6. Los atributos morales de Dios (comunicables)

Estamos estudiando los atributos de Dios, y hemos visto aquellos que pertenecen a Su personalidad absoluta. Ahora nos vamos a detener en aquellos otros que se denominan atributos morales o atributos comunicables de Dios. Los primeros pertenecen sólo a Dios; los que vamos a ver ahora se pueden encontrar también, aunque en menor medida, en las personas, y Dios los transmite a Su pueblo.

A) El primer atributo moral de Dios que hemos de ver es Su Santidad, la Santidad de Dios. ¿Qué es, cómo debemos entenderla? Podemos decir desde un punto de vista negativo que la Santidad es la separación total entre Dios y el pecado, la separación entre Dios y el mal, y en un plano positivo que la Santidad es pureza esencial y absoluta. Y la Biblia nos enseña que Dios es Santo, el único Santo, 1º Sam. 2:2, y manifiesta en parte esa Santidad aborreciendo al pecado, separándose de él, pero también del pecador y de todo lo que es malo. Es debido a Su Santidad que Dios es fuego consumidor. La enseñanza de que Dios aborrece al pecado pero ama al pecador, en líneas generales como si amara a todo el mundo, no es cierta, no es bíblica, Sal. 7:11, Pro. 3:32.

Se ha dicho que el poder es la mano o el brazo de Dios, la omnisciencia Sus ojos, la misericordia Sus entrañas, la eternidad Su duración, pero la Santidad es Su hermosura, y es esta hermosura lo que lo hace deseable para aquellos que han sido liberados del dominio del pecado, Sal. 110:3. En la Biblia se le llama Santo a Dios más veces que Todopoderoso y se presenta este atributo más que ninguno. Lo que sucede es que ninguno de nosotros podemos valorar lo que la Santidad significa, y sólo nos acercaremos a ella en la medida en que el Espíritu  penetre en nuestros corazones.

Podemos dar algunos ejemplos que permiten comprender esto mejor.

En primer lugar, pensemos en las revelaciones de Su propia Santidad que Dios ha dado en visiones a ciertas personas: Exo. 34:4-10, 28-30. Moisés quedó abrumado por la sensación de Santidad. Lo mismo vemos en Job 42:5-6, Isa. 6:1-5, Eze. 1:27-28, Luc. 5:4-8. Cualquiera que se haya acercado lo más mínimo a Dios ha quedado impresionado por su absoluta Santidad, y la Biblia habla de Dios como “el Santo”, Isa. 40:25, y nos da el mandato de “Sed santos porque yo soy santo”, 1ª Ped. 1:13-17, en el que Dios afirma Su Santidad.

En segundo lugar, no hemos de olvidar que todo el A.T. se dedica a revelarnos la Santidad de Dios, Exo. 15:11, y lo que Dios ha hecho como resultado o consecuencia de esa Santidad. Así, el propósito de dar la Ley era el de revelar la santidad de Dios; el separar a un pueblo fue para que una vez que comprendieran esa Santidad ellos también fueran santos; toda la construcción del Tabernáculo, con el lugar Santísimo donde sólo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año, y no sin sangre, era para esto mismo; toda la distinción entre animales puros e impuros, entre lo que se podía comer y no, todas las instrucciones sobre los sacrificios, o incluso sobre el transporte del Tabernáculo, tenían como finalidad mostrar a un Dios Santo que deseaba que Su pueblo fuera también santo. Lo mismo tenemos en los salmos, Sal. 22:3, 71:22, 77:13, y también en la enseñanza de los profetas, la cual se puede resumir en Hab. 1:12-13.

En tercer lugar, vemos que el mismo énfasis se hace en el N.T., donde el propio Señor Jesucristo, que era Dios y que había salido del seno eterno del Padre, se dirige a Él como “Padre Santo”, Juan 17:11. De nuevo la enseñanza aparece en 1ª Juan 1:5, donde la palabra “luz” hace referencia a esta santidad, en el episodio de Ananías y Safira, Hec. 5:1-11, y lo mismo tenemos en múltiples referencias respecto, no sólo al Padre, sino también al Hijo, Hec. 3:14, 4:27, y al Espíritu, que es llamado Santo, Hec. 5:3. Así se habla de las tres Personas de la Trinidad.

Por último, y aunque lo citemos sólo de pasada, el sitio de la Biblia donde se muestra de forma más tremenda la Santidad de Dios es en la propia cruz del calvario. Dios es tan Santo, tan absolutamente Santo, que sólo aquella muerte de Su Hijo pudo hacer posible nuestro perdón. En el Sal. 22: 1-2 tenemos las palabras que el Señor dijo en la cruz ante el abandono, pero también tenemos la respuesta a la pregunta en  el v. 3.  Por ser Dios Santo el Señor tuvo que ser abandonado. Por eso, nuestra falta de santidad debemos esconderla en las heridas de Cristo, tal como Moisés se escondió en el hueco de la roca mientras pasaba la gloria de Dios. El refugio ante la ira de Dios lo tenemos en Dios mismo, y hemos de creer que Dios nos ve perfectos en Su Hijo, al mismo tiempo que nos disciplina, castiga y purifica para que podamos ser partícipes de Su Santidad.

Y esta doctrina debe servirnos, al menos para tres cosas. La primera para que aprendamos cómo debemos acercarnos a Dios, cómo debemos hablar de Dios, cómo debemos pensar sobre Dios. Repito que estos estudios no deben ser para tener más conocimientos teóricos, sino que deben ser prácticos, y si sabemos que Dios es Santo debemos acercarnos a Él con “temor y reverencia”, Heb. 12:28-29, Apo. 15:4. Siempre debemos hacerlo así, estemos donde estemos: solos, con la familia, en el culto, etc. Dios es siempre Dios Santo y no puede ser “mi querido Dios”. Ejemplos de esto los tenemos en la zarza y Moisés, Exo. 3:1-5, en el caso de Uza en 2º Sam. 6:6-7 que nos enseña cómo debemos acercarnos a Dios, y en el relato de la entrega de la Ley cuando el monte ardía y nadie podía acercarse a él, Exo. 19:16-25. La santidad de Dios, Sal. 89:7; 99:5.
La segunda cosa que nos enseña esta doctrina es la terrible naturaleza del pecado. Nunca veremos como es el pecado hasta que no veamos un poco de la Santidad de Dios, y quizás eso explique la vida de muchos creyentes. No es cuestión de examinarnos tanto a nosotros mismos, aunque hay que hacerlo, sino de ir a la presencia de un Dios Santo. Muchos piensan que pecadores son los borrachos o los drogadictos y ladrones, y que no es bueno llevar a las personas a que se vean como miserables pecadores. Pero eso es lo que somos, y lo comprendemos cuando venimos a la presencia de un Dios Santo. Eso es lo que explica el sentimiento de Pablo, Rom. 7:18, 1ª Tim. 1:15, y el de todos los grandes santos de la Iglesia. La forma de vernos con claridad es cuando venimos a la Luz del Dios tres veces Santo.
Y la tercera cosa que muestra la Santidad de Dios es la necesidad absoluta y total de la expiación. Si Dios es Santo, el pecado ha de ser expiado para ser perdonado, no puede ser pasado por alto, necesita derramamiento de sangre y muerte, y eso es lo que vemos también en la propia cruz de Cristo. Por una parte, la Santidad de Dios y el rechazo, el abandono; por otra, la muerte y la expiación.

B) El segundo atributo moral de Dios que aparece en la Biblia es Su Justicia o Rectitud, la cual es una consecuencia ineludible de la Santidad. Y ¿qué es la Justicia de Dios, cómo debemos entenderla? Pues la Justicia de Dios es Su santidad manifestada en relación con nosotros, Deu. 32:4. Es el atributo por el cual Dios siempre hace lo correcto, es la Santidad revelada en el gobierno de este mundo, es el amor de Dios por Su propia Santidad y Su abominación por el pecado.

Esta Justicia se manifiesta, porque no puede ser de otro modo, en una santidad legislativa, es decir, en unas leyes que son santas y que son dadas para imponernos unas exigencias que son justas, Rom. 7:12, Sal. 19:8-9. Dios no va a pedir o imponer nada injusto. Y se manifiesta también en una santidad judicial, es decir, en que Dios exige unas penas justas a todos los que quebranten Sus leyes, a todos los que cometan pecado.

Esta Justicia o Rectitud de Dios también se muestra en toda la Biblia, tanto en el A.T. como en el N.T. Es lo que se llama la ira de Dios, la justa condenación que el mismo Señor enseñó, el odio de Dios hacia el pecado, Pro. 3:32; 15:26, el rechazo y la ira sobre él, Juan 3:17-18, 36. Y es claro que ante la Santidad y la Justicia de Dios, todos somos, por naturaleza, “hijos de ira”, Efe. 2:3.

Pero la Justicia de Dios no sólo se manifiesta en Su ira, sino también se muestra en el perdón de nuestros pecados, 1ª Juan 1:9. Es decir, que una vez Dios ha preparado el camino del perdón, Su Justicia se muestra perdonándonos cuando nos conformamos a él, a ese camino. Y lo que la Biblia enseña es que Dios preparó ese camino dando propiciación por nuestros pecados, lo cual es extraordinario, Rom. 3:23-26. Fue la Justicia de Dios, acompañada de Su amor, la que proporcionó la ofrenda y el sacrificio expiatorio, (propiciación) que eran necesarios.

Otra forma en la que Dios muestra Su Justicia y Rectitud es que siempre guarda Su Palabra: lo que dice lo cumple, lo que promete es cierto, y Él ha dicho que los pecadores tendrán su justa retribución y que los justos tendrán la suya. A veces vemos en la Biblia que el pueblo o los profetas se quejaban porque a ellos les iba mal y, en cambio, los otros pueblos eran prosperados o eran los mismos invasores. Y Dios les recuerda que no había que mirar sólo lo inmediato y presente; que su pueblo merecía un castigo y que Él estaba usando para ello a otras gentes, pero éstas, a su vez, y cuando llegara el tiempo, también tendrían el suyo con toda justicia. De igual modo, Él siempre recompensará a los justos, 2ª Tim. 4:8, y lo hará porque la Cruz de Cristo lo hace posible, porque Su gracia está en marcha.

También Dios manifiesta Su Justicia cuando declara justo a alguien. Y esto es un pensamiento muy elevado, Rom. 3:25-26. Dios no sólo perdona los pecados a quien se arrepiente, y puede hacerlo gracias a la Cruz de Cristo, sino que lo declara justo. Es una declaración legal, una declaración forense. Es la justificación por la fe, Rom. 8:1, por la cual todos nuestros pecados son perdonados, Rom. 3:28.

Finalmente, Dios muestra Su Justicia haciéndonos justos. Es la santificación, la cual continuará, en última instancia, hasta que seamos inmaculados, inocentes, irreprensibles, justos y santos, como Él es, 1ª Juan 3:2. Y la enseñanza de la Biblia es que Dios no declara justo a nadie que no vaya a hacerlo justo, lo cual implica dos cosas: el cristianismo ha de verse en la vida cambiada de la persona, y la seguridad de la salvación es completa en aquellos que han creído y han sido justificados, Fil. 1:6; 2:12-13.

C) El tercer atributo que podemos citar es el Amor o la Bondad de Dios, Jer. 31:3, 1ª Juan 4:8, 16. En la Biblia estas dos palabras son más o menos intercambiables, aunque podemos decir algo que las distingue. La Bondad es la perfección de Dios que le lleva a tratar con generosidad y de manera amable a todas Sus criaturas, Rom. 11:22; Sal. 145:9; Mat. 5:45; 6:26; Hec. 14:16-17. El Amor es aquella cualidad que mueve a Dios a comunicarse con otros; Dios es eterno, Dios es amor, y Su amor es eterno. Es este atributo el que introduce la doctrina de la Trinidad, pues si Su amor es eterno tiene que haber alguien a quien siempre haya amado.

Y quiero resaltar el orden en que estamos viendo estos atributos: primero la Santidad; después la Justicia y Rectitud; y ahora la Bondad y el Amor. Es peligroso no hacer esto así, y da lugar a muchos problemas en la fe, en el evangelismo, en el testimonio, etc. De todos modos, no hemos de olvidar que todos son atributos de un único Dios, y que no pueden contraponerse: el amor de Dios ha de ser justo y santo, Su justicia es amorosa y santa, y Dios no puede actuar con amor siendo injusto.

Ahora bien, además de manifestarse ese Amor y Bondad de Dios de forma general a todas las criaturas, la Biblia habla también de ellos en términos de “Gracia”, la cual podemos definir como “amor inmerecido, amor que de ningún modo se merece”. La gracia es el amor hacia aquellos que han perdido todo derecho a ser amados y que, por el contrario, merecen juicio y condenación. Evidentemente, la gracia va precedida de la misericordia, que es no dar lo que uno merece, y también la respuesta del amor motivada por la desgracia o necesidad del que lo recibe. Y Dios se acerca a las personas con misericordia y con gracia.

La Biblia enseña que la gracia de Dios es la fuente de toda bendición que se nos otorga, que todo proviene de esa gracia eterna, como vemos en Efe. 1:6-8; 2:1, 5, 8; Tito 2:11; 3:3-7. Y el pensar en esta maravillosa gracia debe llevarnos a la adoración y al gozo cuando comprendemos lo que nos ha sido dado por medio de Jesucristo. Y junto a la gracia la misericordia, que también podemos entender como benevolencia o compasión. Es así cómo empiezan algunas de las cartas: “Gracia, misericordia y paz”, 1ª Tim. 1:2; Tito 1:4.
Es difícil distinguir entre estos términos, que son muy parecidos, pero podemos quedarnos con que la misericordia consiste en no dar lo que merece una condición de miseria o dolor que es consecuencia del pecado, o también en el amor o la bondad hacia aquellos que se encuentran en situaciones de necesidad como las descritas, Luc. 10:33-34; Sal. 103:8-14, 15-18; Rom. 9:18. También podemos decir que con la gracia se mira a Dios y con la misericordia se mira la miseria del hombre.

De todos modos, hemos de saber que la misericordia de Dios es para con todos, Sal. 145:9, mientras que Su gracia se ejerce sólo para con los elegidos.

Finalmente, otras características derivadas de la Bondad y el Amor de Dios, o relacionadas con ellos, son Su paciencia y longanimidad, las cuales hacen posible que estemos aquí en el día de hoy. Si no fuera porque Dios es así, ninguno estaríamos aquí, y todos habríamos sido muertos. Estas cualidades significan que Dios soporta con paciencia a los malos y perversos, que se contiene de derramar toda Su ira contra los pecadores que aún siguen pecando. Es lo que vemos en Rom. 2:4-5; 9:22; 1ª Ped. 3:20; 2ª Ped. 3: 9, 15.

D) El cuarto atributo de Dios es Su Fidelidad. En cierto modo, ya está incluido en la idea de rectitud y justicia, o en la idea de inmutabilidad, pero vamos a decir algo respecto a ella. ¿Qué significa, en qué consiste? Cuando hablamos de que Dios es fiel debemos entender que Dios es alguien en quien podemos apoyarnos con total seguridad, en quien podemos confiar plenamente, completamente; alguien de quien podemos depender, alguien con quien podemos quedarnos, que nunca nos defraudará, con quien no cabe la menor duda de que un día pueda dejarnos o soltarnos. Dios mantiene Sus promesas, pues son eternas y fieles; Dios nunca rompe Sus pactos; Dios siempre cumple Su Palabra, y esa fidelidad alcanza hasta las nubes, Sal. 36:5. Y Dios ha dicho muchas cosas que va a hacer, entre ellas que siempre guardará fielmente a Sus siervos y que los liberará en el tiempo de pruebas y conflictos hasta que haya cumplido Sus propósitos en ellos. ¡Y cuántas gracias hemos de dar también por esto!

Las citas que hacen referencia a este atributo son también muchísimas, y podemos seguirlas mediante una concordancia. Podemos leer algunas: 1ª Cor. 1:9; 1ª Tes. 5:23-24, 2ª Tim. 2:11-13. Es cierto lo que Dios ha dicho, nada puede cambiarlo, nada puede impedirlo o frustrarlo. Si somos hijos de Dios nuestro destino es absolutamente cierto, porque Dios lo ha dicho, Rom. 8:30.

Esta fidelidad de Dios es también necesaria para cuando pecamos, cuando no sabemos qué hacer, 1ª Juan 1:9. Él ha dicho que también en esta faceta va a hacer algo, y lo hará. Y no debemos preocuparnos por ello, de modo que cuando seamos tentados podemos decir al diablo que Dios es fiel y que ha dicho que perdona y que mis pecados están todos perdonados.

En Mar. 11:22 se indica “tened fe en Dios”, pero la idea es: “Aferraos a la fidelidad de Dios”. La idea no es “nuestra” fe, sino la fidelidad “de Dios”, pues a veces la fe puede fallar y tambalearse. No descanso en “mi” fe, sino en que Dios es fiel, que nunca cambiará, que es inmutable, y que suceda lo que suceda, en Él tenemos una firme ancla a la cual debemos agarrarnos, Isa. 50:10; Heb. 6:17-19.
Y con esto terminamos el tema. Hay libros donde se habla de otros atributos de Dios, tales como la Verdad o la Soberanía, o se hacen otras clasificaciones para los mismos, pero todos están incluidos en los que hemos visto y analizado, los cuales no debemos nunca separar o aislar cuando pensemos en Dios. Para el estudio lo hemos hecho por claridad y comprensión, pero no hemos de olvidar que Dios es Uno y no podemos enfrentar ninguno de Sus atributos a otros. Si se hace será para nuestro fracaso y para la construcción de un ídolo que servirá para nuestra destrucción. Dios entero está en cada atributo, y Dios es todas estas cosas al mismo tiempo. No olvidemos nunca que Su amor y Su justicia son Santas.

Y dediquemos tiempo a pensar y meditar en cómo es Dios, en estos atributos que Él nos ha mostrado de Sí mismo, lo cual nos llevará, indefectiblemente, a la adoración y a la entrega. ¡Que así sea para Su gloria!

5. Los atributos personales de Dios (incomunicables)

El conocimiento correcto de Dios ya hemos comentado que es necesario para no caer en distintas formas de idolatría, tal como el mismo Señor o los apóstoles dijeron, Juan 4:22; Hec. 17:23. Y nunca adoraremos correctamente hasta que conozcamos bien a Dios y podamos hacerlo en “espíritu y en verdad”, tal como Dios desea, Juan 4:23-24.

Pues bien, estas revelaciones adicionales de Dios se acostumbran a dividir en dos grandes grupos: aparecen en la Biblia los llamados “atributos” de Dios, y aparecen también ciertos “nombres” por medio de los cuales Dios se ha revelado. Y para ambas cosas dependemos por completo de la Biblia. Es el mismo Dios quien se manifiesta en ella y quien dice cosas de Sí mismo para que Le conozcamos. Por tanto, tengamos de nuevo presente el mandato de “quitarnos los zapatos porque la tierra que pisamos es santa”, e intentemos, humildemente, conocer más a Dios dándole gracias por Su condescendencia.

Y al hacer esto debemos comprender que no vamos a ver partes separadas de Dios, lo cual es una tendencia en muchas personas. Vamos a ver, por así decirlo, distintos retratos de Dios, distintos aspectos particulares, pero que todos unidos y nunca enfrentados constituyen la personalidad y el Ser de Dios.

Y comenzamos con los atributos, los cuales podemos entenderlos también como las perfecciones de Dios, las excelencias de Dios, o como dice Pedro, las virtudes de Dios, 1ª Ped. 2:9, las cuales debemos anunciar y mostrar como cristianos. Y dentro de estos atributos también se han realizado muchas clasificaciones para poder estudiarlos. Nosotros distinguiremos entre los atributos de la personalidad de Dios, los que pertenecen a Dios, también llamados “incomunicables”, y aquellos otros que corresponden a Su moralidad, también llamados “comunicables”. Y entre los primeros, que son los que vamos a ver en este tema, podemos citar los siguientes:

A) En primer lugar, Su eternidad: Dios es eterno, no tiene principio ni fin, Sal. 90:2; 102:12, Isa. 40:28. Y esto es algo que no llegamos a comprender bien, simplemente lo afirmamos, lo creemos y lo admiramos. Para Él no hay tiempo, carece de pasado y de futuro, vive en un eterno presente; por tanto, para Él, todo lo que va a suceder ya ha sucedido. En Dios no hay impaciencia, y en Su plan eterno todo tiene su tiempo, siendo inútil el intentar adelantarlo a atrasarlo.

B) En segundo lugar, Dios es inmutable, absolutamente inmutable, y jamás puede cambiar. Es eternamente el mismo, nunca cambiará en nada de lo que es o ha sido, Mal. 3:6, Heb. 6:17. El nombre “Yo soy el que soy” sugiere esto mismo. Dios es inmutable en esencia, en Su Ser, en Su naturaleza; por Él no pasa el tiempo, no hay arrugas en Su rostro.
Es inmutable también en Sus atributos. No es posible que Dios posea un atributo ahora y después no, o que ahora carezca de algo que más tarde tendrá. Nosotros, por el contrario, somos muy variables, y aunque sigamos siendo las mismas personas, continuamente cambiamos, bien por falta de previsión o bien por falta de poder. Pero esto no es posible en Dios, San. 1:17.

Y Dios es inmutable también en Su consejo y Su modo de obrar. Su voluntad no cambia, Sus propósitos tampoco. Así es Dios, no cambia ni tiene la posibilidad de cambiar, no va de mejor a peor, ni de peor a mejor, ni de inmaduro  a maduro.

Y ante esto alguien puede preguntar: “¿Y qué hay de los pasajes en los que se dice que Dios se arrepintió; arrepentirse no es cambiar de opinión?”, Gen. 6:6, Exo. 32:14, 2º Sam. 24:16, etc.  ¿Y aquellos tales como Gen. 8:1, 21; 9:15? ¿Y no están estos pasajes en contradicción con otros, tales como Num. 23:19, 1º Sam. 15:29?  La respuesta es: el carácter de Dios no cambia pero Su proceder con las personas sí que lo hace dependiendo de la conducta de éstas, y en muchos casos ese cambio en Dios se describe con caracteres antropomórficos.

El carácter es eternamente el mismo, pero Su proceder varía con las circunstancias. O en otras palabras: Dios no es inmutable como una piedra, que no cambia ni siente, pues hemos dicho que tiene personalidad. La Suya es la inmutabilidad de la perfección absoluta, y esta es una más de las grandes doctrinas que sirve para la paz y confianza del cristiano: Dios no se va a echar atrás, no se va a desdecir, no va a pensar de otro modo. Al mismo tiempo, para el pecador, saber que Dios es eternamente lo que es, justo y santo, es algo aterrador.

C) El tercer atributo de la personalidad de Dios que debemos considerar es Su omnipresencia, lo cual quiere decir que Dios está presente en todas partes. Ahora bien, como Dios es espíritu, esta omnipresencia no debe entenderse en un sentido corporal, aunque casi es imposible asimilar esta idea que la Biblia enseña claramente. Además, Él no está presente en todas partes de la misma forma, pues la Biblia afirma que el Cielo, o los cielos, es Su morada especial, 1º Rey. 8:30. Por tanto, y aunque no podemos decirlo de otro modo, Dios está presente en todos sitios pero hay algunos donde lo está especialmente, Jer. 23:23-24; Sal. 139:7-12; Hec. 17:28.

Esta doctrina, de nuevo, es reconfortante, pero al mismo tiempo ha de servirnos de advertencia: reconforta el saber que cualquiera que sea el sitio o las circunstancias Dios está conmigo, pero no debo olvidar que siempre estoy en Su presencia, lo cual es una buena definición para el cristiano: el cristiano es aquella persona que camina sabiendo que está en la presencia de Dios.

D) El cuarto gran atributo es la omnisciencia de Dios. Dios conoce todas las cosas, y las conoce de modo total y absoluto, perfecto y completo, y conoce todo lo real y todo lo posible; nunca ha aprendido, ni tampoco puede aprender, y como en otros atributos, nos podemos hacer una idea mejor pensando o diciendo lo que no es Dios en este sentido. Dios nunca descubre nada, nunca se sorprende, nunca se queda perplejo, Sal. 147:5; Pro. 15:3. La Biblia nos da bastantes detalles de esta omnisciencia:

1) Nos habla del conocimiento de Dios de todas las cosas de la naturaleza, Sal. 147:4; Mat. 10:29.

2) Nos habla del conocimiento que Dios tiene de nosotros, lo cual queda reflejado de forma muy gráfica en el Sal. 139:1-6. Aunque a veces, el pueblo de Dios en su falta de fe, duda de esto, Sal. 77:3-10. También tenemos las citas de Luc. 12:7, o Heb. 4:13.

3) Y nos habla también del conocimiento perfecto que Dios tiene de la historia pasada o futura. Esto lo vemos claramente en muchos de los profetas, tema éste en donde algunos se equivocan al decir que Dios solo ve en el futuro de lo que son las profecías, pero no en todas las cosas. Podemos leer Dan. 2, donde se predicen los reinos que habían de venir, o Dan. 8, o Hec. 15:18.

En relación con este atributo de Dios se habla también de “presciencia”, es decir, de conocimiento de antemano, lo cual está implícito en la idea de que para Dios no existe el tiempo. Para Él todo es un eterno presente, y aunque esto tampoco podemos asimilarlo, la Biblia así lo enseña. Nosotros vivimos en el tiempo, pero Dios está por encima del tiempo. Y aunque para nosotros es un misterio, en la Biblia se nos habla de este conocimiento previo de Dios al mismo tiempo que de las acciones libres de los seres humanos.

Y también hemos de decir algo sobre la sabiduría de Dios, la cual es una parte de su conocimiento perfecto, porque no es lo mismo sabiduría que conocimiento. De hecho, nuestra época se caracteriza porque muchas personas tienen conocimiento pero tan poca sabiduría que a nadie se le ocurre ir a ellas para pedir opinión o consejo. El conocimiento proviene del estudio; la fuente de la sabiduría es el discernimiento; el conocimiento es teórico, la sabiduría es práctica y usa dicho conocimiento para la vida; en el conocimiento, la mente y la voluntad actúan de forma independiente, mientras que la sabiduría se preocupa para que la mente actúe subordinándose a la voluntad. Y la Biblia subraya la sabiduría de Dios, es decir, Dios aplicando Su conocimiento, y la vemos en la creación, en la naturaleza, en la obra de la redención, y en Su providencia con que lo dispone todo, 1ª Cor. 1:22, 24, 30.

Por tanto, todos los actos de Dios son sabios, y son tan puros como sabios, y tan buenos como sabios y puros. No se podría realizar mejor ninguno de ellos; es más, ni siquiera habría la posibilidad de imaginar una mejor manera de realizarlos. Y si es así, lo mejor para nosotros es dejar nuestra propia sabiduría para tomar a cambio la sabiduría infinita de Dios. Esta omnisciencia de Dios también debería llenarnos de estupor, de santo temor y de adoración.

E) En quinto lugar hemos de considerar la omnipotencia de Dios. Dios es todopoderoso, Él lleva a cabo todo lo que desea y nadie puede hacer nada en contra de lo que Él decrete, Gen. 35:11. Y al tratar este atributo, hemos de decir algo sobre la voluntad y sobre el poder de Dios.

La omnipotencia es la voluntad de Dios en acción. Dios desea y se hace, Efe. 1:11. La voluntad de Dios es la base de la existencia, de la redención, de todo lo que ha sucedido y de todo lo que va a suceder. Y la Biblia enseña que esta voluntad es soberana, no depende de nada ni de nadie, ni está determinada por nada que no sea Dios mismo. Es la expresión de Su señorío, de Su ser absoluto. Además, hemos de recordar que esta voluntad no es arbitraria ni caprichosa, sino que está en armonía con todos los demás atributos de Dios. Es la voluntad de un Dios omnisciente, omnipresente, de un Dios que es amor, que es santo, justo y compasivo.

Finalmente, hemos de decir que en la Biblia se habla de la voluntad de Dios en tres maneras: está la voluntad “decretiva” de Dios, es decir, cuando Él declara que va a hacer ciertas cosas y las hace; está la voluntad “preceptiva” de Dios, que es cuando Él ordena ciertas cosas para que las hagamos aunque podemos no hacerlas; y está la voluntad “permisiva” de Dios, que es Su forma de actuar cuando no impide un mal. Las tres son voluntad de Dios, pero sus cumplimientos son distintos. A la primera nada se puede oponer; la segunda puede no cumplirse; y la tercera es contraria a Su Santo Ser. Y es importante no confundirlas.

En cuanto al poder de Dios, la Biblia nos dice que es ilimitado, como corresponde a un Ser infinito. Nada hay difícil para Dios, Gen. 18:14, nada imposible, Luc. 1:37. Él hizo todo de la nada, habló y fue hecho, dijo y fue creado. Y esta voluntad y este poder se manifiestan claramente, igual que la omnisciencia, en tres formas: en la creación, en la salvación, y en la providencia. Es el poder que resucitó a Cristo de los muertos, Efe. 1:19-20, y es el que se necesita para salvar aún a una sola alma. Ninguna oración será demasiado difícil, ninguna necesidad demasiado grande, ninguna tentación demasiado fuerte, ninguna aflicción demasiado profunda, para que Dios no pueda resolverla, Efe. 3:20-21.

Hay muchas cosas que no comprendemos de la voluntad y del poder de Dios, pero no se nos han dicho para que las comprendamos, sino para mirarlas con reverencia, asombro y adoración. Por esto mucha gente plantea el viejo problema de: “Si Dios todo lo puede, ¿por qué permite el mal y el sufrimiento en el mundo?”.

F) En sexto lugar la Biblia también nos habla de la bienaventuranza de Dios, de Su absoluta y completa perfección, de Su ausencia de necesidades. No hay nada más elevado ni mejor que Dios. Toda perfección se encuentra en Él en forma absoluta; no tiene ninguna falta o deficiencia. Es el Dios bendito, 1ª Tim. 1:11, el que se regocija en Sí mismo, el que se deleita en Sí mismo y en Su perfección, el que es autosuficiente en forma perfecta y absoluta, el que no está obligado a nada. Es el único Ser feliz y dichoso en Sí mismo, que se complace en Sí mismo, y que no necesitaba crear ni salvar al hombre, y si lo hizo, fue por el puro afecto de Su voluntad, Efe. 1:5.

G) En último lugar, la Biblia nos habla también de la gloria de Dios, y esta es la forma de describir Su grandeza, Su esplendor y Su majestad. Leemos de esa gloria llenando el templo, 1º Rey. 8:11, y leemos cómo esa gloria se manifestó de forma atenuada a ciertas personas. La culminación la tenemos en el propio Señor Jesucristo, Juan 1:14, lo que significa que vimos algo de Su grandeza, de Su majestad, de Su ser, de Su poder, etc.
Estos son los atributos que pertenecen a la personalidad de Dios, a Su ser esencial. Y si esto no nos lleva a postrarnos a Sus pies, a entregarnos por completo y sin reservas a Él, comprendiendo que el mayor privilegio que tenemos es el de tener comunión con Él y adorarle y servirle, es porque algo falla en nuestras vidas. Nos estamos acercando al Dios que habita en luz inaccesible, a quien nadie ha visto ni puede ver, 1ª Tim. 6.16, y ese Dios ha tenido a bien hablarnos sobre Sí mismo. Démosle gracias, pues, y adorémosle, sabiendo que “el dios de este presente siglo no se asemeja más al Soberano Supremo de las Sagradas Escrituras, de lo que la confusa y vacilante vela se asemeja a la gloria del sol a mediodía”, (A.W.Pink).