Los Decretos Eternos de Dios

LOS DECRETOS ETERNOS DE DIOS.

Hemos estado considerando acerca de las doctrinas de Dios y lo que Él ha querido revelarnos en cuanto a Su ser, Su naturaleza y Su carácter. También hemos hablado sobre los Nombres que Él se aplica a Sí mismo como parte de esa revelación especial. Y hemos llegado a considerar esa doctrina misteriosa y grande de la Santísima Trinidad. Ahora hemos de empezar con otra sección que tiene que ver con las obras de Dios, la actividad de Dios, lo que Dios ha hecho. Pero no debemos comenzar en ella por la creación, que pudiera parecer lo más lógico, y esto es así porque la Biblia nos dice algo sobre la forma en que Dios hace las cosas, y es importante detenernos en ello antes de considerar las propias obras.

Hay, por así decirlo, ciertos principios que caracterizan las obras de Dios y que están más o menos presentes en todas ellas. O con otras palabras: antes de que Dios hiciera el mundo y al hombre, Dios había pensado, había planeado y había determinado ciertas cosas. Hay ciertas cosas que se decidieron en la mente y en el consejo de Dios, en la Santísima Trinidad, antes de que algo fuera creado, y creo que con toda lógica este es el camino que debemos recorrer. En cierta medida, Dios ha hecho lo mismo que hacemos nosotros, que antes de ejecutar muchas cosas las pensamos y planeamos, y debemos empezar por considerar estos planes y pensamientos de Dios.

Pues bien, esta doctrina que vamos a considerar se denomina generalmente como la doctrina de los decretos eternos de Dios, y son las cosas que Dios determinó que sucedieran y ordenó que iban a suceder antes de que el mundo, visible o invisible, fuera creado. Y este es un tema, de nuevo, bastante difícil, pero es tan bíblico que hemos de enfrentarnos a él, tal como nos hemos detenido para hablar de la Santísima Trinidad, aunque se encuentren ambos muy por encima de nuestras mentes. De todos modos, y para nuestro consuelo, no hemos de olvidar que estamos tratando con la mente del Eterno, con algo muy superior a nuestras mentes insignificantes. Las siguientes doctrinas de la creación, del hombre, de la salvación, etc., son más asequibles para nosotros.

Así que no entramos directamente en la creación y la caída, porque si esta doctrina de los decretos eternos se encuentra en la Biblia no debemos obviarla, ya que está en ella con el propósito de que conozcamos mejor a Dios. Ya hemos dicho varias veces que no podemos saltarnos las cosas difíciles, y como leímos en Deu. 29:29 todas las cosas reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre. No podemos caer en la tendencia de dejar de lado aquellas cosas que entendamos peor, porque eso nos llevará fácilmente a ir dejando muchas partes de la Biblia que también están ahí y son útiles para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia, 2a Tim. 3:16. Para que lo entendamos con un ejemplo: podemos pensar en las veces que hablamos de Rom. 8 y en las pocas que lo hacemos de Rom. 9.

Así que no podemos dejar partes de la Biblia, porque además, si lo hacemos, estaremos dejando de lado ciertas cosas que son necesarias para conocer a Dios, y esta doctrina nos muestra nuevos aspectos de la gloria de Dios que nos han de llevar a adorarle. El problema, como hemos indicado en otra ocasión, es que hoy día se tiende a dejar a Dios de lado y a comenzar la evangelización, por ejemplo, por el propio hombre. También sucede con las predicaciones desde el púlpito. Y ambas cosas son un error, de modo que si dejamos de lado lo que Dios nos muestra sobre Sí mismo, es seguro que caeremos en otros errores, como han caído muchos cuando no han considerado esta doctrina de los decretos eternos de Dios.

Y, por último, una razón más que podemos dar para estudiar esta doctrina, es que debe producir en el creyente un temor reverente y un gran consuelo, pues no hay nada que reconforte más que saber y tener asumido en el corazón que detrás de mí, una criatura insignificante que pasa por este mundo como un soplo y pronto no estará, detrás de mí y por encima, están los decretos eternos de Dios. Y cuando hablamos de decretos no hemos de entenderlos como si fueran varios que se sucedieron en el tiempo, pues en Dios no hay tiempo. Más bien habríamos de hablar de un único Decreto, con mayúscula, dentro del cual están comprendidos todos los propósitos divinos.

Pues bien, lo primero que hemos de decir es que al acercarnos a esta doctrina debemos desprendernos de todas nuestras ideas preconcebidas, de todos nuestros prejuicios, y de cualquier espíritu partidista que podamos mostrar, entendiendo por ello la tendencia que todos tenemos a defender lo que pensamos o hemos creído por encima de la de saber la verdad. Ya hemos indicado también que todos somos filósofos en el sentido de que “sabemos mucho” y expresamos nuestras opiniones, pero hemos de admitir que al tratar sobre este tema hay cosas que no vamos a comprender, y sólo nos queda aceptarlas como revelación de Dios que nos ha llegado. Así que, de nuevo, os pido espíritu de humildad, espíritu de reverencia, que se acerca a estas cosas con fe y que está dispuesto a admitir sus propias limitaciones; espíritu de niños dispuestos a recibir lo que Dios quiera, con mentes abiertas y no haciendo preguntas o queriendo tener respuestas allí donde no se nos ha revelado. Creo que esto es la fe, la disposición a creer lo que se nos ha dado y no querer saber más de eso.

Lo segundo que quiero resaltar en esta introducción es que nos vamos a encontrar aquí con lo que se conoce como “antinomia”, lo cual se aplica a aquellas verdades que se ofrecen y que están ahí pero que no podemos conciliar, (aparente contradicción entre dos cosas racionales). En última instancia, en la Biblia hay ciertas antinomias, y hemos de aceptarlas por fe, no pretendiendo ser capaces de explicarlas.

Y lo tercero que hemos de tener presente es que cuando consideremos esta doctrina, todo lo que digamos ha de ser coherente con lo visto hasta aquí. Si vamos a estudiar la forma en que Dios hace las cosas hemos de tener cuidado para no decir nada que contradiga lo que sabemos acerca de su omnisciencia, su omnipotencia, Su Santidad, o todas las demás cosas acerca del Ser y la naturaleza de Dios. O de otro modo: por ser Dios como es y quien es, por eso actúa de una forma determinada.

Vayamos ahora a los principios sobre los que descansa esta doctrina.

A) El primero es que Dios tenía, o tiene, desde la eternidad un plan inmutable para sus criaturas. Y no puede ser de otro modo en un Dios inmutable, eterno, omnipresente y omnisciente. La Biblia emplea muchas veces la frase “desde antes de la fundación del mundo” u otras similares, Mat. 13:35, Efe. 1:4, 1a Ped. 1:20. O dicho de otra forma: Dios no hace nunca nada con pocas ganas o poco entusiasmo, nunca hay nada incierto en Sus actividades, nunca improvisa o tiene ocurrencias sobre la marcha. En lo que Él hace no hay nada accidental, nada fortuito, nada imprevisto o nada casual.

Dios tiene un plan eterno y un propósito eterno acerca de la creación, acerca de los hombres y mujeres, acerca de la salvación, acerca de la redención, acerca de la obra de Cristo, acerca de la vida en este mundo, acerca del final del mundo, acerca del destino final de las criaturas, etc. Y es que ha de ser así: todo lo que Dios ha hecho y aún le queda por hacer está dentro de Su plan, está de acuerdo con Su plan, y, por tanto, está prefijado de antemano, está determinado, y es absoluto y cierto que será. Este es el primer principio.

B) El segundo principio es que el plan de Dios abarca y determina todo, todas las cosas y todos los acontecimientos de todo tipo. Si creemos que Dios quiere ciertas cosas, que Dios tiene ciertos fines, (por ejemplo, que Cristo muriera en la cruz), habremos de creer también que Él determina todo lo que sucede y que ha de llevar a esos fines, (nacimiento, entrega por parte de Judas, reacción del Sanedrín y el pueblo, etc, Hec. 2:22-23). Si Dios creó el mundo y decidió que un día sería su final, todo lo que conduce a ese final también ha de estar determinado, y tiene que haber una relación entre todos los acontecimientos y cosas que suceden que van conduciendo a ese final. De modo que esta doctrina de los decretos eternos de Dios, en última instancia, lo que nos dice es que todo está determinado y decretado por Él.

C) El tercer principio, dando un paso más, es aquel que nos lleva a pensar que si todo está decretado, también lo están las acciones libres y voluntarias de las personas. Y aquí ya entramos en algo que nos supera, pero que debemos considerar. Si leemos Efe. 1:10-11 vemos que lo que se indica se aplica a todo, a todo el Cosmos, a todas las cosas que serán reunidas en Cristo, y que será así porque Dios tiene ese propósito. Hay también otros pasajes que nos muestran esto mismo, que Dios controla, gobierna y determina incluso aquellas cosas que a nosotros nos parecen casualidades o fortuitas, Pro. 16:33, Mat. 10:29, Jon. 1:7, Hec. 1:24, 26; 1o Rey. 22:28, 34. No hay casualidad, no hay accidentes para Dios, ni aún una caída de un pelo, Mat. 10:30. Y si miramos nuestras acciones, que son libres, también están controladas por Dios, Pro. 21:1, Efe. 2:10, Fil. 2:13.

D) El cuarto principio es que la Biblia nos dice que aún las acciones pecaminosas de los hombres están en las manos de Dios. Ya lo hemos visto con el caso de Judas con la muerte del Señor, Mat. 26:24, y podemos leer también Hec. 4:27-28. Es decir, el gran pecado de aquellas personas había sido determinado de antemano por el consejo de Dios. (Consejo significa “deseo o propósito”). Lo mismo tenemos en el libro de Génesis con José, Gen. 45:8. Los hermanos habían actuado mal, por envidia, pero José es consciente de que era Dios quien había determinado aquello.

Ahora bien, aquí hemos de decir algo inmediatamente. Y es que si ya sabemos que Dios es Santo, Dios no puede causar el mal, lo que es malo, en ningún sentido y en ninguna forma o grado. Él no puede aprobar lo que es malo, pero permite que agentes malvados hagan cosas que están dentro de Sus planes y que sirven para conseguir Sus fines sabios. Incluso da leyes para que no haya pecado pero permite que éstos se cometan, aunque los limita hasta un punto para que sirvan hasta alcanzar Sus fines, Gen. 50:20.

E) El quinto principio es que al ser Dios como es, todos Sus decretos son incondicionales y soberanos. Sus decretos son eternos; Sus decretos surgen de un Dios omnisciente, Santo y Justo, y, por tanto, no dependen en ningún modo de las acciones de las personas, no están determinados por lo que las personas puedan hacer o dejen de hacer. Los decretos son anteriores y ni siquiera están determinados, como dicen algunos, por lo que Dios sabe de antemano que las personas van a hacer. No es Dios quien está limitado por el proceder de las personas, sino al revés. (Algunos hablan de la elección de Dios como de algo, no que Dios decreta, sino que Dios hace porque ve de antemano cómo van a responder ciertas personas a Su llamado). Los decretos de Dios son incondicionales, y sólo dependen de Su propia voluntad y Santidad. En caso contrario, Dios se convertiría en un ser que tiene que esperar a ver que harán Sus criaturas, en un Dios que tiene que cambiar de planes para acomodarse a las circunstancias cambiantes.

Ahora bien, esto no significa que en este mundo no haya tal cosa como la causa y el efecto; esto no implica que no haya cosas condicionales o condicionadas. Lo que hemos de entender es que cada una de esas causas y efectos, cada acción libre, forma parte del decreto de Dios, porque Él ha decretado que lo que tiene en mente se ha de cumplir, Dan. 4:35, Mat. 11:25-26, donde la clave para entender es: “porque así te agradó”. Tenemos lo mismo en Efe. 1:5 y en todo el capítulo. Pero donde se encuentra esto de modo más evidente es en Rom. 9, especialmente 9:11: Dios había decretado que el mayor sirviera al menor, y se tenía que cumplir, pues dice en 9:13 que amó a uno y a otro aborreció. Y si preguntamos si esto fue a causa de lo que hicieron, la respuesta es que no, que antes de nacer ya eso estaba decretado. La elección de Dios no tenía nada que ver con las obras de aquellos dos.

Por tanto, repetimos: el propósito de Dios es incondicional y soberano, y no hay injusticia en Dios cuando obra así. Él mismo nos prohíbe que lo pensemos siquiera: 9:14-18.

F) Otro principio que debemos indicar es que los decretos de Dios son eficaces, se cumplen necesariamente, lo cual es una consecuencia de Su soberanía y omnipotencia. Lo que Él determina ha de cumplirse, nada ni nadie lo puede estorbar, no puede fracasar, se han de cumplir infaliblemente.

G) El séptimo principio, aunque ya lo hemos indicado, es que los decretos de Dios son coherentes y están en armonía en todas las cosas con Su naturaleza sapientísima, clementísima, justísima y santísima. En otras palabras: no hay contradicción en Dios, no puede haberla. Dios es perfecto y absoluto, y la cuestión de Sus decretos encaja perfectamente con Su Ser. Nosotros no entendemos todas las cosas, y no entendemos porqué Dios decretó permitir el pecado. Es claro que sin ese decreto y permiso nunca hubiéramos conocido cómo es realmente la justicia de Dios, la santidad de Dios, el amor de Dios, y todo lo que tiene que ver con la gloria de Dios en el plan de salvación. Todo esto hubiera quedado sin manifestar, Rom. 3:24-26, y aunque no lo entendemos todo, hemos de concluir que si Él no hubiera decretado permitir el pecado, éste nunca hubiera existido. Cuando estemos en Su presencia tendremos las respuestas a éstas y otras muchas cosas.

Pero hay dos cosas en las que debemos estar seguros: la primera es que Dios no es nunca la causa del pecado, Hab. 1:13; San. 1:13. La segunda es que el propósito de Dios es coherente con el comportamiento de Sus criaturas, y aunque no podemos entender esto, hemos de aceptar que hay decretos eternos de Dios y hay agentes libres y acciones libres. Dios garantiza la libertad, pero al mismo tiempo, Él está actuando para que se realicen sus fines y propósitos. Y si preguntamos cómo puede ser eso, la respuesta la tenemos en Rom. 9:20-23. No podemos ir más allá, y hemos de aceptar ambas cosas que la Biblia nos dice repetidamente.

Y con todo esto creo que se puede obtener una conclusión fácil, y es que la salvación de hombres y mujeres, así como de ángeles, fue determinada por Dios desde antes de la fundación del mundo, y esta salvación ha sido y será por Su beneplácito y por Su gracia. Hemos leído Mat. 11:25- 26, pero también podemos leer Juan 6:37, 39, 44, 65; Juan 17 en donde se repite siete veces que el creyente ha sido dado por el Padre al Hijo; Hec. 13:48; 2a Tes. 2:13; 2a Tim. 1:9; o Rom. 9:20-23 que ya hemos visto. Y si alguien pregunta lo que se indica en Rom. 9:19, a continuación tenemos la respuesta de Dios, la respuesta bíblica. Y esta es la respuesta para nosotros mientras estemos en este mundo.

No podemos llegar a más, no podemos asimilar más, no podemos entender la mente de Dios. No debemos preguntar: “¿Y porqué Faraón; o porqué Jacob y no Esaú?”. Porque la respuesta es: ¿Y quién eres tú? ¿Te estás oponiendo a la mente de Dios? ¿Estás olvidando lo pequeño que eres y cómo eres a causa de la Caída y de tu propio pecado?

También hemos de decir algo acerca del “fatalismo”. Muchas personas dicen que el creer en los decretos eternos de Dios es defender el fatalismo, el cual dice que hay algo como un destino ciego e impersonal del cual no podemos escapar. Esta es una doctrina pagana, y ya hemos dicho que Dios es persona, y Sus decretos están en armonía con Su propio Ser y personalidad. Además, el fatalismo niega la libertad humana y hace a las personas meros autómatas, mientras que Dios no hace esto. Por tanto no estamos a merced de un fatalismo ciego. La doctrina cristiana afirma que todo está en el plan eterno de Dios, el cual se cumplirá para Su gloria y para el bien de Su pueblo, al mismo tiempo que las personas son libres y responsables de sus acciones, mientras que el fatalismo excluye la idea de fines u objetivos finales.

Dios siempre es coherente consigo mismo, y hemos de aceptar lo que claramente nos ha dicho sobre Sus decretos eternos, aceptar lo que ha determinado y decidido desde antes de la fundación del mundo. Y si somos creyentes, si somos hijos de Dios, hemos de saber que lo somos porque Dios lo ha determinado, y nada ni nadie puede estorbar Sus propósitos para con nosotros, nada ni nadie puede quitarnos de Su mano, Juan 10:27-30.

Dios me conocía a mí y mi nombre estaba escrito en el libro de la vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo, desde antes que nada fuera hecho y que yo entrara en él. Por eso debemos inclinarnos ante Su Majestad y debemos humillarnos en Su Santa presencia, y debemos aceptar y someternos a la revelación que Él ha querido darnos. ¡Qué así sea!

Tema 9: La Trinidad

LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

Hemos estado considerando los Nombres de Dios, y a través de ellos nos hemos percatado de la riqueza de enseñanza que encierran. Esos Nombres, hemos dicho, nos permiten conocer más a Dios. Y ahora llegamos a la que es la más importante doctrina respecto al Ser de Dios, pero también a la que es la más misteriosa y difícil de todas: la doctrina de la Santísima Trinidad. Y aquí podemos recordar lo que dijimos días antes en cuanto a nuestra dependencia de la revelación de Dios para poder conocerle. Si Dios no nos hubiese hablado de esta doctrina, no habría persona alguna que se la hubiera inventado. Esta doctrina viene en la Biblia y nada más que en la Biblia, y aunque haya muchas religiones y muchos dioses, nadie nunca ha podido decir esto acerca de Dios porque nadie nunca ha podido pensar esto, y lo que sabemos es porque Dios ha querido mostrarlo.

Por tanto, y también como hemos indicado en otras ocasiones, debemos tener, cuando nos acercamos a ella, el mismo sentimiento que tuvo Moisés ante la zarza, y debemos percatarnos que “el lugar a que nos acercamos es tierra santa”. Nos estamos acercando, pues, al misterio de los misterios, al Dios que no podemos expresar ni comprender, y ante lo que ese Dios nos ha dicho de Sí mismo.

Y una cosa más acerca de esta doctrina que debemos indicar: La Trinidad es la doctrina más distintiva de la fe cristiana. El Dios de la Biblia no es ni parecido, como dicen algunos, al dios del Islam, aunque ambas religiones se declaren monoteístas: en un caso tenemos a un dios concebido en la mente humana; en el otro, a un Dios ante el que nos quedamos asombrados por Su misterio. Por tanto, hemos de considerar esta doctrina de la Trinidad, por más difícil que sea, porque a Dios le ha placido decirnos esto acerca de Sí mismo, y nuestra obligación es saber todo lo que nos ha dicho.

Y nos podemos preguntar: ¿por dónde empezamos? Y aquí también creo que es bueno decir algo, aunque sea negativo: no podemos enfocar esta doctrina en términos de filosofía o de nuestros propios pensamientos, pues estamos ante un gran misterio que no podemos comprender y lo único que podemos hacer es admitirlo. Y es que muchos han puesto ejemplos para que entendamos esto de que los tres son uno: el agua en sus tres estados, el sol con su luz y calor, la tierra con la semilla y la flor, etc. Y así, han dicho: se ve la unidad y sin embargo también la división; los tres son uno y uno es los tres. Pero aunque hay buena intención con los mismos, resultan peligrosos porque no hay nada que conozcamos que sea semejante a esta doctrina, con lo cual podemos hacernos una imagen falsa de Dios. Así que estamos ante un gran misterio que no podemos explicar ni concebir; sólo podemos admitirlo, mirarlo con asombro, con temor, con reverencia, con adoración, y admirarnos ante él.

En cierto modo, cuando hemos hablado del amor como uno de los atributos de Dios, cuando hemos dicho que la Biblia nos indica que “Dios es amor”, surge esta doctrina de la pluralidad de personas en Dios, porque si Dios es eterno y ha tenido amor eterno, entonces siempre ha amado, y antes de la creación del mundo ha tenido que amar, lo cual casi nos lleva a la Trinidad, es decir, a lo que la Biblia enseña, que las tres personas de la Trinidad se han amado entre sí perfectamente desde la eternidad.

Y ahora vayamos a lo que nos dice la Biblia, y lo que resaltamos primero es lo que no nos dice. En ninguna parte de la Biblia hay una afirmación que diga que Dios son tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero de forma implícita esta doctrina se encuentra tanto en el A.T. como en el N.T., y se sugiere en muchos sitios que, a primera vista, son inesperados para nosotros.

A) Lo primero que vamos a mencionar es que la doctrina de la Trinidad no significa que haya tres Dioses. Es el llamado “triteísmo”, el cual es lo contrario del “unitarismo”, que indica que en Dios sólo hay una persona y que el Hijo y el Espíritu Santo no son divinos. Fijémonos lo fácil que es desviarnos cuando nos dejamos llevar por nuestros razonamientos en este tema. Y así, unos y otros se culpan de sendos errores. Pero repito: el cristianismo no es triteísta, y esta unicidad de Dios se repite por todo el A.T., Deu. 6:4, confirmado por el Señor en Mar. 12:29. (la palabra “dioses” que aparece en la Biblia se refiere a ídolos, Isa. 42:17, a los jueces, Exo. 22:28, a los que vino la palabra de Dios, Sal. 82:6 y Juan 10:34, y al mismo Satanás, 2a Cor. 4:4). Era el mensaje que se repetía constantemente a los hijos de Israel, pues eran ellos los únicos que poseían tal revelación, y la tenían en medio de naciones paganas con una gran variedad de dioses y diosas. El problema en la época del A.T. era el politeísmo, y la nación de Israel recibe el encargo de proclamar la unidad de Dios y el hecho de que sólo existe un Dios.

También en el N.T. tenemos declaraciones en este sentido: Juan 10:30 (no dos, sino “uno” somos); Juan 5:44; 17:3; Rom. 3:30; 16:27; Gal. 3:20; 1a Tim. 1:17; San. 2:19, hacen referencia a lo mismo. Y, por tanto, aunque no entendamos esta doctrina de la Trinidad, hemos de decir que no creemos en tres dioses, aunque seamos tentados a veces a ello.

B) Una vez asentado este primer principio, una vez admitido que Dios en Su naturaleza es uno, hemos de decir que, sin embargo, existe como tres personas. Y ya nos estamos metiendo en problemas, ¿no es cierto? Porque ¿cómo pensamos en uno que son tres? Y creo que aquí tenemos un problema con el mismo lenguaje, con las palabras que usamos, porque cuando hablamos de personas tenemos en mente a individuos separados. En cambio, la Biblia usa esta palabra y la usa con un significado distinto, porque sigue diciendo que Dios es uno. Y esto no se entiende; yo no lo entiendo y nadie puede entenderlo, y aunque las mentes más grandes de la historia de la Iglesia lo han intentado, nadie ha podido, lo cual se ilustra con aquella historia del niño que hizo un pequeño pozo a la orilla del mar y quería meter toda el agua de ese mar dentro del pozo. No se puede, y lo único que podemos decir es que Dios es uno pero existe como tres personas.

En la Confesión de Fe de Westminster, capítulo 2, III, se nos indica: “En la unidad de la Divinidad hay tres personas, de una misma sustancia, poder y eternidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo”.

C) Veamos ahora algunas citas bíblicas que confirman esto que decimos:

Juan 1:1: parece una contradicción, pero es cierto. El Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. El Verbo es Dios como el Padre es Dios, pero no hay dos dioses.

Juan 10:30; Rom. 9:5; Col. 2:9; Tito 2:13; todas estas citas muestran que no sólo el Padre es Dios, sino que el Hijo es Dios.

También aparecen en los Evangelios atributos que pertenecen a Dios y que se adscriben al Señor Jesucristo: la eternidad, Juan 8:58, la vida en Sí mismo y el poder de otorgarla, Juan 5:26; 17:2; la inmutabilidad, Heb. 13:8; la omnipotencia, Mat. 28:18; la omnipresencia, Mat. 28:20; la omnisciencia, Juan 2:25; conocía los pensamientos de las personas, Juan 1:48; por medio de Él fueron creadas todas las cosas, Col. 1:15-16; todas subsisten por Él, Col. 1:17; Él será el Juez, Juan 5:27, es el soberano, el primero y el último, quien puede perdonar pecados, a quien dijo Tomás “Señor (kyrios, Adonai) mío y Dios mío”, etc. Por eso decimos que el Padre es Dios y que el Hijo es Dios.

Pero también se habla de que el Espíritu Santo es Dios, no una fuerza activa como dicen algunos (pues enseña, capacita, juzga, convence, comunica, manda, prohíbe, pide, se le puede resistir y entristecer, etc): Hec. 5:3-4; puede haber una blasfemia contra Él, Mat. 12:31; tenemos la fórmula del bautismo, Mat. 28:19; la bendición apostólica, 2a Cor. 13:14; se le llama “el otro” Consolador, Juan 14:16. Es omnipresente, Sal. 139:7, omnisciente, 1a Cor. 2:10-11, omnipotente, Isa. 11:2, eterno, Heb. 9:14, creador, Job 33:4, etc.

Evidentemente hay muchos hoy día y a lo largo de la historia que han rechazado esto por no entenderlo, (sólo lo aceptan aquellos a los que ha sido revelado, Juan 5:18) y hay muchos que intentan explicarlo diciendo que no hay tres personas, sino que son distintas formas de revelarse el único Dios, que unas veces lo hace como Padre, otras como Hijo, y otras como Espíritu Santo, de igual modo que un hombre puede ser padre, marido y predicador. Pero no es esto lo que enseña la Biblia: no es un único Dios que se manifiesta en tres formas, ni son tres dioses; son tres personas divinas, y vemos que el mismo Cristo habló de las otras dos personas no refiriéndose a Sí mismo. Incluso hay pasajes donde se nombran a las tres juntas: Luc. 1:26-38; Mat. 3:13-17; Juan 15:26, Efe. 2:18, 1a Ped. 1:2, y de nuevo podemos recordar la fórmula bautismal y la bendición apostólica, Mat. 28:19, 2a Cor. 13:14.

También en el A.T. hay mucha enseñanza acerca del Hijo y acerca del Espíritu Santo, pero como cualquier otra doctrina, ésta de la Trinidad se encuentra más velada y oscura en dicho A.T., sobre todo por el peligro que había del politeísmo, Isa. 6:1, 9-10 y Juan 12:39-41; Isa. 48:16-17; 49:7. Podemos decir que a Dios le interesaba en aquella época fijar definitivamente la idea de que es Uno. Además, para aquel entonces aún no había venido el Hijo encarnado ni se había enviado al Espíritu Santo, y sólo después de ambos sucesos es cuando estamos más en disposición de admitir esta doctrina misteriosa.

Pero podemos ver también algunas citas: Recordamos el Nombre Elohim, (hemos de saber que en hebreo existían palabras distintas para designar a números de personas distintas: el singular es para “uno”, el dual para “dos”, y el plural para “más de dos”, y ya dijimos que la Palabra Elohim denota pluralidad); vemos Gen. 1:26; 3:22, donde se vislumbra la Trinidad; 11:7; Isa. 6:8; 44:6; recordemos también cuando hablamos de las teofanías cuando se revelaba el Ángel del Pacto, que no era la encarnación del Hijo, sino apariciones; Gen. 1:2, en relación con el Espíritu; Exo. 31:2-5, etc. Por tanto podemos concluir que hay una riqueza de enseñanza respecto a esta doctrina de la Trinidad tanto en el A.T. como en el N.T.

D) Un aspecto final de esta doctrina es considerar la relación que existe entre las tres personas. ¿Cuál es esa relación? Y la respuesta que nos da la Biblia es que las tres son coeternas, no están subordinadas entre ellas. Y cuando al Hijo se llama Hijo no se indica que sea menos que el Padre; es igual que el Padre, aunque distinto, Heb. 1:3. En el Credo Atanasiano tenemos la siguiente definición: “El Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios; y, sin embargo, no hay tres Dioses sino un Dios. El Padre es el Señor, el Hijo es el Señor, el Espíritu Santo es el Señor, y, sin embargo, no hay tres Señores, sino un solo Señor. Puesto que la verdad cristiana nos obliga a reconocer que cada persona por sí misma es Dios y Señor, la misma verdad nos prohíbe decir que hay tres Dioses o tres Señores”. Y no podemos ir más allá de esto, porque es un gran misterio.

Sin embargo, y es algo muy importante y glorioso que tiene multitud de enseñanza en otros aspectos de la fe cristiana, aunque las tres Personas son iguales y coeternas, para el plan de salvación tenemos lo que se ha llamado “la economía de la Trinidad”. Es decir, se hace una división entre las personas en relación con la obra de salvación, y hay una especie de reparto de tareas: El Padre crea y elige; el Padre planea la salvación, aunque lo hace con el Hijo y el Espíritu; el Padre envía al Hijo para que haga posible esa salvación; y el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo para que aplique la salvación.

Y esto también es asombroso, que las tres Personas de la Bendita Trinidad hayan dividido Su obra para nuestra salvación, que el Hijo se haya puesto a disposición del Padre, y que el Espíritu se haya puesto a disposición del Padre y del Hijo. El Espíritu no habla de Sí mismo, sino que glorifica y testifica del Hijo. El Hijo no habló de Sí mismo, sino que recibió Sus palabras y Su obra del Padre, aunque era igual y eterno. Esta es la Trinidad económica. Había una especie de división en la labor, y sin embargo, una unidad en el propósito y una unidad en el desempeño del mismo. No olvidemos que todo lo que se atribuye a Dios se atribuyen a las tres personas, aunque sea una la que en cada momento resalte más, 2a Cor. 5:19.

Terminamos recordando que esto no cabe en nuestras mentes. Es el mayor misterio de la Biblia y de la fe cristiana. A nosotros nos corresponde, como hijos humildes, recibir esta verdad tal como se nos ha revelado, y caer en admiración, asombro y adoración, Ecl. 4:12. Está por encima de nosotros, pero es cierto, y es especialmente cierto para nuestra salvación.