4. ¿Cómo encontrar las doctrinas?

Comenzamos con una lectura en 1a Juan 2:18-21. Y recordamos que el objetivo final de nuestro estudio es el conocimiento de Dios. No nos interesan las doctrinas por sí mismas, sino tan solo en la medida en que nos llevan a conocer a Dios para poder glorificarle mejor, que es nuestro fin último.

Ahora bien, cuando se abre la Biblia no sólo encontramos doctrinas. Hay mucha historia, muchos relatos, mucho escrito sobre reyes, matrimonios, etc., de modo que las doctrinas no las encontramos definidas desde la primera página. Si fuera así, sería muy fácil verlas y exponerlas, pero no las tenemos así. Y existe el peligro, y de ahí la gran proliferación de sectas de todo tipo, que algunas personas no crean lo que deben creer, lo correcto, y que se dediquen a leer sus Biblias para sacar falsas deducciones y decir creer lo que la Biblia dice cuando en realidad no saben lo que ésta enseña sobre ciertos temas.

El problema es el mismo que enfrentaba la primera iglesia, como hemos leído. Había personas en ella diciendo cada una que creían en la verdad, pero algunos, según Juan, los habían abandonado, y eso había sucedido porque, de una u otra forma, eran culpables de errores o herejías.

Así que hemos de llegar a un conocimiento correcto de las doctrinas, pero para ello hemos de hacer algo, y creo que debemos tener en cuenta tres aspectos que nos guiarán en el estudio.

1. El papel que nuestra razón ha de tener en estos asuntos: Y aunque es un tema complicado debemos decir algo que ya apuntamos en la segunda lección, y es que por medio de la razón, únicamente, no se puede llegar a Dios. El intelecto no es suficiente, y esto hemos de aceptarlo con toda humildad, 1a Cor. 1:21. Esto es un hecho demostrable, (recordemos que el Señor llama “ciegos” a escribas y fariseos, Mat. 23:16, y condena a los intérpretes de la Ley, Luc. 11:52) y hay muchas personas que dejan hoy las iglesias porque son demasiado “inteligentes”. Y si esto lo aceptamos, surgen las proposiciones siguientes:

A) Si hemos dicho que la Biblia es nuestra autoridad definitiva y completa en todo aquello que hace referencia a la revelación de Dios, no podemos poner nada a su altura: ni otras teorías, ni otras ideas, ni otros libros, ni mis propios pensamientos. Y menos poner esas ideas o teorías por encima de la propia Biblia. Hemos de ser personas “de un solo libro” en cuanto a nuestra autoridad.

B) Debo someterme por completo a la Biblia, lo cual significa que debo ser consciente que cuando entro en determinadas doctrinas, éstas pueden encontrarse más allá de mi comprensión, más allá de lo que yo puedo pensar o entender, porque en cuestión de revelación nos estamos acercando a Dios y a Dios no puedo comprenderlo o aprehenderlo totalmente. (Pensemos, por ejemplo, en la doctrina de la Trinidad). Sin embargo, hemos de decir también que pensar así no es hacer un suicidio intelectual; esto no significa que no tengamos que pensar. Simplemente significa que admitimos que la razón tiene un límite, y que nos llevará hasta él, pero luego entramos en el terreno de la revelación, y ahí hemos de ser humildes.

C) Debo entender, de acuerdo a lo anterior, que a veces habremos de aceptar verdades que no podremos comprenderlas o explicarlas por completo. Llegaremos a verdades y doctrinas que están en la Biblia que debemos aceptar, las comprendamos o no, nos gusten o no. Y esto es verdadera fe. A veces se comprueba la poca fe de ciertas personas cuando dicen: “es que no lo veo, no lo entiendo y, por tanto, no me lo creo”. Y cuando dicen esto olvidan que están frente a la revelación de Dios, muy por encima de su razón, y olvidan también que en determinadas verdades es Dios quien fija el momento para entenderlas, Juan 13:7; 16:12. Hemos de estar dispuestos a decir: “Dios lo ha revelado y yo lo creo, y si no lo ha revelado no me importa no saberlo”.

D) Y, siguiendo con el razonamiento, habremos de evitar la constante tentación de mezclar nuestras ideas con la revelación, la filosofía con la revelación. Y para ello no hace falta que hayamos estudiado filosofía, ya que todos somos filósofos, todos tenemos opiniones sobre muchas cosas, y todos nos metemos en líos muchas veces por filosofar demasiado o por seguir nuestras propias ideas. Repito, no es lo que pensemos o lo que opinemos, sino lo que Dios ha dicho.

E) De igual modo, hemos de cuidar el no rechazar ciertas doctrinas, o si no rechazarlas, dudar de ellas, aunque estén claramente enseñadas en la Biblia, simplemente porque no cuadren con mis ideas o no encajen con mis esquemas. No hemos de olvidar que todos, antes de ser creyentes, teníamos muchas ideas y esquemas equivocados, y habremos de ir sustituyéndolos por los que encontramos en la Palabra de Dios. Un ejemplo de esto es lo que muchos, incluso teólogos, dicen: “Tal o cual cosa no puede ser porque Dios es un Dios de amor”. Y en el momento en que hablamos así, nos estamos poniendo por encima de la Biblia, estamos ya filosofando. También sucede cuando nos encontramos con la predestinación, la elección, y otros grandes términos, que a muchos les lleva a decir que Dios no es justo u otras cosas simplemente porque ellos no lo entienden o no lo ven, olvidando lo que hemos dicho anteriormente. En realidad, aunque no nos demos cuenta, actuamos así como aquellos que niegan los milagros por no entenderlos o no verlos.

F) Y si estamos de acuerdo con todo lo dicho, no habremos de dejarnos gobernar por nuestra lógica o por el deseo de tener un sistema perfecto. A todos nos gusta eso: que no hayan cabos sueltos, que todo esté atado y entendido, y esto de nuevo, es filosofar. Y existe el peligro de forzar nuestra lógica hasta llegar a un punto más allá de las propias Escrituras. Es, por ejemplo, lo que hacen muchos grupos con determinadas doctrinas, que van más allá de las Escrituras y, llevados por su lógica y sus argumentos llegan a extremos que no sabemos por la Biblia.

G) La última cosa en este apartado es: no sólo hemos de someternos a la autoridad de la Biblia, sino también a la guía, la inspiración y la iluminación del Espíritu Santo. No podemos leer la Biblia como cualquier otro libro, pues si reconozco mi insuficiencia, habré de tenerla siempre presente, y el Espíritu Santo no guía ni ilumina a aquellos que no son humildes, que no reconocen su incapacidad, o que no obedecen o no desean obedecer a lo que ya se les ha revelado. Las cosas espirituales han de comprenderse espiritualmente, 1a Cor. 2:11-14, y, por tanto, siempre debo empezar en actitud de sumisión a Dios pidiendo que me ilumine, me instruya y me guarde del error en el que sin lugar a dudas yo, por mí mismo, caería. Sólo de este modo puedo comenzar a descubrir las doctrinas y al Dios que se ha revelado en ellas.

2. El método para encontrar las doctrinas: Como hemos dicho que las doctrinas no están en muchos casos aisladas y hemos hablado de la limitación de nuestra razón, ahora nos preguntamos: “¿Y cómo hemos de proceder; bastará con coger unos cuantos textos y será suficiente?; ¿O habremos de tener en cuenta algunas cosas más para no desviarnos? De cierto, para cualquier estudio habremos de recopilar todos los textos, o muchos de ellos, que hablen sobre un tema. Por ahí se debe empezar: se reúnen, se comparan, se ven las distintas afirmaciones y se obtiene la doctrina. Pero al hacerlo hemos de observar ciertas reglas, que podemos citar:

A) La primera es que cualquier doctrina ha de poderse demostrar a partir de la Biblia. Una doctrina no puede salir de una visión, de un mensaje recibido, o de una experiencia. Esto es lo común de las sectas, también de los católicos con su tradición y sus concilios, pero también de muchos evangélicos que se aferran a sus tradiciones y las ponen a nivel de doctrinas. Lo mismo puede indicarse de cualquier doctrina que se origine en la capacidad y comprensión humanas, como es la de la transustanciación, la cual es una buena pieza de filosofía, pero que no podemos aceptar. Y lo mismo debe decirse de aquellas doctrinas que sean en parte escriturarias y en parte vengan de otro sitio, lo cual es cada vez más frecuente, (diversas teorías sobre la muerte de Cristo).

B) La segunda es que la doctrina, aunque no se entienda, debe encontrarse claramente en las Escrituras, debe ser evidente que está en ellas. No hay más que recordar que aquellos libros y cartas fueron escritos a personas normales y corrientes, algunos incluso esclavos, 1a Cor. 1:26, no a profesores o doctores universitarios, y los escritores daban por sentado que sus lectores entenderían lo que decían, que no necesitaban a su lado a eruditos y expertos. Escribían para enseñar y esperaban ser entendidos, y si es así, es porque las doctrinas han de aparecer con claridad. Esto no quita el que en las iglesias hayan pastores, maestros, y hermanos con el don de la enseñanza, pero nos obliga a rechazar la idea católica del magisterio de la Iglesia y de la incapacidad de poder enterarnos de las cosas por nosotros mismos. Dios se reveló para ser visto, no con el fin de que sólo unos pocos pudieran hacerlo.

C) La tercera regla a tener en cuenta es que, a veces, la doctrina no se deduce de los textos que hablen sobre el tema, sino que hay que obtenerla por inducción. Lo primero, la deducción, es más fácil, porque las afirmaciones son evidentes. Lo segundo es un poco más difícil, y lo podemos explicar con un ejemplo: la doctrina de la Trinidad no se encuentra en ninguna parte, pero hay textos que hablan de un único Dios, y otros de Dios el Padre, Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo, de los cuales obtenemos que Dios es uno y tres personas. Pero eso no es deducción, sino inducción.

D) La cuarta consideración es que nunca una doctrina debe basarse en una sola afirmación de la Biblia, y menos en una parte de una afirmación. Así, hay temas que sólo aparecen una vez en las Escrituras, y hay personas que sacan de ellos sus doctrinas, 1a Cor. 15:29. Incluso más, dejan la mitad de un versículo y se quedan con el resto porque les conviene. Y eso no es correcto.

E) La quinta regla es que nunca debemos llegar a una conclusión a partir de la Escritura que vaya en contra de algo que se afirme en otra parte de ella. Si obtengo una doctrina y después encuentro pasaje o pasajes que la contradicen, esa doctrina no puede ser correcta, pues hemos aceptado la inspiración verbal y plenaria y Dios no puede contradecirse. Muchas herejías y problemas se podrían haber evitado si se hubiera tenido en cuenta este sencillo principio.

3. La razón para las discrepancias: En vista de todo lo expuesto cabría esperar que todos los cristianos estuviesen de acuerdo en todas las doctrinas, pero no es así. Entonces, ¿qué sucede, porqué hay tantas diferencias?. Y también aquí podemos dar algunas razones:

A) La primera es que mucha gente persiste en caer en los errores que hemos mencionado. Sacan a relucir sus ideas, su filosofía, se olvidan de que no puede haber contradicciones, cogen sólo los versículos o las partes que quieren, etc. Y así, con este proceder, son inevitables las discrepancias, aunque no me explico cómo los que así hacen pretenden estar buscando a Dios.

B) También está la tendencia de tener una teoría, una idea prefijada, y después dedicarse la persona a intentar encajar la Escritura en esa idea. Sucede, por ejemplo, con el tema de la evolución o con el del orden en el matrimonio. Sucede también con los católicos, algunas de cuyas doctrinas proceden de ideas externas a la Biblia. Y sucede también con muchos evangélicos en determinados temas: si comenzamos con una idea equivocada sobre el libre albedrío, después estaremos forzando los pasajes para que se acomoden a nuestra idea.

C) La tercera razón para las diferencias está cuando las doctrinas se quieren basar en detalles para los cuales no existe certeza. Es muy común que ocurra esto con las profecías, cuando alguien dice “estoy seguro de esto” aunque no pueda demostrar sus puntos a partir de la Biblia.

D) También surgen diferencias cuando no se aplican las reglas más elementales de la hermenéutica, tales como considerar literal lo simbólico o poético, (caso de los católicos, que se agarran a la literalidad del “cuerpo” del Señor en las palabras de la última cena, pero no a la de la “copa”, Luc. 22:19-20). Entre los evangélicos esto es frecuente en la interpretación del Apocalipsis, en donde hay opiniones de todas clases sobre lo que es literal o simbólico. La importancia de esta distinción la tenemos en un caso del Señor con sus discípulos recogido en Juan 6:53-54, 63.

E) La quinta razón para que se den discrepancias es porque las personas manifiestan un espíritu de partidismo. “Lo que me dijeron, lo que me enseñaron, lo que se ha venido haciendo, la denominación de mi Iglesia”, etc., y otras cosas que se quieren mantener por encima de todo, da lugar, evidentemente, a no pocos conflictos. Pero de nuevo es evidente que esta es una manera equivocada y terrible de querer acercarnos a Dios.

F) Una razón más, y hay que destacarla, es porque en las Escrituras hay ciertos asuntos de los que no se puede hablar de forma tajante. Hay ciertas cosas en las que personas espirituales, buenas y capaces, pueden estar de acuerdo o no. Y es que a Dios no le ha placido revelarnos más en esos temas. Cuando llegamos a ellos es mejor decir que no se está seguro, que no podemos probarlos, y habrá que esperar hasta estar en la presencia de Dios para comprenderlos, 1a Cor. 13:12. En ellos el conocimiento no es completo, y hemos de contentarnos con la revelación que nos ha sido dada.

G) Y una razón más, y creo que muy importante aunque se olvida, es porque siempre habrá falsos profetas, hijos de Satanás creando confusiones y predicando mentiras, 1a Tim. 1:7, 4:1-2, ante los cuales hemos de ser muy cuidadosos, 1a Tim. 4:16, cuyo objetivo es dispersar el rebaño, Hec. 20:29-30, cuya perdición no se tarda, 2a Ped. 2:1-3, y que algún día serán echados fuera, Mat. 7:15, 21-23. Ante ellos debemos ser muy terminantes y no dejarnos mover, sobre todo en lo que concierne a las doctrinas de la salvación, a la persona de Cristo, a Su muerte sustitutoria, a la resurrección, etc. No podemos unirnos a los que dicen. “En esto estoy de acuerdo, pero no estoy dispuesto a creer lo otro”.

Pero en lo que respecta a otros asuntos, donde no podemos ser categóricos, seamos comprensivos, seamos tolerantes, y admitamos nuestra incapacidad para probarlo, disfrutando juntos de nuestra común salvación hasta que llegue el día en que las cosas ocultas se hagan manifiestas y conozcamos como fuimos conocidos, 1a Cor. 13:12.

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