5. Los atributos personales de Dios (incomunicables)

El conocimiento correcto de Dios ya hemos comentado que es necesario para no caer en distintas formas de idolatría, tal como el mismo Señor o los apóstoles dijeron, Juan 4:22; Hec. 17:23. Y nunca adoraremos correctamente hasta que conozcamos bien a Dios y podamos hacerlo en “espíritu y en verdad”, tal como Dios desea, Juan 4:23-24.

Pues bien, estas revelaciones adicionales de Dios se acostumbran a dividir en dos grandes grupos: aparecen en la Biblia los llamados “atributos” de Dios, y aparecen también ciertos “nombres” por medio de los cuales Dios se ha revelado. Y para ambas cosas dependemos por completo de la Biblia. Es el mismo Dios quien se manifiesta en ella y quien dice cosas de Sí mismo para que Le conozcamos. Por tanto, tengamos de nuevo presente el mandato de “quitarnos los zapatos porque la tierra que pisamos es santa”, e intentemos, humildemente, conocer más a Dios dándole gracias por Su condescendencia.

Y al hacer esto debemos comprender que no vamos a ver partes separadas de Dios, lo cual es una tendencia en muchas personas. Vamos a ver, por así decirlo, distintos retratos de Dios, distintos aspectos particulares, pero que todos unidos y nunca enfrentados constituyen la personalidad y el Ser de Dios.

Y comenzamos con los atributos, los cuales podemos entenderlos también como las perfecciones de Dios, las excelencias de Dios, o como dice Pedro, las virtudes de Dios, 1ª Ped. 2:9, las cuales debemos anunciar y mostrar como cristianos. Y dentro de estos atributos también se han realizado muchas clasificaciones para poder estudiarlos. Nosotros distinguiremos entre los atributos de la personalidad de Dios, los que pertenecen a Dios, también llamados “incomunicables”, y aquellos otros que corresponden a Su moralidad, también llamados “comunicables”. Y entre los primeros, que son los que vamos a ver en este tema, podemos citar los siguientes:

A) En primer lugar, Su eternidad: Dios es eterno, no tiene principio ni fin, Sal. 90:2; 102:12, Isa. 40:28. Y esto es algo que no llegamos a comprender bien, simplemente lo afirmamos, lo creemos y lo admiramos. Para Él no hay tiempo, carece de pasado y de futuro, vive en un eterno presente; por tanto, para Él, todo lo que va a suceder ya ha sucedido. En Dios no hay impaciencia, y en Su plan eterno todo tiene su tiempo, siendo inútil el intentar adelantarlo a atrasarlo.

B) En segundo lugar, Dios es inmutable, absolutamente inmutable, y jamás puede cambiar. Es eternamente el mismo, nunca cambiará en nada de lo que es o ha sido, Mal. 3:6, Heb. 6:17. El nombre “Yo soy el que soy” sugiere esto mismo. Dios es inmutable en esencia, en Su Ser, en Su naturaleza; por Él no pasa el tiempo, no hay arrugas en Su rostro.
Es inmutable también en Sus atributos. No es posible que Dios posea un atributo ahora y después no, o que ahora carezca de algo que más tarde tendrá. Nosotros, por el contrario, somos muy variables, y aunque sigamos siendo las mismas personas, continuamente cambiamos, bien por falta de previsión o bien por falta de poder. Pero esto no es posible en Dios, San. 1:17.

Y Dios es inmutable también en Su consejo y Su modo de obrar. Su voluntad no cambia, Sus propósitos tampoco. Así es Dios, no cambia ni tiene la posibilidad de cambiar, no va de mejor a peor, ni de peor a mejor, ni de inmaduro  a maduro.

Y ante esto alguien puede preguntar: “¿Y qué hay de los pasajes en los que se dice que Dios se arrepintió; arrepentirse no es cambiar de opinión?”, Gen. 6:6, Exo. 32:14, 2º Sam. 24:16, etc.  ¿Y aquellos tales como Gen. 8:1, 21; 9:15? ¿Y no están estos pasajes en contradicción con otros, tales como Num. 23:19, 1º Sam. 15:29?  La respuesta es: el carácter de Dios no cambia pero Su proceder con las personas sí que lo hace dependiendo de la conducta de éstas, y en muchos casos ese cambio en Dios se describe con caracteres antropomórficos.

El carácter es eternamente el mismo, pero Su proceder varía con las circunstancias. O en otras palabras: Dios no es inmutable como una piedra, que no cambia ni siente, pues hemos dicho que tiene personalidad. La Suya es la inmutabilidad de la perfección absoluta, y esta es una más de las grandes doctrinas que sirve para la paz y confianza del cristiano: Dios no se va a echar atrás, no se va a desdecir, no va a pensar de otro modo. Al mismo tiempo, para el pecador, saber que Dios es eternamente lo que es, justo y santo, es algo aterrador.

C) El tercer atributo de la personalidad de Dios que debemos considerar es Su omnipresencia, lo cual quiere decir que Dios está presente en todas partes. Ahora bien, como Dios es espíritu, esta omnipresencia no debe entenderse en un sentido corporal, aunque casi es imposible asimilar esta idea que la Biblia enseña claramente. Además, Él no está presente en todas partes de la misma forma, pues la Biblia afirma que el Cielo, o los cielos, es Su morada especial, 1º Rey. 8:30. Por tanto, y aunque no podemos decirlo de otro modo, Dios está presente en todos sitios pero hay algunos donde lo está especialmente, Jer. 23:23-24; Sal. 139:7-12; Hec. 17:28.

Esta doctrina, de nuevo, es reconfortante, pero al mismo tiempo ha de servirnos de advertencia: reconforta el saber que cualquiera que sea el sitio o las circunstancias Dios está conmigo, pero no debo olvidar que siempre estoy en Su presencia, lo cual es una buena definición para el cristiano: el cristiano es aquella persona que camina sabiendo que está en la presencia de Dios.

D) El cuarto gran atributo es la omnisciencia de Dios. Dios conoce todas las cosas, y las conoce de modo total y absoluto, perfecto y completo, y conoce todo lo real y todo lo posible; nunca ha aprendido, ni tampoco puede aprender, y como en otros atributos, nos podemos hacer una idea mejor pensando o diciendo lo que no es Dios en este sentido. Dios nunca descubre nada, nunca se sorprende, nunca se queda perplejo, Sal. 147:5; Pro. 15:3. La Biblia nos da bastantes detalles de esta omnisciencia:

1) Nos habla del conocimiento de Dios de todas las cosas de la naturaleza, Sal. 147:4; Mat. 10:29.

2) Nos habla del conocimiento que Dios tiene de nosotros, lo cual queda reflejado de forma muy gráfica en el Sal. 139:1-6. Aunque a veces, el pueblo de Dios en su falta de fe, duda de esto, Sal. 77:3-10. También tenemos las citas de Luc. 12:7, o Heb. 4:13.

3) Y nos habla también del conocimiento perfecto que Dios tiene de la historia pasada o futura. Esto lo vemos claramente en muchos de los profetas, tema éste en donde algunos se equivocan al decir que Dios solo ve en el futuro de lo que son las profecías, pero no en todas las cosas. Podemos leer Dan. 2, donde se predicen los reinos que habían de venir, o Dan. 8, o Hec. 15:18.

En relación con este atributo de Dios se habla también de “presciencia”, es decir, de conocimiento de antemano, lo cual está implícito en la idea de que para Dios no existe el tiempo. Para Él todo es un eterno presente, y aunque esto tampoco podemos asimilarlo, la Biblia así lo enseña. Nosotros vivimos en el tiempo, pero Dios está por encima del tiempo. Y aunque para nosotros es un misterio, en la Biblia se nos habla de este conocimiento previo de Dios al mismo tiempo que de las acciones libres de los seres humanos.

Y también hemos de decir algo sobre la sabiduría de Dios, la cual es una parte de su conocimiento perfecto, porque no es lo mismo sabiduría que conocimiento. De hecho, nuestra época se caracteriza porque muchas personas tienen conocimiento pero tan poca sabiduría que a nadie se le ocurre ir a ellas para pedir opinión o consejo. El conocimiento proviene del estudio; la fuente de la sabiduría es el discernimiento; el conocimiento es teórico, la sabiduría es práctica y usa dicho conocimiento para la vida; en el conocimiento, la mente y la voluntad actúan de forma independiente, mientras que la sabiduría se preocupa para que la mente actúe subordinándose a la voluntad. Y la Biblia subraya la sabiduría de Dios, es decir, Dios aplicando Su conocimiento, y la vemos en la creación, en la naturaleza, en la obra de la redención, y en Su providencia con que lo dispone todo, 1ª Cor. 1:22, 24, 30.

Por tanto, todos los actos de Dios son sabios, y son tan puros como sabios, y tan buenos como sabios y puros. No se podría realizar mejor ninguno de ellos; es más, ni siquiera habría la posibilidad de imaginar una mejor manera de realizarlos. Y si es así, lo mejor para nosotros es dejar nuestra propia sabiduría para tomar a cambio la sabiduría infinita de Dios. Esta omnisciencia de Dios también debería llenarnos de estupor, de santo temor y de adoración.

E) En quinto lugar hemos de considerar la omnipotencia de Dios. Dios es todopoderoso, Él lleva a cabo todo lo que desea y nadie puede hacer nada en contra de lo que Él decrete, Gen. 35:11. Y al tratar este atributo, hemos de decir algo sobre la voluntad y sobre el poder de Dios.

La omnipotencia es la voluntad de Dios en acción. Dios desea y se hace, Efe. 1:11. La voluntad de Dios es la base de la existencia, de la redención, de todo lo que ha sucedido y de todo lo que va a suceder. Y la Biblia enseña que esta voluntad es soberana, no depende de nada ni de nadie, ni está determinada por nada que no sea Dios mismo. Es la expresión de Su señorío, de Su ser absoluto. Además, hemos de recordar que esta voluntad no es arbitraria ni caprichosa, sino que está en armonía con todos los demás atributos de Dios. Es la voluntad de un Dios omnisciente, omnipresente, de un Dios que es amor, que es santo, justo y compasivo.

Finalmente, hemos de decir que en la Biblia se habla de la voluntad de Dios en tres maneras: está la voluntad “decretiva” de Dios, es decir, cuando Él declara que va a hacer ciertas cosas y las hace; está la voluntad “preceptiva” de Dios, que es cuando Él ordena ciertas cosas para que las hagamos aunque podemos no hacerlas; y está la voluntad “permisiva” de Dios, que es Su forma de actuar cuando no impide un mal. Las tres son voluntad de Dios, pero sus cumplimientos son distintos. A la primera nada se puede oponer; la segunda puede no cumplirse; y la tercera es contraria a Su Santo Ser. Y es importante no confundirlas.

En cuanto al poder de Dios, la Biblia nos dice que es ilimitado, como corresponde a un Ser infinito. Nada hay difícil para Dios, Gen. 18:14, nada imposible, Luc. 1:37. Él hizo todo de la nada, habló y fue hecho, dijo y fue creado. Y esta voluntad y este poder se manifiestan claramente, igual que la omnisciencia, en tres formas: en la creación, en la salvación, y en la providencia. Es el poder que resucitó a Cristo de los muertos, Efe. 1:19-20, y es el que se necesita para salvar aún a una sola alma. Ninguna oración será demasiado difícil, ninguna necesidad demasiado grande, ninguna tentación demasiado fuerte, ninguna aflicción demasiado profunda, para que Dios no pueda resolverla, Efe. 3:20-21.

Hay muchas cosas que no comprendemos de la voluntad y del poder de Dios, pero no se nos han dicho para que las comprendamos, sino para mirarlas con reverencia, asombro y adoración. Por esto mucha gente plantea el viejo problema de: “Si Dios todo lo puede, ¿por qué permite el mal y el sufrimiento en el mundo?”.

F) En sexto lugar la Biblia también nos habla de la bienaventuranza de Dios, de Su absoluta y completa perfección, de Su ausencia de necesidades. No hay nada más elevado ni mejor que Dios. Toda perfección se encuentra en Él en forma absoluta; no tiene ninguna falta o deficiencia. Es el Dios bendito, 1ª Tim. 1:11, el que se regocija en Sí mismo, el que se deleita en Sí mismo y en Su perfección, el que es autosuficiente en forma perfecta y absoluta, el que no está obligado a nada. Es el único Ser feliz y dichoso en Sí mismo, que se complace en Sí mismo, y que no necesitaba crear ni salvar al hombre, y si lo hizo, fue por el puro afecto de Su voluntad, Efe. 1:5.

G) En último lugar, la Biblia nos habla también de la gloria de Dios, y esta es la forma de describir Su grandeza, Su esplendor y Su majestad. Leemos de esa gloria llenando el templo, 1º Rey. 8:11, y leemos cómo esa gloria se manifestó de forma atenuada a ciertas personas. La culminación la tenemos en el propio Señor Jesucristo, Juan 1:14, lo que significa que vimos algo de Su grandeza, de Su majestad, de Su ser, de Su poder, etc.
Estos son los atributos que pertenecen a la personalidad de Dios, a Su ser esencial. Y si esto no nos lleva a postrarnos a Sus pies, a entregarnos por completo y sin reservas a Él, comprendiendo que el mayor privilegio que tenemos es el de tener comunión con Él y adorarle y servirle, es porque algo falla en nuestras vidas. Nos estamos acercando al Dios que habita en luz inaccesible, a quien nadie ha visto ni puede ver, 1ª Tim. 6.16, y ese Dios ha tenido a bien hablarnos sobre Sí mismo. Démosle gracias, pues, y adorémosle, sabiendo que “el dios de este presente siglo no se asemeja más al Soberano Supremo de las Sagradas Escrituras, de lo que la confusa y vacilante vela se asemeja a la gloria del sol a mediodía”, (A.W.Pink).

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