablamos de decretos no hemos de entenderlos como si fueran varios que se sucedieron en el tiempo, pues en Dios no hay tiempo. Más bien habríamos de hablar de un único Decreto, con mayúscula, dentro del cual están comprendidos todos los propósitos divinos.

Pues bien, lo primero que hemos de decir es que al acercarnos a esta doctrina debemos desprendernos de todas nuestras ideas preconcebidas, de todos nuestros prejuicios, y de cualquier espíritu partidista que podamos mostrar, entendiendo por ello la tendencia que todos tenemos a defender lo que pensamos o hemos creído por encima de la de saber la verdad. Ya hemos indicado también que todos somos filósofos en el sentido de que “sabemos mucho” y expresamos nuestras opiniones, pero hemos de admitir que al tratar sobre este tema hay cosas que no vamos a comprender, y sólo nos queda aceptarlas como revelación de Dios que nos ha llegado. Así que, de nuevo, os pido espíritu de humildad, espíritu de reverencia, que se acerca a estas cosas con fe y que está dispuesto a admitir sus propias limitaciones; espíritu de niños dispuestos a recibir lo que Dios quiera, con mentes abiertas y no haciendo preguntas o queriendo tener respuestas allí donde no se nos ha revelado. Creo que esto es la fe, la disposición a creer lo que se nos ha dado y no querer saber más de eso.

Lo segundo que quiero resaltar en esta introducción es que nos vamos a encontrar aquí con lo que se conoce como “antinomia”, lo cual se aplica a aquellas verdades que se ofrecen y que están ahí pero que no podemos conciliar, (aparente contradicción entre dos cosas racionales). En última instancia, en la Biblia hay ciertas antinomias, y hemos de aceptarlas por fe, no pretendiendo ser capaces de explicarlas.

Y lo tercero que hemos de tener presente es que cuando consideremos esta doctrina, todo lo que digamos ha de ser coherente con lo visto hasta aquí. Si vamos a estudiar la forma en que Dios hace las cosas hemos de tener cuidado para no decir nada que contradiga lo que sabemos acerca de su omnisciencia, su omnipotencia, Su Santidad, o todas las demás cosas acerca del Ser y la naturaleza de Dios. O de otro modo: por ser Dios como es y quien es, por eso actúa de una forma determinada.

Vayamos ahora a los principios sobre los que descansa esta doctrina.

A) El primero es que Dios tenía, o tiene, desde la eternidad un plan inmutable para sus criaturas. Y no puede ser de otro modo en un Dios inmutable, eterno, omnipresente y omnisciente. La Biblia emplea muchas veces la frase “desde antes de la fundación del mundo” u otras similares, Mat. 13:35, Efe. 1:4, 1a Ped. 1:20. O dicho de otra forma: Dios no hace nunca nada con pocas ganas o poco entusiasmo, nunca hay nada incierto en Sus actividades, nunca improvisa o tiene ocurrencias sobre la marcha. En lo que Él hace no hay nada accidental, nada fortuito, nada imprevisto o nada casual.

Dios tiene un plan eterno y un propósito eterno acerca de la creación, acerca de los hombres y mujeres, acerca de la salvación, acerca de la redención, acerca de la obra de Cristo, acerca de la vida en este mundo, acerca del final del mundo, acerca del destino final de las criaturas, etc. Y es que ha de ser así: todo lo que Dios ha hecho y aún le queda por hacer está dentro de Su plan, está de acuerdo con Su plan, y, por tanto, está prefijado de antemano, está determinado, y es absoluto y cierto que será. Este es el primer principio.

B) El segundo principio es que el plan de Dios abarca y determina todo, todas las cosas y todos los acontecimientos de todo tipo. Si creemos que Dios quiere ciertas cosas, que Dios tiene ciertos fines, (por ejemplo, que Cristo muriera en la cruz), habremos de creer también que Él determina todo lo que sucede y que ha de llevar a esos fines, (nacimiento, entrega por parte de Judas, reacción del Sanedrín y el pueblo, etc, Hec. 2:22-23). Si Dios creó el mundo y decidió que un día sería su final, todo lo que conduce a ese final también ha de estar determinado, y tiene que haber una relación entre todos los acontecimientos y cosas que suceden que van conduciendo a ese final. De modo que esta doctrina de los decretos eternos de Dios, en última instancia, lo que nos dice es que todo está determinado y decretado por Él.

C) El tercer principio, dando un paso más, es aquel que nos lleva a pensar que si todo está decretado, también lo están las acciones libres y voluntarias de las personas. Y aquí ya entramos en algo que nos supera, pero que debemos considerar. Si leemos Efe. 1:10-11 vemos que lo que se indica se aplica a todo, a todo el Cosmos, a todas las cosas que serán reunidas en Cristo, y que será así porque Dios tiene ese propósito. Hay también otros pasajes que nos muestran esto mismo, que Dios controla, gobierna y determina incluso aquellas cosas que a nosotros nos parecen casualidades o fortuitas, Pro. 16:33, Mat. 10:29, Jon. 1:7, Hec. 1:24, 26; 1o Rey. 22:28, 34. No hay casualidad, no hay accidentes para Dios, ni aún una caída de un pelo, Mat. 10:30. Y si miramos nuestras acciones, que son libres, también están controladas por Dios, Pro. 21:1, Efe. 2:10, Fil. 2:13.

D) El cuarto principio es que la Biblia nos dice que aún las acciones pecaminosas de los hombres están en las manos de Dios. Ya lo hemos visto con el caso de Judas con la muerte del Señor, Mat. 26:24, y podemos leer también Hec. 4:27-28. Es decir, el gran pecado de aquellas personas había sido determinado de antemano por el consejo de Dios. (Consejo significa “deseo o propósito”). Lo mismo tenemos en el libro de Génesis con José, Gen. 45:8. Los hermanos habían actuado mal, por envidia, pero José es consciente de que era Dios quien había determinado aquello.

Ahora bien, aquí hemos de decir algo inmediatamente. Y es que si ya sabemos que Dios es Santo, Dios no puede causar el mal, lo que es malo, en ningún sentido y en ninguna forma o grado. Él no puede aprobar lo que es malo, pero permite que agentes malvados hagan cosas que están dentro de Sus planes y que sirven para conseguir Sus fines sabios. Incluso da leyes para que no haya pecado pero permite que éstos se cometan, aunque los limita hasta un punto para que sirvan hasta alcanzar Sus fines, Gen. 50:20.

E) El quinto principio es que al ser Dios como es, todos Sus decretos son incondicionales y soberanos. Sus decretos son eternos; Sus decretos surgen de un Dios omnisciente, Santo y Justo, y, por tanto, no dependen en ningún modo de las acciones de las personas, no están determinados por lo que las personas puedan hacer o dejen de hacer. Los decretos son anteriores y ni siquiera están determinados, como dicen algunos, por lo que Dios sabe de antemano que las personas van a hacer. No es Dios quien está limitado por el proceder de las personas, sino al revés. (Algunos hablan de la elección de Dios como de algo, no que Dios decreta, sino que Dios hace porque ve de antemano cómo van a responder ciertas personas a Su llamado). Los decretos de Dios son incondicionales, y sólo dependen de Su propia voluntad y Santidad. En caso contrario, Dios se convertiría en un ser que tiene que esperar a ver que harán Sus criaturas, en un Dios que tiene que cambiar de planes para acomodarse a las circunstancias cambiantes.

Ahora bien, esto no significa que en este mundo no haya tal cosa como la causa y el efecto; esto no implica que no haya cosas condicionales o condicionadas. Lo que hemos de entender es que cada una de esas causas y efectos, cada acción libre, forma parte del decreto de Dios, porque Él ha decretado que lo que tiene en mente se ha de cumplir, Dan. 4:35, Mat. 11:25-26, donde la clave para entender es: “porque así te agradó”. Tenemos lo mismo en Efe. 1:5 y en todo el capítulo. Pero donde se encuentra esto de modo más evidente es en Rom. 9, especialmente 9:11: Dios había decretado que el mayor sirviera al menor, y se tenía que cumplir, pues dice en 9:13 que amó a uno y a otro aborreció. Y si preguntamos si esto fue a causa de lo que hicieron, la respuesta es que no, que antes de nacer ya eso estaba decretado. La elección de Dios no tenía nada que ver con las obras de aquellos dos.

Por tanto, repetimos: el propósito de Dios es incondicional y soberano, y no hay injusticia en Dios cuando obra así. Él mismo nos prohíbe que lo pensemos siquiera: 9:14-18.

F) Otro principio que debemos indicar es que los decretos de Dios son eficaces, se cumplen necesariamente, lo cual es una consecuencia de Su soberanía y omnipotencia. Lo que Él determina ha de cumplirse, nada ni nadie lo puede estorbar, no puede fracasar, se han de cumplir infaliblemente.

G) El séptimo principio, aunque ya lo hemos indicado, es que los decretos de Dios son coherentes y están en armonía en todas las cosas con Su naturaleza sapientísima, clementísima, justísima y santísima. En otras palabras: no hay contradicción en Dios, no puede haberla. Dios es perfecto y absoluto, y la cuestión de Sus decretos encaja perfectamente con Su Ser. Nosotros no entendemos todas las cosas, y no entendemos porqué Dios decretó permitir el pecado. Es claro que sin ese decreto y permiso nunca hubiéramos conocido cómo es realmente la justicia de Dios, la santidad de Dios, el amor de Dios, y todo lo que tiene que ver con la gloria de Dios en el plan de salvación. Todo esto hubiera quedado sin manifestar, Rom. 3:24-26, y aunque no lo entendemos todo, hemos de concluir que si Él no hubiera decretado permitir el pecado, éste nunca hubiera existido. Cuando estemos en Su presencia tendremos las respuestas a éstas y otras muchas cosas.

Pero hay dos cosas en las que debemos estar seguros: la primera es que Dios no es nunca la causa del pecado, Hab. 1:13; San. 1:13. La segunda es que el propósito de Dios es coherente con el comportamiento de Sus criaturas, y aunque no podemos entender esto, hemos de aceptar que hay decretos eternos de Dios y hay agentes libres y acciones libres. Dios garantiza la libertad, pero al mismo tiempo, Él está actuando para que se realicen sus fines y propósitos. Y si preguntamos cómo puede ser eso, la respuesta la tenemos en Rom. 9:20-23. No podemos ir más allá, y hemos de aceptar ambas cosas que la Biblia nos dice repetidamente.

Y con todo esto creo que se puede obtener una conclusión fácil, y es que la salvación de hombres y mujeres, así como de ángeles, fue determinada por Dios desde antes de la fundación del mundo, y esta salvación ha sido y será por Su beneplácito y por Su gracia. Hemos leído Mat. 11:25- 26, pero también podemos leer Juan 6:37, 39, 44, 65; Juan 17 en donde se repite siete veces que el creyente ha sido dado por el Padre al Hijo; Hec. 13:48; 2a Tes. 2:13; 2a Tim. 1:9; o Rom. 9:20-23 que ya hemos visto. Y si alguien pregunta lo que se indica en Rom. 9:19, a continuación tenemos la respuesta de Dios, la respuesta bíblica. Y esta es la respuesta para nosotros mientras estemos en este mundo.

No podemos llegar a más, no podemos asimilar más, no podemos entender la mente de Dios. No debemos preguntar: “¿Y porqué Faraón; o porqué Jacob y no Esaú?”. Porque la respuesta es: ¿Y quién eres tú? ¿Te estás oponiendo a la mente de Dios? ¿Estás olvidando lo pequeño que eres y cómo eres a causa de la Caída y de tu propio pecado?

También hemos de decir algo acerca del “fatalismo”. Muchas personas dicen que el creer en los decretos eternos de Dios es defender el fatalismo, el cual dice que hay algo como un destino ciego e impersonal del cual no podemos escapar. Esta es una doctrina pagana, y ya hemos dicho que Dios es persona, y Sus decretos están en armonía con Su propio Ser y personalidad. Además, el fatalismo niega la libertad humana y hace a las personas meros autómatas, mientras que Dios no hace esto. Por tanto no estamos a merced de un fatalismo ciego. La doctrina cristiana afirma que todo está en el plan eterno de Dios, el cual se cumplirá para Su gloria y para el bien de Su pueblo, al mismo tiempo que las personas son libres y responsables de sus acciones, mientras que el fatalismo excluye la idea de fines u objetivos finales.

Dios siempre es coherente consigo mismo, y hemos de aceptar lo que claramente nos ha dicho sobre Sus decretos eternos, aceptar lo que ha determinado y decidido desde antes de la fundación del mundo. Y si somos creyentes, si somos hijos de Dios, hemos de saber que lo somos porque Dios lo ha determinado, y nada ni nadie puede estorbar Sus propósitos para con nosotros, nada ni nadie puede quitarnos de Su mano, Juan 10:27-30.

Dios me conocía a mí y mi nombre estaba escrito en el libro de la vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo, desde antes que nada fuera hecho y que yo entrara en él. Por eso debemos inclinarnos ante Su Majestad y debemos humillarnos en Su Santa presencia, y debemos aceptar y someternos a la revelación que Él ha querido darnos. ¡Qué así sea!

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