Qué significa HO2

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HODOS es la palabra en griego para “camino“. Es una palabra que Jesús usó en repetidas ocasiones, como por ejemplo cuando dijo “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí,” en Juan 14.6

Jesús en una ocasión habló de dos caminos. Dos hodos, si me permitís. El primero lo describió como espacioso y teniendo una puerta de acceso ancha, por la que entran muchos. Suena bien, si no fuera porque  su destino es la perdición.

El segundo hodos se describe como angosto y se accede a él por una puerta estrecha, por lo que son pocos los que la hallan. Lo más importante: es el camino que lleva a la vida. Este camino es Jesús mismo, el único que da vida de verdad.

El apóstol Pablo también usó este término hodos en relación a aquellos que, a través del arrepentimiento de sus pecados y fe en Cristo, ahora siguen a Jesús como su Maestro teniendo como guía exclusiva la Biblia (Hechos 24.14, 9.2, 19.9, 19.23 entre otros).

Mi pregunta para ti es: ¿en qué camino estás andando? ¿Tomas tu cruz cada día y sigues en los pasos de Jesús? ¿Te has arrepentido de tus pecados, confiando únicamente en Él para tu perdón?

Si tienes inquietudes espirituales, si tienes miedo a morir porque no sabes qué pasará cuando tu corazón deje de latir, sigue leyendo, busca una Biblia, es posible encontrar la verdad, Dios se ha revelado para que podamos conocerle.

Y si ya eres suyo, ¡ánimo, viajero! El propósito de ho2.co es dar palabras de aliento para el camino.

Listas de “Una Pregunta de Identidad”

Jesus siendo hombre:

Ø Tenía una madre humana : Lucas 1:31; Gal. 4: 4
Ø Tenía un cuerpo humano, alma y espíritu : Mat. 26:12; 38; Lucas 23:46
Ø Se parecía un hombre : Juan 4: 9; Juan 8:57; Juan 20:15
Ø Poseía carne y sangre – Heb. 2:14
Ø Él creció – Lucas 2:52
Ø Hizo preguntas – Lucas 2:46
Ø Él aumentó en sabiduría – Lucas 2:52
Ø Él oró – Marcos 1:35; Lucas 11: 1
Ø Fue tentado – Matt. 4: 1; Heb. 2:18; Heb. 4:15
Ø Aprendió obediencia – Heb. 5: 8
Ø Tuvo hambre – Matt. 4: 2; Mat. 21:18
Ø Él tuvo sed – Juan 4: 7; Juan 19:28
Ø Estaba cansado – Juan 4: 6
Ø Se durmió – Matt. 8:24; San Marcos 10:21
Ø Tenía compasión – Matt. 9:36
Ø Estaba enojado y afligido – Marcos 3: 5
Ø Lloró – Juan 11:35; Lucas 19:41
Ø Experimentó gozo – Lucas 10:21; Heb. 12: 2
Ø Estaba preocupado – Juan 11:33; Juan 12:27; Juan 13:21; Marcos 14: 33-34
Ø Él sudo gotas de sangre – Lucas 22:44
Ø Sufrió – 1 Ped. 4: 1
Ø Él sangró – Juan 19:34
Ø Murió – Mat. 27:50; 1 Cor. 15: 3
Ø Fue enterrado – Mat. 27: 59-60

Mientras que Jesús era un hombre, ¡también es Dios! Cuando Jesús vino a este mundo, Dios nació como un hombre. Esa es la enseñanza clara de la Palabra de Dios, Juan 1: 1; 14; Fil 2: 5-8 . La evidencia de su vida prueba esto también.

Ø Él es omnipresente – Juan 3:13; Mat, 18:20; Mat. 28:20
Ø Él es omnipotente – Matt. 28:18; Heb. 1: 3
§ Sobre la enfermedad – Matt. 4:23
§ Sobre Satanás – Matt. 4:10; Juan 12:31; Heb. 2:14
§ Sobre demonios – Matt. 8:16
§ Sobre los hombres – Juan 17: 2
§ Sobre la naturaleza – Matt. 8: 26-27
§ Sobre el pecado – 1 Juan 3: 5
§ Sobre tradiciones – Matt. 15: 2-3
§ Sobre el sábado – Matt. 12: 8
§ Sobre el templo – Matt. 12: 6
§ Sobre la muerte misma
o Muerte física – Juan 5: 28-29
o Muerte espiritual – Juan 5:24; Heb. 2:15
Ø Él es omnisciente – Juan 16:30
§ Él conocía la inconstancia de las multitudes – Juan 2: 23-25; Mat. 9: 3-4; Mat. 12:25
§ Él conocía el problema de sus discípulos – Lucas 9: 46-47
§ Conocía el paradero de Natanael – Juan 1:48
§ Conocía la historia de la mujer samaritana – Juan 4:29
§ Conocía la maldad de los escribas y fariseos – Mat. 9: 3-4; Mate. 12:25
§ Conocía la verdadera naturaleza de Judas : Juan 6:70; JUAN 13:11
Ø Él recibe adoración – Mat. 4:10
§ De los ángeles – Heb. 1: 6
§ De los sabios – Mat. 2:11
§ De un leproso – Mat. 8: 2
§ De un gobernante judío – Mat. 9:18
§ De una madre desconsolada – Mat. 15:25
§ De la madre de Santiago y Juan – Mat. 20:20
§ Del maníaco de Gadara – Marcos 5: 6
§ Del hombre nacido ciego – Juan 9:38
§ De Tomás – Juan 20:28
§ De las mujeres en la tumba vacía – Matt. 28: 9
§ De sus discípulos – Matt. 14:33; Mate. 28: 16-17
Ø Él perdona el pecado – Marcos 2: 5; JUAN 8:24
Ø Él posee toda la autoridad – Matt. 7:29
Ø Él es la fuente de la vida misma – Juan 1: 4; JUAN 5:26
Ø Él es el Creador de todas las cosas : Juan 1: 3; Col. 1:16; Heb. 1: 2
Ø Él es el preservador de todas las cosas – Col. 1:17; Heb. 1: 3
Ø Él solo puede satisfacer todas nuestras necesidades – Juan 7:37; Juan 14: 6; Mat. 11: 28-29
Ø Él recibe nuestras oraciones – Hechos 7:59
Ø Él es el juez final – Mat. 25: 31-32; Juan 5:22, 27; Hechos 17:31
Ø Él es tanto el Señor de la Gloria como el Rey de reyes – Ap. 19:16

Listas de “La Higuera Sin Fruto”

Cuando Jesús nació en este mundo, dejó a un lado su gloria celestial por un tiempo para vivir en este mundo como hombre. El que hizo todas las cosas se volvió dependiente de las cosas que había hecho. La paradoja de la vida terrenal del Señor Jesucristo se resume en las palabras de Pablo en 2 Cor. 8: 9 , “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. “

Cuando Jesús nació en este mundo, permaneció completamente Dios, pero se hizo completamente hombre, Fil. 2: 5-8 . Esto se ve en muchas áreas de su vida. Considera lo siguiente:

  • Jesús experimentó hambre – Marcos 11:12 (Sal. 50:12 )
  • Jesús experimentó sed – Juan 19:28 (Isa. 40:12 )
  • Jesús experimentó cansancio – Juan 4: 6; Marcos 4:38 (Sal. 121: 4 )
  • Jesús experimentó dolor – Mat. 27:35; Is. 52:14; Is. 53: 4-6 (Sal. 2: 4 )
  • Jesús experimentó rechazo – Juan 1:11; Juan 7: 3-5 (Génesis 1:26 )
  • Jesús experimentó la soledad – Mat. 26:56 (Pro. 15: 3; Heb. 13: 5 )
  • Jesús experimentó la pobreza – Mat. 8:20 (Sal. 50: 10-12 )

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La higuera en la Biblia

Las higueras eran y son muy comunes en Israel. La higuera común, que se menciona más de 60 veces en la Biblia, es uno de los árboles más importantes en la Palabra de Dios.

  • Se menciona por primera vez en Génesis 3: 7 , cuando Adán y Eva usaron sus hojas anchas para hacer delantales para cubrir su desnudez.
  • Los higos fueron una parte vital de la dieta del Medio Oriente. La fruta era dulce al gusto, Jueces 9:11 .
  • Los primeros higos maduros eran especialmente valorados, Jer. 24: 2; Hos. 9:10 .
  • Las higueras fueron valoradas por su sombra. Era un signo de paz y prosperidad sentarse a la sombra de una higuera, 1 Reyes 4:25; Miqueas 4: 4 .
  • Fue debajo de una higuera que Jesús vio por primera vez a Natanael, Juan 1:48 .
  • Se usan a los buenos higos como una imagen de creyentes obedientes, Jer. 24: 2-3 ; mientras que los higos podridos eran una imagen de hombres malvados, Jer. 24: 2-8 .
  • La higuera fue utilizada por los profetas del Antiguo Testamento como una señal de juicio, Isa. 34: 4; Jer. 29:17; Hos. 2:12, 9:10; Joel 1: 7; Miqueas 7: 1 .
  • La higuera se usó como un símbolo de la nación de Israel, Jer. 8:13, 29:17; Hos. 9:10, 16; Joel 1: 7; Miqueas 7: 1-6 .

Orando los nombres de Dios

Puedes usar estos nombres para incorporarlos en tu oración, y así tener más profundidad a la hora de conocer mejor a Dios y Sus atributos. Espero que sea de bendición.

(Bájalo en PDF aquí) Imágenes con los nombres disponibles más abajo (o un ZIP con todas las imágenes aquí).

 

Nombres de Dios para utilizar en tiempo de oración

“Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a una su nombre.” – Salmo 34:3

  1. Dios santo (Josué 24:19)
  2. Dios celoso (Éxodo 20:5)
  3. Refugio contra el viento (Isaías 32:2)
  4. Defensor de viudas (Salmo 68:5)
  5. Varón de dolores, experimentado en quebranto (Jesús) (Isaías 53:3)
  6. Dios misericordioso (Deuteronomio 4:31)
  7. Galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6)
  8. Santuario (Isaías 8:14)
  9. Sombra contra el calor (Isaías 25:4
  10. Refugio para mí (Salmo 61:3)
  11. Fortaleza al menesteroso en su aflicción (Isaías 8:14)
  12. Fortaleza a los pobres (Isaías 25:4)
  13. Sol y escudo (Salmo 84:11)
  14. Ayuda en las tribulaciones (Salmo 46:1)
  15. Muro de fuego en derredor (Zacarías 2:5)
  16. Dios Todopoderoso (Génesis 17:1)
  17. Alfa y Omega (Apocalipsis 1:8)
  18. Autor y consumador de nuestra fe (Jesús) (Hebreos 12:2)
  19. Pan de vida (Jesús) (Juan 6:35)
  20. Estrella resplandeciente en la mañana (Apocalipsis 22:16)
  21. Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 8:39)
  22. Confianza de todos los confines de la tierra (Salmo 65:5)
  23. Consejero (Isaías 9:6)
  24. Creador de los confines de la tierra (Isaías 40:28)
  25. Fiel y Verdadero (Apocalipsis 10:11)
  26. Padre de misericordias (2 Corintios 1:3)
  27. Padre de huérfanos (Salmo 68:5)
  28. Fuente de aguas vivas (Jeremías 2:13)
  29. Solo Dios (Salmo 86:10)
  30. Dios lleno de misericordia (Salmo 86:15)
  31. Dios mi Creador (Juan 35:10)
  32. Dios de toda gracia (1 Pedro 5:10)
  33. Dios de dioses (Deuteronomio 10:17)
  34. Dios de esperanza (Romanos 15:13)
  35. Dios de Israel (Éxodo 24:10
  36. Dios de mi vida (Salmo 42:8)
  37. Único y sabio Dios (Romanos 16:27)
  38. Dios nuestro Salvador (1 Timoteo 1:1)
  39. Dios, que no miente (Tito 1:2)
  40. Dios que me favorece (Salmo 57:2)
  41. Dios, que no echó de Sí mi oración (Salmo 66:20)
  42. Guía de mi juventud (Jeremías 3:4)
  43. El que es capaz de guardaros sin caída (Judas 24)
  44. El que es capaz de hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos (Efesios 3:20)
  45. El que es santo (Apocalipsis 3:7)
  46. El que juzga justamente (1 Pedro 2:23)
  47. El que me ve (Génesis 16:13)
  48. El que nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre (Jesús) (Apocalipsis 1:5)
  49. Aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable (1 Pedro 2:9)
  50. El único que hace grandes maravillas (Salmo 136:4)
  51. Salud de mi rostro (Salmo 42:11)
  52. Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13)
  53. Juez de toda la tierra (Génesis 18:25)
  54. Rey de toda la tierra (Salmo 47:7)
  55. REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES (Apocalipsis 19:16)
  56. Señor Dios Todopoderoso (Apocalipsis 4:8)
  57. Maestro (Jesús) (Mateo 8:19)
  58. Mi amparo y refugio en el día de mi angustia (Salmo 89:27)
  59. Mi gran alegría (Salmo 43:4)
  60. Mi fortaleza (2 Samuel 22:2)
  61. Mi socorro (Salmo 27:9)
  62. Mi escondite (salmo 32:7)
  63. Mi amor (Cantares 2:7)
  64. Mi alabanza (Jeremías 17:14)
  65. Mi roca (2 Samuel 22:2)
  66. Mi salvación (Éxodo 15:2)
  67. Mi pastor (Salmo 23:1)
  68. Mi fortaleza y mi canción (Éxodo 15:2)
  69. Nuestro guía (Salmo 48:14)
  70. Nuestra vida (Colosenses 3:4)
  71. Nuestra paz (Efesios 2:14)
  72. Nuestro alfarero (Isaías 64:8) (y nosotros somos el barro)
  73. Refugio en tiempo de angustia (Salmo 9:9)
  74. La fuerza de mi corazón (Salmo 73:26)
  75. Sol de justicia (Jesús) (Malaquías 4:2)
  76. El novio (Jesús) (Mateo 9:15)
  77. Los brazos eternos (Deuteronomio 33:27)
  78. El gran Dios que formó todas las cosas (Proverbios 26:10)
  79. El Rey eterno, inmortal, invisible, el único y sabio Dios (1 Timoteo 1:17)
  80. El Dios vivo (Deteronomio 5:26)
  81. El fuerte y valiente Señor (Salmo 24:8)
  82. El Dios incorruptible (Romanos 1:23)
  83. El camino, la verdad y la vida (Juan 14:6)
  84. Tu esposo (Isaías 54:5)
  85. Tú que oyes la oración (Salmo 65:2)
  86. Torre de salvación
  87. Maravilloso (Isaías 9:6)

 

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La Justificación y Adopción

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

En los capítulos anteriores hemos hablado del llamado del evangelio (en el que Dios nos llama a confiar en Cristo en cuanto a salvación), de la regeneración (en la que Dios nos imparte nueva vida espiritual), y de la conversión (en la que respondemos al llamado del evangelio con arrepentimiento y fe en Cristo en cuanto a la salvación). Pero, ¿qué de la culpa de nuestro pecado? El llamado del evangelio nos invita a confiar en Cristo en cuanto al perdón de los pecados. La regeneración hizo posible que respondiéramos a esa invitación. En la conversión respondimos confiando en Cristo en cuanto al perdón de los pecados. El siguiente paso en el proceso de la aplicación a nosotros de la redención es que Dios responde a nuestra fe y hace lo que ha prometido; es decir, declara que nuestros pecados están perdonados. Esta es una declaración legal respecto a nuestra relación con las leyes de Dios, e indica que estamos completamente perdonados y ya no somos culpables del castigo.

Una comprensión correcta de la justificación es absolutamente crucial para la fe cristiana en su totalidad. Una vez que Martín Lutero se dio cuenta de la verdad de la justificación por la fe sola, se convirtió en creyente y rebosó con el recién hallado gozo del evangelio. Lo primordial de la Reforma Protestante fue una disputa con la Iglesia Católica Romana sobre la justificación. A fin de salvaguardar la verdad del evangelio para generaciones futuras, debemos entender la verdad de la justificación. Incluso hoy, una perspectiva verdadera de la justificación es la línea divisoria entre el evangelio bíblico de salvación por fe solamente y todos los evangelios falsos de salvación basada en las buenas obras.

Cuando Pablo da un vistazo general al proceso por el que Dios nos aplica la salvación, menciona explícitamente la justificación: «A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó» (Ro 8:30). Como ya explicamos en capítulos anteriores, la palabra «llamó» aquí se refiere al llamamiento efectivo del evangelio, que incluye la regeneración y produce la respuesta del arrepentimiento y la fe (o conversión) de parte nuestra. Después del llamamiento efectivo y la respuesta que eso inicia de parte nuestra, el próximo paso en la aplicación de la redención es la «justificación». Aquí pablo menciona que es algo que Dios mismo hace: «A los que llamó, también los justificó».

Es más, Pablo muy claramente enseña que esta justificación viene después de nuestra fe y como respuesta de Dios a nuestra fe. Dice que Dios es «el que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3:26), y que «todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige» (Ro 3:28). Dice: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro 5:1). Además, «nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo» (Gá 2:16).

¿Qué es la justificación? Podemos definirla como sigue: La justificación es un acto legal instantáneo de Dios en el que él (1) da nuestros pecados por perdonados y la justicia de Cristo como perteneciente a nosotros, y (2) nos declara justos ante sus ojos.

Al explicar los elementos de esta definición, veremos primero la segunda parte de la misma, el aspecto de la justificación en que Dios «nos declara justos ante sus ojos». Tratamos en reversa estos asuntos porque el énfasis del Nuevo Testamento en el uso de la palabra justificación y otros términos relativos recae en la segunda mitad de la definición, la declaración legal de parte de Dios. Pero hay también pasajes que muestran que esta declaración se basa en el hecho de que Dios primero piensa de la justicia como perteneciéndonos. Así que hay que tratar ambos aspectos, aunque los términos del Nuevo Testamento para la justificación enfocan la declaración legal de parte de Dios.

A. La justificación incluye una declaración legal de parte de Dios

El uso de la palabra justificar en la Biblia indica que la justificación es una declaración legal de parte de Dios. El verbo justificar en el Nuevo Testamento (gr. dikaioo) tiene varios significados, pero un sentido muy común es «declarar justo». Por ejemplo, leemos: «Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan» (Lc 7:29, RVR). Por supuesto, el pueblo y los publicanos no hicieron que Dios sea justo; eso hubiera sido imposible. Más bien, declararon que Dios era justo. Este es también el sentido del término en pasajes en los que el Nuevo Testamento habla de que Dios nos declara justos (Ro 3:20,26,28; 5:1; 8:30; 10:4,10; Gá 2:16; 3:24). Este sentido es particularmente evidente, por ejemplo, en Romanos 4:5: «Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia». Aquí Pablo no puede querer decir que Dios «hace que el malvado sea justo» (cambiándolo internamente y haciéndolo moralmente perfecto), porque entonces ellos tendrían méritos u obras propias en las cuales depender. Más bien quiere decir que Dios declara al malvado justo ante sus ojos, no basándose en las buenas obras del malvado, sino en respuesta a su fe.

La idea de que la justificación es una declaración legal es muy evidente también cuando se contrasta la justificación con la condenación. Pablo dice: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?» (Ro 8:33-34). «Condenar» a alguien es declararlo culpable. Lo opuesto de condenación es justificación, que, en este contexto, debe querer decir «declarar inocente a alguien». Esto también es evidente por el hecho de que el acto de Dios de justificar se da como la respuesta de Pablo a la posibilidad de que alguien lance una acusación contra el pueblo de Dios; tal declaración de culpa no puede mantenerse frente a la declaración divina de justicia.

En este sentido de «declarar justo» o «declarar inocente», Pablo frecuentemente usa la palabra para hablar de la justificación que Dios nos da, su declaración de que nosotros, aunque pecadores culpables, somos justos ante sus ojos. Es importante martillar que esta declaración legal en sí misma no cambia nuestra naturaleza interna o carácter de ninguna manera. En este sentido de «justificar», Dios emite una declaración legal en cuanto a nosotros. Por esto los teólogos también han dicho que la justificación es forense, donde la palabra forense denota que tiene que ver con procedimientos legales.

John Murray hace una importante distinción entre regeneración y justificación:

La regeneración es un acto de Dios en nosotros; la justificación es un veredicto de Dios respecto a nosotros. La distinción es como la distinción entre el acto de un cirujano y el acto de un juez. El cirujano, al remover un cáncer interno, hace algo en nosotros. Eso no es lo que el juez hace; el juez pronuncia un veredicto respecto a nuestra situación judicial. Si somos inocentes nos declara así.

La pureza del evangelio va unida al reconocimiento de esta distinción. Si se confunde la justificación con la regeneración o santificación, se abre la puerta a la perversión del evangelio en su mismo centro. La justificación sigue siendo el artículo en el que la Iglesia permanece erguida o cae.1

B. Dios declara que somos justos ante sus ojos

En la declaración legal divina de justificación, Dios específicamente declara que somos justos ante sus ojos. Esta declaración incluye dos aspectos. Primero, quiere decir que él declara que no tenemos pena que pagar por el pecado, incluyendo pecados pasados, presentes y futuros. Después de una larga consideración de la justificación por la fe sola (Ro 4:1—5:21) y una consideración parentética del pecado que sigue en la vida cristiana, Pablo vuelve a su principal argumento en su carta a los romanos y dice lo que es verdad de los que han sido justificados por la fe: «Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). En este sentido, los que han sido justificados ya no tienen que pagar por sus pecados. Esto quiere decir que no estamos sujetos a ninguna acusación que implique culpa o condenación: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica.¿Quién condenará?» (Ro 8:33-34). En el acto de justificación que Dios efectúa nos concede pleno perdón de pecados.

Pero si Dios meramente nos declarara perdonados de nuestros pecados, eso no resolvería por completo nuestros problemas, porque solamente nos haría moralmente neutros ante Dios. Estaríamos en el estado en que estaba Adán antes de haber hecho algo bueno o malo a vista de Dios; no tenía culpa delante de Dios, pero tampoco se había ganado ningún historial de rectitud delante de Dios. Este primer aspecto de la justificación, en el que Dios declara que nuestros pecados son perdonados, se puede ilustrar como en la figura 22.1, en la que el signo de resta representa los pecados a cuenta nuestra que son perdonados por completo en la justificación.

Sin embargo, tal movimiento no es suficiente para ganarnos el favor de Dios. Debemos más bien ir de neutralidad moral a un punto en que tenemos justicia positiva delante de Dios, la justicia de una vida de perfecta obediencia a él. Nuestra necesidad se puede representar, por tanto, como en la figura 22.2 en la que los signos de suma indican un historial de justicia delante de Dios.

Por tanto, el segundo aspecto de la justificación es que Dios debe declarar no sólo que somos neutrales ante sus ojos, sino que somos justos ante sus ojos. Es más, debe declarar que ante él tenemos los méritos de la justicia perfecta. El Antiguo Testamento a veces habla de que Dios da a su pueblo tal justicia aunque ellos no se la hayan ganado. Isaías dice: «Porque él me vistió con ropas de salvación y me cubrió con el manto de la justicia» (Is 61:10). Pero Pablo habla más específicamente de esto en el Nuevo Testamento. Como una solución a nuestra necesidad de justicia, Pablo nos dice que «ahora, sin la mediación de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, de la que dan testimonio la ley y los profetas. Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen» (Ro 3:21-22). Dice: «Le creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia» (Ro 4:3; citando Gn 15:6). Esto resultó mediante la obediencia de Cristo, porque Pablo dice al final de esta extensa consideración de la justificación por fe que «por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19). El segundo aspecto de la declaración de Dios en la justificación, entonces, es que tenemos los méritos de perfecta justicia delante de él.

Pero surgen preguntas: ¿Cómo puede Dios declarar que no tenemos pena que pagar por el pecado y que se nos han acreditado los méritos de justicia perfecta si en realidad somos culpables de pecado? ¿Cómo puede Dios declarar que no somos culpables sino justos cuando en verdad somos malvados? Estas preguntas llevan al siguiente punto.

C. Dios puede declararnos justos porque nos imputa la justicia de Cristo

Cuando decimos que Dios nos imputa la justicia de Cristo, queremos decir que Dios considera que la justicia de Cristo es nuestra, o que la considera nuestra. Él «la reconoce» como nuestra. Leemos: «Creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia» (Ro 4:3; citando Gn 15:6). Pablo explica: «Al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia. David dice lo mismo cuando habla de la dicha de aquel a quien Dios le atribuye justicia sin la mediación de las obras» (Ro 4:5-6), De esta manera la justicia de Cristo llega a ser nuestra. Pablo dice que somos los que recibimos «el don de la justicia» (Ro 5:17).

  


Esta es la tercera vez al estudiar las doctrinas bíblicas que hemos encontrado el concepto de imputar culpa o justicia a alguien. Primero, cuando Adán pecó, se nos imputó su culpa: Dios Padre la vio como nuestra, y por consiguiente lo hizo.
2 Segundo, cuando Cristo sufrió y murió por nuestros pecados, nuestros pecados fueron imputados a Cristo; Dios los consideró de Cristo, y Cristo pagó el castigo.3 Ahora en la doctrina de la justificación vemos la imputación por tercera vez. La justicia de Cristo se nos imputa, y por tanto Dios la acepta como nuestra. No es nuestra propia justicia, sino la justicia de Cristo que nos es dada por generosidad. Pablo puede decir entonces que Cristo «ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Co 1:30, RVR). Pablo dice además que su meta es ser hallado en Cristo, «no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe» (Fil 3:9, RVR). Sabe que la justicia que tiene delante de Dios no es algo que ha logrado por sí mismo; es la justicia de Dios que llega por medio de Jesucristo (cf. Ro 3:21-22).

Es esencial en la médula del evangelio insistir que Dios nos declara justos o que somos justos no sobre la base de nuestra verdadera condición de justicia o santidad, sino más bien sobre la base de la justicia perfecta de Cristo, que Dios considera que nos pertenece. Esto fue el núcleo de la diferencia entre el protestantismo y el catolicismo romano en la Reforma. El protestantismo desde días de Martín Lutero ha insistido en que la justificación no nos cambia internamente y no es una declaración basada de alguna manera en bondades nuestras.

Si la justificación nos cambiara internamente y entonces declarara que somos justos basada en lo bueno que de verdad somos, (1) nunca podríamos ser declarados perfectamente justos en esta vida, y (2) no habría provisión para el perdón de los pecados pasados (cometidos antes de que fuéramos cambiados interiormente), y por consiguiente nunca podríamos tener la confianza que Pablo tiene cuando dice: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro 5:1). Si pensáramos que la justificación se basa en algo que somos internamente, nunca podríamos tener la confianza de decir con Pablo: «Ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). No tendríamos ninguna seguridad de perdón de Dios, ninguna confianza para acercarnos a él «con corazón sincero y con la plena seguridad que da la fe» (He 10:22). No podríamos hablar del «don de justicia» (Ro 5:17), ni decir que «la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Ro 6:23).

El concepto tradicional católico romano de la justificación es muy diferente a este. La Iglesia Católica Romana entiende la justificación como algo que nos cambia interiormente y nos hace más santos por dentro. Se puede decir que este concepto entiende la justificación como algo que se basa no en justicia imputada, sino en justicia inyectada, o sea, justicia que Dios en realidad pone dentro de nosotros que nos cambia internamente y en términos de nuestro carácter moral real.4

El resultado de este concepto católico romano tradicional de la justificación es que las personas no pueden estar seguras de si están o no en un «estado de gracia» en el que experimentan la aceptación completa de parte de Dios y su favor. Todavía más, según este concepto la gente experimenta variados grados de justificación de acuerdo a la medida de justicia que se les ha inyectado o colocado dentro de ellos. A fin de cuentas, la consecuencia lógica de esta creencia de la justificación es que nuestra vida eterna con Dios no se basa en la sola gracia de Dios, sino parcialmente también en nuestro mérito. Como dice un teólogo católico, «para el justificado la vida eterna es a la vez una dádiva de gracia que Dios ha prometido y una recompensa por sus propias buenas obras y méritos. … Las obras salvadoras son, al mismo tiempo, dádivas de Dios y actos meritorios del hombre».5 Asignar de esta manera mérito salvador a la justicia interna del hombre y a las «buenas obras» a la larga destruye lo fundamental del evangelio mismo.

Eso fue lo que Martín Lutero vio tan claramente y dio motivo a la Reforma. Cuando las buenas nuevas del evangelio verdaderamente se volvieron buenas noticias de salvación totalmente gratuita en Jesucristo, se esparcieron como incendio forestal por el mundo civilizado. Pero esto fue simplemente una recuperación del evangelio original, que declara: «La paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Ro 6:23), e insiste que «ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1).

D. La justificación nos viene por entero por la gracia de Dios y no a cuenta de mérito en nosotros mismos

Después que Pablo explica en Romanos 1:18—3:20 que nadie podrá jamás justificarse delante de Dios («nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley», Ro 3:20), pasa a explicar que «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó» (Ro 3:23-24). La «gracia» de Dios quiere decir «favor inmerecido» que nos concede. Debido a que somos completamente incapaces de ganarnos el favor de Dios, la única manera en que nos podían declarar justos es que Dios gratuitamente proveyera salvación para nosotros por gracia, totalmente aparte de nuestras obras. Pablo explica: «Por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte» (Ef 2:8-9; cf. Tit 3:7). Se pone la gracia en claro contraste con las obras o méritos como la razón por la que Dios está dispuesto a justificarnos. Dios no tenía ninguna obligación de imputarle a Cristo nuestro pecado, ni de imputarnos a nosotros la justicia de Cristo; fue sólo debido a su favor que no merecíamos que hizo esto.

Por esta razón Lutero y los demás reformadores insistieron en que la justificación viene por la gracia sola, no por gracia más méritos de parte nuestra. Esto fue en distinción de la enseñanza católica romana de que somos justificados por la gracia de Dios más algo de mérito que logramos a medida que nos hacemos aptos para recibir la gracia de la justificación y a medida que crecemos en este estado de gracia mediante nuestras buenas obras.

E. Dios nos justifica por nuestra fe en Cristo

1. La fe es un instrumento para obtener justificación, pero no tiene mérito en sí misma. Cuando empezamos este capítulo notamos que la justificación viene mediante la fe que salva. Pablo deja bien clara esta secuencia cuando dice: «Hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por éstas nadie será justificado» (Gá 2:16). Aquí Pablo indica que la fe viene primero y es con el propósito de ser justificados. También dice que a Cristo «se recibe por la fe» y que Dios es «el que justifica a los que tienen fe en Jesús» (Ro 3:25,26). Todo el capítulo 4 de Romanos es una defensa del hecho de que somos justificados por fe, no por obras, tal como Abraham y David lo fueron. Pablo dice: «hemos sido justificados mediante la fe» (Ro 5:1).

La Biblia nunca dice que somos justificados debido a la bondad inherente de nuestra fe, como si nuestra fe tuviera mérito delante de Dios. Nunca nos permite pensar que nuestra fe en sí misma nos gana favor ante Dios. Más bien la Biblia dice que somos justificados «mediante» nuestra fe, en el sentido de que la fe es el instrumento mediante el cual se nos da la justificación, pero en ningún caso es una actividad que nos gana mérito o favor ante Dios. Más bien, somos justificados solamente gracias a los méritos de la obra de Cristo (Ro 5:17-19).

2. ¿Por qué Dios escogió la fe como el instrumento para que recibamos la justificación? Pero quizá nos preguntemos por qué Dios escogió la fe para que fuera la actitud del corazón por la que obtendríamos la justificación. ¿Por qué no podía Dios haber decidido dar la justificación a todos los que sinceramente mostraran amor, gozo, contentamiento, humildad o sabiduría? ¿Por qué Dios escogió la fe como el medio por el que recibiríamos justificación?

Aparentemente es porque la fe es la única actitud de corazón que es exactamente lo opuesto de depender de nosotros mismos. Cuando vamos a Cristo por fe, esencialmente decimos: «¡Me rindo! Ya no voy a depender de mí mismo ni de mis buenas obras. Sé que nunca puedo justificarme delante de Dios. Por consiguiente, Jesús, confío en ti y dependo completamente en que tú me darás una posición de justo delante de Dios». En esta manera, la fe es lo opuesto de confiar en nosotros mismos, y por tanto es la actitud que perfectamente encaja en una salvación que no depende para nada de nuestros propios méritos, sino que es por entero un regalo, una dádiva de la gracia de Dios. Pablo explica esto cuando dice: «Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia» (Ro 4:16). Por eso los reformadores, desde Martín Lutero en adelante fueron tan firmes en su insistencia de que la justificación no viene por fe más algunos méritos o buenas obras de parte nuestra, sino sólo por la fe sola. «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte» (Ef 2:8-9). Pablo repetidamente dice que «nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley» (Ro 3:20); y la misma idea se repite en Gálatas 2:16; 3:11; 5:4.

3. ¿Qué quiere decir Santiago al decir que somos justificados por las obras? Pero, ¿armoniza esto con la epístola de Santiago? ¿Qué puede querer expresar Santiago cuando dice: «Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe» (Stg 2:24)? Aquí debemos darnos cuenta de que Santiago está usando la palabra justificado en un sentido diferente del que Pablo la usa. Al principio de este capítulo notamos que la palabra justificar tiene varios significados, y que un sentido significativo es «declarar que se es justo», pero también debemos notar que la palabra griega dikaioo también puede significar «demostrar o mostrar que se es justo». Por ejemplo, Jesús les dijo a los fariseos: «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones» (Lc 16:15). El punto aquí no era que los fariseos iban por todas partes haciendo declaraciones legales de que «no eran culpables» delante de Dios, sino más bien que siempre andaban intentando mostrar a otros que eran justos por sus propias obras externas. Jesús sabía que la verdad era distinta, y «Dios conoce los corazones» (Lc 16:15). De modo similar, el maestro de la ley que puso a prueba a Jesús preguntándole qué debía hacer para heredar la vida eterna respondió bien a la primera pregunta de Jesús. Pero cuando Jesús le dijo: «Haz esto, y vivirás», el hombre no quedó satisfecho. Lucas nos dice: «Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”» (Lc 10:28-29). El hombre no estaba deseando dar un pronunciamiento legal de que no era culpable ante Dios; más bien, estaba deseando «mostrarse a sí mismo como justo» ante otros que lo estaban oyendo. Otros ejemplos de la palabra justificar en el sentido de «mostrar que se es justo» las puede hallar en Mateo 11:19; Lucas 7:35 y Romanos 3:4.

Nuestra interpretación de Santiago 2 depende no sólo del hecho de que «mostrar que se es justo» es una acepción aceptable de la palabra justificarse, sino también en consideración a que este sentido encaja bien con el propósito primario de Santiago en esta sección. Santiago está preocupado por mostrar que el mero asentimiento intelectual al evangelio es una «fe» que no es fe. Desea razonar en contra de los que dicen que tienen fe pero no dan muestras de cambio en su modo de vivir. Dice: «Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras» (Stg 2:18), «pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Stg 2:26). Santiago está simplemente diciendo aquí que la «fe» que no tiene resultados u «obras» no es fe real en ningún sentido; es una fe «muerta». No está negando la clara enseñanza de Pablo de que la justificación (en el sentido de declaración de una posición legal y correcta delante de Dios) es por fe sola sin las obras de la ley; está sencillamente afirmando una verdad diferente; es decir, que la «justificación» en el sentido de una exhibición externa de que uno es justo ocurre solamente cuando vemos evidencia en la vida de una persona. Para parafrasear, Santiago está diciendo que la persona «demuestra que es justa por sus obras y no por su fe sola». Esto es algo con lo que Pablo ciertamente estaría de acuerdo (2 Co 13:5; Gá 5:19-24).

4. Implicaciones prácticas de la justificación solo por la fe. Las implicaciones prácticas de la doctrina de justificación por la fe sola son muy significativas. Primero, esta doctrina nos permite ofrecer esperanza genuina a los inconversos que saben que nunca podrían por ellos mismos lograr ser justos delante de Dios. Si la salvación es un regalo que se recibe solo por la fe, cualquiera que oye el evangelio puede esperar que la vida eterna se ofrezca por gracia y que se puede obtener.

Segundo, esta doctrina nos da confianza de que Dios nunca nos hará pagar por los pecados que han sido perdonados sobre la base de los méritos de Cristo. Por supuesto, podemos continuar sufriendo las consecuencias ordinarias del pecado (el alcohólico que deja de emborracharse puede seguir sufriendo de debilidad física por el resto de su vida, y el ladrón que es justificado puede ser que con todo tenga que ir a la cárcel a pagar sus delitos). Es más, Dios puede disciplinarnos si continuamos actuando en desobediencia a él (véase He 12:5-11), y lo haría por amor y para nuestro propio bien. Pero Dios nunca puede vengarse ni se vengará de nosotros por pecados pasados, ni nos hará pagar la pena que merecemos por ellos, ni nos castigará con ira y con el propósito de hacernos daño. «Ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Ro 8:1). Esta verdad debe darnos un gran sentido de gozo y confianza ante Dios de que él nos ha aceptado y de que podemos estar ante él no como «culpables» sino «justos» para siempre.

F. Adopción

Además de la justificación, hay otro asombroso privilegio que Dios nos da en el momento en que llegamos a ser creyentes: el privilegio de la adopción. Podemos definir la adopción como sigue: La adopción es un acto de Dios en el cual él nos hace miembros de su familia.

Aunque la adopción es un privilegio que se nos da en el momento en que nos convertimos en creyentes (Jn 1:12; Gá 3:26; 1 Jn 3:1-2), no es lo mismo que la justificación ni que la regeneración. Por ejemplo, Dios podía habernos dado justificación sin los privilegios de la adopción en su familia, porque podía habernos perdonado nuestros pecados y habernos dado una posición legal correcta delante de él sin hacernos sus hijos. De modo similar, podía habernos hecho vivir espiritualmente mediante la regeneración sin habernos hecho miembros de su familia con los privilegios especiales de miembros de su familia; los ángeles, por ejemplo, evidentemente caen en esa categoría. La enseñanza bíblica de la adopción enfatiza mucho más las relaciones personales que la salvación nos da con Dios y con su pueblo.

Juan menciona la adopción al principio de su evangelio, en donde dice: «A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Jn 1:12, RVR). Los que no creen en Cristo, por el contrario, no son hijos de Dios ni son adoptados en su familia, sino que son «hijos de ira» (Ef 2:3), e «hijos de desobediencia» (Ef 2:2; 5:6). Aunque los judíos que rechazaron a Cristo trataron de aducir que Dios era su Padre (Jn 8:41), Jesús les dijo: «Si Dios fuera su Padre, ustedes me amarían. … Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir» (Jn 8:42-44).

Las epístolas del Nuevo Testamento dan testimonio repetido del hecho de que ahora somos hijos de Dios en un sentido especial, miembros de su familia. Pablo dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: “¡Abba! ¡Padre!” El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria» (Ro 8:14-17).

Pero si somos hijos de Dios, ¿no estamos entonces emparentados unos con otros como familiares? Claro que sí. Es más, esta adopción en la familia de Dios nos hace a todos partícipes en una familia que incluye también a los judíos creyentes del Antiguo Testamento, porque Pablo dice que somos también hijos de Abraham: «Tampoco por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos. Al contrario: “Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac”. En otras palabras, los hijos de Dios no son los descendientes naturales; más bien, se considera descendencia de Abraham a los hijos de la promesa» (Ro 9:7-8). Luego les explica a los gálatas: «Ustedes, hermanos, al igual que Isaac, son hijos por la promesa. … no somos hijos de la esclava sino de la libre» (Gá 4:28,31; cf. 1 P 3:6, en donde Pedro ve a las mujeres creyentes como hijas de Sara en el nuevo pacto).

Pablo explica que este estatus de adopción como hijos de Dios no se realizó por completo en el antiguo pacto. Dice que: «Antes de venir esta fe, la ley nos tenía presos. … Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe. Pero ahora que ha llegado la fe, ya no estamos sujetos al guía. Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús» (Gá 3:23-26). Esto no es decir que el Antiguo Testamento omitió por completo hablar de Dios como nuestro Padre, porque Dios en efecto se llama a sí mismo Padre de los hijos de Israel, y los llama sus hijos en varios lugares (Sal 103:13; Is 43:6-7; Mal 1:6; 2:10). Pero aunque había una conciencia de Dios como Padre en el pueblo de Israel, los plenos beneficios y privilegios de la membresía en la familia de Dios, y la plena realización de esa membresía, no fueron efectivos sino cuando Cristo vino y el Espíritu del Hijo de Dios se derramó en nuestros corazones y dio testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Aunque el Nuevo Testamento dice que ahora somos hijos de Dios (1 Jn 3:2), debemos también observar que hay otro sentido en el que nuestra adopción todavía es futura porque no recibiremos los plenos beneficios y privilegios de adopción sino cuando Cristo vuelva y tengamos nuevos cuerpos resucitados. Pablo habla de este sentido posterior y más pleno de la adopción cuando dice: «Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo» (Ro 8:23). Aquí Pablo ve la recepción de los nuevos cuerpos resucitados como el cumplimiento de nuestros privilegios de adopción, tanto que puede referirse a esto como nuestra «adopción como hijos».

 

La Regeneración

I. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la regeneración como sigue: La regeneración es un acto secreto de Dios en el que él nos imparte nueva vida espiritual. A veces a esto se le llama «nacer de nuevo» (usando el lenguaje de Juan 3:3-8).

A. La regeneración es totalmente obra de Dios

En algunos de los elementos de aplicación de la redención que consideraremos en capítulos subsiguientes, tenemos una parte activa (esto es cierto, por ejemplo, en la conversión, santificación y perseverancia). Pero en la obra de la regeneración nosotros no jugamos ningún papel activo. Es totalmente obra de Dios. Vemos esto, por ejemplo, cuando Juan habla de que aquellos a quienes Cristo les dio potestad de ser hechos hijos de Dios «no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios» (Jn 1:13). Aquí Juan especifica que son hijos de Dios los que «nacen de Dios» y nuestra «voluntad humana» no tiene nada que ver con esta clase de nacimiento.

El hecho de que somos pasivos en la regeneración también es evidente cuando la Biblia se refiere a ella como que «se nos hizo nacer» o «nos ha hecho nacer de nuevo» (cf. Stg 1:18; 1 P 1:3; Jn 3:3-8). No escogimos que se nos diera la vida física, y no escogimos nacer: fue algo que nos sucedió. De modo similar, estas analogías de la Biblia sugieren que somos enteramente pasivos en la regeneración.

La profecía de Ezequiel también predice esta obra soberana de Dios en la regeneración. Por él Dios prometió un tiempo en el futuro cuando daría nueva vida espiritual a su pueblo: «Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese co- razón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes» (Ez 36:26-27).

¿Cuál miembro de la Trinidad es el que actúa en la regeneración? Cuando Jesús habla del que «nace del Espíritu» (Jn 3:8), indica que es principalmente Dios Espíritu Santo el que produce la regeneración. Pero otros versículos también indican la intervención de Dios el Padre en la regeneración. Pablo especifica que «en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó» (Ef 2:5; cf. Col 2:13). Santiago dice que es el «Padre que creó las lumbreras celestes» el que nos dio el nuevo nacimiento: «Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad, para que fuéramos como los primeros y mejores frutos de su creación» (Stg 1:17-18). Finalmente, Pedro dice que Dios, «por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo» (1 P 1:3). Podemos concluir que Dios Padre y Dios Espíritu Santo producen la regeneración.

¿Cuál es la conexión entre el llamamiento efectivo1 y la regeneración? Como veremos más adelante en este capítulo, la Biblia indica que la regeneración debe llegar antes de que podamos responder al llamamiento efectivo con fe salvadora. Por tanto, podemos decir que la regeneración llega antes del resultado del llamamiento efectivo (nuestra fe). Pero es más difícil especificar la relación exacta en tiempo entre la regeneración y la proclamación humana del evangelio por la que Dios obra el llamamiento efectivo. Por lo menos dos pasajes sugieren que Dios nos regenera al mismo tiempo en que nos habla en el llamamiento efectivo. Pedro dice: «Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece. … Y ésta es la palabra del evangelio que se les ha anunciado a ustedes» (1 P 1:23,25). Y Santiago dice: «Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad» (Stg 1:18). Al llegar el evangelio a nosotros, Dios nos habla por él y nos llama a que vayamos a él (llamamiento efectivo) y nos da nueva vida espiritual (regeneración) de modo que nos capacita para responder con fe. El llamamiento efectivo es entonces cuan- do Dios Padre nos habla con poder, y la regeneración es Dios el Padre y Dios Espíritu Santo obrando poderosamente en nosotros para darnos vida. Estas dos cosas deben haber sucedido simultáneamente mientras Pedro predicaba el evangelio en la casa de Cornelio, porque mientras él predicaba, «el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban el mensaje» (Hch 10:44).

A veces se usa el término gracia irresistible 2 en esta conexión. Se refiere al hecho de que Dios efectivamente llama a las personas y también les da la regeneración, y ambas acciones garantizan que responderemos con fe que salva. No obstante, el término gracia irresistible se presta para malos entendidos, puesto que parece implicar que la gente no toma una decisión espontánea al responder al evangelio. Es una idea errada y una comprensión errónea del término gracia irresistible. El término sí preserva algo valioso, por- que indica que la obra de Dios toca nuestros corazones para despertar una respuesta que es absolutamente segura, aunque respondemos voluntariamente.

B. La naturaleza exacta de la regeneración es un misterio para nosotros

Lo que sucede exactamente en la regeneración es un misterio para nosotros. Sabemos que de alguna manera a nosotros, que estábamos espiritualmente muertos (Ef 2:1), se nos ha dado vida para Dios y en todo sentido real se nos ha hecho «nacer de nuevo» (Jn 3:3,7; Ef 2:5; Col 2:13). Pero no entendemos cómo sucede esto ni lo que Dios hace exactamente en nosotros para darnos esta nueva vida espiritual. Jesús dice: «El viento so- pla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu» (Jn 3:8).

La Biblia ve la regeneración como algo que nos afecta como persona integral. Por su- puesto, nuestro «espíritu vive» para Dios después de la regeneración (Ro 8:10), pero eso es simplemente porque la regeneración nos afecta a nosotros como persona integral. No es simplemente que nuestro espíritu estaba muerto antes; éramos nosotros los que estábamos muertos para Dios en delitos y pecados (vea Ef 2:1). Es incorrecto decir que todo lo que sucede en la regeneración es que nuestro espíritu recibe vida (como algunos enseñan), porque la regeneración afecta todo lo que somos: «Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!» (2 Co 5:17).

Debido a que la regeneración es la obra de Dios en nosotros que nos da nueva vida, es correcto concluir que es un hecho instantáneo. Ocurre sólo una vez. En un momento es- tamos espiritualmente muertos, y al siguiente tenemos nueva vida espiritual de Dios. No obstante, no siempre sabemos exactamente cuándo ocurre este cambio instantáneo. Especialmente en el caso de los niños que se crían en un hogar cristiano, o de las personas que asisten a una iglesia evangélica o estudio bíblico por un período de tiempo y crecen gradualmente en su comprensión del evangelio, puede que no haya una crisis dramática con un cambio radical de conducta de «pecador endurecido» a «santo», pero con todo habrá un cambio instantáneo cuando Dios por el Espíritu Santo, de una manera invisible, despierte la vida espiritual. El cambio se hará evidente con el tiempo en patrones de conducta y deseos que agradan a Dios.

En otros casos (probablemente en la mayoría de los casos cuando los adultos se con- vierten a Cristo), la regeneración tiene lugar en un momento claramente reconocible en el que la persona se da cuenta de que antes estaba separada de Dios y espiritualmente muerta, pero inmediatamente después hay de manera clara una nueva vida por dentro. Los resultados se pueden ver por lo general de inmediato: una confianza de corazón en Cristo en cuanto a la salvación, una seguridad de que los pecados le han sido perdonados, deseo de leer la Biblia y orar (y un sentido de que estas actividades son significativas), deleite en la adoración, deseo de comunión cristiana, deseo sincero de ser obediente a la pa- labra de Dios en la Biblia, y deseo de hablarles de Cristo a otros. La gente a veces dirá algo como esto: «No sé exactamente lo que sucedió, pero antes de ese momento no con- fiaba en Cristo en cuanto a la salvación. Me preguntaba y vacilaba en mi mente. Pero después de ese momento me di cuenta de que confío en Cristo y que él es mi Salvador. Algo le sucedió a mi corazón». Sin embargo, incluso en estos casos no estamos completamente seguros de lo que nos sucede en el corazón. Es como Jesús dijo respecto al viento: oímos su sonido y vemos los resultados, pero no podemos ver el viento mismo. Así es con la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones.

C. En este sentido de «regeneración», tiene lugar antes de la fe salvadora

Usando los versículos citados arriba, hemos definido la regeneración como un acto de Dios que despierta la vida espiritual en nosotros y nos lleva de la muerte espiritual a la vida espiritual. En esta definición es natural entender que la regeneración llega antes de la fe que salva. Es en realidad esta obra de Dios lo que nos da la capacidad espiritual para responder a Dios con fe. Sin embargo, cuando decimos que llega «antes» de la fe que sal- va, es importante recordar que por lo general sucede tan cerca una de la otra que ordina- riamente parece que suceden al mismo tiempo. Al dirigirnos Dios el llamado efectivo del evangelio, nos regenera y nosotros respondemos con fe y arrepentimiento a este llamado. Así que desde nuestra perspectiva, es difícil ver alguna diferencia en tiempo, especialmente porque la regeneración es una obra espiritual que no podemos percibir con los ojos y ni siquiera entender con la mente.

Sin embargo hay varios pasajes que nos dicen que esta obra secreta, oculta, de Dios en nuestros espíritus en efecto llega antes de que nosotros respondamos a Dios con la fe que salva (aunque a menudo pueden ser apenas segundos antes de que nosotros responda- mos). Al hablar con Nicodemo sobe la regeneración, Jesús le dijo: «Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3:5). Entra- mos en el reino de Dios cuando nos convertimos en creyentes en la conversión. Pero Je- sús dice que tenemos que nacer «del Espíritu» antes de que podamos hacer eso. («Nacer del agua» con toda probabilidad se refiere al lavamiento espiritual del pecado, que en la profecía de Ezequiel lo simboliza el agua, según Ez 36:25-26.) Nuestra incapacidad para acercarnos a Cristo por cuenta propia, sin una obra inicial de Dios en nosotros, también la enfatiza Jesús cuando dice: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me en- vió» (Jn 6:44), y «nadie puede venir a mí, a menos que se lo haya concedido el Padre» (Jn 6:65). Este acto interno de regeneración se describe hermosamente cuando Lucas dice de Lidia: «El Señor le abrió el corazón para que respondiera al mensaje de Pablo» (Hch 16:14). Primero el Señor le abrió el corazón, y después ella pudo prestar atención a la predicación de Pablo y responder con fe.

En contraste, Pablo nos dice: «El que no tiene el Espíritu (lit. “el hombre natural”) no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entender- lo, porque hay que discernirlo espiritualmente» (1 Co 2:14). También dice que aparte de Cristo «no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios» (Ro 3:11).

La solución a este estado de muerte espiritual e incapacidad para responder sólo llega cuando Dios nos da nueva vida por dentro. «Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo» (Ef 2:4-5, RVR). Pablo también dice: «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él» (Col 2:13, RVR).

La idea de que la regeneración llega antes de la fe que salva no siempre la entienden los evangélicos de hoy. A veces algunos incluso dicen algo así: «Si crees en Cristo como Salvador, entonces (después que creas) nacerás de nuevo». Pero la Biblia misma nunca dice algo igual. La Biblia ve el nuevo nacimiento como algo que Dios hace en nosotros a fin de capacitarnos para creer.

Los evangélicos que piensan a menudo que la regeneración llega después de la fe que salva es porque ven los resultados (tal como amor a Dios y a su Palabra, o dejar el pecado) después de que la gente abraza la fe, y piensan que la regeneración debe por consiguiente haber venido después de la fe que salva. Por cierto, algunas declaraciones evangélicas de fe contienen expresiones que sugieren que la regeneración llega después de la fe que sal- va. En estas declaraciones la palabra regeneración al parecer se refiere a la evidencia externa de la regeneración que se ve en una vida cambiada, evidencia que por cierto llega después de la fe que salva. Se piensa en «ser nacido de nuevo» no en términos de la entrega inicial de una nueva vida, sino en términos de la transformación total de la vida que resulta de esa entrega. Si el término regeneración se entiende de esta manera, sería cierto que la regeneración llega después de la fe que salva.

No obstante, para usar un lenguaje que se conforme estrechamente a las expresiones de la Biblia, sería mejor reservar la palabra regeneración para la obra instantánea, inicial de Dios en la que nos imparte vida espiritual. Entonces podemos enfatizar que no vemos la regeneración en sí misma, sino que vemos solamente sus resultados en nuestra vida, y que la fe en Cristo salvadora es el primer resultado que vemos. Es más, nunca podremos saber que hemos sido regenerados sino hasta que vayamos a la fe en Cristo, porque esa es la evidencia externa de la obra interna y oculta de Dios. Una vez que en efecto hallamos llegado a la fe que salva en Cristo, sabremos que hemos nacido de nuevo. A modo de aplicación, debemos darnos cuenta de que la explicación del mensaje del evangelio en la Biblia no toma la forma de un mandato: «Sé nacido de nuevo y serás salvo», sino más bien: «Cree en Jesucristo y serás salvo». Este es el patrón constante en la predicación del evangelio en todo el libro de Hechos y también en las descripciones del evangelio que se nos da en las Epístolas.

D. La regeneración genuina debe producir resultados en la vida

En la sección previa notamos que la capacidad para responder a Dios con la fe que salva es el primer resultado de la regeneración. Por eso Juan dice: «Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios» (1 Jn 5:1). Pero también hay otros resultados de la regeneración, muchos de los cuales los especifica Juan en su primera epístola. Por ejemplo, Juan dice: «Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en él; no puede practicar el pecado, porque ha nacido de Dios» (1 Jn 3:9). Aquí Juan explica que la persona que nace de nuevo tiene esa «semilla» espiritual (ese poder que genera vida y que crece) en sí y eso mantiene a la persona viviendo una vida libre de pecado continuo. Esto no quiere decir, por supuesto, que la persona vivirá una vida perfecta, sino sólo que el patrón de vida no será el de continua indulgencia en el pecado. Debemos observar que Juan dice que esto es cierto de todo el que verdaderamente ha nacido de nuevo. «Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado». Otra manera de mirar esto es decir que «todo el que practica la justicia ha nacido de él» (1 Jn 2:29).

Un amor genuino, como el de Cristo, será un resultado concreto en la vida: «Todo el que ama ha nacido de él y lo conoce» (1 Jn 4:7). Otro efecto del nuevo nacimiento es vencer al mundo: «En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos. Y éstos no son difíciles de cumplir, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo» (1 Jn 5:3-4). Aquí Juan explica que la regeneración da la capacidad para vencer las presiones y tentaciones del mundo que de otra manera nos impedirían obedecer los mandamientos de Dios y seguir sus caminos. Juan dice que venceremos estas presiones y por tanto no será «difícil» obedecer los mandamientos de Dios, sino, deja entrever, que más bien será un gozo.

Finalmente, Juan observa que otro resultado de la regeneración es protección del mismo Satanás. «Sabemos que el que ha nacido de Dios no está en pecado: Jesucristo, que nació de Dios, lo protege, y el maligno no llega a tocarlo» (1 Jn 5:18). Aunque pueden haber ataques de Satanás, Juan reasegura a sus lectores que «el que está en ustedes es más poderoso que el que está en el mundo» (1 Jn 4:4), y este mayor poder del Espíritu Santo en nosotros nos guarda del supremo daño espiritual de parte del maligno.

Debemos darnos cuenta de que Juan enfatiza todo esto como resultados necesarios en la vida de los que han nacido de nuevo. Si hay regeneración genuina en la vida de una persona, esa persona creerá que Jesús es el Cristo, y se abstendrá de un patrón de vida de pecado continuo, y amará a su hermano o hermana, y vencerá las tentaciones del mundo, y será guardado del supremo daño que puede hacernos el maligno. Estos pasajes muestran que es imposible la regeneración en una persona y que no se convierta verdaderamente.

Otros resultados de la regeneración los menciona Pablo cuando habla del «fruto del Espíritu», es decir, el resultado en la vida que produce el poder del Espíritu Santo al obrar en todo creyente: «En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas» (Gá 5:22-23). Si hay verdadera regeneración, estos elementos del fruto del Espíritu serán cada día más evidentes en la vida de esa persona. Pero, en contraste, los que no son creyentes, incluyendo los que dicen ser creyentes pero no lo son, claramente carecerán de estos rasgos de carácter en sus vidas. Jesús dijo a sus discípulos:

Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los cardos? Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bue- no. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Así que por sus frutos los conocerán (Mt 7:15-20).

Ni Jesús, ni Pablo ni Juan señalan la actividad en la Iglesia ni los milagros como evidencia de la regeneración. Más bien señalan rasgos de carácter en la vida. De hecho, inmediatamente después de los versículos antes citados, Jesús advierte que en el día del juicio muchos le dirán: «“Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?” Entonces les diré claramente: “Ja- más los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!”» (Mt 7:22-23). La profecía, los exorcismos, y muchos milagros y obras poderosas en el nombre de Jesús (por no decir nada de otros tipos de actividad intensa en la Iglesia en la fuerza de la carne tal vez en décadas de la vida de una persona) no son evidencia convincente de que la persona verdaderamente ha nacido de nuevo. Al parecer todo esto puede ser producido por el hombre o mujer natural por fuerza propia, o tal vez con la ayuda del maligno. Pero amor genuino a Dios y a su pueblo, obediencia de corazón a sus mandamientos, y el carácter semejante al de Cristo que Pablo llama el fruto del Espíritu, demostrado constantemente en un período de tiempo en la vida de una persona, no los puede producir Satanás, ni tampoco el ser humano por su propias fuerzas. Esto solo lo puede producir el Espíritu de Dios obrando en nosotros y dándonos vida nueva.

 

El Llamamiento del Evangelio

  1. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Cuando Pablo habla de la manera en que Dios trae salvación a nuestra vida dice:

«Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» (Ro 8:30). Aquí Pablo señala un orden definido en que nos vienen las bendiciones de la salvación. Aunque hace mucho, antes de que el mundo fuese hecho, Dios nos «predestinó» para que fuéramos sus hijos y fuéramos conformados a imagen de su Hijo, Pablo apunta al hecho de que en la realización de ese propósito en cuanto a nuestra vida Dios nos «llamó». Luego menciona de inmediato la justificación y la glorificación, y muestra que estas vienen después del llamamiento. Pablo indica que hay un orden definido en el propósito salvador de Dios (aunque aquí no menciona todos los aspectos de nuestra salvación). 

Así que empezaremos nuestra consideración de las diferentes partes de nuestra experiencia de salvación con el tema del llamamiento.

  1. Llamamiento efectivo

Cuando Pablo dice: «Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» (Ro 8:30), indica que ese llamamiento lo hace Dios. Es específicamente un acto de Dios el Padre, porque es él quien predestina a las personas «a ser transformados según la imagen de su Hijo» (Ro 8:29). Otros versículos describen más completamente qué es este llamamiento. 

Cuando Dios llama a las personas de esta manera poderosa, las llama «de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2:9), las llama «a tener comunión con su Hijo Jesucristo» (1 Co 1:9; cf. Hch 2:39) y «los llama a su reino y a su gloria» (1 Ts 2:12; cf. 1 P 5:10; 2 P 1:3). Los que han sido llamados por Dios le pertenecen a Jesucristo (vea Ro 1:6). Son llamados «a ser santos» (Ro 1:7; 1 Co 1:2) y han entrado a un reino de paz (1 Co 7:15; Col 3:15), libertad (Gá 5:13), esperanza (Ef 1:18; 4:4), santidad (1 Ts 4:7), con paciencia soportan el sufrimiento (1 P 2:20-21; 3:9) y tienen vida eterna (1 Ti 6:12).

Estos versículos indican que no se tiene en mente un simple llamamiento humano e impotente. Este llamado es más bien algo así como una «citación» del Rey del universo, y tiene tal poder que obtiene la respuesta que pide que brote del corazón de esas personas.

Es un acto de Dios que garantiza una respuesta positiva, porque Pablo especifica en Romanos 8:30 que todos los que fueron «llamados» también fueron «justificados». Este llamamiento tiene la facultad de sacarnos del reino de las tinieblas y llevarnos al reino de Dios, y unirnos a él en plena comunión: «Fiel es Dios, quien los ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor» (1 Co 1:9).

A este poderoso acto de Dios a menudo se le llama llamamiento efectivo, para distinguirlo de la invitación general del evangelio que va a toda persona, y que algunos rechazan. Esto no quiere decir que la proclamación humana del evangelio no interviene. De hecho, el llamamiento efectivo de Dios llega mediante la predicación humana del evangelio, porque Pablo dice: «Para esto Dios los llamó por nuestro evangelio, a fin de que tengan parte en la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2 Ts 2:14). Por supuesto, hay muchos que oyen el llamado general del mensaje del evangelio y no responden. Pero en algunos casos el llamado del evangelio es tan efectivo gracias a la obra del Espíritu Santo en el corazón de las personas que estas en efecto responden; podemos decir que han recibido el «llamamiento efectivo».

Podemos definir el llamamiento efectivo como sigue: El llamamiento efectivo es un acto de Dios el Padre en el que, hablando mediante la proclamación humana del evangelio, llama a las personas hacia sí mismo de tal manera que estas responden con fe salvadora.

Es importante no dar la impresión de que la gente será salva por el poder de este llamamiento aparte de su propia respuesta voluntaria al evangelio.  Aunque es cierto que el llamamiento efectivo despierta y obtiene de nosotros una respuesta positiva, siempre debemos insistir que esta respuesta tiene que ser de todos modos una respuesta voluntaria, dispuesta, en la que el individuo pone su fe en Cristo.

Por esto la oración es tan importante para la evangelización efectiva. A menos que Dios obre en el corazón de las personas para hacer efectiva la proclamación del evangelio, no habrá respuesta salvadora genuina. Jesús dijo: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió» (Jn 6:44).

Un ejemplo de cómo el llamado del evangelio obra eficazmente se ve en la primera visita de Pablo a Filipos. Cuando Lidia oyó el mensaje del evangelio, «el Señor le abrió el corazón para que respondiera al mensaje de Pablo» (Hch 16:14). A distinción del llamamiento efectivo, que es por entero un acto de Dios, podemos hablar del llamamiento del evangelio en general, que se hace por medio de la palabra humana. Este llamamiento del evangelio se ofrece a toda persona, incluso los que no lo aceptan. A veces a este llamamiento del evangelio se le llama llamamiento externo o llamamiento general. Por otro lado, al llamamiento efectivo de Dios que en efecto produce una respuesta voluntaria de la persona que oye a veces se le llama llamamiento interno. 

El llamamiento del evangelio es general y externo, y a menudo es rechazado, mientras que el llamamiento efectivo es particular e interno, y siempre es efectivo. Sin embargo, esto no es disminuir la importancia del llamado del evangelio; es el medio que Dios ha designado para que se haga el llamamiento efectivo. Sin el llamado del evangelio nadie podría responder y ser salvo. «¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?» (Ro 10:14). Por consiguiente, es importante entender exactamente lo que es el llamado del evangelio.

  1. Elementos del llamado del evangelio

En la predicación humana del evangelio hay que incluir tres elementos importantes:

  1. Explicación de los hechos respecto a la salvación. Todo el que se acerca a Cristo para obtener salvación debe por lo menos tener un entendimiento básico de quién es Cristo, y cómo suple él nuestra necesidad de salvación. Por tanto, una explicación de los hechos concernientes a la salvación debe incluir por lo menos lo siguiente:
  2. Todos han pecado (Ro 3:23).
  3. La pena del pecado es muerte (Ro 6:23).
  4. Jesucristo murió para pagar la pena de nuestros pecados (Ro 5:8).

Pero entender esos hechos e incluso convenir en que son verdad no es suficiente para que la persona sea salva. Tiene que haber una invitación a una respuesta personal de parte del individuo, a que se arrepienta de sus pecados y confíe personalmente en Cristo.

  1. Invitación a responder personalmente a Cristo con arrepentimiento y fe. Cuando

el Nuevo Testamento habla de las personas que aceptan la salvación, habla en términos de una respuesta personal a una invitación de Cristo mismo. Esa invitación queda hermosamente expresada, por ejemplo, en las palabras de Jesús: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana» (Mt 11:28-30).

Es importante dejar bien claro que estas no son simplemente palabras que dijo hace mucho tiempo un dirigente religioso del pasado. A toda persona que no es creyente y que oye estas palabras hay que llevarlas a que piense que son palabras que Jesucristo, incluso en ese mismo momento, está diciéndoselas personalmente. Jesucristo es un Salvador que está vivo en el cielo, y toda persona que no es cristiana debe comprender que es Jesús el que está hablándole y diciéndole: «Ven a mí … y te daré descanso» (Mt 11:28). Esta es una invitación genuina personal que busca una respuesta personal de cada persona que la oye.

Juan también habla de la necesidad de una respuesta personal cuando dice: «Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios» (Jn 1:11-12). Al martillar la necesidad de «recibir» a Cristo, Juan, también, apunta a la necesidad de una respuesta individual. A los que estaban en la iglesia tibia que no se daba cuenta de su ceguera espiritual el Señor Jesús de nuevo le extiende una invitación que exige una respuesta personal: «Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3:20).

Pero, ¿qué incluye eso de ir a Cristo? Aunque hablaremos mas de esto mas adelante, es suficiente observar aquí que si vamos a Cristo y confiamos en él para que nos salve de nuestro pecado, no podemos seguir aferrándonos a nuestro pecado sino que voluntariamente debemos renunciar a él con arrepentimiento genuino. En algunos casos en la Biblia se mencionan el arrepentimiento y la fe juntos al referirse a la conversión inicial de alguien (Pablo dijo que pasó tiempo «testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo», Hch 20:21 RVR).


En otras ocasiones se menciona sólo el arrepentimiento, y la fe que salva se da por sentada como factor acompañante («y en su nombre se predicarán el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén», Lc 24:47; cf. Hch 2:37-38; 3:19; 5:31; 17:30; Ro 2:4; 2 Co 7:10; et ál.). Por tanto, toda proclamación genuina del evangelio debe incluir una invitación a tomar una decisión conciente a dejar el pecado e ir a Cristo por fe, pidiéndole el perdón de los pecados. Si se deja a un lado el arrepentimiento de los pecados o la necesidad de confiar en Cristo para el perdón, no hay una proclamación completa y verdadera del evangelio.

Pero, ¿qué se promete a los que se acercan a Cristo? Este es el tercer elemento del llamado del evangelio.

  1. Una promesa de perdón y vida eterna. Aunque las palabras de invitación personal de Cristo tienen en efecto promesas de descanso, potestad de ser hechos hijos de Dios y acceso al agua de vida, es útil decir explícitamente lo que Cristo promete a los que acuden a él en arrepentimiento y fe. Lo más importante que se promete en el mensaje del evangelio es perdón de pecados y vida eterna con Dios. «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn 3:16). Pedro, en su predicación del evangelio, dice: «Por tanto, para que sean borrados sus pecados, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, a fin de que vengan tiempos de descanso de parte del Señor» (Hch 3:19; cf. 2:38).

Junto con la promesa de perdón y vida eterna debe haber la seguridad de que Cristo aceptará a todo el que va a él con arrepentimiento sincero y fe en busca de salvación: «Al que a mí viene, no lo rechazo» (Jn 6:37).

  1. Importancia del llamado del evangelio

La doctrina del llamado del evangelio es importante porque si no hubiera llamado del evangelio no podríamos ser salvos. «¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?» (Ro 10:14). El llamado del evangelio es importante también porque mediante él Dios nos trata en la plenitud de nuestra humanidad. Él no nos salva «automáticamente» sin buscar una respuesta nuestra como personas. Más bien, dirige el llamado del evangelio a nuestro intelecto, a nuestras emociones y a nuestra voluntad. Habla a nuestro intelecto al explicarnos en su palabra la realidad de la salvación. Habla a nuestras emociones al extendernos una invitación sincera para que respondamos. Apela a la voluntad al pedirnos que oigamos su invitación y respondamos voluntariamente con arrepentimiento y fe, y que decidamos volvernos de nuestros pecados y recibir a Cristo como Salvador y dejar que nuestro corazón descanse en él en cuanto a la salvación.

La Providencia, o ¿tenemos libertad?

Aunque el término providencia no se halla en la Biblia, se usa para denotar la relación continua de Dios con su creación.

Podemos definir la providencia de Dios como sigue: Dios continuamente participa con todas las cosas creadas y al hacerlo (1) las mantiene en existencia con las propiedades con que las creó; (2) coopera en todo con las cosas creadas, dirigiendo sus propiedades distintivas para hacerlas actuar como actúan; y (3) las dirige para que cumplan sus propósitos.

Bajo la categoría general de providencia tenemos tres subtemas de acuerdo a los tres elementos de la definición antes dada: (1) preservación, (2) concurrencia y (3) gobierno

A. Preservación

Dios mantiene en existencia todas las cosas creadas y las propiedades con que las creó.

Hebreos 1:3 nos dice que Cristo es «el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (He 1:3). La palabra griega que se traduce «sostiene» es fero, «llevar, cargar». Se aplica comúnmente en el Nuevo Testamento para referirse al acto de llevar algo en peso de un lugar a otro, como se lleva a un paralítico en una camilla a Jesús (Lc 5:18), como se lleva vino al director de la fiesta (Jn 2:8), o se le lleva un sobretodo o libros a Pablo (2 Ti 4:13). No significa simplemente «sustentar», sino que tiene el sentido de control activo e intencionado de lo que se lleva de un lugar a otro. En Hebreos 1:3 el uso del participio presente indica que Jesús está continuamente sosteniendo todas las cosas en el universo mediante su palabra poderosa.

B. Concurrencia

  1. Creación inanimada (sucesos naturales Sal 148.8, Job 37.6-13)
  2. Animales (salmo 10427-29
  3. Acontecimientos “al azar” o “casuales” (Prov 16.33)
  4. Acontecimientos plenamente causados por Dios y plenamente causados por la criatura
  5. asuntos de las naciones (Job 12.23, Sal 22.28, Hech 17.26)

6. Todos los aspectos de nuestras vidas. Es asombroso ver hasta qué alcance afirma la Biblia que Dios hace que sucedan varios acontecimientos en nuestras vidas. Por ejemplo, nuestra dependencia de Dios en cuanto al alimento cotidiano, y esto se reitera cada vez que oramos: «Danos hoy nuestro pan cotidiano» (Mt 6:11), aunque trabajamos para conseguir nuestro alimento y (hasta donde puede discernir el ojo humano) lo obtenemos mediante causas enteramente «naturales». Similarmente Pablo, mirando a los acontecimientos con los ojos de la fe, afirma que «mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten» sus hijos (Fil 4:19), aunque Dios puede usar medios «ordinarios» (tales como otras personas) para hacerlo.

Dios planea nuestros días antes de que nazcamos, porque David afirma: «Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos» (Sal 139:16). Y Job dice que: «Los días del hombre ya están determinados; tú has decretado los meses de su vida; le has puesto límites que no puede rebasar» (Job 14:5). Esto se puede ver en la vida de Pablo, quien dice: «Dios me había apartado desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia» (Gal 1:15), y de Jeremías, a quien Dios le dice: «Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones» (Jer. 1:5).

Todas nuestras acciones están bajo el cuidado providencial de Dios, «puesto que en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17:28). Los pasos individuales que damos todos los días están dirigidos por el SEÑOR. Jeremías confiesa: «SEÑOR, yo sé que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al caminante dirigir sus propios pasos» (Jer 10:23). Leemos que: «Los pasos del hombre los dirige el SEÑOR» (Pr 10:24), y «El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el SEÑOR» (Pr 16:9). El éxito y el fracaso vienen de Dios, porque leemos: «La exaltación no viene del oriente, ni del occidente ni del sur, sino que es Dios el que juzga: a unos humilla y a otros exalta» (Sal 75:6-7). Incluso todos nuestros talentos y capacidades son del Señor por lo que Pablo puede preguntar a los corintios: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué presumes como si no te lo hubieran dado?» (1 Co 4:7).

Dios influye en los deseos y decisiones de las personas, porque «contempla desde su trono a todos los habitantes de la tierra», y «Él es quien formó el corazón de todos» (Sal 33:14-15). Cuando nos damos cuenta de que en la Biblia el corazón es la sede de nuestros pensamientos y deseos más íntimos, este es un pasaje significativo. Sí, sabemos que tomamos decisiones voluntarias, pero ¿quién formó nuestra voluntad para que tomemos esas decisiones? Dios «formó el corazón» de «todos los habitantes de la tierra». Dios guía especialmente los deseos e inclinaciones de los creyentes, obrando en nosotros «tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad» (Fil 2:13).

Todos estos pasajes, que nos hablan en términos generales en cuanto a la obra de Dios en la vida de todas las personas y nos dan ejemplos específicos de la obra de Dios en la vida de los individuos, nos llevan a concluir que la obra providencial de concurrencia de Dios se extiende a todos los aspectos de nuestras vidas. Nuestras palabras, nuestros pasos, nuestros movimientos, nuestros corazones y nuestras capacidades vienen del Señor.

Pero debemos guardarnos de un malentendido. Aquí también, como con la creación más inferior, la dirección providencial de Dios como «causa primaria» invisible y detrás de bastidores no nos debe llevar a negar la realidad de nuestras decisiones y acciones. Una vez tras otra la Biblia afirma que nosotros hacemos que sucedan los acontecimientos. Somos significativos y somos responsables. Tomamos decisiones, y son decisiones reales que producen resultados reales. Así como Dios ha creado cosas en la naturaleza con ciertas propiedades (p. ej., las piedras son duras, el agua moja), Dios nos ha hecho de una manera tan maravillosa que nos ha dotado con la capacidad de tomar decisiones.

Una manera de aclarar el sentido de estos pasajes sobre la concurrencia de Dios es decir que si nuestras decisiones son reales, Dios no las puede causar . Pero el número de pasajes que afirman este control providencial de Dios es tan considerable, y las dificultades que surgen al darles alguna otra interpretación son tan formidables, que no me parece que ese pueda ser un método apropiado de abordarlos. Parece mejor decir sencillamente que Dios hace que sucedan todas las cosas que suceden, pero que lo hace de tal manera que de cierta manera mantiene nuestra capacidad de tomar decisiones responsables y voluntarias, decisiones que tienen resultados reales y eternos, y por las que se nos considera responsables. Exactamente cómo combina Dios su control providencial con nuestras decisiones voluntarias y significativas, la Biblia simplemente no nos lo explica. Pero antes que negar uno u otro aspecto (simplemente porque no podemos explicar cómo puede esto ser cierto), debemos aceptar ambas cosas en un intento por ser fieles a las enseñanzas de las Escrituras como un todo.

7. ¿Qué en cuanto al mal? Si Dios en verdad es la causa, mediante su actividad providencial, de todo lo que sucede en el mundo, surge la pregunta: «¿Cuál es la relación entre Dios y el mal en el mundo?» ¿Es en realidad Dios la causa de las acciones malas que hace la gente? Si es así, ¿no es Dios culpable del pecado?

Al abordar esta cuestión es mejor primero leer los pasajes bíblicos que tratan más directamente el asunto. Podemos empezar mirando varios pasajes que afirman que Dios hizo, ciertamente, que sucedieran algunos acontecimientos malos y que se hicieran obras malas. Pero debemos recordar que en todos estos pasajes es muy claro que la Biblia en ninguna parte muestra a Dios directamente haciendo algo malo, sino más bien haciendo que se hagan obras malas mediante la acción voluntaria de criaturas morales. Es más, la Biblia nunca le echa la culpa a Dios del mal ni muestra a Dios complaciéndose en el mal, y la Biblia nunca excusa a los seres humanos por el mal que hacen. Como quiera que entendamos la relación de Dios con el mal, nunca debemos llegar al punto de pensar que no somos responsables del mal que hacemos, que Dios se complace en el mal ni que hay que echarle a él la culpa. Tal conclusión es claramente contraria a la Biblia.

Un ejemplo muy claro se halla en la historia de José. La Biblia dice claramente que los hermanos de José sentían celos malsanos contra él (Gn 37:11), le aborrecían (Gn 37:4,5,8), querían matarlo (Gn 37:20), y que cometieron una maldad al echarle en la cisterna (Gn 37:24) y al venderlo como esclavo para que se lo llevaran a Egipto (Gn 37:28). Sin embargo, más tarde José pudo decirles a sus hermanos: «Fue Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas» (Gn 45:5), y de nuevo «ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente» (Gn 50:20). Aquí tenemos una combinación de obras de maldad hechas por hombres pecadores a los que correctamente se considera responsables de su pecado, y el control providencial superior de Dios por el que se logran los propósitos de Dios. Ambas cosas se expresan claramente.

La historia del éxodo de Egipto repetidamente afirma que Dios endureció el corazón del faraón. Dios dijo: «Yo, por mi parte, endureceré su corazón» (Éx 4:21), «Voy a endurecer el corazón del faraón» (Éx 7:3, repetido en 14:4), «el SEÑOR endureció el corazón del faraón» (Éx 9:12, repetido en 14:8), y «el SEÑOR endureció el corazón del faraón» (Éx 10:20, repetido en 10:27, y de nuevo en 11:10). A veces se objeta que la Biblia también dice que el faraón endureció su propio corazón (Éx 8:15,32; 9:34) y que el acto de Dios al endurecer el corazón del faraón fue sólo en respuesta a la rebelión inicial y dureza de corazón que el mismo faraón mostró de su propio libre albedrío. Pero hay que notar que las promesas de Dios de endurecer el corazón del faraón (Éx 4:21; 7:3) las hace mucho antes de que la Biblia nos diga que el faraón endureció su corazón (leemos esto por primera vez en Éx 8:15). Es más, nuestro análisis de la concurrencia que acabamos de dar, en la que agentes divinos y humanos pueden hacer que algo suceda, debería mostrarnos que ambos factores pueden manifestarse al mismo tiempo. Aun cuando el faraón endurece su corazón, no es incoherente decir que Dios hizo que el faraón se endureciera, y por consiguiente Dios está endureciendo el corazón del faraón. Finalmente, si alguno objetara que Dios está simplemente intensificando los deseos y decisiones perversos que ya estaban en el corazón del faraón, esta clase de acción podría todavía, por lo menos en teoría, aplicarse a todo el mal que hay en el mundo actual, puesto que todas las personas tienen deseos malos todavía en sus corazones y todas las personas en verdad toman decisiones de maldad.

¿Cuál es el propósito de Dios en todo esto? Pablo reflexiona sobre Éxodo 9:16 y dice: «La Escritura le dice al faraón: “Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra”» (Ro 9:17). Luego Pablo infiere una verdad general partiendo de este ejemplo específico: «Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (Ro 9:18). De hecho, Dios también endureció el corazón de los egipcios para que persiguieran a Israel hasta el Mar Rojo: «Yo voy a endurecer el corazón de los egipcios, para que los persigan. ¡Voy a cubrirme de gloria a costa del faraón y de su ejército, y de sus carros y jinetes!» (Éx 14:17). Este tema se repite en el Salmo 105:25: «a quienes trastornó para que odiaran a su pueblo».

En la historia de Job, aunque el Señor le dio a Satanás permiso para que hiciera daño a las posesiones de Job y a sus hijos, y aunque este daño vino mediante las acciones malvadas de los sabeos y caldeos, así como mediante el huracán (Job 1:12,15,17,19), Job miró más allá de esas causas secundarias y, con ojos de fe, vio que todo venía de la mano del Señor. «El SEÑOR ha dado; el SEÑOR ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del SEÑOR!» (Job 1:21). El autor del Antiguo Testamento sigue la afirmación de Job de inmediato con la frase: «A pesar de todo esto, Job no pecó ni le echó la culpa a Dios» (Job 1:22). Job acababa de recibir las noticias de que bandas merodeadoras perversas habían destruido sus rebaños y hatos, y sin embargo con gran fe y paciencia en la adversidad, dice: «El SEÑOR ha quitado». Sin embargo, Job no le echa a Dios la culpa del mal ni dice que Dios haya hecho mal; dice: «Bendito sea el nombre del SEÑOR». Echarle la culpa a Dios por el mal que había producido mediante agentes secundarios habría sido pecado. Job no hace eso, la Biblia tampoco lo hace, ni debemos hacerlo nosotros.

Se podrían dan múltiples ejemplos similares. En muchos de esos pasajes, Dios envía mal y destrucción sobre las personas en castigo por sus pecados. Ellos han sido desobedientes o se han desviado a la idolatría, y el Señor usa a los seres humanos malos o fuerzas demoníacas, o desastres «naturales» para castigarlos. (No siempre se dice que este es el caso; José y Job, por ejemplo, sufrieron pero no debido a su propio pecado, pero a menudo es así.) Tal vez esta idea de castigo por el pecado nos puede ayudar a entender, por lo menos en parte, cómo Dios puede con justicia hacer que sucedan acontecimientos de maldad. Todos los seres humanos son pecadores, porque la Biblia nos dice que «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Ro 3:23). Ninguno de nosotros merece el favor de Dios o su misericordia, sino sólo condenación eterna. Por consiguiente, cuando Dios envía mal sobre los seres humanos, sea para disciplinar a sus hijos, para conducir a los incrédulos al arrepentimiento o para enviar castigo y destrucción sobre pecadores endurecidos, ninguno de nosotros puede acusar a Dios de haber hecho mal. A fin de cuentas, todo obrará conforme a los buenos propósitos de Dios para su gloria y para el bien de su pueblo. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que al castigar el mal en los que no son redimidos (tales como el faraón, los cananitas, y los babilonios), Dios también se glorifica mediante la demostración de su justicia, santidad y poder (vea Éx 9:16; Ro 9:14-24).

La obra más perversa de toda la historia, la crucifixión de Cristo, Dios la ordenó, y no sólo el hecho de que ocurriría, sino también las acciones individuales conectadas con ella. La iglesia de Jerusalén reconoció esto, porque oraron: «En efecto, en esta ciudad se reunieron Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y con el pueblo de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste para hacer lo que de antemano tu poder y tu voluntad habían determinado que sucediera» (Hch 4:27-28). Las acciones de todos los participantes en la crucifixión de Jesús habían sido «predestinadas» por Dios. Sin embargo, los apóstoles no le echan ninguna culpa moral a Dios, porque las cosas que hicieron resultaron de las decisiones voluntarias de hombres pecadores. Pedro deja bien claro esto en su sermón en Pentecostés: «Éste fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz» (Hch 2:23). En una sola oración Pedro liga el plan y preconocimiento de Dios con la culpa moral que asigna a las acciones de «hombres pecadores». Dios no los forzó a actuar contra sus voluntades; más bien, Dios hizo que se realizara su plan mediante las decisiones voluntarias de ellos, de las que ellos, fuera como fuera, eran responsables.

9. ¿Somos «libres»? ¿Tenemos «libre albedrío»? Si Dios ejerce control providencial sobre todos los acontecimientos, ¿somos libres en algún sentido? La respuesta depende de lo que queramos decir con la palabra libre. A veces la gente discute interminablemente este asunto porque nunca definen claramente lo que ellos y sus opositores en el debate quieren decir por «libre», y la palabra entonces la usan de varias maneras que confunden el debate.

La libertad que a menudo dan por sentado los que niegan el control providencial de Dios sobre todas las cosas es una libertad que actúa fuera de la actividad sustentadora y controladora de Dios, una libertad que incluye poder tomar decisiones que no son causadas por nada externo a nosotros mismos. En ninguna parte la Biblia dice que somos libres en ese sentido. Esa clase de libertad sería imposible si Jesucristo en verdad continuamente «sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (He 1:3), y si Dios verdaderamente «hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad» (Ef 1:11). Si esto es verdad, estar fuera de ese control providencial ¡simplemente sería no existir! Una «libertad» absoluta, totalmente libre del control de Dios, es totalmente imposible en un mundo providencialmente sostenido y dirigido por Dios mismo. Si eso es a lo que llaman «libre albedrío», no es el libre albedrío que la Biblia dice que tenemos.

Por otro lado, somos libres en el sentido más amplio que cualquiera de las criaturas de Dios lo sería; tomamos decisiones propias, decisiones que surten efectos reales. No sabemos de ninguna restricción que Dios imponga sobre nuestra voluntad cuando tomamos decisiones, y actuamos de acuerdo a nuestros propios deseos. En ese sentido, si encaja con el libre albedrío que la Biblia dice que tenemos. Está claro que debemos insistir e¿Tenemosn que tenemos el poder de tomar decisiones voluntarias y que nuestras decisiones tienen resultados reales en el universo, de otra manera caeríamos en el error del fatalismo o determinismo, y así concluiríamos que nuestras decisiones no importan y que en realidad no podemos tomar decisiones propias.

C. Gobierno

Hemos hablado de los dos primeros aspectos de la providencia, (1) preservación y (2) concurrencia. Este tercer aspecto de la providencia de Dios indica que Dios tiene un propósito en todo lo que hace en el mundo y que providencialmente gobierna o dirige todas las cosas de modo que cumplan sus propósitos. Leemos en los Salmos: «Su reinado domina sobre todos» (Sal 103:19). Es más, «Dios hace lo que quiere con los poderes celestiales y con los pueblos de la tierra. No hay quien se oponga a su poder ni quien le pida cuentas de sus actos» (Dn 4:35). Pablo afirma que «todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él» (Ro 11:36). Es debido a que Pablo sabe que Dios es soberano sobre todo y obra sus propósitos en todo acontecimiento que sucede, que puede declarar que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Ro 8:28).

D. Importancia de nuestras acciones como humanos

A veces podemos olvidarnos de que Dios obra mediante acciones humanas en su administración providencial del mundo. Si lo olvidamos, empezamos a pensar que nuestras acciones o decisiones no importan o no tienen mucho efecto en el curso de los acontecimientos. Para guardarnos contra cualquier malentendido de la providencia de Dios, recalcamos los siguientes puntos:

1. Sea como sea, somos responsables de nuestras acciones. Dios nos ha hecho responsables de nuestras acciones, lo que tiene resultados reales y eternamente significativos. En todos sus actos providenciales, Dios preserva estas características de responsabilidad e importancia. Si hacemos el bien y obedecemos a Dios, nos recompensará, y las cosas irán bien para nosotros tanto en este tiempo como en la eternidad. Si hacemos el mal y desobedecemos a Dios, él nos disciplinará y tal vez nos castigará, y las cosas nos saldrán mal. Darnos cuenta de estos hechos nos ayudará a tener sabiduría al hablar con otros y animarlos a evitar la ociosidad y desobediencia.

2. Nuestras acciones tienen resultados reales y cambian el curso de los acontecimientos. En el funcionamiento ordinario del mundo, si descuido atender mi salud y tengo pésimos hábitos alimenticios, o si abuso de mi cuerpo mediante el alcohol o el cigarrillo, es probable que muera más pronto. Dios ha ordenado que nuestras acciones tengan consecuencias. Dios ha ordenado que los acontecimientos tengan lugar porque nosotros los hacemos tener lugar. Por supuesto, no sabemos lo que Dios ha planeado, ni siquiera por el resto de este día, por no decir nada de la próxima semana o el próximo año. Pero sí sabemos que si confiamos en Dios y le obedecemos, descubriremos que él ha planeado que buenas cosas resulten de esa obediencia.

Esto debe animarnos no sólo a obedecer a Dios, sino también a ejercer sabiduría y precaución ordinaria en nuestra vida, dándonos cuenta que a menudo estos son los medios que Dios usa para producir ciertos resultados en nuestra vida. En contraste, si pensamos que ciertos peligros o acontecimientos malos pudieran suceder en el futuro, y si no usamos medios razonables para evitarlos, descubriremos que nuestra falta de acción fue el medio que Dios usó para permitir que eso sucediera.

3. La oración es una clase específica de acción que tiene resultados definitivos y hace que cambie el curso de los acontecimientos. Dios también ha ordenado que la oración sea un medio bien significativo de producir resultados en el mundo.4 Cuando intercedemos  fervientemente por una persona o situación específica, a menudo hallamos que Dios ha ordenado que nuestra oración sea un medio que él usa para producir los cambios en el mundo. La Biblia nos recuerda esto cuando nos dice: «No tienen, porque no piden» (Stg 4:2). Jesús dice: «Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa» (Jn 16:24).

4. En conclusión, ¡debemos actuar! La doctrina de la providencia de ninguna manera nos anima a arrellanarnos en la ociosidad en espera del resultado de ciertos acontecimientos. Por supuesto, Dios puede indicarnos la necesidad de esperar en él antes de actuar y de confiar en él antes que en nuestras propias capacidades; lo que por cierto no es un error. Pero simplemente decir que estamos confiando en Dios en lugar de actuar responsablemente es pura holgazanería y una distorsión de la doctrina de la providencia.

En términos prácticos, si uno de mis hijos tiene una tarea escolar que tiene que entregar el día de mañana, tengo razón al hacerle que termine esa tarea antes de salir a jugar. Me doy cuenta de que su calificación está en las manos de Dios y que desde hace mucho Dios ha determinado cuál será esa calificación, pero yo no sé lo que será ni tampoco mi hijo. Lo que sí sé es que si mi hijo estudia y cumple fielmente sus deberes escolares, recibirá una buena calificación. Si no, no la recibirá. La doctrina de la providencia, por lo tanto, debe animarnos a combinar una confianza completa en el control soberano de Dios con el deber de percatarnos de que el uso de medios ordinarios es necesario para que las cosas resulten de la manera en que Dios ha planeado que resulten. Una creencia de corazón en la providencia de Dios no es un desaliento, sino un acicate a la acción.

 

La Elección

En los estudios anteriores hablamos de que todos hemos pecado y merecemos de Dios el castigo eterno, y de que Cristo murió y ganó la salvación para nosotros. Pero ahora, en los estudios restantes de esta sección (caps. 18—25) veremos la manera en que Dios aplica esa salvación a nuestra vida. Empezaremos en este capítulo con la obra divina de la elección, o sea, la decisión de Dios de escogernos para ser salvos desde antes de la fundación del mundo. Este acto de elección no es, por supuesto (hablando estrictamente), parte de la aplicación de la salvación a nosotros, puesto que vino antes de que Cristo ganara nuestra salvación cuando murió en la cruz. Pero tratamos la elección en este punto porque cronológicamente es el principio del trato de Dios con nosotros de acuerdo a su gracia. Por consiguiente, es propio tomarlo como el primer paso en el proceso de Dios para darnos salvación individualmente. 

Otros pasos en la obra de Dios al aplicar la salvación a nuestra vida incluyen el oír nosotros el llamado del evangelio, nuestra regeneración por el Espíritu Santo, nuestra respuesta en fe y arrepentimiento, el perdón de Dios a nosotros y la membresía que nos dio en su familia, así como concedernos crecimiento en la vida cristiana y mantenernos fieles a él por toda la vida. Al final de nuestra vida moriremos e iremos a su presencia, y después, cuando Cristo vuelva, recibiremos cuerpos resucitados y el proceso de adquirir la salvación se completará.
Varios teólogos han dado términos específicos a varios de estos acontecimientos, y a menudo los mencionan en el orden específico en que piensan que suceden en nuestra vida. Tal lista de acontecimientos en los que Dios nos aplica la salvación se llama orden de la salvación, y a veces se hace referencia a él usando la frase latina ordo salutis, que simplemente quiere decir «orden de salvación». Antes de considerar algunos de estos elementos en la aplicación de la salvación a nuestra vida, podemos dar aquí una lista completa de los elementos que se considerarán en los capítulos siguientes:


Orden de la salvación
1. Elección (Dios escoge a las personas para que sean salvas)
2. Llamado del evangelio (proclamación del mensaje del evangelio) 3. Regeneración (nuevo nacimiento)
4. Conversión (fe y arrepentimiento)
5. Justificación (situación legal correcta)
6. Adopción (membresía en la familia de Dios)
7. Santificación (conducta adecuada en la vida)
8. Perseverancia (permanencia como creyente)
9. Muerte (partida para a estar con el Señor)
10. Glorificación (recepción de un cuerpo resucitado)

Debemos notar que los puntos 2-6 y parte del 7 intervienen en «cómo llegar a ser creyente». Los puntos 7 y 8 se practican en esta vida, el punto 9 ocurre al final de esta vida, y el 10 sucede cuando Cristo vuelve.

Empezamos nuestra consideración del orden de la salvación con el primer elemento, la elección. En conexión con esto, también consideraremos al final de este estudio la cuestión de la «reprobación», la decisión de Dios de pasar por alto a los que no serán salvos, y castigarlos por sus pecados. Como explicaremos más adelante, elección y reprobación son diferentes en varios importantes aspectos, y es importante distinguir estos para que no pensemos equivocadamente en cuanto a Dios y su actividad.

El término predestinación se usa frecuentemente en esta consideración. En la teología reformada en general, predestinación es un término más amplio e incluye los dos aspectos: elección (para los creyentes) y reprobación (para los incrédulos). Sin embargo, el término doble predestinación no es un término útil porque da la impresión de que Dios lleva a cabo la elección y la reprobación de la misma manera, y que no hay diferencias esenciales entre ellas, lo que por cierto no es verdad. Por consiguiente, los teólogos reformados por lo general no usan el término doble predestinación, aunque a veces lo usan los que la critican para referirse a la enseñanza reformada. En estserie no usaremos el término doble predestinación para referirse a la elección y reprobación puesto que diluye las distinciones entre ellas y no da una indicación acertada de lo que se está enseñando.

I. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la elección como sigue: Elección es el acto de Dios antes de la creación en el que él escoge a algunas personas para salvarlas, no a cuenta de ningún mérito previsto en ellas, sino solamente debido a su soberanía y placer.

Ha habido mucha controversia en la Iglesia y muchos malos entendidos en cuanto a esta doctrina. Muchas de las cuestiones controvertidas respecto a la voluntad y responsabilidad del hombre, y respecto a la justicia de Dios con respecto a las decisiones humanas. Estas las consideraremos más adelante en un siguiente estudio en conexión con la providencia de Dios. Aquí enfocaremos solamente las cuestiones que se aplican específicamente a la cuestión de la elección.

Nuestro método en este capítulo sencillamente será citar primero una serie de pasajes del Nuevo Testamento que hablan de la elección. Luego intentaremos entender el propósito de Dios que los autores del Nuevo Testamento ven en la doctrina de la elección. Finalmente, intentaremos aclarar nuestra comprensión de esta doctrina y responder a algunas objeciones, y también consideraremos la doctrina de la reprobación.

A. ¿Enseña el Nuevo Testamento la predestinación?

Varios pasajes del Nuevo Testamento parecen afirmar muy claramente que Dios ordenó de antemano los que serían salvos. Por ejemplo, cuando Pablo y Bernabé empezaron a predicarles a los gentiles en Antioquía de Pisidia, Lucas escribe: «Al oír esto, los gentiles se alegraron y celebraron la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna» (Hch 13:48). Es significativo que Lucas menciona el hecho de la elección casi al paso. Es como si fuera algo normal cuando se predica el evangelio. ¿Cuántos creyeron? «Creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna».

En Romanos 8:28-30 leemos: «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó».

En el siguiente capítulo, al hablar de que Dios escogió a Jacob y no a Esaú, Pablo dice que no fue debido a algo que Jacob o Esaú hubieran hecho, sino simplemente para que el propósito de Dios de elección pudiera continuar: «Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: “El mayor servirá al menor”. Y así está escrito: “Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú”» (Ro 9:11-13).

Respecto al hecho de que algunos de Israel fueron salvos y otros no, Pablo dice: «Pues que Israel no consiguió lo que tanto deseaba, pero sí lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos» (Ro 11:7). Aquí, de nuevo, Pablo indica dos grupos distintos dentro del pueblo de Israel. Los «elegidos» obtuvieron la salvación que buscaban, mientras que los que no fueron elegidos simplemente «fueron endurecidos».

Al principio de Efesios, Pablo habla explícitamente de que Dios eligió a los creyentes antes de la fundación del mundo: «Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:4-6).

Aquí Pablo les está escribiendo a creyentes, y específicamente dice que Dios «nos escogió» en Cristo, refiriéndose a los creyentes en general. De modo similar, varios versículos más adelante dice: «En Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:11-12).

A los Tesalonicenses escribe: «Hermanos amados de Dios, sabemos que él los ha escogido, porque nuestro evangelio les llegó no sólo con palabras sino también con poder, es decir, con el Espíritu Santo y con profunda convicción» (1 Ts 1:4-5).

Pablo dice que el hecho de que los tesalonicenses creyeron en el evangelio cuando él lo predicó («porque nuestro evangelio les llegó … con poder … y con profunda convicción») es la razón por la que sabe que Dios los escogió. Tan pronto como abrazaron la fe, Pablo concluyó que mucho tiempo atrás Dios los había escogido, y por eso habían creído cuando les predicó. Más adelante le escribe a la misma iglesia: «Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad» (2 Ts 2:13).

Cuando Pablo habla de por qué Dios nos salvó y nos llamó, explícitamente niega que se debió a nuestras obras, pero más bien señala que se debió al propio propósito de Dios y a su gracia inmerecida en la eternidad pasada. Dice que Dios es el que «nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo» (2 Ti 1:9).

Cuando Pedro les escribe una epístola a cientos de creyentes en muchas iglesias en Asia Menor, dice: «A los elegidos, extranjeros dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia» (1 P 1:1). Más adelante los llama «linaje escogido» (1 P 2:9).

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En la visión de Juan en Apocalipsis, los que no se rindieron ante la persecución ni adoraron a la bestia son personas cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida antes de la fundación del mundo: «También se le permitió hacer la guerra a los santos y vencerlos, y se le dio autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. A la bestia la adorarán todos los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no han sido escritos en el libro de la vida, el libro del Cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo» (Ap 13:7-8). De manera similar, leemos de la bestia del abismo en Apocalipsis 17: «Los habitantes de la tierra, cuyos nombres, desde la creación del mundo, no han sido escritos en el libro de la vida, se asombrarán al ver a la bestia, porque antes era pero ya no es, y sin embargo reaparecerá» (Ap 17:8).

B. ¿Cómo presenta el Nuevo Testamento la enseñanza de la elección?

Después de leer esta lista de versículos sobre la elección es importante ver esta doctrina de la manera en que el Nuevo Testamento mismo la ve.

1. Como consuelo. Los autores del Nuevo Testamento a menudo presentan la doctrina de la elección como un consuelo para los creyentes. Cuando Pablo asegura a los romanos que «sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Ro 8:28), da la obra de predestinación de Dios como razón para que tengamos certeza de esta verdad. Luego explica en el versículo que sigue: «A los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo. … A los que predestinó, también los llamó … los justificó … los glorificó» (Ro 8:29-30). Lo que Pablo quiere decir es que Dios siempre ha actuado para el bien de los que él llamó. Si Pablo mira al pasado distante antes de la creación del mundo, ve que Dios conoció de antemano y predestinó a los suyos
para que fueran conformados a la imagen de Cristo.Si mira al pasado reciente, halla que Dios llamó y justificó a los suyos a quienes había predestinado. Si luego mira hacia el futuro cuando Cristo vuelva, ve que Dios ha determinado dar cuerpos perfectos y glorificados a los que creen en Cristo. De eternidad a eternidad Dios ha actuado con el bien de su pueblo en mente. Pero si Dios ha actuado siempre para nuestro bien y en el futuro actuará para nuestro bien, razona Pablo, ¿no va a obrar también en nuestras circunstancias presentes para que toda circunstancia obre también para nuestro bien? De esta manera se ve la predestinación como un consuelo para los creyentes en los eventos cotidianos de la vida.

2. Como una razón para alabar a Dios. Pablo dice: «Nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:5-6). Similarmente dice: «a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:12).

Pablo dice a los creyentes en Tesalónica: «Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes … hermanos amados de Dios, [porque] sabemos que él los ha escogido» (1 Ts 1:2,4). Pablo da gracias a Dios por los creyentes tesalonicenses porque sabe que Dios es a fin de cuentas el agente de su salvación y en efecto los ha escogido para salvarlos. Esto es incluso más claro en 2 Tesalonicenses 2:13: «Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad». Pablo se sentía obligado a dar gracias a Dios por los creyentes de Tesalónica porque sabía que la salvación de ellos se debía a que Dios los había escogido. Por consiguiente, es apropiado que Pablo dé gracias a Dios por ellos en vez de alabarlos a ellos por su fe salvadora.

Entendida de esta manera, la doctrina de la elección en efecto aumenta la alabanza que se tributa a Dios por nuestra salvación, y disminuye seriamente todo orgullo que pudiéramos sentir pensando que nuestra salvación se debe a algo bueno en nosotros, o algo por lo que deberíamos recibir el mérito.

3. Como un acicate para la evangelización. Pablo dice: «Así que todo lo soporto por el bien de los elegidos, para que también ellos alcancen la gloriosa y eterna salvación que tenemos en Cristo Jesús» (2 Ti 2:10). Él sabe que Dios ha escogido a algunas personas para salvarlas, y ve esto como un estímulo para predicar el evangelio, aunque eso signifique soportar gran sufrimiento. La elección es la garantía que tiene Pablo de que habrá algún éxito en su evangelización, porque sabe que algunas de las personas a las que habla estarán entre los elegidos, creerán en el evangelio y serán salvas. Es como si alguien nos invitara a pescar y dijera: «Te garantizo que pescarás algunos; los peces están con hambre y esperando».

C. Malos entendidos de la doctrina de la elección

1. La elección no es fatalista ni mecanicista. A veces los que objetan la doctrina de la elección dicen que es «fatalismo» o que habla de un «sistema mecanicista» en el universo. El «fatalismo» es un sistema en el que las decisiones humanas no se toman en cuenta. En el fatalismo, hagamos lo que hagamos, las cosas van a resultar tal como han sido ordenadas previamente. Como resultado, nuestra humanidad queda destruida y se elimina toda motivación para responsabilidad moral. En un sistema mecanicista, el cuadro es de un universo impersonal en el que todo lo que sucede ha sido inflexiblemente determinado por una fuerza impersonal hace mucho tiempo, y el universo funciona de una manera mecánica tal que los seres humanos son más máquinas o autómatas que personas genuinas.


Aquí también la personalidad humana genuina queda reducida a un nivel de máquina que sencillamente funciona de acuerdo a planes predeterminados y en respuesta a causas e influencias predeterminadas.

En contraste con el cuadro mecanicista, el Nuevo Testamento presenta la obra entera de nuestra salvación como algo que un Dios personal ha producido en relación con criaturas personales. Dios «en amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad» (Ef 1:5). El acto de elección de Dios no fue ni impersonal ni mecanicista, sino que estuvo empapado de amor personal por los que él eligió. Es más, al hablar de nuestra respuesta a la oferta del evangelio, la Biblia continuamente nos ve, no como criaturas mecánicas o autómatas, sino como personas genuinas, criaturas personales que toman decisiones voluntarias para aceptar o rechazar el evangelio. Jesús invita a todos: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mt 11:30). Leemos la invitación al fin de Apocalipsis: «El Espíritu y la novia dicen: “¡Ven!”; y el que escuche diga: “¡Ven!” El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida» (Ap 22:17). Esta invitación y muchas otras como ella se dirige a personas genuinas que son capaces de oír la invitación y responder a ella mediante una decisión espontánea.


En contraste con la acusación de fatalismo, vemos un cuadro muy diferente en el Nuevo Testamento. No es solamente que tomamos decisiones como personas de carne y hueso, sino que estas decisiones también son decisiones verdaderas porque afectan el curso de los acontecimientos del mundo. Afectan nuestra vida y afectan la vida y destino de otros. Así que, «el que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios» (Jn 3:18). Nuestra decisión de creer o no en Cristo tiene consecuencias eternas en nuestra vida, y la Biblia no se cohíbe de hablar de nuestra decisión de creer o no como el factor que decide nuestro destino eterno.

La implicación de esto es que ciertamente debemos predicar el evangelio, y el destino eterno de las personas depende de si proclamamos o no el evangelio. Por consiguiente, cuando el Señor le dijo una noche a Pablo: «No tengas miedo; sigue hablando y no te calles, pues estoy contigo. Aunque te ataquen, no voy a dejar que nadie te haga daño, porque tengo mucha gente en esta ciudad» (Hch 18:9-10), Pablo no concluyó simplemente que la «mucha gente» que pertenecían a Dios se salvaría ya fuera que se quedara allí y predicara el evangelio o no. Más bien, «Pablo se quedó allí un año y medio, enseñando entre el pueblo la palabra de Dios» (Hch 18:11); este fue el tiempo más largo que Pablo se quedó en una ciudad, excepto Éfeso, durante sus tres viajes misioneros. Cuando a Pablo le fue dicho que Dios tenía muchos elegidos en Corinto, se quedó allí más tiempo y predicó a fin de que los elegidos pudieran salvarse.


2. La elección no se basa en el preconocimiento de Dios de nuestra fe. Muy comúnmente la gente concordará que Dios predestina a algunos para salvarlos, pero dirán que hace esto mirando al futuro y viendo quién va a creer en Cristo y quién no. Si él ve que la persona va a aceptar la fe que salva, predestinará a esa persona para que sea salva, basado en el preconocimiento de la fe de esa persona. Si ve que la persona no va a aceptar la fe que salva, no predestina a esa persona para que sea salva. De esta forma, según esta manera de pensar, la suprema razón por la que algunos son salvos y otros no recae en las mismas personas, no en Dios. Todo lo que Dios hace en su obra de predestinación es dar confirmación a la decisión que él sabe que las personas tomarán de su propia voluntad. El versículo que comúnmente se usa para respaldar esta idea es Romanos 8:29: «Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo».


a. Preconocimiento de personas, no de hechos. Muy difícilmente se puede usar Romanos 8:29 para demostrar que Dios basó su predestinación en un conocimiento previo del hecho de que una persona iba a creer. El pasaje habla más bien del hecho de que Dios conoció a las personas a los que Dios conoció de antemano»), no que él supo algunos hechos en cuanto a ellos, tal como el hecho de que esas personas creerían. Es un conocimiento personal, de relación, el que se considera aquí: Dios, mirando al futuro, pensó en ciertas personas en una relación salvadora consigo mismo, y en ese sentido la «conoció» hace mucho tiempo. Este es el sentido en que Pablo puede hablar de que Dios «conoce» a alguien, como en 1 Corintios 8:3: «Pero el que ama a Dios es conocido por él». Similarmente dice: «Pero ahora que conocen a Dios, o más bien que Dios los conoce a ustedes…» (Gá 4:9). Cuando las personas conocen a Dios en la Biblia, o cuando Dios los conoce, es un conocimiento personal que incluye una relación salvadora. Por consiguiente, en Romanos 9:29, «a los que Dios conoció de antemano» se debe entender que quiere decir «a las personas de quienes hace mucho pensó que estaban en una relación salvadora con él» (cf. también Ro 11:2). El texto en realidad no dice nada de que Dios supo de antemano o previó que ciertas personas creerían, ni tampoco se menciona tal cosa en otros pasajes de la Biblia.


b. La Biblia nunca habla de nuestra fe como la razón por la que Dios nos escogió. Además, cuando miramos más allá de estos pasajes específicos que hablan del conocimiento previo y miramos los versículos que hablan de la razón por la que Dios nos escogió, hallamos que la Biblia nunca habla de nuestra fe ni del hecho de que llegaríamos a creer en Cristo como la razón por la que Dios nos escogió. En realidad, Pablo parece excluir explícitamente lo que la gente pudo haber hecho en la vida de la forma en que entendía el que Dios eligiera a Jacob antes que de Esaú. Dice: «Antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: “El mayor servirá al menor”. Y así está escrito: “Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú”» (Ro 9:11-13). Nada de lo que Jacob o Esaú hicieran en la vida influiría en la decisión de Dios; fue simplemente a fin de que pudiera continuar su propósito de elección.

Al hablar de los judíos que habían aceptado la fe en Cristo, Pablo dice: «Así también hay en la actualidad un remanente escogido por gracia. Y si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia» (Ro 11:5-6). Aquí Pablo enfatiza la gracia de Dios y la ausencia completa de mérito humano en el proceso de elección. De modo similar, cuando Pablo habla de la elección en Efesios, no hay mención de ningún conocimiento previo del hecho de que nosotros íbamos a creer, ni de que habría algo meritorio o digno en nosotros (tal como una tendencia a creer) que fuera la base para que Dios nos escogiera. Más bien, Pablo dice: «En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:5-6). Ahora bien, si la gracia de Dios al elegirnos, y no la capacidad del hombre para creer ni su decisión de creer, es lo que hemos de alabar, es lógico que Pablo no mencione para nada la fe humana sino solo la actividad predestinante de Dios, su propósito y voluntad, y su gracia que nos da de balde.


c. Si la elección se basara en algo bueno en nosotros (nuestra fe), ese sería el comienzo de una salvación por méritos. Todavía otro tipo de objeción se podría presentar contra la idea de que Dios nos escogió porque sabía de antemano que abrazaríamos la fe. Si el factor determinante y definitivo en cuanto a si somos salvos o no es nuestra decisión de aceptar a Cristo, estaríamos más inclinados a pensar que merecemos algún reconocimiento por el hecho de que somos salvos. A diferencia de las otras personas que siguen rechazando a Cristo, fuimos suficientemente sabios en nuestra forma de pensar o suficientemente buenos en nuestras tendencias morales o suficientemente perceptivos en nuestra capacidad espiritual para decidirnos a creer en Cristo. Por el otro lado, si la elección se basa a que Dios le agradó hacerlo y a su soberana decisión de amarnos a pesar de nuestra falta de bondad o mérito, ciertamente hemos de tener un profundo sentido de agradecimiento a él por una salvación totalmente inmerecida, y por siempre estaremos dispuesto a alabar su «gloriosa gracia» (Ef 1:6).


En el análisis final, la diferencia entre los dos conceptos de la elección se puede ver en la respuesta a una pregunta muy sencilla. Dado el hecho de que al final algunos escogerán recibir a Cristo y otros no, la pregunta es: «¿Qué hace que la gente difiera?» Es decir, ¿qué marca la diferencia entre los que creen y los que no? Si nuestra respuesta es que a fin de cuentas se basa en algo que Dios hace —a saber, su elección soberana de los que él iba a salvar—, vemos que la salvación en su nivel más fundamental se basa solo en la gracia. Por otro lado, si respondemos que la diferencia fundamental entre los que son salvos y los que no se debe a algo en el hombre, o sea, a una tendencia o disposición a creer o a no creer, la salvación en definitiva depende de una combinación de la gracia y la capacidad humana.


d. La predestinación basada en el preconocimiento no les da decisión libre a las personas. La idea de que la predestinación de Dios de algunas personas para que crean se basa en el preconocimiento de que su fe encuentra todavía otro problema: Al reflexionar, este sistema resulta en que no da ninguna libertad verdadera a las personas. Porque si Dios puede mirar al futuro y ver que la persona A va a abrazar la fe en Cristo, y que la persona B no va a abrazar la fe en Cristo, esos hechos ya están fijos, ya están determinados. Si presuponemos que el conocimiento de Dios del futuro es cierto, lo que debe ser, es absolutamente cierto que la persona A va a creer y la persona B no. No hay manera en que sus vidas pudieran resultar de un modo diferente a esto. Por consiguiente, es justo decir que sus destinos ya están determinados, porque ellos no podrían hacer nada diferente. Pero, ¿qué es lo que determina esos destinos? Si los determina Dios mismo, no tenemos ya elección basada en un preconocimiento de la fe, sino más bien en la voluntad soberana de Dios. Pero si no es Dios quien determina estos destinos, ¿quién o qué los determina? Por cierto que ningún cristiano diría que un ser poderoso aparte de Dios controla el destino de las personas. Parecería entonces que la única solución es decir que lo determina una fuerza impersonal, algún tipo de destino, que opera en el universo y hace que las cosas resulten como resultan. Pero, ¿qué estaríamos diciendo? Habríamos sacrificado la elección en amor de parte de un Dios personal por cierto determinismo de parte de una fuerza impersonal, y Dios ya no recibiría el reconocimiento por nuestra salvación.


e. Conclusión: la elección es incondicional. Parece mejor, por las cuatro razones anteriores, rechazar la idea de que la elección se basa en el conocimiento previo de Dios de nuestra fe. Concluimos más bien que la elección es simplemente una decisión soberana de Dios: «En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos» (Ef 1:5). Dios nos escoge sencillamente porque decidió concedernos su amor. No se debió a una fe o mérito previsto en nosotros.

A esta comprensión de la elección tradicionalmente se le ha llamado «elección incondicional». Es «incondicional» porque no está condicionada a nada que Dios ve en nosotros que nos hace dignos de que nos escoja.


D. Objeciones a la doctrina de la elección

Hay que decir que la doctrina de la elección según se presenta aquí no es aceptada universalmente por la iglesia cristiana, ni en el catolicismo romano ni en el protestantismo. Ha habido alguna aceptación de la doctrina según la presentamos aquí, pero muchos la han objetado. Entre el evangelicalismo actual, los que están en círculos más reformados o calvinistas (denominaciones presbiterianas conservadoras, por ejemplo) aceptarán este concepto, al igual que muchos luteranos y anglicanos (episcopales) y un buen número de bautistas y personas de iglesias independientes, pero la rechazarán decisivamente casi todos los metodistas, así como muchos otros en iglesias bautistas, anglicanas e independientes.


1. La elección quiere decir que no tenemos alternativa en cuando a recibir a Cristo o no. Según esta objeción, la doctrina de la elección niega toda presentación del evangelio que apele a la voluntad del hombre y le pida a la gente que decida si responder o no a la invitación de Cristo. En respuesta a esto, debemos afirmar que la doctrina de la elección es plenamente capaz de acomodar la idea de que tenemos una decisión que tomar voluntariamente y que tomamos una decisión al aceptar o rechazar a Cristo. Nuestras decisiones son voluntarias porque son lo que queremos hacer y decidimos hacer, y en ese sentido son «libres». Esto no quiere decir que nuestras decisiones son absolutamente libres, porque Dios puede obrar soberanamente mediante nuestros deseos para garantizar que nuestras decisiones resulten tal como él lo ha ordenado; pero esto también se puede entender como una decisión verdadera, porque Dios nos creó y él ordena que tal decisión sea verdadera. En breve, podemos decir que Dios nos hace escoger voluntariamente a Cristo. La presuposición errada que subyace en esta objeción es que una decisión debe ser absolutamente libre (es decir, que de ninguna manera sea causada por Dios) a fin de que sea una decisión humana genuina. Sin embargo, si Dios nos hace de cierta manera y luego nos dice que nuestras decisiones son reales y genuinas, debemos convenir en que lo son.


2. La doctrina de la elección quiere decir que los que no son creyentes nunca han tenido la oportunidad de creer. Según esta objeción, la elección significa que Dios decretó desde la eternidad que algunos no crean, por lo tanto no tienen una oportunidad genuina de creer y es un sistema injusto. Dos respuestas se pueden dar a esta objeción. Primero, debemos observar que la Biblia no nos permite decir que inconversos «no han tenido oportunidad» de creer, porque tal manera de expresar la situación le echa a Dios la culpa, como si los incrédulos no tuvieran la culpa de su incredulidad ni de no decidirse a creer. Cuando la gente rechaza a Jesús, el Señor siempre le echa la culpa a la decisión espontánea de ellos de rechazarlo, no a que fue decretado por Dios Padre. «¿Por qué no entienden mi modo de hablar? Porque no pueden aceptar mi palabra. Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir» (Jn 8:43-44). Les dijo a los judíos que lo rechazaron: «Sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener esa vida» (Jn 5:40). Romanos 1 deja bien claro que todos reciben una revelación de Dios con tanta claridad que «no tienen excusa» (Ro 1:20). Este es el patrón uniforme de la Biblia: Los que permanecen en incredulidad lo hacen porque no están dispuestos a allegarse a Dios, y la culpa de tal incredulidad siempre la tienen los mismos que no creen, nunca Dios.

Pero la segunda respuesta a esta objeción debe ser simplemente la respuesta de Pablo a una objeción similar: «Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? “¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: ‘¿Por qué me hiciste así?’”» (Ro 9:20; observe la similitud de la objeción que Pablo menciona en el v. 19). Esto entonces se relaciona con la siguiente objeción.

3. La elección es injusta. A veces algunos consideran que la doctrina de la elección es injusta, puesto que enseña que Dios escoge a algunos para salvarlos y a otros los pasa por alto, y no los salva. ¿Cómo puede ser justo eso?

Dos respuestas se pueden dar a esto. Primero, debemos recordar que sería perfectamente justo que Dios no salvara a nadie, como lo hizo con los ángeles: «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4). Lo que hubiera sido perfectamente justo sería que Dios hiciera con los seres humanos lo mismo que hizo con los ángeles, o sea, no salvar a ninguno de los que pecaron y se rebelaron contra él. Pero si en efecto salva a algunos, eso constituye una demostración de gracia que va mucho más allá de los requisitos de equidad y justicia.

Pero en un nivel más profundo esta objeción diría que no es justo que Dios creara a algunos que él sabía que pecarían y estarían condenados eternamente y a quienes él no redimiría. Pablo trae a colación esta objeción en Romanos 9. Después de decir que Dios  «tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (Ro 9:18), Pablo entonces menciona precisamente esta objeción: «Pero tú me dirás: “Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?”» (Ro 9:19). Aquí está la médula de la objeción de «iniquidad» contra la doctrina de la elección. Si el destino definitivo de toda persona lo determina Dios, y no la persona misma —o sea, aunque la gente tome decisiones voluntarias que determinan si serán salvados o no—, si Dios está detrás de esas decisiones de alguna manera y hace que se tomen, ¿cómo puede ser eso justo?

La respuesta de Pablo no apela a nuestro orgullo, ni tampoco intenta dar una explicación filosófica de por qué esto es justo. Simplemente trae a colación los derechos de Dios como Creador omnipotente:

¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: «¿Por qué me hiciste así?» ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios?

¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Ésos somos nosotros, a quienes Dios llamó no sólo de entre los judíos sino también de entre los gentiles (Ro 9:20-24).

Pablo simplemente dice que hay un punto más allá del cual no podemos contender con Dios ni cuestionar su justicia. Él ha hecho lo que ha hecho porque así lo quiso en su soberana voluntad. Él es el Creador, nosotros somos sus criaturas, y no tenemos ninguna base desde la que podamos acusarle de iniquidad o injusticia. Cuando leemos estas palabras de Pablo, nos vemos frente la alternativa de aceptar o no lo que Dios dice aquí, y lo que hace, simplemente porque él es Dios y nosotros no lo somos. Es cuestión que llega profundo en nuestro entendimiento de nosotros mismos como criaturas y de nuestra relación con Dios como nuestro Creador.

4. La Biblia dice que Dios quiere que todos se salven. Otra objeción a la doctrina de la elección es que contradice ciertos pasajes de la Biblia que dicen que Dios quiere que todos sean salvos. Pablo dice de Dios nuestro Salvador que «él quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad» (1 Ti 2:4). Pedro dice: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan» (2 P 3:9). ¿Acaso estos pasajes no contradicen la idea de que Dios ha escogido sólo a ciertas personas para salvarlas?

Una solución común a esta pregunta es decir que estos versículos hablan de la voluntad revelada de Dios (en la que nos dice lo que debemos hacer), y no de su voluntad secreta (sus planes eternos en cuanto a lo que va a suceder). Los versículos simplemente nos dicen que Dios invita y ordena a toda persona que se arrepienta y acuda a Cristo en busca de salvación, pero no nos dicen nada respecto a los decretos secretos de Dios respecto a quienes serán salvos.

Si bien los teólogos arminianos a veces objetan la idea de que Dios tiene una voluntad secreta y una voluntad revelada, a la postre también tienen que decir que Dios a veces quiere algo con más ardor que la salvación de todas las personas, porque no todos van a ser salvos. Los arminianos aducen que no todos son salvos porque Dios quiere preservar

el libre albedrío del hombre más que salvarlos a todos. Pero esto parece también estar haciendo una distinción entre dos aspectos de la voluntad de Dios. Por un lado Dios quiere que todos sean salvos (1 Ti 2:5-6; 2 P 3:9). Pero por otro lado quiere preservar la libertad total de la decisión humana. Pero Dios quiere lo segundo más que lo primero.

Aquí se ve claramente la diferencia entre el concepto reformado y el concepto arminiano en cuanto a la voluntad de Dios. Los calvinistas y los arminianos concuerdan en que los mandatos de Dios en la Biblia nos revelan lo que quiere que hagamos, y concuerdan en que los mandatos en la Biblia nos invitan a arrepentirnos y a confiar en Cristo para obtener la salvación. Por consiguiente, en cierto sentido ambos concuerdan en que Dios quiere que seamos salvos; es la voluntad que él nos revela explícitamente en la invitación del evangelio.

Pero ambos lados también deben decir que hay algo más que Dios considera más importante que salvar a todo el mundo. Los teólogos reformados dicen que Dios considera su propia gloria más importante que salvar a todo el mundo, y que (de acuerdo a Ro 9) la gloria de Dios también aumenta por el hecho de que algunos no son salvos. Los teólogos arminianos también dicen que hay algo más importante para Dios que la salvación de toda persona, es decir, la preservación del libre albedrío del hombre. En otras palabras, en un sistema reformado, el valor más alto de Dios es su propia gloria, y en un sistema arminiano el valor más alto de Dios es el libre albedrío del hombre. Estos son dos conceptos diferentes de la naturaleza de Dios, y parece que la posición reformada tiene mucho más respaldo bíblico explícito que la posición arminiana respecto a este asunto.

E. La doctrina de la reprobación

Cuando entendemos la elección como la decisión soberana de Dios de escoger a algunas personas para salvarlas, necesariamente hay otro aspecto de esa elección: la decisión soberana de Dios de pasar por alto a otros y no salvarlos. A esta decisión de Dios en la eternidad pasada se le llama reprobación. Reprobación es la decisión soberana de Dios antes de la creación de pasar por alto a algunas personas, y con tristeza no salvarlas, y castigarlas por sus pecados, y de ese modo manifestar su justicia.

En muchos sentidos, la doctrina de la reprobación es la más difícil de concebir o aceptar de las enseñanzas de la Biblia, porque trata de consecuencias horribles y eternas para seres humanos hechos a imagen de Dios. El amor que Dios nos da por nuestros semejantes y el amor que nos ordena tener hacia nuestro prójimo nos hace retroceder ante esta doctrina, y es justo que sintamos tal temor al contemplarla. Es algo que a veces preferiríamos no creer, y que no creeríamos, si la Biblia no la enseñara claramente.

¿Hay pasajes bíblicos que hablan de tal decisión de parte de Dios? Ciertamente hay algunos. Judas habla de «ciertos individuos que desde hace mucho tiempo han estado señalados para condenación. Son impíos que cambian en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan a Jesucristo, nuestro único Soberano y Señor» (Jud 4).

Todavía más, Pablo, en el pasaje que ya se mencionó antes, habla de la misma manera en cuanto al faraón y a otros: «La Escritura le dice al faraón: “Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra”. Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer. … ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción?» (Ro 9:17-22). Respecto a los resultados del hecho de que Dios no los escogió a todos para salvación Pablo dice: «Lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos» (Ro 11:7). Y Pedro dice que los que rechazan el evangelio «tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados» (1 P 2:8).

A pesar del hecho de que retrocedemos ante esta doctrina debemos tener cuidado de nuestra actitud hacia Dios y hacia estos pasajes de las Escrituras. Nunca debemos empezar a desear que la Biblia hubiera sido escrita de otra manera, ni que no contenga ciertos versículos. Es más, si estamos convencidos de que estos versículos enseñan la reprobación, estamos obligados a creerla y aceptarla como equitativa y justa de parte de Dios, aunque con todo nos haga temblar de horror al pensar en ella.

Puede ayudarnos a reconocer que de alguna manera, en la sabiduría de Dios, el hecho de la reprobación y condenación eterna de algunos mostrará la justicia de Dios y también resultará en su gloria. Pablo dice: «¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción?» (Ro 9:22). Pablo también observa que el hecho de tal castigo en los «vasos de ira» sirve para mostrar la grandeza de la misericordia de Dios para nosotros: Dios hace esto «para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que [son] objeto de su misericordia» (Ro 9:23).

También debemos recordar que hay diferencias importantes entre la elección y la reprobación según las presenta la Biblia. La elección para salvación se tiene como una causa de regocijo y alabanza a Dios, quien es digno de alabanza y recibe todo el reconocimiento por nuestra salvación (vea Ef 1:3-6; 1 P 1:1-3). A Dios se le ve escogiéndonos para salvación y haciéndolo en amor y con deleite. Pero se ve la reprobación como algo que entristece a Dios, y no lo deleita (véase Ez 33:11), y la culpa de la condenación de los pecadores siempre es de los hombres y ángeles que se rebelan, y nunca de Dios (véase Jn 3:18-19; 5:40). Así que en la presentación de la Biblia, la causa de la elección reside en Dios, y la culpa de la reprobación es del pecador. Otra diferencia importante es que la base de la elección es la gracia de Dios, en tanto que la base de la reprobación es la justicia de Dios. Por consiguiente, la «doble predestinación» no es una frase ni útil ni acertada, porque no considera las diferencias entre elección y reprobación.

F. Aplicación práctica de la doctrina de la elección

En términos de nuestra relación con Dios, la doctrina de la elección en verdad tiene una aplicación práctica significativa. Cuando pensamos en la enseñanza bíblica tanto de la elección como de la reprobación, es apropiado aplicarla a nuestras propias vidas individualmente. Está bien que el creyente se pregunte: «¿Por qué soy cristiano? ¿Por qué en definitiva decidió Dios salvarme?»

La doctrina de la elección nos dice que soy creyente simplemente porque Dios en la eternidad pasada decidió darme su amor. Pero, ¿por qué decidió darme su amor? No por algo bueno en mí, sino simplemente porque decidió amarme. No hay otra razón más definitiva que esa.

Nos hace humildes ante Dios pensar de esta manera. Hace que comprendamos que no tenemos ningún derecho en lo absoluto sobre la gracia de Dios. Nuestra salvación se debe totalmente a la gracia sola. Nuestra única respuesta apropiada es darle a Dios eterna alabanza.

 

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